Capítulo 4
Soga
Ambos se tensaron cuando vieron el cuerpo perderse entre las llamas de la hoguera.
Hace unos días atrás era impensable la idea de que una de las mujeres más amables y bondadosas del pueblo fuese una despiadada bruja, pero cuando los campesinos lo descubrieron no tardaron en armarse con antorchas y hachas e ir tras la descuidada mujer. Nadie se salvaba de una muchedumbre iracunda ni había piedad para los más infieles a la palabra del señor.
Ellos estuvieron en su juicio, la vieron dar su testimonio y confesarlo casi todo; no se sorprendieron al respecto, ella siempre fue la más débil y sumisa del gremio, era sólo cuestión de tiempo de que los demás se enterasen de su pobre secreto. La vieron llorar, suplicar e incluso arrastrarse de rodillas rogando perdón para su alma en desgracia; ni el juez ni el público presente le hicieron caso, dándole sólo desprecio. El hombre y la mujer parados en el fondo del salón fueron los únicos en quedarse callados mientras los demás le gritaban insultos y blasfemias a la ingenua joven, la cual estaba presa del absoluto pánico. Los claros ojos azul cielo de la pobre condenada se cruzaron por un instante con los observantes ojos verdes de la lejanía; estos, como meros espectadores, no mostraron sentimiento alguno; manteniéndose estoicos. Ella les suplicaba ayuda, pero ellos sólo se limitaron en lanzarle una mirada fría y cortante, dejándoselo bien en claro: tú te metiste en esto y ahora ya no hay quién te salve.
Los tribunales la hallaron culpable de brujería y firmaron su sentencia de muerte; su destino fue la horca. Todo el pueblo observó cómo ahorcaban a la maligna bruja que chillaba y gemía en desesperación. Ocultos entre la multitud se encontraban ellos, las facciones de sus rostros ya no eran severas hacía la muchacha, sino de pena y culpa; la habían conocido desde que era una niña, creyeron que tenía el potencial para ser más que sólo una simple campesina, confiaron en que ella sería lo suficientemente responsable como para guardar bien sus místicos misterios. Qué terrible fue cuando se enteraron que fallaron en sus expectativas, ahora sólo había decepción y temor por las consecuencias inciertas que esto traería para los dos. La mujer agarró con fuerza la mano de su compañero mientras éste le correspondía. Pasaron minutos observando cómo la condenada emitía pequeños ruidos de dolor, balanceándose en el aire gracias a la soga que exprimía duramente su cuello, hasta que dejó de emitir sonido alguno; entonces supieron que su alma ya había partido.
Uno de ellos trató de contener las nacientes lágrimas que amenazaban con revelarse y caer, el otro sólo sostuvo con más fuerza la mano femenina, tratando de darle valor y apoyo a pesar de que por dentro también se sentía igual de dolido y angustiado. Algunos campesinos juntaron troncos de madera alrededor de la pecadora y los quemaron haciendo una hoguera. El fuego se comía poco a poco cada parte del cuerpo; carcomiendo su piel, desapareciendo los cabellos que una vez fueron rubios, y dándole en el proceso una apariencia horrenda y cruelmente calcinada. Sus caras se iluminaron por las brasas, absortos por el horror del momento, incómodos por su posible destino frente a ellos, bajo las llamas del infierno.
Esa noche del 31 de Octubre, los lobos ahullaron, las lechuzas cantaron, los aldeanos en sus casas rezaron, y dos brujos solitarios lloraron junto a una hoguera seca, con sólo cenizas haciéndoles compañía y advirtiéndoles sobre su desdichoso futuro.
