Los personajes son propiedad de Rumiko Takahashi.

Kagome bufó cuando el pequeño bol de agua que llevaba en sus manos rodó a lo largo del suelo, emitiendo un molesto estruendo al estamparse contra la madera.
Frunció el ceño exasperada, todavía estaba nerviosa.
-¡Kagome!-. Exclamó Inuyasha desde la habitación.
Era capaz de ponerse de pie por semejante tontería...
-¡Estoy bien, ni se te ocurra levantarte!-. Le advirtió. -¡Enseguida voy!-.
Recogió el bol y se limitó a llenarlo con agua nuevamente.
Hacía un rato se había retirado el hakama para tener mayor comodidad en sus movimientos, por tal motivo, mantenía atado sólo su kosode alrededor de su estrecha cintura.
Suspiró encaminándose a la habitación. Aquella habría sido una tarde perfecta, si tan sólo Inuyasha no hubiera salido herido para protegerla del ataque de un daiyoukai que merodeaba muy cerca de los confines de la cabaña que ambos compartían. Demonio que resultó ser más poderoso de lo que había asumido en un principio.
Se sentía profundamente culpable.
Recordar la herida abierta y la sangre saliendo a raudales de su magullado muslo, la turbaba considerablemente.
Se le revolvió el estómago al pensar que iba a desangrarse ante sus ojos.
Cuando él percibió el aroma de sus lágrimas se mortificó de inmediato.
-Tonta... Estoy bien-. Le había dicho en un cariñoso susurro, mientras ella lo ayudaba a desvestirse para atender la herida.
Resultó extremadamente tranquilizador ver como el flujo de sangre iba disminuyendo, hasta permitirle ver el profundo corte.
-Inuyasha, hay que suturarla-. Le dijo con premura.
-¿Qué?-. Preguntó él, sin entender el término.
-Hay que coserla-. Se corrigió.
-Keh. Ya comenzó a cicatrizar Kagome, puedo sentirlo. Para mañana no tendré ni una marca-. Le dijo con voz orgullosa.
Independientemente, y a pesar de la riña que devino de ello, le limpió la piel, le colocó ungüento de plantas medicinales y lo vendó de la mejor manera que pudo, dejándole la pierna reposar sobre un pequeño intento de almohadón, el cual estaba colocado justo debajo de su muslo. Quería que él estuviera lo más cómodo posible.
Ingresó a la habitación y dejó sobre la pequeña mesa de madera que estaba en una de las esquinas, el bol con agua y unos trozos de tela que llevaba sobre el hombro.
Justo en el medio estaba la chimenea encendida, proporcionándole la calidez necesaria a su habitación, alejando el frío que solía ser inclemente durante las noches; sobre todo en época de otoño.
Divisó a tetsaiga clavada unos metros más allá, justo en la esquina que terminaba esa pared.
Luego, lo encaró.
Por inercia, detalló al peliplateado, el cual se mantenía sentado, con la espalda contra la madera de la cabaña.
Él ni siquiera parecía afectado por lo que había sucedido.
Se percató de que él paseó la mirada por sus desnudas piernas y un ligero escalofrío la recorrió.
Se mordió el labio inferior al ser plenamente consciente de que, lo único que ocultaba la total desnudez de él era aquella delgada manta que lo cubría, la cual estaba colocada estratégicamente desde su vientre hasta las rodillas.
-"¡Basta!"-. Le reclamó su mente.
No era el momento. Él estaba herido por su causa, era eso lo que debía tener en cuenta.
La realidad la golpeó de pronto y la hizo enojar.
El delicioso aroma de ella comenzaba a cambiar... De hembra en celo a hembra furiosa.
Contuvo un gruñido por el vaivén de emociones en el que ella se mantenía y en el que lo mantenía a él. Lo hacía ser poderosamente consciente de lo vivo que se encontraba.
Ella se apoyó contra la mesa de madera y ladeó el rostro, pensativa.
Volvió a pasear su mirada dorada por sus piernas con absoluto descaro. Si tan sólo ella no tuviera tanto poder sobre él... Tal vez pudiera disimularlo un poco más... Controlarse sólo un poco más. Pero no, su cuerpo reaccionaba con una facilidad tan sorprendente, que ni siquiera parecía ser suyo, sino de ella.
"Porque era de ella".
-¿Qué sucede, Kagome?-. Le preguntó con voz ronca.
La ronquera... Una de las primeras señales del deseo que corría pesado por sus venas y que parecía amenazarlo con consumirlo por dentro, por completo.
-Se supone que tengo que hacerte la vida fácil...-. Murmuró ella, evitando el contacto visual.
Las orejas de él se movieron en respuesta.
-...No causarte más problemas. Lo que te sucedió hoy fue por mi culpa-. Le dijo.
Él gruñó, ofuscado por su aseveración.
-Eres MI mujer-. Dijo amenazadoramente, como si no sólo quisiese dejárselo en claro a ella, sino al mismísimo aire.
Ella lo encaró.
-¿Eso que tiene que ver?-. Le preguntó con el ceño fruncido.
-Que estoy en la obligación de protegerte-. Respondió con seguridad.
Ella soltó el oxígeno de sus pulmones, con brusquedad.
-Entonces, como mi marido, yo debería hacerte la vida fácil, y es precisamente eso lo que no estoy haciendo-.
-¿De qué demonios estás hablando Kagome?-. Inquirió con contenida molestia.
El único motivo por el cual no se levantaba, la tomaba en brazos y la movía de un lado a otro con la intención de que reaccionase, era para no llevar la discusión por otro lado. Ya había notado lo mucho que a ella le había afectado la dichosa herida como para permitirse cortar repentinamente con el reposo y terminar sangrando otra vez, ante sus ojos.
-Es la verdad-. Aseguró ella en voz alta.
-Lo que dices no es más que una tontería-.
-Inuyasha...-.
Antes de que pudiese decir cualquier cosa, él la interrumpió presuroso.
-No tienes idea de lo fácil que es vivir después que apareciste. ¡No sabes lo fácil que es la vida cuando estás! -. Le hizo saber de manera atropellada y feroz.
Ella se quedó completamente inmóvil.
Él se sonrojó furiosamente, se rascó el cuello y evitó el contacto visual.
Ella dejó escapar una pequeña sonrisa ante sus palabras. Sus arranques de sinceridad eran, sencillamente, adorables.
La extremadamente agradable sensación que la envolvió le calentó el alma.
Dejó la discusión atrás y se acercó a él.
-¿Cómo te sientes?-. Le preguntó con dulzura.
Él la miró.
-Bien. No soy débil Kagome-. Le recordó.
Ella subió con delicadeza la manta, desde su rodilla hasta su muslo, exponiendo el vendaje.
Tocó la piel alrededor, percatándose que la hinchazón estaba bajando. Se sintió aliviada de inmediato.
Él contuvo un gruñido de satisfacción. No importaba cuan mínimo fuera, adoraba el roce de sus dedos sobre su piel.
-Ya lo sé. Gracias por salvarme Inuyasha. Siempre llegas a tiempo-. Le susurró, convirtiendo el toque en su pierna en una suave caricia.
-No tienes que agradecer-. Murmuró embobado, sintiendo el erotismo envolverlo con lentitud. Contuvo un suspiro... -Yo te lo dije…-. Hizo una pequeña pausa antes de continuar. -Te prometí que te protegería con mi propia vida-. Le recordó.
Ella sonrió cuando su mente viajó a la ocasión en la que él le hizo esa promesa en su habitación, en su época.
-Tendrán que matarme para tocarte-. Le aseguró él, con tanta pasión contenida que la abrumó.
Observó la ferviente determinación en su mirada, la cual comenzaba a oscurecerse. Abrió la boca para decir algo, pero sea lo que sea que fuese a expresar, murió en su garganta. Sorprendentemente, en él se sucedieron la misma secuencia de acciones... Pareció intentar decir algo, pero nada salió.
Y se hizo el silencio...
El magnetismo de la mirada enfocada en el otro, la cercanía que mantenían, el roce de sus cuerpos calientes, enfebrecidos, extremadamente conscientes de la presencia del otro, estaba resultando demasiado.
Y no iba a soportarlo.
Fue ella la que acortó la distancia y lo besó, colocándose con delicadeza a un lado suyo, enredando sus brazos alrededor de la nuca masculina.
Él gruñó ante el repentino pero necesitado contacto de sus labios y la instó a abrir más la boca. Necesitaba urgentemente de su sabor.
Pasó uno de sus brazos alrededor de la cintura femenina, atrayéndola más hacia su cuerpo, y aferró la mano libre en la delgada nuca, enredando sus garras en el azabache cabello de ella.
Ella gimió suavemente ante la intromisión de su lengua. Mantuvo uno de sus brazos rodeando su cuello y el otro lo retiró, con la única intención de poder pasear su mano por el pecho masculino con total libertad.
Él suspiró profundamente y la acercó más, levantándola ligeramente de su posición.
Una pequeña expresión de dolor atravesó su rostro y turbó sus agraciadas facciones.
-Maldición-. Se quejó por lo bajo.
Ella lo observó y quiso moverse, pero él la mantenía firmemente sujeta.
De pronto lo recordó.
La herida en la pierna.
Dió un respingo y lo empujó, él la soltó muy a duras penas y ella se alejó de inmediato, gateando hasta la parte inferior del futón. No demasiado apartada, pero sí lo suficiente para poner en claro sus enmarañados pensamientos y las alocadas sensaciones.
Estaba segura que, cuando él la levantó, ella había terminado lastimando, de alguna manera, el muslo masculino.
Él frunció el ceño, cayendo en cuenta del asunto y volvió a gruñir. No iba a soportar el supuesto reposo, no estaba grave. Fue sólo un pequeño error de cálculo. Un mal movimiento. Sólo necesitaba que ella confiara en él...
Estarían bien.
Muy bien.
Demasiado bien.
La observó ligeramente sonrojada. Mantenía la brillante mirada en su entrepierna. Su erección era vulgarmente evidente. Que su excitación fuese tan indiscriminadamente palpable no lo mortificaba tanto como el hecho de tener que permanecer así toda la noche, porque su mujer no lo dejaría tocarla hasta tanto la herida no desapareciera.
-Kagome-. Gruñó.
Ella negó con la cabeza intentando enfocarse en lo verdaderamente importante. Tomó sus cabellos, los cuales dejó caer sobre un hombro. La espesa melena cayó cual cascada, los rizos de las puntas llegaban más abajo de la mitad de la cintura.
Él la observó embelezado.
Sus piernas desnudas, el kosode blanco, su cabello oscuro, toda ella parecía adquirir un matiz mágico a la luz del fuego que crepitaba en la chimenea, consumiendo los trozos de leña.
Sentía la boca seca de pronto y el despertar de un hambre bestial que le caló hasta lo más profundo de los huesos.
No iba a poder manejarlo.
Kagome se revolvió inquieta en su posición, con un demonio, por todos los cielos... ¿Acaso debía hacer un recuento para comprender la magnitud de lo que había sucedido?.

Él había salido herido en el muslo derecho, y estaba perdiendo sangre. Si bien sabía que la misma era escandalosa y que el era un hanyou, saberlo lesionado simplemente no lo toleraba... No iba a poder estar tranquila esa noche.
Él le aseguraba que estaría perfectamente bien al día siguiente, pero ella no permanecería en calma hasta que estuviese totalmente segura de eso.
El problema radicaba en que su marido, ni siquiera en ese estado, podía ocultar o mantener quietos sus instintos.
Tenerlo desnudo bajo esa delgada manta, y sabiéndolo; por resultar evidente, tan excitado; tampoco le permitía ocultar o mantener quietos los suyos.
Él reaccionaba a ella, y ella, por muy humana que fuera, reaccionaba a él.
Y era inevitable... Por más herida, lluvia, frío y sangre que hubiera.
Segundos después, él habló.
No había sido explícito con su petición, pero sí había sido claro.
-Ven aquí-.
Que ella comandara su unión, para que él pudiese descansar su pierna y no preocuparla en exceso, era lo que dejaba entrever.
Como si fuese tan sencillo.
Tendría que cabalgarlo con sutileza, y lo conocía...
Mejor dicho, los conocía.
El peliplateado se mantendría cauto muy poco tiempo, después, mandaría al diablo la herida, el dolor, su inquietud y todo lo que le impidiese su perfecta acoplación.
Y así como él perdía la cabeza, ella también lo hacía.
Siempre les sucedía.
-No-. Susurró. No había propiedad en aquella respuesta, era más una súplica que una verdadera negativa.
-Puedo olerte-.
-No-. Insistió en un hilo de voz, de forma mecánica. Y fue menos convincente que la vez primera.
-Kagome-. La llamó. Insistente, ronco, desesperado.
-Mañana-. Propuso ella.
-Ahora-. La urgió él.
-No-. Murmuró y negó con la cabeza.
Por Dios, él lucía deliciosamente provocativo, con la ancha espalda apoyada contra la pared de madera de la cabaña, con el largo cabello revuelto, el pétreo pecho descubierto, su torneado abdomen... Aquella manta le permitía ver sus vellos platinados, los cuales se perdían bajo la misma y esa profunda mirada dorada que pedía a gritos una sola cosa...
A ella.
-Maldición Kagome-. Gruñó intentando levantarse, pero ella lo detuvo acercándose de inmediato a él; ella estaba de pie, él no había alcanzado a levantarse, por lo que, sin mucho esfuerzo, la tomó de la parte trasera de las rodillas y la empujó hacia abajo.
Él gruñó alto al sentirla caer sobre su dureza, ella dió un respingo pensando que lo había lastimado.
-¡Inuyasha!, ¿Te duele?-. Preguntó con nerviosismo.
-Kagome... Estoy bien así-. Murmuró ronco.
Se miraron unos instantes que parecieron eternos. Él se aferró a su delgada cintura y ella a sus fuertes hombros.
Gruñó cuando ella se acomodó mejor sobre su regazo.
Ella se mordió el labio inferior cuando él se movió ligeramente hacia arriba, provocando que sus centros se rozaran.
-Muévete-. Le exigió. Mirándola fijamente a los ojos, con anhelo expectante.
Y una oleada de intensa excitación la golpeó, había algo particularmente erótico en ese esposo que le reclamaba el cumplimiento de sus deberes conyugales. En ese marido que se rendía ante ella. En aquél hombre que estaba bajo su completa y absoluta merced.
Y ella se movió. Un movimiento oscilante, lento y de corta duración, él gruñó aferrándose a las caderas femeninas y ella gimió por lo bajo; sintiendo una fortísima punzada en su bajo vientre.
Deseo.
-¿Así?-. Le preguntó, repitiendo el vaivén.
Él jadeó muy cerca de sus labios, con los ojos entrecerrados que enmarcaban una mirada derretida por la pasión.
Asintió.
Ella sonrió. Sonrisa que mutó a un quejido placentero cuando él se empujó hacia arriba, volviendo a rozarse con ella, esa vez, con más ahínco.
-Inuyasha, no...-. Susurró, deteniéndose. Sintiendo todo el peso de las circunstancias golpearla repentinamente.

¿Acaso estaban locos?.

Él podría estar bien mañana, pero faltaban unas buenas horas para que el mañana llegara. La herida, aún, era demasiado reciente.

-No quiero ser la causante de...-.
Fuera terminado su rebuscado discurso, si tan sólo él no la hubiese besado.
En su garganta murió un sonido bastante peculiar… Una mezcla entre un gemido placentero, un quejido, y un suspiro de resignación.
Él mantuvo una de sus manos aferrada en su cadera, impidiéndole levantarse de su posición, mientras que con la otra sostenía su nuca, manteniéndola contra sus exigentes labios.
Él le estaba reclamando.

Le estaba exigiendo.

Y qué manera de hacerlo.
Rodeó con sus brazos la nuca masculina y le correspondió con desvergonzada necesidad. Él gruñó, aceptando gustoso la rendición femenina.
Rozó con su lengua los colmillos de él y no pudo evitar temblar entre sus brazos. La delgada línea entre lo virilmente sensual y lo deliciosamente peligroso que él era, en esencia, la extasiaba.
Él se deshizo del kosode femenino tirando con desesperación de la tela, haciendo su más grande esfuerzo por no destrozarlo con las garras, lo cual le estaba costando horrores. Al ser la única prenda que llevaba atada a su cintura, le recordaba las veces que ella solía colocarse el haori de él cual vestido.
Se detuvo un instante y se echó hacia atrás, apoyando nuevamente su espalda contra la madera de la cabaña, y la observó. Dejó escapar el aliento, embelesado con la imagen.
Ella sintió sus mejillas arder ante su intensísima mirada color oro. Podría ser una tontería, pero siempre se ruborizaba ante el descarado escrutinio de Inuyasha.
-Si no te gusta lo que ves, puedes decirlo-. Murmuró.
En la intimidad, de vez en cuando ella solía bromear cuando se sentía avergonzada por algo… No era una característica propia de su personalidad, pero había aprendido a hacerlo.
Él sonrió ligeramente, una sonrisa de medio lado que dejaba ver uno de sus afilados colmillos... Una sonrisa de contención. Como el león que estudiaba a su presa segundos antes de comerla.
De devorarla.
El prominente bulto que se erguía orgullosamente entre sus piernas dejaba muy en claro lo mucho que le agradaba lo que veía. Con semejante prueba, la pelinegra no necesitaba más.
Ella paseó la mirada por el cuerpo masculino. Duro, torneado, con esa piel ligeramente bronceada... Ese abdomen.

Estaba demás decir lo mucho que le agradaba a ella lo que veía.
Se mordió el labio inferior.
Él gruñó ante la ráfaga del aroma a excitación femenina tan intenso que percibió y, por inercia, se relamió los labios, expectante.
Le observó los pechos.
Y los pezones de ella inmediatamente se erizaron.
Él paseo una de sus garras desde su clavícula hasta el contorno de su seno izquierdo, lo delineó con lentitud y pasó la punta afilada por el erguido botón. Ella siseó.
En contraposición, ella se movió, trazando círculos con su cadera en torno al miembro de él.
No sabía demasiado bien porque llevaban a cabo, cada vez más a menudo, esa inclemente tortura. Alargaban el momento de su unión hasta que ninguno de los dos podía soportarlo más.
Era dolorosamente incitante.
Peligrosamente excitante.
Porque siempre terminaban igual. Sintiendo el deseo de la manera más cruda que pudiese existir y aquello, daba paso a una desesperación y pasión febriles que a duras penas podían manejar.
-Kagome-. Arrastró sus palabras con extrema dificultad cuando ella acarició una de sus sensibles orejas. -Maldición, es suficiente-.
Él la sostuvo contra su cuerpo con fuerza y se impulsó hacía adelante, acostándola sobre el futón que reposaba bajo ellos, inmediatamente la cubrió con su cuerpo, posicionándose entre los muslos femeninos.
Ella dió un respingo ahogado. Producto del movimiento, el almohadón que reposaba bajo la pierna de él, y que lo mantenía más cómodo, terminó a la altura de su espalda baja, justo antes del inicio de sus glúteos.
-¡Tu pierna!-. Exclamó con sorpresa. Se aferró a sus hombros mientras estudiaba su expresión.
Dolor.
-¡Santo cielo!, te duele, lo sabía... Sabía que ¡ah!-. Gimió mientras se arqueaba contra el cuerpo masculino. No pudo evitar clavar las uñas en sus anchos hombros y morderse el labio inferior con desesperación.
-Hay algo que me duele más que la pierna, Kagome-. Gruñó en su oído, dejando caer el cálido aliento dentro de él.
Él la había penetrado con fuerza, hasta llenarla por completo, deslizándose en su interior con facilidad dado lo húmeda que ella se encontraba.
La miró a los ojos y, manteniendo el contacto visual, inició el tortuoso vaivén que tanto estaban necesitando.
No podía haber nada mejor.
La sensación era tan placentera que estaba mareándola. Él mantenía uno de sus brazos flexionado contra el futón y la mano enredada en los oscuros cabellos femeninos, impidiéndole perder el contacto visual. Lo instaba a verlo, a detallar sus expresiones, ella lo sabía; él quería que ella viera lo mucho que él disfrutaba haciéndole el amor.
Si en algo estaba de acuerdo Kagome, es en que no podía haber nada más sexy que los gruñidos de placer, los jadeos desesperados, el sudor y la mirada apasionada de él mientras lo tenía sobre suyo, poseyéndola.
Él había flexionado una de sus piernas, abriendo más los muslos femeninos para sí mismo y mantenía la otra mano aferrada en su cadera, mientras aumentaba el feroz ritmo de sus embestidas.
Una parte del cabello de él caía en cascada, cubriéndolos, la otra parte se pegaba a su sudada espalda.
Ella gemía, mientras aferraba una de sus manos a los glúteos masculinos, y con la otra arañaba con libertad su bien formada espalda. Cerró los ojos e intentó girar su rostro, presa del placer, pero él se lo impidió aumentando la presión de su mano enredada en su cabello.
Un claro, exigente y silente "mírame".
Ella volvió a hacerlo.
Él estaba ligeramente sonrojado, con el cabello revuelto, los labios hinchados y gruñía por lo bajo una y otra vez. Sin detenerse, sin disminuir el ritmo ni un poco, sin mostrarle el más mínimo atisbo de clemencia mientras se hundía tortuosamente dentro de ella.
Podía sentir cada centímetro de sus cuerpos en contacto.
La impresionante carga erótica que tenía el sentirse completamente a merced de él, era abrasadora.
Ambos gemían contra los labios del otro, el pétreo pecho de él oprimía los suyos, el abdomen masculino se rozaba de manera oscilante contra el suyo, sus caderas chocaban una y otra vez, sus piernas se mantenían íntimamente entrelazadas. Era tan intensa su sincronía, su nivel de conexión, que resultaba imposible expresarlo con palabras.
Rozó el clímax justo cuando él salió repentinamente de su interior.
Ella gimió, quejándose de su acción.
¡¿Por qué?!.
Iba a matarlo.
Él la giró, acostándola boca abajo y se posicionó entre sus piernas, abriéndolas nuevamente con las suyas. Dió apasionados besos sobre la espalda femenina, apartó el oscuro cabello, lo hizo caer a un lado, y lamió desde su hombro derecho hasta su oreja.
Ella siseó ante la nueva descarga de placer. El almohadón había quedado justo bajo su vientre, alzando sus glúteos ligeramente, aumentando el contacto y la sensualidad de la posición.
-No es suficiente-. Dijo Inuyasha contra su oreja. El nivel de autocontrol que logró distinguir en su voz, la conmovió. -Nunca es suficiente-.
Ella alzó sus glúteos un poco más, y con su mano, tomó el miembro masculino hasta llevarlo a su entrada.
El gruñó. Le encantaba cuando lo tocaba.
Ella se contoneó, invitándolo, provocándolo aún más, si es que aquello era posible.
Iba a hacerle perder la cabeza.
-Maldición, Kagome-.
El gruñido lastimero que salió de su garganta cuando la tomó con fuerza desde esa posición, se mezcló con el grito de satisfacción de ella.
Era tan... Intenso.
Volvía a sentir cada centímetro de sus cuerpos en total contacto.
La carga erótica entre ambos había aumentado otro poco, de ser aquello posible. Tal vez la misma naturaleza salvaje de él hacía aquella posición perfecta para su unión.
Aferró sus manos con fuerza en el futón mientras recibía sus poderosos envites, uno tras otro, él no aminoraba, no le permitía recobrar el aliento. Era consciente del poderío masculino de él con cada embestida y de cómo cada uno de los gemidos que salía de su garganta tenía un efecto hipnótico en su marido... Lo sabía… Él adoraba estar plenamente consciente de lo mucho que la estaba complaciendo, de lo satisfecha que ella quedaba durante y después de sus encuentros. Se sentía fanfarronamente orgulloso.
Ella mordía su labio inferior con desesperación, sentía que en cualquier momento sus dientes atravesarían la piel.
Él acarició sus pechos con ahínco con una de sus manos maravillándose al sentir los pezones femeninos clavarse en su palma. Con la mano libre, alzaba su cadera, presionándola más contra él, lo más posible; como si quisiese fundirse en ella. Con ella.
Ella.
Avasallada por las sensaciones, la pelinegra le tomó el largo mechón de cabello plateado que caía justo a su lado y tiró de él, incapaz de manejar la intensidad del fuego que la estaba consumiendo.
Él jadeó ante la sensación.
Más.
-Kagome-. Gruñó él contra su oreja, cuando ella arqueó su espalda y echó su cabeza hacia atrás.
Ella gritó cuando, finalmente, sintió el vigor del clímax atravesarla, haciéndola temblar con fuerza entre los brazos masculinos.
Él clavó las garras en el futón sintiéndola apretarse a su alrededor y la embistió sacando el animal salvaje que moraba en su interior.
Lo intentaba... Intentaba contenerse cada vez, todo el tiempo; pero no podía. Se había convencido de que debía ser más delicado, más cauteloso con ella, que no debía olvidar, por encima de todo, su condición de humana. Pero Maldita sea, ella no cesaba de dejarle en claro lo mucho que le gustaba su forma de ser en general… Eso incluía, por supuesto, la manera en la cual la satisfacía. Aquello se convertía en su más grande inconveniente, porque luego a él se le mezclaba el amor que sentía por ella y que parecía rebosarlo todo el tiempo, con las ansias por reafirmarla suya, la pasión que le despertaba, la euforia por saberla su hembra y el sofocante deseo de poseerla...
Por lo que sea que quisiera escucharlo, aquella mezcla tan severas de emociones lo mantenía enloquecido, enfebrecido y descolocado la gran mayoría del tiempo, como si fuese un títere sometido a voluntad ajena...
A su voluntad.
Ante el más mínimo cambio de su erótico aroma o el más minúsculo atisbo de interés de parte de ella, él reaccionaba, y lo hacía con tanta fuerza que sabía que estaba perdido. Manejaba bastante mal todo lo que Kagome le despertaba, porque era tanto al mismo tiempo... Era todo al mismo tiempo.
Resultaba demasiado difícil.
Por lo menos, ella podía ocupar su mente en otras cosas después de estar juntos, pero él no.

La veía sonreír, reír, planificar, andar con energía de un lugar a otro iluminando todo lo que tocaba donde sea que llegara... Mientras que, en su caso, se mantenía intentando dominar su mente, la cual vivía desconcentrada, a la expectativa, esperando. Para él era prioridad volver a estar con ella, a solas. Siempre. Todo lo relacionaba con ella. Todo le recordaba a ella. Es que sea lo que sea que estuviese haciendo, sus pensamientos sólo giraban en torno a ella...

Ella
¿Qué era lo que le había hecho?.
Le mordió el cuello mientras reprimía un alto gruñido placentero, liberándose en el interior de su mujer. 《Su mujer》... Intensificó la presión de sus colmillos en el cuello... "Mía".
Ella suspiró extasiada, sintiéndolo lamer la piel que acababa de cortar. Era bastante habitual que él volviese a marcarla.
Suspiró sintiendo el caliente cuerpo sobre el suyo. Poco después, él se retiró y cayó a su lado, ella se acomodó lo suficiente para abrazarlo por la cintura y se observaron.
Él estaba muy sonrojado, sudado, con el cabello ligeramente revuelto y con la respiración agitada. Ella estaba exactamente igual que él.
El peliplateado paseó su mano por el contorno de su estrecha cintura y ella se relajó de inmediato. Trazó figuras imaginarias en el pecho masculino mientras disfrutaba de la maravillosa intimidad entre ambos. Se sentía amada, satisfecha y profundamente feliz. Suspiró risueña y somnolienta entre sus brazos.
Él aspiró con fuerza. No había nada mejor que el aroma de Kagome, pero sí había otro en particular que le hacía una dura competencia: el aroma de sus esencias completamente mezcladas.
Para ella pasó desapercibida la sonrisa de autosuficiencia que adornó el rostro del peliplateado, una tan auténtica y atractiva como ninguna otra. Ella sintió su posesivo agarre intensificarse en su cintura y no pudo hacer más que suspirar nuevamente y acercarse más al cuerpo masculino; enredó una de sus piernas con las de él y él gruñó en respuesta al sentir como rozaba sutilmente la misma contra su intimidad.
Ella acariciaba adormilada su pecho, delineaba su marcado abdomen y paseaba sus dedos por el camino de vellos plateados que precedían su parte más sensible.
Acababan de estar juntos, pero ella sabía muy bien lo rápido que él podía reaccionar a su tacto. No le costaría nada estar nuevamente preparado.

-Kagome-. Susurró, ronco.
Advertencia.
Ella lo miró y lo que vio en sus ojos la derritió por completo... Tantos sentimientos... Amor, ternura, deseo, pasión. Él reaccionaba a ella y con tanta facilidad que resultaba abrasador y abrumador al mismo tiempo.
Lo besó. Un beso lento, profundo y apasionado que él correspondió con intensidad.
El ojidorado dejó morir un gruñido en su garganta. Nunca había sentido semejante conexión con alguien, ni siquiera sabía que aquello era medianamente posible.
Iba más allá de lo que él pudiese explicar, aunque bien sabía que no gozaba de una gran manera de expresarse.
Ella giró el rostro, permitiéndole a él besar su cuello, el suspiro que estuvo a punto de escapar de su garganta murió de ipso facto y mutó a un respingo aterrorizado cuando divisó las manchas rojizas impregnando parte de las piernas de él, las de ella y se imaginaba que el futón también se había visto afectado.
Sangre.
La herida.
La pierna.
¿Cómo era posible que lo fuese olvidado?.
Tal vez la pregunta correcta fuese ¿cómo era posible que no lo olvidara, con el actuar de él?.
Se levantó con brusquedad de inmediato, empujándolo a un lado, él no detuvo el apasionado ataque a su cuello y volvió a acercarla a su cuerpo, ella llamó su nombre en un intento porque el peliplateado reaccionase y dejara de lado la inspiración, él suavizó su agarre y ella volvió a incorporarse con prontitud.
-Estamos locos-. Murmuró ella con molestia, colocándose de rodillas y acercándose al bien formado muslo masculino. Observó el vendaje empapado en sangre y se llevó una mano a la altura del corazón. -Estamos completamente locos-. Repitió. Esa vez, la angustia se palpó crudamente en su voz. Quiso tocar el lugar pero retiro la mano de inmediato.
Él se sentó y se rascó el cuello un poco turbado.
-Keh!. La había olvidado-. Dijo, restándole importancia.
Ella lo miró y entornó los ojos ante el comentario.
Ciertamente no se estaba muriendo del dolor, porque estaba como si nada.
No sabía porque algo le decía que estaba casi orgulloso por el desastre. Ello sólo significaba que sobre ese futón había sucedido actividad... Muy buena actividad.
La pelinegra frunció el ceño cuando él volvió a estirarse sobre la cama, colocando sus brazos detrás de la cabeza y mostrando casi con sorna su evidente desnudez. Relajado y satisfecho.
Sí, estaba orgulloso.
Que desgracia.
Ella sabía que la herida no emanaba sangre profusamente, es más, estaba segura que en reposo fuera comenzado a cicatrizar casi de inmediato, por la condición de hanyou de él, por las hierbas medicinales y por lo bien hecho que había intentado hacer el vendaje en torno a su muslo. El esfuerzo, aunado a la presión que había ejercido sobre la pierna molestó la herida y la había hecho sangrar en ciertos momentos durante su acoplamiento.
Ella se levantó, sintió como las piernas le fallaron y carraspeó ante la mirada curiosa de su marido, rápidamente se colocó el kosode sobre los hombros y lo ató ligeramente a su cintura.
-Kagome, estará bien en un par de horas-. Gruñó.
No la quería lejos de su cuerpo. Deseaba volver a enterrar su rostro en su cuello y que ella volviera a abrazarse a él, ya se preocuparían por lo demás durante la mañana.
Ella se acercó a la mesa, tomó un trozo de tela y el bol con agua.
-Voy a cambiarte ese vendaje-. Aseguró, no dispuesta a recibir negativas. - ¿Acaso pretendes que me acueste a dormir a tu lado con todo eso así, como si nada? -. Preguntó como si la respuesta fuese una obviedad.
-Si no quieres dormir, está bien. Yo tampoco tengo sueño-.
Ella se quedó de piedra al escucharlo.
Había algo peligrosamente sensual en la forma como lo había dicho.
Él no era explícito, pero sabía leerlo entre líneas. Se sonrojó ante su comentario y una punzada de excitación le revolucionó el vientre.
No podía ser.
Él fuera dejado escapar una de sus orgullosas sonrisas si tan sólo el aroma de ella no lo hubiese golpeado con tanta fuerza. Maldijo para sus adentros.
Por su parte, Kagome debía reconocer lo espectacular que le parecía lo incansable que él podía ser, sin que le representara ningún esfuerzo sobrehumano.
-Basta de juegos-. Sentenció ella, terminando de limpiar la sangre adherida a sus piernas y procedió a arrodillarse entre las de él, con la intención de hacer lo mismo.
Él detalló cada movimiento de ella, con demasiado interés.
La pelinegra intentaba concentrarse. Quitó las vendas y suspiró, sintiendo una repentina marea de paz rebosarla. Lucía bastante bien... Agradecía que él tuviese esa magnífica capacidad de curación.
Él se apoyó en sus codos, irguiéndose sólo un poco y la dejó hacer. Ella no se había percatado de su intensa mirada color oro... Oscurecida...
Kagome tenía sus manos muy cerca... Tan cerca, que le resultaba demasiado tentador.
Se sonrojó y frunció el ceño. No podía ser en serio. Contuvo un gruñido y pasó una de sus manos por su cabeza, exasperado.
Ella no tenía idea de las batallas silenciosas que se sucedían en su cabeza y que lo martirizaban por completo, con algo tan sencillo como una de las manos de ella sobre su piel. De hecho, para volverlo loco no precisaba más.
Kagome sonrió cuando ya hubo terminado su labor, hasta que algo llamó su atención... La incipiente erección de él, que parecía hacerse cada vez más y más poderosa ante sus ojos.
Sintió su respiración agitarse de inmediato. Era demasiado erótico de ver, como para que su cuerpo no reaccionara ante semejante imagen.
Lo miró. Él estaba furiosamente sonrojado y evitaba su contacto visual ladeando el rostro hacia un lado; sin embargo, el gruñido que escapó de su garganta no pasó desapercibido para los oídos femeninos.
-Inuyasha-. Susurró casi por inercia.
-Keh!-. Dejó escapar él.
Ella se levantó de su posición con suma lentitud, con la intención de dejar a un lado el bol y el trozo de tela que, ciertamente había quedado inutilizable. Hacía sólo unos minutos habían hecho el amor, pero no podía evitarlo, sentía las emociones con tanta intensidad, a flor de piel... Sus pezones se habían erectado ante la imagen, sus piernas se sintieron débiles nuevamente, su cuerpo febril; se sentía temblar... Temblores de expectación y anticipación.
-"¡No"!-. Exclamó su mente con desesperación, no obstante, los alocados latidos de su corazón decían otra cosa.
Como siguieran así, volverían al punto de inicio.
-Kagome-. La llamó él... Con voz extremadamente ronca y baja. El escalofrío que recorrió su espina dorsal fue evidente.
Ella se giró y lo encaró.
Él no lucía menos tentador que hace unos segundos atrás.
Contuvo el aire en sus pulmones cuando sus oscurecidas miradas chocaron. Ambos estaban exactamente igual.
-Inuyasha, por favor...-. Suplicó.
-Ven aquí-.
Ante la interrupción, abrió los ojos desmesuradamente.
No por las palabras de él.
Sino por su increíblemente poca voluntad.
Porque ella debía negarse... Era una cuestión de sensatez.
Y sin embargo, sabía que no podría hacerlo.
Por ende, no iba a hacerlo.
Él definitivamente estaba bien.
Bastante bien.
Agradecía todos los días de su vida que fuese un hanyou.
De hecho, menos mal, porque la sensatez no era una virtud de ninguno de los dos.