Una Caricia

No tenía palabras para describir lo que sentía respecto a lo que sucedió. Sí, sabía que su Maestro era un hombre particular, quizás se quedaría corta esa definición, pero jamás podría imaginarlo capaz de algo como eso. Cuando vio caer la camisa de Riza para mostrar esa delicada espalda marcada, mancillada, por la investigación de la alquimia más poderosa, quería creer que estaba alucinando. Lo invadió una rabia incontrolable, pero se obligó a callar porque, después de todo, la jovencita frente a él acababa de enterrar a su padre, sea el hombre que fuera. Se dispuso a descifrar ese tatuaje en el menor tiempo posible, no podía permitir que Riza pasara más tiempo como un pergamino viviente, ya lo había sido por demasiado tiempo a juzgar por el tamaño de ese tatuaje.

Ella se sentó en el borde de la cama dándole la espalda y él se acomodó en el lado contrario. Era tan triste, Berthold Hawkeye nunca había sido un padre muy presente, se acercó a su hija solo para usarla, para lastimarla.

¿Cuánto te habrá dolido todo esto, Riza? Solo podía intentar imaginarlo.

Le llevó su tiempo, dos días en total, durmiendo solo a ratos, cuando ella necesitaba dormir se acostaba boca abajo para que él siguiera estudiando. Al final lo logró. Le devolvió a Riza la prenda que se había sacado.

-Ya terminé, lamento haberme tardado tanto, pero tu padre sí que se aseguró que nadie pudiera descifrarlo. - Era excesivamente complicado el código que su Maestro había elegido, lo entendería si estuviera en manuscritos, pero teniendo en cuenta lo inaccesible de donde decidió plasmar todo, era innecesario. De nuevo se enfureció, dudaba que Berthold Hawkeye fuera consciente de la condena que colocó sobre su hija.

-No es problema, me alegro que haya podido descifrar todo. -

Miró el reloj, eran las 2 de la mañana, el tren a Ciudad del Este no saldría en unas horas, mejor descansar un poco.

-Dormiré unas horas hasta que sea la hora de irme, sino te molesta. - Podía ver nerviosismo en sus hombros, no la culpaba con lo expuesta que estaba, él también se había sentido algo nervioso por tenerla así frente a él, aparentemente no había olvidado ciertas cosas de su estancia en esa casa.

-Roy ¿puedo pedirte algo? - Nunca lo había llamado por su nombre.

-Claro, lo que necesites. -

-Acaríciame, por favor. - Pudo sentir como se le subían todos los colores, las mejillas comenzaron a arderle. No pudo escuchar bien, ¿le estaba pidiendo que la toque? No es que le faltaran ganas, pero no estaba bien. Cuando vio sus ojos suplicantes, entendió por qué lo pedía. Estaba seguro que desde que su madre murió hasta que se despidió de él cuando se marchaba a la Academia, Riza nunca recibió un abrazo, una caricia, un beso. La única vez que su padre la tocó, fue para marcarla permanentemente con algo que estaba lejos de su comprensión, ya que ni siquiera tuvo la delicadeza de enseñarle alquimia para que al menos le diera uso a ese conocimiento. No pudo negarse a esos ojos marrones que le pedían algo tan simple como una caricia, así que se acercó despacio y posó su mano en la espalda de Riza, quien dejó salir un suspiro, recorrió con delicadeza esa piel blanca ahora invadida por algo que no debería estar ahí, colocó su otra mano en su hombro para acariciarlo y descender por su brazo, y sin saber bien qué lo motivó, se acercó más y depositó un beso en el punto exacto donde comenzaba su espalda. Riza se sobresaltó ligeramente y él supo que se había excedido, así que tomó distancia prudente.

-Lo siento, el beso estuvo de más. Perdóname por eso. - Riza comenzó a voltearse hacia él y tuvo que desviar la mirada, seguía desnuda y mirarla deliberadamente no era correcto.

-No tienes que disculparte. Mírame Roy. - ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo llegó a esta situación? Solo había venido a saludar su Maestro, quien murió en sus brazos. Y ahora estaba con su hija desnuda frente a él en una cama. Se moría por mirarla, pero la voz de Madame diciéndole que sea caballero lo taladraba. Riza le tomó la mejilla y lo obligó a mirarla, ella estaba tan sonrojada como seguro estaba él y la hacía ver condenadamente hermosa. Esa piel blanca, ese pelo rubio y corto, esos ojos grandes y de color chocolate, su cuerpo, había olvidado cómo lo hacía sentir.

-Roy… A mí me gustaría…- Ella llevó la mano a los botones de su camisa y él estaba tan atontado que ni siquiera hizo intento de pararla. Riza se acercó más, mientras cada vez desabrochaba más botones.

-Me gustaría… Que fueras el primero. - Le dijo en un susurro junto a su oído cuando ya se había deshecho de la camisa de él. Esto no estaba bien, ella era menor que él, una jovencita ahora huérfana y él ya era un cadete hecho y derecho, no iba a aprovecharse de su vulnerabilidad, no se lo perdonaría.

-Riza, yo...No creo que eso sea buena idea. No soy un aprovechado, eres la hija de mi Maestro, no puedo…- No pudo seguir formulando su excusa porque Riza lo calló con su propia boca. Y en ese instante todas las excusas se fueron por el caño.

Profundizó el beso tomando a Riza de la nuca y sentándola en su regazo con la otra mano, ella lo sostenía de la cara con ambas manos buscando pegarse más a él. Estuvieron así hasta que alguno de los dos recordó que había que respirar, aprovechó la separación para recostar a Riza en la cama y empezar a deshacerse del resto de la ropa, con cuidado, sin ser brusco, la veía tan delicada que creía que cualquier mal movimiento podía romperla. Temblaba, y Riza temblaba ante sus caricias. Prefirió obviar el hecho de que esta también era la primera vez que lo hacía, mejor que Riza se sintiera segura creyendo que ya sabía lo que hacía, aunque la verdad no tenía ni idea. Se tomó todo el tiempo del mundo para no hacerle daño. Entrelazó sus manos con las de Riza, le preguntó unas doscientas veces si estaba bien y otras trescientas sí lo estaba disfrutando. Ella respondía afirmativamente entre pequeños gemidos y jadeos mientras le sonreía, y él entonces la besaba para poder atrapar esa sonrisa.

Él no lograba dormir, a pesar de que Riza había caído rendida. No podía dejar de contemplarla, descansaba con mucha paz, se preguntó si siempre era así o era lo que habían hecho.

Lo que hice. Un poco de culpa lo invadió. No se mentiría y diría que nunca lo había pensado, pero le parecía una falta de respeto imperdonable poner un dedo sobre la hija de su Maestro y además en su propia casa, se cuestionó que había cambiado para finalmente caer en la tentación.

Era bastante simple de hecho, la realidad es que en cuanto vio la espalda de Riza, todo el respeto que había tenido por Berthold Hawkeye se esfumó. Claro, apreciaba sus enseñanzas y su legado, pero ahora le parecía un hombre despreciable, que no merecía esa consideración de su parte, no le importaba si donde estuviera se enfadaba por lo que había hecho con su hija, no tenía ninguna clase de derecho.

Además, no era un abusador, él quería mucho a Riza, tal vez hasta podría decir que estaba algo enamorado de ella. No había podido sacarse de la cabeza la despedida en la estación de trenes. Se encontraba a sí mismo pensando demasiado en ella. Pero una voz que sonaba sospechosamente a Berthold Hawkeye resonaba en su cabeza diciendo "Si la amaras tanto no te habrías ido, ni te irías de nuevo" y tuvo que conceder la razón. La idea de llevarse a Riza con él lo tentaba, pero no tenía nada para ofrecerle, cómo estaban las cosas en el país, podría ser enviado a batalla y morir en cualquier momento, y no podía cargar a Riza con la viudez a tan temprana edad. Lo único que deseaba es que lo entendiera y no se sintiera usada, no soportaría que creyera que esto había sido solo una aventura de una noche, no lo era, dejaba una parte de él con ella, que llevaría siempre, y él guardaría con cariño lo que se llevaba de ella.

Afortunadamente, Riza lo entendió perfectamente, lo alentó a marcharse para seguir persiguiendo su sueño. Volvió a acompañarlo a la estación como años atrás, y volvió a besarlo.

-Estoy segura que nos volveremos a ver, no tienes que preocuparte. -

-Sí, lo sé. Avísame si vas a Ciudad del Este, por favor. - Ella asintió suavemente mientras él se subía al tren. Este arrancó y vio como Riza iba alejándose de su campo de visión, deseando de verdad volver a verla, así tuviera que caer una y mil veces en sus brazos.

Aunque ni en sus más tétricos sueños se le ocurrió en qué circunstancias la volvería a encontrar… O ella lo encontraría a él, siendo más exactos.


Otra semana, otro capítulo de esta colección!

Esta vez, traigo uno de mis headcannons personales, sé que mucha gente difiere en opinión de si esto pasó o no, pero espero que aunque no compartan la idea les guste el modo en que la escribí.

Gracias a las personas que leen y comentan, me hacen muy feliz con sus palabras.

Nos leemos en una semana!