Capítulo 31
Secreto
Ayudo a mi abuela a acomodarse en el sofá, y yo me siento en un sillón al frente de ella. Enciendo la grabadora y aguardo a que se prepare para contarme su relato. No haría todo esto de no ser porque me subirán las notas de la materia de literatura. ¿En qué estaba pensando la maestra cuando nos ordenó hacer un trabajo sobre la vida de nuestros abuelos? Y eso que a mí me da tremenda pereza elaborar el esfuerzo más mínimo. Gracias al cielo papá tenía una grabadora guardada en el sótano. Así me ahorraré la tediosa tarea de agarrar un lápiz y buscar papel.
—Muy bien, abuela, cuéntame sobre esa guerra de la que nos comentaste la última vez —digo aburrido, arrastrando la palabras. Ella gruñe un poco, molesta porque no me la estoy tomando en serio.
—Eres tan terco y atrevido como lo era tu abuelo —exclama cruzándose de brazos—. —Como sea, empezaré por el principio: era el año 1945, yo en aquel tiempo vivía en Alemania, específicamente en Dresden. Fue horrible. Hubo una serie de bombardeos en la ciudad. Todo fue culpa de los aliados, ellos nos atacaron con sus aviones. muchas personas inocentes murieron. También hubo varias mujeres alemanas violadas por el ejército comunista y americano. Por suerte, yo no estuve entre las víctimas.
—¿Escapaste? Debió de ser bastante difícil para una mujer como tú salir de una situación tan peligrosa —me doy cuenta de que sus manos tiemblan. Eso no es nada fuera de lo común, la vejez hace más débil a la gente, pero la abuela nunca se caracterizó por ser débil—. —Abuela Buttercup —la llamo por su nombre para que me preste más atención—, ¿acaso alguien te rescató?
Sus manos dejan de temblar y me mira. Está por unos segundos en silencio hasta que vuelve a hablar —esto nunca se lo he comentado ni a tu padre ni a tus tías, pero cuando los aliados invadieron Dresden, un soldado nazi me ayudó a huir.
Estoy tan sorprendido que no noté que había abierto la boca. ¿Cuántos años nos ocultó un increíble secreto como ese? Mis nervios aumentan y me aventuro a seguir —Cuéntame más, por favor, quiero saberlo todo.
—Cuando los rusos invadieron la ciudad, entraron por la fuerza a las casas de las personas. Mataron a los hombres, a los ancianos, y luego deshonraron a las mujeres, no importaba si eran niñas o jovencitas. Luego las asesinaron, amontonando todos los cuerpos en plena vía pública. Yo traté de huir. Salí apresurada de mi casa e intenté correr hacia el bosque. Al principio no noté al grupo de soldados que me perseguía detrás. El corazón me palpitaba a una velocidad enfermiza, y la necesidad por sobrevivir controló mi mente. Por desgracia me tropecé con una piedra, y ellos llegaron hasta mí. Hubo forcejeó y me dieron un puñetazo en el rostro que me dejó casi inconsciente.
Apreté mis manos con furia, pensando en los vejámenes que pudieron causarle esos desgraciados a mi abuela. Me sentía indignado, impotente al oír aquel atrocidad. Sí, podía ser un nieto maleducado, pero yo de todas formas quería mucho a mi nana, y oir esto era algo difícil de procesar con tranquilidad. Entonces ella siguió:
—Cerré mis ojos a causa del dolor. De inmediato escuché el sonido de muchos disparos, parecían provenir de un rifle. Segundos después, sentí a varios cuerpos cayendo en la tierra. Hice un esfuerzo para abrir los párpados, entonces vi a un hombre mirandome. Jamás olvidé aquella mirada imponente, pero a la vez llena de dulzura al verme. El hombre me recogió entre sus brazos. Después de eso perdí el conocimiento, producto del golpe que esos brutos me propinaron. Cuando desperté, me di cuenta que estaba en una casa abandonada en medio del bosque. Tenía una chaqueta abrigando mi cuerpo. La reconocí al instante como parte del uniforme que usaban los soldados del Führer. Me sentí aliviada, dando gracias a Dios por al fin estar a salvo. El hombre que me rescató, volvía cargando algunas maderas, con las que supuse haría fuego para calentarnos. Por las ventanas rotas pude notar que ya estaba cayendo la noche. Ya habiendo vuelto a mis sentidos, observé más de cerca al soldado: era fuerte, con cicatrices en los brazos, probablemente causados por las batallas en las que participó. Sus ojos eran tan verdes como el mismo bosque en el que nos ocultabamos. Él me ignoró, centradose en hacer una pequeña fogata. Había un intenso silencio entre nosotros que comenzaba a incomodarme, así que me atreví a hablar. Le dije que le agradecía por salvar mi vida, y que mi lealtad siempre estaría con los suyos. A lo que él sólo asintió, volviendo luego a su labor. Daba la sensación de ser alguien hostil y reservado, pero eso no me impidió intuir que por dentro debía de ser muy simpático. Esa noche fue fría, y temblaba mucho. No supe en qué momento él se acercó a mí y me rodeó con sus brazos, dándome más calor. Yo me sentía protegida. Apoyé mi cabeza en su hombro, y el habló. Me explicó que tendríamos que quedarnos aquí por unos días, esperando hasta que los invasores se hubieran marchado y la ayuda viniera en camino. Yo dormí bien esa noche...fue la primera vez que dormí entre los brazos de un hombre —la abuela Buttercup suspiro melancólica. Luego me miró y volvió a fruncir el ceño, como era tan característico en ella. Sospeché que no le gustaba que descubrieran su parte más sensible, ya que siempre fue conocida por ser una mujer estoica.
Me crucé de brazos, encarandola con picardia y entrecerrando los ojos —Abuela, no me diga que usted andó de traviesa con ese hombre.
—Mocoso grosero, ¿¡acaso te atreves a compararme con una mujer vulgar!? —la vieja se estaba preparando para darme un golpe, y yo me reí a carcajadas tratando de calmarla y mantenerla tranquila en el sofá.
—Sólo estaba jugando, no se exalte tanto, nana —ella gruñó irritada y se masajeó la sien. Volví mi atención a la grabadora. Tenía que ponerme serio si quería lograr pasar la materia de literatura. —¿Y qué sucedió durante esos días de espera?, ¿ocurrió algo entre usted y el soldado?
—Pues...con el pasar de las horas, nuestra cercanía fue aumentando. Llegué a conocer más de él durante esa situación de peligro. Era bastante osado. Al parecer le gustaba jugar con mi temperamento. Por ejemplo, en el segundo día, me percaté de que su brazo izquierdo tenía un corte infectado —quizás producido por un cuchillo— que él no procuró curar. Yo le insistí en que me dejara ayudarle. Discutimos, y al final, a regañadientes dejó que le vendara el brazo con un pedazo de tela que arranqué de mi vestido. Ya en la noche, con un viejo cuenco que encontré por ahí, recogí agua de un arroyo cercano y le lavé la herida. Él sólo se dedicó en mirarme mientras lo hacía. Podía jurar que en su interior se reía de mí por ser tan testaruda. Al tercer día, las cosas cambiaron entre nosotros. Interactuabamos más. Él me detalló los horrores que presenció en la guerra, y yo serví como refugio para que se desahogara. Sus heridas físicas no se comparaban en nada a sus heridas mentales. En el último día no pude negar que me terminé enamorando de ese hombre. Pasamos la mañana juntos, y en la tarde me llevó al pueblo. Unos soldados alemanes nos recibieron y ni siquiera pude despedirme de él cuando se fue. Todo ocurrió rápido. Jamás supe nada más de su persona.
Mi nana frunció más el ceño y bajó la cabeza. Se frotaba las manos como si se estuviera reconfortando a sí misma. Oímos la puerta de la entrada abrirse. Era papá acompañado de una de mis tías. Ambos nos saludaron. Era curioso; contadas fueron las ocasiones en las que me percaté de lo distinta en aspecto que era nuestra familia. En ese mismo momento, algo en mi cabeza hizo que todos los cabos sueltos se relacionaran. Cobró sentido la repentina teoría de un hijo bastardo nacido fuera del matrimonio. Ahora me era más claro el hecho de que mi padre tuviera facciones muy diferentes a las de sus hermanas: ellas tenían ojos rojos con cabello pelirrojo, y mi padre cabello negro con ojos verde oscuros, tan oscuros que era difícil pensar que los había heredado de la abuela Buttercup. Dejé escapar una sonrisa que ella notó al instante, intuyendo lo que descifré de su historia.
—Por favor, no se lo digas a tu padre. Le costaría mucho afrontar la verdad —dice después de que papá y mi tía se van de la sala, con cuidado de no subir mucho el tono de voz para que sus hijos no la escuchen.
—¿Por qué te casaste con el abuelo Brick, si no lo amabas? —mi abuelo fue un hombre muy inteligente. Hace años que falleció, aunque aún sigue viva en mi memoria la imagen de su porte distinguido y su astucia digna de un zorro. Era sin duda una persona ejemplar.
—Luego de que huí del país, me establecí en Estados Unidos, específicamente en una ciudad llamada Saltadilla. Allí conocí a Brick. Me encariñé de él, y entonces me vi obligada a revelarle las causas de mi embarazo, porque no quería basar nuestra relación en mentiras. Pero no le importó que el niño no llevara su sangre, pues aseguró que de todas formas lo criaria como suyo. Y yo sí amé a tu abuelo, sin embargo no se comparara nunca al mismo tipo de amor que tuve con aquel soldado alemán.
—¿Cómo se llamaba ese hombre? —pregunté absorto por el misterio que envolvía a ese sujeto. Pensé que no me iba a contestar, pues su expresión era indecisa. Hasta que su mirada se dirigió a la ventana a su lado, y vio el cielo con nostalgia. Los rayos del sol hicieron que sus ojos se iluminaran con un verde lleno de vida:
—Jamás podría olvidar al primer hombre que se robó mi corazón...Su nombre era Butch.
Apago la grabadora. Más tarde eliminaré la conversación. No hace falta revelar algo tan delicado y preciado para la abuela. Siempre he sido flojo para escribir, así que me conformaré con decirle a la maestra que la tarea se la comió el perro.
.
.
.
.
Notas del autor:
Me basé en una investigación que hice sobre la segunda guerra mundial para crear este capítulo. Espero les haya gustado. Los comentarios se aprecian.
