Él la maltrata.
El hijo de puta la maltrata.
Solo me lleva media hora en compañía de Cindy llegar a esa conclusión. Darme cuenta de las señales. Lo veo en la forma en que se estremece cada vez que la toca. Es solo un poco y probablemente imperceptible para cualquier otra persona, pero es la misma forma en la que mi madre respondía cada vez que él se le acercaba. Era casi como si estuviera anticipando el siguiente golpe de su puño o de su mano, o de su puto pie.
Pero esa no es la única señal de advertencia que transmite Cindy. La cosa esa de encaje de manga larga sobre el vestido rojo es una señal reveladora inequívoca… Me he tirado a suficientes chicas de fraternidad como para saber que las mujeres no conjuntan zapatos de tacón blancos con una chaqueta negra. Y luego está la chispa de miedo que se enciende en sus ojos ante cualquier movimiento de mi padre, por leve que sea. La triste caída de sus hombros cuando él le dice que la salsa está demasiado aguada. Los numerosos elogios que le regala intentando, obviamente, que esté contento. No, contento no; que esté tranquilo.
Estamos a mitad de la cena, mi corbata me está ahogando que flipas, y no estoy seguro de poder controlar mi rabia ni un minuto más. No creo que pueda llegar al postre sin atacar al viejo y obligarle a que me diga cómo es posible que pueda hacer eso con otra mujer.
Cindy y Sakura están charlando sobre algo. Ni idea de lo que es. Mis dedos agarran el tenedor con tanta fuerza que me sorprende que no se parta por la mitad.
Antes, cuando Sakura y Cindy estaban en la cocina, intentó hablar conmigo de hockey. Intenté seguir la conversación. Estoy seguro de que incluso conseguí formar frases correctas, con sus sujetos y predicados y toda esa mierda. Pero desde el mismo instante en que Sakura y yo entramos en esta horrible casa, mi cabeza ha estado en otro lugar. Cada habitación evoca un recuerdo que hace que me suba la bilis a la garganta.
La cocina es donde me rompió la nariz por primera vez.
Arriba es donde me llevé la peor parte, por lo general en mi dormitorio, donde no me atrevo a entrar esta noche por miedo a que las paredes se me vengan encima.
El salón es donde me estampó contra la pared después de que mi liga de octavo curso no llegara a los playoffs. He visto que ha colgado un cuadro sobre el agujero que hay en el yeso.
—Así que sí —está diciendo Sakura—. Ahora voy a cantar en solitario, que es lo que debería haber hecho en primer lugar.
Cindy hace un chasquido compasivo con la lengua.
—Ese chico parece ser un capullo egoísta.
—Cynthia —dice bruscamente mi padre—. Esa lengua.
Ahí está otra vez: el estremecimiento. Un débil «lo siento» debería venir después, pero para mi sorpresa, ella no se disculpa.
—No estás de acuerdo, ¿Fugaku? Imagínate que aún estás jugando para los Rangers y el portero os deja plantados justo antes del primer partido de la Copa Stanley.
La mandíbula de mi padre se pone rígida.
—Las dos situaciones no son comparables.
Ella se retracta rápidamente.
—No, supongo que no.
Me meto un tenedor con puré de patatas y relleno en la boca. La fría mirada de mi padre se mueve hacia Sakura.
—¿Cuánto tiempo llevas viendo a mi hijo?
Por el rabillo de mi ojo, veo cómo se siente incómoda de pronto.
—Un mes.
Él asiente con la cabeza, casi como si le diera placer escucharlo. Cuando habla de nuevo, me doy cuenta con claridad de qué es lo que le hace disfrutar.
—Entonces no es serio.
Sakura frunce el ceño.
Yo también, porque sé lo que piensa. No, lo que se imagina que va a pasar. Se piensa que esta cosa con Sakura no es más que una aventura. Que más temprano que tarde se desinflará y podré centrarme exclusivamente en el hockey.
Pero se equivoca. Y yo también estaba equivocado. Pensaba que tener novia me distraería de mis metas y dividiría mi atención, pero no es así. Me encanta estar con Sakura, pero no me he despistado con el hockey. Sigo rindiendo genial en los entrenamientos; sigo fulminando a mis oponentes en el hielo. Este último mes he comprobado que puedo tener a Sakura y al hockey en mi vida, y darles a ambos la atención que merecen.
—Por cierto, ¿Sasuke te ha contado que está pensando en entrar en la liga profesional después de la graduación? —le pregunta mi padre.
Sakura asiente en respuesta.
—En cuanto eso ocurra, su agenda será cada vez más complicada. Me imagino que la tuya también lo será. —Mi padre frunce los labios—. ¿Dónde te ves después de graduarte? ¿Broadway? ¿Grabando un disco?
—No lo he decidido aún —responde mientras coge su vaso de agua.
Me he fijado en que su plato está vacío. Se ha acabado toda su comida, pero no ha pedido repetir. Yo tampoco, aunque no puedo negar que Cindy cocina de la hostia. No había comido un pavo así de jugoso en años.
—Bueno, es muy difícil entrar en la industria de la música. Requiere mucho trabajo y esfuerzo, y perseverancia. —Mi padre hace una pausa—. Y centrarse únicamente en eso.
—Soy muy consciente de todo eso. —Los labios de Sakura forman una línea tensa como si quisiese decir un millón de cosas más, pero se estuviese obligando a sí misma a no hacerlo.
—El deporte profesional es lo mismo —dice mi padre enfáticamente—. Requiere el mismo nivel de atención. Las distracciones pueden costar muy caras. —Su cabeza gira hacia mí—. No es así, ¿hijo?
Acerco mi mano a la mano de Sakura para cubrir sus nudillos con mi palma.
—Algunas distracciones merecen la pena.
Sus fosas nasales se dilatan.
—Parece que todo el mundo ha terminado de comer —suelta Cindy—. ¿Os apetece algo de postre?
Mi estómago se revuelve ante la perspectiva de quedarme un segundo más en esta casa.
—La verdad es que Sakura y yo nos tenemos que ir —digo con tono seco—. Al parecer dan nieve para esta noche y queremos volver antes de que las carreteras se pongan feas.
La cabeza de Cindy gira hacia el gran ventanal que hay al otro lado del comedor.
Más allá del cristal, no hay ni un copo de nieve en el aire o en el suelo.
Pero la buena de Cindy no hace ningún comentario sobre la ausencia total de nieve de la calle. En todo caso, parece hasta aliviada de que esta incómoda velada esté a punto de llegar a su fin.
—Voy a recoger la mesa —ofrece Sakura.
Cindy asiente.
—Gracias, Sakura. Lo agradezco.
—Sasuke. —Mi padre echa la silla hacia atrás arañando el suelo—. Unas palabras. A continuación, se marcha de la habitación.
Que le jodan a él y a sus putas «palabras». El hijo de puta ni siquiera le da las gracias a su novia por la exquisita comida que ha preparado. Estoy hasta los huevos de este hombre, pero me trago el cabreo y le sigo fuera del comedor.
—¿Qué quieres? —le exijo una vez entramos en su estudio—. Y no te molestes en mandarme que me quede para el postre. He venido a casa para Acción de Gracias, hemos comido pavo, y ahora me largo.
—Me importa una mierda el postre. Tenemos que hablar de esa chica.
—¿Esa chica? —Me río con dureza—. ¿Te refieres a Sakura? Porque no es solo una chica. Es mi novia.
—Ella es una carga —suelta.
Resoplo.
—¿Por qué piensas eso?
—¡Has perdido dos de tus últimos tres partidos! —ruge.
—¿Y eso es culpa suya?
—¡Claro que lo es, joder! ¡Te está haciendo perder concentración en el juego!
—No soy el único jugador en el equipo —le digo con rotundidad—. Ni soy el único que ha cometido errores durante esos partidos.
—Forzaste un penalti que salió muy caro en el último —escupe.
—Sí, lo hice. Vaya cosa. Seguimos estando los primeros en nuestra liga. Y los segundos en la general.
—¿Los segundos? —Ahora está gritando y sus manos forman puños apretados mientras da un paso hacia mí—. ¿Y estás contento siendo el segundo? ¡Te he criado para ser el primero, niñato de mierda!
Hace tiempo, esos ojos ardientes y esas mejillas rojas me hubiesen hecho temblar. Pero ya no. Una vez cumplí dieciséis años y superé a mi padre en cinco centímetros y veinte kilos, me di cuenta de que ya no tenía que tener miedo de él.
Nunca olvidaré la mirada en sus ojos la primera vez que me defendí. Su puño se dirigía a mi cara y, en un momento de lucidez, me di cuenta de que podía bloquearlo. No tenía que quedarme allí recibiendo sus golpes nunca más. Le podía devolver las hostias.
Y lo hice. Todavía recuerdo el gratificante crujido de mis nudillos cuando tocaron su mandíbula. A pesar del furioso gruñido que soltó, pude ver el shock —y el miedo — en sus ojos, cuando se tambaleó hacia atrás por la fuerza del impacto.
Esa fue la última vez que me puso la mano encima.
—¿Qué vas a hacer? —me burlo, señalando sus puños—. ¿Pegarme? ¿Qué? ¿Estás ya cansado de darle a esa buena mujer de ahí fuera?
Todo su cuerpo se pone más rígido que el granito.
—¿Crees que no sé que la estás usando como tu saco de boxeo? —digo con un siseo.
—Cuidado con lo que dices, niño.
La rabia en mis entrañas se desborda.
—Que te jodan—le suelto. Mi respiración se acelera mientras le miro fijamente a sus ojos enfurecidos—. ¿Cómo puedes pegar a Cindy? ¿Cómo puedes pegar a NADIE? ¿Cuál es tu PUTO PROBLEMA?
Él se acerca a mí con fuerza y se detiene cuando estamos a solo unos centímetros de distancia. Por un segundo, creo que de verdad podría golpearme. Casi hasta quiero que lo haga. De esa manera podría devolver el golpe. Podría hundir mis puños en su patética cara y enseñarle lo que es que una persona que supuestamente te quiere te pegue una paliza.
Pero mis pies permanecen pegados donde están, mis manos apretadas con firmeza contra mis costados. Porque no importa las infinitas ganas que tenga de hacerlo; nunca me rebajaré a su nivel. Nunca perderé el control de mi mal carácter y nunca seré como ÉL.
—Necesitas ayuda —trago saliva—. En serio, viejo. Necesitas ayuda y de verdad espero que la consigas antes de hacerle más daño a esa mujer del que ya le has hecho.
Salgo tambaleándome de su estudio. Mis piernas tiemblan con tal fuerza que es un milagro que puedan llevarme hasta la cocina, donde me encuentro con Sakura enjuagando los platos en el fregadero. Cindy está cargando el lavavajillas. Ambas mujeres me miran cuando entro y ambos rostros palidecen.
—Cindy. —Me aclaro la garganta, pero el enorme nudo no se va—. Siento robarte a Sakura, pero nos tenemos que ir ya.
Después de una larga pausa, sacude su rubia cabeza con un gesto rápido.
—No hay problema. Yo puedo hacer el resto.
Sakura cierra el grifo y se me acerca lentamente.
—¿Estás bien?
Niego con la cabeza.
—¿Puedes esperar en el coche? Tengo que hablar con Cindy un momento.
En lugar de salir de la cocina, Sakura se acerca a Cindy, duda, y después le da a la mujer un cálido abrazo.
—Muchas gracias por la cena. Feliz día de Acción de Gracias.
—Feliz día de Acción de Gracias —balbucea Cindy con una tensa sonrisa. Meto la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y saco mis llaves.
—Toma. Vete arrancando el coche —le digo a Sakura. Ella sale de la cocina sin decir nada más.
Cojo aire, cruzo el suelo de baldosas y me sitúo de pie justo delante de Cindy. Para mi horror, ella reacciona con ese leve temblor temeroso que he estado presenciando toda la noche. Como si en esto funcionase el «de tal palo, tal astilla». Como si yo fuese a…
—No voy a hacerte daño. —Mi voz se rompe como un puto huevo contra el suelo.
Me duele tener que decirle eso.
El pánico inunda sus ojos.
—¿Qué? Oh, cariño, no. No pensaba que…
—Sí, lo has pensado —le digo en voz baja—. No pasa nada. No me lo tomo como algo personal. Sé lo que se siente al… —Trago saliva—. Mira, no tengo mucho tiempo, porque tengo que largarme de esta horrible casa antes de que haga algo que podría lamentar, pero necesito que sepas algo.
Cindy, nerviosa, suelta la puerta del lavavajillas.
—¿Qué ocurre?
—Yo… —Trago saliva otra vez y a continuación voy directo al grano, porque lo cierto es que ninguno de nosotros dos quiere estar manteniendo esta conversación—. Nos lo hacía a mí y a mi madre también, ¿vale? Él nos maltrató, física y verbalmente, durante años.
Sus labios se abren, pero no dice una palabra.
Mi corazón se contrae cuando me obligo a continuar.
—No es un buen hombre. Es peligroso y violento, y… un enfermo. Está enfermo No hace falta que me digas lo que te está haciendo. O joder, igual estoy equivocado y no te está haciendo nada, pero creo que tengo razón porque lo veo en la forma en la que te comportas a su alrededor. Yo me comporté de esa misma manera. Cada movimiento que yo hacía, cada palabra que decía…, todo lo que yo hacía estaba sujeto al miedo, porque estaba desesperado por que no me diera una paliza una vez más.
Su mirada afectada es toda la confirmación que necesito.
—En fin. —Cojo aire profundamente—. No voy a sacarte de aquí en brazos, ni voy a llamar a la policía para decirles que en esta casa se da un caso de violencia doméstica. No voy a interferir. Pero necesito que sepas un par de cosas. La primera es que no es culpa tuya. Nunca te culpes a ti misma, porque todo es por él. Tú no has hecho nada para provocar sus críticas y sus ataques verbales, y no es que falles en cumplir sus expectativas, es que sus expectativas son IMPOSIBLES de cumplir. —M pecho se tensa tanto que me duelen las costillas—. Y la segunda: si alguna vez necesitas algo, lo que sea, quiero que me llames, ¿de acuerdo? Si necesitas hablar, o si quieres dejarlo y necesitas a alguien que te ayude a hacer las maletas o a mudarte, o a lo que sea, me llamas. O si… él hace algo y necesitas ayuda, por el amor de Dios, llámame. ¿Puedes prometerme que lo harás?
Cindy parece aturdida. Total y absolutamente aturdida. Sus ojos azules están vidriosos y empieza a parpadear rápido, como si quisiese evitar que se le saltaran las lágrimas.
La cocina está tan silenciosa como una funeraria. Ella solo me mira, parpadeando sin parar mientras los dedos de una mano juguetean con la manga.
Después de lo que parece una eternidad, asiente de forma temblorosa con la cabeza y susurra:
—Gracias.
El calor sale a toda potencia de la calefacción del coche cuando me deslizo en el asiento del conductor. Sakura ha arrancado el motor y ya tiene puesto el cinturón de seguridad. Parece estar tan desesperada por largarse de aquí como yo.
Meto la marcha y me alejo a buena velocidad de la acera, necesitando como el comer poner distancia entre esa casa de piedra rojiza y yo. Si tengo la suerte de jugar para la ciudad de Boston algún día, viviré tan lejos de Beacon Hill como me sea posible.
—Y… ha sido todo bastante fuerte —comenta Sakura.
No puedo parar la risa que quiere salir de mi boca
—¿Bastante?
Ella suspira.
—Estaba tratando de ser diplomática.
—No te molestes. Ha sido una pesadilla de principio a fin. —Mis dedos se enroscan alrededor del volante con tanta fuerza que mis nudillos se ponen blancos—. Él la maltrata.
Hay un momento de silencio, pero cuando Sakura responde, lo hace con pesar y no sorprende.
—Pensé que ese podría ser el caso. Las mangas de su rebeca se subieron en la cocina y me pareció verle moratones en las muñecas.
La confirmación provoca un nuevo azote de ira que me atraviesa el cuerpo. Mierda.
Una parte de mí tenía la esperanza de estar equivocado respecto a Cindy.
El silencio se instala entre nosotros mientras me incorporo a la autopista. Mi mano se apoya en la palanca de cambios y Sakura la cubre con la suya. Acaricia mis nudillos y su tacto suave alivia parte de la presión de mi pecho.
—Cindy tenía miedo de mí —murmuro.
Sakura muestra sorpresa.
—¿De qué estás hablando?
—Cuando me quedé a solas con Cindy en la cocina, me acerqué a ella y se estremeció. Se estremeció como si tuviera miedo de que yo pudiera hacerle daño. — Mi garganta se obstruye—. Y… lo entiendo. Mi madre también estaba siempre alerta… Y yo. Pero… joder, no me puedo creer que pensara que yo podía hacerle daño.
La tristeza suaviza la voz de Sakura.
—Probablemente no es solo contigo. Si él la está maltratando, es muy probable que sienta miedo de cualquiera que se acerque a ella. Después de la violación, yo estuve igual durante un tiempo. Asustadiza, nerviosa, sospechaba de todo el mundo… Pasó mucho tiempo antes de ser finalmente capaz de sentirme relajada con extraños; e incluso ahora, todavía hay cosas que no quiero hacer. Como beber en público. Bueno, a menos que estés tú allí para hacer de guardaespaldas.
Sé que la última frase es un intento para hacerme sonreír, pero no lo consigue.
Todavía estoy preocupado por la reacción de Cindy.
De hecho, no tengo ganas de hablar más. Simplemente… no puedo. Afortunadamente, Sakura no me fuerza. Me encanta eso en ella, que nunca intenta llenar los silencios con conversación forzada.
Me pregunta si me parece bien que ponga música y cuando asiento, conecta su iPod al coche y pone una playlist que SÍ consigue hacerme sonreír. Es el mix de rock clásico que le envié por correo electrónico cuando nos conocimos; me percato de que no lo inicia desde la primera canción. La primera canción era la favorita de mi madre y estoy bastante seguro de que si la escucho ahora, me pondré a llorar.
Lo que solo sirve para demostrar que Sakura Haruno es… increíble. Está tan conectada conmigo, con mis estados de ánimo, con mi dolor… Nunca he estado con nadie que sepa leerme tan bien.
Pasa una hora. Sé que es una hora porque eso es lo que dura la playlist. Y cuando termina, Sakura pone otra lista de reproducción diferente que también me hace sonreír, porque consiste en un montón de temas del Rat Pack, Motown y Bruno Mars.
Ahora estoy tranquilo. Bueno, más tranquilo. Cada vez que siento que me relajo, me acuerdo de los ojos temerosos de Cindy y la presión me aprieta el pecho de nuevo. Cuando la incertidumbre se arremolina en mis entrañas, me obligo a no obsesionarme con la pregunta que no deja de darme punzadas en el cerebro, pero mientras acelero en la incorporación a la carretera que nos llevará a Hastings, la pregunta brota de nuevo y esta vez no puedo desprenderme de ella.
—¿Y si soy capaz de hacerlo?
Sakura baja el volumen.
—¿Qué?
—¿Y si sí que soy capaz de hacerle daño a alguien? —pregunto con voz ronca—. ¿Y si soy igual que él?
Ella responde con absoluta convicción.
—No lo eres.
La tristeza sube arrastrándose por mi columna vertebral.
—Sé que tengo su mal carácter, lo sé. Esta noche he sentido el impulso de estrangularlo. —Aprieto los labios—. He tenido que echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no estamparlo contra una pared y darle puñetazos hasta matarle. Pero no merece la pena, joder. Él no merece la pena.
Sakura coge mi mano y entrelaza sus dedos con los míos.
—Y por eso mismo no eres como él. Tú tienes fuerza de voluntad, y eso significa que no tienes su mal carácter. Porque él no lo puede controlar. Él permite que la ira le alimente, que le lleve a hacer daño a la gente a su alrededor, a las personas que son más débiles que él. —Me aprieta más fuerte la mano—. ¿Qué harías si yo te molestara?
Parpadeo.
—¿Qué quieres decir?
—Imagínate que no estamos en el coche. Estamos en mi habitación, o en tu casa, y yo… no sé, te digo que me he acostado con otro. No, te digo que he estado tirándome a todo el equipo de hockey desde el momento en el que nos conocimos.
Ese pensamiento crea un nudo en mi interior.
—¿Qué harías? —pregunta.
La miro con el ceño fruncido.
—Acabaría la relación y saldría por la puerta.
—¿Ya está? ¿No tendrías ganas de pegarme?
Yo retrocedo con horror.
—Por supuesto que no. ¡Jesús!
—Exacto. —La palma de su mano se mueve suavemente sobre mis fríos nudillos—. Y eso es porque no eres como él. No importa cuánto te cabree una persona…, tú no vas a levantar la mano.
—Eso no es cierto. Me he metido en un par de peleas en el hielo —admito—. Y una vez le di un puñetazo a un chico en el Malone's, pero eso fue porque dijo cosas bastante desagradables sobre la madre de Naruto, y yo no podía no defender a mi amigo.
Ella suspira.
—No estoy diciendo que no seas capaz de mostrar violencia. Todo el mundo es capaz de ello. Lo que estoy diciendo es que no harías daño a alguien a quien quieres. Por lo menos no intencionadamente.
Rezo para que tenga razón, pero cuando se hereda el ADN de un hombre que hace daño a la gente que quiere, ¿Quién leches sabe?
Mis manos comienzan a temblar, y sé que SSakura se da cuenta porque me aprieta la mano derecha para pararla.
—Para el coche —dice.
Yo frunzo el ceño otra vez. Vamos conduciendo por un tramo oscuro de la carretera y, aunque no hay otros coches a la vista, no me gusta la idea de parar en el medio de la nada.
—¿Por qué?
—Porque quiero darte un beso y no puedo hacerlo cuando estás mirando la carretera.
Una sonrisa involuntaria aparece en mis labios. Nunca nadie me ha pedido que parara el coche para poder darme un beso y, aunque estoy agotado y enfadado y triste, y quién sabe qué más, la idea de besar a Sakura ahora mismo suena como música celestial.
Sin decir nada más, me salgo al arcén, muevo la palanca de cambios a la opción de aparcar y pongo las luces de emergencia.
Ella se acerca más y me coge de la barbilla. Sus delicados dedos acarician mi barba del día, y a continuación se inclina y me besa. Solo es un toque fugaz con sus labios; después se retira y susurra:
—No eres como él. Nunca serás como él. —Sus labios me hacen cosquillas en la nariz antes de besar la punta—. Eres una buena persona. — Me planta un pequeño beso en la mejilla—. Eres honesto y amable y compasivo. —Ahora muerde con suavidad mi labio inferior—. A ver, no me malinterpretes, a veces eres un capullo integral, pero es un tipo de «capullismo» tolerable.
No puedo evitar sonreír.
—No eres como él —repite, con más firmeza esta vez—. Lo único que vosotros dos tenéis en común es que ambos sois buenos jugadores de hockey. Eso es todo. NO eres como él.
Dios, necesitaba escuchar eso. Sus palabras penetran en ese lugar aterrorizado que tengo en mi corazón, y mientras la presión de mi pecho se disipa, agarro con una mano la parte de atrás de su cabeza y la beso con fuerza. Mi lengua se desliza dentro de su boca y gimo de felicidad, porque Sakura sabe a arándanos y huele a cerezas y, joder, me encanta. Quiero besarla toda la puta noche, el resto de mi vida…, pero no he olvidado dónde estamos en este momento.
Muy a mi pesar, rompo el beso…, justo cuando su mano va hacia mi entrepierna.
—¿Qué haces? —suelto un graznido que se convierte en gemido cuando frota mi polla por encima del pantalón.
—¿Qué te parece?
Le sujeto la mano para parar sus movimientos.
—No sé si eres consciente de ello, pero estamos sentados en el coche en la carretera.
—¿En serio? Yo creía que estábamos en un avión de camino a Palm Springs.
Ahogo una risa, pero cambia a jadeo cuando la seductora que tengo al lado me acaricia la polla de nuevo. Me aprieta el capullo y mis bolas se tensan, pequeños bombeos de calor pasan a través de mí cuerpo. Ay, Dios. Este NO es el momento para esto, pero necesito saber si ella está tan cachonda como yo y no puedo evitar que mi mano vaya a su rodilla. Acaricio la suavísima piel de su muslo antes de meter la mano bajo su vestido.
Toco sus bragas con toda la mano y gimo cuando siento la tela húmeda contra mis dedos. Está empapada. Totalmente empapada.
No sé cómo, pero consigo sacar mi mano de ahí.
—No podemos hacer esto.
—¿Por qué no? —veo un destello pícaro en sus ojos y no me sorprende, porque estoy descubriendo que Sakura es la hostia de atrevida en cuanto se permite bajar la guardia y confía en alguien.
Y sigue dejándome pasmado que ese alguien en quien confía sea YO.
—Cualquiera puede pasar por aquí con el coche. —Hago una pausa—. Incluyendo un coche patrulla de la policía.
—Entonces será mejor que nos demos prisa.
Antes de que pueda abrir la boca, me baja la cremallera de los pantalones y mete su mano dentro de mis calzoncillos. Mis ojos rápidamente se viran hacia arriba.
—Vete al asiento de atrás —estallo.
Sus ojos se abren y después se llenan de alegría.
—¿De verdad?
—Joder, si vamos a hacer esto, será mejor que lo hagamos bien —respondo con un suspiro—. Todo o nada, ¿recuerdas?
Me provoca una risa ver lo rápido que se cuela en el asiento trasero. Riéndome por lo bajo, abro la guantera y cojo una tira de condones que tengo guardados ahí y me uno a ella en la parte de atrás.
Cuando ve lo que tengo en la mano, se queda con la boca abierta
—¿Son condones? Vale, supongo que debería enfadarme por esto, aunque probablemente no mucho porque resultan muy útiles en este momento, pero, ¿en serio? ¿guardas condones en tu coche?
Me encojo de hombros.
—Claro. ¿Qué pasa si un día estoy conduciendo y me encuentro con Kate Upton de pie sola a un lado de la carretera?
Sakura resopla.
—Ya veo. Así que ese es tu tipo, ¿eh? Rubia, tetona y con curvas para dar y repartir.
Cubro su cuerpo con el mío y apoyo mis codos a cada lado.
—Naah, las prefiero morenas y tetonas. —Entierro mi cara en su cuello y acaricio su piel con la nariz—. Una en concreto, quien, por cierto, también tiene curvas para dar y repartir. —Mis manos la recorren hasta su cintura—. Y caderas diminutas. — Deslizo mis manos bajo su torso y le pellizco el culo—. Y un culito generoso y estrujable—. Pongo mi otra mano entre sus piernas—. Y el coño más apretado del mundo.
Se estremece.
—Tienes la lengua muy sucia.
—Sí, pero aun así me quieres.
Su respiración se interrumpe.
—Sí. Es verdad. —Sus ojos verdes brillan mientras me mira—. Te quiero.
Mi puto corazón explota mientras esas dos palabras maravillosas flotan entre nosotros. Otras chicas me habían dicho eso antes, pero esta vez es diferente. Porque es Sakura quien lo ha dicho, y ella no es cualquier chica. Y porque sé que cuando ella dice que me quiere, significa que me quiere a mí, a Sasuke, y no a la estrella de hockey de Briar, o a Míster Popularidad, o al hijo de Fugaku Uchiha. Me quiere a mí.
Es difícil hablar atravesando el nudo gigante que tengo en la garganta.
—Yo también te quiero. —Es la primera vez que le digo a una mujer que la quiero, y me siento super bien.
Sakura sonríe. Después tira de mi cabeza y me besa, y de repente dejamos de hablar. Le quito su vestido por arriba y tiro de mis pantalones. Ni siquiera le quito las bragas, aparto la tela, me pongo el condón con una mano y llevo mi polla a su hendidura.
Gime en cuanto entro en ella. Y no estaba de coña sobre lo apretada que está. Su coño me aprieta como un cinturón y veo las estrellas y la luna, y estoy tan cerca de perder el control, que tengo que concentrarme en expulsar mentalmente el clímax.
Me he follado a más chicas en mi coche. Nunca le he hecho el amor a una.
—Eres tan guapa —murmuro, incapaz de apartar los ojos de ella.
Empiezo a moverme, con ganas de ir despacio y hacer que dure, pero soy demasiado consciente de dónde estamos. Un buen samaritano, o peor aún, un poli, podrían ver el Jeep y pensar que necesitamos asistencia, y si deciden acercarse a nosotros, lo que verán será mi culo desnudo mientras mis caderas bombean y los brazos de Sakura agarran mi espalda.
Además, en esta posición, es difícil moverse. Todo lo que puedo hacer son golpes rápidos y poco profundos, pero a Sakura no parece importarle. Ella emite los ruidos más sexys del mundo mientras me muevo dentro de ella: suspiros entrecortados y gemidos temblorosos, y cuando alcanzo un lugar en concreto dentro de ella, gime a tal volumen que tengo que apretar los cachetes del culo para no correrme. Puedo sentir el orgasmo viniendo a toda velocidad hacia mí, pero quiero que ella también se corra. Quiero oírla chillar y que me vacíe hasta la última gota mientras su coño se contrae a mi alrededor.
Meto una mano entre nuestros cuerpos y pongo mi pulgar sobre su clítoris, frotando suavemente.
—Dámelo, peque —le susurro al oído—. Córrete para mí. Hazme sentir cómo te corres en mi polla.
Sus ojos se cierran con fuerza y sube las caderas para encontrar mi apresurado bombeo. Ella grita de placer y tengo un orgasmo tan salvaje que mi vista se nubla y mi cabeza se rompe en mil pedazos.
Cuando el impresionante placer por fin remite, me doy cuenta de la canción que está sonando en el coche.
Mis ojos se abren.
—¿Volviste a cargar One Direction?
Su boca tiembla.
—No…
—Ya, claro. Y entonces, ¿por qué está sonando Story of My Life? —exijo.
Hace una pausa y deja escapar un gran suspiro.
—Porque me gusta One Direction. Ya está. Lo he dicho.
—Tienes suerte de que te quiera —le advierto—. Porque no lo soportaría si no fuese así.
Sakura sonríe.
—Tú tienes suerte de que YO te quiera a TI, porque eres un capullo total y no hay muchas chicas que podrían aguantarte.
Probablemente tiene razón en lo de que soy un capullo. Sin duda, tiene razón en lo de que tengo suerte.
Espero les gustaran.
No olviden Comentar.
Un Abrazo.
🍅 🌸NO OLVIDEN QUE ESTO ES UNA ADAPTACIÓN SIN ANIMO DE LUCRO, LA HISTORIA ORIGINAL NO ME PERTENECE, SOLO LA TRAIGO A USTEDES EN FORMA DE NUESTRA PAREJA FAVORITA. 🍅 🌸
