A
Antónimo
No podrían ser más opuestos. No únicamente en lo que refería al procedimiento policial —porque Danny había dejado que las líneas se difuminasen más de una vez y Steve se apoyaba completamente en la premisa de total inmunidad y medios salvo cuando no quería— pero también en todo lo demás.
Steve era todo sobre su deber. Incluso cuando no lo era.
Deber, honor, trabajo, nobleza. El deber a su país. La lealtad de sus hermanos, los de sangre y los que no. El honor, para con todo. Como había perdido su norte en una época crucial de su vida, se aferró al orden y a la estructura que le ofrecieron y allí se reconstruyó. Siempre mirando hacia atrás, siempre atado a los recuerdos... Pero no inmóvil. Nunca inmóvil. Si caía, solo podía levantarse. Rendirse y renunciar no estaban en su vocabulario. La Marina lo había moldeado para ser un arma perfecta, un ejército en un hombre, el mejor de los mejores. Desinteresado, terco, fuerte, enfocado. Incluso antes, Steve había tenido estrella. En la escuela, el mariscal de campo que superó todos los récords. El primogénito, el orgullo, el guardián... Steve siempre parecía caminar por el mundo como si le perteneciera. (También caminaba como si estuviera solo en el universo, como si no importaba lo que le pasaba personalmente, como si nadie notaría su ausencia, como si nadie le hubiese dicho que era amado). Steve era la estrella brillante que a todos inspiraba pero que, igualmente, resultaba inalcanzable. Intocable. Imparable. Podía ser distinto, también, podía ser completamente cariñoso. Completamente cercano y amable y afectuoso. Generoso, divertido. También podía ser vulnerable y sangrar y podía quedarse en las noches contemplando las posibilidades. Podía sentir en la lengua el llamado de auxilio que nunca pronunció. Podía correr en cenizas ardientes para ayudar a todos los que lo llamasen suplicando. Podía ser letal, prepararse para ver el mundo arder en su estela si alguien se atrevía a dañar a uno de los suyos. Podía ser su propio contraste
Danny era todo sobre su familia. Incluso, cuando no lo era.
Lazos, amistad, sacrificio, lealtad. Su madre y sus hermanos, su padre. Rachel y su hija. Y su hijo. Steve y Five-0. Era el más bajo de todos sus hermanos, el más pequeño en el salón de la escuela y en el equipo de baseball, pero era también el segundo hijo, el protector de facto en la ausencia de su padre y el líder de sus amigos. Temperamental, obcecado, protector, devoto. Era el que cuidaba a los pequeños, al que recurrían en las noches de pesadillas y el que se esforzaba para mantener al equipo funcionando aún cuando nadie más lo remarcaría. Incapaz de aferrarse a la ira más allá de los esporádicos momentos de enojo que lo sacudían. Compasivo, empático, iracundo, ruidoso. Danny estaba cansado que la gente lo subestimase y quisiese dejarlo en el suelo pero eso nunca lo detuvo porque le habían enseñado que no podía dejarse derrumbar. (Era el que se aferraba a las reglas —no siempre, no todo el tiempo— porque la vida le había enseñado que a la gente no le importaba caminar por encima de ellas y tampoco le importaba caminar por encima de Danny. Porque a veces romper las reglas significó perder a un maestro y ver morir a una compañera). Era la voz más fuerte en el patio, el más absoluto en sus afectos... No era una estrella brillante en el firmamento, era un poco como la gravedad, la que está siempre, invisible y todo lo sostiene en la tierra. Y era valiente, era muy valiente. Podía ser diferente, también. Podía ser frío como el hielo. Y silencioso, mudo. Danny podía ser impulsivo, vehemente e implacable.
No podrían ser más diferentes. Ni más parecidos.
Amover
A Danny no le habían dado el caso McGarrett porque pensaban que podía hacerlo solo. A Danny le habían dado el caso McGarrett para probarlo. Estaba seguro. ¿Por qué lo habían colocado en ese caso, sin un compañero, sin Meka? Había tenido que hacer todo el trabajo. Y había tenido que lidiar con trabas y con gente que lo consideraba un extraño, un haole... Un absoluto desperdicio de espacio.
Pero Danny siempre hacía bien su trabajo.
Steve McGarrett había sido el colmo.
No solo había irrumpido en la escena del crimen y le había arrebatado la investigación, lo había dejado fuera del caso. Su capitán, además, había cerrado el ciclo. Lo había suspendido.
Así que estaba en Hawái, un lugar que detestaba. Estaba en Hawái, lidiando contra su ex esposa, que parecía deleitarse en intentar sabotear su relación con su hija, y con uno puñado de personas en su distrito que no tenían nada mejor que hacer que juzgarlo. Estaba en Hawái, sin su hija y sin su familia, lidiando con la mirada desaprobatoria de los policías de Honolulu y viendo cómo un completo ignorante de la ley pasaba por encima de todo por tener a la gobernadora en sus contactos. Y estaba suspendido.
Y llovía.
Y seguía lloviendo cuando McGarrett golpeó a su puerta y le dijo que no tenía otra opción que ser su compañero.
Apoyo
—Eres mi respaldo.
Steve McGarrett era una amenaza. Para su seguridad y para la de la gente de Oahu. Pero, especialmente, para la vida de Danny.
Y Danny quizá era agresivo y quizá era temperamental pero él canalizaba su enojo hacia los criminales. Hacia los que realmente, realmente, realmente lo sacaban de sus casillas. Steve quizá no era un criminal —Danny aún no podía asegurarlo, considerándolo todo— pero sin duda, sin duda, entraba en la segunda categoría. El golpe que le dio a Steve en la cara no era algo de lo que estuviera completamente orgulloso pero, a la vez, no podía decir que era algo que cambiaría.
Aún así, después de ese día, Danny no dejó nunca de ser su respaldo.
Adorable
—Grace es una niña dulce —Steve tuvo el descaro de señalar, con una sonrisa enorme y una mirada suave en la tarde del día que la conoció—. No se parece a ti.
Danny bufó pero no respondió inmediatamente. Por supuesto que Grace no se parecía a él. Grace hacía bien en no parecerse a él. Grace era brillante y amable, sonriente y feliz. Danny quería que sea feliz, esperaba que lo fuera siempre. Incluso aunque no pudiera salir con su padre a un partido de fútbol o que los fines de semana juntos fuesen pequeñas pepitas de oro en el río. Quería que Grace fuese siempre feliz. Era una idea ingenua, en realidad. Pero era lo que quería para ella. Y era lo que trataría de darle. Siempre.
Siempre.
Steve lo miró con intensidad en el breve silencio, casi como si hubiese estado esperando una respuesta, como si hubiese estado buscando una.
—Tampoco se parece a Rachel entonces —dijo, finalmente, porque eso era mejor que quedarse mudo y porque era algo que él le diría.
Danny no le dijo que Grace era mejor que él y mejor que Rachel, que había sacado lo mejor de ambos. Steve posiblemente ya lo sabía.
Árido
John McGarrett nunca fue un padre especialmente afectuoso. No era frío ni apático pero era... adusto. Steve pensaba que sus gestos y palabras de afecto eran como el oasis en un desierto. Anhelaba cada una, las atesoraba contra su pecho. Steve no tenía dudas que lo amaba. Los amaba. A su mamá, obviamente. Aún después de todo. A Deb, a Mary. Y a él. Pero John, simplemente, no sabía demostrarlo. No podía, quizá.
Danny era tan diferente a John. Era un policía protector y dedicado. Igual que su padre. Pero adoraba tanto, tanto a su hija que Steve no estaba seguro si admiraba a Danny por poder ser padre y policía o lo resentía porque era todo lo que él había anhelado para sí mismo en su infancia.
A Danny no le costaba decirle a Grace que la amaba. Era como respirar. Amanece cada día, el océano es constante y Danny Williams ama a su hija.
Al menos, se consolaba, John le dijo que lo amaba. De hecho fue una de las últimas cosas que le dijo a Steve. Pero, en el mismo suspiro, le dejó una caja llena de misterios. Un mundo debajo del mundo.
Steve, a veces, se quedaba despierto pensando en eso. En su padre, árido, que no podía decirle que lo amaba sin dejarle secretos que prometían sacudir todos sus cimientos. Y en Danny y su amor perenne.
Amargo
El divorcio lo había amargado. No que Danny había sido alguna vez algo menos que huraño. Temperamental. Siempre había sido propenso a saltar a la defensiva. Pero el divorcio lo había vuelto amargo sobre cosas que antes no eran amargas. Y lo había dejado con un sabor agrio en la lengua con cada llamada que hacía a Rachel. Antes solía llamar para decirle que la amaba y ahora no podían dejar de enlazarse en viciosas peleas. El divorcio lo había amargado. Y la presencia de Stanley en la vida de Grace y de Rachel no había sido mucho mejor. Incluso su vida en Hawái, con una visión tan impresionante como era, no había ayudado. Danny había estado solo y lleno de amargura cuando conoció a Steven J. McGarrett. Danny había necesitado desesperadamente un amigo entonces. Y, para sorpresa de nadie, para sorpresa de todos, Steve también.
Danny le diría a Tani, muchos años después de conocer a Steve, que McGarrett llegaba en el momento justo, que era diferente del resto del mundo. Y eso era cierto. Steve era el que había enlazado sus caminos, quien los mantenía juntos, el que los inspiraba.
Pero Danny, para Steve, había llegado también en el momento ideal.
Analogía
Danny nunca sabía realmente qué pensar de John McGarrett. Su archivo había estado lleno de elogios —había críticas desparramadas en las hojas también pero, ¿quién no las tenía?— y Chin tenía una gran opinión del hombre. Incluso Kono, que había coincidido alguna que otra vez, parecía apenada en su nombre. Pero Danny miraba a Steve y al hombre que Steve admiraba y al hombre que Steve describía y Danny no veía más que arrepentimientos. Una imagen distorsionada. Danny miraba a John McGarrett a través de los ojos de Chin y Kono, a través de los ojos de algunos de los policías de Honolulu y veía a un excelente policía. A un hombre dedicado y honrado. A un buen hombre que quedó atrapado en una telaraña. Veía alguien a quién le gustaría conocer. Alguien con quién no le molestaría ser comparado.
Pero cuando veía a Jonh McGarrett a través de los ojos de Steve, a través de los ojos de Mary, ya no quería conocerlo tanto. Ya no quería parecerse a él. Ya no quería... Danny no sabía qué pensar de John McGarrett.
«Creo que tu padre no fue tan buen padre como crees» era algo que nunca, nunca, nunca le diría a Steve.
«Deberías haberlos tratado mejor... deberías haberlos cuidado mejor» era algo que sí querría decirle a John McGarrett, si tuviera la oportunidad.
Arrebol
—¿Cuál es tu lugar favorito en la isla? —le preguntó Steve, una vez. Había botellas de cerveza, botellas vacías, en la mesa que estaba entre ellos y una mueca le torció la boca—. Tiene que haber algún lugar que te guste aquí en Hawái.
Danny podría haber dicho que no había ninguno. Podría haber dicho que no había un solo lugar en la isla que le gustase. O podría haber dicho que cualquier lugar en el que estuviera junto a Grace era... agradable. Que le gustaba su oficina, inclusive. Ninguna de esas era una mentira. Pero su amigo no quería ninguna respuesta tibia.
Steve estaba triste. Estaba triste de una manera que Danny no entendía... Pero sí, estaba triste. Era algún día especial, quizá. O la cercanía misma con la víspera navideña. O quizá era la memoria de su padre o de su madre o del amigo que perdió dos veces.
Steve estaba triste y las cervezas se acumulaban entre ellos y Danny podía darle una respuesta... no muy negativa.
—Hay un lugar —dijo. Había un lugar que conoció en su momento más oscuro. Un lugar que le dejó ver el sol a través de las nubes y que le dijo que un lugar tan hermoso no podía ser tan terrible—. Y no es la playa.
Steve resopló, pero tenía un aire menos miserable. Un triunfo, realmente. Steve tenía muchas razones para ser miserable. —Pero hay un lugar.
—Hay un lugar —reiteró Danny.
Al mirar cómo se filtraban la luz entre las nubes, pintándolo todo en colores rojizos en el cielo, Danny podría haber dicho que, quizá, había más de un lugar.
Quizá.
Agobio
Era un sentimiento mutuo, la verdad.
Si le preguntasen a Danny, diría que no entendía por qué se sometía a la tortura de ser compañero de Steve. Debería haberle disparado en cuanto tuvo oportunidad. Si le preguntasen, hablaría de las rutinas diarias, de la necesidad de ser el primero en abrir la puerta y ser sobresaliente en cada una de las cosas. De la pseudo—lógica que usaba siempre que quería ponerse en peligro. (Steve era demasiado inteligente para que la mejor solución sea siempre "explotar cosas" y, aún así, en ese mundo estaban). Hablaría de su gusto musical y de la pizza con piña. De su necesidad de tener siempre razón y cómo parecía que a veces disfrutaba de hacer enfadar a Danny por el simple hecho de hacerlo. Hablaría de su irritante tendencia a quitarle las llaves del auto y a dictar cada decisión que él quisiera guardar para sí. Lo arriesgadas que eran algunas de sus decisiones y lo poco que se preocupaba por su propio bienestar. ¿Y por qué le gustaban tanto los explosivos? A veces hablaría de los casos. A veces hablaría de los arrestos y las leyes. Pero dependía de la persona que le preguntase. Grace, por ejemplo, siempre escuchaba más que la mayoría. Escuchaba lo malo, pero también lo bueno. Y lo extraordinario.
Si le preguntasen a Steve, él se limitaría a señalar que todavía estaba aprendiendo a lidiar con Danny, que todavía se arrepentía de no haberle disparado cuando tuvo oportunidad. Quizá hablaría sobre su enojo por todo lo hawaiano y su falta de respeto por las tradiciones. Sus opiniones sobre Nueva Jersey (porque estaban muy, muy equivocadas). Sus corbatas. Su necesidad de siempre cuestionar todas sus decisiones y cómo insistía siempre en que Steve era el neandertal. Su malhumor, ocasionalmente. Sus críticas a la Marina. Que siempre quisiera hacer a Steve hablar de cosas a las que no quería darle entidad. La forma en la que sonreía cuando Steve se equivocaba, un gesto fugaz que parecía reverberar en cada uno de sus actos. Las quejas por su forma de conducir. Que no le gustase el océano. Lo mucho que se preocupaba por todo. Las minucias, más bien. Grace podría reír, porque Steve siempre tenía palabras amables para su Danno. Cuando su papá no estaba oyendo.
El sentimiento era completamente mutuo. En lo fundamental, en lo que importaba, en lo que realmente valía la pena, estaban de acuerdo.
Atardecer
Quizá fue entonces cuando algo cambió entre ellos. Aquel primer atardecer en el lanai de la casa McGarrett. El atardecer, dos sillas y dos cervezas. Y más de una confesión.
