Capítulo 08

Conducir el deportivo le permitía a Sasuke mantener la mente y las manos ocupadas. No quería quedar nuevamente en evidencia demostrando que era incapaz de pasar siquiera unos minutos sin tocarla.

Pensó en la bomba interna que había detonado ella al preguntarle si quería tener hijos. No era la primera amante que le había preguntado si deseaba ser padre, y él siempre había reaccionado con una mirada fría y terminando fulminantemente la relación. Sin embargo, ante la pregunta de Sakura había sentido algo muy inquietante, pero no el habitual rechazo que solía provocarle.

¿Había hecho algo que le hubiera dado pie a hacer la pregunta? ¿Sabía ella que una semana no bastaría, que iba a desear más?

En ese momento, Sasuke sí se había sentido como Pip persiguiendo a una hermosa e inalcanzable Estella, condenado para siempre al fracaso.

Necesitaba mantener las distancias, como había empezado a hacer en París. Demasiadas cosas le inquietaban: el comentario de Sakura sobre sus motivos para comprar el hotel, el creciente deseo que sentía por ella, y la manera en que le interrogaba sobre su familia.

Parte del rechazo juvenil de Sasuke hacia su familia había resurgido tras la humillación sufrida en París años atrás. Su marcha de Europa había sido precipitada, y sabía que a sus padres les había disgustado. Jamás habían comprendido su deseo de triunfar, su miedo irracional a no conseguirlo en una ciudad pequeña, sobre todo tras la muerte de Naruto.

Sasuke se recordó que la suya no era una relación como cualquier otra. Con otras amantes solía hacer un esfuerzo, hablaba de naderías y se mostraba ingenioso y encantador. Pero con Sakura sentía la necesidad de alcanzar una meta, curar la fiebre, exorcizar los demonios. Y muy convenientemente ignoró el hecho de que no parecía estar más cerca de esa meta que unos días atrás.

Un par de horas después, Sakura tenía los pies doloridos por culpa de los altos tacones. Se preguntó qué pensaría Sasuke si supiera que, en contra de la opinión que tenía de ella, habría dado un brazo por no volver a asistir a esa clase de fiestas. Un hombre alto y de cabellos dorados se acercó a Sasuke que lo saludó efusivamente con una encantadora sonrisa que Sakura jamás había visto en su rostro.

–Te presento a Deidara Akatsuki –le presentó–, de Industrias Akatsuki. Acaba de mudarse a Londres para expandir su dominio en la industria del motor.

A Sakura no le resultaba desconocido el nombre y, sonriendo, le estrechó la mano a ese hombre, tan alto como Sasuke.

Tenía unos preciosos ojos azules y ella tuvo fugazmente el deseo de sentir algo por él que le demostrara que Sasuke no dominaba todos sus sentidos. Sin embargo, al estrechar su mano no sintió nada.

–Si te aburres con Uchiha –la saludó el otro hombre con una radiante sonrisa–. Llámame.

Coqueteando descaradamente con ella, le ofreció una tarjeta y ella sonrió divertida. Sasuke alargó una mano y la tarjeta desapareció entre sus dedos antes de que le rodeara la cintura con un brazo y la atrajera hacia sí.

–Te llamaré, Uchiha –Deidara alzó las manos en gesto de rendición–. Me interesa saber qué tal te ha ido ese negocio, y el mes que viene voy a lanzar un nuevo coche que creo que te gustará...

La mirada de Sasuke se posó en Sakura que se ruborizó intensamente.

El otro hombre se marchó y Sasuke, lívido, se volvió hacia ella, que dio un paso atrás.

–Ni se te ocurra.

–¿El qué? –preguntó ella confusa.

–Deidara está fuera de los límites.

Sakura era consciente de que la ira que se desató en ella provenía más de la frialdad de Sasuke durante los últimos días que del comentario que acababa de hacerle.

–¿Cómo te atreves? Cuando hayamos terminado, podré hacer lo que me plazca, y esa es mi intención. Y si me apetece tener una apasionada aventura con Deidara Akatsuki, entonces ten por seguro que lo llamaré.

La expresión de Sasuke le provocó un escalofrío. Parecía capaz de ejercer la violencia.

–Eres mía, Sakura –rugió–. De nadie más.

–Una semana, Uchiha –espetó ella–. Seré tuya durante una semana. Fuiste tú quien estableció la duración –de repente sintió un vacío en el estómago–. Y quedan dos días. ¿Tanto disfrutas de mi compañía que te habías olvidado? ¿A lo mejor te apetece más?

Sakura no supo de dónde surgieron las palabras envenenadas que pronunció después.

–Si tanto te preocupa mantenerme alejada de las camas de otros hombres, te va a costar mucho más que unas cuantas baratijas.

–¿Así es como te recuperas económicamente de la espectacular ruina de tu padre? No sé de qué me sorprendo.

A Sakura le llevó varios segundos comprender que las palabras no habían surgido de los labios de Sasuke. Miró a su izquierda y la sangre abandonó su rostro.

Sasori Akasuna. Su hermanastro.

–Akasuna –Sasuke lo saludó secamente.

–Uchiha –los ojos cafés abandonaron momentáneamente el rostro de Sakura para posarse en Sasuke–. Veo que mi hermanastra, Sakura, ha encontrado un benefactor que le permita conservar el estilo de vida al que está acostumbrada.

–Me has reconocido...

–Seguí muy de cerca, y con gran interés, la caída de nuestro padre –los ojos cafés volvieron a posarse en Sakura. Al parecer tu hermana y tú habéis caído de pie.

–Esto... esto no es lo que parece –contestó ella con un hilillo de voz.

–¿De verdad crees que sería capaz de olvidarte? –espetó él con una expresión gélida–. ¿Después de cómo Karin y tú me pisoteasteis como si fuera basura tirada en la calle? En cuanto a nuestro padre ¿tienes noticias de él?

Sakura sacudió la cabeza. ¿Cómo explicarle a ese hombre que odiaba a su padre casi tanto como lo odiaba él?

Una bonita pelirroja se acercó a Rocco y lo tomó del brazo. El cambio en la expresión de su hermano fue inmediato, pero, al volverse hacia Sakura, el hielo apareció de nuevo en su mirada.

–Te presento a mi esposa, Tayuya. Tayuya, quiero que conozcas a Sakura, la pequeña de mis hermanastras.

Sakura percibió la tensión en la otra mujer, acompañada de una expresión de desconfianza en la mirada. Estaba claro que comprendía la situación. No obstante, se estrecharon la mano y fue entonces cuando resultó evidente que estaba embarazada. Una punzada atravesó a Sakura al comprender que quizás tuviera algún sobrino o sobrina.

–Por tu expresión me parece que Sakura no te ha hablado de nuestras conexiones familiares –Akasuna se dirigió de nuevo a Sasuke–. Ni tampoco te habrá contado cuando mi padre me derribó de un puñetazo como si no fuera más que un perro callejero.

–Sasori... –intervino su esposa.

–Solo tenía doce años –Sakura se dirigió suplicante a la otra mujer–. No era lo que parecía.

La compasión que reflejaba la mirada de la esposa de Sasori era abrumadora. Sakura se soltó de Sasuke, incapaz de mirarlo a la cara, y huyó de aquel lugar. Ya no le cabía ninguna duda de que ella y su hermana estaban solas en la vida. Siempre se había temido que no podría acudir a su hermanastro, pero verlo tan claro era diferente.

En su interior había albergado la fantasía de que un día podría explicarle a Sasori que no eran tan diferentes, que tenían un enemigo común: su padre.

La garganta le ardía mientras intentaba suprimir su emoción, esperando la aparición de Sasuke en cualquier momento. No iba a permitir que huyera de esa manera, no cuando tenía una misión que cumplir a su lado.

–¿Por qué nunca me dijiste que Sasori Akasuna era tu hermanastro?

–No me pareció relevante –contestó ella sin volverse hacia la voz.

–¿No te pareció relevante? –bufó Sasuke–. Es uno de los empresarios más importantes del mundo.

Sakura se volvió hacia Sasuke que la miraba con una expresión a mitad de camino entre el asco y la confusión. Y optó por el ataque frontal para ocultar sus sentimientos.

–Cómo has podido comprobar, me odia, y a mi hermana también. ¿Por qué iba a importarme el hijo bastardo de mi padre, nacido de una vulgar prostituta?

Sakura sintió desgarrársele las entrañas ante sus propias palabras. Era justo lo contrario de lo que pensaba.

–Cierto –asintió Sasuke con una extraña expresión antes de dirigirse hacia la calle.

–¿No quieres volver a entrar? –Sakura titubeó unos segundos antes de seguirlo.

–Sasori Akasuna y su mujer son amigos míos –contestó él secamente–. No quiero obligarles a marcharse porque estés conmigo. Les dije que me iría yo.

Un intenso dolor agarrotó a Sakura mientras el aparcacoches les llevaba el vehículo y entregaba las llaves a su propietario. Solícito, Sasuke le abrió la puerta antes de acomodarse tras el volante. Ella tenía la impresión de que lo suyo estaba a punto de terminar y tras un silencioso trayecto hasta el apartamento, él mismo se lo confirmó.

–Dispondré lo necesario para que un guarda de seguridad te acompañe mañana a la joyería –le anunció en cuanto entraron en el apartamento–. Así podrás disponer de tu dinero.

–Pero, aún quedan dos días –balbuceó ella patéticamente.

–He tenido suficiente con cinco –espetó Sasuke con frialdad. Sakura se sentía aturdida, como si Sasuke la hubiera levantado en vilo para dejarla caer al suelo. Y sin embargo ¿qué otra cosa podía esperar?

Ese hombre había evitado toda conversación sobre temas personales, en realidad sobre cualquier tema, y, aun así, aquella noche había sentido un atisbo de esperanza al verlo reaccionar con tanta posesividad cuando Deidara había coqueteado con ella.

Seguramente no había sido más que una pose. Estaría más que encantado de verla en brazos de cualquier otro hombre cuando acabara con ella. Y ya había acabado.

Se odió a sí misma por no sentirse aliviada. Humillada, no le quedó más remedio que reconocer que, a pesar de convencerse a sí misma de que solo estaba con Sasuke por su hermana, era mentira.

Ese hombre siempre había sido el objeto de su fantasía, aún a sabiendas de que solo la había utilizado para vengarse.

Un intenso frío se instaló en su interior. Lo único bueno que podía surgir de todo aquello era la ayuda para su hermana y no tenía ningún derecho a imaginarse otro escenario.

–Entonces, buenas noches –Sakura se obligó a decir algo. Era evidente que Sasuke no la tocaría más, aunque su vida dependiera de ello. A punto de marcharse, oyó su voz.

–En realidad es adiós, Sakura. Mañana por la mañana ya no estaré. Salgo para Nueva York.

–Lo siento, Sasuke –ella se volvió, incapaz de contener el torrente de palabras que salían por su boca–. No fue mi intención...

Y antes de que él pudiera decir nada, se marchó corriendo.

Sasuke se quedó contemplando el espacio vacío que Sakura había dejado y quiso correr tras ella, preguntarle qué había querido decir con «no fue mi intención». Quiso tomarla en sus brazos y volver a llevársela a la cama.

Pero eso no bastaría. Jamás sería suficiente. Su cuerpo se consumía de necesidad, incluso después de la desagradable escena con su hermanastro.

Había sentido el dolor de Sasori e imaginado a las dos princesitas pisoteando al hermano caído en el suelo.

Había despertado toda su ira y rabia, olvidada con demasiada rapidez en el ardor de la pasión o cuando Sakura lo miraba con sus enormes ojos jades.

Había olvidado que la semana estaba a punto de concluir, hasta que ella se lo había recordado. Su primer impulso había sido anunciarle que la dejaría marchar cuando decidiera hacerlo.

Afortunadamente había reprimido el impulso porque esa mujer estaba contando cada día y calculando cuánto dinero se sacaría gracias a él.

Ver a su amigo Deidara Akatsuki coquetear con ella le había puesto celoso. Y al ver cómo ella le había sonreído... se le había caído la venda de los ojos y había comprendido lo peligrosamente cerca que había estado de convertirse en el esclavo de esa mujer.

Buscarla había resultado ser un tremendo error.

Londres, un mes más tarde

Sasuke entró en su apartamento. Estaba agotado. Había alargado el viaje de negocios a Nueva York sin querer plantearse por qué postergaba tanto su regreso a Londres. Lo recibió un profundo silencio. Estaba solo.

Al entrar en el salón tuvo la imagen de Sakura volviéndose para mirarlo, con su vestido negro. Perfecta. Hermosa. Soltando un juramento, salió de la estancia.

En la cocina se despertó en él el recuerdo de la conversación entre Sakura y la señora Yamanaka a propósito del horno, o el de Sakura sentada desayunando un cruasán.

Recriminándose por lo ridículo que estaba siendo, abrió la puerta del dormitorio de Sakura. Aún persistía débilmente su aroma, aunque lo suficiente para que la temperatura de su entrepierna subiera varios grados. Y entonces, algo le llamó la atención.

Aunque no podría asegurarlo, casi estaba seguro de que en el vestidor se encontraba cada una de las prendas que le había comprado, incluso el vestido rosa que había llevado la noche en que la había tomado contra la pared. Sasuke se sintió ruborizar.

Podría haber conseguido una fortuna vendiendo esa ropa, y aun así la había dejado toda. Una extraña sensación le agarrotó el estómago y corrió al estudio. Sin embargo, la caja fuerte estaba completamente vacía.

Durante un segundo había pensado que también habría dejado las joyas. Porque... ¿Por qué? «¿Creías que quizás había empezado a sentir algo por ti?», se burló de sí mismo.

Impregnado de un desagradable sudor frío, descolgó el teléfono. Tenía que asegurarse.

–Sí, señor Uchiha. Vino aquella mañana y devolvió cada pieza de joyería. A cambio, le entregamos una suma de dinero muy respetable. Una joven muy agradable.

Sasuke no quiso entrar en la conversación sobre los encantos que Sakura Haruno era capaz de desplegar cuando le convenía, y estaba a punto de colgar cuando su interlocutor habló de nuevo.

–En realidad, sí hubo un objeto que insistió en quedarse. Voy a consultarlo.

Era evidente que estaba repasando alguna lista y Sasuke se mordió el labio impaciente.

–Eso es, aquí está. Decidió quedarse la pequeña gargantilla de Angel Parnassus, e insistió en pagarla con su propio dinero.

Sasuke se despidió del joyero y colgó. No sabía por qué, pero la elección de esa cadena con una jaula de pájaro le había puesto nervioso desde el principio.

Soltando un enésimo juramento, se dirigió a su habitación y se cambió para asistir a la recepción de boda a la que estaba invitado en uno de los hoteles de su propiedad.

La breve aventura con Sakura Haruno había concluido y en el fondo le daba igual por qué había decidido quedarse una pieza de oro de tan poco valor. Tampoco quería pensar en que estaría en alguna parte de la ciudad, viviendo de su dinero y, sin duda, seduciendo al siguiente multimillonario que fuera lo bastante estúpido como para caer bajo su hechizo.

Una repentina y vívida imagen de Sakura con Deidara Akatsuki apareció en su mente y tuvo que respirar hondo para aliviar la desagradable sensación en su estómago.

Que se fuera al infierno. Había terminado con ella. Que le aprovechara a Deidara.

Sakura se apartó de otro grupo de invitados que apenas la miraron tras servirse de los canapés que portaba en una pesada bandeja y ella agradeció el anonimato. Llevaba dos semanas en ese trabajo y era consciente de la suerte que había tenido al encontrarlo.

Hasta el último penique que había conseguido con la venta de las joyas había ido a parar al tratamiento de Karin. Había pasado una emotiva tarde con su hermana, asegurándole que estaba bien. No se arrepentía de lo que había hecho.

Únicamente por la noche, tumbada en la cama de un apartamento tan mugriento como el anterior, se lamentaba por haber vuelto a engañar a Sasuke. Jamás olvidaría el modo en que la había mirado la última noche, ni el doloroso encuentro con su hermano.

Se dirigía hacia otro grupo de invitados cuando uno de los hombres se volvió ligeramente. Sakura se paró en seco y su estómago dio un vuelco. No podía ser. El mundo no podía ser tan cruel.

Sasuke Uchiha miró fugazmente en su dirección, reconociéndola espantado.

Dándose media vuelta, ella se marchó en dirección opuesta, imaginándose que quizás no la hubiera reconocido. Seguramente pensaría que se había equivocado porque daría por hecho que estaría navegando en algún yate, tomando el sol, gastándose el dinero.

Sin embargo, su equivocado juicio se confirmó cuando una fuerte mano la agarró del hombro y la obligó a girarse con tal violencia que la bandeja aterrizó boca abajo sobre la mullida, y carísima, alfombra.

Sakura se soltó de inmediato y se agachó para recoger la bandeja, aterrorizada ante la posibilidad de que su estricto jefe se hubiera dado cuenta. Sasuke también se agachó.

–Por favor, déjame –siseó ella–. No puedo permitirme el lujo de perder este empleo.

–¿Cómo puede ser? –preguntó él con fingida dulzura–. Hace tan solo unas semanas conseguiste una pequeña fortuna que no puedes haberte gastado tan pronto.

–Por favor, finge que no me has visto –Sakura terminó de recoger el último de los destrozados canapés y miró a Sasuke–. Por favor. De haber sabido que estarías aquí...

–Señor Uchiha ¿va todo bien?

–No, no va todo bien –espetó Sasuke al jefe de Sakura que se puso lívido.

Avergonzada, Sakura se ruborizó violentamente. Todo el mundo los miraba.

–Lo siento, pero van a tener que arreglárselas sin ella –Sasuke le quitó la bandeja a Sakura y se la entregó a su jefe antes de tomarla de la mano–. Se ha despedido.

–¡No es verdad! –exclamó ella–. ¿Cómo te atreves?

Sin embargo, sus palabras se perdieron mientras él la arrastraba fuera del salón.

Solo se paró un segundo al cruzarse con un estupefacto novio y la resplandeciente novia.

–Lo siento. Ha surgido algo. Os deseo todo lo mejor.

Al llegar a un pasillo vacío, Sakura al fin consiguió soltarse y se detuvo. Temblaba de pies a cabeza por la adrenalina y el horror.

–¿Cómo te atreves a hacer que pierda mi empleo así?

Sasuke la acribilló con la mirada y Sakura no pudo evitar admirar la espectacular masculinidad de ese hombre. De inmediato, su mente se pobló de imágenes de Sasuke despertándose en la cama con una nueva amante.

–¿Hacer que pierdas tu empleo? –gritó él–. ¿Por qué demonios estás trabajando como camarera después de agenciarte una pequeña fortuna hace apenas un mes?

Sakura abrió la boca y la volvió a cerrar. ¿Qué podía decirle? ¿Iba a decirle que le gustaba machacarse la espalda trabajando de pie durante ocho horas? Por supuesto que no.

Necesitaba que ese hombre se marchara para poder seguir intentando vivir sin él y la mezcla de emociones de la que era responsable.

–No es asunto tuyo –contestó orgullosa.

–Me debes una explicación, Sakura –Sasuke se cruzó de brazos.

–Yo no te debo nada –ella sacudió la cabeza, presa del pánico.

–Pues claro que sí, especialmente después de este numerito.

Sasuke volvió a agarrarla y la condujo pasillo abajo, lejos de la fiesta. Sakura se sentía invadida por una sensación de inevitabilidad.

No tenía ninguna posibilidad de resistirse a él cuando se comportaba de ese modo. Al dirigirse a la recepción y pedir la llave de la suite Presidencial, Sakura comprendió que el hotel era de su propiedad. El ascensor les llevó a la última planta. Él seguía sin soltarle la mano y ella se recriminó la reacción de su cuerpo.

Sasuke abrió la puerta y la empujó al interior de una lujosa suite, y al fin la soltó.

Sakura se sentía incómoda con el uniforme. Llevaba los cabellos recogidos en una cola de caballo y el rostro totalmente desprovisto de maquillaje. La única joya que llevaba puesta era la gargantilla de oro con la jaula de pájaro. Esa gargantilla le quemaba la piel, a pesar de haberla pagado con sus últimos ahorros.

–Siéntate, Sakura, antes de que te caigas –Sasuke sirvió una copa y se la ofreció.

Sakura miró a su alrededor y descubrió una solitaria silla junto al sofá. Sentándose, probó un sorbo de la copa de Baileys, su bebida favorita. Se había acordado.

Sasuke le dio la espalda y se asomó a la ventana. La mirada de Sakura se detuvo en el bonito trasero, recordando cómo había sido tenerlo entre las piernas, hundiéndose en su interior.

–De modo que muestras una especie de inclinación masoquista hacia los trabajos más bajos tras una vida de excesos. O quizás te ha dado un ataque de mala conciencia y has entregado todo el dinero a la beneficencia. Quiero saber qué has hecho con mi dinero, Sakura. A fin de cuentas, la suma era bastante considerable.

Podría intentar mentirle, otra vez, inventarse una excusa. Pero lo cierto era que le debía una explicación. Mucho más que una explicación. Le debía su dinero.

Con mucho cuidado, Sakura dejó la copa. Su mente estaba hecha un lío. ¿Podía contarle la verdad? ¿Apelar a su sentido de la compasión?

Sabiendo a su hermana al fin sana y salva, y diciéndose que tampoco hacía falta revelarlo todo, intentó hacer acopio de coraje.

–El dinero era para mi hermana, no para mí –confesó al fin.

–Dijiste que estaba en el sur de Francia con unos amigos – Sasuke la miraba confuso.

Sakura percibió la comprensión aflorar a su mirada, aunque fuera una comprensión equivocada.

–¿Necesitaba el dinero para sufragar su libertino estilo de vida? ¿Para eso te has prostituido voluntariamente?

La crudeza de las palabras levantó a Sakura de la silla. Era evidente que no iba a poder salir del paso con una explicación tan descafeinada.

–No, no es eso –ella se mordió el labio y dio el salto–. Karin jamás estuvo en el sur de Francia. Está aquí, en Inglaterra. Vino conmigo cuando me marché de Italia. Te mentí.

–Ya conozco tu propensión a las mentiras. Ahora cuéntame algo que no sepa.

Sakura dio un respingo. Se lo merecía. Incapaz de soportar la mirada de Sasuke, se acercó a la ventana y se cruzó de brazos.

–Mi hermana está enferma. Sufre una enfermedad mental desde hace años. Seguramente se desencadenó poco después de la muerte de nuestra madre. Yo tenía tres años y Karin cinco. Ella siempre fue una niña difícil. Sufría muchas rabietas y nuestro padre solía encerrarla en su habitación. Su enfermedad se manifestó en forma de brotes depresivos, seguidos de episodios maníacos, en la temprana adolescencia. Se puso tan mal que llegó a sufrir alucinaciones. En una de esas ocasiones intentó quitarse la vida, y se volvió adicta a las drogas y el alcohol.

Sasuke no decía ni una palabra y ella continuó, demasiado asustada para mirarlo.

–Nuestro padre no soportaba su fragilidad y se negó a atenderla. Fue tras el intento de suicidio cuando fue diagnosticada de un trastorno bipolar severo, pero él se negó a proporcionarle tratamiento alguno por miedo a que la prensa se enterara –la voz de Sakura se cargó de amargura–. A pesar de su fama de chica alegre, seguía siendo una valiosa heredera, aunque no tanto como yo.

Sakura cerró los ojos y rezó para hallar la fuerza suficiente para poder mirar el rostro de Sasuke, sin duda cargado de desprecio.

–Sigue –la apremió él con frialdad.

–Cuando nuestro padre desapareció, Karin sufrió una fase maníaca. Era imposible controlarla. Lo único que pude hacer fue persuadirla para que me acompañara a Inglaterra. Ella sabía que necesitaba ayuda, y la quería. Encontré una buena clínica psiquiátrica en la que fue admitida. Me quedaba algún dinero de la herencia de mi madre que las autoridades no me habían quitado y con eso costeé el traslado y los primeros meses de tratamiento. Es complicado, porque primero hay que tratar sus adicciones.

Sakura apartó la mirada, avergonzada.

–Pensé que con mi sueldo podría seguir pagando su tratamiento, pero calculé mal, y cuando volví a encontrarte, solo quedaba dinero suficiente para unas pocas semanas. Está en una fase muy delicada del tratamiento y si lo abandonara ahora porque no podemos pagarlo, los médicos dicen que las consecuencias podrían ser catastróficas.

Desesperada por defender a su hermana, continuó.

–No es solo una chica descerebrada de la alta sociedad. Tiene una enfermedad. Si la hubieras visto. El pánico, la angustia... Y no había nada que yo pudiera hacer.

Para vergüenza de Sakura, unas gruesas lágrimas inundaron sus ojos.

–Es mi hermana y haré lo que sea para ayudarla. Es lo único que me queda en el mundo.

–¿Y qué pasa con tu hermanastro?

–Sabía que no podía contar con él. Ya viste cómo reaccionó al verme. El recuerdo de lo que pasó con mi padre ha quedado grabado en mi memoria. No hablaba en serio cuando dije lo que dije después. Estaba furiosa y me sentía vulnerable. Cuando se enfrentó a nuestro padre, si Karin o yo hubiésemos siquiera mirado en su dirección, nos habría castigado sin piedad. No tienes ni idea de lo que era capaz.

–¿Y por qué no me lo cuentas?

Sakura se sentía aturdida. Sasuke le formulaba unas inocentes preguntas que le atravesaban el alma, haciéndole hablar de cosas de las que no había hablado jamás con nadie. Ni siquiera con Karin.

–Era un sádico –de repente le flaquearon las piernas y tuvo que sentarse de nuevo–. Disfrutaba con el sufrimiento de los demás, pero especialmente con el de Karin, porque era testaruda y muy difícil de controlar. Ella se convirtió en su desahogo porque sabía que podía contar conmigo para portarme bien.

Respiró hondo y continuó.

–Desde muy pequeña descubrí lo que podía suceder si no era buena. Una vez me pilló pintando las paredes del Palazzo. Me llevó a su despacho y llamó a Karin. Con una vara de bambú le azotó la mano hasta hacerla sangrar. Después me dijo que, si volvía a portarme mal, volvería a castigar a Karin.

Miró a Sasuke y sintió un frío vacío en su interior.

–Ella ni siquiera me culpó. Ni entonces ni nunca. En el fondo sabía que yo sentía el mismo dolor que ella.

–¿Qué edad tenías cuando sucedió? –preguntó Sasuke con voz gélida.

–Cinco.

–Quiero que me expliques qué pasó en París aquella noche.

Sakura sabía que era inevitable que surgiera la cuestión. Le debía una explicación, aunque no sirviera para absolverla de sus pecados.

–Aquella noche en París, cuando mi padre nos descubrió, me entró el pánico. Lo que sucedió no fue premeditado. Estaba aturdida por la magnitud de la atracción entre nosotros. Llevaba toda la velada mirándote. Jamás había sentido nada parecido. Sé que no me creerás, sobre todo porque fingí tener más experiencia –continuó ella con la vista baja–. Cuando mi padre apareció, supe lo que había hecho. Karin estaba pasando un bache y yo le había suplicado que le permitiera recibir tratamiento médico. Me aterrorizó pensar qué le podría hacer.

Sasuke se sentó a su lado en el sofá y le sujetó la barbilla para obligarla a mirarlo.

–¿Me estás diciendo que no te propusiste seducirme? ¿No lo hiciste por aburrimiento? ¿Me estás diciendo que me destrozaste la vida por miedo a lo que pudiera hacer tu padre?

–Sí, fui una cobarde –susurró ella–. Elegí proteger a mi hermana por encima de ti. No quería ni imaginarme hasta dónde sería capaz de llegar mi padre.

–Theos, Sakura. Arruinaste mi vida por no ser capaz de enfrentarte a tu padre.

Sakura se puso en pie. Debería haberse esperado algo así de Sasuke, pero aun así tenía el estómago encogido.

–Lo siento, Sasuke. Lo siento muchísimo. Te busqué toda la noche para explicártelo.

De repente, ya no pudo hablar más. La mirada de Sasuke la quemaba. Soltó un pequeño sollozo y antes de que todo se volviera negro, oyó un juramento.