Batman se encontraba en la oscuridad de un callejón, entre dos edificios de Gotham, esperándolo a él. Estaba en un callejón sin salida, desierto, oscuro y todo estaba en silencio.

Extraño para una ciudad pero era lo que se esperaba que fuera un callejón. Paredes de ladrillo rojo, botes de basura, ratas, lo tenía todo. No parecía en absoluto loco, parecía... normal. Sobre todo en esta ciudad.

Normal.

Pero la espera estaba yendo mucho más allá del tiempo estipulado.

No le quedó otra que llamar a la única persona con la que podía contar, persona con la cual se encontraba hablando en este momento.

—Zatanna —llamó él—, ¿estás segura de que va a venir?

—Estará ahí —afirmó la maga desde el otro lado—, aunque lo admito, no es exactamente conocido por su puntualidad.

—Estoy arriesgando mucho al estar al descubierto, si desperdicio mi tiempo voy a...

—Sabes —dijo una voz profunda y un poco ronca poniendo al hombre murciélago en estado de alerta—, un hombre adulto escondiéndose así en las sombras es bastante ridículo.

Lloviznaba con muy poca intensidad desde las tres de la mañana. Casi como un rocío cayendo desde el cielo. «Menudo tiempo», pensó Constantine, reprimiendo una sonrisa. Se sentía como el personaje de alguna novela gótica moderna: la lluvia torrencial, el frío calador, esta ciudad oscura.

Por lo menos la altura de los edificios hacía que la llovizna no llegara hasta ese lugar, por lo cual pudo encender otro cigarro.

John reprimió un resoplido cuando la mandíbula de su compañero tembló mientras cortaba la llamada, seguramente en un gesto de molestia. Batman no era totalmente reacio a ser visto en público, pero no era un fanático de ello.

Le dio una larga calada al cigarrillo y dejó que el humo saliera de su boca para unirse al smog que cuelga sobre Gotham.

—Bien, ¿por qué me llamaste? —averiguó Constantine.

—Por algo —contestó de forma seca y cortante Batman.

—Woaw, ve más despacio. No pedí la historia de tu vida —murmuró John con una risa sarcástica. Los ojos de Batman se movían entre él y el casi nulo tráfico que invadía las calles a esta hora.

—No es seguro hablar aquí —Batman gruñó—. Deberíamos ir a otro lugar.

—Suena como un buen plan —. John toma un trago final de nicotina. Le dirigió una sonrisa echando humo en la dirección general de Batman. Era el enfoque equivocado y él lo sabía, pero no podía evitarlo, era el instinto, su respuesta natural a cualquiera que intentara intimidarlo y, ante la obvia desaprobación del caballero oscuro, arrojó la colilla al suelo y la apagó con un golpe de su zapato.

El ruido que hizo Batman en respuesta podría significar cualquier cosa cuando presionó un botón en su cinturón.

—Ya viene el auto.

— ¿Qué auto? —preguntó el rubio.

Y, menos de treinta segundos después, el Batmóvil se detuvo junto a ellos.

—Aquí, entra.

—Siempre te gusta llamar la atención, ¿no? —cuestionó John arqueando una ceja viendo el... "auto".

Constantine solo se dejó caer en el asiento del pasajero y se deleitó con la forma en que el "auto" rugía debajo de él mientras se dirigían al norte hacia la Mansión Wayne.


El santuario del murciélago, pensó John, mientras avanzaba por la oscura y húmeda caverna.

Él estaba bastante seguro de que no era confiable mantener una computadora con códigos secretos de la Liga de la Justicia escondidos en su disco duro aquí abajo, pero estaba lejos de cuestionar los métodos de Batman.

John se dirigió al centro de la computadora, donde Batman ya estaba sincronizando los chips de datos en la cubierta con los servidores principales. El oscuro hombre escribía órdenes en un código que John no entendía y las pantallas se desplazaban a través de imágenes de alta resolución de lo que parecía ser un manicomio.

Constantine lanzó un resoplido de molestia, ¿por qué no iba directamente al quid de la cuestión de una vez por todas?

— ¿Hay algún problema? —interrogó Batman mientras seguía tecleando.

—No —mintió John.

—Supongo que no vas a explicar eso. Te noto un poco fastidiado.

—Qué percepción increíble, debes ser alguna especie de gran detective —se burló el hombre rubio—. Ya sabes, maldita comida de avión, maldita lluvia, maldita Inglaterra, maldita Gotham. El tráfico casi no se movía y el taxi todavía olía a vomito de la noche pasada. Bien, ¿cuál es la razón por la que no estoy en Londres ahora mismo disfrutando del té? Será mejor que el motivo de llamada sea importante, Bruce —dijo Constantine mientras buscaba en su abrigo su cajetilla de cigarros junto a un encendedor. Ya era lo suficientemente tarde para justificar un buen trago así que solamente llevó el cigarrillo a sus labios al tiempo que lo encendía.

—Es importante para mí—. El hombre murciélago ni siquiera se molestó en volverse hacia su invitado.

Lo que fue muy grosero de su parte, considerando que fue él quien le pidió a John que lo visitara. Ni siquiera le habían pagado la tarifa del taxi ni el viaje hasta aquí.

Pero en este momento, el hombre estaba concentrado en mostrarle imágenes en pantallas que se elevaban sobre ellos dos.

Constantine solo se preguntó cómo es que había logrado llevar tanto equipo tecnológico y caro a una cueva tan profunda y mohosa.

— ¿Podemos hacer que Alfie nos traiga algunos bocadillos? —preguntó John, colocándose sobre el respaldo de la silla de Batman.

—Llámalo si quieres.

—Es tu mayordomo.

Con un gruñido impaciente, Batman abrió el enlace de comunicación con la casa principal—. Alfred, ¿podrías traer algunos refrescos y bocadillos a la cueva?

—De inmediato, Maestro Bruce.

—Tienes un problema mágico —dijo John, yendo directo al punto—. No eres un mago—. Ni siquiera era una pregunta, solo una afirmación de hecho. Ambos sabían que era verdad. Batman era muchas cosas, probablemente más de lo que John sabía o le importaba saber, pero la magia no era su punto fuerte—. Necesitas mi ayuda.

No hay respuesta, solo esa mirada desconcertante de lentes que ocultaban por completo los ojos que sabía que debían estar detrás de la máscara.

—Jeremiah Arkham contrató a Hiram Contractors para encargarse de las renovaciones del lugar. Se han encontrado con algunas resistencias —explicó, interrumpiendo el pensamiento de John—. El equipo que fue contratado cree que hay una entidad sobrenatural que les impide avanzar. Sonidos extraños, luces que se prenden y apagan sin razón, puertas que se abren o cierran sin nada de viento, sombras inexplicables, objetos que desaparecen y reaparecen, la sensación de ser observado o incluso tocado, lugares más fríos de lo usual. Tu trabajo consistirá en demostrar los hechos.

— ¿Qué tipo de hechos? —preguntó—. A primera vista parecen simples sugestiones.

Él se recordó a sí mismo que el testimonio por sí solo nunca es prueba de nada. Y esto es así por diversas razones.

La primera es que cabe la posibilidad de que el testigo (o testigos) estén mintiendo por diferentes motivos; la segunda es porque nadie es completamente objetivo al describir sus experiencias vividas —sobre todo si en esa experiencia se han mezclado sentimientos de gran carga emocional—; la tercera y última es que existen numerosos procesos psíquicos que alteran la percepción y/o rememoración de lo sucedido y que impiden una correcta interpretación del suceso, o incluso que fabrican sucesos que, simplemente, nunca han existido.

La personalidad también influye en la percepción de lo ocurrido. Dos tipos de personalidades cabrían destacarse: la personalidad histérica que suele vivir con gran emoción lo sucedido desproporcionando hechos sin importancia y la personalidad mística que se recrea buscando explicaciones sobrenaturales a cada uno de los acontecimientos de su vida.

La lista podía seguir: esquizofrenia, paranoia, fuga psicógena, confabulación, mitomanía, falsos recuerdos, alteraciones de la percepción, alteraciones delirantes, y un largo etcétera.

—Tres de las personas implicadas se suicidaron y otras dos enloquecieron —ultimó Batman.

Bueno, eso cambiaba las cosas.

— ¿Cómo sabes que El Espantapájaros no vertió su toxina del miedo por los ductos de ventilación del lugar? —cuestionó Constantine cuando otra teoría lógica llego a su cabeza.

—Fue mi primera hipótesis, descartada totalmente luego de un análisis de sangre a los médicos internos y a los encargados de la refacciones. No hay nada que indique que estén afectados por Crane ni por ningún otro tipo de droga.

Batman seguía tecleando mientras imágenes se mostraban en las pantallas.

La mayoría de las imágenes eran mundanas. Imágenes de construcción, salas de desagüe y cableado y tuberías expuestos a lo largo de paredes y techos. Algunos, sin embargo, tenían salpicaduras distintas de sangre ensuciando esas mismas paredes. Más que unos pocos otros detalles imperceptibles llamaron la atención de John, las sombras que normalmente uno querría ignorar en el fondo, cosas que sabía que no provenían del extraño ángulo de la pantalla que estaba mirando.

— ¿De qué crees que estamos hablando entonces? ¿Fantasmas, poltergeist? —quiso saber John mientras miraba el desfiladero de vídeos.

— ¿Hay alguna diferencia? Tú eres el experto.

—Los fantasmas son como espíritus de los seres humanos fallecidos, que todavía se niegan a abandonar el reino de los vivos. Ellos se manifiestan en diferentes formas. Pueden manifestarse como cuerpos completos, entidades transparentes e incluso en forma de niebla. En cambio, un poltergeist ya es algo más serio ya que es una entidad negativa, se trata de fantasmas que llevan tanto tiempo desencarnados en nuestro plano dimensional, que han dominado el tema de la energía, y no solo viven tranquilamente del entorno, sino que además pueden conscientemente manipularlo, mover objetos, hacer ruidos y esas cosas.

—Parece que estuvieras hablando de algo salido de un cuento de ficción. Supercherías.

—A la luz de los conocimientos presentes, cualquiera que se refiera a los fenómenos psíquicos como engaño no tiene ni idea de lo que sucede en el mundo —explicó John frunciendo el ceño—. La documentación es inmensa... Ustedes, los chicos de capas y mallas, ya se han enfrentado a la magia antes. Circe, Felix Faust, Trigon. Hasta los poderes de Shazam se basan en la magia. ¿Todavía te cuesta creer?

—No es cuestión de creer, se trata de descartar —expresó Batman.

Alfred llegó con una bandeja de bocadillos y una taza de té. — ¿Tarde ocupada, Maestro Bruce?

—Tal vez — respondió—. Constantine cree que esto es un incidente completamente sobrenatural, no estoy tan seguro. Se requiere más investigación antes de continuar.

—Lo sobrenatural no existe, ¿verdad? —preguntó Alfred.

—Exacto —respondió Constantine—. Porque el término correcto es «paranormal», pues la naturaleza no puede ser transcendida... ¿Así que necesitas a alguien que compruebe si en realidad hay un fantasma o algo parecido que les da miedo a los empleados?

—Algo como eso. No quiero mentiras —continuó Batman—. Sólo deseo una respuesta verdadera, sea la que sea... Pero quiero una respuesta definitiva. ¿Cuál sería tu primera impresión?

Alfred desapareció por los escalones de la mansión.

—Quizás una maldición hecha por un demonio —ofreció Constantine otra teoría.

Bruce miró el sándwich que estaba en el plato frente de él—. Pero, ¿por qué un demonio haría una maldición?

—Odio decepcionarte, pero el demonio probablemente no estaba pensando demasiado en lo que estaba haciendo. Los demonios maldicen las cosas porque pueden, es solo lo que hacen.

— ¿Qué más? —sondeó Batman.

—Almas. Atrapadas. Buscando una salida.

— ¿Alguna vez hablas claro? ¿Almas atrapadas? ¿Puedes verlas?

—Yo no —señaló Constantine.

—Todavía me suena algo no creíble.

—Hay mundos más allá del nuestro —gruñó John perdiendo un poco la paciencia por lo liso del pensamiento del hombre murciélago—. Planos paralelos de existencia. Un amigo intentó enseñarme, pero no tenía su don.

— ¿Crees poder con esta tarea?

—He derrotado monstruos, demonios y verdaderos dioses.

— ¿Podría estar allí el lunes?

—Supongo que sí, pero tendrás que pagarme el hotel.

—Puedes quedarte aquí si lo deseas —ofreció Bruce. Era lo que podía ofrecer como agradecimiento.

Constantine vaciló pero, al ver que Batman empezaba a querer cambiar de opinión, solo le quedó asentir. No podía dejar pasar aquella oportunidad.

—Me parece una buena idea.

—No trabajaras solo, te acompañarán dos personas más —dijo Batman—. Arkham es algo delicado para ponerlo todo en tus manos. Tu carencia de moral, valores cuestionables y métodos poco ortodoxos me hacen desconfiar de enviarte solo.

—Que agradable comentario Batsy, para alguien que parece necesitar mi ayuda. Aunque tienes razón, amigo, no soy bueno. Soy un bastardo hijo de puta. ¿Puedo preguntar quiénes...?

—Por supuesto. Zatanna y Raven.

John intentó disimular su decepción.

No es que no le gustara la idea pero... ¿una maga excesivamente dedicada más al mundo del espectáculo de circo que de sus habilidades? ¿La hija de un demonio interdimensional? Se preguntó si debía objetar. Él contaba con su propio equipo de personas, Chas Chandler y Zed Martin, y consideraba que Zatanna y Raven no le serían de mucha ayuda.

—Y sinceramente... —siguió Batman con su pensamiento—, no creo que seas un mal sujeto. Te miro y veo a un hombre intentando hacer lo correcto. Aunque hagas un gran esfuerzo en demasía.

—Claro que sí, eso es lo que quiero que veas —apuntó Constantine con una sonrisa ladina.

—No me manipulan tan fácilmente —comentó Batman.

—Oye, a pesar de los malos comentarios que pueda hacer respecto a ti y tu grupo de amigos con disfraces, sé que eres un héroe. Uno de verdad. No alguien lleno de errores, equivocaciones y sombras de gris. Has salvado al mundo un montón de veces. En cambio yo... tú lo dijiste, no se puede confiar en mí. Si te acercas, te lo digo directamente, te desilusionaré.

—Zatanna confía en tus habilidades.

—Está... bien. ¿Y qué me dices que agregues como carga extra a la chica adolescente de los Titanes?

—Zatanna dijo que será de utilidad, ella puede... sentir cosas... que otros no.

—No sabía que Raven era una médium —bromeó el hombre de gabardina.

—Ella es una empática según los registros de Zatanna —expresó Batman mientras leía ahora los datos que tenía sobre Raven—, no sé lo que es un médium.

—Era... solo un chiste, ya sabes, para reírse —dijo Constantine con una pequeña risa fingida.

—No lo entendí.

John solo puso los ojos en blanco.

—Bien, ¿te parezco miembro de un equipo? Mucho menos líder de uno.

—Nadie te nombró como líder Constantine, ese lugar es de Zatanna. Como miembro de la Liga, ella es nuestra primera consultora cuando hablamos de estas cosas.

—Considero mi incursión en el heroísmo como un desastre —quiso hacerle entrar en razón Constantine—, ¿aun así me quieres dentro de esto?

—Tú eres el experto en lo paranormal. ¿No es lo que dice tu tarjeta de presentación?

Batman tomó una tarjeta blanca con letras negras.

John Constantine

Exorcista, Demonólogo, y Maestro de las Artes Oscuras

(404) 248- 7182

—Demonólogo, exorcista y... ¿maestro de las artes oscuras? —. Lo último incluso podía sonar casi como un tono de burla en los labios de Bruce.

—Ahí dice maestro, ¿verdad? —dijo John mientras miraba por encima del hombro de Batman—. Bueno, debería cambiar a eso a... pequeño aficionado. Odio darme aires de grandeza. Es hora de que cambie esas tarjetas por unas nuevas.

—Zatanna añadió al archivo que quizás tus conocimientos podrían resultar de utilidad. Por eso estás aquí.

Por un minuto, durante el transcurso del silencio que se extiende hasta el punto de incomodidad después de su declaración, Constantine espera que él se niegue, entienda y le ordene salir. Pero eso no pasó.

El hombre rubio soltó un suspiro.

— ¿Y el tiempo? —preguntó John.

—Eso es lo único que no tendrán —respondió Batman mirándolo por fin a los ojos—. Deseo conocer la respuesta en menos de tres días.

—Tres días —dijo, asintiendo.

Por mucho que odiara obedecer órdenes, así como la actitud de Batman, se tomaría con seriedad la tarea.