¡Vamos con la lectura!
Capítulo 04
¿Y qué pasa con mi apartamento?
Sakura intentaba no fijarse en las grandes manos de Sasuke que manejaban el volante del coche con facilidad y confianza.
Ella no sabía conducir. A su padre no le había parecido necesario. ¿Para qué iba a querer conducir si tenían chófer?
–Le pediré a mi secretaria que lo arregle todo con tu casero. También se ocupará de comunicarle a tu jefe que dejas el trabajo.
Las manos de Sakura se crisparon sobre el regazo. En cierto modo era su karma. Ella había hecho que Sasuke perdiera su trabajo y él le pagaba con la misma moneda. Con un simple chasquido de los dedos iba a cambiar toda su vida y despojarla de su independencia.
Se preguntó qué habría hecho Sasuke si supiera que el dinero no le importaba lo más mínimo. Si supiera que ni siquiera era para ella. Olvidaba que a ese hombre no le importaba nada, al igual que el joven de cinco años atrás. La había deseado únicamente porque había sido un gran golpe seducir a una de las inalcanzables debutantes. La virtud que se les suponía tenía más valor que la más valiosa de las obras de arte.
Salvo que esa virtud era un mito. Sakura había sido muy consciente de lo «alcanzable», que había sido la mayoría de sus compañeras debutantes. Todas tenían un aire puro e inocente, pero nada más lejos de la realidad. Recordó cómo una de las chicas, la princesa de un pequeño principado europeo, presumía de haber seducido al botones que había llevado sus maletas a la habitación mientras su madre dormía en el dormitorio contiguo.
Sakura no se había sorprendido, porque su hermana le había contado historias mucho más escabrosas, de las que había tomado parte activa en su propia fiesta de debutantes.
Aquella noche había escapado de la vigilancia de su padre e intentado encontrar a Sasuke para explicarle por qué había mentido.
En una zona reservada al personal se había parado en seco al oír una voz familiar cargada de odio.
–De haber sabido lo odiosa que era, jamás la habría tocado.
–Pero lo has hecho, Uchiha –había contestado fríamente otra persona–. No deberías haberla tocado. ¿No te das cuenta de que no tendrás la menor oportunidad con alguien de su clase? En un par de años estará casada con uno de esos chicos guapos del salón de baile, o con alguna vieja reliquia de la realeza italiana.
–Solo la besé porque me miraba como si yo fuera su última cena –se había defendido él.
–No seas idiota –insistió la otra persona–. Ella te sedujo porque, al igual que todas esas niñatas consentidas, se aburre. Esas chicas no son tan inocentes como parecen.
Sakura apenas había respirado. Tras escuchar algunos improperios por parte de Sasuke, había huido de allí. Ya no tenía sentido ofrecerle sus disculpas.
«Solo la besé porque me miraba como si yo fuera su última cena», recordó.
A la mañana siguiente había despertado en el lujoso dormitorio y, tras ponerse unos vaqueros y una camiseta holgada, había bajado al vestíbulo al alba con la cabeza cubierta por una gorra por si se cruzaba con alguien conocido. Le hacía falta aire.
La desagradable conversación que había oído seguía resonando en su cabeza y, absorta en sus pensamientos, se había chocado contra una pared. Solo que no era ninguna pared sino Sasuke que se estaba colocando el casco junto a su moto. A la fría luz del día, vestido con una cazadora de cuero y vaqueros, tenía un aspecto peligroso, pero en lo que ella se había fijado era en el ojo morado y la mandíbula hinchada.
–No me mires así, cariño –la había saludado él furioso–. ¿No reconoces la obra de los hombres de tu padre? ¿No te das cuenta de que lo han hecho para vengar tu honor?
Sakura comprendió por qué la voz de Sasuke le había parecido tan extraña la noche anterior. Debería habérselo figurado. Su padre le había hecho lo mismo, peor aún, a su hermanastro, a su propio hijo.
–Yo... –había balbuceado ella.
–No quiero oírlo –Sasuke la había interrumpido–. Por mucho que te odie, ahora mismo me odio aún más a mí mismo por ser lo bastante estúpido como para caer en la trampa. ¿Sabes que he perdido mi trabajo? Tendré suerte si me contratan para limpiar baños.
La mirada asesina había quemado a Sakura.
–Me encantaría poder decir que mereció la pena, pero lo único que conseguiría que fuera así, siquiera remotamente, sería que dejaras de fingir esa inocencia y me permitieras tomarte contra la pared de ese cambiador, tal y como me hubiera gustado. De haberlo hecho, tu padre a lo mejor no nos habría encontrado.
La crudeza de sus palabras, saber que él había interpretado sus temblores de deseo y miedo ante lo desconocido como una actuación, saber que su intención había sido hacerla suya contra una pared, le heló la sangre. Por no mencionar la certeza de saber que él no había hecho más que aprovechar una oportunidad y que ella prácticamente se había arrojado en sus brazos como una adolescente ávida de sexo.
–Como dicen los franceses, au revoir, Sakura Haruno –Sasuke le había sujetado la barbilla con fuerza hasta hacerle daño–. Algún día nuestros caminos volverán a cruzarse. No te quepa la menor duda.
Después la había soltado y, tras dedicarle otra penetrante mirada, había soltado un improperio mientras se colocaba el casco y arrancaba en la potente moto.
Las calles de Londres hicieron que los recuerdos de Sakura se enturbiaran, pero la tangible ira que había sentido en Sasuke aquel día jamás lo haría.
–Ya hemos llegado.
El mismo joven abrió la puerta de Sakura, aliviada por no tener que aceptar la ayuda de Sasuke que la esperaba con la maleta en la mano. Sin embargo, no pudo impedirle apoyar una mano en su espalda mientras se dirigían al interior del edificio. La vulnerabilidad que desplegaba ante ese hombre la ponía furiosa consigo misma.
A Sasuke no se le escapó la palidez de Sakura y la tensión que reflejaba su rostro mientras subían en el ascensor. Con la pequeña maleta aún en la mano, tuvo que reprimir algo peligrosamente parecido a la compasión al comprender que esa maleta era su única posesión en el mundo. Esa mujer había sido una de las más privilegiadas e intocables del planeta y había maquinado hasta el último detalle lo sucedido en París, se recordó.
En el mugriento apartamento, ella le había preguntado cuánto duraría su relación y Sasuke había estado a punto de contestar que un mes. Sin embargo, él jamás había pasado más de una semana con la misma amante. Al cabo de ese tiempo empezaba a aburrirse o a agobiarse. Un mes era demasiado tiempo, a pesar de desearla con unas ansias que bordeaban lo obsesivo, y no iba a tratarla de manera diferente al resto de sus novias.
Una vocecilla en la cabeza le recordó que ya había hecho distinciones porque la iba a instalar en su apartamento. Nunca había vivido con una de sus amantes, evitando siempre la claustrofóbica intimidad. Reprendiéndose en silencio, se preguntó por qué no había tomado la decisión de instalar a Sakura en una habitación de hotel.
La idea de que esa mujer le estuviera obligando a replantearse sus acciones le ponía enfermo. Le despertaba oscuros y agobiantes recuerdos.
Antes de abandonar la casa familiar, a los diecisiete años, Sasuke había hecho planes con su mejor amigo para marcharse juntos. Iban a hacer cosas importantes. Pero durante el último verano, su amigo se había enamorado de una chica, convirtiéndose en esclavo de sus emociones y al final le había confesado que ya no deseaba viajar ni ser alguien importante. Sasuke había intentado sin éxito hacerle cambiar de idea y había sido testigo de cómo ese joven había arruinado sus esperanzas y sueños.
Cuando Naruto había descubierto a su novia en la cama con otro, se había sentido tan desolado que se había suicidado. A Sasuke le había afectado profundamente aquello y no comprendía cómo alguien podía invertir tanto en una persona. Por amor. Un amor que nunca había sido recíproco.
El padre de Sasuke había sido el primero de la familia en obtener una beca para estudiar en la universidad de Atenas, pero antes de aceptarla, se había enamorado de la madre de Sasuke. Ella se había quedado embarazada y él había decidido quedarse en el pueblo y casarse, renunciando a su sueño de convertirse en médico.
Siempre había sido consciente de la oportunidad que había perdido su padre. Y, tras la tragedia de su amigo, se había jurado no dejarse dominar por los sentimientos jamás.
Y no lo había hecho, hasta acercarse peligrosamente al desastre aquella noche en París cuando casi se había echado a perder con la seductora pelirrosa que había pasado del más tórrido calor al mayor frío ártico. Había sido una llamada de atención, un recordatorio de lo verdaderamente importante: no desviarse de su camino.
Sasuke estaba seguro de que en esa ocasión todo era diferente. Cuando el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron, se vio asaltado por una oleada de anticipación y placer que despejaron todas sus dudas. Sakura Haruno estaba allí. Era la única opción admisible.
Llevaba mucho tiempo esperando ese momento, desde aquella noche en París. Incluso a la mañana siguiente, cuando ella había aparecido como la materialización de sus fantasías, la había deseado ferozmente. Incluso después de lo que le había hecho.
–Esta es tu habitación.
Sasuke se hizo a un lado para permitirle entrar en un amplio dormitorio. Sakura se sintió aliviada al oírle decir «tu habitación». La impresionante estancia estaba decorada en tonos azules y grises, y dominada por una enorme cama. En un extremo se adivinaba un cuarto de baño alicatado en blanco.
Atravesó el vestidor y llegó a un salón amueblado con un sofá, sillas, un escritorio y un televisor. Quedaba confirmado que disponía de su propia suite.
Volviéndose, descubrió a Sasuke apoyado en el quicio del vestidor.
–Esto es... encantador –admiró, consciente de que la descripción no se adecuaba ni de lejos a toda esa opulencia.
Estaba impresionada por el mundo en que vivía Sasuke, un hombre que, tan solo unas horas antes, había pertenecido a su pasado, no a su presente.
«Tarde o temprano tenía que encontrarte», le recordó su vocecita interior.
–Pediré que venga mañana una estilista y una esteticista para atender tus necesidades.
Para embellecerla para él.
Sakura sintió un repentino mareo y se tambaleó ligeramente.
–¿Qué sucede? –de inmediato, Sasuke estuvo a su lado–. ¿Tienes hambre?
–No –ella sacudió la cabeza mientras luchaba contra la debilidad que sentía–. Estoy cansada, nada más. Me gustaría irme a la cama.
–Por supuesto, Sakura –asintió él tras, aparentemente, tomar una decisión–. Eres mi invitada y ya sabes dónde está todo. Sírvete tú misma.
Dándose media vuelta, se dirigió a la puerta del dormitorio donde se detuvo y se volvió.
–Duerme todo lo que puedas, Sakura –le aconsejó con dulzura–. Lo necesitarás.
Ella reprimió un nuevo mareo mientras le observaba marcharse y cerrar la puerta del dormitorio. De repente se sintió agotada. Le dolía la cabeza y no aguantaba más.
Sacó de la maleta todo lo necesario y se vistió para irse a la cama. No podía negar la satisfacción de sentirse envuelta en la lujosa ropa de cama y en pocos segundos cayó en un sueño más parecido a un estado comatoso.
Sabía que se trataba de un sueño, pero no podía salir de él. Estaba de nuevo en el salón de baile en París. En su interior vibraba la ambición de poseer un lugar como ese algún día. Sería un logro impresionante para un chico de pueblo sin cualificación.
Y entonces, como si la cámara tomara un primer plano, solo veía su rostro. Puro y hermoso. Altivo y frío. Perfecto. Los cabellos rosados estaban recogidos en un elaborado moño y las joyas resplandecían en su cuello. Su pose era la de una reina. Lo único que estropeaba la escena era la mancha de vino tinto en el escote.
El sueño cambió de escenario. Se encontraban en la tienda, rodeados de maniquíes que lucían hermosos vestidos y brillantes joyas encerrados en una vitrina. Ella reía como una niña y sus enormes ojos jades chispeaban traviesos.
–¡Quiero ese! –señaló un maniquí.
Sasuke hizo una aparatosa reverencia, arrancándole otra carcajada, y trepó al interior de la vitrina para quitarle el vestido al muñeco para luego entregárselo.
–Muchas gracias, caballero –ella hizo una reverencia antes de desaparecer en el interior del probador y echar las pesadas cortinas de terciopelo.
La sangre de Sasuke hervía. Se sentía exultante.
Y de nuevo apareció ante él. Sasuke se ahogaba en esos ojos tan jade que dolía mirarlos. Y el dolor se volvió físico al mirar hacia abajo y ver un cuchillo salir de su estómago en medio de un charco de sangre.
–No, no te pedí que me tocaras –aseguraba ella con una sonrisa cruel en los labios–. Jamás permitiría que alguien como tú me tocara.
–¿Pensabas que a ti no podía pasarte? –Naruto, su amigo muerto, reía detrás de Sakura.
Y Sasuke empezó a caer.
Sobresaltado, despertó bañado en sudor. Instintivamente, se palpó el estómago, pero, por supuesto no había cuchillo ni sangre.
Había sido un sueño.
Era una pesadilla que se había repetido durante meses tras abandonar Francia. Y entonces recordó. Sakura estaba allí, en su apartamento. Con el corazón acelerado, se levantó de la cama y se puso unos calzoncillos, convencido de que había sido su presencia la que había despertado de nuevo el viejo sueño.
Se dirigió al salón donde se sirvió una copa que apuró de un trago. Poco a poco se sintió de nuevo centrado, aunque incapaz de sacudirse el recuerdo de aquella noche.
Había sido el encargado de supervisar el exclusivo baile anual de debutantes, asegurándose de que saliera a la perfección.
Contemplaba a esas niñatas malcriadas con ojo muy crítico, pues había oído toda clase de historias sobre sus modales libertinos.
Aun así, le costaba creerlo. Todas tenían un aspecto de lo más inocente, sobre todo la más bella de todas: Sakura Haruno. Había advertido cómo se mantenía ligeramente apartada de las demás, y también cómo su padre no se despegaba de ella. Había percibido su altivez y presenciado el instante en que su compañero de mesa había derramado accidentalmente una copa de vino sobre el inmaculado vestido blanco. De inmediato, se había ofrecido a acompañarla a la tienda para buscar un vestido nuevo.
Su padre se había opuesto claramente a dejarla marchar, pero no había tenido elección. No podía permitir que su hija fuera presentada en sociedad con el vestido manchado. Y así, Sasuke había escoltado a la gélida belleza hasta la tienda.
–Por favor, perdona la rudeza de mi padre –se había disculpado ella.
Sasuke se había sorprendido por la disculpa y también por la amabilidad mostrada por una joven de quien había esperado desprecio. Incluso parecía nerviosa y ruborizada. Y para su absoluta vergüenza, se descubrió reaccionando ante esa chiquilla que cumpliría dieciocho años al día siguiente.
Al llegar a la tienda, la tensión sexual había crecido varios enteros entre ellos. Él había tenido algunas amantes, pero jamás se había sentido como si lo atravesara un rayo.
La inocente sensualidad y aparente timidez de esa joven contrastaba con su altiva y fría belleza, y con la reputación que precedía a todas las debutantes.
Tras mirar a su alrededor unos minutos, Sakura había hecho una mueca y señalado un vestido, bastante parecido al que llevaba puesto.
–Ese de ahí recibiría la aprobación de mi padre.
Sonaba tan resignada y desilusionada que Sasuke había sentido el inmediato deseo de hacerle reír, trepando al interior de la vitrina y arrancándole el vestido al maniquí.
Después, ella había desaparecido en el interior del cambiador y Sasuke la había esperado, víctima de una profunda tensión al imaginársela ahí dentro, desnuda, fantaseando con abrir la pesada cortina, bajarse los pantalones y tomarla contra la pared.
Y entonces ella había vuelto y la sangre había abandonado el cerebro de Sasuke.
–¿Me subes la cremallera? –le había pedido, dándole la espalda. Sasuke seguía sin saber cómo había logrado reprimir el impulso de arrancarle ese vestido.
–¿Cómo te llamas? –había preguntado ella volviéndose de nuevo hacia él.
–Sasuke Uchiha.
–Sasuke –había repetido Sakura con un ligero acento italiano, imposiblemente sexy.
Y ya no recordaba nada más salvo el calor y el deseo. Su boca había cubierto la suya y ella se había aferrado a su cuello, gimiendo dulcemente. Estaba tan duro...
Regresó de golpe al presente, consciente de estar sujetando la copa con tal fuerza que estaba a punto de hacerla añicos. Se recriminó la reacción de su cuerpo y se obligó a relajarse.
Contempló la millonaria vista de Londres, tan lejos de sus raíces y los dolorosos recuerdos de vidas desperdiciadas. Desperdiciadas por culpa del amor. Curiosamente, su habitual sensación de satisfacción lo abandonó, sustituida por el deseo de una nueva satisfacción. Una satisfacción que solo podía surgir tras acostarse con Sakura y saciarse de ella.
Jamás olvidaría la rapidez con que había cambiado aquella noche, de una bruja retorciéndose contra él, suplicándole que la tocara y la besara, hasta la mujer que lo había rechazado como si el contacto con su cuerpo la quemara. No olvidaría cómo había dado un paso atrás, sujetándose el vestido y mirándolo acusadora. Y entonces había comprendido que había alguien más en la tienda. Su padre.
Había creído en la timidez e inocencia de la joven. Él, mejor que nadie, debería haber sabido que una chica así no podía existir.
Al poco de empezar a trabajar en Sasuke, su físico había atraído a un sinnúmero de mujeres, todas sexualmente maduras y adineradas.
Le habían ofrecido dinero, o un ascenso, y reído ante su negativa a conseguirlo en la cama.
–¡Sasuke! –se había burlado una de ellas–, algún día ese orgullo te meterá en un lío. Te enamorarás de una bella joven que fingirá ser menos fría y dura que nosotras.
Y así había sido. Había caído en la trampa. Jamás se le habría ocurrido que alguien tan joven como Sakura pudiera ser tan maliciosa y calculadora, pero la había visto transformarse de una tímida gatita en una zorra desalmada.
Y desde ese momento se había rodeado de la clase de mujeres que poblaban su mundo. Mujeres sexualmente activas y de mundo. No tenía tiempo para mujeres que jugaran o fingieran ser lo que no eran.
Y jamás, jamás, creería de nuevo en el mito de la dulce inocencia.
Dejó la copa sobre una mesa y se dirigió a la suite de Sakura.
Lentamente, abrió la puerta y, tras acostumbrarse a la escasa luz, vio la forma del cuerpo sobre la cama.
Durante un segundo había pensado que formaba parte del sueño y que ella no se encontraba realmente allí.
Se acercó a la cama y la contempló, tumbada de espaldas.
Llevaba puesta una camiseta y sus pechos hicieron que toda la sangre descendiera a la entrepierna de Sasuke.
El triunfo resultaba embriagador. Ella estaba allí y sería suya. Era muy consciente de que, aunque el negocio de su padre no se hubiera hundido habría sentido la misma determinación de conseguirla, aunque le habría resultado más difícil.
Aún en la penumbra se veían las oscuras ojeras bajo los bonitos ojos. Sintiendo una opresión en el pecho, se fijó en lo cansada que parecía. Un ligero movimiento hizo que se pusiera tenso. Después se hundió de nuevo en el más profundo sueño y un leve ronquido surgió de su boca. Sasuke no pudo evitar sonreír ante el sonido tan incongruente en alguien tan perfecto.
Y entonces recordó cómo le había pedido dinero y la sonrisa se esfumó. Tuvo que obligarse a recordar quién era, cómo lo había engañado. Pero había aprendido la lección y no estaba dispuesto a repetir el error.
La noche siguiente, Sakura se asomó a la ventana del salón del palaciego apartamento de Sasuke. Dio la espalda a la bonita vista de Londres y suspiró. No podía sentirse más lejos del pequeño piso que había ocupado, pero, por mucho que lo odiara, también le gustaba porque representaba la libertad que nunca antes había podido disfrutar.
Se encontraba nuevamente confinada en una celda de oro. Para gran alivio suyo, Sasuke ya se había marchado a trabajar cuando ella había despertado. Le había dejado una escueta nota en la que le informaba de que la asistenta tenía el día libre y que tomara cuanto deseara. La estilista y la esteticista llegarían aquella misma mañana.
Dos horas después aparecieron dos mujeres escalofriantemente eficientes y en poco tiempo Sakura se encontró lavada, frotada y brillante. El vestidor estaba repleto de ropa, desde la más informal a la de alta costura, por no mencionar los cosméticos, accesorios y ropa interior tan delicada y sensual que le hizo sonrojarse. Una pared entera del vestidor estaba ocupada por los zapatos.
Toda aquella extravagancia había sorprendido a Sakura. Su padre había sido tremendamente parco con el dinero y, si bien Karin y ella habían disfrutado de los más exclusivos modelos, solo había sido por el deseo de su padre de cultivar una imagen.
Poco después Sasuke había telefoneado para comunicarle que había algo de carne en la nevera. Le ordenó que la metiera en el horno para que estuviera lista para comer cuando él regresara a casa.
Media hora después, Sakura aún no había descubierto cuál de los futuristas muebles de la cocina era el horno. El patético fracaso le hizo sonrojarse de vergüenza.
Su padre les había prohibido a ella y a su hermana que se acercaran a la cocina del Palazzo, pues consideraba una señal de falta de clase que conocieran su manejo.
Antes de que pudiera investigar más, la puerta del apartamento se abrió y se oyeron unas fuertes y decididas pisadas. Presa de la tensión, ella supo que Sasuke la vigilaba desde la puerta. Lentamente se volvió e intentó controlar su reacción al verlo en carne y hueso, vestido de traje. Su cuerpo respondió como si la hubieran enchufado a la corriente.
–No he metido la carne en el horno –admitió cruzándose de brazos y alzando orgullosa la barbilla– porque me niego a ser tu criada.
–Bueno –contestó él–, pues espero que hayas comido bien al mediodía porque yo me niego a ser tu cocinero solo porque no hayas querido molestarte en meter la carne en el horno.
Sakura sintió una absurda punzada de autocompasión. Lo cierto era que se moría de hambre porque solo había comido un sándwich.
Además, si no quería contarle la verdad, no podía culpar a nadie más que a ella misma. Dedicaría el día siguiente entero a encontrar el maldito horno y a descubrir cómo funcionaba, aunque le costara la vida.
–No tengo hambre –masculló altiva entre dientes mientras intentaba no clavar la mirada en el suculento pedazo de carne que Sasuke sacaba de la nevera–. En realidad, estoy muy cansada. Ha sido un día muy largo. Si no te importa, me retiro a mi cuarto.
–Claro que me importa –contestó él–. Deberías quedarte a verme comer después de tu comportamiento de niña mimada, aunque la expresión en tu rostro me quitaría el hambre.
Sasuke continuó con frialdad.
–Da la casualidad de que tengo trabajo que hacer esta noche, de manera que puedes hacer lo que te plazca. Y no tienes que retirarte a tu habitación como una especie de mártir.
Sakura se instaló en el salón y encendió el televisor, aunque lo que realmente deseaba era escapar a su cuarto y evitar cualquier contacto con Sasuke.
Poco después, Sasuke se rindió ante la evidencia de que le era imposible trabajar. Imposible sabiendo a Sakura tan cerca. Le había sorprendido su comportamiento de niña malcriada. Era como si una parte de él siguiera aferrado a la falsa imagen de aquella dulce muchachita de París, antes de la metamorfosis.
Llevó el plato de la cena al lavavajillas y comprobó que el resto de la comida estaba intacto. Frunció el ceño ante la testarudez de Sakura, demasiado orgullosa para su propio bien. El sonido de unas risas enlatadas llamó su atención. Siguió el sonido y encontró a Sakura acurrucada en el sofá, profundamente dormida.
Sasuke apagó el televisor sin que Sakura se despertara.
Intentaba no recordar la sensación que le había provocado verla en su cocina al regresar del trabajo, vestida con unos vaqueros desgastados y una camiseta, los cabellos recogidos en una cola de caballo y los pies descalzos.
Sabía que había estado en manos de la esteticista y su mente invariablemente se detuvo en las partes de su cuerpo que en esos momentos debían resplandecer suaves como la seda. No había percibido grandes cambios físicos, pero, por otra parte, la perfección era difícil de mejorar.
Se fijó en las maltrechas manos que ya lucían un aspecto más suave. Las uñas mordidas habían sido recortadas.
De repente ella despertó mirándolo con sus enormes ojos jade. Durante un instante algo, potente y vital, estalló entre ellos.
Casi de inmediato Sakura lo reconoció y recordó dónde estaba y por qué, y sus ojos adquirieron una expresión de desconfianza.
–¿Qué hora es? –preguntó con voz ronca, incómoda por la presencia de Sasuke.
–Más de medianoche –contestó él tras consultar el reloj.
–Debería irme a la cama –Sakura se puso en pie.
–Sí –asintió Sasuke–. Pareces agotada. Debe haber sido por todos esos cuidados y por tener que elegir los vestidos.
Sakura estuvo a punto de protestar por lo injusto del ataque, pero las palabras murieron en su garganta. Estaban demasiado cerca y los ojos color negro le recordaron otro momento de intimidad...
Bruscamente dio un paso atrás, pero, olvidando el sofá que tenía a su espalda, cayó. Con los reflejos de una pantera, Sasuke la sujetó por la cintura y la atrajo hacia sí.
–¿Qué haces? –preguntó ella con la garganta seca y casi sin respiración.
Durante un tenso silencio, Sasuke no contestó y ella tuvo la sensación de que los dos corazones latían al unísono. Y lo deseó ferozmente. Quería que la besara.
–Te permito irte a la cama.
