Capítulo 32
Juramento
Llantos hicieron eco en el pasillo del hospital, anunciando el nacimiento de una nueva vida en este mundo. La criatura fue envuelta en una mantita de color azul que indicaba su sexo: era un varón de cabello negro y ojos tan verdes como dos esmeraldas. Su madre lo acunó entre sus brazos de manera protectora. Ella era conocida por ser una mujer muy frívola, pero al observar la carita de su hijo, se juró a sí misma dar su propia vida si fuera necesario con tal de mantenerlo a salvo y alejado de cualquier mal. Incluso si eso significaba distanciarlo de su propio padre: un peligroso criminal sin escrúpulos que terminó encerrado en una prisión de máxima seguridad. El hombre era consciente de la existencia del niño, y también que ella jamás le permitiría verlo. Sus razones eran justificadas, puesto que él sólo le había causado dolor en el tiempo que duró su relación amorosa. Era irónico que al final, después de tanto sufrimiento, la alegría viniera a su vida con el nacimiento de un bebé producto del extinto amor que tuvo con su ahora enemigo.
Transcurrieron tres meses desde que se convirtió en madre. Al principio fue difícil acostumbrarse a todo lo que conllevaba la crianza de un bebé, pero pasado un tiempo rodeada de pañales, mamelucos, y manchas de vómito en su ropa, logró superar los obstáculos y manejar la situación de forma más rigurosa. Realmente la maternidad nunca fue lo suyo, pero al tocar esas delicadas manitas, ver sus brillantes ojos y oír sus risitas contagiosas, algo en su pecho empezaba a cubrírla de una sensación cálida. Fue cuando supo que su amor por este bebé no conocía de límites ni queja alguna.
Ya era hora de su siesta. Lo arropó con cuidado y le dio un beso de buenas noches en la frente, a lo que el bebé reaccionó con una sonrisa cerrando sus ojitos al ser vencido por el sueño. Ella se quedó allí por unos segundos, vigilandolo. Se veía tranquilo, entonces aprovechó para repasar cada rasgo de su pequeña carita. Fue evidente para ella que él se parecía mucho a su padre. No dudaba que cuando creciera, aquel pequeño sería idéntico a él; con su caótico cabello negro y esos bestiales ojos verde bosque incapaces de ser domados. Claro qué, su hijo no sería un criminal, ella se encargaría de que su educación fuera correcta, y que en la adultez el pequeño se convirtiera en un superheroe siguiendo su legado y el de sus hermanas. Suspiró y apagó la lámpara, dejando que la luz de la luna iluminara todo el lugar desde la ventana que estaba junto a la cuna. Se dirigió en silencio hasta la puerta dándole la espalda a su hijo. Pronto oyó la ventana abrirse de golpe. Eso la alertó de inmediato y la hizo detenerse a medio camino. No movió ni un sólo músculo, hasta que se hizo presente en la habitación una voz maliciosa tan familiar.
—Mira nada más lo que tenemos aquí. Es igualito a mí, ¿cuándo me lo pensabas presentar, preciosa?
Era él.
Volteó para enfrentarlo —¿Qué demonios haces aquí?
—Vamos Buttercup, ¿qué clase de padre sería si no viniera a visitar a mi propio hijo? —tuvo el descaro de cargar al bebé entre sus brazos, teniendo cuidado de no rodearlo con las cadenas que colgaban de los grilletes aprisionando sus muñecas. El niño comenzó a llorar, lo cual hizo preocupar aún más a su madre. Si el hombre no soltaba a su hijo, entonces se aseguraría de desatar un infierno sobre él.
—¿Cómo escapaste de la prisión? —dijo notando los grilletes. Hace un año atrás lo condenaron a cadena perpetua. Días después de eso, ella se enteró que estaba embarazada. Jamás se dignó a visitarlo, pues se oponía al hecho de que la criatura tuviera siquiera una mínima cercanía con el sujeto. Lo analizó de arriba a abajo: sus brazos estaban llenos de cicatrices, y su vestimenta de prisionero estaba manchada de sangre con las mangas rasgadas. La impresión al verle sus ojos continuaba siendo la misma: eran demoníacos. Buttercup entendió que la situación se ponía peligrosa.
—Eso no importa ahora. ¿Cómo se llama? —dijo sin quitar la vista del niño.
—Te lo repito, ¿cómo diablos escapaste?
El rodó los ojos por la insistencia de la mujer —Para ser breves, formé una alianza con otros prisioneros e hicimos un plan para escapar. Por supuesto, antes de irme le di una dulce despedida a todos los guardias que resguardaban la prisión. —sonrió complacido, como un asesino que recordaba con cariño sus pecados —Fue algo que disfruté hasta el último momento.
Buttercup se puso en posición de ataque, levantando los puños lista para volar directamente hacia él.
—Jamás te saldrás con la tuya, Butch. Mis hermanas traerán refuerzos y volverás a pudrirte tras las rejas.
—Ten cuidado con esas palabras, podrías asustar al pequeño —amenazó acariciando con el pulgar la mejilla izquierda del niño.
—¿Qué es lo que quieres? —exclama furiosa.
—Creo recordar que tus hermanas encerraron a mis hermanos en prisiones de máxima seguridad iguales a la mía. El problema es que no sé dónde se encuentran exactamente —dijo pensativo —Dime las ubicaciones de ambos y te dejaré en paz. Tan simple como eso.
No era tonta. Si le revelaba las direcciones de las dos prisiones, sabía que estaría condenando a Saltadilla a la destrucción, y no sólo a su ciudad, sino también al mundo entero. Como superheroina tenía en sus manos proteger la vida de todos, pero como madre igualmente tenía el deber de proteger a su hijo. No iba a arriesgarse a perderlo.
—Te daré la información que necesitas, pero primero devuélveme a mi bebé.
Butch se burló de ella —¿Crees que caeré en ese truco viejo? No preciosa, me dirás las ubicaciones o nunca más volverás a ver a tu niño.
La opciones eran pocas. Buttercup se encontraba entre la espada y la pared. Pensó que discutir esto con el hombre era inútil, pues se negaría a aceptar otras condiciones. Así que procedió a lanzar un golpe directo en su rostro para que soltara a la criatura. Él bloqueó el ataque formando en su mano libre un escudo de energía verde. Ahora los dos estaban afuera del edificio flotando en el cielo. Ambos se mantuvieron firmes cruzando miradas de odio. Buttercup se culpaba a sí misma por haber confiado en Butch hace años atrás. Creía que había cambiado, pero sólo la engañó porque su verdadero propósito era encontrar la oportunidad indicada para matarla a ella y a sus hermanas.
Lanzó múltiples patadas a su enemigo y éste los esquivó todos con velocidad sobrehumana, seguido de un puñetazo dirigido al estómago de la mujer, esto le provocó escupir un chorro de sangre. Butch se estaba vengando de ella por quitarle la libertad y suprimir sus poderes por culpa de esos grilletes que construyó el profesor Utonium, hechos específicamente para él y sus hermanos. Por suerte durante su encierro encontró la forma de desactivarlos. Se negaba a admitir dentro de él que en algún momento del pasado se comenzó a enamorar de ella. Ahora todo lo que quedaba de esos sentimientos eran cenizas. Apretó el agarre que tenía sobre el bebé, y en su otra mano creó una enorme bola de energía.
—¡Esto es por toda la miseria que me haz hecho pasar encerrandome en ese lugar de mierda!
Buttercup no tuvo tiempo de huir cuando la bola fue lanzada directo a ella, haciéndola chocar contra un edificio. Podía sentir todos los escombros cayendo sobre su cuerpo. Los poderes de Butch mejoraron desde la última vez que luchó contra él. Y estaba segura que ese ataque le había roto algunos huesos. Reunió fuerzas para levantarse, aunque estaba algo mareada por el duro impacto.
Arriba en el cielo, Butch se reía como un maníaco. Verla en ese deplorable estado le divertía. El bebé seguía llorando y su padre le prestó atención. Se le vino una idea a la mente que pronto le hizo sonreír: el niño podía convertirse en un gran villano si lo entrenaba bien. Su hijo tenía sangre de luchadores corriendo por sus venas, era obvio que sería un prodigio.
—¡Butch! —gritó Buttercup con la voz ronca. Su brazo izquierdo estaba roto, su ropa lucia sucia llena de polvo, y le costaba respirar —¡Aún no hemos terminado, maldita alimaña!
Decidió cambiar su plan. Pelear contra ella le haría perder el tiempo, por mucho que deseara golpearla hasta la muerte. Debía cambiar su estrategia si quería lograr liberar a sus hermanos.
—Cambié de opinión, preciosa. Desde hoy el niño se quedará conmigo.
Buttercup apretó los dientes dominada por la rabia —Si tú te llevas a mi hijo, voy a...
—Corrección: nuestro hijo. No olvides que soy su padre. Tengo tanto derecho sobre él como lo tienes tú.
—¡Tus derechos se acabaron cuando me engañaste y trataste de matarnos a mí y a mis hermanas!
—Oh, en ese caso creo que tendré que llevarme a mi hijo por las malas —dicho esto, Butch lanzó un rayo de energía a Buttercup que al llegar a ella se convirtió en una burbuja verde en la que fue encerrada. Ella la golpeó varias veces para destruirla, pero sus intentos fueron imposibles.
—Cuando reúnas el coraje suficiente para revelarme la dirección de ambas prisiones, el pequeño y yo te estaremos esperando —voló dejando tras de sí una estela verde oscuro. Lo último que se pudo escuchar antes de desaparecer, fueron los gritos y llantos del bebé llamando desesperadamente a su madre.
Buttercup lloraba mientras seguía golpeando la burbuja, como una bestia impulsada sólo por la ira, hasta quebrarla por completo. Al ver el cielo oscuro sin ningún rastro de Butch o su bebé, cayó de rodillas, no sólo humillada y exhausta, sino también decepcionada de sí misma por no haber cumplido su juramento: siempre proteger a su hijo de todo y todos...
Incluso de su propio padre.
