Pasaron un par de días desde que Otoharada Kurō había muerto de un ataque al corazón, y Light no durmió ni la noche del memorable evento ni la siguiente.

Le parecía inquietante que no fuera una coincidencia, como se había intentado convencer luego de devolver la cena esa noche entre las dos y las tres de la mañana.

(Despertó a su madre y tuvo que tranquilizarla diciéndole que algo de la cena le debía de haber caído mal y que no se preocupara, que limpiaría en aquel mismísimo instante porque, no estaba dicho, por supuesto que no era inútil en ningún área. No se disculpó por interrumpir su sueño y ella no pareció darse cuenta.)

Le inquietaba que el responsable de la muerte de Otoharada Kurō fuera él, que su vida hubiese estado bajo su control y que pudiera decidir con solo escribir un nombre y pensar en un rostro si a alguien le seguiría latiendo el corazón en los siguientes segundos o minutos, o no.

Y sin embargo...

¿Y si realmente todo fuera parte de una elaborada broma, como lo había considerado en un principio?

¿Y si, quien hubiera escrito las instrucciones del Death Note, lo hubiera planeado todo para hacerle pensar que era un asesino?, ¿para asustarlo?

Nada de eso tenía pies o cabeza, y Light no podía evitar seguir especulando sobre toda esta... terrible coincidencia.

No resultaba creíble que existiera un cuaderno mágico, así que no tenía sentido que alguien, en este contexto, pudiera manipular a otra persona para hacerle creer que había matado. ¿Cómo podría haber simulado la muerte de Otoharada Kurō, sino?

A menos que la noticia de Otoharada Kurō fuera una obra de teatro un poco demasiado creíble y el canal de las noticias, al haberse enterado, lo hubiera revelado con gran confusión (cosa de la que Light no se habría enterado todavía por haber dejado la televisión apagada desde hacía dos días).

A menos que en este complot participaran también los medios.

No obstante, parecía poco realista que muchas personas estuvieran involucradas en planear y llevar a cabo una broma. ¿Y quién sería tan inteligente como él, o incluso más, para lograr elaborar un plan así?

Casi se parecía a aquella película donde el protagonista vivía sus primeros treinta años de vida como una estrella de televisión sin siquiera saberlo...

Pero el punto era que no sabía si creer que fue víctima de una muy elaborada y retorcida broma o que, de algún modo, él, Yagami Light, desde hacía dos días tenía el poder de decidir en segundos o minutos si una persona en particular vivía o moría.


Fue después de un almuerzo silencioso pero cómodo con su madre y Sayu, su hermana, que llegó a la conclusión de que para confirmar que el Death Note era real, debía estar presente mientras el sujeto agonizaba.

Hizo una mueca. Tendría que escribir, en seis minutos y cuarenta segundos o menos, que un determinado sujeto, obviamente criminal, iría a un lugar en específico para que un vehículo lo atropellara.

Al menos la muerte no se vería sospechosa o llamativa, además de que tampoco vería un cuerpo descuartizado. Mientras pudiera saber con certeza que estaba muerto...

Así que ese día se la pasó intentando no matar a un estúpido compañero que exigía 2.000 yenes a otro; se la pasó inconscientemente escuchando quejas, conversaciones y chismes; molestándose (en su interior, porque exteriormente dio una sonrisa y una disculpa) después de que un maestro le llamara la atención con su "¡Eh, señor número uno del país! ¡No te nos quedes en blanco! ¡Contamos contigo para dar una buena imagen!", luego de atraparle cuando estaba distraído por tener en mente aquel molesto cuaderno.

«Observando a esta gente», pensó, «he comenzado a pensar que el mundo sería mucho mejor sin ellos».

...Pero ellos no eran criminales.

Casi, casi que se lamentó.

No, no quería matar a cada quien que le molestase. Y en cierto modo le aliviaba.

Al menos en ese sentido no estaba loco...


Caminando hacia su casa, se le presentó la oportunidad de probar definitivamente la existencia del Death Note cuando vio a unos hombres en moto haciendo obvias insinuaciones a una chica de su academia o quizá a una mujer de veinte y algo de años: no observó con mucho detenimiento algo tan desagradable como horrible.

—Eh, señorita... Soy Shibuimaru Takuo. Jeje... Me llaman Shibutaku. Sal conmigo, preciosa.

Light no vio su expresión, pero supuso que "Shibutaku" habría hecho una "encantadora" o algo por el estilo, para intentar impresionar a la chica.

Mientras sus compinches hacían comentarios sobre su nombre y la forma de presentarse, la chica pronunció una nerviosa disculpa y Light entró a la tienda frente a la que estaban ella y los motociclistas y, con la mirada sobre la calle, procedió a abrir el tomo de un manga y leerlo.

O eso parecía desde afuera. Porque mientras la chica miraba con expresión incómoda a su alrededor, viendo que un hombre que acababa de pasar por su izquierda no se detenía para sacarla de la situación, porque los tipos no la dejaban irse, Light disimuladamente sacó su... su... su Death Note, lo puso dentro del tomo del manga y procedió a escribir en él "Shibuimaru Takuo: accidente", después de visualizar y pensar en su rostro mientras lo hacía.

Se detuvo a comprobar si escribió bien.

...Para asegurarse de que funcionara, escribió el nombre de otras seis maneras que conocía y la palabra "accidente" al lado de cada uno.

Miró su muñeca izquierda, en la que tenía puesto su reloj, esperando con impaciencia a que pasaran los primeros cuarenta segundos para así observar, durante aproximadamente un minuto, si alguno de los siete nombres escritos era el suyo...

Si Shibuimaru Takuo moría por ese "accidente" que escribió.

Light observó desde adentro de la tienda que Shibuimaru se ponía rígido e, intentando impresionar a la chica, gritaba algo extraño como:

—¡Voy en moto!

Ella, aprovechando que el hombre se distraía intentando encender la moto y que ahora tenía una abertura para salir del círculo de hombres, comenzó a correr.

Shibuimaru Takuo encendió su moto y echó a andar tras la chica.

Un "¡Taku! ¡Cuidado!" por parte de sus amigos, no fue suficiente para advertirle de su inevitable destino: Shibutaku no había logrado escuchar las palabras antes de que un colectivo golpease su costado y lo arrastrara a él y a su moto hasta finalmente detenerse unos metros más adelante.


«Eso... ¡Eso es!»

«¡La Death Note es real!», cayó en cuenta.

Light salió a paso rápido de la tienda sin llevar ni comprar nada, con la mirada en blanco y los ojos desorbitados. Quizá quienes lo vieran lo atribuyeran al accidente automovilístico, cosa en la que Light no pensaba en estos momentos.

La adrenalina no le duró mucho: cuando estuvo a dos cuadras de la escena del accidente las piernas le flaquearon, por lo que tuvo que caminar más lento.

«¡He matado a dos personas!» Inconscientemente se llevó una mano a la boca.

Sus ojos enfocados en el suelo, pero sin verlo, procesaban aún lo que había sucedido.

«Asesiné...»

«...A dos personas.»

«Yo...»

Detuvo sus pasos y, solo por un segundo, sus pensamientos.

Llevó una mano a su bolso, donde minutos atrás (antes de salir de la tienda) había guardado el horrible cuaderno.

Le vino a la mente una imagen de la persona que había matado hacía dos días.

«¿A quién le importaba si ese moría?»

Pero y...

¿Qué había del otro?

Se acordó del motociclista, quien había yacido en medio de la calle, boca abajo y en medio de un charco de su propia sangre, tan abundante y espesa… ¿Él había hecho eso?

No, lo había provocado, punto que, aunque no le tranquilizaba mucho, hacía alguna diferencia entre matar con sus propias manos y provocar la muerte con solo experimentar en un estúpido cuaderno.

Aun así, ese tipo no merecía morir: no había matado a nadie, que Light supiera.

(Se estremeció.)

¿La gente merecía morir por pasarse de la raya al seducir a alguien? ¿Merecía...? Merecía, merecía, merecía...

¿Quién podría saber si ese tipo de gente no habría llegado a violar a las víctimas de sus descarados coqueteos?, ¿si no habría llegado a matarlas?

«Es tal y como lo he pensado.» Con una mirada analítica se dejó caer sobre una pared para apoyarse.

Pensó en todas aquellas inocentes personas que eran asesinadas día tras día, las que eran víctimas de injusticias por el simple hecho de que los responsables de decidir el destino de los criminales habían sido amenazados o sobornados por ellos o sus aliados.

«Este mundo está corrompido.» Alzó la mirada con un brillo en sus ojos, con una nueva determinación y gritando en sus mentes que los responsables debían morir y él...

Light... Light podría depurar el mundo.

Sonrió: comenzaría con los criminales. Lo conseguiría con... ¡con el cuaderno!

Mientras caminaba hacia su casa a un paso visiblemente normal, pensaba que el cuaderno ya no le parecía tan retorcido, horrible o maligno, más bien lo consideraba la solución a la corrupción que plagaba el planeta, el medio para conseguir el mundo que tanto deseaba, habitado por personas amables y de buen corazón.

No pudo evitar concluir, sin embargo, que había un pequeño problema...


Cuando Light subió a su habitación, tiró sin miramientos su bolso y abrigo en dirección al escritorio, y se lanzó a su cama sin siquiera quitarse sus zapatos.

Se hallaba boca abajo, abrazando la almohada y con la barbilla apoyada en esta.

Si alguien viera en este momento a Yagami Light, algo que no era imposible, ya que había olvidado cerrar la puerta de su cuarto, le vería una expresión preocupada, o más bien perturbada, en su rostro.

Ese pequeño problema que atormentaba a Light...

"Mente" era su nombre.

«Solo fueron dos personas y ya estoy así...»

Claro que no podía ser tan fácil...

¿Podría soportarlo? ¿Debería ignorar las consecuencias?

«¡Retrocede un minuto, Yagami Light!» Porque ¡a dónde vagaban sus pensamientos! ¡Considerando continuar utilizando el Death Note!

«Pero ya no te parecía tan mala la idea, ¿verdad? Ya hasta habías dejado de tachar de "horrible" al Death note » Por supuesto que parte de él lo intentaba persuadir a seguir escribiendo; esa deseosa de escribir más y más...

«¡Mi mente pagará el precio!» Lo interrumpió su lado cauteloso, alarmado, paranoico...

«¿Y no sería eso un precio razonable?»

Light se congeló.

Una vida.

Una vida por la de millones. Una aburrida, casi sin un propósito con sentido, que tuvo que caer la solución desde lo alto del cielo para salvarla de su sufrimiento y otorgarle una motivación cuyas garantizadas consecuencias serían aún más grandes que las de poca garantía de su plan original: abogacía. Aquellas recién aparecerían varios años después y no solo cuarenta segundos después de escribir, algo que era asombroso, inmediato y fascinante.

Una vida, sí, que ya parecía dispuesta a todo por el bienestar del... por entretenimiento, por...

Light apartó esos pensamientos y adoptó unos más entusiastas.

¡Aunque le costase...! Sacaría de su lista de prioridades a su cordura y su vida porque alguien tendría que hacerlo.

Alguien tendría que hacer ese cambio drástico. Alguien tendría que matar, matar y matar a los criminales que perturbaban a las buenas personas. ¡Alguien tendría que eliminarlos!

¡Las cosas no tenían por qué quedarse así! ¡Gente inocente no tendría que seguir viviendo con miedo!

¡Gente inocente no tendría que sobrevivir! Sino que podría vivir, ¡con libertad!, ¡sin miedo de que ese tipo de personas siguieran sueltas y haciendo lo suyo!


Al día siguiente, escuchando vagamente al profesor, Light se preguntaba si habría alguien a quien podría confiarle el cuaderno.

Miraba a su alrededor y solo veía a chicos durmiendo; chicos hablando entre sí; chicos con un celular en la mano; chicos introvertidos y extrovertidos en, a su parecer, el mal sentido.

¿Una persona que podría depurar el mundo? Alguien así no existía.

Pero él sí. Existía.

Light era perfecto, el indicado para tal tarea.

¿Y si él tenía que pagar el precio; si él tenía que entregar en bandeja de plata su cordura, su vida; si él tenía que desperdiciar el resto de sus días haciendo del mundo un lugar mejor...? ¡Con gusto lo haría!

Después de todo, su objetivo en la vida no estaba lejos de eso... Solo que él haría su propia versión de justicia, él aportaría más que un mísero granito de arena.

Porque lo que Light haría, sería extraordinario.