Capítulo 7

Añoranza


Estas eran unas de las pocas veces en las que se permitía sentir tristeza. No era común en su ser tener repentinos golpes de melancolía, haciendo que su cuerpo se punzara en pena y le calara el alma con debilidad. Cuando esto sucedía, recurría a estar solo, buscando el lugar más desierto posible, curiosamente también que fuese bañado en una apariencia desdichosa y vacía; dándose la oportunidad de liberar los sentimientos reprimidos como soltar un valde de piedras por el techo de algún infeliz.

Entonces allí, sentado al borde del edificio más alto estaba él, hundiéndose en el abrazo que el frío nocturno le brindaba. Sus ojos ojerosos observaron con profundidad el paisaje de penumbras y silencio desgarrador en frente suyo; la eterna luna estaba brillando y sus hijos estelares haciéndole compañía, adornando el cielo con su reluciente presencia. La oscuridad aveces le daba a la ciudad un aspecto perturbador, pero satisfactorio para villanos de su calibre que pasaban por momentos depresivos y de agonía. Sus dos verdes iris penetraron en el abismo de la nada y se perdieron en ella; divagando como si estuviera en un trance hipnótico.

Las pequeñas lágrimas salieron de forma natural, recorriendo su cara hasta caer, chocar y desvanecerse. Cuando estaba solo, realmente solo, se permitía ser más débil consigo mismo, darse compasión propia en un mar de lamentos patéticos que luego trataría de fingir olvidar. La melancolía lo arrastraba a lugares inimaginables, y experiencias de total desagrado. Pero en la soledad, su inmortal amiga, se daría el lujo de dejarse llevar y dejar de existir por quizá unos minutos o más. Cerrando los ojos, aspirando el aroma a humedad, sintiéndo la heladez en la piel, y dejando en libertad a sus condenados demonios a la par de la luz enriquecedora que la madre blanca le otorgaba colgando en el cielo.

Sentiría cómo su pecho se comenzaría a exprimir como un trapo, cómo su cofre de miedos y penurias volvería a cerrarse con cadenas de gran tamaño, y cómo se despertaría del trance y bostezaría como prueba de su desvelo anterior, matando todo indicio de decaimiento con la difunta noche. El verde resplandecería con el saludo de la mañana y el nacimiento del gran astro rey. Se levantaría, dando un estirón y relajándose para volver a la normalidad, observando de soslayo por última vez el júbiloso azul mezclándose con las nubes de algodón. Volvería a su casa en esa cabaña desastroza, encontrando a sus hermanos ya despiertos. Uno le preguntaría monótonamente cómo estuvo su noche, pero él pasaría de largo y lo ignoraría respondiendole tan sólo con un gruñido de amargura.