A
Abrazo
Steve resopló. No puso los ojos en blanco, pero Danny sabía que había estado cerca de hacerlo. Siempre había podido leer muy bien a su compañero.
Lo que salió de su boca, para sorpresa de nadie, fue: —Te aburrirías por completo, Danny. Y me amas. No podrías seguir sin mí.
Danny tenía miles de respuestas para esas declaraciones pero, la verdad, muy pocas ganas de seguir el juego. No tenía sentido negarlo considerando su historial. Estaba seguro, ciento por ciento, que daría cualquier cosa a su alcance, o más allá, si eso era lo que necesitaba por Steve. Para mantenerlo con vida. Le encantaría que Steve sea feliz, también, pero Danny sabía que en el fondo era un deseo egoísta. Él quería, más que nada, mantener a su mejor amigo a salvo. Y con su familia. Y quería ser parte, aunque sea una pequeña parte, de lo que le trajese felicidad.
—Eso es cierto —confesó—. Triste, pero cierto.
Steve, que pareció absolutamente aturdido por un momento, se recobró lo suficiente para poner los ojos en blanco.
Danny se felicitó por haber acertado a su suposición.
—Dices las cosas más dulces, Danno —musitó Steve, en un intento de mantener la ligereza perdida. Tras una pausa, diminuta, pareció resignarse—. Aunque, hablando en serio... Tengo que confesar que hay algo que necesito hacer desde que volví a Hawai'i.
Danny alzó las cejas. Había, de nuevo, muchas posibilidades para esa afirmación. Con Steve… podía ser cualquier cosa.
—¿Ah? ¿Y qué es eso?
Steve dio unos pasos en su dirección con la firmeza que siempre exudaba y envolvió los brazos alrededor de él, aferrándose con fuerza.
—Esto es todo lo que necesito.
Apatía
Steve quería decir que se sentía agradecido. Quería decir que estaba agradecido por haber podido abrir los ojos de nuevo, por un nuevo amanecer y otra oportunidad. En teoría, debía estar agradecido. Estaba vivo, después de todo. Estaba vivo. Podía seguir haciendo su trabajo. No había dejado a su equipo, no había dejado atrás a su familia... Danny estaba vivo. Y su equipo aún se mantenía sólido y firme a su lado. Aún podía ser parte de la vida de Mary y Joan. Aún podía ayudar a Nahele, aún podía ayudar a las personas. Aún podía dirigir Five-0. A pesar de todo, contra toda posibilidad, había sobrevivido. Otra vez.
Pero su cuerpo había sido... su cuerpo ya no... El trasplante...
Steve quería decir que estaba agradecido. Quería mirar a Danny y decirle lo mucho que apreciaba lo que había hecho. Pero las palabras que había preparado cuidadosamente se congelaron en su lengua, cambiando y mutando a medida que se filtraban por su boca.
Porque Steve se había preparado para morir.
Steve se había preparado para morir pero estaba vivo. Danny lo había salvado.
Quería sentirse agradecido. No, más que eso. Quería sentir algo más que la fría, agónica apatía que lo llenaba todo.
Anhelo
Danny siguió mirándolo. Sus ojos estaban llenos de interrogantes y una pizca de intranquilidad. La expresión de suave preocupación que había pellizcado rostro desentonaba con la algarabía que se escuchaba en el patio y Steve quería borrar todo rastro de esa mirada porque no tenía razón de ser. Pero no podía explicarle a Danny que todo estaba bien porque las palabras habían quedado pequeñas. No podía decirle que la única razón por la que se había quedado de pie en el patio era porque...
Charlie y Nahele todavía reían en la distancia, jugando los dos en el agua. Joan y Grace seguían gritando sus nombres. Incluso la voz de Mary parecía flotar en el aire. Steve les había prometido que tendrían todo el día para ellos antes de la gran reunión que tenían planeada para el sábado. Y Danny estaba allí, en el centro, en el punto medio, en todas partes.
... estaba exactamente en el lugar en el que siempre había anhelado con lo que siempre había deseado tener.
Su hogar. Con su familia.
En el borde de su patio, con las palabras atoradas en las cuerdas vocales y la mirada empapada de maravilla, Steve podía decir que estaba... Feliz. En paz.
Admiración
—Eres un buen padre —dijo Steve.
A Danny no le sorprendió encontrar que el semblante de McGarrett se había oscurecido nuevamente. Oscilante, posiblemente, era una buena manera de describir su humor. No lo culpaba. Era un hijo en duelo. Era un hijo. Y Danny era un padre.
Hizo un sonido sin comprometerse. Decidió que podía dar una respuesta. —Sí, quizá, no lo sé… ¿Sabes? Hay tres maneras de mirarlo. Puede que me mate persiguiendo algún cabrón drogadicto y, ¿qué clase de padre sería entonces?
La boca de Steve se torció en una sonrisa durante un instante, pero luego sacudió el pensamiento con un suspiro.
—Siempre admiré a mi padre por eso —confesó. Bajo la luz del atardecer sus ojos parecían turbulentas nubes—. Los sacrificios que hizo. Estoy seguro que tu hija va a sentirse del mismo modo.
Era a lo que Danny se aferraba en las noches de recriminación y culpa y remordimiento.
—O eso, o quizá puede pensar que soy un egoísta hijo de puta. —Se rio, sin humor—. La verdad es que esto, este trabajo es todo lo que tengo aquí… Necesito esto. Quiero hacer lo que soy bueno, quiero ser recordado como que soy bueno en lo que hago.
Las olas retrocedieron.
—¿Y cuál es la tercera?
Danny sonrió.
—Este es el hogar de Grace ahora. Es mi trabajo mantenerlo a salvo.
Adiós
Danny nunca se despidió de Steve. Incluso cuando Steve se fue, incluso cuando todos pensaban que ya no regresaría, Danny no dijo adiós. Quizá era necedad. Pero, más que nada, era confianza.
Steve siempre regresó. Y Danny siempre lo fue a buscar cuando no encontraba el camino de vuelta.
Afilado
Los Williams tenían una lengua afilada. Y a menudo decían cosas sin pensar. Steve había aprendido esas dos verdades con Danny Williams pero el conocimiento probó ser cierto con más de uno de los familiares de su compañero. Eric, sin duda. Grace, alguna que otra vez. Charlie. Clara.
Pero, para Danny, las palabras no eran solo palabras.
Eran una defensa, una barrera y una distracción. Una manera de descargarse. Pero las personas a menudo se concentraban solo en lo que él estaba diciendo y se perdían lo que estaba debajo, lo que estaba escondido. Steve siempre había sabido mirar por debajo de las cosas. Siempre había sabido sacudirse las más hirientes de las palabras y los más duros comentarios. Era el silencio de Danny lo que le inquietaba. Porque podía ser aún más filoso.
Alcanzar
Para explicarle a Danny lo que siente, a veces, muchas veces, no le alcanzan las palabras. Steve no es bueno con ellas, no de la forma en la que Danny es. No de la forma en la que la mayoría de sus amigos son, incluso. A Steve lo sacan del campo, lo sacan del esquema, su estructura y su ordenado universo y él es mudo. En el silencio, es vacío. Steve siente ese vacío desde que perdió a su mamá. Desde que perdió a su mamá y su papá lo empujó lejos, dejándolo solo en medio de un mundo incomprensible.
Para Steve, por mucho tiempo, reinó el vacío. Él nunca sintió que podía llenarlo. Y si no lo llenaba él... ¿entonces quién podría?
No era por la falta de personas, no, porque conoció a grandes hombres y mujeres en la Marina. Muchos de ellos dejaron una estela brillante, otros trazaron caminos imborrables. Tenía Joe. A Freddie. A Catherine. Tenía a su equipo. A sus hermanos. Destellos de su padre y de su hermana. Y de su tía. Ellos hicieron el silencio soportable. No, más que eso. Le ayudaron a dejarlo en un rincón.
Olvidarlo.
Ignorarlo.
Pero el vacío estaba allí, igualmente. Él jamás se arriesgó a dejarlos entrar para que le ayuden a llenarlo.
Ese silencio lo siente en Five-0, incluso. A veces. Varias veces. Muchas veces.
Y Danny hace ruido. Danny hace ruido todo el tiempo. No se calla, aunque la gente quiera silenciarlo. Danny te grita más fuerte si quieres callarlo, te habla y te reclama. Te grita aunque le cierres la puerta, aunque lo alejes y lo empujes, aunque no conteste el teléfono o pretendas ignorarlo. Danny hace ruido detrás de las puertas. No abandona, no desiste. Y eso, eso, eso es lo que Steve necesita. Porque siente que está empezando a encontrar su voz. Siente que... Siente que no está tan lejos ni tan solo. Siente que puede dejarlo entrar.
Algún día...
Algún día.
Apoteosis
Es como el desenlace de una historia. Excepto que el final no es el final.
Las cosas no eran perfectas y Danny nunca esperó que lo fueran. Sí, Danny llevaba más cicatrices de las que habían arañado su piel y su corazón cuando se conocieron y Steve arrastraba años de sufrimiento en su espalda junto con un puñado de tragedias que antes habían parecido impensables. Pero estaban juntos.
Las cosas no eran perfectas, pero Steve sabía que la vida rara vez lo era. Los años no llegaron solos. Ni tampoco las cosas que vivieron. Todavía tenían desacuerdos y discutían por pequeñeces. Steve no dejaba que Danny usase su auto y Danny nunca dejaba de quejarse de su imprudencia. Steve todavía daba demasiado y Danny aún no recibía lo suficiente. Pero, más allá de todo, sus caminos permanecieron enredados.
Las cosas no eran perfectas, no por un largo trecho, pero son bastante buenas. Steve apoyaba su frente contra la de Danny cuando se sentía perdido y solo, cerrando los ojos e inhalando profundamente. Se acurrucaba a su lado en la cama, brazos y piernas entrelazados, cuando el silencio y el vacío picaban contra su piel. Danny se aferraba a la mano de Steve cuando sentía que estaba en el borde de un abismo, cuando todos los caminos parecían cerrados y el mundo se cerraba a su alrededor. Le besaba la frente en la quietud de la habitación. La frente, los párpados, la nariz y los labios.
Con el atardecer de fondo, en las sillas en el lanai. Con la luna en lo alto y conversaciones susurradas bajo las sábanas. Con el sol brillante y las discusiones en el auto y en la oficina, con las risas de sus amigos, su familia, y los ojos en blanco y la alegría de sus hijos.
Es mejor de lo que podían pedir. Es mejor que la perfección… porque les pertenece. Es real.
