Capítulo 21

Dueto


La alegre melodía resonaba por cada pasillo de la mansión, reemplazando el aburrido silencio por la armoniosa música. Las teclas del piano eran tocadas con gracia por las delicadas manos de su dueña; una hermosa señorita de rizos rubios conocida como la hija menor de la distinguida familia Utonium. Aquella que carente de la habilidad de caminar por causa de una enfermedad terminal e incurable, siendo así presa de una horrible silla de ruedas, había encontrado consuelo en un viejo y anticuado piano abandonado en una de las muchas habitaciones sin usar de su gran hogar. Se sentaría allí siempre con la ayuda de una de sus hermanas mayores, la cual la acompañaría siendo testigo de las magistrales sonatas compuestas por los dotes de la prodigiosa jovencita.

Se convirtió en una rutina diaria que en un día específico terminó súbitamente, debido a que la salud de la joven empeoró. Entre súplicas, ella imploró débilmente a su hermana acompañarla a volver por una última vez a su lugar de ensueño al lado de aquel preciado instrumento, en un dueto que jamás volverían a tener en vida, pues pronto sabía que partiría a los brazos del señor albergada en el paraíso. Afuera el ambiente era lúgubre, con el cielo tan negro sin estrellas a la vista, los árboles secos y las flores muriendo; una hilarante ironía sabiendo el estado actual de la enferma. Ambas comenzaron la melodía con tonos de melancolía, luego la hermana mayor movió los dedos acelerando el ritmo dominada por sentimientos internos que necesitaba desahogar: era el dolor de estár perdiendo a un ser querido. El sonido incipiente retumbaba en sus corazones bajo las gloriosas melodías inmortales; el fulgor de los iris verdes arremetían con precisión y dureza mezclados con los pasivos pero dulces iris azulados. Era una combinación sublime desgarrando los pesares de la mente y transformándolos en maravillas celestiales envueltas en temores, esperanzas y dichas manifestadas en las ordinarias manos de dos mujeres que no pararían de tocar hasta el amanecer.

No había tiempo para llorar, ya que las teclas lo harían por ellas.