Capítulo 10
Sasuke había dispuesto un helicóptero para trasladarles el domingo desde Atenas hasta un pequeño helipuerto cerca de la ciudad de sus padres. Sakura no podía evitar la sensación de aprensión que tenía en el estómago y era consciente de la tensión en Sasuke.
Un todoterreno les aguardaba a su llegada y se dirigieron a una carretera de montaña.
–¿Con qué frecuencia vienes a casa? –preguntó Sakura con curiosidad.
–No lo suficiente según mi madre.
Ella no comprendía las reticencias de Sasuke. Si su familia hubiera sido como la suya, jamás se habría marchado.
–¿Es ahí? –sus pensamientos quedaron interrumpidos al aparecer en escena un colorido pueblo colgado sobre una colina.
–Sí –contestó Sasuke.
Sakura miraba a su alrededor con interés. Las calles eran amplias y limpias, y la gente paseaba entre puestos callejeros y tiendas. Había muchas construcciones y tuvo la sensación de que Sasuke tenía algo que ver en toda esa prosperidad.
Ascendieron por serpenteantes calles hasta llegar a una hermosa y pintoresca plaza con una iglesia medieval y árboles centenarios.
–Esto es hermoso –Sasuke detuvo el coche y Sakura se desabrochó el cinturón.
–En los días claros se ve hasta Atenas.
–Te creo –suspiró ella, impresionada por las vistas.
En cuanto se bajaron del coche apareció un grupo de niños gritando y riendo. Se abalanzaron sobre Sasuke que levantó a uno en vilo y sonrió complacido.
Quizás, por algún motivo, no le gustara regresar a su casa, pero amaba a su familia.
–Estos son algunos de mis sobrinos –dejó al pequeño en el suelo y todos desaparecieron como habían llegado–. Seguramente habrán oído el helicóptero.
Sakura, vestida con unos vaqueros, top rosa y chaqueta gris, tomó la mano que él le ofreció y lo siguió.
Se acercaron a una casa modesta de piedra, cubierta de flores, de la que surgían gritos, risas y el llanto de un bebé. Sakura apretó con más fuerza la mano de Sasuke.
–¿Va todo bien? –él se volvió.
–Sí –mintió ella.
Mintió porque comprendió que si la familia de Sasuke era tan idílica como parecía, la destrozaría.
Sin embargo, era demasiado tarde para echarse atrás. Una pequeña mujer de cabellos grises se dirigió a Sasuke y lo besó ruidosamente en las mejillas. Al apartarse de él lo miró con los ojos anegados en lágrimas.
–Mi niño, mi niño.
Sasuke presentó a Sakura, en griego, a su madre que la miró de arriba abajo antes de agarrarle los brazos con sorprendente fuerza.
Asintió una vez, como si acabara de superar el primer escrutinio y luego la abrazó, besándola sonoramente.
Sakura se sintió inexplicablemente tímida y se ruborizó. No estaba acostumbrada a que un extraño la tocara tanto. La madre de Sasuke la tomó de la mano y la condujo al interior de la alegre, aunque modesta, casa.
Allí fue presentada a un sinfín de parientes e intentó retener el nombre de todas las hermanas de Sasuke: Izumi, con su bebé recién nacido que dormía plácidamente en un rincón, Shizune, Kurenai, Haku y Ten Ten. Todas muy morenas y guapas.
A continuación, Sasuke la condujo junto a su padre, un hombre muy deteriorado por la artritis, pero en el que se adivinaba el porte y atractivo que había heredado su hijo.
La comida resultó bastante caótica. Los niños entraban y salían sin cesar y todo el mundo hablaba a la vez, pero el amor y el afecto era más que patente. Sasuke tenía a un sobrino acurrucado en su regazo y Sakura sintió que se le agarrotaba el estómago.
Y entonces recordó la cruel respuesta que le había dado cuando le había preguntado si quería tener hijos.
Un ataque de pánico la sobrecogió al ver acercarse a Izumi con el bebé. Enfrentarse a la escena despertó en ella los más profundos temores y anhelos. ¿Cómo iba a poder ser madre si no sabía lo que era tener una?
Pero Izumi no aceptaba una negativa por respuesta y le colocó al bebé en los brazos.
A Sasuke no le había pasado desapercibido el gesto de horror de Sakura y, furioso, se había puesto en pie, pensando que esa mujer rechazaba a su familia. Sin embargo, su madre lo había detenido.
–Espera. Déjala.
Enseguida la expresión inicial fue sustituida por otra de intensa emoción y él comprendió que solo había sido miedo, y entonces recordó su propio miedo al sostener en los brazos por primera vez a un bebé.
–Es tan diminuto y perfecto –Sakura sonrió temblorosa–. Me da miedo hacerle daño.
–No lo harás –contestó Sasuke con un nudo en la garganta.
Ver al bebé pegado al pecho de Sakura cuyo dedo meñique estaba aprisionado por una pequeña y regordeta manita... Sasuke esperaba en cualquier momento sentir la familiar oleada de claustrofobia, pero no llegó. Lo que sí llegó fue una emoción que no lograba entender. Una emoción nueva, frágil, tierna. Y peligrosa.
–¿Qué he hecho mal? –preguntó Sakura angustiada ante el repentino llanto del bebé.
Sasuke aprovechó la situación para interrumpir la inquietante escena y tomó delicadamente al bebé para colocárselo contra el hombro y darle unas suaves palmadas en la espalda.
–Nada –contestó secamente pasándole el bebé a su hermana–. Tendrá hambre otra vez.
La expresión embelesada de Sakura fue el detonante para que Sasuke se pusiera en pie y le tomara la mano.
–Deberíamos regresar a Atenas si no queremos perder la posibilidad de volar esta noche.
La madre de Sasuke dijo algo, pero hablaba demasiado deprisa para Sakura.
–¿Qué ha dicho? –preguntó cuando la mujer hubo terminado.
–Me ha preguntado si nos quedábamos a pasar la noche –
Sasuke miró a Sakura con expresión inescrutable. Sakura no pudo evitar un cosquilleo en el estómago.
–Lo malo es que tienes que ir a trabajar mañana por la mañana –le recordó él.
–Es verdad –el cosquilleo cesó de golpe.
–Y no querrás faltar al trabajo ¿verdad?
Sakura percibió el desafío en la mirada de Sasuke. Si ella flaqueaba, se quedarían.
–No, no quiero –le aseguró con firmeza, a pesar de que hubiera deseado quedarse.
La familia de Sasuke se despidió de él con una profusión de besos y abrazos y la madre abrazó nuevamente a Sakura, mirándola con sus dulces y oscuros ojos.
Sakura sintió una profunda emoción y estuvo peligrosamente a punto de echarse a llorar y enterrar el rostro en el pecho de esa mujer, de buscar una clase de consuelo que solo había imaginado en sueños.
Pero Sasuke intervino y en pocos segundos estuvieron a bordo del todoterreno, luego en el helicóptero y seguidamente en el avión. Y por fin ella sintió que recuperaba el control.
–¿Qué te han parecido?
Sakura contempló a Andreas. Lo había estado evitando. ¿Cómo explicarle a ese hombre que ver a su familia había sido como la materialización de sus sueños?
–Me han gustado mucho.
–Sin embargo –observó él–, no es tu ambiente ¿verdad? Todo tan rústico y una familia tan caótica...
Durante un segundo, Sakura no sintió nada. Intentaba protegerse, hasta que un dolor agudo despertó en su interior. Después de todo lo que le había contado de su vida, era increíble que siguiera encasillándola de ese modo.
A pesar de las últimas semanas que habían pasado, nada había cambiado realmente. Sakura quiso recriminárselo, preguntarle por qué no le gustaba regresar a su hogar, pero se sentía demasiado frágil.
–Tal y como dijiste, venimos de mundos muy diferentes – contestó, forzando una carcajada.
Después se volvió hacia la ventanilla, conteniendo unas ardientes lágrimas.
Sasuke desechó de su mente la incómoda idea de haber disgustado a Sakura. Presentársela a su familia había sido un error.
Debería haber ido solo, quizás así le habría resultado tan asfixiante como siempre. Quizás así no habría visto a su padre contarle un cuento a una de sus sobrinas sentada en su regazo. Quizás así no habría tenido que preguntarse por primera vez en su vida, qué habría sido de su familia si su padre no se hubiera quedado para atender a su esposa y sus hijos.
Muchos matrimonios se rompían porque los hombres debían trasladarse a Atenas a trabajar, dejando atrás a sus familias. Pero su padre había optado por quedarse y ese gesto les había proporcionado una gran seguridad y estabilidad.
A Sasuke no le gustaba tener que admitir que ver a Sakura en ese ambiente no le había resultado tan extraño como había creído que sería. Todos habían quedado hechizados con su elegancia y su sincera amabilidad.
Mirando por la ventanilla, recordó cómo se había apresurado a asegurar que le había gustado su familia. Claro que le había gustado, pero jamás formaría parte de su mundo.
También pensó en las ambiguas emociones que había despertado en él la imagen de esa mujer con el bebé en brazos, seguramente una respuesta natural a su seguridad en que algún día sentaría la cabeza y engendraría a un heredero. Y por primera vez esa imagen no había provocado una sensación de rechazo en él.
Pero no sería con Sakura Haruno. Con ella jamás.
Aquella noche, Sasuke y Sakura llegaron juntos, pero solo provocó una sensación de pena en Sakura. Entre ellos había una innegable química que, sin duda, ocultaba el hecho de que prácticamente no había nada más. Deseó ser más fuerte, pero tenía la sensación de que el tiempo se les terminaba y atrapó ferozmente a Sasuke entre sus piernas, espoleándole de manera que, cuando llegó, la explosión fue más intensa de lo que había sido jamás.
Tumbada de espaldas sobre la cama, miró a Sasuke y sintió de nuevo el calor. Otra vez. Pero ella lo ignoró y detuvo la mano que empezaba a deslizarse por su cuerpo.
–No. Quiero decirte una cosa.
Sakura sintió la tensión en el cuerpo de Sasuke que retiró la mano.
–Antes –ella respiró hondo–, cuando dijiste que tu familia, tu hogar, no era mi ambiente, te di la razón, pero no debiera haberlo hecho. Porque no es verdad. Ese ambiente es más mío de lo que podrías imaginarte nunca. Ese es el problema. Toda mi vida he soñado con una familia como la tuya. Toda mi vida he deseado saber cómo sería crecer rodeada de amor.
En la penumbra, no adivinaba la expresión en el rostro de Sasuke, pero se imaginaba que no le iba a gustar.
–Cuando tu madre me abrazó... Nunca había sentido nada parecido y fue increíble. Me alegro de que me llevaras allí. Fue un honor conocerles.
Tras un momento de tenso silencio, Sasuke al fin habló.
–Deberías dormir. Mañana tienes que madrugar.
Cuando estuvo seguro de que Sakura dormía, Sasuke retiró con cuidado el brazo. Desde que había vuelto a su apartamento, no habían dormido separados ni una noche. Saltando de la cama, se vistió y salió del dormitorio.
En el salón pasó largo rato mirando por la ventana, hasta que adivinó la luz del alba. En su interior retumbaba una convicción contra la que ya no podía luchar.
Se dirigió a su estudio y abrió la caja fuerte, sacando de ella una cajita. Después se sentó, la abrió y se quedó largo rato mirando su contenido.
Decidido, metió la cajita en un cajón. Experimentaba la misma sensación que había tenido al ver a Sakura por primera vez tras cinco años, salvo que en esa ocasión la determinación iba acompañada de miedo y no de triunfo.
No le quedó más remedio que admitir que había sentido muchas cosas en los dos últimos meses, y el triunfo no había sido más que un destello pasajero.
Una semana después
Era viernes por la noche y Sakura salía de trabajar. Sasuke había tenido que quedarse en París y su chófer había ido a buscarla para que se reuniera con él.
De manera que se dirigían al avión privado que la llevaría a aquella ciudad. Estaba muy nerviosa, pues no sabía muy bien qué sentiría estando allí de nuevo. Sasuke había estado de un extraño humor toda la semana, contestando a sus preguntas con monosílabos, y aun así mirándola con una ardiente intensidad. Estaba nerviosa y sospechaba que quizás aún no hubiera terminado de torturarla. Quizás tenía previsto dar por terminada su relación en París, donde todo había comenzado.
Aun así, una noche le había sorprendido preguntándole bruscamente por qué le gustaba tanto esa gargantilla de la jaula de pájaro. Sintiéndose un poco ridícula había contestado que para ella simbolizaba la libertad. Sasuke no había vuelto a mencionarlo.
Al hacer el amor le había parecido percibir una urgencia añadida.
Y la noche anterior, le había espantado sentir las lágrimas aflorar a sus ojos, y había tenido que correr al cuarto de baño antes de que Sasuke se diera cuenta.
Sakura era consciente de que no iba a poder soportarlo mucho más. Estar con Sasuke la estaba destrozando. Quizás París fuera el lugar donde ella debiera dar por concluida la relación si él no se decidía a hacerlo.
Al aterrizar en París sentía el corazón pesado, a juego con el tiempo gris y lluvioso. El hotel estaba abarrotado y, con un nudo en el estómago, comprendió que era el fin de semana de las debutantes.
Sasuke no podía ser tan cruel...
Y entonces lo vio, acercándose a ella y el mundo de Sakura quedó reducido a ese hombre. La besó, aunque formalmente, y miró de reojo a las numerosas jovencitas.
–Se me había olvidado que este fin de semana se celebraba el baile.
Sakura suspiró aliviada.
–He reservado para cenar –continuaba él–. Nos vamos dentro de una hora. Termino unas cosas y me reúno contigo en la habitación.
Sakura subió a la suite e intentó calmar los nervios. Agotada del trabajo de la semana, se dio un baño que tenía como objetivo ser relajante.
Cuando Sasuke llegó ella ya estaba vestida para la cena.
Solícito, él la tomó del brazo y la guio hasta el coche que aguardaba en la calle.
–¿En qué piensas? –preguntó ella ante el obstinado silencio de su acompañante.
–En nada importante –contestó él con una tímida sonrisa antes de desviar la mirada.
Se dirigieron a un restaurante nuevo, situado en la última planta de una famosa galería de arte con impresionantes vistas sobre París.
La torre Eiffel estaba tan cerca que Sakura casi tuvo la sensación de poder tocarla. La conversación giró en todo momento en torno a naderías. Como si apenas se conocieran.
Cuando se levantaron de la mesa, a Sakura le asaltó la terrorífica sensación de que algo se le escapaba de las manos. Y decidió que si él no decía nada, ella tampoco lo haría.
El silencio se mantuvo durante todo el trayecto de regreso al hotel. Al entrar en el vestíbulo, un empleado corrió hacia Sasuke con gesto de preocupación.
–Uno de los asistentes al baile ha sufrido un infarto –le comunicó Sasuke a Sakura–. Tengo que asegurarme de que se está haciendo todo lo necesario.
–Si quieres te acompaño –sugirió ella.
–No –él la miró con una expresión indescifrable–, deberías acostarte. Te veré mañana.
Sakura lo siguió con la mirada. Alto y orgulloso, dueño y señor de un lugar del que ella le había expulsado años atrás. Aquello siempre se interpondría entre ellos, insuperable.
Se acostó, aunque intentó permanecer despierta, por si le oía regresar, pero el sueño pudo con ella y cuando despertó, aturdida, le pareció que aún era de noche.
–Sakura –Sasuke la llamaba–, tienes que levantarte. Te he sacado algo de ropa.
Sakura lo miró aturdida.
–Te espero fuera.
Sasuke llevaba unos vaqueros y un jersey. Al pie de la cama había otros vaqueros y un jersey parecido, junto a una chaqueta.
Confusa, lo vio salir de la habitación y se preguntó si no sería un sueño. Se vistió rápidamente y confirmó su impresión. Estaba amaneciendo.
Recogió los cabellos en un moño y se dirigió al salón donde él la esperaba.
–¿Dónde has estado toda la noche? –preguntó ella con voz ronca.
–Liado con los invitados. Quería llevarte a un sitio.
–Bien –contestó ella, incapaz de descifrar la oscura mirada y dejándose tomar de la mano.
En el ascensor, Sasuke mantuvo la vista al frente y no pronunció palabra alguna. Sakura intentaba no imaginarse un sinfín de escenarios posibles. Mientras atravesaban el tranquilo vestíbulo, tuvo una horrible sensación de déjà-vu. De otra madrugada, cinco años atrás.
Al girar la esquina, la sensación se hizo más fuerte al ver una resplandeciente moto. Sakura pestañeó. Quizás sí se tratara de un sueño.
Sasuke le soltó la mano y se dispuso a colocarle un casco. No era ningún sueño. Con expresión indescifrable, se puso el suyo también y se sentó sobre el sillín.
Tras recibir instrucciones sobre dónde colocar el pie y cómo sentarse, Sakura se acomodó detrás de él.
La moto arrancó, desgarrando el silencio de la mañana. Sasuke tomó las manos de Sakura y le mostró cómo debía rodearle la cintura con los brazos. El viento les golpeaba a su paso y la sensación de peligro en cada curva resultaba excitante.
–¿Vas bien? –preguntó él cuando se detuvieron ante un semáforo en rojo.
–¡Sí! –gritó Sakura mientras asentía.
Tenía la sensación de que eran las dos únicas personas en el mundo.
La torre Eiffel apareció en la distancia, estoica y gris a la luz del amanecer, desprovista de su reluciente fachada nocturna. Mucho más bonita.
Avanzaron por estrechas calles y Sakura notó que ascendían, antes de ver la silueta del Sacré Coeur. Atravesando unas estrechas y tortuosas calles al fin llegaron al pie de unos árboles donde Sasuke detuvo la moto.
Bajándose, se quitó el casco. Seguía teniendo la misma y enigmática mirada.
–¿Qué hacemos aquí? –preguntó Sakura tras quitarse también el casco.
–Todavía no. Espera un par de minutos.
Tomándola de nuevo de la mano, la condujo colina arriba hasta llegar a las puertas del famoso templo. Sakura se volvió para contemplar todo París a sus pies. La vista era impresionante. No era la primera vez que la disfrutaba, pero jamás al amanecer, sin la habitual horda de turistas y con una suave bruma que daba al conjunto un aire de ensoñación.
Había otra pareja. La mujer llevaba la chaqueta del que, sin duda, era su novio sobre un vestido largo. Ajenos a ellos, contemplaban las vistas, tomados del brazo.
–Sentémonos.
Sasuke señaló unos escalones y ella aceptó su sugerencia.
–Hace demasiado frío –murmuró él tras pronunciar unas palabras ininteligibles.
–No es para tanto –era cierto que la piedra estaba fría, pero Sakura no habría cambiado esos escalones por nada en el mundo–. Sasuke, ¿qué hacemos aquí?
Por primera vez percibió que Sasuke evitaba su mirada. De repente su corazón se encogió, pues casi hubiera jurado que estaba nervioso. Pareció respirar hondo y entonces la miró. La torturada expresión de sus ojos casi la dejó sin aliento. Sin decir una palabra, tomó sus manos entre las suyas.
Sakura nunca lo había visto tan dubitativo y su corazón se aceleró.
–Aquella mañana, cuando saliste del hotel y yo me marché en mi moto... Vine aquí. A este mismo lugar y me senté en estos escalones para contemplar las vistas y maldecirte.
Sasuke le apretó las manos con fuerza y continuó.
–Pero, sobre todo, me maldije a mí mismo por mi estupidez. Pensaba que era un imbécil por haberme dejado seducir por ti. Pensé que eras como las demás debutantes. Una mujer de mundo, mimada y aburrida.
–Sasuke...
–No –él sacudió la cabeza–. Déjame hablar ¿de acuerdo?
Sakura asintió con el corazón en un puño.
–Te deseé desde el instante en que te vi en aquel salón de baile. Y cuando vi la oportunidad, la aproveché. Pero no tenías nada que ver con lo que yo había esperado. Eras dulce y divertida, sexy e inocente.
Hizo una mueca y continuó.
–Y eso era precisamente lo que yo creía que habías fingido ser cuando, de pie junto a tu padre, me denunciaste. Cuando sus hombres me sacaron de allí, pensé que me merecía la paliza por idiota. Y cuando mi jefe me llamó al despacho, despotriqué contra ti. Verás, era lo bastante arrogante como para creer que ninguna mujer podría engañarme y no tenía la intención de cambiar de parecer tan fácilmente. Al salir de mi pueblo, me había jurado convertirme en alguien importante. No iba a verme atrapado en una asfixiante vida familiar, como le había pasado a mi padre, y desperdiciar mi vida. Y no iba a enamorarme de una chica, solo para descubrir que ella no me amaba, como le sucedió a Naruto. Pero, en cuanto puse los ojos en ti, me diste la vuelta como a un calcetín. Lo sigues haciendo.
Sakura no estaba segura de seguir respirando.
–Después de lo sucedido, te catalogué como una niñata rica y desalmada, pero no pude dejar de pensar en ti. Deseaba desesperadamente entrar en tu mundo. Deseaba poder estar algún día frente a ti y demostrarte que no era un don nadie. Demostrarte que me habías deseado. Oíste la conversación con mi jefe ¿verdad?
–Te estaba buscando –susurró Sakura–. Quería disculparme. Explicártelo todo.
–Seguramente no te habría creído –Sasuke apretó los labios–, del mismo modo que a la mañana siguiente no te permití hablar.
–Tuviste que marcharte de Europa –Sakura apretó su mano con fuerza–. Por mi culpa.
–Sí –asintió él sonriente–, y seguramente fue lo mejor que pudo haberme sucedido. Llegué a América pletórico de ira y energía. Llamé la atención de Kakashi, y el resto es historia. Si no hubiera sucedido aquella noche, si me hubiese quedado aquí, con suerte ahora sería el gerente de ese hotel. Pero desde luego no sería su dueño.
–Tú habrías triunfado de todos modos –protestó Sakura enérgicamente.
–¿Te habría importado que yo fuera el gerente de algún hotel de poca monta?
–No, en absoluto –a Sakura se le paró el corazón.
–Hay algo que debería haberte dicho hace mucho tiempo – Sasuke parecía estar sufriendo–. Cuando me preguntaste si deseaba tener hijos...
Ella recordó su respuesta y lo interrumpió. No quería volver a oír esas palabras.
–No –insistió él–. Lo que dije fue imperdonable y cruel. Me tocaste la fibra sensible y estallé. Y lo siento. No te lo merecías. Cualquier niño o niña sería afortunado teniéndote como madre, Sakura.
Sakura sintió las lágrimas aflorar a sus ojos y pestañeó con fuerza. La disculpa había sido tan sentida que no podía hablar. De manera que se limitó a asentir. Sasuke respiró agitadamente y sacó una cajita del bolsillo del pantalón. Y entonces se arrodilló ante ella, con toda la ciudad de París a su espalda.
Sakura abrió los ojos desmesuradamente al contemplar las temblorosas manos que sujetaban la cajita.
–No me puedo creer que esté haciendo esto –admitió él–. Siempre asocié este gesto con la muerte de la ambición y el éxito. Me horrorizaba acabar en mi pueblo, sin nada. Pensaba en mi padre que había sacrificado tanto al no aceptar la beca de la universidad por haber dejado embarazada a mi madre.
–Pero, tus padres... –susurró Sakura, aún conmovida por las disculpas e intentando no saltar de alegría ante la visión de esa cajita–. Ellos crearon algo maravilloso. Y sin esas sólidas bases, tú jamás habrías llegado a pensar que podrías escapar de tu ciudad natal.
–Lo sé, lo sé –Sasuke sonrió–. Cuando admitiste lo que habías sentido al conocer a mi familia, a mi madre, supe que no podía seguir luchando contra ello. Intenté hacerte admitir que lo odiabas, pero lo hice para no enfrentarme a lo que me había hecho sentir. Porque lo cierto es que volver a casa contigo hizo desaparecer todos mis demonios. Solo vi el amor, la seguridad. Y por primera vez sentí que podría formar parte de ello sin ser devorado.
–Sasuke...
Sasuke abrió la cajita y Sakura vio un precioso anillo de época. El centro estaba ocupado por un enorme diamante rodeado de pequeños zafiros.
–Ya sé que dijiste que no querías más joyas, pero este es el anillo de compromiso de mi abuela. Mi madre me lo dio al cumplir dieciocho años para que se lo regalara a mi futura esposa. No me gustó lo que representaba. Implicaba que debía casarme. Lo cierto era que lo odiaba, el anillo y todo lo que simbolizaba. De manera que me juré que antes se congelaría el Infierno que se lo ofrecería a alguien. Y así ha estado languideciendo en el fondo de una caja fuerte tras otra, hasta esta semana, cuando lo saqué y lo hice limpiar. Porque al fin había encontrado a la única persona con la que podría considerar pasar el resto de mi vida.
Sasuke sacó el anillo del estuche y sostuvo la mano de una aturdida Sakura en alto.
–Sakura Haruno ¿me harías el honor de convertirte en mi esposa? Porque habitas en mi mente y mi corazón desde hace cinco años. Primero fuiste una fascinación, luego una obsesión. Y ahora... te amo. La idea de estar en este mundo sin ti es más terrorífica que nada que haya sentido jamás. Por favor ¿te casarás conmigo?
Sakura abrió la boca, pero lo único que surgió de ella fue un sollozo. Las lágrimas le enturbiaban la visión e intentó hablar.
–Yo... –no pudo continuar, superada por las emociones.
Vio palidecer a Sasuke. Creía que lo estaba rechazando. Con temblorosas manos, tomó su rostro y lo miró mientras intentaba controlar sus emociones y respiró hondo.
–Sí, Sasuke Uchiha, me casaré contigo. Te amo tanto que no quiero vivir sin ti.
No pudo decir nada más. Le rodeó el cuello con los brazos y estalló en sonoros sollozos. Sasuke le puso una mano en la espalda hasta que la sintió calmarse. A Sakura no le importaba el aspecto que pudiera tener en esos momentos porque Sasuke le sonreía y ya no había ninguna sombra del pasado entre ellos. Solo amor.
Tomándole la mano, deslizó el anillo en su dedo. Encajaba perfectamente y ella lo contempló maravillada, sin acabar de creérselo. Mirándolo a los ojos, le falló la respiración.
–Aquella mañana, cuando te marchaste, hubiera querido irme contigo.
–Y yo que lo hubieras hecho, por más que te maldijera –Sasuke le acarició la mejilla.
–Ojalá lo hubiese hecho –susurró ella.
–Tu hermana –le recordó él.
–Sí, mi hermana –Sakura sonrió con tristeza.
–Karin está bien cuidada y se pondrá bien, te lo prometo – Sasuke le tomó el rostro entre las manos–. Este momento es para nosotros. Empezamos de cero a partir de aquí.
–Sí, mi amor –la sonrisa de tristeza fue sustituida por otra de felicidad.
Tras besarla apasionadamente, Sasuke la atrajo hacia sí y, juntos, contemplaron el amanecer sobre la ciudad más bella del mundo. París.
Fin.
