Capítulo 11

Fidelidad


Hallándose en la torre más alta del castillo se encontraba la reina; su mirada dura y fría se imponía con firmeza mientras ella se sentaba en su glorioso trono colmado de lujosos tesoros.

Yo, como fiel sirviente suyo, me encontraba a unos pocos metros en frente de ella, esperando las ordenes para mi próxima misión.

"Llévala lejos, muy lejos, a un lugar apartado en el bosque donde pueda recoger flores" Su majestad tenía un toque de malicia al hablar, siendo precisa con su precepto. Acaté sus ordenes en todo momento como un perro leal a su amo.

"Y ahí, mi fiel sirviente, la matarás" Sus últimas palabras salieron como veneno expulsando odio.

Embargado por la sorpresa me exalté, bastante preocupado. Yo le era leal a mi reina, pero lo que me pedía era el peor pecado que un hombre de mi categoría podía cometer. Dios no me lo perdonaría si cometiese tal atrocidad; mi preocupación hizo que no dudara en un impulso desmedido replicar contra mi ama y señora.

"¡Pero majestad, es la princesa!".

"¡Silencio!" Ella inmediatamente se levantó del trono callando mis súplicas. Sus largos cabellos pelirrojos se agitaron por un instante dándole una apariencia bestial e indomable. "Bien sabes cómo castigo al que me desobedece".

"Sí, majestad" Todos en el reino eramos conscientes de la forma en la que la reina castigaba a los traidores. Ella nunca impidió que los rumores continuaran, ya que le gustaba tener a la gente bajo su control, cubridos en una manta de miedo y temor que sólo su presencia podía esparcir. Sus castigos eran la forma más cruel e inhumana en la que se podía mortificar a alguien; sus métodos de tortura parecían haberse engendrado en la mente más perversa y perturbada que podía existir. Algunos decían que sólo a un demonio se le ocurriría castigar a sus vasallos de ésa semejante manera, y muchos en consecuencia habían apodado a la reina como la 'dama sangrienta'. Supe bien que no me convenía cuestionar los mandatos de su majestad, porque mi destino no sería diferente a los de esos pobres condenados que murieron desobedeciendole.

"Pero para asegurarme de que cumplirás mi mandato..." De sus manos me reveló una caja pequeña. "...Su corazón me traerás aquí dentro" Sus ojos, nacidos del rosa más extraño, brillaban con furor maldito.

Me incliné ante su majestad con respeto y tomé la caja entre mis manos, largandome de allí para buscar a la desdichada princesa.


La niña era hermosa, tenía el cabello tan negro como el cielo nocturno y los ojos tan verdes e igual de preciosos que una gema exótica.

Yo estaba posado en un árbol cercano observándola jugar con las flores y las mariposas del bosque, perdido entre mis pensamientos. Aún no podía aceptar en mi propio ser la idea de que en unos segundos tendría que matar a tan bella criatura. Era sólo una pequeña jovencita que tenía una larga vida por delante, ¿cómo podía yo ser capaz de privarla de todo aquello? su padre el rey, que en paz descanse, tendría el corazón roto si se hubiese enterado de lo que me ordenaba hacer su propia esposa.

"¡Butch, mira! ¿a qué no son muy bonitas éstas flores?" La pequeña hizo que volviera a la realidad saliendo de mis caóticos pesares. Traía en sus manos llenas de barro un montón de ranúnculos amarillos que me mostraba con una sonrisa alegre adornando su rostro infantil.

Se me partió el corazón al verla así, tan feliz y llena de vida.

"Sí, son muy bonitas, princesa" La niña me dio una flor en un gesto de amabilidad y se alejó para seguir juntando más. El alma me pesaba porque sabía que ya era hora de cumplir con el mandato de mi señora.

Me aseguré de que el terreno estuviese vacío, guardé la flor y lentamente saqué mi cuchillo. Me acerqué sin hacer ruido hasta que estuve a centímetros de ella, listo para acuchillarla. La princesa estaba de espaldas a mí cuando vio mi sombra y volteó a mirarme sólo para soltar un grito de miedo debido al arma que portaba. Aquello hizo que me doliera el pecho y mi voluntad se quebrara; mi mano tembló y sentí las lágrimas saliendo y cayendo por mis mejillas. Recordé nuevamente a mi fallecido rey, aquel al que le había jurado lealtad, aquel al que le había jurado proteger a su familia con mi propia vida y honor, aquel que me había confiado la seguridad de su dulce tesoro en esa niña de ojos preciosos.

"¡No! ¡no puedo hacerlo!" Solté el cuchillo y me arrodillé tembloroso ante mi princesa. "Perdóneme, imploro vuestro perdón, su alteza" Besé los pliegues de su vestido implorando que expiara mi alma pecadora con su santa gracia.

"Pero, ¿p-por qué ibas a hacer eso?" Preguntó titubeando dulcemente pero temerosa. Me rompí aún más por dentro, odiandome por haberle causado tal susto. Lleno de rabia al recordar a la bruja que tenía por reina.

"¡Está loca! ¡celosa de usted!" Dispuesto a confesar todo sin importarme mi lealtad a ese demonio, le dije la verdad a mi princesa. Porque mi fidelidad al rey era mucho más poderosa que la que le tenía a su mujer. "La reina, su madrastra, ella me mandó a matarla".

"¡¿La reina?!".

"Sí, alteza. ¡Tiene que irse de inmediato, correr y ocultarse en donde no pueda encontrarla!".

La niña dudó un poco siendo presa del pánico. "¿Pero qué pasará contigo?".

"No se preocupe por mí, princesa, lo importante es mantenerla a usted a salvo" Probablemente terminaría encadenado y azotado hasta la muerte, pero todo habrá valido la pena con la princesa segura y alejada de esa bruja. "¡Corra y escóndase, por favor!" Vi sus ojitos llorosos reflejando dolor y tristeza. Antes de irse, tocó mis mejillas con sus pequeñas manos y pude sentir su cálido afecto y cariño en ellas.

"Yo te perdono, mi fiel amigo" La dulzura de su voz caló en mi alma llenándola de pesar y júbilo. Sonreí, tratando de darle seguridad para que siguiera adelante.

Mi aflicción creció al verla partir escapando hacía el frondoso bosque. Su presencia desapareció entre los árboles hasta que ya no pude verla más, y yo me quedé solo. Estaba agitado por dentro y me dolía mucho la cabeza, sabiéndo que mi misión aún no había acabado. La reina me estaba esperando, esperando a que le llevara la caja confinando un corazón joven. Miré al cielo y recé a dónde quiera que estuviera descansando mi rey, suplicandole que me diera fuerzas para lo que estaba por venir en mi destino y en el de su pobre hija.

Sentí otra presencia a mi alrededor y analizando el entorno descubrí a un ciervo que me observaba con cautela desde la distancia; el animal había salido para alimentarse. Algunos lo habrían llamado milagro, otros suerte, pero para mí era una señal, una señal que no iba a desaprovechar. Con una última mirada al santo cielo, recogí mi cuchillo y me dispuse a completar la maquiavélica tarea.