Capítulo 07
Sakura viajaba al día siguiente en un coche con chófer, camino de un aeródromo privado. Por la mañana se había encontrado en la cocina con una alegre señora Yamanaka que le había llamado la atención sobre una nota que le había dejado Sasuke.
Aliviada por no tener que enfrentarse a él tan pronto, había leído la nota:
Tengo una reunión en París mañana por la mañana. Esta noche iremos a la ópera y dormiremos allí. Llévate lo necesario para la ocasión.
Sasuke.
A medida que se acercaban al aeródromo, Sakura sentía crecer su nerviosismo por tener que ver a ese hombre que había explorado su cuerpo tan íntimamente para luego llevarla a la cama como si fuera un invitado indeseado.
Atravesaron la entrada y se dirigieron hacia un pequeño avión junto al que estaba aparcado el deportivo color plata del que Sasuke sacaba una pequeña maleta y un traje.
Sasuke se volvió ante la llegada del coche. Estaba muy serio y los nervios de Sakura aumentaron varios enteros. No sabía cómo manejar la situación y se limitó a alisarse el vestido, sintiéndose vulnerable al pensar en la ropa que había elegido, junto con las joyas que él esperaría que llevara puestas porque, se recordó, ella se las había exigido.
Sasuke se alegró de llevar puestas las gafas de sol que ocultaron el destello de lujuria que habían emitido sus ojos al ver descender a Sakura del coche. Llevaba un vestido camisero de seda color champán, ceñido a la cintura con un ancho cinturón dorado. Los botones superiores estaban desabrochados y permitían adivinar el comienzo del canalillo, y los cabellos estaban sueltos sobre los hombros. Los pies iban calzados con unas sandalias doradas planas de estilo gladiador.
Tenía un aspecto descuidadamente cuidado, como solo podían tenerlo las mujeres que vestían las mejores prendas. De nuevo se regocijó al recordar que era suya, más de lo que hubiera podido imaginarse jamás. Sin embargo, para su desconsuelo, ese sentimiento de triunfo fue sustituido por otro de necesidad, como si supiera que jamás se saciaría de ella.
Deseaba arrancarle los botones a ese vestido y tomarla allí mismo, contra el coche. «¿Igual que la tomaste anoche en tu apartamento?», resonó una vocecilla en su cabeza mientras le invadía un sentimiento de vergüenza ante la locura desatada, la virginidad de Sakura y el hecho de no haber podido evitar tocarla de nuevo.
Esa mujer lo convertía en un ser inútil. Durante las reuniones de aquella mañana, había perdido el hilo de las conversaciones en varias ocasiones. Su habitual compostura lo había abandonado.
Antes de ensimismarse en los inquietantes efectos colaterales de la presencia de Sakura en su vida y en su cama, se acercó a ella para tomar el bolso de viaje.
En cuanto la tuvo cerca y pudo aspirar su aroma, fue incapaz de controlarse y, rodeándole el cuello con la mano que tenía libre, la besó apasionadamente en los labios.
Sin decir una palabra, la tomó de la mano y la guio hasta el avión.
Tras aterrizar en París, se dirigieron hacia el centro. Sakura se sentía cada vez más nerviosa. Sasuke prácticamente la había ignorado durante el vuelo y se preguntaba si esa sería su táctica: ignorar a sus amantes después de habérselas llevado a la cama.
El beso de bienvenida a los pies del avión la había pillado totalmente desprevenida, convirtiéndola en un manojo de nervios durante el resto del vuelo. Sasuke, sin embargo, no parecía afectado y se había concentrado en el portátil mientras mantenía una discusión de negocios en español. Sakura conocía ese idioma, y le había sorprendido oírle discutir el destino de los trabajadores de un hotel que acababa de comprar en México.
–No quiero que esa gente tenga que buscarse un nuevo trabajo. Necesitaré su experiencia cuando el hotel vuelva a abrir –había dicho él–. Quiero que les ofrezcas incentivos, o los ayudes a encontrar un trabajo temporal hasta que el nuevo hotel esté acabado.
La respuesta de su interlocutor le disgustó visiblemente.
–Por eso trabajas para mí, Suigetsu, y no al revés.
–Reconozco que no sé mucho de negocios –sorprendida mirándolo, ella se había ruborizado–, pero ¿es esa una buena estrategia financiera?
–¿Estás de acuerdo con mi ayudante? –Sasuke había sonreído–. Tienes razón, no lo es, pero se trata de una pequeña localidad en México de donde viene mi mentor y benefactor. Cuando me trasladé a Nueva York, trabajé en un hotel de Kakashi Hatake. Él enseguida reconoció mi potencial, y me instruyó para sucederle.
La mirada de Sasuke se entristeció.
–No tenía familia ni herederos. Lo que sí tenía era un tumor cerebral inoperable. Creo que se solidarizaba conmigo porque le recordaba a sí mismo cuando llegó de México sin un céntimo. Cuando murió, me legó todos sus bienes con la condición de que mantuviera su buen nombre y que hiciera algo para intentar mejorar la vida en su ciudad natal. Comprar este hotel solo es el primer paso de un plan de desarrollo de infraestructuras y oportunidades de empleo.
–Es un plan muy ambicioso –había observado Sakura.
–Es que soy un hombre ambicioso.
–¿Por eso tu cadena hotelera se llama Uchiha-Hatake? ¿Es por él?
–Me enorgullece unir mi apellido al suyo –Sasuke había asentido orgulloso–. Era un buen hombre y me ofreció una oportunidad. Es lo menos que puedo hacer.
Concluida la conversación, se había vuelto a enfrascar en el trabajo, dejando a Sakura con una sensación opresiva en el estómago.
Era evidente que la prensa se equivocaba, y aun así, Sasuke ni siquiera se había molestado en defenderse cuando ella había utilizado esa información en su contra.
Sakura regresó al presente cuando la familiar silueta de los Campos Elíseos se desplegó ante ellos. Empezaba a anochecer y se sintió tensa. Siempre le había gustado París... hasta la fiesta de debutantes. Hasta aquella noche. Desde entonces, cada visita a la ciudad le recordaba dolorosamente su ingenuidad y lo que le había hecho a ese hombre.
Sasuke también miraba por la ventanilla del coche y parecía estar muy lejos. ¿Estaría recordándolo también? ¿La odiaría más que nunca? Sakura se estremeció ligeramente y solo volvió a la realidad al comprobar dónde se había parado el coche.
–¿Se trata de alguna broma enfermiza? –Sakura miró a Sasuke que permanecía impasible–. ¿Regresamos a la escena del crimen?
–En absoluto, Sakura –contestó él–. Yo no juego con esas cosas. Hemos venido aquí por cuestiones prácticas, dado que soy el dueño del hotel.
Sakura contempló estupefacta la fachada del famoso hotel donde se seguía celebrando anualmente el baile de debutantes. Sasuke bajó del coche y le abrió la puerta, y ella ya no vio nada más que la hermosa silueta. Jamás le había parecido tan atractivo ni peligroso.
–Ven –ordenó él con una mano extendida.
Luchando contra el infantil impulso de cruzarse de brazos y negarse, al fin aceptó la mano tendida y bajó del coche. Sin soltarse, entraron en el hotel donde el personal se deshizo en reverencias y saludos.
A Sakura le sorprendió la reforma efectuada en el interior. El resultado era de lo más hermoso y se había eliminado la atmósfera excesivamente opresiva, pero sin descuidar su tradicional elegancia.
Ahí estaba la explicación del fulgurante éxito de Sasuke.
Tras hablar con alguien con aspecto de gerente, Sasuke siguió adelante sin mirar a Sakura. Seguía sin soltarle la mano cuando entraron en un ascensor privado. El encargado pulsó el único botón.
Sakura empezaba a sentirse claustrofóbica e intentó soltar la mano, pero él la miró y la sujetó con más fuerza.
Después de lo que pareció una eternidad, el ascensor se detuvo y la puerta se abrió. Sasuke saludó al encargado y entraron directamente en lo que solo podía describirse como un resplandeciente palacio de oro y crema con suelos de parquet y alfombras orientales. Los ventanales iban del suelo al techo y a través de ellos se veía la plaza de la Concordia, espectacularmente iluminada como un faro de oro.
Sakura lo olvidó todo durante un segundo hasta que se dio cuenta de que Sasuke la había soltado por fin y se dirigía al salón donde se quitó la chaqueta que lanzó a una silla.
–De modo que compraste el hotel en el que una vez fuiste un vulgar ayudante del gerente porque aquí tuviste la fantasía de acostarte con la debutante que te fastidió la vida. ¿No?
Sasuke se volvió lentamente hacia ella y deshizo el nudo de la corbata para desabrocharse los primeros botones de la camisa.
–Debes tenerte en muy alta estima si crees que hice todo eso solo para que algún día pudiera acostarme contigo siete plantas por encima del lugar en el que una vez me engañaste como una niñata malcriada que se aburría entre el plato principal y el postre.
Sakura se ruborizó. Lo que acababa de decirle era muy injusto, y una vez más supo que no podía contarle la verdad sobre aquella noche. Aunque la creyera, quedarían inmisericordemente expuestas a su cínico juicio tanto ella como su hermana.
Sasuke salvó la distancia que los separaba y Sakura sintió un nudo en la garganta dando instintivamente un paso atrás al sentir la penetrante mirada sobre ella.
–De eso nada –Sasuke sacudió la cabeza y la agarró de la cintura–. Tenemos algo de tiempo antes de ir a la ópera y sé exactamente cómo invertirlo.
Ella apenas podía respirar mientras Sasuke inclinaba la cabeza y la besaba. La sangre corrió como un torrente tensando cada una de sus terminaciones nerviosas.
Le parecía estar siendo devorada, empujada a un lugar donde solo existía la boca de Sasuke sobre la suya. Le rodeó el cuello con los brazos y apretó el cuerpo contra el suyo. La masculina lengua era áspera y exigente y Sakura emitió un gemido de lamento cuando apartó la boca para dibujar un rastro de besos hacia abajo por todo su cuerpo.
El ácido reproche sobre los motivos por los cuales había comprado el hotel se había clavado en las entrañas de Sasuke, empujándolo a buscar una satisfacción física. Pero cuando alzó la cabeza para respirar y contempló los ojos de Sakura, no hubo escapatoria.
En contra de lo que había asegurado, tuvo que admitir que en cuanto había sabido que el hotel estaba disponible había decidido, con un entusiasmo que sobrepasaba lo meramente comercial, que tenía que ser suyo. Sin embargo, al regresar a aquel lugar como su triunfal propietario no había sentido la satisfacción que había esperado. Más bien un vacío.
Sasuke intentó borrar los incómodos pensamientos de su cabeza. Algo llamó su atención y se dio cuenta de que la única joya que llevaba puesta Sakura era la gargantilla con la jaula del pájaro. Por algún motivo, el detalle le puso nervioso, como si encerrara algún mensaje oculto que no acertaba a comprender.
–Espero que hayas traído algo más que esto –observó mientras tocaba la cadena de oro.
–Por supuesto –ella se ruborizó y evitó mirarlo a los ojos.
La voz ronca de Sakura le hizo perder el control. Con un movimiento suave y sin esfuerzo, la tomó en sus brazos y la llevó hasta el dormitorio principal.
–Esta vez –anunció inflexible–, lo haremos en el dormitorio.
Sakura despertó dos horas después al sentir unos dedos deslizarse por su espalda. La sensación era deliciosa, y aun así le parecía que nunca iba a poder volver a abrir los ojos. Frunció el ceño y murmuró algo incoherente.
–Vamos, no nos queda mucho tiempo para arreglarnos.
Sakura abrió los ojos de golpe al oír la profunda y oscura voz.
Sasuke estaba sentado en el borde de la cama, cubierto únicamente por una pequeña toalla, oliendo a limpio y fresco, y con los cabellos húmedos. Acababa de ducharse.
Se puso de pie y dejó caer la toalla al suelo dirigiéndose al armario en busca de su ropa. Sakura no pudo evitar admirar la leonina elegancia de su cuerpo. Seguía impresionada por lo que acababa de suceder, por el modo en que Sasuke la había desnudado, tumbado sobre la cama y explorado todo su cuerpo, convirtiéndola en un ser jadeante y suplicante.
Apenas había conseguido evitar gritar cuando él se había agachado entre sus piernas, sometiéndola con maestría a una tortura que la había llevado casi a la cima, pero no del todo, hasta que sus ojos lloraron lágrimas de frustración.
Sakura se sentó en la cama y aprovechó que Sasuke se había metido en el cuarto de baño para ponerse de nuevo el vestido. Le faltaban unos cuantos botones y se sonrojó al recordar las torpes maniobras de las grandes manos y cómo, al no conseguir desabrocharlos, los había arrancado de un fuerte tirón.
Sasuke regresó y Sakura corrió al cuarto de baño, evitando en todo momento sus ojos, cerrando la puerta contra la que apoyó la espalda. Aún con el sensual aroma masculino en su nariz, cerró los ojos e intentó convencerse de que iba a ser capaz de sobrevivir y terminar la semana intacta.
Sasuke oyó la ducha y se imaginó el agua deslizándose por el cuerpo de Sakura. La erección fue instantánea. Echándole la culpa al gemelo que no conseguía cerrar, soltó un juramento.
Cerró los ojos y vio a Sakura, desnuda, boca abajo en la cama, tal y como la había visto instantes antes. El hermoso rostro tenía una expresión inocente y casi infantil.
La segunda vez que le había hecho el amor no había tenido nada que ver con la locura de la primera. Deslizarse en su interior había sido inquietante, como si estuviera tocando una parte de sí mismo profundamente enterrada. Nunca antes había perdido tanto la cabeza al hacerle el amor a una mujer.
Había esperado sentirse embriagadoramente triunfal después, a fin de cuentas, había logrado lo que tanto había deseado: tener a Sakura deshecha y desnuda en su cama
Ella había gritado mientras hacían el amor. Había llorado, suplicándole que la dejara llegar, que dejara de torturarla. Y a él no le había gustado lo mucho que le habían afectado sus lágrimas, haciéndole sentirse culpable.
El castigo había sido para ambos, y cuando ella al fin había llegado, la fuerza de su orgasmo casi había sido demasiado para él.
Lo cierto era que no había esperado que el sexo con Sakura fuera tan bueno. La había imaginado fría, distante, demasiado preocupada por su aspecto para permitirse ser realmente sensual. Pero esa mujer le estaba haciendo perder la cabeza.
La ducha se interrumpió y Sasuke sintió una repentina punzada de pánico. No podía asegurar que, si salía de ese cuarto de baño, no fuera a tomarla de nuevo y al demonio la ópera.
En su vida solo había habido una mujer que le hubiera hecho cambiar de planes. Y el que la hubiera hecho regresar a su lado no decía nada bueno de su fuerza de voluntad.
El miedo a hacer esperar a su padre había dotado a Sakura de la habilidad para arreglarse en un tiempo récord, de modo que no le extrañó el gesto de sorpresa de Sasuke al verla aparecer en el salón poco rato después.
Los ojos desmesuradamente abiertos despertaron una cálida hoguera en su estómago. Era lógico, pues el vestido era exquisito. Era de gasa rosa incrustada en oro y dejaba un hombro al aire, y se abrazaba a su pecho y cintura antes de caer hasta el suelo. Los cabellos estaban recogidos en un moño y de las orejas colgaban unos pendientes de diamante rosa.
–¿Estoy bien así? –preguntó ella, absurdamente nerviosa.
–Sabes que sí, Sakura –Sasuke sonrió–. Estoy seguro de que no necesitas mis cumplidos.
Sakura se ruborizó. No era un cumplido lo que había perseguido. Sasuke estaba espectacular con el frac negro y pajarita, también negra. Sus cabellos resplandecían, todavía húmedos, y sus ojos parecían dos gemas negras.
–Deberíamos irnos o nos perderemos el primer acto.
–¿Qué ópera es?
–La Bohème –contestó él, mirándola fijamente mientras abría la puerta.
–Es mi ópera favorita –Sakura no pudo evitar una expresión de placer.
–También la mía –contestó él secamente mientras entraban en el ascensor privado–. Quizás al final resulte que tenemos algo en común.
La sensación de placer murió al instante. Sasuke aludía sin duda a la disparidad de sus orígenes. No sabía mucho sobre su infancia, pero sí que había sido bastante humilde.
–¿Tu familia es numerosa? –preguntó ella en el asiento trasero del coche.
Él la miró desde la penumbra y ella sintió la tensión de su cuerpo.
–Tengo cinco hermanas más pequeñas que yo, y mis padres – contestó al fin.
–No lo sabía –la curiosidad de Sakura no hizo más que aumentar–. ¿Estáis unidos?
Se notaba perfectamente la potente mandíbula encajada. Era evidente que no le gustaba hablar de ello.
–Yo solo tengo a Karin –le confió Sakura con nerviosismo–. Siempre me pregunté cómo sería... –a punto de confesar su deseo de tener un hermano mayor, se interrumpió. Ella ya tenía un hermano mayor.
–¿Cómo sería el qué? –preguntó él, encantado de desviar la atención sobre ella.
–Cómo sería tener más hermanos.
–¿Más hermanas para que tu padre las paseara como si fueran princesas de hielo? –Sasuke enarcó una ceja–. Mi familia no es tema de conversación. Venimos de mundos muy diferentes, Sakura, no necesitas saber más.
Aquello fue como una bofetada y Sakura se reclinó en el asiento y miró por la ventanilla. La pequeña incursión en la vida de Sasuke la había intrigado, pero se reprochó en silencio el interés mostrado. Ser el único varón seguramente había alimentado su deseo de triunfar.
Llegaron a la ópera. Sasuke bajó del coche y le abrió la puerta ofreciéndole una mano con gesto autoritario. A Sakura le hubiera gustado rechazarla, pero debía pensar en su hermana, ingresada en una unidad psiquiátrica en Inglaterra, que dependía de ella.
Tres noches después, Sakura esperaba a Andreas en el apartamento de Londres.
Desde la velada en París, el ambiente se había enfriado visiblemente entre ellos, aunque tampoco es que hubiera sido muy cálido antes. Sasuke apenas le había dirigido dos palabras más aquella velada y, al regresar al hotel, le había anunciado que tenía trabajo antes de desaparecer en el interior de un despacho de la suite.
A la mañana siguiente había despertado para comprobar que nadie había dormido a su lado. A Sakura no le había gustado la inseguridad que se había apoderado de ella mientras había esperado a Sasuke, ocupado con sus reuniones, para regresar a Londres.
Sin embargo, aquella noche, ya de regreso en Londres, él la había llevado directamente a su cama para hacerle el amor con tal intensidad que no había podido mover ni un músculo después. A Sakura no le gustaba comprobar lo dispuesta que se mostraba a lanzarse en sus brazos, ni la sensación de alivio que había sentido al recibir nuevamente sus atenciones. ¿Tan patética y débil era tras una vida sometida a su padre como para dar la bienvenida a esa clase de trato? Se aferró al hecho de que pronto sería nuevamente independiente y que había accedido a ese acuerdo por un fin que justificaba cualquier medio.
Al día siguiente, Sasuke se había mostrado igual de frío y distante, confirmándole que ese sería su comportamiento fuera de la cama. Por un lado, sintió alivio. Lo último que necesitaba era que Sasuke la sedujera y fingiera que lo suyo era algo que jamás llegaría a ser.
La noche anterior habían acudido a una gala benéfica para recaudar fondos para niños heridos en países en guerra, con el fin de trasladarlos a Europa para recibir asistencia médica.
A Sakura se le habían llenado los ojos de lágrimas al escuchar la historia de una hermosa joven afgana. La habían disparado siendo adolescente y gracias a los fondos recaudados había sido trasladada a los Estados Unidos para ser operada. Desde entonces trabajaba con éxito en las Naciones Unidas.
Pero no había sido hasta que el presentador de la gala había solicitado la presencia del director de la fundación benéfica que Sakura había comprendido que aquello era obra de Sasuke. Estupefacta, había escuchado el apasionado discurso sobre la necesidad de impedir que los niños sufrieran las consecuencias de los conflictos armados.
–¿Cómo te implicaste en algo así? –había preguntado ella tras finalizar el discurso.
La expresión severa de Sasuke le había recordado que se estaba desviando del camino trazado, el de la amante muda y sumisa, y había sentido un repentino deseo de marcharse de allí. Lo único que se lo había impedido había sido, como siempre, pensar en Karin.
–En México hubo un niño que quedó atrapado en el fuego cruzado entre dos bandas de narcotraficantes. Suigetsu organizó su traslado a Nueva York, pero desgraciadamente el niño murió. Tengo ocho sobrinos que dan por hecho su seguridad, como deber ser. El crío de México me hizo abrir los ojos. Y tras su muerte sentí la necesidad de hacer algo más.
Para entonces, Sakura ya había comprendido que no podía fiarse de los prejuicios que tenía sobre la clase de hombre que era Sasuke.
No era ni avaricioso ni inmoral.
–¿Te gustaría tener hijos? –Sakura había ignorado la orden de no hablar de su familia.
–¿Por qué, Sakura? ¿Te estás ofreciendo a convertirte en la madre de mis hijos? Así podrías criar a las niñas para seguir tus pasos y que engañaran a otros hombres, haciéndoles caer tan bajo que sus vidas estallaran en pedazos. Quizás si tuviésemos una hija, la llamarías Estella, la heroína de Dickens que sedujo al pobre Pip con su belleza para luego aplastarlo como...
–Tú no eres Pip, Sasuke –había respondido ella con calma mientras doblaba la servilleta y se ponía en pie–. Y me parece que no recuerdas bien la historia, pues la víctima era Estella.
Cegada por las lágrimas, había corrido a los aseos encerrándose en el interior. Le había sorprendido la intensidad del dolor que había sentido, y la mezcla de vergüenza y culpabilidad que le había agarrotado el estómago ante el panorama descrito por Sasuke.
Él jamás se imaginaría lo crueles que habían sido sus palabras.
De pequeña solía mirar por la ventana de su dormitorio de Florencia y contemplar a los niños pasear por la plaza con sus padres.
Había visto amor y risas, y había sentido dolor físico al imaginarse cómo sería poder amar y ser amada. Tener hijos y ofrecerles la seguridad y el afecto que ella jamás había conocido. Pero hasta que Sasuke había pronunciado esas horribles palabras, no se había dado cuenta de que ese deseo seguía vivo.
Una vez recuperada la compostura, había regresado junto a un impaciente Sasuke al apartamento. En el coche se había mantenido encogida, apartada de él, incapaz de soportar siquiera que la tocara.
–¿Aseguras que Estella era la víctima? –había preguntado él con voz ronca–. Pues desde mi punto de vista se la ve muy fuerte.
Sasuke había alargado una mano hacia ella, y Sakura se había resistido con todas sus fuerzas, odiándolo con cada fibra de su ser.
Pero con una impresionante habilidad, él había derribado sus defensas, su ira, hasta que sucumbió al tórrido deseo.
Para cuando llegaron al apartamento, ella ya había olvidado lo dolida que estaba y solo había podido pensar en la liberación que únicamente Sasuke sabía proporcionarle.
–Deberíamos irnos o llegaremos tarde. La firme voz de Sasuke la devolvió bruscamente al presente. Se volvió hacia él y se preguntó si alguna vez superaría la impresión que le producía verle vestido de frac. Sakura recogió el bolso y el echarpe.
Por primera vez sintió la armadura protectora del brillante vestido negro de diseño. El pesado diamante que colgaba del cuello, los pendientes y la pulsera la mantendrían anclada al suelo. No podía permitirse el lujo de dejarse llevar.
Si Sasuke supiera lo vulnerable que era, la aniquilaría.
