¡Continuemos! J


Capítulo 05

Sasuke había apartado a Sakura de su lado y ella se sonrojó violentamente.

–Eso sí que ha sido un buen truco... sonrojarte a voluntad – observó él–. Pero olvidas que pierdes tu tiempo conmigo, Sakura. Conmigo no te hace falta fingir.

–Me alegra saberlo –el color de las mejillas de Sakura subió de tono, pero en esa ocasión por la ira–. Así no tendré que desperdiciar mis energías.

Dándose media vuelta, se dispuso a marcharse, pero Sasuke la agarró de la mano, provocándole una descarga eléctrica que subió por su brazo.

–Tengo algo para ti. Acompáñame.

Víctima de la curiosidad, Sakura siguió a Sasuke hasta el estudio débilmente iluminado. La bella estancia resultaba muy masculina y las paredes estaban cubiertas de estanterías que llegaban hasta el techo, todas abarrotadas de libros.

Sasuke descolgó una foto de la pared, descubriendo una caja fuerte de la que sacó una caja de terciopelo. Abriéndola, le mostró una sencilla, y valiosísima, pulsera de diamantes.

El corazón de Sakura empezó a latir alocadamente cuando le tomó una muñeca.

–Llevas aquí una noche. Creo que es justo que te recompense por ello.

–No hace falta que me premies como si fuese un niño, Sasuke –respondió ella inquieta.

–Ya sé que no eres ninguna niña, Sakura –Sasuke dejó caer su muñeca–. Te recompenso porque me pediste que lo hiciera. Mañana por la noche asistiremos a una gala benéfica y... esta noche será la última que duermas sola.

El temor y la excitación cabalgaron parejos. La idea de ser vista y reconocida, que la gente la señalara y susurrara, la aterrorizaba casi tanto como saber que, al día siguiente, a esa misma hora, estaría en su cama.

–Me muero de ganas –mintió mientras reculaba.

Casi había salido por la puerta cuando Sasuke la llamó de nuevo.

–He dispuesto que uno de los mejores joyeros de Londres venga mañana por la mañana –le informó–. Podrás elegir unas cuantas joyas para contentar ese corazoncito de piedra.

Sakura no contestó. Repentinamente pálida, se dio media vuelta y abandonó el estudio. Sasuke la observaba con los puños firmemente cerrados. De nuevo no estuvo seguro de qué reacción había esperado de esa mujer, pero no había sido esa.

Respiró hondo y se preguntó por enésima vez por qué no seguía sus instintos y la tomaba allí mismo, o por qué no lo había hecho sobre el sofá un rato antes ni la seguía hasta el dormitorio. Estaba en su casa. Le pertenecía. Le había pedido un pago a cambio. Pero decidió esperar hasta recuperar la sensación de control.

Sakura le recordaba demasiado a aquel joven ambicioso e impulsivo que había sido una vez, desesperado por formar parte del mundo que ella habitaba. Sin embargo, desde entonces había cambiado, y verse forzado al exilio le había hecho apreciar el lugar del que procedía.

Quizás no quisiera formar parte del mundo cálido y estancado de su familia, pero respetaba su elección. Una vocecita en su cabeza se burló de él, recordándole que, en las escasas ocasiones en que regresaba a casa, sentía una pequeña punzada al ver a sus hermanas con sus maridos y los niños. Incluso llegaba a temer que, si permaneciera demasiado tiempo, todo aquello por lo que tanto había luchado desaparecería para siempre y volvería a convertirse en ese joven que había sido.

No iba a permitir que Sakura resucitara esos recuerdos. Ya lo había hecho en una ocasión, pillándole desprevenido, y le había destrozado la vida.

Por tanto, se mostraría civilizado al máximo sin ceder a la inmensidad de las emociones que lo desgarraban por dentro. Ella ya no tenía ese poder sobre él y jamás lo tendría.

De regreso a su habitación, Sakura intentó en vano quitarse la pulsera, pero se negó a pedirle ayuda a Sasuke. Al fin consiguió abrirla y la dejó caer con una especie de fascinado horror. Acababa de regalarle una pulsera de diamantes, como si tal cosa. Y al día siguiente le daría mucho más. Y por la noche...

Quiso odiar a Sasuke, pero no tenía verdaderos motivos para hacerlo. Cinco años atrás, cuando ella prácticamente se había arrojado en sus brazos, él la había utilizado. ¿Qué hombre no habría hecho lo mismo? Ella había creado la estúpida fantasía de que algo especial había surgido entre ellos. ¿Realmente se había merecido perder el trabajo? No.

Cada vez que comparaba al joven magullado que se había marchado en moto al día siguiente con el hombre en que se había convertido, sentía un escalofrío. Durante un segundo aquella mañana, Sakura había soñado con subirse a esa moto. Y de no haber tenido que pensar en su hermana, a lo mejor lo habría hecho.

Era consciente de que, si Sasuke no hubiera dejado de besarla la otra noche en su apartamento, la habría hecho suya allí mismo, se habría dado cuenta de lo inexperta que era y se habría marchado sin echar la vista atrás habiendo satisfecho su curiosidad y su deseo de venganza. Sin embargo, la idea no le produjo la sensación de alivio que debería.

Le asustaba lo que le sucedía cada vez que la tocaba. Era como si cortocircuitara su capacidad para pensar racionalmente. Al despertar en el sofá un rato antes y encontrarle mirándola fijamente, había reaccionado visceralmente: su sangre vibrando y su cuerpo despertando. Y entonces había comprendido dónde estaba y por qué. Las reservas que mostraba Sasuke hacia ella le indicaban que controlaba la situación mucho mejor. La idea de mostrarse en público, de que Sasuke le hiciera el amor... Iba a tener que echar mano de la persona pública y glacial que tanto había gustado a su padre porque le daba un aire intocable y altivo. Deseable. Inalcanzable.

El único problema era que era, precisamente, demasiado alcanzable. En cuanto Sasuke la tocaba, la parte altiva y glacial saltaba por los aires para ser sustituida por calor y locura.

Para alivio de Sakura al despertar no había, aparentemente, señales de Sasuke, pero sentía un cosquilleo en la piel que le indicaba que no estaba lejos.

Al entrar en la cocina descubrió el desayuno preparado. Se sirvió una taza de café, aún caliente, y se sentó a la mesa dispuesta a degustar un cruasán con mermelada.

–Qué amable por tu parte unirte al resto de los mortales. Empezaba a pensar que iba a necesitar un cubo de agua fría para despertarte.

Sakura levantó la vista y estuvo a punto de atragantarse. Iba vestido con vaqueros y un polo que abrazaba el impresionante torso, provocándole una miríada de sensaciones en cada vena de su cuerpo.

Intentó hablar, pero antes de que pudiera decir nada, él continuó.

–Claro que son solo las diez de la mañana ¿quizás demasiado pronto para ti?

Sakura reprimió un sentimiento doloroso. Normalmente, a esas horas ya habría hecho la mitad de su jornada laboral. Él, sin duda, se refería a su antigua vida. No obstante, siempre había sido una mujer madrugadora.

–Bueno –contestó con dulzura, ocultando sus sentimientos–, siento defraudarte. Si quieres, mañana me levantaré al mediodía.

–Eso me gustaría mucho –él se acercó a la mesa y se sirvió otra taza de café–, siempre que estemos los dos juntos en la cama.

A Sakura le costó un monumental esfuerzo no reaccionar a la provocación. Qué audaz era ese hombre sentado a la mesa con las largas piernas estiradas, demasiado cerca de ella.

–No te imagino descuidando tu negocio hasta ese punto.

–No te preocupes –contestó Sasuke secamente–, mi negocio va muy bien.

–A costa de toda esa pobre gente que está perdiendo su empleo por tu insaciable ambición.

Sasuke la miró con los ojos entornados y ella se recriminó por sus palabras. Se había puesto en evidencia, prácticamente confesado, que seguía los progresos de su carrera.

–De modo que lees la prensa. Pero tú, mejor que nadie, deberías saber que no puedes creerte todo lo que se publica. Además ¿desde cuándo te preocupa la pobre gente?

La voz de Sasuke estaba cargada de frialdad, y también de algo más ambiguo y parecido al orgullo herido, y Sakura se sintió momentáneamente confusa. ¿Era todo mentira?

–El joyero llegará enseguida –anunció él, tras fregar su taza y desapareciendo por la puerta antes de que ella pudiera responder.

Imitando a Sasuke, fregó la taza y el plato, orgullosa de haber descubierto los grifos. A punto de marcharse de la cocina, una mujer mayor entró sonriente.

–Buenos días, querida. Usted debe ser la señorita Haruno. Soy la señora Yamanaka, la asistenta.

–Por favor, llámame Sakura –respondió ella con una sonrisa.

A pesar de estar muy curtida en relaciones sociales, también era una persona tímida, pero la otra mujer se acercó a ella y le estrechó cálidamente la mano.

Después le preguntó a la señora Yamanaka todo lo que necesitaba saber sobre la cocina.

–Pensé que me haría falta una licenciatura en ingeniería espacial la primera vez que entré aquí, pero en realidad el manejo es bastante sencillo.

Sakura le explicó el incidente de la carne y el horno.

–No te preocupes, cielo. Yo tampoco lo encontraba al principio.

Las dos mujeres, absortas en la contemplación del horno, ignoraban que Sasuke las vigilaba desde la puerta.

–Sakura, el joyero está aquí –anunció él finalmente.

Ambas se volvieron sobresaltadas y Sakura se sonrojó visiblemente, le dio las gracias a la asistenta y pasó por delante de Sasuke que la agarró del brazo.

–¿No sabías dónde estaba el horno? –le susurró al oído–. ¿Por qué no me dijiste la verdad?

–Pensé que te reirías –respondió ella, evitando mirarlo a los ojos.

–Deberías habérmelo dicho, Sakura –a Sasuke no le resultaba divertido–. No soy un ogro.

Cuando entraron en el salón, Sakura temblaba. Dos hombres les esperaban con multitud de cajitas y estuches, y la mesa estaba cubierta de joyas. Sakura vio a un guarda de seguridad en una esquina y se sintió asqueada.

Aquella noche, Sakura aguardaba a Sasuke, que aún no había regresado de la oficina adonde se había marchado tras la exhibición privada de joyería.

Sasuke había sugerido que, para apreciar realmente las joyas, debía ponerse un traje de noche y la había arrastrado hasta el dormitorio donde había elegido un vestido largo y negro sin tirantes.

–Ponte este.

–No lo haré –había protestado ella–. Sé muy bien qué joyas me van bien y cuáles no.

–Ya, pero dado que soy yo el que pagará por el privilegio de tu compañía durante una semana, me gustaría ver cómo te pruebas las joyas con algo más adecuado que unos vaqueros y una camiseta que, por cierto, espero estén en el cubo de la basura mañana.

–Lo haces para humillarme –ella se había cruzado de brazos, fulminándolo con la mirada.

–Ponte el vestido, Sakura, y recógete el pelo. O lo haré yo por ti. Te doy cinco minutos.

Sasuke se había dado media vuelta, marchándose de la habitación mientras Sakura, furiosa, estaba decidida a no cooperar.

Pero al imaginárselo regresando para desnudarla, empezó a sudar. Seguramente no lo haría, o tal vez sí...

Mascullando entre dientes, repitió su mantra: «una semana, una semana», y metió la ropa en la maleta. No tenía ninguna intención de tirarla. Luego se puso el vestido, sencillo y elegante. El corpiño se pegaba a sus pechos, haciendo que parecieran más grandes y resaltando el canalillo. Su padre jamás le habría permitido ponerse algo así de sensual.

Tras recogerse los cabellos en una cola de caballo, había regresado, descalza, al salón. Los dos joyeros la observaban atentamente, pero ella solo era consciente de la profunda mirada negra que se deslizaba por su cuerpo de pies a cabeza.

Sasuke la había tomado de la mano e invitado a sentarse junto a él en un sofá de dos plazas. Estaba demasiado cerca, sobre todo cuando la había rodeado los hombros con un brazo y empezado a acariciar la desnuda piel hasta acelerarle el pulso.

Sakura había soltado un juramento en silencio e intentado apartarse, pero solo había conseguido que el brazo que antes rodeaba sus hombros se deslizara hasta la cintura.

En cuanto a las joyas, solo había visto una nebulosa de oro y diamantes, perlas, zafiros y esmeraldas. Sasuke había elegido varias piezas que había entregado a Sakura para que se las probara antes de añadirlas a un montón cada vez más grande.

Al final había perdido la cuenta de la cantidad de joyas que formaba el montón de las aceptadas y hubiera deseado poder gritar cuando Sasuke le había probado un sencillo collar de platino y diamantes que hacía juego con la pulsera.

–Llévalas esta noche con el vestido.

Su primer impulso había sido contestar con un improperio, pero se había reprimido recordándose que ese hombre la había comprado.

Sasuke podía exigirle cuanto deseara y Sakura tuvo una inquietante imagen de sí misma desnuda, salvo por las joyas, tumbada sobre la cama de su amo.

Cuando Sasuke sentenció que estaba satisfecho, los otros dos hombres empezaron a recoger las joyas restantes. Sin embargo, algo había llamado la atención de Sakura que, sin poderse contener, había alargado la mano hacia una delicada gargantilla de oro.

No tenía el mismo resplandor de las otras joyas, pero era exquisita. Una sencilla cadena de oro con el detalle de una jaula. La diminuta puerta de filigrana estaba abierta y un poco más arriba de la cadena colgaba un pajarito. A Sakura se le había agarrotado el estómago. Algo en ese pájaro que había volado de la jaula le había conmovido.

–Esa pieza no formaba parte de la selección que habíamos elegido hoy –el más mayor de los joyeros carraspeó–. Fue incluida por accidente. Es de una joyera griega...

–Angel Parnassus –había interrumpido Sakura distraídamente.

–Sí –había confirmado el joyero.

–Nos lo quedamos también –había sentenciado Sasuke con brusquedad.

Ella había empezado a protestar. No soportaba que él hubiera presenciado su momentánea distracción y vulnerabilidad y lo miró con frialdad.

–Si tanto te gusta, quédatela.

Sakura no había querido nada para ella, pero no había tenido ninguna oportunidad de protestar. Sasuke se había puesto en pie y estrechaba la mano de los joyeros mientras le acompañaba a la puerta, dejándola con la gargantilla en la mano.

Sakura oyó un ruido y regresó bruscamente al presente.

Segundos después oyó las pisadas de Sasuke y el sonido de sus nudillos golpeando la puerta para comprobar si estaba arreglada. Tras asegurarle que sí lo estaba, se marchó para prepararse para la velada.

Sakura, ridículamente nerviosa, lo esperó en el salón.

Llevaba puesto el vestido negro, tal y como había decretado Sasuke, pero en lo referente a las joyas, había experimentado un pequeño momento de rebeldía y en lugar de la gargantilla de diamantes y la pulsera que él había elegido, había optado por una gargantilla de zafiros y diamantes que acompañó con un brazalete a juego.

De nuevo oyó unas familiares pisadas.

Cuando Sakura se dio la vuelta, Sasuke sintió como si alguien acabara de darle un puñetazo en el estómago y, durante un instante, fue incapaz de respirar. Había soñado muchas veces con verla así, tal y como la recordaba. Impresionantemente hermosa, elegantemente altiva. Intocable de un modo que le hacía desear tocarla.

Llevaba los cabellos recogidos en un moño alto, sencillo y a la vez elegante. El maquillaje era perfecto y no llevaba carmín en los labios. No le hacía falta.

–Me has desafiado –observó él con los ojos entornados.

–Puede que me hayas comprado para una semana, pero eso no quiere decir que no pueda ejercer cierta voluntad propia –contestó ella alzando orgullosa la barbilla.

–Cierto –asintió él mientras controlaba la ardiente furia de su interior–. Esa gargantilla es... igualmente hermosa.

La elección había sido perfecta. La gruesa cadena estaba incrustada de diminutos diamantes y se enroscaba alrededor del hermoso cuello y garganta en una sinuosa línea que terminaba en un enorme colgante de zafiro que resaltaba contra la pálida y suave piel.

El color esmeralda de la gema resaltaba el jade más claro de sus ojos.

Sakura no había reaccionado ante las joyas con la indisimulada avaricia que había esperado ver en ella. Apenas había prestado atención al impresionante despliegue de joyas y lo único que sí había llamado su atención había sido el sencillo colgante de oro, exquisito, desde luego, pero nada que ver con lo demás.

Desechó los inquietantes pensamientos. Si Sakura no había prestado atención a las joyas era solo porque pensaba convertirlas en dinero en pocos días. ¿Cómo había podido olvidarlo?

Lo más importante era que aquella noche toda esa fría e intocable belleza sería suya. Iba a suplicarle que la hiciera llegar y ya no tendría ese aspecto tan inmaculado. La dejaría desnuda y saciada, ruborizada y marcada por su pasión. Tal era su intención.

–Vamos –alargó una mano–. Es hora de irse.

Un par de horas más tarde, tras una suntuosa cena, Sakura estaba de pie junto a Sasuke y sentía arder la piel. Desde el instante en que le había tomado la mano para salir del apartamento, no había dejado de tocarla en toda la velada.

Sakura solía rehuir el contacto físico, poco habituada a él en su infancia, y le asustaba cómo parecía inclinarse su cuerpo hacia Sasuke.

–¿Una copa? –le ofreció él.

Ella sacudió la cabeza. Después de un par de copas de vino y un aperitivo se sentía bastante mareada. Sasuke se encogió de hombros y devolvió la copa a la bandeja.

–¿Incómoda?

Durante un segundo, ella pensó que se refería al vestido o los zapatos, pero al ver el brillo en los ojos negros, comprendió.

«Bastardo», pensó.

–Estoy muy cómoda, gracias, considerando el interés que despierto entre los demás por ser tu nueva amante, y una de las desgraciadas Haruno.

Sakura sabía que él era plenamente consciente del modo en que les habían estado mirando y señalando durante toda la velada, cuchicheando sobre ellos.

–No me puedo creer que te afecte, no a la debutante que tan fríamente eliminó de su vida un desliz momentáneo.

La voz de Sasuke tenía un tono burlón y ella se puso rígida. No se había imaginado hasta qué punto iba a afectarle dejarse ver en público de nuevo, exponerse al juicio de los demás, pero tampoco podía culparles.

–¿Cómo iba a negarte tu momento de venganza pública? – contestó ella con frialdad–. Sin duda debes estar pasándotelo muy bien. Quizás –prosiguió–, deberías llevarme a Roma para exponerme aún más al escarnio público. Aquí en Londres no soy muy conocida.

Sasuke la fulminó con la mirada y la rodeó con un brazo, atrayéndola hacia sí. Sakura dio un respingo. El masculino cuerpo era musculoso y duro, como una pared de acero. Y sentía la potente excitación contra el estómago.

–Creo que deberíamos bailar.

Antes de que pudiera registrar las palabras de Sasuke, este la arrastraba a la pista donde había otras parejas bailando bajo la seductoramente tenue luz.

Sakura intentó soltarse, pero le resultó imposible. El brazo que la rodeaba era como un cinturón de acero y le sujetaba la mano firmemente contra el pecho.

Sentirle endurecerse contra ella la dejaba completamente desarmada. ¿Cómo podía permanecer impasible ante el ataque sensual? Era su castigo, su venganza. De repente sintió terror ante la perspectiva de no poder controlar los sentimientos que despertaban en su interior. Parecían estar encerrados en una burbuja, aislados del resto.

Había bailado con muchos hombres desde aquel baile de debutantes en París, normalmente animada por su padre, pero jamás había experimentado algo tan carnal. Le temblaban las piernas y sentía el apéndice que los separaba crecer ardiente y húmedo.

No tenía nada que ver con lo que había sentido con ese mismo hombre en París, cuando la había seducido con una mirada y una sonrisa. Entonces había sido demasiado joven, pero en esos momentos sentía despertar en ella una faceta que ni siquiera sabía que tenía.

–Hora de irse –la música paró y Sasuke se detuvo mirándola a los ojos.

Sin soltarle la mano, la condujo hacia la salida, hacia el fresco aire primaveral. El coche esperaba junto a la acera y el portero sujetaba la puerta abierta.

–Tom, necesitamos intimidad, por favor –solicitó Sasuke secamente al chófer.

De inmediato se alzó una mampara de cristal tintado entre ellos y el conductor. Sasuke la miraba con gesto salvaje, animal, posesivo.

–Ven aquí.