Capítulo 29
Suicidio
La noche es fría. Va arrastrando lentamente sus pies descalzos por la grava. Están tan sucios y adoloridos que le impiden continuar más, así que se detiene, sentándose a descansar en medio de la carretera. Hay un campo a ambos lados de la autopista, está repleto de flores de ranúnculos. Es silencioso, y una brisa fresca las mueve delicadamente. Ella las admira, deseando ser así de hermosa, así de simple. Algo pronto se acerca: dos luces blancas vienen de frente. No se inmuta ante ello. De las luces escucha una bocina alertando que se aparte del camino, pero ella ya es ajena a la realidad. Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, sólo cerró los ojos esperando el final.
.
.
.
.
Se despierta estando boca abajo en una cama. Lo primero que nota es que está en una habitación en penumbras, con dos ventanas y una lámpara en una mesita de noche que ayuda a iluminar un poco el lugar. Voltea la cabeza hacia el otro lado, y se sorprende al ver a un joven de cabello negro y ojos verdes penetrantes vigilandola con tranquilidad. Él está sentado en una silla cercana a la cama. Pronto le atormenta pensar que ha muerto, porque al observar detenidamente al joven, descubre que detrás de él se alzan dos alas grises de tamaño mediano, y una aureola luminosa adornando su cabeza.
Hace un esfuerzo para tratar de levantarse, pero su cuerpo se siente tan pesado como una piedra. Sus ojos se abren respondiendo a una aguda punzada que comienza a sentir detrás, e instintivamente hunde sus dedos en las sábanas. Siente como si dos bultos estuvieran moviéndose descontrolados en la espalda. El joven se para de inmediato sabiendo lo que está por pasar, y corre directo a un estante sacando un botiquín de primeros auxilios. Las punzadas aumentan obligandola a gritar desconsolada. Él se estresa por los constantes gritos y regresa nuevamente a su lado, dejando el botiquín en la mesita de noche y agarrando algo de la parte superior de la cama.
—¡Muerde esto para aguantar hasta que salgan! —exclama tomando la cabeza de la muchacha y acercandola con cuidado a una pequeña almohada. Ella la muerde sin pensarlo dos veces.
En un instante, su piel se abre dejando expuestas dos extremidades que salen colgando de su espalda: son dos alas que tienen las plumas cubiertas de sangre. Y su dueña, agotada por la tortuosa experiencia, se termina desmayando. El joven trae un trapo limpio, y una vasija con agua que coloca en la mesita junto al botiquín. Remoja el trapo y se dispone a limpiar las plumas. Es importante mantenerlas higiénicas y desinfectadas. La labor le lleva toda la noche.
.
.
.
.
Cuando despierta, los rayos del sol que entran por las ventanas la ciegan un poco, obligandola a entrecerrar los ojos. Algo le molesta detrás y se rasca, tocando lo que parece ser una cosa suave. Por curiosidad lo termina jalando y reacciona como si le hubieran quitado un mechón del propio cabello. Al mirar su mano, ve que sujeta una pluma de color gris. Extrañada, se sienta para examinar mejor aquel hallazgo. La puerta se abre y entra una joven rubia con alas grises, sosteniendo en las manos lo que supone es un aro brillante.
—¡Oh! ¡ya estás despierta! —dice con una gran sonrisa de alegría, acercándose a la cama —Espera, no te muevas, aún debes de sentirte algo cansada por lo de anoche.
—¡¿T-tú eres un ángel?! —se aventura a decir entre titubeos —¡¿Estoy muerta?!
La joven la mira con cariño y niega con la cabeza —Ya habrá tiempo para explicartelo. En este momento debo colocarte tu aureola —dice mostrándole el objeto.
—¿Aureola? —levanta una ceja confundida.
—Dos bonitas alas no pueden ir sin una, tontita —le indica a la muchacha que volteé para ver lo que hay detrás de ella. Entendiendo el gesto, voltea sólo para terminar gritando exaltada.
—¡Tengo alas! ¡¿cómo rayos pasó esto?! —toca sus extremidades emplumadas con precaución, verificando si son reales, a lo que las alas responden dando un pequeño aleteo.
—Todos aquí tenemos alas grises y aureolas. No existe un nombre específico para nuestra especie, pero los aldeanos del pueblo cercano nos llaman "Haibanes" —declara una voz firme. Le pertenece a una mujer pelirroja que irrumpe acompañada de un niño oculto entre sus piernas —Bienvenida a tu nuevo hogar. Veo que Bubbles ya acaba de darte una cálida recibida.
—La recién llegada está algo nerviosa, no entiende lo que sucede, señorita —dice mientras trata de poner la aureola en la cabeza de la muchacha —quédate quietecita, porque tengo que acomodar esto para que quede recto... ¡listo! —se emociona al comprobar que logró su objetivo —¡Ahora luces como toda una haibane!
La mujer se sienta a un lado de la cama, subiendo al niño a su regazo —Seré breve en explicártelo; las haibanes caemos del cielo y venimos a este mundo sin recuerdo alguno de quiénes fuimos. Tú llegaste en una estela de luz y aterrizaste suavemente en nuestro jardín. Te recogimos y te trajimos aquí, esperando a que nacieran tus alas para luego coronarte con la aureola. Así, ya eres oficialmente parte de nuestra familia.
—Es cierto, no puedo recordar nada acerca de mí, ni siquiera mi propio nombre... —consternada, se dio cuenta de que su mente estaba en blanco. La idea de tener unos padres, hermanos o casa propia a la que pertenecer se le hacían imposibles de imaginar. Es como si hubiera renacido en una vida distinta a la anterior.
—Todos los haibanes tenemos un sueño antes de caer a este mundo. Dependiendo de lo que hayas visto en tu sueño, así serás llamada —continuó la mujer —Yo, por ejemplo, me llamo Blossom, ya que antes de llegar tuve un sueño donde estaba rodeada de flores.
—Y yo me llamo Bubbles, porque antes de venir recuerdo haber soñado con puras burbujas —añadió la dulce joven.
—¡Y yo me llamo Arturo, porque recuerdo haber visto ese nombre cuando dormía! —dijo el niño levantando su manita para que le prestaran atención. Blossom sonrió dándole un besito en la frente.
—Y dime, ¿qué recuerdas? puede ser cualquier cosa, incluso la más mínima y fugaz.
—Yo... —le dificultaba tener una imágen mental del sueño que tuvo, pero cuando la mujer mencionó las flores, algo dentro de ella le provocó incomodidad. Como si la sola mención de aquello le hiciera evocar un acontecimiento melancólico. La sensación pronto le trajo a la memoria muchas flores, un campo cubierto de ellas. Parecían girasoles. No, eran pequeñas. ¿Margaritas tal vez?, pero las margaritas eran blancas. Éstas flores eran amarillas, como los...
—Ranúnculos —contestó sin más, como si sus labios ya conocieran las palabra mucho antes de que ella la adivinara.
—¿Ranúnculos? perfecto. Entonces tu nombre será: Buttercup —Blossom se levanta de la cama cargando al pequeño Arturo en sus brazos —Dormiste tanto que ya casi es hora de almorzar. Bueno, al menos así podrás conocer al resto de la familia cuando nos reunamos a comer —se dirige a la puerta, pero antes de salir vuelve a hablar —Bubbles, en tanto yo preparo la comida, tú ayuda a Buttercup a elegir la ropa que usará desde ahora, y también a cambiar las sábanas sucias de sangre por unas limpias. Butch es tan perezoso que se fue sin haberlo hecho él mismo —concluye molesta, marchándose de la habitación.
—¿Quién es Butch? —pregunta Buttercup con interés.
—Es uno de nuestros haibanes. Él fue el que velo por ti el día que llegaste cayendo del cielo. Se quedó contigo toda la noche hasta el amanecer —va al armario que está cerca del estante y de allí saca sábanas limpias, luego las pone en una silla, y volviendo a buscar encuentra dos vestidos sencillos. Ambos los muestra a Buttercup —¿Cuál prefieres?
—Ehh...por si acaso, ¿no tendrás pantalones? Es que no creo que usar vestidos sea lo mío.
—Sólo tenemos pantalones para varones. Las mujeres por lo usual sólo usamos vestidos —al ver que la joven se desanima, Bubbles, que siempre es demasiado amable, decide hacer una excepción con ella —Creo que sí hay un tipo de pantalones que te quedarían bien. De todas formas, su dueño casi nunca los usa.
.
.
.
.
Todos se reunieron para almorzar en una gran mesa ubicada en la cocina, lugar que tenía un aspecto rústico con suelos hechos de piedra. Y vigas, estanterías, y encimeras hechas de madera. Nadie aún comía, debido a que una de las reglas era esperar a quienes faltaban. Norma que fue creada por Blossom, pues se caracterizaba por ser muy estricta cuando se trataba del orden y la educación. Como fue la primer haibane en haber llegado a este mundo, se impuso la responsabilidad de ser la líder, protegiendo a cada joven y niño viviendo en este inmenso hogar que en antaño fue una iglesia abandonada.
—Señorita Blossom, ¿sabe cuándo conoceremos a la recién llegada? —pregunta un joven grande y gordo al que todos de cariño apodan "Gran Billy".
—Muy pronto, dulzura. Ustedes pueden esperarla sentados. Y no olviden el ser agradables con ella —Contestó ocupada, centrándose en servir la comida con ayuda de dos jóvenes.
Debido a que Buttercup caminaba lento por tener las piernas débiles al haber estado varias horas postrada en cama, Bubbles la sostiene de la mano para ayudarla a bajar por las escaleras. Pasando el escalón final, se adentran en la cocina, donde muchos ojos curiosos las reciben, seguido de un largo silencio.
—Hermanos y hermanas, les presento a Buttercup, nuestra nueva integrante —puso sus manos en los hombros de la muchacha para darle apoyo y que no estuviera tan nerviosa, a lo que ésta le responde con una leve sonrisa. Nadie se aventuró a decir palabra alguna, hasta que gran Billy, por muy torpe o lerdo que fuera, decidió dulcemente dar el primer paso al hablar:
—Hey muchachos, la chica nueva es muy hermosa, ¿verdad?
La mayoría concordaron y se animaron a darle la bienvenida, dejando la timidez a un lado, y haciendo sonrojar a Buttercup por todos los cumplidos que le regalaban. Excepto de un joven llamado Boomer, que se quejó con Bubbles, ya que la chica nueva estaba usando una de sus camisetas de color verde, en conjunto con uno de sus pantalones y zapatos negros.
—No seas llorón, Boomer. Tienes mucha más ropa para usar aparte de esa —le regañó la joven rubia. Estando inconforme, él se cruzó de brazos, esperando que al menos no le hubieran robado también la ropa interior.
Blossom, notando que llegaron las únicas que suponía faltaban, rápidamente se puso a contar al grupo para asegurarse de que estuvieran todos en la cocina —Esperen un segundo, ¿dónde está Butch?
—Se encuentra en el jardín, fumando, como es de costumbre —responde Princesa; una niña pecosa de cabello esponjoso y rizado
—Ugh, él sabe que odio que fume por los alrededores —dice frotándose la sien.
Blossom y Butch llevaban enemistados desde hace años. Sus diferencias consistían principalmente en tener perspectivas opuestas de la vida: donde ella veía esperanza y felicidad, él sólo veía miseria y amargura. Butch jamás participaba en actividades con los demás, siendo indiferente a éstas. Contribuía únicamente cumpliendo con algunos de sus deberes en el hogar. Los más simples y fáciles de hacer, porque los difíciles se los dejaba amontonados a ella. Poco tiempo después, empezó su adicción al cigarro, provocando aún más estrés en la líder de la familia.
Guiada por su interés en ese joven, Buttercup alzó la mano llamando la atención de Blossom —Yo podría ir a buscarlo, si usted me lo permite.
Ella se alertó preocupada —¡No! Butch es muy problemático. No creo que sea indicado que vayas tú, querida.
—Bubbles me dijo que él fue el que me cuidó en la noche que llegué. También me gustaría ir para agradecérselo —dijo intentando convercerla.
—Es cierto que fue muy poco usual de parte suya ayudar con tu cuidado, pero concuerdo en que no es buena idea que vayas por él —aclara Bubbles.
—¡Iré yo! —dijo Boomer, levantándose de su asiento —Butch y yo nos llevamos muy bien, es casi como un hermano para mí —dijo despreocupado, y salió por la puerta de la cocina que daba directo al extenso jardín.
—Bien, si no falta nadie más, entonces pueden empezar a comer —concluyó la líder, haciendo que todos se sentarán a la mesa.
—Señorita Blossom, ¿cuando yo crezca, también podré fumar como el señor Butch? —preguntó el pequeño Arturo, intrigado por los vicios de los adultos.
—No cariño, esa clase de prácticas sólo la hacen los que quieren dañar su propio cuerpo consumiendo cosas dañinas —dijo con dulzura al niño, aunque la repetida mención de Butch le hizo fruncir más el ceño.
Buttercup se preguntó si la señorita Blossom tenía algún problema personal con ese joven, o si sólo se preocupaba por él a causa de sus malas conductas. Percibía en los ojos rosados de la mujer el reflejo del cansancio de los años. Era como una madre otorgando voluntariamente toda la vida a sus hijos, con el simple propósito de verlos felices. El pensamiento le hizo cuestionarse si los haibanes poseían la capacidad de morir o ser inmortales, aunque a juzgar por la imágen de Blossom, sentía que la mujer no viviría por mucho tiempo a pesar de lucir aún un semblante juvenil.
Boomer regresó pasados unos minutos, informando que Butch no vendría porque no tenía apetito, dejando a Blossom con las ganas de darle una reprimenda por ser tan terco. Después de que los niños hubieran terminado, Bubbles se encargó de enviarlos a sus habitaciones para que descansaran. Buttercup, por otro lado, quería ser de utilidad, así que se ofreció a ayudar a Blossom a lavar los platos y a barrer la cocina. Aún le molestaba ese persistente deseo de conocer a su "guardián", manteniendola muy impaciente. Todavía recordaba esos ojos verde bosque que la miraban fijamente aquella noche: eran impasibles e imponentes.
.
.
.
.
Pasó la mayor parte del día descansando en la habitación que ahora era suya, pues no se sentía muy dispuesta para salir a charlar o jugar con los demás. Blossom pudo comprender esto, y lo relacionó con la falta de energía que aún padecía la joven haibane después del nacimiento de sus alas, pero la puso al corriente de que mañana sería un día muy ajetreado, y que requerirían de su presencia. Buttercup asintió. Descubriendo que el concepto de trabajar y esforzarse le gustaba. Tal vez, pensó, si tuvo una vida pasada, en ella de seguro fue una persona de carácter valeroso y audaz.
Las horas transcurrieron y anochecio en un dos por tres. Le fue imposible conciliar el sueño por estar fantaseando con diversos temas extraños que invadieron su mente: reencarnación, inmortalidad, y paraísos. A causa de esto, olvidó encender la lámpara, dejando el cuarto a oscuras. Se levantó, dirigiéndose a una de las ventanas que tenía abierta, y se asomó. La luna se veía muy clara y hermosa, a comparación de las estrellas, pues al contemplarlas, volvió a afectarle esa profunda melancolía que también sintió al recordar las flores de ranúnculos. Bajó los ojos para no tener que mirar al cielo, y se concentró en el jardín, allí notó una figura que estaba sentada en uno de los bancos, y de la que salía una hilera de humo. Si su memoria no le fallaba esta vez, entonces era fácil de deducir la identidad de aquel sujeto.
Salió por la puerta de la cocina, procurando no emitir ruido alguno. El jardín se componía de varios caminos, recorrió algunos hasta que lo encontró: estaba de espaldas a ella, fumando un cigarro. Buttercup estaba nerviosa, como quien se acerca a un posible peligro, pero no sentía miedo.
—Si quieres algo, sólo dilo y luego vete. No quiero tener problemas con la bruja —su voz era rasposa y grave.
—Sólo quería darle las gracias por haberme cuidado.
Resopló dando una última bocanada a su cigarro, para luego botarlo al piso. Se levanta y la encara. Ahora ella tiene una imágen completa de esa oscura expresión en su rostro. Comparten el silencio hasta que él habla —Recuerdo haber estado justo aquí cuando te vi cayendo del cielo envuelta en una estela radiante. Aterrizaste en un arbusto de flores. ¿sabes qué fue lo primero que pensé al verte? pensé: "¡demonios! esta mocosa no me va a dejar terminar mi cigarrillo nocturno" —Buttercup soltó una risita, y Butch continuó —Luego te recogí, le avisé a Blossom y juntos te llevamos a la habitación de huéspedes. Todos dormían, por lo que no tuve más remedio que quedarme contigo, prometiendole a la bruja pelirroja que te cuidaría con mi propia vida, de ser necesario.
—Supongo que fui una pequeña carga para ti desde el principio —dice frotándose los brazos por el frío que comienza a sentir.
—No pienses mal, así soy yo con todos.
—¿Por qué? —pregunta con inocencia.
—Después de estar tantos años atrapado aquí, he comenzado a creer que la vida es un insignificante mal chiste.
—¿Mal chiste? este lugar es como un paraíso. No hay razón para que pienses así, ¿o sí la hay? —se siente insegura, expectante por una respuesta que calme sus incertidumbres, pero que probablemente no recibirá.
—Escucha —dice serio —Sólo porque todos tenemos alas y aureolas, no significa que seamos ángeles en una especie de pacífico plano espíritual. Aquí sufrimos, y tarde o temprano, al final moriremos.
La tensión aumenta, y no le gusta el tono al que cambió tan rápido esta conversación. Se siente incómoda. Su propia existencia podría ser sólo una mentira, un engaño. Sabe que puede marcharse a su habitación, pero continúa hablando para aparentar una actitud estoica.
—¿Acaso ya no estamos muertos? Ninguno de nosotros recuerda nada de sus orígenes.
—Es probable. Aunque si ese fuera el caso, entonces por qué... —se detiene cuando se da cuenta de que ya habló demasiado. Empezar una discusión con ella sólo traería más problemas.
—¿Qué ibas a decir? —insiste.
Butch la ignora y saca otro cigarro de la cajetilla que tiene guardada en uno de los bolsillos de su pantalón. Da unos pasos hacia Buttercup y le avienta la chaqueta que estaba usando —Ponte esto, mocosa, pareces una maraca temblando de frío.
—¡Mi nombre es Buttercup! —dice ofendida. Mira la chaqueta, resignandose a usarla porque el frío que siente en la piel vence a su orgullo.
—Ya vete a dormir, Buttercup, los niños no deben de estar despiertos tan tarde —Butch enciende su cigarro y vuelve a sentarse.
Está enojada. Quiere pelear con él, confrontarlo, pero elige tratar de tranquilizarse. Su forma de desafiarlo es desobedeciendo sus órdenes, justo como él lo hace con Blossom. Se queda quieta con los brazos cruzados, parada cerca suyo. Butch se centra en distraerse mirando al cielo. Ambos se quedan así por varios minutos, hasta que Buttercup, siendo ganada por la somnolencia, se sienta en el banco y cierra lentamente los ojos. Cuando él nota que ella está a punto de caerse dormida, la recoge, llevándola a su habitación y colocandola en la cama. Se asegura de que las sábanas la abriguen bien. Su expresión dura se suaviza al pensar que ella se ve tierna cuando está tan pasiva.
—Qué más da. Le prometí a la bruja que te protegería con mi propia vida de ser necesario, y así lo cumpliré, mocosa —Suspira cansado y se larga, permitiendo a la joven descansar en los brazos de Morfeo.
.
.
.
.
Notas del autor:
Haibane:un ser que se asemeja a un ángel.
