Capítulo 14

Copos


Caían por todos lados adornando el ambiente y haciéndolo más precioso y blanquecino. Eran el fruto del invierno que regalaba a las personas otra forma de diversión o de frustración debido a las bajas temperaturas.

Una niña pequeña de 5 años está sentada solita en un banco de un parque cercano, moviendo las piernas de forma juguetona y sacando la lengua para probar los diminutos cristales de hielo que caen sin parar. Emite algunas risitas después de que su lengua se enfría y envía por su cuerpo un escalofrío.

Los copos adornan su cabello negro con puntitos blancos que parecen perlas desde lejos. Ella arruga la nariz y abre más la boca para seguir probando el hielo. Le encanta sentir la frialdad en su ser, es casi, según su gran imaginación, como comer helado.

Un estornudo repentino hace que se arrepienta un poco por haberse excedido con los copos. Si su padre se entera que salió a las 4 de la madrugada para jugar con la nieve en plenas vísperas de navidad, probablemente la castigaría de por vida, y tendría que soportar a su odiosa hermana mayor matándola de aburrimiento con sus sermones sobre la responsabilidad y sobre cuidar más su salud.

Entonces salta del banco lista para irse y volver a su acogedora cama, pero antes de salir volando, voltea a ver la nieve acumulada en el suelo; la niña, traviesa como es, tiene una última idea: corre y se tira al suelo riendo sin control haciendo un ángel de nieve.

Su alma infantil está llena de júbilo, sin saber que a la mañana siguiente despertará con una gripe de los mil demonios que la dejará postrada con la nariz llena de mocos por quién sabe cuántos días, junto a una hermana pelirroja y mandona que no parará de quejarse por sus descuidos.