Hola buenas gente, hace poco nos vimos, qué cosas, esta es otra historia que hice porque endrogarme con fics para los panas es mi pasión. Igual USUK, aunque temo que la línea entre el OoC y la libertad de moldear sus personalidades sea algo confusa esta vez, pido perdón si dejan de sonar realistas en algún momento, pero la historia me pedía que fueran así.

A ver... Siento que debería poner advertencias, pero si lo hago cuenta como spoiler, así que mejor solo digo: Temas sensibles, mención de medicación, homofobia, traumas del pasado... Y muerte de personaje xdn't

Smi, chaparrito (aunque eres más alto que yo), esta historia es para ti. Gracias por dejarme compartirla con los demás. Espero les guste.


–Vamos Peter… Tienes que vestirte como el caballero que ya eres –Decía un hombre aún de apariencia joven para su hijo, tratando de ponerle la pajarita al cuello, aunque el niño seguía con el primer botón de la camisa abierto.

Otro hombre, un poco más joven, aunque más alto, entró por el vano de la puerta sonriendo y con amplias carcajadas, apurado para tomar a su pequeño por debajo de los brazos y liberarlo de los intentos de su esposo de dejarlo tan impecable como en las anticuadas pinturas que adornarían las paredes de su hogar si él no se hubiera interpuesto, después de hacerlo girar en el aire un par de veces aprovechando su ligereza y tamaño.

–Arthur no exageres, es solo una salida por su cumpleaños, no vamos a conocer al presidente –Le dijo poniendo a su hijo nuevamente en el suelo y dándole un par de palmaditas en la espalda, seña que usaba con el menor para indicarle que debía salir del cuarto y hacer perder a sus padres tanto tiempo como fuera necesario para que se resignara a ir sin esa horrorosa prenda que se le ataba al cuello.

–Mira lo que has hecho –Le dijo mientras se incorporaba y lo encaraba con el ceño fruncido, aunque con una apariencia que le resultaba cuando menos divertida a su esposo al ver curvarse esas cejas tal vez demasiado grandes–. Seguro irá a meterse entre las cobijas y va a arrugarse toda la camisa si no lo detengo antes.

–No digas tonterías, deja que se vista como un niño normal en su cumpleaños, solo vamos al cine el fin de semana como una familia normal, Arthur… –Alfred se acercó hasta él, con una mano lo sujetó de la cadera y con otra lo levantó del mentón, juntando sus labios en un beso sin previo aviso, intenso y ligeramente demandante en un intento de hacer que se olvidara del tema, aunque parecía que no tendría éxito.

–No hagas eso idiota, ¿Qué tal si vuelve en cualquier momento? –Le preguntó Arthur con nerviosismo después de haberlo empujado sin mucha fuerza, alejándose un par de pasos con las mejillas rojas y un enojo bastante mal fingido a ojos de Alfred, preocupado de que su hijo los viera con un beso de ese tipo, que lo viera rendirse a los encantos de su esposo si le daba la oportunidad.

–Creí que había ido a meterse entre las cobijas hasta dejarse la camisa con tantos dobleces que ni siquiera un maestro del origami podría igualar –Dijo con tono divertido mientras volvía a acortar la distancia, abrazándolo por la espalda y dejando pequeños besos ente la línea de nacimiento del cabello y el cuello de la camisa–. Te ayudaré a vestirlo si vamos a dejarlo con tu hermano y tenemos el día solo para nosotros…

–¿Con Scott en su cumpleaños? Ni loco, prefiero que salga con ese estúpido piyama de superhéroe que le compraste para navidad –Refutó molesto Arthur, volviéndose a alejar y cruzándose de brazos, indignado con semejante propuesta.

–Estaba pensando en Wallace –Admitió mientras se rascaba la cabeza con cierto nerviosismo antes de fruncir el ceño y llevarse ambas manos a la cadera cuando se dio cuenta del insulto que le había hecho al menospreciar ese disfraz–. Y deberías ser más agradecido de que le compré algo, seguirías vistiéndolo con esa ropa de algodón que coses desde que nació.

Si Alfred tenía que elegir entre todos los hermanos de su esposo para molestarlos con algo como "cuidar" a su hijo un rato definitivamente sería quien le diera menos problemas, como el menor antes de Arthur: Wallace. El mencionado Scott no le agradaba en lo absoluto, pese a su apariencia intimidante no era una mala persona, solo demasiado entrometido con lo que hacía o no con Arthur, con sus decisiones de cómo sobrellevar el asunto de Peter…

–No pienso discutir otra vez el tema de la ropa solo para que le des tiempo de cambiarse –Dijo Arthur, cansado de ese tema, miró el reloj en la pared y suspiró antes de encaminarse a la puerta del cuarto para salir y buscar a su hijo–. Mira la hora, se nos va a hacer tarde, ¡Peter, más te vale que no se haya arrugado la camisa!

Alfred suspiró, parecía que ese no sería su día de suerte, se dejó caer en el sillón de tres plazas de la sala antes de abrir otro botón en su camisa y arremangarse las mangas arriba de los codos, él tampoco había podido librarse de usar una camisa, y aunque preferiría mil veces usar sus camisetas estampadas al menos agradecía que le hubiera dejado llevar mezclilla en lugar de un pantalón recto. Al menos Arthur parecía feliz, se había vuelto experto en disimular el sabor de las pastillas con el desayuno ante su reticencia de tomarlas.

Minutos después y no sin ajetreo de parte de Arthur este volvió con su hijo tomado de la mano, con el primer botón de una camisa de colores suelto y sin aquella horrorosa pajarita azul oscuro. Al parecer había cambiado de opinión, Alfred sonrió pensando que había sido por su influencia, aunque pronto le hizo saber que no era así.

–Ya es demasiado tarde para volver a planchar una camisa, solo por esta vez dejaré que vaya informal en su cumpleaños.

Alfred sonrió sin estar convencido el todo, pero aun así se puso de pie, tomó las últimas cosas que hacían falta antes de salir y, tras mirar de reojo a su esposo e hijo arreglar los últimos detalles finalmente salieron. Habían anunciado que sería un día soleado hasta media tarde, era fresco y tan luminoso que casi parecía hecho con efectos especiales, el día perfecto para salir con familia a algún parque o al cine, como sería su caso, especialmente si había pasado tanto tiempo desde la última vez que irían todos juntos…

El viaje en auto fue tranquilo escuchando alguno de los grupos favoritos del menor, aunque seguían siendo algo demasiado infantiles, al acercarse un poco más a la zona comercial el tráfico comenzó a aumentar, aunque tampoco fue algo que les arruinara la experiencia, Arthur comenzó a jugar con Peter a ubicar autos de colores, Alfred le susurraba a su hijo para darle ventaja, aunque de forma tan obvia que resultaba divertido para todos al cabo de un rato.

Cuando llegaron al centro comercial Alfred encontró un lugar disponible no demasiado lejos, mientras revisaba los horarios de las funciones Arthur bajó del auto y ayudó a su hijo a quitarse el cinturón de seguridad en los asientos traseros, ya era un niño grande con 9 años, pero aun así no podía evitar verlo como su pequeño. Lo sacó del auto con cuidado y cerró la puerta cuando ambos estuvieron fuera, lo tomó con cariño de la mano y le hizo una caricia en la mejilla, era tan suave como el terciopelo y lo miraba con esos ojos tan azules como los de su padre que parecían tan brillantes como canicas, Peter le devolvió una sonrisa perpetua en su rostro, estaba feliz, y eso hacía inmensamente feliz a Arthur también.

–Ya está todo listo, la película comenzará en 15 minutos, suficiente para comprar algo que comer mientras la vemos –Dijo Alfred bajando del auto y cerrándolo con un solo toque en la llave, tomando a Arthur de la mano opuesta a la que sujetaba a Peter y comenzando a llevarlos a ambos a la entrada.

–No vamos a meter comida de afuera en el cine, está contra las reglas –Le dijo, aunque sabía perfectamente que sí Peter era seducido por la idea de su padre, de palomitas acarameladas, gomitas y alguna gaseosa que le gustara más y fuera más económica que las que vendían en el cine serían dos contra uno, y entonces ya no podría convencerlos de hacer lo correcto.

–Oh, no lo había pensado, pero es su cumpleaños, tal vez podríamos meter una o dos rebanadas de pastel en ese chaleco tan feo que llevas puesto, ¡Que listo eres Arthur!

Arthur estuvo tentado a llevarse la mano al rostro en un gesto exasperado, pero tenía ambas manos ocupadas así que se limitó a suspirar y tratar de no hacer corajes en el cumpleaños de su hijo, solo por esa vez dejaría pasar que llamaran feo su chaleco, era de un estilo vintage, que fuera un americano acostumbrado al consumo rápido y que no supiera ver la belleza de las cosas antiguas era solo su problema.

Pasaron al supermercado y compraron apenas cosas mucho menos notorias que el pastel color azul brillante con barquitos de betún que Alfred insistía Peter amaría, pidieron tres asientos en la parte central y entraron justo a tiempo antes de que empezara después de que le decomisaran la mitad de los dulces a Alfred, al menos los que Arthur guardaba fueron ignorados y pudieron comerlos en lo que duró la película elegida, de carácter familiar y cómica por elección de Peter, aunque muy en el fondo ni Arthur ni Alfred la disfrutaron del todo.

Ambos extrañaban sus salidas de fin de semana de juventud, aquellas donde escapaban con el auto del padre de Alfred e iban al otro lado de la ciudad con tal de sentirse como los jóvenes rebeldes que eran, de romper reglas y salir corriendo antes de ser atrapados, donde veían películas románticas abrazados al otro o con un contenido no apto para menores en demasiados sentidos.

Extrañaban sentir el aire revolverles el cabello por la emoción de la velocidad a la que iban, o la adrenalina de hacer algo indebido, o aquellas mariposas en el estómago, pero las cosas cambiaban, esos días habían quedado atrás en algún momento, antes de que Alfred pasara las horas en el trabajo y Arthur se quedara en la casa, priorizando una educación particular para Peter. Había tantas cosas que habían preparado para ese día que tenían una enorme presión para que fuera bien, pero todo fuera por hacer algo en familia, por ver esa sonrisa en el rostro de su hijo.

Aun así, eso no impidió que se tomaran de las manos en medio de la sala oscura, que se robaran un beso y que se susurraran cosas sugerentes que les gustaría hacer cuando ya fuera hora de dormir mientras le cubrían los oídos a su hijo, esos recuerdos de deberes y obligaciones no impidieron que Arthur se sintiera un poco más vivo, más alegre que en tal vez demasiado tiempo.

–¡Muy bien, hora de comer! –Declaró Alfred mientras se estiraba la espalda cuando salieron del cine, aunque se detuvo bruscamente cuando sintió las costuras de la camisa a punto de abrirse por la tensión–. Vamos a casa, podemos comprar algo en el camino.

–¿Tan pronto? –Preguntó un poco incrédulo Arthur– Solo nos sentamos en la oscuridad a ver una película, podríamos aprovechar para hacer las compras, para comer aquí mismo en algún restaurante…

Alfred se mordió los labios, le gustaba la idea de que Arthur estuviera emocionado por volver a salir, le encantaba ver cómo a pesar del tiempo recluido en casa no le era difícil interactuar cuando era necesario, pero ir a lugares con más gente era un tema totalmente diferente, era peligroso…

–Puedo comprar la despensa después… No creo sea tan buena idea comer afuera, si tienes antojo de algo lo compramos y vamos a casa, recuerda que es la primera vez después de un tiempo, no creo que…

Esa vez fue turno de Arthur para besar a su esposo, aunque cubriendo los ojos de Peter antes de hacerlo, era un poco vergonzoso tomar la iniciativa en ese tipo de cosas, pero creía saber los miedos de Alfred, necesitaba tranquilizarlo, necesitaba hacerle saber que todo estaría bien mientras ellos estuvieran tranquilos.

–Está bien Al –Lo llamó con cariño mientras le daba una rápida caricia en el rostro con aquella mano que tenía una larga cicatriz atravesándola–, podemos comer afuera como cualquier otra familia, no dejes que lo que digan los demás te afecte… Recuerda que por familias como nosotros hay más aceptación en el mundo; así que no temas, o pondrás nervioso a Peter también.

Arthur comenzó a caminar a la zona de restaurantes con Peter de la mano, Alfred se quedó atrás unos cuantos metros antes de comenzar a seguirlo con la cabeza ligeramente baja, aceptando quedar como un inseguro por esa vez si eso le daba tranquilidad a su esposo, pero no tenía un buen presentimiento, algo malo iba a pasar, algo que arruinaría todo el día y que no sabría cómo afrontar para que Arthur no saliera de su juego de la casita.

Entraron a un restaurante un poco más formal de lo que a Alfred le gustaría, había muchos meseros yendo y viniendo, pero al menos la gente que solía asistir a esos lugares se metía menos en los asuntos ajenos, pidió que los sentaran en una de las mesas de las esquinas, lo más lejos posible de la entrada o lugares de paso, aunque fue a espaldas de Arthur, no quería preocuparlo con algo que podía arreglar con unos cuantos dólares de más.

–Mesa para dos, ¿Cierto? –Preguntó el mesero mientras los dirigía a la mesa que Alfred había pedido.

–Para tres, nuestro pequeño ya es todo un niño grande –Respondió Arthur mientras le removía los cabellos tan rubios como si fueran el polen de las flores del centro de mesa, Peter hizo un movimiento afirmativo mientras su padre lo sujetaba aun de la cabeza delicadamente.

Alfred tomó al mesero por el hombro y le extendió 10 dólares por lo bajo junto con una mirada de súplica, implorante de algo de condescendencia de su parte. Este los tomó tras dar un vistazo alrededor y confirmar que nadie los veía, entonces volvió a sonreír tan amplio como su trabajo le pedía.

–Para tres, les dejaré la carta, llámenme cuando tengan su orden lista.

Los tres tomaron asiento, aunque Arthur batalló para dejar a Peter bien sentado, ya era un niño grande, pero apenas alcanzaba a mirar por encima del borde de la mesa, Alfred los solucionó doblando el chaleco de Arthur lo más que se podía para hacerle de banquillo, no fue una solución demasiado duradera, pero cumplía con su objetivo.

–De verdad creo que deberíamos volver a casa –Dijo una vez más, aunque Arthur ya había tomado la carta y le señalaba a Peter los diferentes platillos que podía elegir.

–Nosotros ya elegimos, pero si no te sientes cómodo podemos hacer la compra para no salir en otro momento, o puedes ir al auto y descansar un poco si te sientes mal en lo que nosotros pagamos, estaremos bi…

–¡No! Está bien, de verdad quiero estar con ustedes, es solo que…

Arthur permaneció atento a lo que iba a decir, ya tenían años casados pero Alfred seguía preocupado por cosas así, claro, él había tenido más problemas con sus familiares al momento de salir del closet, pero esas inseguridades no podían durar para siempre, especialmente si no los dejaba siquiera salir a comer. Lo tomó de la mano y dejó un beso sobre su alianza, lo miró con todo el cariño del que era capaz y trató de darle valor, ellos estaban bien, solo debía creer un poco más en ello.

–Todo estará bien, no olvides quién te defendía cuando estabas en problemas en la universidad –Le dijo mientras flexionaba el brazo y remarcaba unos músculos que habían desaparecido con los años, recordar esas épocas donde era todo un rebelde le apenaba a morir, pero al menos fue suficiente para que Alfred riera y se olvidara de sus preocupaciones.

–¿Qué pidieron? Quiero probar algo diferente para ver si podemos copiar la receta sin que quemes la cocina.

Las risas comenzaron a aflorar de aquella mesa en la esquina del restaurante después de que llegaron con su orden, se había preocupado demasiado, no solo no había pasado algo malo durante la comida sino todo lo contrario, se habían sentido como si tuvieran diez años menos, entre risas y bromas, planes emocionados para el siguiente fin de semana, alguna que otra indirecta que hacía sonrojar a Arthur y enternecía a Alfred por esas reacciones demasiado honestas.

–Te ves igual de encantador que el día que nos casamos… –Dijo Alfred después de ver el valor de la cuenta y ante de preguntarle al mesero si tenían terminal para tarjetas de crédito, ante lo cual asintió, aunque le indicó que solo era en cajas.

–¿Antes no me veía encantador? Menuda revelación me estoy llevando –Preguntó Arthur con la ceja arqueada, curioso, aunque fingiendo un enojo demasiado obvio que terminó en risas, de buen humor por haberse dado la libertad de beber un par de copas de licor.

–Antes eras todo un delincuente, era mi deber llevarte por el buen camino, pero parece que te lo tomaste demasiado enserio después de casarnos –Rio suavemente mientras se levantaba para ir a pagar, recordando con especial cariño aquellos días donde todo era felicidad, la prisa que había tenido Artur por volver a teñirse de rubio y no aparecer con puntas verdes en el cabello, o aretes y perforaciones en la ceja para las fotos de su boda.

–No digas mentiras, Peter, tienes prohibido creerle a tu padre –Le dijo al menor con las mejillas rojas y un tono de nervios acusatorios, avergonzado de esos días donde era demasiado estúpido por creer que se veía cool.

Tomó a Peter de la mano para llamar su atención y pedirle que se levantara, el pequeño sonrió alegre, aunque se veía menos animado que antes, Arthur lo atribuyó al sueño después de comer, así que sin mayor reparo le pidió que lo abrazara para llevarlo en brazos y dejarlo descansar un rato, habían sido buenos días siendo una pareja joven, pero ahora tenían a un pequeño caballero que educar, aunque sin importar cuántos años pasaran siempre sería su niño.

La sonrisa en el rostro de Alfred se congeló mientras los veía interactuar, había vuelto a sentirse feliz con su esposo después de tanto tiempo, pero se había esfumado como si fuera una ilusión por culpa de Peter, se mordió la lengua y viró sobre sus talones, incapaz de soportar la imagen más tiempo.

–Vamos, ya es hora de volver a casa… –Y dicho eso se dirigió a las cajas para pagar por dos comidas completas y una para llevar.

Arthur lo siguió de cerca sin haber notado el cambio en su esposo, entretenido en deshacer los nudos que se habían formado en el cabello de su hijo, tratando de mantenerlo fácil de peinar, agradeciendo que hubiera sido dócil como el de su padre y no como el propio. Cambió el brazo de apoyo en el que estaba Peter y tomó la mano de Alfred para que quitara ese ceño fruncido tan impropio de él, este lo instó a volver a sujetar a Peter debidamente, lo tomó de la cintura para tenerlo cerca, sin descuidar a su hijo.

Alfred realizó el pago y le dio una propina bastante amable al mesero que los había atendido, le sonrió triste, aunque agradecido por no haber arruinado la comida, este estuvo tentado a preguntarle si su acompañante estaba realmente bien, pero solo agradeció la propina y comenzó a preparar la comida para llevar que habían pedido cuando Peter no terminó su parte. No era de su incumbencia lo que hacía o no la gente después de todo.

Sin embargo, había personas que parecían no entender eso.

–Hacen bien en irse, gente como ustedes no deberían de estar en lugares así –Dijo una mujer de casi su misma edad quien pasó a su lado, empujando a Arthur en el momento.

–¿Disculpe? ¿Tiene algún problema? –Le preguntó el inglés, recomponiéndose del empujón y girándose para encararla mientras sujetaba con más fuerza a su hijo, deseando que fuera solo un malentendido.

Alfred soltó a Arthur de su agarre y cerró los ojos, no era posible que el mal presentimiento fuera justo en ese momento, solo faltaba uno o dos minutos antes de que les regresaran la comida empaquetada y pudieran irse, quiso tomarlo del brazo y pedirle que la ignoraran, pero esta se había adelantado.

–No lo disculpo, y sí, tengo un problema. No quiero que mis hijos vean a un par de desviados en el mismo lugar donde vamos a comer, quién sabe si limpian bien las mesas para que no se les pegue lo maricón. –Dijo mientras alejaba a un par de niños detrás de ella, reafirmando su intención de que no se acercarán a sus hijos.

Alfred pidió que le regresaran su tarjeta para irse del lugar, ya no le importaba la comida, solo quería irse de inmediato, no era el primer ataque que recibían y apostaba a que no sería el último, pero estaba Peter con ellos, y ese era un tema que debía evitar a toda costa.

–Señora, con todo respeto nosotros no le hemos hecho algo, solo vinimos a comer con nuestro hijo, le agradecería que no haga una escena solo por sus prejuicios –Le respondió Arthur lo más calmado que podía, temía por una situación así, no quería que Alfred se preocupara, y mucho menos quería alertar a Peter.

Sin embargo, logró el efecto contrario en Alfred casi de manera instantánea, se tensó cada músculo de su cuerpo, en ese momento solo pensó en tomar a Artur y sacarlo a rastras antes de que las cosas fueran a peor, ya cancelaría su tarjeta cuando estuvieran en casa, lo único que le importaba era salir de ahí, evitar un problema y la crisis que esa pelea desencadenaría si iba por el rumbo de la familia más que por el de su orientación sexual. No quería volver a ver a Arthur llorar, no quería volver a ir con el psiquiatra por medicinas, mentir para que estas terminaran en la basura comenzaba a ser demasiado costoso.

La mujer empezó a reír cruelmente, logrando solo que Arthur estuviera progresivamente más molesto, de ser otro día lo habría dejado pasar, pero era el cumpleaños de su hijo, no iba a quedarse de brazos cruzados en un ataque de homofobia.

–Muy bien, muy bien –Dijo mientras se recomponía de la risa y los miraba con un aire de superioridad–. Parece que ustedes son los únicos que entendieron que los gays no deben de criar niños, aunque háganlo donde nadie los vea, es desagradable ver a un par de pervertidos fingir ser una buena familia…

Alfred estaba molesto, pero solo podía maldecir al personal por no entregarle su tarjeta y poder irse. Arthur estaba al punto donde le hervía la sangre de la cólera, estrechó con mayor fuerza a Peter entre sus brazos, no podía romperle la nariz con niños presentes, pero que los llamaran una farsa le molestaba más que ser llamado un pervertido.

–Go to fucking hell, you bitch… –Le dijo entre dientes, aunque lo suficiente alto para que lo escuchara, miró a Alfred en el momento justo donde le devolvían su tarjeta y le dio un beso largo e intenso para cerrarle la boca, aun si tenían que irse con la seguridad del centro comercial por causar disturbio no le importaría, porque sabía que no era quien estaba mal.

–¡¿Cómo se atreven a hacer sus asquerosidades enfrente de mis hijos?! –Le preguntó iracunda entre gritos, llamando la atención de aquellos que estaban dentro del local y de aquellos que pasaban por el exterior–. Deberían arrestarlos.

–Genial, tener sexo en la cárcel es nuestra fantasía, por favor no mal eduque a nuestro hijo si tiene que cuidarlo hasta que terminemos –Le respondió en tono sarcástico y con una sonrisa de lado, feliz por haberla hecho rabiar y saber que si alguien estaba grabando la escena ellos tendrían todas las de ganar. Aunque Alfred lo riñera más tarde por esa actitud déspota y altanera.

La mujer movida por el enojo tomó a Peter por el brazo con fuerza, Arthur se tensó al instante, pero no fue capaz de sujetarlo con mayor fuerza a tiempo, la mujer lo levantó y lo empujó con violencia contra el suelo, abriendo su camisa por el movimiento brusco y lastimándolo, sus hijos comenzaron a llorar, pidiéndole que se detuviera, Alfred se apresuró a tomar a Peter del suelo con todo el cuidado que era posible y se lo tendió a un Artur que miraba todo con ojos exorbitados, a punto de saltarle encima sin importarle que de verdad terminara en la cárcel por agresión.

–¡Váyase al diablo, es usted quien no merece cuidar de niños! ¡Ojalá termine en la red y Servicios Sociales se los quite! ¡Bitch! –Le gritó Alfred al borde de perder el control, preocupado por Arthur y su reacción con Peter, sin esperar ni un solo segundo lo tomó de la cintura y comenzó a empujarlo hacia la salida, sin recriminarle por hacer uso de todo su vocabulario de insultos y maldiciones, mientras acunaba con desesperación a su hijo contra su pecho.

Cuando llegaron al estacionamiento el enojo se había convertido en preocupación con su pequeño, si solo fuera la ropa rota no estaría en ese estado con los nervios de punta, le había lastimado el brazo y estaba realmente grave, necesitaban llevarlo a un hospital de urgencia, los gritos de su hijo le perforaban en la cabeza con una fuerza que sentía que el mundo se acababa, que le ahogaba la prisa y la necesidad de hacer algo de inmediato.

–¿Dónde está el hospital más cercano? Hay que llevarlo, Alfred pronto… Creo le rompió el brazo –Le dijo mientras acomodaba con el cuidado del mundo entero a su pequeño en los asientos traseros, procurando no agravar aun más la herida, aunque con prisa para salir ni bien le hubiera puesto el cinturón de seguridad.

–¡Cálmate, Arthur! Por favor –Le dijo Alfred deteniéndolo cuando hubo cerrado la puerta trasera del auto.

–¡No me pidas que me calme! Nuestro hijo está herido de gravedad, ¿es que no oyes los gritos?, muévete, si tu no vas a preocuparte por él yo mismo lo llevaré –Lo empujó presa de los nervios, de la ansiedad, tenía el corazón latiendo con tanta prisa que si se detenía como su esposo le pedía este se saldría de su pecho para seguir con su carrera.

–Muy bien, muy bien, yo conduciré. No tienes que ponerte en mi contra como si fuera el enemigo –Le dijo mientras volvía a acercarse hasta él, abriendo la puerta del copiloto y haciéndolo pasar antes de cerrar, y darle la vuelta al auto para entrar del lado del conductor, se daría prisa aun si nadie más que ellos hablaba.

Arthur se había girado para tranquilizar a su pequeño, se veía tan mal, sufría tanto porque no pudo hacer algo para defenderlo, había sido su culpa, aquel dolor que sentía en propia piel era el peor de todos los que un padre podía sufrir: ver el pesar de su hijo y no poder hacer más que mirar impotente.

–¡¿Por qué no has arrancado el auto todavía?! –Le gritó cuando ya estuvo sentado en el lado del piloto, extendiéndose para buscar algo en la guantera.

–No me grites, Arthur. Tómate esto antes que nada… –Le dijo conteniéndose de alzarle la voz y mientras le tendía tres pastillas diferentes–. Si tu no te calmas antes que nada vamos a tener otro accidente, así que no vayas a ponerme peros. Tómatelo, yo me hago cargo de esto.

Arthur estuvo tentado a alejar las pastillas de un manotazo, entendía que estar alterado ponía nervioso al niño, pero no podía darle calmantes a él cuando su hijo estaba gritando de dolor, frunció el entrecejo y levantó el rostro para encararlo, pero antes de poder terminar la primer palabra Alfred alcanzó su límite y le alzó la voz.

–¡Por favor tómatelos! ¡Tiene más de un año que le miento al psiquiatra para que te las siga recetando por si esto llegaba a pasar! Solo cierra la boca por esta vez y tómatelas. Solo por esta vez escucha lo que te digo y… Por favor, Arthur… Solo tómalas…

Arthur se había quedado mudo por aquellos gritos y esas declaraciones que no tenían sentido alguno, pero no dijo nada al respecto, las tragó sin agua, si tanto le importaba a Alfred que lo hiciera así lo haría, era por su pequeño y por llevarlo al hospital más cercano, aunque cuando el peligro hubiera pasado le recriminaría por haberle hablado de esa forma.

Alfred suspiró cuando la última pastilla pasó por la garganta de su esposo, lo que menos había querido era gritarle, hacerlo poner esa expresión tan decepcionada y molesta por él, pero todo estaría bien, solo era cuestión de tiempo hasta que surtieran efecto.

Comenzó a conducir con prisa las primeras calles por ordenes de Arthur, aunque cuando comenzó a notarlo cada vez más aletargado comenzó a bajar la velocidad, cuando se apoyó contra el cristal de la ventana con la mirada perdida supo que la primer pastilla ya había hecho efecto, un calmante que había podido comprar solamente gracias a una receta médica por lo fuerte que podía ser, comenzó a conducir con calma, tomando un camino diferente al que llevaba al hospital.

De cuando en cuando alternaba la vista entre la calle y su esposo, se veía desorientado, aunque demasiado cansado para reaccionar con la violencia que tuvo en el centro comercial.

–Arthur… ¿Cuál es nuestro apellido? –Le preguntó cuando hubieron pasado al menos 15 minutos en silencio desde su último comentario, comprobando su estado, valorando si ese era el día de decirle la verdad.

–Jones… –Respondió con voz monótona.

–¿A qué edad nos casamos?

–Tu tenías 20… Y yo 23…

–¿Cómo se llama nuestro hijo? –Le preguntó después de tragar con fuerza, mirándolo más que a la calle para estar atento a su respuesta.

–Peter Jones-Kirkland… –Arthur respondió al igual que las preguntas anteriores, demasiado perdido en sus pensamientos o en alguna partícula de polvo suspendida en el aire, aunque Alfred no notó cómo sus pupilas se dilataban y su respiración comenzaba a ser un poco más agitada.

–¿Qué año en la escuela cursa? –Era la primer pregunta seria, si la segunda pastilla ya había comenzado a surtir efecto la respuesta sería…

–Él no va a la escuela, yo le enseño en casa…

Alfred volvió la mirada al frente, no, aun no hacía efecto. Se mantuvo en silencio los siguientes 15 minutos mientras seguía conduciendo por diferentes calles, dudando entre decirle la verdad o volver a casa y fingir que ese día no había ocurrido, el aire frio del exterior había chocado con el aire cálido del que venían, se arremolinó en las nubes y condensó el agua en su interior, comenzó a llover, aunque apenas eran gotas pequeñas y esporádicas.

–¿En qué año de la escuela va nuestro hijo? –Volvió a preguntarle mientras encendía las luces bajas del auto, aun había bastante visibilidad, pero sus propios traumas le instaron a tomar aquella medida de precaución.

–Aun está en la primaria… Debería estar por entrar a segundo grado…

Alfred torció la boca, sí, esa era la respuesta correcta después de media hora, aunque también estaba equivocado. Hizo un esfuerzo titánico por no girar la vista a los asientos traseros, trataba de controlar su respiración para no perder la calma y tener un accidente, no podía mirarlo o se obligaría a frenar en seco para controlar el llanto.

–¿Sabes conducir un auto? –Volvió a preguntarle recomponiéndose de una oleada de sentir, aunque la voz le salió cortada sin poder evitarlo.

–Sí…

–¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste?

–Hace dos años…

Abrió y cerró la boca varias veces, debía hacerlo, debía armarse de valor y preguntarle, o si no sería igual a todas esas veces que lo había intentado antes. Debía hacerlo, debía preguntarle, pero cuando tuvo que detenerse en un semáforo en rojo y pudo mirarlo sintió el corazón encogérsele en el pecho, los brazos de su esposo parecían buscar algo de forma ansiosa, nerviosa, su expresión se veía preocupada, como si toda la vida se le fueran en encontrar aquello que buscaba. Se mordió el labio casi hasta abrirlo, quería girarse a los asientos traseros y calmar aquella necesidad de Arthur, pero las palabras del maldito de Scott volvieron de la forma más indeseable.

"Si lo dejas seguir de esa manera le crearás dependencia, crees que le haces bien pero solo harás más grande la herida cuando sea momento de decirle."

Que inoportuno, o que buen recordatorio era, según se viera.

Continuaron con el camino cuando el semáforo finalmente cambió, al final no había girado la vista hacia los asientos traseros, y se había decidido a no hacerlo hasta que fuera el momento adecuado.

Siguieron avanzando durante otro buen lapso, que se hubiera prometido no ver hacia atrás no quería decir que no pudiera prestarle atención a su esposo en el asiento del copiloto. Le dolía verlo de esa manera, con sus preciosos ojos verdes oscurecidos por los calmantes y respondiendo como un autómata a las preguntas que le hacía, le acarició la pierna con la mano más cercana, sintiendo un par de cicatrices a través de la tela, no estaba seguro de cuánto podía percibir en ese estado o cómo lo interpretaba, pero aun si era con una caricia, llamando su nombre, con algo que pudiera hacer, quería hacerle saber que no estaba solo.

Cuando estuvieron cerca Alfred detuvo el auto a un lado de la calle, no había muchos autos por la zona, ni siquiera muchas personas por la lluvia que prometía aumentar en cuestión de segundos, pero aquel puesto sobresalía por sus colores, serían un buen regalo, aunque seguro habría preferido ir a algún lugar a divertirse o comer afuera, pero un regalo como tantos otros que le había llevado en secreto y su otro padre eran lo mejor que podía ofrecerle.

Alfred compró un ramo de rosas adornado con pequeñas margaritas y alguna que otra planta cuyo nombre desconocía, pero daban un agradable color verde, volvió a su auto tratando de cruzar pronto para no mojarse demasiado, al menos no era demasiado grande para que necesitara las dos manos para cargarlo. Tomó asiento y le tendió el ramo a Arthur, este lo tomó con cuidado, metió el rostro lentamente entre las flores e inhaló lentamente, dejándose llevar apenas el tiempo que duró un parpadeo hacia su natal Inglaterra, en el jardín que tenían sus padres, donde jugaba con sus hermanos cuando era pequeño y donde su propio hijo jugaba con aquel gato de colores pintos…

Qué adorable escena, su pequeño estaba sonriendo con aquella ausencia de dos dientes de leche, reía, se tropezaba y se volvía a levantar con ayuda de su esposo mientras sus hermanos le ofrecían té con miel y galletas con mermelada. Le pareció tan real pero tan lejana aquella escena que un sentimiento extraño se anidó en su pecho, no podía darle un nombre en aquel estado, pero era tan dulce como amargo, tan esperanzador y cruel al mismo tiempo que las esmeraldas de sus ojos se nublaron por el llanto.

Alfred le limpió las lágrimas, incapaz de saber qué había imaginado, aunque sin dudas había sido del pasado, cuando todo parecía esperanzador, y seguramente él estaba ahí y por eso le dolía tanto. Al menos debía de ser una escena feliz, o el efecto de la tercer pastilla habría fallado por completo.

Volvió a poner el auto en marcha, solo tenía tiempo de hacerle dos preguntas importantes antes de que la hora llegara, antes de que tuvieran que enfrentar aquel fantasma del pasado que seguía atormentando su vida después de dos años.

–Arthur… ¿Por qué ya no conduces? –Le preguntó con la mirada atenta al frente, buscando un lugar cercano a la entrada dónde dejar el auto de forma segura.

–Yo… Fui a recoger a Peter de la escuela, era su cumpleaños e íbamos a esperarte afuera del trabajo para ir a ver una película… –Dijo mientras sus dedos comenzaban a recorrer los pétalos de las flores, tan suaves como la piel de su hijo y el terciopelo con el que bordaba–. Pero olvidé las entradas en casa, teníamos el tiempo justo para llegar contigo, pero lo convencí de que podíamos ir por ellas y llegar a tiempo…

–¿Y qué pasó? –Preguntó alentándolo a seguir, sintiendo un nudo en la garganta, ya lo sabía, pero escucharlo con aquella voz plana por los medicamentos, sin reconocer que era su propia historia la que contaba le obligaron a dejar el auto en el primer lugar que encontró, a medias acomodado.

–Un camión que iba en sentido contrario, a punto de la inconsciencia por beber alcohol, embistió el auto…

Alfred apretó los puños con fuerza, tratando de no perder la calma, de contener un poco más las lágrimas.

–La cabeza me dolía, apenas podía ver u oír algo más que los gritos de Peter, si yo tenía miedo seguramente él estaba aterrado… Llamé a nuestro pequeño durante varios minutos, no podía intentar moverme sin sentir que me moría, cuando por fin encontré su mano ya no me respondía…

La respuesta de Arthur terminó ahí, seguía con la mirada perdida en las flores, demasiado feliz en el recuerdo que le evocaba como para darle importancia a Alfred, quien se llevó ambas manos al rostro, sentía que se ahogaba, dos años habían pasado, y jamás le había dicho que llamaba siempre su nombre por ese motivo. Le tomó varios minutos recuperar su semblante tranquilo, aunque seguía hecho de lágrimas por dentro.

Bajó del auto aun si llovía afuera y tomó un paraguas que yacía en la cajuela, solo uno, lo suficiente para cubrirlos a los dos. Fue a la puerta del copiloto y sacó a Arthur con cuidado, las rodillas le temblaban un poco como efecto secundario del final de la primera pastilla, pero se acostumbró rápidamente, cerró la puerta y tras un par de inhalaciones profundas se dio valor para abrir la puerta trasera. Tragó con fuerza, no era justo, pero tenía que llevarlo también.

Le quitó el cinturón de seguridad a "Peter" y lo tomó con el mismo cuidado de siempre, había sido importante hasta ese día, tal vez pudo haberlo sido más, pero no fue el caso; había sido el motivo de las sonrisas de Arthur, un calmante para su mente ahogada en culpa y también un veneno que lo mataba poco a poco al no dejar que se cerrara la herida, pero por fin había llegado el momento de dejarlo atrás, por fin había llegado el momento de ponerle fin a ese juego de la casita.

Se lo entregó a Arthur y este le devolvió el ramo, lo abrazó con fuerza, demasiado turbado por el efecto de las medicinas como para hacer un escándalo por su brazo lastimado o su ropa hecha un desastre, pero no importaba, no podía sentir nada después de todo.

Cerraron el auto y tomados de la mano, sujetando el paraguas entre ambos, se adentraron en aquel recinto sin techo, relleno de tierra, cubierto con un pasto demasiado verde, donde la memoria de tantos otros se levantaba sobre mármol en figuras sencillas o en estatuas demasiado elaboradas, y caminaron por aquel estrecho camino que otros como ellos habían hecho por su paso frecuente.

La confusión de Arthur comenzó a desaparecer, aunque las dudas del lugar en el que estaba comenzaron a hacerse cada vez más presentes.

–Alfred… ¿Por qué estamos aquí? –Preguntó, dando muestra de que el efecto de la segunda pastilla también estaba pronto a terminar.

–Vinimos a verlo, es su cumpleaños, al menos deberías de visitarlo una vez después de tanto tiempo –Le respondió, haciéndolo girar donde era adecuado, conociendo el camino donde su pequeño los esperaba de memoria, pues era solo él y los hermanos de Arthur quien se encargaban de cuidar el lugar.

Arthur no entendía, no tenían nada que hacer ahí, estaba lloviendo, hacía frio y Peter tenía la camisa rota, debía llegar a casa y arreglarlo pronto, cuando Alfred se detuvo repentinamente, tomó a su pequeño sin que pudiera objetar algo al respecto y se arrodillo frente a una lápida para dejarlo junto con las rosas fue que sus extremidades dejaron de responderle… Primero el paraguas cayó de su mano, y después su cuerpo entero se dejó caer sobre la rodillas, de frente a aquella pequeña lápida que marcaba la fecha de hace dos años y la de nacimiento de su pequeño, con apenas siete años de diferencia.

No… Su pequeño estaba ahí, lo habían llevado en el auto, habían ido a comer juntos, él mismo le había arreglado la camisa en la mañana… Pero cuando se giró a verlo solo se encontró con esos grandes y vacíos ojos de canica devolviéndole la mirada, se llevó las manos al rostro horrorizado, fue incapaz de contener un grito de angustia en su estado más puro, no podía, no era cierto, eso era demasiado para él, pero Alfred le instó a levantar el rostro.

Había arrancado el pasto y las hiervas que crecían en la parte inferior de la lápida, y ahí rezaba aquella frase que siempre le decía antes de dormir, donde le deseaba que ángeles lo cuidaran y velaran por su sueño hasta el día siguiente…

Las lágrimas caían sin que pudiera frenarlas. Lo recordaba todo por culpa de las pastillas que Alfred le había dado, eran nada más y nada menos que la medicación que su psiquiatra le había recetado, pero tenía más de un año no lo veía, ¿Cuánto había seguido pagando Alfred para que se las dieran? ¿Cuánto había callado su esposo en silencio mientras él se creía feliz en su sueño de antidepresivos?

Volvió el rostro a Alfred, quien había ido por el paraguas y lo cubría de la lluvia, le tendió una mano para que se levantara, pero las piernas no le respondían pese a que la había tomado y necesitaba aferrarse a algo para no ahogarse entre todos esos recuerdos y sentires.

–Responde una cosa más Arthur –Le dijo en un murmullo cuando bajó a su altura, todo dependía de esa respuesta, saber si podían intentar salir adelante, o si había perdido también a su esposo en aquel accidente–. ¿Aquí está nuestro hijo?

Se abrazó a él con desesperación, ahogado en el llanto, incapaz de responder por el peso que tenía sobre él afirmar o negarlo. Ya no podía, era la segunda vez que sentía cómo le arrebataban de los brazos a su hijo, cualquiera se volvería loco de la culpa, pero Alfred seguía ahí, con el rostro conteniendo las lágrimas, esperando su respuesta, que finalmente salió como un grito ahogado, demasiado bajo para ser escuchado por alguien más que ellos.

–Sí… Oh Dios… Alfred… Nuestro niño… Yo… Yo pude hacer algo por él, pero… Pero… Peter… Mi bebé…

Alfred hizo a un lado el paraguas y lo abrazó con necesidad, sin poder reprimir más las lágrimas. Al menos uno seguía entre sus brazos… Había recuperado a su esposo después de dos años, a su amado Arthur con un divertido ceño fruncido, con los chalecos pasados de moda, con el perpetuo olor a té inmerso en su piel, al joven vándalo que terminaba golpeado por defenderlo y al hombre que se sonrojaba cuando lo besaba en presencia de sus hermanos.

Las lágrimas se confundían con la lluvia, pero por fin dejaba ir aquel placebo con el que se había engañado tanto tiempo, por fin sintió que las cosas podían abandonar su decadencia y comenzar a cambiar. Ninguno volvió la vista cuando dejaron el lugar, su pequeño Peter era realmente amable y considerado con él, le había regalado la libertad de su alma, la oportunidad de volver a vivir a cambio de dos simples regalos: unas flores compradas en el camino, y aquella muñeca con piel de terciopelo, con ojos tan azules como canicas y un cabello rubio de estambre tan amarillo como el polen.

El juego de la casita con muñecas por fin había terminado.