Comenzó en el edificio de una academia; en un aula con estudiantes "escuchando" al profesor que leía un libro en voz alta; en una silla que no estaba ni adelante ni atrás del todo, y ni en el medio ni en el lado derecho del aula, sino en el lado izquierdo que daba a la ventana.
Nuestro protagonista se encontraba sentado en la silla antes mencionada, desde una ventana observando distraídamente el gris y simple paisaje del exterior, luego de leer en voz alta un pasaje del libro.
Decía: "Sigue las enseñanzas de Dios y recibe sus bendiciones. Así los mares volverán a ser abundantes y las tormentas amainarán."
Parte de su cabeza concentraba su atención en las palabras recitadas y explicadas para que si el maestro volvía a llamarle la atención para leer, lo pudiera hacer sin dudar, tal y como lo había hecho minutos atrás.
Sin embargo, la otra parte suya vagaba en sus propios pensamientos, y a veces miraba de reojo a sus compañeros, cuya mayoría se la pasaba charlando entre sí.
Pero no, él no pensaba que "el mundo estaba podrido" por tener unos compañeros tan idiotas, porque aquella opinión en particular venía de tiempo atrás: tenía meses o quizá años de antigüedad.
Su desencadenante, por ejemplo, eran las noticias de las que se enteraba día a día, repetitivas y desgastantes como el cuerpo de un hombre con seis balas en el estómago, el desnudo de una chica con un cuchillo atravesando su garganta que... Nunca terminaban de ser difundidas.
Y hasta a veces ser testigo de un robo en el mercado, algo que quizá no era la gran cosa, le había aterrorizado en su momento.
Todo tan monótono, tan cansador, tan triste, tan... aburrido.
¿Debía resignarse a vivir en un mundo así?, ¿un mundo donde la precaución, el miedo, era lo primordial para sobrevivir?
¿Quién querría vivir en un mundo donde podría tocarle a cualquiera la desgracia de que su cuerpo fuera hallado en un callejón en un estado irreconocible, quizá semanas después de ser mutilado o torturado de una manera semejante?
¿Y siquiera los policías lograban atrapar a los responsables?
No siempre... lo cual le parecía inaceptable.
¿Siquiera les daban un castigo adecuado? ¡No! Solo los suficientes años para "reflexionar" sus acciones como niños mandados al rincón; para pagar sus viles actos; para que les perdonaran lo probablemente imperdonable.
¿Y para qué, finalmente? Para que en algún momento de la condena, hubieran "algunos" que no lo soportaran más y decidieran escapar a su libertad y seguir haciendo de las suyas.
Aquellos constantes pensamientos fueron interrumpidos cuando, al mirar a través de la ventana, vio caer un delgado libro negro (¿o era una revista?) que de inmediato captó un leve interés de su parte, de forma que segundos después su cerebro lo tacharía de "olvidable", "poco interesante" o "estúpido", para así eventualmente quitarlo de su memoria.
Poquísimas cosas lo sacaban de su eterna y triste reflexión, y sin embargo el rato siguiente se le hizo interminable ya que, en contra de lo usual, no podía quitarse de la cabeza aquella revista, ¿o libreta?
Cuando pudo salir del edificio, lo primero que hizo fue ir hacia el centro del patio para recogerla.
Algo tenía que tener de interesante si aun después de cinco minutos de verla caer, seguía presente en sus divagaciones interiores. Algo tenía de interesante si, horas después, la venía a buscar para leer.
La pasó de una mano a la otra y vio que las palabras en su portada estaban escritas en un idioma que reconocía como el inglés.
Por un lado le alegraba haberlo aprendido; pero por el otro, en aquel preciso momento se encontraba con pocas ganas de leer. Después de todo, había estado, sin contar los pequeños descansos, bastantes horas seguidas en clase prestando atención, leyendo silenciosamente o en voz alta... y a veces medio distrayéndose y posando su mirada en las pequeñas motas de polvo que se destacaban en las esquinas de la ventana.
Así que iba a dejar el "cuaderno de la muerte" (como había traducido para sí). Iba a dejarlo tirado en el pasto, tal y como lo había hallado...
Y no obstante fácilmente lo dobló y abrió en las primeras páginas, no con real curiosidad por su contenido, sino porque no había nada interesante que priorizara sobre el cuaderno. Nunca...
¿Qué... era esto de que podría asesinar a un sujeto con solo escribir su nombre y tener en mente su rostro?
(Para no matar accidentalmente a otra persona con el mismo nombre: esto, redactado con otras exactas palabras, pretendía ser una aclaración aliviadora, pero en realidad provocó que Light prestara más atención a las barbaridades que había escrito un... particular bromista, supuso.)
Siempre y cuando tardara máximo seis minutos con cuarenta segundos, supuestamente podía escribir cómo moría el sujeto y qué era lo que hacía minutos o hasta días antes de su segundo final.
Pero debía ser una broma... ¿verdad?
Tenía que ser una estúpida broma... «Una muy pero incorrectamente elaborada, si yo me percaté...», pensó al terminar de leer todas aquellas detalladas reglas.
Las palabras parecían escritas de forma tan trivial que casi pensaría que estaba leyendo la receta de una torta de cumpleaños o las instrucciones para armar un mueble en vez de los pasos para asesinar a alguien a distancia.
Pasó las yemas de sus dedos por el particular material del extraño cuaderno negro. Aunque una cosa era tan clara como el que fuera capaz de sostener el objeto: su tapa blanda era frágil.
No sería difícil que se le resbalara la mano y lo dejara caer en algún estanque o que clavara una uña y lo rasgara para que nadie cayera en la inusual broma y sufriera cualquier consecuencia... Light ya quería tirarlo al tacho de basura de su habitación y olvidarse de su existencia y, sin embargo, algo lo detuvo.
En la soledad de su habitación no pudo evitar advertir la minuciosa travesura y reírse del enfermo que había escrito semejantes y numerosas reglas que no cumplirían su propósito: ser seguidas.
Si una persona pasara y mirara su impecable cuarto, se detendría en la cantidad de libros, el gris escritorio, el caos que no había y las paredes vacías que no revelaban nada de su personalidad. Aunque aquello último, más que nada, era la particularidad de Light.
Organizado, deducirían. Estudiante, pensarían al ver algunos de los libros...
A Light le era indiferente el azul, negro o hasta rosa chillón que podría pintar las paredes de su cuarto si a su madre se le ocurriese sorprenderlo. Mientras tuviera luz para estudiar hasta tarde; suficientes libros para estudiar o leer por diversión; un escritorio para realizar las tareas asignadas; un armario para guardar sus prendas, y una cama cómoda para dormir sus ocho horas y mantenerse de pie durante el día, no tenía nada de qué quejarse.
Las modas y decoraciones sin sentido no debían ser importantes para él, el agradable y aplicado alumno. La nimia posibilidad de mediocridad que podría mostrar, del nueve que se podría sacar, sí, porque debía evitarlo a toda costa.
Y aunque ninguno de sus padres le había dado a entender aquello, aún se sentía presionado a ser el alumno modelo... quizá el mejor de todo el país. Por eso mismo tampoco debía considerar asesinar a alguien para probar el "Death Note" y llamar la atención sobre sí mismo por razones por las que no quería destacar.
No obstante no podía evitar preguntarse la autenticidad del autor del Death Note, el qué pasaría si pudiera probarla y ver la verdad con sus propios y... asesinos ojos. Aún no lo era. No: no lo sería.
«¿¡Qué te pasa?!», se reprendió. Un suspiro salió de sus labios y se relajó como no debería en su silla con rueditas, fijando sus pensamientos en la pared más alta, como si fuera capaz de verlos allí mismo.
¿En serio estaba considerando la posibilidad de que pudiera existir una abominación capaz de controlar los sucesos cuarenta segundos, o incluso seis, casi siete minutos antes de que pasaran?
También podía elegir la hora del fallecimiento. Así que controlar las acciones con más antelación que unos seis minutos y cuarenta segundos antes de que la persona cuyo nombre fuera escrito muriera, era un hecho.
«Solo hay una forma de confirmar toda esta... estupidez.» Sentía la garganta seca luego de vislumbrar una vez más aquel cuaderno negro.
Obligándose a sentarse derecho y apartar el lado maduro y racional que quería echar por la basura una clara broma, la punta de su negra lapicera entró en contacto con una hoja al azar, y se congeló al segundo.
«No puedo matar a personas que conozco.» Estaba evaluando escribir el nombre de un compañero que solía molestar o robar dinero a los considerados "nerds" o "frikis" de su clase.
«La policía siempre incluye a las personas cercanas a la víctima como posibles sospechosos.» Tarareó una obviedad que en su casi estupidez no había contemplado.
Siendo un compañero de clase de la víctima, Light podía ser encontrado con más facilidad, y quizá sería tomado por sorpresa para improvisar en el momento una creíble mentira... Sería enviado a la cárcel por dos meses, veinte años, o quizá para siempre...
¿¡Y si lo ejecutaban?!
«Pero, ¿qué pienso?» Light rio.
¿Por qué lo culparían por un ataque cardíaco al azar que, hasta donde ellos sabían, ningún humano era capaz de provocar?
¿Por qué lo culparían por un accidente automovilístico cuando no conducía ni tenía ningún auto?
«De todos modos, mejor no arriesgarse», decidió.
Yagami Light, aquel chico de cabello castaño y ojos marrones que de seguro se les vino a la cabeza al apenas leer su nombre, decidió dejar a un lado aquel cuaderno que había ocupado sus pensamientos cuando apenas lo había visto caer desde el cielo. No: seguro que había caído desde una ventana... Alguien lo había tirado...
Definitivamente alguien lo había tirado.
Pero, ¿para qué? ¿Para que sus marrones ojos vieran su caída, se obsesionaran con él, lo buscaran, lo alzaran y escribieran algo para que confeti (o algo, solo algo) le estallara en su cara y atontara sus sentidos (y fuera objeto de humillación por el resto de su estadía en la academia)?
Mucha, mucha coincidencia: a algún bromista se le debió caer por accidente, así arruinando su broma, y nada más que eso. Simple, y únicamente, eso.
Sacudió su cabeza, trató de dejar de perder el tiempo y prendió la televisión pequeña que tenía en el lado derecho de su escritorio, y con los ojos nublados él disponiendose a cambiar de canales hasta llegar al de las noticias.
La típica música de noticiero inundó el ambiente y, para su frustración, empeoró su concentración. Pudo resistir cinco minutos hasta que apareció una noticia en particular, la que presentaba la perfecta oportunidad...
Con un suspiro, se acomodó una vez más y se inclinó para abrir el dichoso cuaderno, persistente en sus pensamientos, y específicamente en la página siguiente de las que contenían las... retorcidas reglas.
Liberó una exhalación tratando de prometer que sería la última que tendría que soltar por el resto del día...
Si solo..., si solo escribiera un nombre, disiparía sus dudas y dejaría olvidado el cuaderno en el fondo del cajón o escondido entre sus otros libros. Quizá incluso terminaría en el basurero de la ciudad para nunca volver a aparecer en su cabeza.
«Sí... No era una mala idea.» Curvó sus labios, con un parpadeo se rindió a intentar porque, ¿cuál era el daño? La incertidumbre y curiosidad no lo torturarían más, eso era seguro.
Sin embargo, se detuvo, si escribía "Otoharada Kurō" sin saber qué pasaría después, y al final él realmente muriera, ¿se convertiría en un asesino?
¿Aun si mataba a un criminal?
Pero era un criminal: merecía morir.
«Además, en cualquier momento puede matar a esos rehenes.» Light se enojó un poco por sus interminables dudas.
Entonces escribió, dejó la lapicera y aguardó...
Consultó el reloj por el rabillo del ojo cada cinco segundos hasta que los cuarenta pasaron, momento en el que una carcajada amenazaba con salir.
«Qué tontería pensar que...»
Los rehenes estaban saliendo del edificio donde los habían retenido: aquello había comunicado el periodista e incluso Light lo veía con sus propios ojos.
Farfulló, numerosas negaciones se presentaban en su mente siendo cruelmente descartadas. No esperaba eso.
Quizá era una coincidencia. No había manera de que...
Distraido con la escasa esperanza, listo para curvar sus labios en una aliviada sonrisa, por poco Light no escuchó que decían que... el sospechoso estaba muerto.
Tic, tac. Tic, tac.
El reloj a su lado indicaba que eran las dos con veintitrés minutos de la madrugada.
Tic... Tic... Tic, tac. No había nada que más quisiera que desvanecerse por unas horas en lo profundo de su consciencia, sin nada más que él mismo y sueños agradables. Quizá ni siquiera eso.
Dios, ni siquiera estaba del todo consciente de su entorno, del pasar de los segundos y la oscuridad que casi imperceptiblemente cambiaba.
«¿Qué hiciste?, ¿qué mierda hiciste?» Solo era capaz de fijarse en el techo, ya negro por la hora que era.
Se hallaba acostado en su cama, tapado hasta por debajo de la nariz y siguiendo con determinación sus infructuosos intentos de conciliar el sueño aun teniendo sus ojos bien abiertos y enfocados en un único punto que antecedía cualquier inquietud que podría presentar su cuerpo, desacomodándolo de su cómoda pero poca efectiva posición para dormir.
Él, Yagami Light, de diecisiete años de edad, se encontraba incapaz de asimilar lo sucedido horas atrás.
¿Había...?
¿Otoharada Kurō había muerto por sus propias manos?, ¿por la sola acción de haber tomado una lapicera y haber escrito en un cuaderno su nombre y apellido?
Pero no había sido cruel... ¿o sí?
Se repetía, se justificaba con que un ataque al corazón era una muerte mucho más pacífica: menos dolorosa que una puñalada en la garganta.
«Pero morir mientras dormís parece ser mucho más pacífico que incluso el solo acto de imaginar el momento en el que tu corazón te falla y te agarra un dolor inimaginable en el pecho hasta el último segundo de tu consciencia.» Y por supuesto que se hizo notar su lado más observador, más culpable... más lógico.
Otoharada Kurō, quien había retenido a varias personas en un edificio por una razón de la que ya ni se acordaba... ¿Debería acordarse?
Porque él había muerto de un ataque cardíaco cuarenta segundos después de haber escrito su nombre, tal y como decía la libreta que sucedería si no se especificaba la hora o la causa de muerte, por lo que el Death Note sí era real y Light no era capaz de acordarse del dato que lo había motivado a escribir su nombre.
«Soy un asesino», agregó, casi tardíamente, dejando que el hecho se hundiera y asimilara. Porque, ¿qué podía hacer? ¿Entregarse?
Que se revelara la existencia de la libreta podría desencadenar muchísimos y peligrosos cambios.
Que él terminara en la cárcel por una razón que tendrían que inventar para evitar consecuencias, sería suficiente para ser reconocido mundialmente, por supuesto, pero no de la forma que quería.
Claro, no solo era un asesino. Light no quería arruinar su reputación y entregarse, como una buena y verdaderamente arrepentida persona lo haría, sin importarle cómo lo recordarían luego de dar un último respiro y dormir entre las raíces de la tierra, ya sin saber más...
Su estómago se revolvió.
Nota: Escribí este fic basándome en el anime, pero tiene algunas cosas del manga. Esto no es una copia de Death Note pero escrito, es la manera en la que yo considero que Light podría haber actuado, cosa que se ve un poco, antes de decidir quedarse con el Death note. Entonces lo que agrego son las cosas que podrían haber pasado, siempre y cuando no afecte el Canon.
