Capítulo 09

Sasuke vigilaba el sueño de Sakura. La había atrapado justo antes de que se cayera al suelo y se había censurado por interrogarla de esa manera. Las emociones le habían corroído las entrañas y había sentido una furiosa necesidad de conocer la verdad.

Suponiendo que fuera verdad. Una parte de él se empeñaba en seguir creyendo que ella mentía, que se lo había inventado todo. Sin embargo, la palidez cenicienta de su piel no era fingida.

La magnitud de su significado, cómo lo cambiaba todo, era demasiado fuerte para poderlo asimilar. Suponiendo que fuera verdad.

Sasuke se quitó la chaqueta y se sentó en una silla. Había descalzado a Sakura y la había tapado con una sábana. Desde su posición veía claramente el perfecto perfil, adivinaba las curvas de su cuerpo e, inevitablemente, sintió despertar el deseo.

Cerró los puños con fuerza. ¿Podía creer en ella? Su mente regresó a aquella catastrófica noche y, si conseguía pensar en ello sin el paño de ira que solía recubrir los recuerdos, era cierto que en la mirada de Sakura había visto hielo, pero también algo más. ¿Terror?

Su padre le había agarrado el brazo con fuerza. Demasiada fuerza. Lo había olvidado. Y le había suministrado las palabras: «Tú jamás besarías a alguien como él ¿verdad?».

Sasuke se sintió asqueado. Esa chica estaba a un día de cumplir los dieciocho y era inocente e ingenua. Aterrorizada ante su padre, pero no por ella misma sino por Karin.

Las preguntas se agolpaban en su cabeza y frunció el ceño ante otro recuerdo. Tras la paliza de los hombres de Haruno, le habían llamado al despacho de su jefe.

Sasuke había estado tan enfadado consigo mismo por su patética ingenuidad que había intentado que sonara, al menos para sus propios oídos, a que había ejercido cierto control sobre la situación. Habían escuchado un ruido y él se había acercado a la puerta. La visión de un vestido de noche que desaparecía le hizo creer en visiones.

¿Había sido Sakura? ¿Lo había estado buscando? Frunció el ceño al recordar con brutal claridad las palabras que había pronunciado: «De haber sabido lo odiosa que era, jamás la habría tocado».

Casi soltó una carcajada. ¡Como si hubiera podido resistirse a tocarla! Ella lo había hechizado, y lo seguía haciendo. Era incapaz de no tocarla cuando estaba a su alcance.

Una inquietud le cosquilleó la piel. Desaparecida la rabia y la ira a la que se había aferrado tanto tiempo, se encontraba desnudo ante las revelaciones. Aun así, había una cosa innegable: no estaba dispuesto a permitir que Sakura lo abandonara tan fácilmente.

Sakura despertó completamente desorientada, sin idea de quién era ni de dónde estaba. Hasta que los detalles empezaron a filtrarse.

Estaba tumbada en una enorme cama, y algo parecido a la luz del amanecer entraba por la ventana. Solo se veía el cielo.

Miró a su alrededor y vio que estaba en una habitación palaciega de estilo rococó. ¿Cómo sabía ella qué era el rococó? Estaba cubierta por una sábana y le dolía la cabeza. Dando un respingo se soltó la apretada cola de caballo.

Retiró la sábana y comprobó que estaba vestida con una camisa blanca y una falda negra. Y de repente, todo regresó a su mente. La recepción. Sasuke. Todo lo que le había contado. El enfado de Sasuke. El desmayo.

Sakura se cubrió los ojos con una mano, como si eso pudiera borrar las imágenes de su mente. Lentamente, se levantó de la cama y caminó hasta el cuarto de baño sobre piernas inestables y gelatinosas.

El reflejo del espejo dibujó una mueca en su rostro. Estaba hecha un desastre y se sentía pegajosa. La visión de la ducha le despertó el deseo de lavarse, de sentirse nuevamente limpia. Se desnudó y se colocó bajo el potente chorro de agua.

Sasuke. Tras lavarse concienzudamente, se secó. Era hora de enfrentarse a Sasuke.

Lo encontró en el salón de la suite, sentado ante la mesa, desayunando mientras leía el periódico. Sakura se había vuelto a poner el uniforme, pero sin la pajarita ni los zapatos.

Sasuke dejó el periódico a un lado y se levantó en un gesto de caballerosidad que la pilló desprevenida. No obstante, Sakura dio un paso al frente con el corazón acelerado.

–Lo siento –comenzó con voz ronca–. No sé qué me pasó. Gracias por dejarme dormir.

–Siéntate y come algo –él le ofreció una silla–. Estás más delgada.

Sakura evitó su mirada. Era cierto que había perdido peso. No tenía mucho presupuesto para comida.

–Siento mucho el interrogatorio al que te sometí anoche –se excusó él con gesto tenso–. Fue demasiado para ti.

–Lo sé –Sakura sintió el corazón oprimido–. Lo siento.

–Comprobé lo que me contaste sobre Karin –Sasuke se mostraba a la defensiva–. Habría sido un idiota de no haberlo hecho después de todo lo sucedido.

–Por supuesto –Sakura se sintió profundamente herida. Sasuke no había confiado en ella–. ¿Y qué piensas hacer?

–Nada –Sasuke encajó la mandíbula–. Tu hermana se merece todos los cuidados necesarios tras soportar una vida de maltrato.

–Gracias –contestó ella sintiéndose ligeramente mareada–. Te devolveré el dinero –balbuceó–. Si pudieras concederme unos plazos para...

–¿Con tu sueldo? –él la miró perplejo–. Terminarás de pagarme con tu pensión de jubilación.

–Encontraré otro trabajo –Sakura se ruborizó y echó mano del poco orgullo que le quedaba–. Hay subvenciones para personas que cobran el salario mínimo, cursos...

–No tienes que devolverme el dinero –la interrumpió él con amargura mientras le servía una taza de café y una tostada–. Si me hubieras contado desde el principio para qué lo necesitabas, te habría ayudado.

–Perdóname si no te creo –era el turno de Sakura de mostrar perplejidad–. Me odias y buscabas vengarte de mí. De haberte contado que mi hermana estaba ingresada en una clínica para tratar sus adicciones y problemas mentales, te habrías reído en mi cara – bajó la mirada, tímida–. Eso es lo que siempre hacía mi padre.

A Sakura se le escapó el respingo que dio Sasuke.

–Mi mejor amigo se suicidó hace unos años y fui testigo de la devastación que produjo. No te creas ni por un segundo que subestimo las enfermedades mentales. Puede que al principio no me mostrara inclinado a ayudarte, pero si me lo hubieras explicado...

–¿Qué? –Sakura levantó la vista–. ¿Si te hubiera explicado la escabrosa realidad de nuestras vidas? ¿Los sádicos abusos de mi padre?

–¿Por qué no se marchó Karin en cuanto pudo hacerlo? – preguntó él.

–Por mí –Sakura tragó con dificultad–. No quiso dejarme sola. Y cuando me hice mayor, dependía demasiado del dinero de nuestro padre para conseguir alcohol y drogas.

–Y mientras ella se quedara, tú también te sentías obligada a hacerlo –observó Sasuke.

Sakura asintió.

–Ahora que lo sé todo, me ocuparé de las facturas de Karin – anunció mientras doblaba la servilleta–. No hace falta que me devuelvas el dinero.

–Sí hace falta –Sakura sintió una opresión en el pecho–. Tú no me, no nos, debes nada, pero yo sí te debo mucho. Más de lo que podré devolverte jamás. De no haber sido por mí, no te habrían dado una paliza y no habrías tenido que abandonar Europa.

Para desesperación de Sakura, unas gruesas lágrimas amenazaron con desbordarse de sus ojos, pero se obligó a mirar a Sasuke.

–No tienes ni idea de lo que me gustaría volver atrás en el tiempo, deshacer lo sucedido.

–Eso es un sueño –Sasuke la miró con dureza–. Si nos concedieran de nuevo ese momento, nada podría impedirnos tocarnos otra vez. Fue inevitable.

–¿Qué quieres decir? –el corazón de Sakura galopaba alocadamente.

–Lo que quiero decir es que la química entre nosotros es demasiado fuerte para poder ignorarse. Lo era entonces y lo es ahora.

–¿Ahora? –repitió ella como un loro.

Sasuke asintió y se levantó. Se acercó a Sakura y le tomó las manos, tirando de ella. De repente le pareció muy alto, muy cerca. El masculino calor la envolvió y sintió una oleada de intenso deseo.

Durante el último mes se había negado a admitir ante ella misma lo mucho que lo echaba de menos, cuánto lo deseaba en la cama por las noches.

–Aún no hemos terminado, Sakura.

Sujetándole la nuca con una mano la atrajo hacia sí antes de atrapar sus labios con la boca, ardiente e impaciente. Ella lo sintió endurecerse contra su estómago y gimió.

Sakura levantó los brazos y hundió las manos en los cabellos de Sasuke. Una idea resonaba en su cabeza: lo sabía todo y aun así la deseaba. Había pensado que el deseo había muerto la noche en que se habían despedido. Una salvaje alegría hizo que la sangre atravesara su cuerpo como un torrente cuando se apartó para contemplarla antes de tomarla en brazos.

Sasuke la tumbó sobre la cama y empezó a desabrocharle la camisa mientras ella hacía lo propio con la de él. La torpeza de sus dedos casi le hicieron llorar y Sasuke la ayudó arrancándose la camisa de un fuerte tirón.

Sakura se sintió poseída por una urgencia que no había sentido jamás. Tras desabrocharle la camisa, Sasuke le quitó el sujetador antes de agachar la cabeza para homenajear a los erectos pezones, haciéndole gritar de placer.

Sakura apenas se dio cuenta de que Sasuke le estaba bajando la cremallera de la falda, hasta que la tumbó de espaldas para poder deslizar la prenda por los muslos.

Cuando vio a Sasuke desabrocharse el pantalón y bajárselo junto a los calzoncillos, sintió que le faltaba el aire. Por fin lo vio, desnudo y excitado. El corazón se le aceleró y una ardiente humedad se instaló entre sus muslos.

Sasuke se tumbó a su lado y con hábiles manos la terminó de desnudar por completo.

Una extraña sensación agarrotó a Sakura que levantó una mano y acarició a Sasuke.

Él le tomó la mano y la condujo hacia abajo y ella abrió los ojos desmesuradamente cuando sintió la erección crecer entre sus dedos.

La mano comenzó a moverse instintivamente estableciendo un ritmo mientras las mejillas de Sasuke se enrojecían.

Las bocas se encontraron y las lenguas iniciaron un sensual baile. Sasuke deslizó una mano hasta los muslos de Sakura y los apartó. Los dedos encontraron la evidencia de su excitación y la acariciaron con un ritmo que le hizo arquear la espalda y tomar aire.

Y cuando esos dedos se introdujeron en su cuerpo, Sakura sufrió unos placenteros espasmos pre orgásmicos.

–Estás dispuesta –habló Sasuke con voz grave–. Te deseo. Te he echado de menos.

–Yo también te he echado de menos –el corazón de Sakura se paró durante un segundo.

Sasuke retiró la mano y ella oyó rasgarse un envoltorio antes de que el extremo de su erección se apoyara en su feminidad. Sakura abrió más las piernas, se mordió el labio y arqueó la espalda para obligarle a penetrarla. Nunca había experimentado tal placer con ese hombre. Era más intenso que nada que hubiera sentido jamás.

Sasuke inició un movimiento de entrada y salida mientras Sakura echaba atrás la cabeza sintiendo tal plenitud que tuvo que boquear para tomar aire. Y en ese instante lo supo.

Amaba a ese hombre como jamás había amado a ningún ser, ni siquiera a su hermana.

Sin embargo, aún no se sentía capaz de asimilarlo. Ese hombre le privaba de toda capacidad de pensamiento, le robaba el aliento y la capacidad para hablar.

Lo único en lo que podía concentrarse era en el intenso baile entre sus cuerpos. Intentaba no lanzarse al vacío demasiado pronto, deleitándose en la fuerza y el control de Sasuke. Pero cuando se hizo demasiado intenso ya no pudo aguantar más. No cuando abrazó las caderas de Sasuke con las piernas. No cuando él inclinó la cabeza y cerró la boca en torno a un erecto pezón.

Sakura gritó presa de la emoción. Había pensado que jamás volvería a sentir algo así.

Su cuerpo se tensó durante un segundo antes de dejarse caer al vacío, cerrándose sobre la fuerte erección hasta que él también llegó.

Sakura volvió a despertar desorientada, en esa ocasión por encontrar a Sasuke en su cama, contemplándola. Ruborizándose, le sonrió. Habían pasado muchas cosas en un día.

–Quiero que vengas a casa conmigo –le anunció él con gesto serio.

–¿A casa? ¿A tu apartamento?

–No pienso aceptar una negativa –él asintió–. Te vienes conmigo, Sakura.

Ella lo miró largo rato. Sasuke tenía la mirada que tan bien conocía, seria y decidida.

Sintiéndose claustrofóbica apartó la vista y la dirigió hacia el albornoz que había dejado a los pies de la cama. Lo agarró y, levantándose de la cama se lo puso.

–Sasuke... –empezó sin saber muy bien qué decir.

Sasuke estaba tumbado con las manos bajo la nuca. Su torso se hinchaba con el movimiento de la respiración y Sakura se distrajo momentáneamente con la visión.

Con gran esfuerzo, arrancó los ojos de su cuerpo y la fijó en sus ojos.

–Sasuke –empezó de nuevo.

Él arqueó una ceja.

–La situación ha cambiado. Te debo una enorme cantidad de dinero –ella se sonrojó–. No me sentí cómoda aceptando las joyas, ni vendiéndolas, pero cuidar de Karin me parecía más importante que mi mala conciencia.

No le resultaba fácil hablar cuando Sasuke estaba estirado en la cama, desnudo.

–Pero ahora no me sentiré cómoda a no ser que me permitas llegar a un acuerdo. No puedo, no está bien. No después de todo lo que ha sucedido. Prefiero devolverte el dinero e intentar cuidar de Karin antes que permitir que tú pagues sus facturas.

–Eso no es negociable –Sasuke se sentó en la cama–. No después de haber conocido su situación. Vas a permitir que pague yo, Sakura.

–Pero ¿es que no lo ves? –suplicó ella–. Estaré en deuda contigo el resto de mi vida. No podría soportarlo. Mi padre fue un tirano, nosotras le pertenecíamos –a pesar de la peligrosa expresión en el rostro de Sasuke, ella continuó–. No digo que seas igual que él, pero no soportaría volver a esa clase de obligación.

–No parecías tener tantas dudas cuando te marchaste con una fortuna en joyas.

–No pensé que fuera a verte nunca más –Sakura se ruborizó intensamente–. Me llevé las joyas porque pensé que era la mejor elección, que el fin justificaba los medios. Tú estabas encantado de que me marchara, y no es que hicieras gran cosa para impedírmelo.

–Eso es verdad –los ojos de Sasuke emitieron un destello–. A fin de cuentas, conseguí la valiosa virtud Haruno. Pero ahora quiero que vuelvas conmigo.

«Quiero que vuelvas conmigo», Sakura se sentía débil y las preguntas se agolpaban en su cabeza. «¿Durante cuánto tiempo? ¿Por qué? ¿Se trata solo de sexo?».

«Por supuesto que se trata solo de sexo», sonó una vocecita en su interior.

–Yo... –empezó Sakura.

–Los dos sabemos que, en cuestión de segundos, puedo tenerte gimiendo en mi apartamento –la interrumpió él–, y no creas que no pienso demostrártelo.

A Sasuke no le había gustado la sensación de pánico que lo había agarrotado. No tenía nada con lo que retenerla.

–Si vuelvo contigo, quiero que las cosas sean diferentes – susurró ella.

Sasuke se quedó lívido. Estaba muy serio.

–Quiero encontrar un trabajo. Un trabajo mejor, si puedo, y empezar a devolverte el dinero –Sakura alzó una mano para impedir que Sasuke protestara–. Y eso tampoco es negociable. Tengo algunas habilidades, como escribir a máquina. Solía ejercer de secretaria de mi padre cuando la suya estaba de vacaciones o enferma. También trabajé esporádicamente en un colegio local con niños de necesidades especiales.

Estremeciéndose ligeramente, continuó.

–Además, no quiero más joyas. No quiero ver una joya durante el resto de mi vida.

–¿Algo más? –preguntó Sasuke.

–En cuanto que esta química, o lo que sea, se termine. Porque no podrá durar para siempre ¿verdad? No puedo...

–Aún no ha terminado –Sasuke le ofreció su mano–. Ven aquí, Sakura.

–¿Aceptas mis condiciones? –ella se mantuvo apartada.

–Sí –gruñó él movido por el deseo–. Ven aquí.

Seis semanas después

–Buenas noches, Sakura, te veo el lunes. Que pases un buen fin de semana.

–Buenas noches, Tsunade –Sakura sonrió–. Espero que tu niña se mejore pronto.

La otra mujer se marchó, cerrando la puerta. Sakura miró a su alrededor. Era la única mecanógrafa que quedaba. Faltaba una semana para que recibiera su primer sueldo y se sentía puerilmente entusiasmada.

A veces apenas podía creerse su suerte. Karin estaba sana y salva en manos de los mejores especialistas y ella llevaba una vida plena e independiente. Bueno, todo lo independiente que podía ser tu vida junto a un macho alfa que no soportaba tenerte lejos.

Se levantó y se puso el abrigo mientras miraba por la ventana. Una oleada de deseo le calentó las entrañas al ver el deportivo color plata y Sasuke apoyado contra él.

Había pasado dos días en Nueva York. Dos días sin verlo.

–Quiero que me acompañes –se había quejado una mañana en la cama–. ¿Por qué insistes en trabajar cuando no te hace falta?

Sakura había puesto los ojos en blanco, harta del mismo argumento, sin atreverse a afirmar en voz alta que llegaría un día en que Sasuke no la desearía más.

Había sido él quien la había ayudado a encontrar el trabajo, redactando un currículo en el que no aparecía ninguna cualificación laboral.

–De todos modos, no importa –había asegurado él–. En cuanto entres en la oficina, todos estarán demasiado ocupados babeando como para fijarse en tus cualificaciones.

Sasuke había cambiado. No se mostraba especialmente abierto, pero sí ofrecía una faceta suya que le hacía enamorarse de él un poco más cada día.

Le recordaba dolorosamente al hombre que había conocido en París años atrás, antes de que el universo se hubiera derrumbado a su alrededor.

Había conseguido el empleo tras una segunda entrevista y él la había sorprendido cocinando un plato tradicional griego para celebrarlo.

Sakura bajó las escaleras a la carrera mientras reflexionaba sobre el hecho de que Sasuke seguía sin contarle nada de su vida privada.

Tras la última vez que le había mencionado a su familia, y tras comprobar su reacción no se había atrevido a volver a hacerlo.

De todos modos, ¿de qué serviría? No era probable que se convirtiera en una figura permanente en su vida.

Al salir a la calle se quedó sin aliento ante la turbia mirada que él le dirigió. Sasuke se guardó el teléfono en el bolsillo y la besó apasionadamente. A Sakura no le importó que todo el mundo la viera.

Dos días sin él eran como dos meses.

–¿Me has echado de menos? –él rio.

–En absoluto –Sakura se ruborizó y fingió altivez–. ¿Cuánto tiempo has estado fuera?

Su relación había tomado unos tintes de camaradería, muy distintos que al principio.

–Ya te haré pagar por eso más tarde.

Abrió la puerta del coche para Sakura y luego se sentó al volante.

–Mi jefe me ha dicho hoy que puede que me asciendan –le anunció ella con cierta timidez–. Puede que trabaje como secretaria personal dentro de un mes.

–Si tú quieres, yo puedo ofrecerte un ascenso... a mi cama.

Sakura puso los ojos en blanco y detuvo la mano de Sasuke que empezaba a deslizarse por su muslo. Le avergonzaba lo excitada que se sentía.

–Ya ocupo un lugar en tu cama. Y sabes que no voy a renunciar a mi empleo.

–Al menos no te exigen trabajar el fin de semana –suspiró él resignado–. Durante las próximas cuarenta y ocho horas serás mía.

–¿Adónde vamos? –Sakura se dio cuenta de que no tomaban el camino habitual.

Sasuke la miró con expresión avergonzada.

–Sasuke Uchiha ¿qué estás tramando?

–Vamos a pasar el fin de semana en Atenas –contestó él con aire resignado–. Te prometo que estarás de nuevo en tu trabajo a las nueve de la mañana el lunes.

–Pero, no llevo nada. ¿Se trata de una recepción?

–Un baile benéfico –él asintió–. Ya le he dado instrucciones a mi secretaria para que fuera a mi casa y recogiera algo de ropa y tu pasaporte.

En momentos como ese, a Sakura le seguía sorprendiendo el poder de Sasuke.

–Mi hermana pequeña acaba de tener un bebé –continuó él–. Prometí a mis padres que iríamos a comer el domingo antes de volver a casa.

–¿De verdad? –miles de mariposas revolotearon en el estómago de Sakura–. Suena bien.

La noche siguiente, en el salón del baile del hotel en el que se alojaban, Sasuke contempló a Sakura que volvía del tocador. La punzada que parecía haberse instalado en sus entrañas se intensificó.

Llevaba el mismo vestido negro que se había puesto la primera noche que había salido y su única joya era la gargantilla con la jaula de pájaro.

Apenas llevaba maquillaje, y aun así destacaba sobre todas las demás mujeres. Resplandecía. Al verlo sonrió y él sintió el calor que lo inundaba, más profundo que la mera lujuria y el deseo, pero algo lo detuvo, el dolor de sus entrañas se intensificó.

No podía evitar la sensación de que estaba perdiendo algo.

Alguien agitó una mano en el aire, llamando su atención y, aliviado, vio un rostro familiar. La distracción fue bienvenida pues le evitaba pensar en lo que Sakura le hacía sentir.

Sin embargo, cuando ella estuvo a su lado, no pudo evitar rodearla con un brazo.

–¿Te gustaría conocer a la diseñadora de tu gargantilla? –le propuso mientras intentaba ahogar sus turbulentas emociones–. Es la esposa de un amigo mío, y se encuentran aquí.

Sakura se llevó la mano a la gargantilla y abrió los ojos desmesuradamente.

–¿De verdad? ¿Angel Parnassus está aquí? ¡Me encantaría conocerla!

Sasuke tomó a Sakura de la mano y la guio entre la multitud, emocionado ante la alegría de Sakura. La situación había cambiado, pero la esencia era la misma. Sakura estaría con él hasta que se sintiera capaz de dejarla marchar. Y ese día se acercaba.