-Pero yo no quiero estar entre locos -señaló Alicia.

-Oh, no puedes evitarlo, -dijo el gato- aquí todos estamos locos. Yo estoy loco, tú estás loca.

- ¿Cómo sabes que estoy loca? -preguntó Alicia.

-Debes de estarlo -dijo el gato-. De otra forma no habrías venido aquí.

Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll)


El hombre solo estaba ahí, quieto. Abrigó el encendedor con su mano para encender un nuevo cigarro. Dio una amplia calada dejando que sus pulmones se llenaran con el humo pleno del tabaco.

Aspirar, inspirar y expirar.

Un hábito autodestructivo al cual estaba ya acostumbrado.

Para él, el tabaco tiene tres ápices, una tríada hedonista: un efecto estimulante, un efecto calmante y un placer por sí mismo. El tabaco tiene un poder relajante, no muy potente sea dicho de paso, porque tal vez se requerían algunas cajetillas enteras para calmar un buen disgusto.

Como placer es un gusto de reposo, complemento o postre que redondea un bienestar previo. El cigarrillo después de una agradable comida, sin prisas. El cigarrillo romántico que un viaje acompaña al dulce trasporte demorado, ocioso y contemplativo. El cigarrillo después del sexo con excelente provecho. Relajación.

¿Por qué fumaba?

¿Ansiedad, emoción, vacío, excitación?

Quizás se fuma para tapar algo que es desconocido y genera una tensión interna. Se fuma para liberar una tensión cargada de angustia y ansiedad. Traer a la conciencia los motivos por los que se fuma es doloroso y puede llevar un tiempo. Evitando hacerlo, se echa un cigarro a la boca para descargar sin tener que profundizar, sin tener que mirar de frente a las causas.

El acto de fumar es en realidad la respuesta a una ansiedad interna, frecuentemente difusa. Su consiguiente necesidad de descargarla lleva a fumar con el objeto de liberarse y equilibrarse.

Aunque para él la causa no era desconocida. Claro que no lo era. La razón era tan clara, como el día.

Solo recordar los horribles acontecimientos de Newcastle y el nombre de Astra le daba ganas de fumar el doble y beber alcohol hasta que sus recuerdos quedaran borrosos y desalojados de su conciencia, aunque solo fuera una momentánea pérdida de realidad.

«Lo que arde y luego se hace cenizas, algo que arde dentro de sí mismo».

Se enciende un cigarrillo para eliminar lo que duele y tratar de restablecerse. Pero el pseudo-efecto dura poco y necesita pronto otro cigarro nuevo.

Quizá lo que hacía en realidad era tragarse metafóricamente sus aspiraciones. Fumar como una respuesta ante la frustración.

«Un cigarrillo define al fumador, como el poema al poeta».

Reconocido por su gabardina color beige, que lleva en todo momento y en toda ocasión, él es un gran conocedor de la oscuridad y de sus criaturas.

A diferencia de otros magos del mundo, Constantine rara vez utiliza hechizos mágicos; a menos que se encuentre en combate. La mayoría de los desafíos que enfrenta, los supera haciendo uso de su astucia, su vasto conocimiento de las ciencias ocultas, la manipulación de sus aliados y enemigos y una extensa lista de contactos.

Había pasado la mayoría de su caprichosa juventud rastreando cada rincón oscuro de Europa buscando la máxima cantidad de conocimiento mágico que podía.

Pero no quería ser sólo otro matón callejero con un par de hechizos bajo la manga. Quería magia real. Quería ser el mejor.

Y si quería ser el mejor, debía aprender del mejor. Así que solo le quedó algo por hacer: viajar a la ciudad de Nueva York.

Todos sabían que si buscabas magia real en esa ciudad solo había un lugar donde podía ir... y un hombre al que encontrar. El bar Oblivion. En la superficie el lugar era un sucio agujero de ratas. Pero dentro era mucho más...

Cualquiera que fuera alguien en la escena oculta de Nueva York iba al Oblivion, pero él no estaba buscando a cualquiera. Lo buscaba a él. Nick Necro, el mago más grande de Nueva York.

Su verdadero nombre era Nicolas Edgar Nolan, pero tomó el nombre de Nick Necro durante el auge de la escena punk/oculta de la ciudad nombrada. La historia cuenta que su padre era un plomero de Brooklyn. Su madre era costurera. Nick buscaba cualquier cosa para escapar de su linaje mundano. Y en la magia fue donde la encontró. Se había convertido en una leyenda viva. Había estudiado con Sargon, Zatara, Baron, Mr. E... todos los grandes.

Pero en ese bar también estaba ella.

Zatanna. La hija del gran Zatara.

Ella era deslumbrante. Una princesa hablando hacía atrás.

La chica de Necro en ese momento. Pero Constantine no pudo despegar sus ojos de ella ni por un segundo.

Los tres estudiaron juntos. Necro les mostró el mundo debajo del mundo.

Alguien tenía que enfrentarse a todas las pesadillas que trataban de abrirse camino desde los límites de la realidad. Y con Nick como su gurú, se convirtieron en la primera respuesta de la humanidad ante el inframundo.

Zatanna y Constantine era jóvenes e inexpertos y cuando estropeaban las cosas, Nicky siempre estaba allí para salvarlos. Él abrió los ojos de ambos a una magia más poderosa y más potente de lo que jamás habían soñado.

Y finalmente, luego de un año de aprendizaje con él, Nick lo hizo oficial. Llámenlo una ceremonia de graduación de Magia Negra. Los marcó a Zatanna y John con su propia runa. Tatuajes idénticos. Ahora eran un aquelarre... los tres eran uno.

Magia. De eso se trataba.

El más allá de las reglas, límites y los parámetros básicos con los que se rigen la mayoría.

Todo consiste en jugar con inteligencia, mantener a todos adivinando. ¿Qué es mágico? ¿Qué no?

¿Seguramente la razón por la que se encontraba ahora aquí? ¿Por la cual lo habían llamado?

Su rubio y desordenado cabello se agitó.

El viento sopla con suficiente fuerza acompañado de un movimiento extraño de una pila de basura cercana donde tira el resto del cigarro ya terminado. Mira hacia atrás y puede distinguir las formas de varias ratas que entran en una rejilla de alcantarillado cercana.

Gotham.

Es ahí donde ahora se hallaba.

Un claro ejemplo de lo que algunos denominan como la "sombra colectiva".

La sombra colectiva -la maldad humana- reclama por doquier nuestra atención: vocifera desde los titulares de los quioscos; deambula desamparada por nuestras calles dormitando en los zaguanes; se agazapa detrás de los neones que salpican de color los rincones más sórdidos de nuestras ciudades; juega con nuestro dinero desde las entidades financieras; alimenta la sed de poder de los políticos y corrompe nuestro sistema judicial; conduce ejércitos invasores hasta lo más profundo de la jungla y les obliga a atravesar las arenas del desierto; trafica vendiendo armas a enloquecidos líderes y entrega los beneficios a insurrectos reaccionarios; poluciona nuestros ríos y nuestros océanos y envenena nuestros alimentos con pesticidas invisibles.

De pie en el puente, mirando hacia la urbe, John enciende su vigésimo séptimo cigarrillo del día.

Los primeros planos exponen el suburbio como una pesadilla, oscura y melancólica. Casi, o mejor dicho, completamente una distopía. Con noches nubladas y niebla constantes, incluso la luna en su momento más brillante apenas puede iluminar nada aquí, así que por la noche se pone realmente oscuro. Las calles están completamente vacías en este momento y la falta de luz está dando al lugar una sensación extraña. No solo los delincuentes son supersticiosos y cobardes en esta localidad.

No sabía si amar u odiar esta ciudad, era demasiado ambivalente en cuanto a dar una opinión. Gotham parecía ser la encarnación de los temores urbanos, un lugar oscuro, lleno de vapor, ratas y crimen. Los rumores que llegaron a él decían que fue también un sitio donde se realizaban ritos ocultos.

Una ciudad de cementerios y gárgolas; callejones y asilos.

Gotham es una pesadilla, una metrópolis distorsionada que parecía corromper las almas de los hombres buenos.

Una urbe anclada en un tiempo difuso, donde convive la arquitectura gótica (nunca mejor dicho) y el expresionismo europeo del primer cuarto del siglo XX.

Una ciudad antigua, con curvas y ángulos inexplorados, una ciudad olvidada que ha sido sofocada y destruida por las grandes torres.

Desde sus sórdidas callejuelas hasta sus rascacielos de láminas de vidrio. Un reino frío con edificios altísimos en alerta como centinelas. La primera vez que vino aquí recordó el horizonte de Nueva York y los callejones de Oxford en el mismo sitio. Las gárgolas que se ciernen sobre el centro de la ciudad lo desconciertan de la manera más maravillosa, la gente de esta ciudad parecían amar a sus bestias demoníacas espeluznantes que los miran desde lo alto.

Una ciudad que parecía un caldo de cultivo y creador de facto de la galería de "especímenes" retorcidos que la pueblan.

Para Constantine, como ejemplo de simbología, las gárgolas tienen su origen en la Edad Media y se relacionan con el auge de los bestiarios y los tormentos del infierno. Las gárgolas se usan tradicionalmente como una representación del mal, y se cree que se usan para asustar a la gente que asiste a la iglesia, recordándoles que el fin de los días se acercaba. También se pensaba que su presencia aseguraba a los feligreses que el mal se mantenía fuera de los muros del templo.

Una ciudad maldita y llena de crimen donde es imposible mantener la moral intacta. Rodeado de un espantoso y sombrío fantasma invocado por la corrupción política, el fanatismo terrorista y los criminales de cuello blanco. Este lugar está más allá de salvar, reflexionó él. La existencia continuada no hará más que seguir generando corrupción, sufrimiento y locura para todos los que viven aquí. Incluso si colocaras a las personas más intencionadas, profesionales y empáticas en todos los puestos de administración de Gotham, todavía no cambiaría. En todo caso, las personas a cargo cambiarían para peor.

¿Qué diablos está mal con esta gente? ¿¡Por qué alguien viviría en Gotham a menos que quisieras que te secuestraran, dispararan, apuñalaran o fueran gaseados por el Joker!? ¿Quién incluso vendería seguros en Gotham? En serio, cualquiera estaría mejor en Coast City. Ahora, continuando...

Un lugar que induce a la locura de sus habitantes.

«Empezando por el propio Batman».

John se rio internamente ante ese pensamiento. Un tipo de traje ajustado y capa que se creía una figura de autoridad y John nunca había tratado bien con la autoridad.

Decadencia, corrupción, oscuridad, crimen y la necesidad urgente del murciélago sacrificándose por una ciudad desagradecida. Para él, Batman es indiscutiblemente un producto, una expresión, de la ciudad en la que vive. ¿Pero es él su demonio o su salvador? Un hombre formado, quizás inconscientemente, por las bóvedas góticas y esculturas monstruosas. Un hombre que, como la ciudad que protege, asusta a los ciudadanos en el camino de la justicia. Al vestirse como un murciélago, pudo haber logrado inculcar un sentido primario de miedo en los ciudadanos, pero también ha inspirado inadvertidamente a una nueva raza de criminales. A través de sus acciones, a través de su propia existencia, ha influido directamente en el surgimiento de algunos de los "súper villanos" de la ciudad.

Una ciudad loca, especialmente cuando se trata de viles e infames enemigos.

Desde vigilantes desquiciados hasta amenazas maníacas, las enfermedades mentales y la criminalidad parecen ir de la mano en la ciudad natal de Batman, mucho más que en cualquier otro lugar más allá de los límites de la metrópoli. No por nada el infame Asilo de Arkham, "hogar temporal" de algunas de las personalidades más... coloridas, era casi un icono notable de reconocimiento.

Lo poco y único que conocía de ese lugar era que fue fundada por Amadeus Arkham después de que su madre, que sufrió una enfermedad mental la mayor parte de su vida, se suicidó. Como único heredero de la propiedad familiar, Amadeus Arkham decidió transformar la casa de su familia en una instalación de tratamiento para enfermos mentales, para que otros no pasen por lo mismo y sufran como su madre.

Todavía recordaba algunas de las palabras de Jeremiah Arkham, actual jefe del asilo, que había leído en un diario local y que solo acentuaba más la peligrosidad de esos reclusos: "Arkham no es solo otra institución para criminales dementes. Es la liga de la locura. Una universidad para los psicópatas. Cualquier cosa no-citada en el nuevo inventario es contrabando. No traigan estas cosas dentro, sin importar que tan pequeñas o cotidianas puedan parecer. Caen en las manos de los mejores, más brillantes y enfermos".

En su mayoría, sin embargo, los coloridos villanos de Gotham necesitan una audiencia para su trabajo. Toda la tripulación asesina vive bastante para llamar la atención. De lo contrario, ¿por qué no cometer sus crímenes en secreto, sin un disfraz, identidad criminal o modus operandi únicos? Porque entonces nadie sabría quién lo hizo. Una desesperación definitiva de atención. En general, todos y cada uno de los malos de Gotham es un monumento vivo al narcisismo. John pensó que no es de extrañar que haga falta a un hombre silencioso desde las sombras, que nunca sonría, que rara vez elogie, que viva más para ayudar a los demás que para engrandecerse a sí mismo, para derribarlos.

Encendió el vigésimo octavo cigarro. Una profunda calada de la preciada nicotina mientras trataba de pensar porque lo habían llamado. Pero la respuesta llegaría pronto, porque ya era hora de reunirse con el murciélago.

¿Realmente se preguntó al principio si no sabía si amar u odiar esta ciudad?

«Cambié de parecer», pensó él. Hasta los pocos bares que visitó eran nefastos, parecía que rebajaran el alcohol con agua para ahorrar gastos. Ni siquiera se pudo permitir un buen trago de whisky.

¿Entonces para qué mentir?

Odiaba esta ciudad.

Él le dio la última larga y honda calada al cigarro, aspiro profundamente inhalando, la punta se encendió de color naranja brillante. Luego la exhalación, inclinó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un largo chorro de humo. Tiró la colilla sobrante y siguió su camino... solo.

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«Mi nombre es John Constantine. Soy el que sale de entre las sombras, con gabardina, cigarrillo y arrogancia. Oh, lo tengo todo bien atado. Puedo salvarte. Aunque te cueste hasta la última gota de tu sangre, te sacaré los demonios. Les patearé las pelotas y les escupiré cuando estén en el suelo, y volveré a la oscuridad, dejando sólo un saludo, un guiño y un chiste. Recorro mi camino solo porque, seamos honestos...

... ¿quién estaría lo bastante loco para recorrerlo conmigo?».