A
Amigo
—No me lo digas. Te elegí a ti, ¿no?
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Danny no preguntó si había tenido alguna relación con otro hombre antes. Tampoco le preguntó si tenía experiencia. Steve pensaba que, a veces, podía ver la duda en los ojos azules. Pensaba que la pregunta estaba en la punta de su lengua y que solo era cuestión de tiempo antes que la curiosidad de Danny le ganase a su recelo. A su cautela. Pero Danny no le preguntó.
Danny no preguntó. Y eso se sentía algo tan atípico que Steve no quería cuestionar sus razones.
Y Steve tampoco preguntó. A él no le interesaban demasiado las experiencias que Danny había tenido. No, eso era falso. Sí que le interesaban. (Él quería saberlo todo sobre Daniel Williams). Con honestidad, sin embargo, esa era una de las últimas dudas pendientes en su lista. A él no le interesaba conocer otra sombra... La sombra de Rachel, la sombra del amor que Danny tenía por Rachel, ya era lo suficientemente pesada.
Quizá algún día preguntaría. Quizá, algún día, Danny le preguntaría a él.
En el fondo, realmente, lo único que Steve quería era que Danny siguiera eligiéndolo a él.
Acordar
—No lo sé, esto parece una mala idea.
—Es solo una mala idea si lo hago.
Arpía
Danny frunció los labios.
Doris McGarrett solamente le traía desgracias a sus seres queridos. Se preguntaba si esa era la razón por la que había estado veinte años viviendo en una mentira. Se preguntaba si estaba arrepentida por todos los corazones rotos que dejaba a su paso. ¿Era consciente del dolor que sembraba y en los estragos que causaba?
Se preguntaba si sus padres podían adoptar a Steve y a Mary en su familia, porque ellos realmente, realmente necesitaban una madre. Una madre y un padre les harían bien. Pero... necesitaban una madre desesperadamente.
—¿Qué estás pensando, Danny?
Con Steve esa era una pregunta que hablaba de desesperación. Steve solía quejarse de lo mucho que Danny hablaba, pero jamás podía resistir su silencio.
Él nunca le mentía a Steve, si podía evitarlo. Pero sus pensamientos sobre Doris posiblemente se irían con él a la tumba. O no. Quizá terminaría gritándoselos a ella. Si alguna vez se dignaba a regresar a la isla.
Podría decir: «Pienso en lo mucho que me alegra que no puedas leerme la mente».
Podría decir: «Estoy enojado con el mundo..., no, estoy enojado con tu madre».
Podría decir: «¿Qué demonios, Steve?»
Podría decir: «Me alegro que estés bien, no tienes idea lo mucho que...»
Danny suspiró. Sacudió la cabeza y eligió una respuesta más inocua.
Altura
—Cállate.
La sonrisa de Steve se ensanchó. Danny se preguntó si estaría mal darle un golpe. Solo uno. Como el del primer día. —No he dicho nada.
—No dijiste nada en voz alta—acusó. Los dos sabían que Steve estaba claramente pensando en ello. En la diferencia de altura. En su diferencia de estatura. En que todos sus hermanos eran más altos que Danny y ahora Grace también lo había superado.
Steve siguió sonriendo como el maniático que era.
Adormecido
Danny no estaba seguro si Steve sabía lidiar con sus emociones. No, bueno, él estaba convencido que Steve no sabía lidiar con sus emociones. O, quizá, simplemente no quería. McGarrett era un campeón en el arte de guardar los sentimientos en cajas y archivar cada uno de los inconvenientes con los que no quería lidiar. Él no tenía duda que Steve tenía cajas para todo. Había aprendido a no pensar en las cosas que no quería pensar. Danny sabía una o dos cosas sobre eso. No había un monopolio para la compartimentación.
Danny no se equivocó al decirle a Steve que su mente era un lugar aterrador. Los motivos habían sido otros en esa conversación primera, quizá. Pero la conclusión era la misma.
(Su mente tampoco era un paseo por el parque, para ser francos).
Steve no tenía problemas para lidiar con las emociones del resto de las personas, la mayor parte del tiempo. Pero Danny también era mejor dando consejos que siguiendo sus propias palabras, ¿quién no lo era? Solía ser más fácil cuando lo veías todo desde lejos. (Y Steven había demostrado que era más perceptivo de lo que Danny le había dado crédito al principio —Danny había tardado en notarlo porque en los primeros tiempos Steve no sabía lidiar con la gente fuera de los casos ni con niños que no fuesen Grace, pero él era un detective y le prestaba atención a su compañero). Lo curioso de todo el asunto era que Steve, a la vez, podía ser dolorosamente desapegado e intensamente leal. Podía ser angustiosamente empático y espléndidamente indiferente.
Steve había caminado por muchos años con todas sus emociones en estado latente, adormecidas. Pero su corazón estaba despertando de su letargo. Danny lo podía sentir. Lo podía ver. Y era una visión maravillosa.
Azúcar
—¿Estás bien, Steve?
Danny lo miraba con una pizca de inquietud, con el ceño ligeramente fruncido. Y tan, tan cerca.
Quería decir que estaba bien. O, tal vez, simplemente «sí». Pero, en cambio, lo que salió fue: —Te amo.
Agrietado
No había una persona en el mundo que lo sorprendiera más que Rachel Hollander. Rachel Edwards. Lo que sea. Técnicamente, rigurosamente, por supuesto, podía decir que Steven McGarrett lo sorprendía constantemente y en múltiples maneras (para bien y para mal) pero, en realidad, nunca sentía con su compañero el constante shock, el inmenso entumecimiento, que algunas de las decisiones que su ex esposa tomaba dejaban con él. Quizá era por el simple hecho que Danny había conocido a Rachel durante más de una década y aún así ella todavía se las arreglaba para ponerlo en jacque, para darle vuelta el tablero de la situación y lograr que lo que él pensaba correcto fuese erróneo. Quizá era porque Steve, con su locura y todo, había hecho de su misión en la vida que Danny tuviera una existencia menos gris y opaca mientras que Rachel parecía determinada a lograr lo contrario. Quizá Steve, en su imprevisibilidad, era previsible.
No tenía ninguna defensa contra los violentos cambios de Rachel porque ella era muy buena fingiendo que cada una de sus decisiones era lógica. Que Danny siempre era el villano en su historia. Danny era el que ponía en peligro a Grace. Él era el padre ausente, era el temperamental, con el que no se podía hablar. Y sí, sabía que el divorcio había sido inevitable, en su momento. Danny sabía que ellos no habían estado muy bien en el último tiempo —llenos de silencio y dolor y distanciados el uno del otro— pero no mentiría diciendo que él esperaba a Stan Edwards y el viaje a Hawái. Rachel había firmado los papeles de divorcio, se había vuelto a casar y había huído al otro rincón del país en menos de un año. Luego había pasado una eternidad tratando de sabotear su relación con Grace. Y Danny había tenido que lidiar con todo eso. Y, en algún nivel, podía entenderlo.
Pero lo de Charlie, sin embargo.
Lo de Charlie era...
Danny no tenía palabras para lo que era.
¿Por qué Rachel no le dijo la verdad cuando Charlie enfermó? ¿Por qué tuvo que esperar tanto para confesarle la verdad?
Porque incluso si podía entender porque había mentido —el miedo es poderoso— jamás podría entender por qué esperó tanto tiempo para sincerarse.
Pensó que Steve podría ayudarle con eso, que podía contar con él para que guiara a Danny, para que lo dejara... sentir. Pero Steve, magnánimo, pura nobleza y bondad, solo le dijo que no debía concentrarse en lo que hizo Rachel, que no debía pelear con ella. Le dijo que lo importante era Charlie, que lo importante eran sus hijos.
Como si Danny tuviera otra cosa en mente.
Como si Danny fuese el que no pensaba en el bienestar de sus hijos y fuese el que los separaba de su familia y saboteaba las relaciones que tenían.
Como si Danny fuese el responsable de las decisiones de Rachel.
Como si Danny no pudiese tener un momento, un miserable y pequeño momento para estar enojado con Rachel por sus decisiones.
Steve, a veces, era cada onza del idiota que Danny lo acusaba de ser. Tenía mayormente buenas intenciones, claro, pero Danny también las tenía. Y eso no ayudaba con el dolor que Danny estaba sintiendo. Ni el dolor ni el enojo ni la frustración.
Steve había sugerido que era mejor concentrarse en los niños, que no estuviera enojado con Rachel. Bueno, Danny podía hacer eso. Podía hacer más que eso, podía estar enojado con Steve. Era mejor, incluso. Él ya estaba acostumbrado al sentimiento.
Afinidad
—Nunca te pregunté qué pasó con el perro. El perro que adoptaste y al final se quedó con Gracie.
—Algo te lo recordó, uh.
—Sí... algo así. Quiero decir... Ya no vive con Rachel y los niños, ¿no? Pero Grace lo mencionó.
—No te lo vas a creer... pero está viviendo con Stan. Parece que él se encariñado mucho con el animal. Aunque ya sabes, tenía cuatro años cuando lo encontramos... Es, bueno, ya es algo viejo. No está muy bien de salud. Gracie me dijo que le preocupa.
—¿El perro?
—Sí... Y la reacción de Charlie. Y que Stan se quede solo. Ella es-
—Claramente es tu hija.
Agradecido
Quería decirlo.
No debía ser tan difícil.
Solo eran palabras... Pero todos sabían que las palabras no eran lo suyo.
Solo eran palabras. Se suponía que las palabras eran lo suyo.
Estoy agradecido por haberte encontrado.
Estoy agradecido por haberte conocido.
Estoy agradecido porque no te hayas marchado.
Estoy agradecido porque me hayas elegido como tu amigo.
Gracias, Danno.
Gracias, Steve.
