Capítulo 19
Reunión
Boomer apoyó la cabeza en su mano y suspiró con cansancio. Hoy fue un día agotador y ligeramente estresante, con él atrapado en su escritorio trabajando como esclavo en las aburridas oficinas de su cuñada.
Se sentía entumecido y le dolían las manos por tanto escribir, así que se estiró para librarse de las perezas.
Recordó haberse acostado tarde la noche anterior con una molesta migraña, y esta mañana se había despertado con una esposa terriblemente resfriada a la que tuvo que dejar en cama bajo el cuidado de su sirvienta. Con evidentes ojeras salió de casa sin fijarse en el charco que iba a pisar al cruzar la calle, producto de las lluvias anteriores y un clima inestable, pero antes de que eso ocurriera un auto pasó a toda prisa por aquel charco, haciéndo que el agua sucia le manchara el traje recién planchado. Gruñó con el mal humor saliendo a flote y creyendo que nada más podría empeorar su desdichado día, ignorando que minutos después un perro callejero lo perseguiría y casi le arrancaría un zapato para usarlo como juguete, llegando así tarde a su hora correspondiente de trabajo.
Para estropear su poca suerte, los números de capital decayeron un 30% de lo previsto a finales de mes, y algo estaba fallando en los cálculos de Boomer. Se maldijo internamente por haber elegido ser contador público antes que ser profesor de universidad; al menos estaría lidiando con estudiantes distantes y no con cifras insignificantes que le rompían la paciencia y la espalda. Frunció el ceño y frecuentemente miraba el reloj, esperando la llegada de las doce en punto.
Lo peor de su empleo era sin duda soportar a su jefa todos los días; tener a tu propia cuñada dándote órdenes y tratandote como burro de carga debía de ser la pesadilla de todo hombre, pero agradecía que al menos fuera ella y no una insoportable suegra que lo terminaría llevando a la demencia. Su cuñada era una mujer pálida, de cabello negro y vehementes ojos verde lima que despellejarían con tan sólo una mirada al primer pobre diablo que tuviera el coraje de desafiarla. Boomer aún se preguntaba con incredulidad cómo fue que su hermano mayor logró domar a semejante bestia haciéndola su esposa, aunque probablemente nunca sabría la respuesta a eso.
La mujer siempre usaba vestidos de característicos colores verdes, y usualmente llegaba con un porte duro para infringir respeto y miedo en sus empleados. Pocas veces se la ha visto sonreír, Boomer mentiría si dijera que no se sentía intimidado por ella. A pesar de ser familia en ley, la relación en horas de trabajo era estrictamente profesional, y si cometía algún error, Buttercup, su cuñada, no pensaría dos veces antes de despedirlo con todas sus cosas en mano y lanzarlo por la puerta con una patada.
Se tensó recordando la dolorosa vida laboral que tenía que sufrir, jurando que un día de estos sus cabellos rubios serían suplantados por invasivas canas que lo harían ver como un anciano de 50 años. El reloj dio las doce y todos se marchaban, dejando a Boomer solo. Cuando se levantó para irse, su jefa salió de su oficina, arriba en el segundo piso, bajando por las escaleras y llamándolo con voz severa.
"Tú no te vas, quiero que te quedes porque necesito hablar contigo sobre estas cuentas".
Por supuesto, su cuñada era rápida cuando se trataba de enterarse sobre estadísticas bajas. La economía lo era todo, y si las cifras caían ella lo sabría.
"Pues...no tengo excusa, hice todo lo que pude. Admito que últimamente he estado algo desenfocado, pero estoy la mayor parte de mi tiempo aquí y casi no tengo momentos para mis propios problemas, además de que es importante para mí tratar la salud de mi esposa, la cual anda muy enferma" Dijo intentando justificarse.
"¡Eres un tonto! Nada es más importante ahora que ganar dinero, eso lo sabes bien".
"Hay muchas cosas más importantes que eso, por ejemplo, ¿mi hermano ya está enterado de esto?".
Observó que la mujer se suavizó notablemente ante la mención de su hermano mayor. Si bien su cuñada era la jefa, todo el negocio en sí estaba a propiedad de ella y su esposo. Ambos habían construido juntos la organización entera.
Gruñó con desdén y se masajeó la sien. "Tienes razón, ya lo he llamado y debería de llegar pronto. Lamento haber sido tan gruñona contigo, es sólo que detesto que las cosas se salgan de control, y más si eso implica dinero" Habló cuidando de no sonar tan amable. "Cuando él venga trataremos de arreglar esto juntos, pero por en cuanto tú espera aquí" Comenzó a subir las escaleras, claramente decidida a arreglar este error lo antes posible.
Se relajó cuando la vio alejarse, antes de dar un sobresalto cuando le gritó desde su oficina que ésta fuera la última vez que veía una equivocación de su parte, y que la próxima sería más grave.
El reloj dio las doce y cuarenta y cinco en punto. El estómago de Boomer gruñía por comida y él se centró en registrar transacciones financieras para ignorar el hambre. El aburrimiento pronto volvió a tomar partida en su mente y puso más atención al reloj que a los papeles; ya eran la una en punto, las horas pasaban volando. Un suave golpe en el exterior de la puerta lo sacó de su distracción. Al levantarse de su escritorio, se dirigió para abrirla, esperando ver a su hermano y que gracias a él pudiera evitar pensar en los cansinos números que tenía delante. Realmente se estaba comenzando a dar cuenta de que odiaba a lo que se dedicaba.
Su hermano, Butch, era un hombre más alto que él, bastante fuerte y con una apariencia de matón que haría asustar a cualquiera, pero en realidad era un tipo simpático, aveces alocado, y muy bromista cuando quería serlo. Eso sí, también era peligroso cuando se lo proponía, por eso nadie lo subestimaba y le tenían un profundo respeto al igual que a su esposa. Lucía elegante con una chaqueta negra de traje a medida que resaltaba sus brillantes ojos verde bosque. Boomer no evitó comparar la ropa de su hermano con la de él: manchada de agua sucia, un zapato mordido, y con la suelas gastadas. Hizo una nota mental para comprarse unos nuevos lo antes posible.
"¿Qué tal estás, hermanito?" Butch saludó jovial, mirando de pies a cabeza a Boomer. "¿Tuviste un día duro hoy?".
"Eh, lo de siempre..." Se sintió un poco inseguro al respecto. "¿Acaso es muy obvio?" Dijo pasando una mano por el desordenado cabello.
"Algo, pero nada que no se arregle" Dijo ajustando la asimétrica camisa de su hermano y regalandole una amable sonrisa que Boomer recibió con ojos agotados.
"Dime, ¿la dama me está esperando?".
"¿Eh? ¡Oh, sí! Está arriba y refunfuñando. Ya sabes, lo normal".
El comentario se ganó una risa cómplice de Butch mientras subía las escaleras. "¡Recuerdame invitarte al bar un día de estos, te lo mereces por trabajar tanto y soportar a mi testaruda mujer!".
"Claro" Dijo cuando su hermano cerró la puerta de la oficina. Boomer se sintió tenso y volvió a sentarse sin prestar atención a los papeles que tenía en frente. Deseaba más que nada volver con su amada y poder cuidarla. Pensar en su adorable esposa de rizos rubios y burbujeante personalidad hacía que volviera un poco de alegría a sus muertos ánimos. Escuchó a su cuñada hablando con su hermano por un rato, luego hubo algo de silencio. Si bien sabía que el negocio era de Butch y Buttercup, era raro que Butch se presentara por cosas como un simple bajón de cifras financieras que podía arreglarse sin preocupación, aunque también sabía que su cuñada era terca cuando se trataba de los ingresos y el dinero. Volvió a ver el reloj por quinta vez, éste ya daban la una y media. Boomer sintió una repentina ansiedad por llegar a casa.
La puerta de la oficina se abrió revelando a Buttercup, mirando a Boomer con un extraño ápice de diversión en sus ojos. "Boomer, ya te puedes retirar, Butch y yo nos haremos cargos del asunto por ahora. Te veré mañana, y esta vez no llegues tarde" dicho esto volvió a cerrar rápido la puerta con dureza.
Boomer resopló. "Gracias por nada".
Recogió sus cosas para irse pero algo lo detuvo: escuchó risas que provenían de arriba. La inseguridad volvió a llenar su mente preguntándose qué hacían allí dentro y de qué hablaban, ¿era sobre él?, ¿de lo ineficiente que era?, ¿acaso ella se reía porque pensaba en despedirlo? No creía que su cuñada fuese tan cruel y malvada, él sólo estaba exagerando y siendo demasiado paranoico, eso es todo.
Después de un breve silencio las risas se volvieron a escuchar.
Pero tal vez debería comprobar si estaba en lo cierto, así que a paso sigiloso fue subiendo las escaleras.
El reloj daban las dos y quince en punto. caminando por las escaleras restantes, Boomer llegó hasta la puerta, y tal vez fue por un impulso desmedido o porque el estrés hacía que su mente fuese más lenta y desvariara, pero después de abrirla y de precensiar lo que presenció, deseó haber podido arrepentirse de su estúpida imprudencia.
El gran escritorio de roble parecía haber sido limpiado de su contenido de una sola vez. Lápices y papeles junto con los libros de cuentas estaban esparcidos al azar en el suelo. La bruja de su cuñada estaba de espaldas a él con el cierre del vestido abierto, mostrando toda su espalda desnuda, y su hermano estaba entre sus piernas intentando quitarle la ropa interior, con una de sus manos acariciando lentamente uno de sus muslos. De todas las cosas que Boomer pudo haber querido, en éste justo momento únicamente quería que la tierra lo tragara.
Sus piernas temblaron un poco cuando la pareja se dio cuenta de su presencia, y antes de que su cuñada pudiera lanzar un insulto o su hermano se burlara por el absurdo de la situación, Boomer, con todo y vergüenza salió corriendo del lugar aceleradamente. Todo lo que pudo hacer fue tomar algunas de sus cosas ignorando los papeles que por la prisa y el lío dejó caer al piso y largarse, no sin antes detenerse para ver la hora del reloj: eran las tres en punto.
Los nervios de Boomer explotaron.
Luego salió apurado dando un portazo como alma que lleva el diablo, cuestionando si realmente tenía tanta mala suerte o si un dios disfrutaba de verle en constante martirio. Esa noche deducia que volvería a tener otra migraña y seguramente insomnio, cortesía de las traumaticas imágenes que no se podría quitar en días, ni aunque se lavara una y otra vez los ojos con agua y jabón. Ya en cama al lado de su querida esposa, con espantosas ojeras y dolor de cabeza, Boomer comenzaría a reflexionar si aún quedaban puestos de profesor vacantes en alguna universidad cercana, e imploraria a los cielos por no volver a encontrarse con perros molestos, cuñadas fastidiosas, o cifras odiosas.
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Notas del autor: por lo general no me agrada tanto hacer escenas de connotación sexual, además de que la mayoría aquí lo hacen de una manera vulgar, así que traté de ser más sutil al respecto sin llegar a algo tan explícito.
Esta es mi primera vez escribiéndo el nombre en inglés de Bellota, ya que pienso tratar de acostumbrarme a él para usarlo más seguido en un futuro, aunque puede variar dependiendo del tipo de capítulos que haré.
