La brisa nocturna que había agitado cortinas y revuelto las hojas, dio por terminado cualquier rastro de luz, esperando la completa obertura que seguiría a este tranquilo preludio. En mitad de la calle un gorrión oscuro se posó en la fuente de la mansión. Una hormiga avanzó por el césped y descubrió una pequeña miga de chocolate y un viejo envoltorio de caramelo.
Un sonido surgió poco a poco del silencio, creciendo sin llamar la atención hasta que parecía como si siempre hubiera estado allí, oculto bajo los mayores ruidos de la noche.
El gorrión alzó el vuelo. En la manzana siguiente, un perro ladró.
La pequeña Harriet necesitaba angustiosamente ir al lavabo. Ya era inútil engañarse diciendo que podía esperar hasta el amanecer. Su vejiga protestaba desesperadamente, pero es que el pasillo estaba tan oscuro y el solo pensamiento de abrir la puerta de su cuarto y atravesarlo le hacía poner los pelos de punta. Porque siempre imaginaba que allí abajo, en la oscuridad, había algo. Era una tontería, por supuesto, lo decía su padre, lo decía su madre. No le gustaba siquiera la idea de abrir la puerta para encender la luz, porque siempre tenía la idea de que, mientras estuviera tanteando en busca del interruptor, una garra espantosa se posaría ligeramente sobre su muñeca… y la arrebataría hacia esa oscuridad que olía a sucio y a humedad. ¡Qué estupidez! No existían monstruos con garras. Quizás sí, de vez en cuando, alguien se volvía loco y mataba a mucha gente. No obstante, la idea persistía.
Además, el baño estaba en el piso de abajo y siempre la dichosa escalera que a oscuras lucía tétrica no colaboraba mucho con su ominoso pensamiento. Su habitación estaba en el quinto piso. Ignorando la necesidad biológica, cerró uno de los cuentos que estaba leyendo y abrió otro. Quizás si ignoraba la sensación pronto pasaría.
—Había una vez un ratón muy feliz que vivía en un bosque, bajo un árbol —leyó la niña—. Sin ninguna preocupación, no tenía miedo. Jugaba todos los días y dormía en la sombra. Una mañana, el ratón escuchó un fuerte grito y un cuervo, tan negro como la noche, bajó volando del cielo.
Un murmullo se escuchó en el piso de abajo. La puerta principal abriéndose con un rechinido tétrico. Pero papá no estaba en casa, se suponía que hoy no llegaba.
Era tarde, pero no podía dormir, siempre tenía pesadillas que la atormentaban. Quizás debía seguir la recomendación de su padre de no leer los libros de Lewis Carroll antes de acostarse.
—¿Mami? —preguntó la voz de la niña, pero no hubo respuesta alguna. Quizás estaba en la cocina, haciendo galletas.
Ella ignoró eso y siguió leyendo su libro de cuentos. Le leía a una de sus muñecas que se encontraba abrigada dentro de su casa grande de juguete. Le gustaba mucho su casa de muñecas.
—El cuervo bajó su pico y ladeó la cabeza —siguió leyendo—. Luego espantó al ratón con lo que dijo: "la oscuridad se esconde en la luz del día. Más te vale que corras, ratoncito, antes de que salga a jugar porque la oscuridad es mala cuando juegas a las escondidas y puede ir a cualquier lugar mientras se cuela y se asoma". El ratón caminó un poco y miró a su alrededor. Giró en un círculo y luego miró arriba y abajo. "No hay nada oscuro aquí, pájaro loco. El sol brilla tanto, es completamente absurdo". Pero el cuervo se rio y dijo: "ratita tonta, no dejes que la oscuridad te escuche diciendo esas cosas".
Un grito desgarrador de mujer pidiendo auxilio se dejó oír por toda la mansión.
—¡Mami! ¿Qué pasa? —preguntó la niña realmente preocupada y asustada.
Quizás era el ruido de la televisión. Si, eso debía ser. Una película de terror en el televisor que quedó encendido en el living de abajo.
La luna brilla intensamente en la noche, atrapada entre dos chimeneas en el techo de la casa de Arkham en 1921. El techo está mojado por la lluvia y el reflejo de una ventana semicircular iluminada se encuentra directamente debajo de la cara de la luna. El cielo está oscuro y tormentoso, lleno de desazón en la primavera engañosa.
De un frío sin misericordia.
Hay un mal presentimiento. No nos gusta este lugar.
Pero estamos obligados.
Se oye el ladrido de un perro dentro de la casa, jadeando de éxtasis. Un gruñido animal, pero a la vez tan diferente a la de cualquier perro. Pero era raro, los perros no ladraban así… y su familia no tenía ninguna mascota.
—¿Mami? —volvió a preguntar la niña, su voz ya temblando.
Nadie contestó.
No tenía idea de cuánto tiempo permaneció allí, helada, con la vejiga a punto de reventar.
La embargaba cierta curiosidad infernal. Ojalá no la hubiera sentido, ojalá se hubiera resistido.
Abrió la puerta lo suficiente para acercar un ojo y miró. Alguien la miró a su vez desde el final oscuro del pasillo, era un hombre. ¿Era papá? Harriet imaginó que podía ver un extraño y enfermo brillo profundo en los ojos de esa cosa. Como si...
Intentó prender la luz del pasillo ¡Sus dedos encontraron el interruptor! Lo accionaron… nada.
No había luz.
Retrocedió desde la puerta abierta, el corazón golpeando en su garganta como un martillo, el vello de la nuca en posición firme, los ojos ardiendo por las lágrimas, las manos heladas.
Una mano rodeó su cuello.
Harriet lanzó un grito sofocado y sintió que tanto el corazón como el estómago se le anudaban en la garganta. Por un momento, tuvo la terrible sensación de que iba a mojarse.
La voz de un hombre susurró al oído de la niña. La voz solo la hizo sentir más asustada cuando comenzó a bajar un cuchillo por su cuerpo. La niña suplicó. Miró al hombre que solo le sonrió diabólicamente.
La casa se alza en un silencio gótico bajo nubes irregulares impulsadas por el viento. Las hojas, arrancadas de las ramas, se arremolinan con el viento. La luna llena asoma detrás de las chimeneas como el rostro de un niño pálido y loco que juega al escondite.
El chillido desgarrador de una niña se sintió y todo se apagó.
Y nadie escuchó.
Nada vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en unas condiciones de realidad absoluta. La locura es consustancial a la condición humana, todo el mundo delira. Cada cual está un poco enfermo, desplazado, excéntrico, respecto a toda categoría que quiera sujetar con alfileres al sujeto. Arkham, nada cuerda, se alzaba en soledad, acumulando oscuridad en su interior; llevaba así desde 1921 y así podría haber seguido otros años más. En su interior, las paredes mantenían su verticalidad, los ladrillos se entrelazaban limpiamente, los suelos aguantaban firmes y las puertas permanecían cuidadosamente cerradas; el silencio empujaba incansable contra la madera y la piedra de Arkham, y lo que fuera que caminase allí dentro, caminaba solo.
También era el tipo de lugar que había llamado la atención de una mujer joven, con una larga túnica azul. Su rostro estaba protegido, excepto por sus ojos violetas que se veían en la luz del sol del ocaso. Inspeccionó la casa con ojo crítico, tratando de escuchar cualquier sonido que pudiera considerarse sospechoso.
No había nada. Los grillos chirriaban y los coches pasaban por la autopista local, pero aparte de eso, no había ningún sonido que fuera ni remotamente peligroso.
El cielo rojo fuego del atardecer quería dar paso a una luna, que se alza por sobre una vieja casona en lo alto de una colina.
Las ramas de los árboles se agitaban por el viento. A Arkham le gusta hacer una entrada exagerada, pensó Raven. Nunca había visto una edificación en un estado de deterioro tan triste como el Asilo de Elizabeth Arkham para criminales dementes. El edificio era feo, una mezcla del edificio gótico de principios del siglo XX que había sido destruido junto con las renovaciones del siglo XXI.
Y mientras estaba sentada junto a la maga de la Liga, Zatanna, en un banco muy deteriorado, con una excelente vista de la entrada a los terrenos, Raven le dio una mirada muy crítica al asilo. Torres y torretas y contrafuertes y filigranas de madera, a veces incluso chapiteles góticos y gárgolas. Le gustaba el estilo gótico, pero algo en ese lugar hacía sentirla incómoda, como una especie de claustrofobia. Era una construcción vil por decirlo de alguna manera. Con las palabras fluyendo libremente en su mente, experimentó un escalofrío y pensó, Arkham es vil, está enferma; márchate de aquí de inmediato. El lugar no es bueno para la imaginación, y seguramente que no aportaba sueños tranquilizadores por la noche.
De haber sido en cualquier otra época del año, supuso que el terreno no se habría visto tan lúgubre. Los árboles que rodeaban la propiedad habían sido afectados por el invierno, grises y casi desnudos por las tormentas de viento más fuertes que Gotham había visto en más de una década. Sus ramas esqueléticas parecían extenderse, como necesitadas de luz, hacia el cielo. El edificio en sí estaba cubierto en su mayoría de hiedra.
Luego vio aquellas laderas, y ya no le extrañó que estuvieran rodeadas de alguna leyenda de misterio. Los árboles crecían demasiado juntos, y sus troncos eran demasiado grandes. En las oscuras avenidas del bosque había demasiado silencio, y el suelo estaba demasiado blando con el húmedo musgo. Sobre todas las cosas pesaba una rara opresión; un toque grotesco de irrealidad, como si fallara algún elemento vital de perspectiva o de claroscuro.
«¿Qué hago aquí?».
Miró de reojo cuando sintió un pequeño movimiento en un arbusto que había detrás suyo, pero sólo podía ver el camino, curvándose, ennegrecido a ambos lados por los árboles inmóviles y sombríos.
—¿Has oído algo acerca de este lugar? —rompió el silencio la voz de Zatanna dándole a la chica una mirada de reojo.
—He oído que he sido citada aquí como asistente para una misión de la Liga. Cuando abran las puertas, contestaré tu pregunta, Zatanna. Aunque déjame decir que es un lugar espeluznante —dijo la hechicera, empleando un tono airado. Zatanna la miró.
—Ni siquiera hemos entrado, Raven —replicó la maga.
—No necesito entrar para saberlo —contestó la empática.
Hubo un silencio incómodo mientras el viento agitaba las ramas secas de los árboles.
—¿Todavía me guardas rencor? —preguntó la Zatanna, aunque más que una pregunta parecía una afirmación disfrazada de interrogante.
—Si.
—Debes entenderlo en cierto punto.
—Entenderlo —repitió Raven, con un mal sabor en la boca.
—Soy una servidora del Orden —explicó la maga—, todo mi trabajo se basa en mantener el delicado balance. Intento a diario preservar el equilibrio de la comunidad mística de la luz y la oscuridad en la Tierra. Y Trigon, tu padre, es un servidor del Caos y… puedo sentir la conexión tuya con él. En cierto punto, es como si fuera alérgica a tu presencia.
—Es lo más conmovedor que me han dicho —comentó sarcásticamente Raven—, seguro tienes más comentarios agradables bajo la galera.
Zatanna. Una buena maga escénica e hija del mago Giovanni Zatara. Zatanna, la Maestra de la Magia, después de que su padre desapareciera, secuestrado por un viejo enemigo, ella profundizó en su biblioteca y aprendió sobre sus antepasados. Aprendió cómo acceder a su poder al pronunciar sus hechizos al revés, y se convirtió en una de las usuarias de magia más poderosas. La observó de reojo. Vestida con unos pantalones de cuero negro y una chaqueta a juego, una sencilla blusa blanca y zapatos negros para completar el look. A opinión de Raven, parecía siendo igual de mágica sin necesidad de su atuendo habitual de circo barato.
—Constantine —nombró Raven en un susurro viendo al susodicho.
—Un maestro de las artes oscuras —dijo Zatanna con una pequeña sonrisa—, cada demonio desde aquí hasta los pozos más profundos del infierno está detrás de su alma.
Los ojos amatistas de la hechicera de desviaron para ver a John Constantine dando otra calada a su octavo cigarrillo mientras charlaba ociosamente con algunos guardias en su descanso. Un hombre de treinta y tantos años de aspecto exhausto con cabello color rubio, barba desaliñada, gabardina hecha jirones y una corbata roja mal atada alrededor del cuello, que recuerda más a una soga que de alguna manera había encontrado su camino alrededor de su cuello que a una elección de moda. Apestaba absolutamente a tabaco, alcohol y azufre.
Ella conocía algo sobre él. John Constantine. Descendiente de una larga línea de usuarios de magia. Fascinado por el ocultismo desde muy joven, se dedicó a aprender magia para escapar de su infeliz vida familiar. Finalmente se mudó con su compañero de cuarto Chas Chandler, los dos se convirtieron en mejores amigos. Alrededor de esta época, John comenzó a seguir los círculos ocultos de Londres (así como la escena musical punk), y finalmente se convirtió en el estafador que usa magia y engaña a los demonios que es hoy.
Sus ojos brillaron por unos segundos mientras veía al nigromante y estudiaba su aura. Su empatía pudo percibir las cicatrices profundas de su alma desgarrada, pero no había mucho que observar, su alma era un cascarón vacío. Seguramente había vendido su alma o algo por el estilo.
¿Qué hacía ella de todas maneras sentada ahí compartiendo espacio con la maga que negó ayudarla en su momento y con un exorcista, siendo ella un demonio?
«Que trío tan raro, pero qué más da. Este era un asunto serio, una misión seria», pensó la empática.
John retiró de sus labios su cigarrillo a medio terminar, lo arrojó al suelo húmedo y le dio un pisotón. Corrió hacia las dos mientras Zatanna se levantaba del banquito y Raven la secundaba.
—¿Entonces supongo que es hora de que conozcamos al hombre a cargo? —cuestionó la maga.
«No hay vuelta atrás una vez que estemos adentro», recordó Raven que Zatanna le advirtió esa misma mañana.
Una sensación se instaló en el estómago de Raven, una preocupación y un miedo que se apostó directamente en sus huesos. El lugar parecía tener muchos demonios emocionales, y tal vez algunos literalmente, acechando en cada esquina.
Aunque cuando entraron formalmente a los terrenos, pasando por esas puertas de hierro, esos sentimientos se intensificaron una vez más. Como un interruptor de luz, algo parpadeó claramente cuando pasó el límite, y el alma de la isla comenzó a cobrar vida a su alrededor. Y entonces ella sujetó su cabeza cuando algo sonó desde ahí.
—Raven, ¿estás bien? —examinó Zatanna viéndola con inquisición, como si estuviera examinando a un animal peligroso.
—Si, solo, esperen… un segundo —tartamudeó esta.
Entonces trató de relajarse, dejó que estos pensamientos y sentimientos la atravesaran como agua en un arroyo.
Todo se derrama.
—¿Señor Constantine, supongo? —saludó un médico, vestido con la típica bata blanca, cuando se encontró con ellos en la mitad del camino desde la puerta—. ¡Oh, recuerdo! Eres un superhéroe, ayudas a la Liga de la Justicia, detuviste a ese demonio en el orbe en Metrópolis el año pasado para que no se apoderara del mundo y…
El ceño de John se profundizó.
—No soy un superhéroe. No me gustan los disfraces y las capas tontas. Solo ayudo a la Liga de calzones ajustados porque si son malas noticias para ellos, generalmente son malas noticias para mí.
El médico se incomodó un poco por su error.
—Y señorita Zatanna —nombró ahora dirigiéndose a la mujer mayor—, supongo que usted es la que estará a cargo.
—Un gusto —saludó esta.
—Y…
Con toda su atención en Raven, la empática sintió que el aura del médico se proyectaba. Ansiedad, duda, angustia, tantas cosas plagaron a este hombre. Si no hubiera sido tan repentino y violento, ella podría haberle disparado con algún comentario inteligente. Pero en este momento, estaba abrumada.
—Raven —dijo simplemente.
Ella tomó nota de la apariencia del médico cuando se presentó como el director del Asilo. Era bajito y corpulento, pero la comparación terminó ahí. Sus facciones eran redondas y generalmente amistosas. Probablemente tendría alrededor de 50 años, una sonrisa desgastada y ojos grises y cansados. Su cabello castaño estaba claramente encanecido en varios puntos, probablemente por el estrés.
—Un gusto. Aunque estoy seguro de que esta institución no es un lugar para niños ni adolescentes con problemáticas de ansiedad social—. Raven no se molestó en ocultar el ceño fruncido ante sus palabras, cerró el puño con ira e intentó soltarlo lentamente.
—Puede llevarnos a todos o ninguno de nosotros, en absoluto —replicó Zatanna rápidamente.
—Muy bien, entonces, hmm —tartamudeó el doctor, su rostro enrojeciendo por un momento, y Raven compartió la satisfacción de Zatanna al verlo en apuro—. Asegurémonos de que se mantenga fuera del lado oeste de los terrenos. Si me siguen…
Los condujo por el camino y los alejó del primer edificio al final del mismo, charlando ociosamente sobre las diferentes instalaciones y programas que albergaba, un discurso parecido a una gira que probablemente había practicado para muchos posibles huéspedes de su asilo. Mientras se dirigían a una de las puertas a través de la ladera que conduciría al extremo este del lugar, Raven se encontró mirando hacia el edificio por el que habían pasado.
Tratamiento intensivo.
Un tirón peligroso emanó de él, y esta vez, Raven sintió clara y completamente el miedo que se había filtrado en la estructura misma de los terrenos. Su corazón se aceleró en su pecho, las manos se pusieron húmedas y se quedó sin aliento. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Una rama se quebró y el viento se agitó más de lo normal.
John y Zatanna se giraron inmediatamente cuando percibieron como el aura sombría y peligrosa de Raven fluctuaba.
—¿Raven? —preguntó esta vez Constantine.
—Disculpen, me estoy amoldando a las emociones del lugar —explicó ella cerrando fuertemente los ojos—. Son demasiado… intensas. Necesito un segundo para concentrarme.
Le habían contado la mayoría de los conceptos básicos sobre la historia del asilo, sin los detalles más penetrantes o perturbadores, aunque tenía una idea aproximada de lo que podrían implicar. Arkham tenía poco más de cincuenta años de muerte, decadencia, podredumbre y destrucción en su nombre. Era un lugar donde demasiadas almas perdidas habían encontrado un final, y era muy posible que muchas de ellas se quedaran, especialmente las más violentas o vengativas.
Pero ese tirón fue algo que precipitó una parte de ella que sabía que necesitaba permanecer encerrada. Por muy tentador que fuera el poder que podía desatar, si dejaba que tanta negatividad, tanta ira y miedo la abrumaran...
Azarath, Metrion, Zinthos.
No podía permitirse parecer débil frente a la Liga. Ya estaban recelosos de ella. Algunos héroes como Doctor Fate junto a Zatanna ciertamente no la extrañarían si desapareciera de la faz de la Tierra. No había necesidad de agregar su llama de odio ni de agitar el avispero más de la cuenta.
Se dio la vuelta rápidamente y respiró profundamente por un momento recitando internamente su mantra, y después de algunas respiraciones más de calma, echó otra mirada crítica al edificio antes de que estuviera a punto de desaparecer de la vista. Incluso sin sus poderes gritándole sobre cada mala vibra que literalmente emanaba de ella como una secreción enfermiza, la arquitectura gótica en ruinas definitivamente no se prestaba a ser el más amigable de los lugares. El edificio era estoico, poco atractivo y francamente sombrío. Sin embargo, de algún modo, una maníaca yuxtaposición, un ángulo mal inclinado, un encuentro fortuito entre el tejado y el cielo, convirtieron a Arkham en un lugar de desesperación, más aterrador si cabe porque la fachada del edificio parecía despierta, vigilando con sus vacías ventanas como ojos lúgubres y mostrando un leve matiz de satisfacción en la ceja de una cornisa.
En el techo, muy por encima de la entrada, hay una estatua: San Miguel, lanza en mano, sometiendo al Viejo Dragón.
John prestó atención como la chica de los Titanes observaba el asilo y seguramente tenían la misma línea de pensamiento.
—Es el encargado de frustrar a Lucifer o Satanás —relató John viendo la figura—, el arcángel de los ángeles caídos o del mal. Por eso, en el arte se le representa como un ángel con armadura de general romano, amenazando con una lanza o espada a un demonio o dragón. También suele ser representado pesando las almas en la balanza, pues según la tradición, él tomaría parte en el Juicio Final.
—Ya conocía la figura —expuso Raven—, he leído sobre eso.
—Encargado de frustrar a tu abuelo en cierto sentido —dijo John con una mueca divertida. — ¿No eres acaso la hija de la oscuridad? ¿La destructora de los mundos?
—No traigas mi herencia a esto —protestó Raven con tono oscuro—, creo más bien que deberías ponerte otro cigarrillo en la boca y callarte —terminó de manera cortante y siguió caminando dejando al rubio atrás.
—Que… simpática —comentó para sí mismo Constantine—. Me agrada —dijo finalmente con una sonrisa.
John echó un vistazo de nuevo a como Arkham alzaba su gran cabeza hacia el cielo sin concesión a la humanidad. Tiene que reprimir una risa cuando echa un vistazo a la mansión. Piedra gris oscuro moldeada en torrecillas y gárgolas que superan su función prevista por unos pocos cientos de años, coronada por una aguja perfectamente enmarcada. No podría haber considerado nada tan perfectamente gótico.
Era una casa carente de bondad, que no había sido pensada para ser habitada, un lugar inapropiado para la gente o para el amor o para la esperanza. Un exorcismo es incapaz de alterar el semblante de una casa; y él sabía que Arkham seguiría siendo igual hasta que fuera destruida. El manicomio había provocado un revuelto atávico en la boca del estómago de Constantine, y siguió con la vista las líneas de los tejados, esforzándose en vano en localizar la maldad, fuese cual fuese, que allí moraba; sus manos se enfriaron de tal modo debido a los nervios que apenas fueron capaces de sacar torpemente un cigarrillo; una voz nauseada de su interior susurraba, márchate de aquí, márchate.
John siempre esperaba lo peor, por lo que se preparaba para lo peor. De esta manera, casi nunca se sorprendía. Era una mentalidad pragmática y salvaba vidas cuando se trataba de lo oculto, de los demonios y de la gente incluso más mierda que él. Pero su situación actual no era la peor (pensaba hasta ahora de todos modos) pero era fantástica. Y eso lo cabreó. Fantasmas. Odiaba a los fantasmas. Demonios bien, monstruos, bien, supervillanos, bien. ¡Los fantasmas pueden irse a la mierda! Eran impredecibles y caóticos, aferrándose al reino de los mortales de cualquier forma que pudieran. También tenía que ser más astuto al tratar con ellos, ya que los ataques mágicos o físicos no hacían mucho para protegerse de ellos. Después de todo, no puedes luchar contra lo que no puedes tocar. Estaba agradecido por las pocas veces que se había encontrado con fantasmas, pero no había investigado mucho sobre ellos. Principalmente porque no había mucho sobre ellos. Constantine, sin embargo, sabía que era mejor no molestar a los fantasmas. La magia puede no tener casi ningún lugar aquí, pero el potencial para ella es palpable; la ambición, la oscuridad y la temeridad cruda crujen por el aire. Si tuviera un poco más de hambre de poder, John podría encontrar muchos peones dispuestos dentro de estas paredes.
—Debemos continuar —dijo la maga en un murmullo sacando al nigromante de su ensimismamiento.
La mano de Zatanna apretó la de John por un momento para animarlo a seguir caminando. Raven trató de suprimir sus emociones y siguió a la maga y al exorcista. Pero incluso mientras se abrían paso silenciosamente por el sendero, Raven no podía deshacerse del todo de la energía negativa que los rodeaba por todos lados ahora.
John se encontró a sí mismo escuchando mientras el médico relataba la historia familiar del lugar, avanzando penosamente por delante de Raven y Zatanna por el camino hacia la Mansión Arkham. El sol aún no se había puesto completamente en el horizonte, manteniendo la pasarela iluminada mientras avanzaban más allá del Jardín Botánico.
A medida que se acercaban a la mansión, John se dio cuenta de lo inquieto que parecía estar el médico, jugueteando con su reloj de pulsera y sus manos.
—Elizabeth Arkham, la madre del doctor Amadeus, sufría alucinaciones terribles, refería ver una figura alada en las sombras —relató el médico narrando la historia.
—¿Una figura alada? —inquirió Constantine con curiosidad.
—Si —afirmó su guía—. La perseguía y le susurraba. Amadeus intentó ayudarla estudiando psiquiatría, pero en sus sesiones nunca pudo lograr ningún avance. Decidió cambiar de ambiente y viajó a Metrópolis, allí conoció a su esposa Constance y con ella tuvo una hija. Algún tiempo después, el estrés de mantener el asilo en funcionamiento, así como su desafortunada doble personalidad, atrapó a Amadeus. Estaba comprometido con la misma institución que había estado dirigiendo. Se dice que la familia estaba maldita, acosada por un demonio o alguna otra cosa.
Habían llegado a las puertas de la mansión, aunque hacía mucho tiempo que se había convertido en el edificio principal de administración. Estaba en un estado bastante lamentable, al igual que los otros edificios. Cubierto de enredaderas, algunos arbustos todavía se aferran al suelo, como si fingieran que no los habían cortado, y los ladrillos se derrumbaban en las esquinas.
Zatanna alzó un pie y lo plantó sobre el primer escalón en un acto de fuerza moral, y la maga pensó que su profunda aversión a tocar Arkham por vez primera nacía directamente de la vívida sensación de que la estaba esperando, malvada, pero… paciente.
—¿Entonces supongo que la mayoría de esos sucesos extraños que se mencionan en el expediente ocurrieron en este mismo edificio? —. Expresando la pregunta, Zatanna mantuvo sus ojos vagando por la fachada de la mansión, sin esperar una respuesta.
Algunas luces se habían dejado encendidas, iluminando las ventanas y proyectando sombras extrañas y ominosas mientras el sol continuaba su caída hacia el horizonte. La noche se estaba asentando, las nubes llegaban desde la ciudad y pronto el paraje estaría envuelto por la oscuridad. El frío del día pronto se convertiría en una noche helada.
—No tuvimos ningún problema para comenzar a trabajar en Tratamiento Intensivo. Y los planes para remodelar la Penitenciaría fueron a la perfección. Pero, bueno, comenzamos a trabajar en los tres edificios principales y… se rumoreaba que había algo inquietante, y bueno... —. El médico parecía no encontrar palabras y se retorcía las manos con más dureza que antes.
—¿Por qué no me dice exactamente qué los tenía tan asustados, eh, doctor? —cuestionó Constantine en un tono demandante.
—John…—renegó Zatanna por la falta de cordialidad del rubio.
—Lo social no es lo tuyo, ¿no es así? —preguntó Raven al nigromante con una pequeña sonrisa por su falta de tacto. En algo se parecían.
—Apenas me lo creo, honestamente —. El médico se pasó una mano por el cabello canoso mientras explicaba—. Pero después de que todos los archivos habían sido reubicados y los muebles estaban despejados para dar paso al equipo nuevo... Comenzó con las lámparas de trabajo parpadeando cuando no estaban conectadas. Supuestamente, todo aumentó cuando comenzaron a derribar paredes o levantar pisos—. Comenzó a negar con la cabeza con incredulidad y continuó—. Alguien incluso dijo que "la Casa no quiere que la molesten", ¿pueden creerlo? Una ridiculez.
—No creo que sea una ridiculez —refutó Zatanna.
—Las casas descritas en el Levítico como tsaraas, «leprosas», o la expresión de Homero para el averno: aidao domos, la casa de Hades; no hará falta que les recuerde, creo yo, que el concepto de que ciertas casas están prohibidas o son impuras, quizá sagradas, es tan antiguo como la mente humana —explicó Constantine deslizando sus dedos por la puerta de la mansión—. Ciertamente existen lugares a los que inevitablemente se les atribuye una atmósfera de santidad y bondad; no sería por tanto demasiado fantasioso afirmar que algunas casas son malas de nacimiento. La mansión de Arkham, sea cual sea la causa, ha resultado ser inapropiada para la habitación humana. Cómo era antes, si su personalidad quedó moldeada por la gente que vivió aquí o las cosas que hicieron, o si fue malvada desde el primer momento, son preguntas que no puedo responder. Naturalmente, espero que todos acabemos sabiendo mucho más sobre Arkham antes de marcharnos. Nadie sabe, ni siquiera, por qué algunas casas son descritas mediante el apelativo de «encantadas».
—¿De qué otro modo podrías llamar a la mansión de Arkham? —arguyó Raven de brazos cruzados arqueando una ceja.
—Bueno… perturbada, quizá. Leprosa. Enferma —contestó John—. Cualquiera de los eufemismos populares para la locura; una casa trastornada es una bonita alusión. Hay teorías populares, en cualquier caso, que desestiman lo ultraterreno, lo misterioso; hay personas que afirman que las perturbaciones que yo llamo «psíquicas» son en realidad fruto de aguas subterráneas, o corrientes eléctricas, o alucinaciones provocadas por el aire contaminado; presión atmosférica, manchas solares, movimientos tectónicos, todos ellos tienen partidarios entre los escépticos. La gente —dijo John— siempre tan ansiosa por sacar las cosas a la luz, donde puedan ponerles un nombre, aunque sea un nombre sin sentido, siempre y cuando tenga un deje científico —suspiró, relajándose, y les dedicó una sonrisa burlona—. Una casa encantada —dijo—. Todo el mundo se ríe.
—No tiene que creerlo —le indicó Zatanna al médico que escuchaba a Constantine, pero parecía no entender ni un ápice de lo que el rubio delirante explicaba—. Pero sí necesito saber si algunas de esas personas fueron lastimadas o atacadas directamente durante estas supuestas apariciones.
Constantine sabía hacía dónde iba la pregunta de la maga. Les ayudaría a separar la actividad de un ser demoníaco o poltergeist. Cada uno tenía sus desafíos, por supuesto. Los demonios eran más tramposos, más duros, pero en última instancia, demasiado familiares para John. Pero los fantasmas... ahora esos eran generalmente los que John trataba de evitar. A menudo había demasiados problemas que debían resolverse para ese tipo. Si se ofreciera a ayudar a uno y otros se enteraban, terminaría como un vengador paranormal en poco tiempo. Era demasiado compromiso, con poca o ninguna recompensa.
—Gran parte del equipo ha tenido su parte de accidentes en el lugar de trabajo —contestó el médico.
—Entonces diría que es hora de que echemos un vistazo adentro. ¿No es así, amores? —preguntó John dirigiéndose a las dos chicas. Cuando se volvieron para mirar a Zatanna y Raven, quienes se habían quedado atrás un poco más de lo esperado, John se dio cuenta de cómo las sombras del edificio jugaban una mala pasada con sus ojos. En su mayoría, ramas de árboles que se mecían con el viento, y esas mismas luces de antes que se habían dejado encendidas y olvidadas, pero nunca se sabía si había algo en esos parpadeos. Formas y sombras que parecían un poco demasiado humanas y se movían un poco de forma demasiado extraña.
—¿No piensas entrar? —preguntó Raven esperando que el rubio tuviera la iniciativa y abriera esa puerta de una vez.
—Bueno, ¿estamos ansiosos por ver a ese demonio? —sonrió John, haciendo a un lado el sentimiento de recién.
—Apenas puedo contener las ansias —comentó con ironía Raven con su típico tono monocorde.
—Supongo que no te unirás a nosotros en este viaje —le dijo Zatanna al médico.
El doctor se puso nervioso ante el mero pensamiento, murmuró excusas sobre la necesidad de supervisar a los pacientes que eran demasiado peligrosos para moverse y se reunió con los guardias y el personal restantes antes de que comenzara el turno de noche. El exorcista le dio al viejo doctor una palmada en la espalda y una despedida, asegurándole que manejarían el problema de una forma u otra.
Pronto sabrían con certeza cuán sobrenaturales eran realmente los problemas de Arkham.
Se detuvieron ante la gigantesca doble puerta principal.
—Si se abre sola, me voy a casa —dijo Zatanna, intentando que su voz sonara divertida.
John ya había entrado en la casa y estaba buscando el interruptor de la luz. Cuando lo encontró, sus compañeros oyeron que lo pulsaba una y otra vez, sin ningún éxito.
—Genial —rezongó John—. ¿Así es cómo nos recibe? Y yo que esperaba globos y un pastel.
—Servicio eléctrico de calidad —comentó Raven con sorna.
John sacó una linterna de su gabardina y la encendió, proyectó la luz hacia el interior y entonces, armándose de valor, ingresó completamente al lugar. Zatanna fue la siguiente en entrar. En cuanto cruzó la puerta, se detuvo.
—Aquí dentro huele mal —dijo la maga sacando su varita del bolsillo—. Thgil —conjuró en una incomprensible lengua y una luz apareció en el extremo de la varita, casi deslumbrándole. La mantuvo en alto, por encima de la cabeza, y las paredes, recubiertas de guijarros, brillaron de repente.
—Es una casa muy antigua que carece de ventilación —explicó John. Entonces, volviéndose hacia la joven Titán, preguntó—: ¿Vas a entrar, amor?
Ésta asintió.
—Sí. —Tras enderezar la espalda y coger aire con fuerza, Raven entró en la casa. Entonces miró a su alrededor, intentando reprimir las náuseas. Sus ojos estaban recorriendo la casa en la que ahora se encontraban. El vestíbulo era pequeño, pero tenía un largo pasillo que conducía a la sala de estar. Una escalera en espiral conducía al último piso y el suelo estaba sembrado de trozos de madera y muebles rotos. Fantasma o no, este lugar tenía un aura inquietante que la fascinaba.—. La atmósfera es...
John enfocó con la linterna la oscura inmensidad del vestíbulo. El estrecho haz de luz saltaba caprichosamente de un lugar a otro, deteniéndose momentáneamente en voluminosos muebles, inmensos cuadros de colores y tapices gigantescos cubiertos de polvo. Vieron una escalera amplia y ondulada que subía hacia la oscuridad, el pasillo del segundo piso que daba al vestíbulo y, mucho más arriba, envuelta en sombras, una amplia extensión de techo revestido con paneles.
A medida que avanzaban, las titilantes luces hacían que sus sombras ondearan en las paredes y el techo.
—Tristeza. Dolor —murmuró Raven en un tono de voz baja, frunciendo el ceño y moviendo la cabeza—. Corrompido, aquí.
—Empatía —dijo John observando a la oscura chica que caminaba con los ojos cerrados con paso certero—. Fascinante.
Sus pasos resonaron con fuerza en el suelo de baldosas y reverberaron en el bajo techo.
Y en este momento, Raven se tomó su tiempo para inspeccionar cuidadosamente una columna que estaba marcada para reemplazarla tocando suavemente la pintura descascarada con curiosidad. John se abrió paso por el pasillo cuando Raven se detuvo. Zatanna sabía por experiencia que el nigromante estaba esperando que una presencia se diera a conocer. Movió la cabeza lentamente hacia adelante y hacia atrás, como si debatiera si girar hacia el corredor sur que se bifurcaba a su izquierda o continuar conduciéndolos hacia adelante a través del pasillo.
Zatanna volvió a concentrarse en la hija de Trigon cuando comenzó a dar vueltas alrededor de la columna—. ¿Puedes sentir algo?
—Nada sólido —contestó la chica.
—Deja que tu empatía alcance todo, Raven —sugirió Constantine—, estaremos aquí si nos necesitas.
Asintiendo con la cabeza, la hechicera cerró los ojos y presionó la palma de la mano firmemente contra la columna, como si estuviera conectando con el edificio mismo.
Muy lentamente, Zatanna observó cómo la energía oscura de la hechicera, su alma, se reunía alrededor de su mano y comenzaba a correr por la superficie de la columna. Se movía en el tiempo con un mantra. Girando alrededor del techo, tomó la forma de un oscuro cuervo, antes de volar para explorar la mansión, bordeando las superficies y pegándose a ellas como una sombra desobediente. Zatanna sintió un escalofrió. Los poderes de Raven la inquietaban en cierto punto. Podía sentir la oscuridad demasiado cerca.
—Este lugar es el peor de todos. Aunque no haya visto la casa entera, tengo la sensación de que... —A medida que hablaba, la voz de Raven fue perdiendo intensidad. Se aclaró la garganta antes de añadir—: Pero conseguiré entrar.
—¿Qué hay ahí? —preguntó John.
Raven contuvo el aliento.
—Esta casa —dijo—. Me siento como si estuviera en el centro de un laberinto de tan inmensurable complejidad.
Porque incluso si no hubiera fantasmas aquí, no significaba que esta casa no estuviera encantada. A veces había ecos, auras que perduraron mucho después de que los residentes se mudaran. Estaba en los muebles, estaba en las fotos que la miraban con los ojos vacíos de personas muertas hace mucho tiempo. Los recuerdos eran difíciles de matar, Raven lo sabía mejor que nadie. Ella podía sentirlo aquí.
Oyeron un tintineo sobre sus cabezas. John levantó la linterna para iluminar la pesada lámpara de cristal que pendía sobre ellos. Los cristales refractaron la luz, proyectando todos los colores del espectro por el techo. La araña no se movía.
—Dolor, tristeza, odio, perversión…—nombró Raven. Su voz temblaba.
—Se está moviendo por esta casa como si fuera un nervio en carne viva... —comentó Zatanna examinando a la hija de Trigon que estaba en un trance obvio—, y cuando realmente encuentre algo, ese algo le arrancará las entrañas. Debemos pararla —ultimó la maga.
—Espera —señaló el rubio.
Zee se concentró una vez más en tratar de leer la habitación. El piso se había levantado a medias, dejando al descubierto una mezcla de vigas y hormigón viejo debajo. La cuadrilla había dejado atrás muchas de sus luces y equipo de trabajo, la mayoría de ellos desenchufados en bancos de trabajo, y algunos andamios se dejaron en medio de los preparativos para llegar a las pasarelas. A pesar de todas las apariencias externas, todavía no había sentido nada fuera de lo común. Era casi suficiente para ser tentador bajar la guardia, pero como la experiencia le había enseñado demasiadas veces, era peligroso incluso entretener el pensamiento.
La maga de la Liga hizo una mueca mientras arrancaba una araña de su hombro. —. No sé ustedes, pero definitivamente no quiero pasar el día cubierta de polvo y repugnantes telarañas. Eso es asqueroso.
—Probablemente eres la más segura de todos nosotros —comentó John viendo de reojo a la maga. Ella arqueó una ceja ante ese comentario—. En las películas de terror, por lo general son los chicos guapos y extremadamente atractivos los que desaparecen primero. Así que probablemente seré el primero de nosotros en desaparecer.
Zatanna solo puso los ojos en blanco.
Se unió a John mientras Raven se detuvo, su rostro sereno mientras su alma exploraba la mansión. Todavía tenía uno o dos minutos antes de que su alma tuviera que volver a su cuerpo. El sacrificio de una proyección consciente siempre se producía a costa de un tiempo limitado y de terribles consecuencias si uno se quedaba demasiado tiempo fuera de su cuerpo.
Un fuerte estrépito procedente de más lejos en el edificio hizo que ambos se volvieran.
—¿Qué está pasando? —Zee preguntó.
—Solo hay una forma de averiguarlo—. John recogió un trozo de baldosa bastante grande. Hizo su brazo hacia atrás y lo tiró tan fuerte como pudo contra la pared, rompiéndolo en más pedazos.
Romper lo que todavía podrían considerar su propiedad, era sin duda una forma de saber si lo que le habían dicho al médico era cierto. Sin embargo, Zatanna realmente deseaba que John no fuera tan descarado al probar este tipo de cosas.
Desde el fondo del pasillo, Raven dejó escapar un grito ahogado. El dúo se volvió hacia ella, viéndola caer de espaldas, como si hubiera sido empujada por un brabucón del patio de recreo. Raven estaba de nuevo en pie en segundos. Ningún daño hecho.
—Las habitaciones son oficinas ahora —explicó mientras se restregaba a sí misma el polvo de su traje—. Y están más abajo. Hay mucha... energía en ellas. Ese camino —señaló Raven hacia el corredor sur—, conduce a la biblioteca. Pero ahora está completamente vacía. De libros y.… cualquier otra cosa, en realidad. Y el piso de arriba… es extraño. Es funesto.
—Está decidido entonces. ¿Te importaría liderar el camino? —John hizo un gesto para que la chica avanzara.
Raven comenzó a marchar. John comenzó a aflojarse la corbata y Zatanna supo que se estaba perdiendo en sus pensamientos.
Deambularon por algunos pasillos y pasadizos más, subieron varias escaleras, cada vez más profundamente en la mansión. Finalmente, el dúo se encontró al final de un estrecho tramo de escaleras. Raven se había detenido a mitad de camino, con una mano en la barandilla, los pies a horcajadas sobre un escalón.
Era extraño, por decir lo mínimo, y Zatanna la llamó por su nombre con preocupación.
Raven lentamente comenzó a hundirse desde donde estaba parada. Afortunadamente, se contuvo sentada en el escalón en lugar de caer sobre él, pero su rostro estaba pálido, demasiado. Los ojos amatistas se habían vuelto de un carmesí brillante y estaba perdiendo el enfoque. Zatanna aferró su varita, lista para arremeter contra la chica en caso de que perdiera el poco control que tenía de su herencia demoníaca.
Y fue entonces cuando Zee sintió que la temperatura bajaba en el pasillo, el olor de algo metálico y putrefacto en el aire. Aunque no podían estar seguros de qué era, definitivamente estaba sucediendo algo.
Y ciertamente no iba a ser bonito.
—Yo... siempre intenté ayudarte. ¿Por qué... mami? Mami… escarabajos —. Las lágrimas comenzaron a formarse en los ojos de la empática mientras se acurrucaba más profundamente en sí misma—. ¡Escarabajos, escarabajos, escarabajos, escarabajos, escarabajos…!
Si Raven intentara usar cualquiera de sus poderes ahora, bajo la influencia de emociones tan negativas, los resultados podrían variar de levemente dañinos a francamente catastróficos.
—Creo que fue una mala idea, John—. Zatanna se acuclilló con cautela cerca de la empática y colocó una de sus propias manos en la espalda de Raven, haciéndola girar en círculos en un intento de ayudar a calmarla.
—Amor, todo va a estar bien —dijo John tranquilizando a la joven hechicera—. Es la casa, ¿recuerdas?
Dentro.
Este es el territorio de Alicia en la madriguera del conejo. Ahora estamos fuera de la lógica. El mundo reconocible de Gotham City ha quedado atrás.
Hemos llegado al Corazón de las Tinieblas.
Por supuesto que había sido una idea terrible.
¿Una empática en un lugar que albergó una historia tan violenta?
Qué les pareció el capítulo? Espero les haya gustado! Alguna teoría? Algún comentario o algo que se les ocurra que podría ocurrir? Cualquier cosa, cualquier comentario me ayuda también a avanzar con la historia. Es mi primer intento de tratar de crear alguna atmósfera de terror, así que estoy experimentando con esto. Espero les haya gustado. No se olviden de comentar!
