Capítulo 20
Ilusión
Para mi querido hijo:
Sé que detestas que divague mucho, así que intentaré ser lo más breve posible; admito que nunca fui el mejor de los padres, pocas fueron las veces en las que pude darte la atención necesaria que merecía un niño de tu edad, siendo la mayor parte del tiempo irresponsable con tus cuidados, y mira, ahora estoy pagando las consecuencias por mis errores del pasado.
Recuerdo la primera vez que tuviste tu primer ataque de furia, le mordiste el brazo al hijo del vecino hasta hacerlo sangrar y éste al enterarse amenazó con demandarnos. Tuve que pagarle mucho para que se quedara satisfecho y cerrara la boca. Ese día me hiciste perder mi sueldo del mes, así que como venganza te castigué encerrandote en tu cuarto y quitandote tus videojuegos...Por mi necedad creí que sólo eras malcriado, ignorando las señales de tu inestable conducta y tus gritos descontrolados.
En tu adolescencia tuve que tomar medidas drásticas después de enterarme que en el colegio casi ahorcaste a uno de tus compañeros por burlarse de ti. La directora estaba decidida a expulsarte a menos que asistieras con un profesional. Estoy seguro que después de eso recuerdas con diversión y hastío tu primer visita al psicólogo, digo, saltaste sobre su mesa y te pusiste a patear todas sus cosas, votando papeles, lápices y libros al piso a la par que cantabas una extraña y desentonada canción. Aún tengo en mi mente la imagen del rostro estupefacto de ese pobre hombre, y no evito soltar una pequeña sonrisa por lo descabellada que fue semejante escena. Realmente eras un demonio, muchacho.
El fatídico día llegó cuando te diagnosticaron trastorno de déficit de atención con hiperactividad. Mis bolsillos se vaciaron por completo al tratar de buscarte buenos psiquiatras que te ayudaran sin creerte un caso perdido. No creas que te culpo por casi dejarme en quiebra, pero debes aceptar que era una tarea titanica hacer que no perdieras la compostura y moderar tu rebeldía. De todas formas todo se fue al diablo cuando tuviste otro de tus arrebatos violentos, pero ésta vez no trataste de morder ni de ahorcar, sino de matarme a puñaladas con el cuchillo de cocina a causa de una acalorada discusión que tuvimos sobre nuestra seca relación familiar.
¿Acaso crees que yo era de hierro, hijo? ¿acaso crees que no lloraba en desesperación cada vez que tenía que encerrarte en tu habitación con candado para que no trataras de hacer una locura y hundirte más de lo que ya estabas? Sólo Dios sabe cómo se me rompió el corazón cuando tuve que internarte en ese psiquiátrico. Por cierto, espero que los enfermeros te hayan entregado esta carta y la leyeras, claro, antes de romperla en ira por todo el resentimiento que acumulas sobre mí. Tampoco es que te culpe por ello, en parte soy consciente de que me lo merezco.
Y bueno, lamento contradecirme porque de todas formas volví a divagar. Es curioso, cuando siento tu ausencia es cuando más rememoro los miles de momentos que vivimos juntos desde que eras un tierno bebé; esa nostalgia maldita me cala el alma con un dolor punzante. Cerrar los ojos e ilusionarme con la idea de que sales de esa cárcel de enfermos como un hombre nuevo, uno decente que vive una vida normal, imaginándome a la chica que traes a casa y me la presentas como tu futura esposa, imaginándome la boda y viendote sonreír con una exuberante felicidad que nunca antes presencié en ti, luego sosteniendo con cariño a mis nietos recién nacidos...y el resto es historia.
En fin, no le hagas caso a los disparates de este viejo, la edad ya me está comenzando a afectar haciéndome más sensible, ¿pero qué padre no querría ver a su hijo triunfando y lleno de dicha? Al menos en esas falsas fantasías me puedo autoengañar creyendo que algún día, de algún mes, de algún año, saldrás y volverás a mí, a mí que te recibiré con los brazos abiertos lleno de lágrimas y esperanza por tu llegada.
Algún día, Butch.
Pero por en cuanto sólo me conformaré con tus cortas llamadas y tus cartas llenas de amenazas.
Te quiere tu padre; Mojo.
