Cinco días después de aquel día en el cual vio al Death Note caer desde el cielo (sí, ya aceptaba que el objeto era sobrenatural), se podría decir que Light había cambiado.
Antes, sus únicas preocupaciones eran sacar dieces y ser amigable con sus compañeros y profesores para seguir siendo agradable a los ojos de los demás. Ahora, el Death Note se incorporaba a su rutina.
Los últimos tres días se repartía sus actividades entre asistir a la academia, estudiar y prender la televisión de su cuarto para escribir cualquier cantidad de nombres de criminales, ya fuera que estuvieran en la cárcel o sueltos.
Hoy Light estaba preparado para otro día así.
Marchó a la academia y al llegar conversó con dos compañeros. En la clase estuvo turnándose para escuchar y participar. Y si no hacía eso, se distraía, contando los minutos faltantes para llegar a su casa y escribir en el Death Note en la comodidad y privacidad de su dormitorio.
Cuando terminaron las clases empezó a marchar hacia su casa, pero no solo, puesto que charló con los mismos dos compañeros de antes, a quienes no les quedaba a contramano acompañarlo a él.
—Estoy en casa —anunció el castaño al entrar en ella luego de despedirse.
Sachiko lo recibió con una cálida sonrisa y un alegre "¡Bienvenido!". Y Light vio su postura expectante y la pizca de impaciencia en su estúpido rostro.
—Ah sí... —Se acordó de un examen que su madre quería ver.
Ya estaba acostumbrado a la falta de un "¿Cómo estás, hijo?", "¿Cómo estuvo tu día, Light?" y al exceso de los "¿Tus notas...?", "¿Qué tal te fue en el examen de...?".
En algunas ocasiones, no podía evitar pensar en el tipo de relación que tenían, en el que ella le hablaba para avisarle que la comida estaba lista, recordarle que le tocaba sacar la basura o preguntarle sobre sus siempre impecables notas.
—Toma —dijo, dándole la hoja después de haberla sacado de su bolso.
Mientras Light subía las escaleras hacia su habitación, escuchó su exclamación de sorpresa.
—¡El primero del país en el examen práctico!
—Sí —contestó de manera algo cortante.
Estaba molesto, porque en todo el rato que asistía a clases, podría haber escrito más de cien nombres de asesinos, o ladrones, o terroristas...
¿Qué importaban sus notas si los criminales seguían consumiendo oxígeno?, ¿si cada momento que no escribía, podría significar la desgracia de una persona desafortunada?
—¡Me voy arriba a estudiar, así que no me molestes!
Aunque se le hubiera escapado un tono irritado, de todos modos a veces odiaba cómo era su madre, y su sonrisa, y su personalidad...
—¡Oh, Light! —Escuchó su voz, ya un poco lejana—. Si hay algo que quieres, solo tienes que pedírmelo.
—No, madre.
Ya tengo lo que quiero, dijo para sus adentros mientras abría la puerta de su habitación para luego cerrarla por dentro y pasarle seguro.
