A
Afectuoso
Danny siempre se había percibido como una persona táctil. Se había acostumbrado a moverse más allá de su burbuja y a tener gente en su espacio desde su temprana infancia gracias a su familia, y a sus hermanos. No estaba seguro que fuese completamente natural en su persona. Quizá, posiblemente, se trataba más de un hábito. Eso no quería decir que no fuese fácil o que no pudiese restringirse. Él podía hacerlo. Si notaba que a alguien no le gustaba el tacto, por ejemplo. Si veía que se incomodaba con su cercanía. Steve, por su parte, parecía serlo. Naturalmente táctil, es decir. Él podía permanecer distante la mayor parte del tiempo —nunca dando el primer paso para iniciar el contacto, a menos que fueras parte de su selecto grupo de personas—, retraído en el trabajo y en la casa. Y, aún así, frente a la más breve de las invitaciones, ante una breve apertura, parecía sucumbir. Cedía sin dificultad. Había una razón por la que Danny siempre usaba el tacto para centrar a Steve. Y había una razón por la que funcionaba.
Steve era... afectuoso. Cariñoso. Se escondía bajo una coraza, pero no para todo el mundo.
(A veces se preguntaba, no sin un poco de pena, cómo habría sido Steve si sus padres hubiesen sabido nutrir su lado sensible, ese tierno y frágil corazón, tan gigante como el océano).
—Sí —dijo.
Puso su mano en la cara de Steve, acariciando su rostro con la punta de su dedo y Steve se inclinó, tomando la respuesta como la confirmacion que necesitaba, tomando de nuevo las riendas de la situación, y lo besó. No fue el tipo de beso que había estado esperando. Fue una conquista más que un beso, Danny no habría podido retroceder, alejarse, incluso sin los brazos de Steve deslizándose a su alrededor y manteniéndolo en su lugar, no podría haber corrido si hubiera querido.
Por un instante, por una eternidad, los dos se perdieron.
Danny se alejó para recuperar el aliento y cerró los ojos para no caer en la trampa de mirar a Steve de nuevo, a pesar que la tentación pulsaba debajo de cada inhalación. Steve apoyó la frente contra la suya, tras un momento. El conocimiento de que fue por Danny, que Danny fue el que hizo que Steve perdiera el enfoque el tiempo suficiente para una respiración incontrolada era embriagador.
Abrió la boca para decir algo, para expresarse, para las cosas que sabía que debía decir, pero las palabras se enredaron unas con otras, perdiendo sentido y significado cuando, por fin, se atrevió a ver la cara de Steve. Una expresión resplandecía en su rostro. Asombro, quizá. El más puro. Pero no era lo único. Steve lo miraba como si hubiese estado perdido en el desierto y Danny fuese un espejismo, o un oasis.
Un teléfono sonó. El de Steve. Porque por supuesto que el teléfono de Steve tenía que sonar.
—Tienes que irte —señaló Danny.
Steve soltó una risa, divertida y honesta y tan llena de emoción que tronó en su pecho y en el espacio entre ellos. Y eso era todo.
Aferrarse
Steve parpadea lentamente mientras aprieta la mano de Danny entre sus dedos pero no dice nada más. Danny se aferra.
Aberrante
Steven McGarrett no podía perder a Daniel Williams.
Steve le debía toda la vida que había construido en Hawái a Danny, de alguna forma u otra. Le debía la vida, desde el momento en el que sus caminos se habían cruzado. Le debía la familia que había construido porque la habían construido juntos. Le debía la presencia de Grace y Charlie en su vida porque Danny había tratado por todos los medios de hacerlo parte de su familia. Le debía haber sobrevivido contra los pronósticos más adversos. Le debía su cordura en los momentos en los que había perdido foco. Le debía recuerdos buenos, recuerdos que reemplazaban los vacíos. Si hubiera sido otro hombre en el garaje de su padre aquel fatídico día de septiembre, Steve posiblemente no estaría en el lugar en el que estaba. Su vida en Hawái estaba enlazada a Daniel Williams de una forma que era aterradora e increíble. Humillante. Maravillosa. Indescriptible.
Steve McGarrett no podía perder a Daniel Williams.
(Lo que Steve tardó en comprender fue que Danny no podía perderlo a él, tampoco).
Auto
Danny parpadeó, regresando al tiempo presente. Al auto. A su auto. Suyo. Pero de Steve, también. Otro espacio que compartía con Steve, más bien. (Aún recordaba aquel pequeño desliz con Catherine cuando en lugar de hablar en singular cayó en la trampa del plural). La playa en el patio de Steve era su lugar, era la emblemática representación de lo que Danny quería para ellos, del futuro que añoraba, pero el auto era... Danny sabía que sus autos había servido también como confesionario. Como espacios de discusión, siempre, pero también lugares de confidencias. Lugares para sincerarse. Para esperar, para callar. Para ser.
Steve todavía estaba esperando que respondiera a una pregunta que no había escuchado.
—Me distraje por un momento. —Tenía demasiadas cosas en mente, demasiadas cosas que no dejaban de pulsar en sus pensamientos, pero no quería dedicarse a ellas de momento. Necesitaba una distracción—... ¿Qué me estabas diciendo?
Danny vio que Steve fruncía los labios. Pareció debatirse por un momento sobre algo. Quizá sobre si debía presionarlo para hablar o esperar. Steve podía ser muy paciente, si quería. Danny lo había visto jugar con los niños, lo había visto con sus hijos y lo había visto con Joanie. Con los testigos.
Pero Steve nunca era muy paciente cuando se trataba de Danny. No por falta de intentos, porque él lo intentaba, sino más bien porque simplemente no podía contenerse. Bueno, eso era una mentira. Él era paciente con Danny, más de lo que le daba crédito.
Danny no era una persona fácil. Punto.
—Nahele me ayudó a reparar el Marquis —dijo al final, decidiendo dejarle su espacio. Danny notó que Steve tardaba un poco más de lo usual en devolver su mirada a la calle, sus ojos lo siguieron mientras hablaba—. Y quisiera…
Danny lo detuvo con un gesto de su mano. Tanto como agradecía la distracción, ya sabía cómo acabaría la plática. —Ya sé hacia dónde se dirige esto y no creo que sea buena idea.
Steve abrió la boca y la cerró. Su gesto se pintó de indignación.
—¿Estás dudando de mis habilidades y las de Nahele...?
—¿Si estoy dudando...? ¡Por supuesto que estoy dudando de tus habilidades! A Nahele le estás enseñando tú a trabajar en el auto así que no sé qué esperar. Quiero creer que has sido responsable con él, al menos, nunca se sabe contigo. Pero ya te digo, Steve, no pienso subirme a ese auto de nuevo sin una garantía de...
Aludido
Danny miró el reloj. Aún tenían que esperar un par de horas hasta que Rachel, Stan y Charlie regresaran del control médico.
—Oye, Danno.
—¿Sí?
La mirada de Grace tomó un matiz suave, gentil. No que su hija estuviese llena de agresión o enojo constante pero Grace había estado distante en los últimos tiempos y Danny entendía perfectamente sus motivaciones. Eso no quería decir que no doliera.
—Seguro que todo estará bien.
Había un deje de duda debajo de la afirmación.
Su hija había crecido para ser una joven asertiva. Atenta. Perspicaz. Danny nunca podría dejar de maravillarse con Grace, por la forma en la que había crecido a pesar de todos los baches en el camino. O debido a ellos, tal vez.
Estiró la mano para buscar la de su hija —siempre había sido fácil hacerlo— y sonrió aliviado cuando Grace se aferró con el mismo gesto. Ella también estaba preocupada por su hermano. Ella no tenía que ser la fuerte en la relación. Ella tenía que ser la niña que todavía podía ser, la adolescente en la que se estaba convirtiendo.
—Todo estará muy bien —confirmó él. Porque Grace aún no tenía catorce años y Danny era un hombre adulto. Él tenía que ser el que ofreciera consuelo, quien dijera que todo sería mejor y no el que lo necesitara—. Charlie es un niño muy fuerte. Es tan fuerte como tú. Todo estará bien. Yo solo... Ya sabes. Me preocupo.
«Todo estará bien».
Danny se esforzó por mantener las palabras como un mantra, alejado del cúmulo de pensamientos que podían consumir la idea y torcerla por completo. Tenía que pensar que estaría bien. Solo era otro estudio de control. Y luego Charlie iría a su casa, por el fin de semana, como habían planeado. Visitarían a Steve porque Grace quería ver a Steve y porque Charlie aún tenía que conocer más a Steve. Y porque Danny no quería que Grace se sintiese dejada de lado y porque él quería que Charlie... Quería que Charlie disfrutara de cosas. De la vida. Charlie tenía mucho mejor humor del que había tenido en meses y estaba más activo en todos los sentidos. Las miradas de Stan y Rachel, llenas de lágrimas de alivio, eran más que buenos indicadores que todo estaba como debería haber sido siempre.
Salvo por lo obvio de todo el asunto. Algo en lo que Danny definitivamente, definitivamente no quería pensar. Y mucho menos en presencia de Grace.
No quería fijarse en lo mucho que dolía.
—¿Hay algo interesante en tu revista? —preguntó, porque necesitaba despejarse por un momento.
Si era con otra de las revistas de numerología de Grace, pues entonces no importaba.
Grace soltó un ligero bufido, dejando la revista sobre su regazo. Tenía una expresión que Danny no podía negar que había tomado de Steve pero, a la vez, que le recordaba mucho a sus hermanas, de Kono incluso. Grace había tomado fragmentos de todos ellos, de alguna forma.
—No lo creerías.
Pero el tono de Grace, junto con la sonrisa que le estaba dando, lo hizo detenerse a estudiarla. No era la sonrisa de siempre —la que Steve solía decir que ellos compartían, la sonrisa de alegre entusiasmo que en Grace era tan común y en Danny era sumamente rara— ni era tampoco la sonrisa socarrona que hacía eco de la de Rachel. No, la sonrisa que Grace estaba esbozando era una de las típicas McGarrett. Lo que era una sorpresa y a la vez no.
Steve solía sonreír de ese modo cuando quería... cuando quería que Danny preguntase cosas. No en casos en los que la información estaba fuera de su alcance pero... en otros casos. Era la sonrisa de alguien que sabía que tenía un secreto y quería compartirlo pero, por supuesto, no cedería fácilmente.
—¿No lo creería, Monito? —preguntó, porque obviamente tenía que preguntar. Era lo que Grace esperaba que hiciera. Y era, además, lo que Danny siempre había hecho con ella. Lo que siempre haría para ella—. ¿Por qué no lo creería?
Grace se mordió el labio. No era la duda lo que la hizo detenerse, no. —Estoy leyendo sobre las señales para reconocer a las almas gemelas.
Danny resopló. Grace se tomó un momento para poner los ojos en blanco.
—Deberías abrir un poco más tu mente, papá.
—Lo siento —Se encogió de hombros, tratando de no poner los ojos en blanco igual que Grace. El interés de su hija en lo esotérico era tan nuevo como frágil y la mayoría del tiempo Danny solo estaba allí para escucharla divagar y tratar de entender por qué se aferraba a esas ideas. Pero Danny nunca había manejado muy bien esos temas y no podía entender por qué a Grace le interesaban—. Solo que no creo en el mito y toda esa fanfarria. ¿Esas cosas como el destino y esa persona ideal que viene a tu vida mágicamente? No, gracias.
Era una idea estupenda, ¿verdad? Pasar toda la vida buscando a alguien, anhelando algo que no existía y que no podía ser real. Una persona que te complemente, un ideal inalcanzable, algo totalmente irreal que no concordaba con lo que ocurría en la realidad.
Grace no soltó su mano, pero dejó caer la mirada en el artículo de la revista que estaba leyendo y luego volvió a mirarlo.
Claramente se preparaba para defender el tema.
Tenía el mismo gesto terco que tenía Rachel.
—Tampoco estoy diciendo que eso sea así. Siempre dicen que las almas gemelas se conectan inmediatamente y que todo es perfecto para ellos porque están destinados pero no es tan así. Es al revés.
Danny levantó una ceja. —¿Al revés?
—Sip. —Grace volvió a concentrarse en lo que había estado leyendo y otra sonrisa, una más suave, más ligera, se colgó en sus labios—. Cuando se conocen no es algo normal, no es que se conectan inmediatamente. La gente... bueno, hace que parezca todo perfecto, que todo sea fácil, pero... se dice que te da nervios conocer a esa persona. No es lo típico. No es un encuentro feliz. Estás con alguien que cambiará tu vida para siempre. Da un poco de miedo.
Uh, uh . —Eso es nuevo.
—Es porque la gente siempre toma una idea y la generaliza y nunca se concentra en buscar otras cosas. —Había una firmeza inusual en las palabras de Grace, en su tono, y Danny estaba seguro que no hablaban del articulo de la revista ni del tema de las almas gemelas solamente—. Pero hay más.
—¿Hay más?
La vacilación de Grace fue un poco más notoria.
—¿No te vas a reír?
Danny le dio un apretón a su mano, suave. —Te prometo que no me voy a reír.
—Aunque no lo creas.
—Aunque no lo crea —concedió.
Danny no creía en esas cosas. Pero Grace sí que creía y él siempre quería saber en las cosas que estaba su hija. Y no quería que eso cambiase. No tan pronto. Cambiaría, desde luego. Con el tiempo.
—Dice que no es un encuentro fácil, que no se supone que lo sea porque es persona te cambia la forma de ver el mundo... Pero igualmente sí que es fácil. Hay una conexión inexplicable. Y de repente, es todo diferente. Porque confías mucho en esa persona, más que en el resto del mundo. Y su relación no se parece en nada a la que tienes con otras personas. Es muy especial.
Como no tenía nada inteligente para decir, Danny se quedó en silencio.
Grace giró la cabeza y lo estudió por un instante.
—Sé que no crees en esas cosas.
—No —dijo honestamente.
—¿Pero no te recuerda a nada?
Las cejas de Danny se alzaron por completo.
—¿Perdón?
Grace se rio.
Arcoíris
—Eso, Daniel, es un arcoíris lunar —señaló Steve. Danny reconocía el tono con el que hablaba, el toque petulante que se escabullía en las palabras de Steve ocasionalmente. Pero también encontró una expresión suave en su mirada—. Se produce también por la luz del sol, pero mediante el reflejo de la luna. Por eso es más tenue.
Era un arco blanco en medio de la noche para sus ojos. Pero en la foto que Steve había tomado, en efecto, había un arcoíris de colores en medio de un cielo oscuro.
—Es muy difícil de captar para el ojo humano —apuntó Steve, que por supuesto tenía explicaciones para todo. Danny a veces se asombraba por la capacidad de Steve y sus ansias por saber cosas—. Y necesita condiciones muy específicas. Como un ambiente húmedo y también la luna llena.
—¿Es por esto que...?
Danny no quería romper el aire reverente que había aparecido en el rostro de Steve así que presionó los labios y negó con la cabeza antes de terminar la pregunta. No tenía sentido hacerla.
Steve quería compartir esto con Danny y cuando Steve quería compartir alguna cosa con él, había algún significado.
Quizá estaban en Maui porque Grace y Rachel habían decidido pasar un fin de semanas en la isla para arreglar algunas cosas y su hija le había pedido a Danny que las acompañase. Y Danny había invitado a Steve porque por supuesto que había invitado a Steve. Pero Steve quería compartir ese momento con él. Podría haberse ido por su cuenta. Podría haber dejado a Danny en la habitación... Podría...
Pero Steve quería que Danny estuviera con él.
Absurdo
Es una epifanía que lo absorbe todo. Y es simple, en su magnitud, al mismo tiempo. Es el hecho que un día, sin más, ocurrió. Danny, por un momento, se pierde en lo absurdo de su situación. En el hecho que está enamorado de su mejor amigo. Y que su mejor amigo es Steve McGarrett. Y que son amigos desde hace más de una década. Y que, si quisiera, podría escribir una de esas comedias románticas que tanto le gustan a su madre porque tienen material de sobra con todos los eventos de sus vidas. Es mejor perderse en lo absurdo de todo el asunto, la verdad. Danny ya sabe lo que es sufrir desde lejos.
Lo único que quiere para Steve es que… sea feliz.
Afirmación
No es la primera vez que Steve y él comparten una cama pero sí es la primera vez que lo hacen desde que Steve regresó de su último... viaje. Su último... lo que sea. A veces Danny no está seguro de cómo calificar esas escapadas. Misión es, tal vez, el término más acertado. Steve siempre tiene una misión. El cansancio parece estar escrito en sus rasgos, en sus ojos, en la línea de sus hombros y por eso Danny solo había fruncido los labios al verlo. Y no habló. Hay muchas cosas no dichas entre ellos, ideas que se quedaron colgando en el aire. Esta es la parte más difícil de su relación. Para él. Porque esta es la parte de Steve que Danny conoce y no entiende. La que solo puede ver de lejos. La que no forma parte de ellos.
Pero Steve está de nuevo en Hawái, de nuevo en su hogar. Y tienen todo el tiempo del mundo para hablar. Están juntos de nuevo, que es lo que importa.
Están juntos de nuevo. Eso es lo que importa.
Danny se esfuerza en no ocupar más espacio del estrictamente necesario, sabiendo que Steve siempre tarda un momento en acostumbrarse a compartir su espacio, su lugar, y la cama es lo suficientemente amplia para albergar a dos hombres adultos sin que sus cuerpos entren en contacto. Eso no quiere decir que sea cómodo. Que sea lo que Danny quiere o lo que Steve necesita. Después de un segundo de silencio sofocante, Steve se da vuelta, se acerca, y coloca un brazo sobre el pecho de Danny. La respiración de Steve es tranquila, ecuánime, y dice absolutamente nada sobre su estado de ánimo. Pero el gesto, el acercarse, el tocar a Danny sí que lo hace. Tal vez Steve aún no está con él, no completamente, pero está buscando su camino de regreso.
Algo cálido y peligroso se retuerce en el estómago de Danny, incómodo y familiar. Él lo ignora cuando finalmente se permite relajarse, el brazo de Steve lo hunde un poco más en la cama, en el colchón, lo hace más consciente de su agotamiento. Siente a Steve acercarse más y se acomoda en silencio, girando su cabeza lo suficiente como para echar un vistazo al perfil de Steve, a la sombra en la oscuridad.
—Danno.
—Hola, cariño —dice—. Bienvenido a casa.
Están juntos de nuevo. Eso es lo que importa.
