Juego de Máscaras
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Capítulo anterior:
Una mueca de desagrado, se formó en los labios de Kisame, cuando el rubio cayó y con él, su diversión. Sin embargo, al observar un poco más allá, su sonrisa de dientes afilados se mostró nuevamente.
Pasando del ninja de Konoha, caminó hasta que sus sandalias tocaron el cuerpo de la única mujer del grupo.La observó con una seriedad poco usual en él, luego a los demás cuerpos tendidos que comenzaban a mojarse con la lluvia que acababa de comenzar. Sus rostros mostraban dolor y agonía.
Todos estaban bajo los efectos del Tsukuyomi de Itachi, quizás permanecerían dentro por varios días, o quizás ellos los liquidarían ahora mismo. Esa cuestión, no se había resuelto aún.
Itachi acortó la distancia entre ellos y se fijó en la mujer que descansaba a los pies del Akatsuki. La caída provocó que la herida en su pierna mal curada, se abriera nuevamente, así como la de su brazo. Se estaba desangrando.
Kisame levantó el rostro, al escuchar los pasos de su compañero. Pero curioso de lo que observaba, lo bajó nuevamente y siguió su línea de visión. Ajeno a lo que el Uchiha reparaba realmente, soltó:
— Parece frágil, pero no lo es. — una sutil sonrisa apareció en su rostro, demostrando más placer por decir aquello, que enojo.
Capítulo 2: Parte 1: Curaciones.
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Los ojos de Sakura se abrieron lentamente. Sus pupilas enfocaron al cielo, que ya no era rojo sino gris a causa del mal tiempo. Mientras contemplaba con cierta bruma el firmamento, su mano cortaba la distancia con la pierna herida y comenzaba a sanarla con su ninjutsu médico. Su cabeza le dolía horrores a causa del Genjutsu. Sin embargo, el alivio de no estar más presa dentro de ese infierno, era infinitamente más grande que cualquier dolor. Trató de respirar con sumo cuidado, pues sabía que al menor movimiento de su cuerpo todas las demás lesiones que había acumulado en la pelea iban a comenzar a quejarse.
Ya no llovia...
Lo que duró que la herida cierre, la pelirosa permaneció acostada en el frío lodo, empapada completamente y con mechones de sus cabellos pegados de manera molesta sobre la frente. Esperaba sanar rápido para ponerse de pie y de esta manera, asistir a sus compañeros. Al pensar en ellos, su cabeza se levantó repentinamente. Los encontró donde los había visto la última vez. Los atisbó detenidamente; respiraban. Suspiró aliviada y dejó a su cabeza caer nuevamente al suelo.
Observó por el rabillo del ojo su muslo. La venda puesta a las apuradas, dejaba entre ver parte de la herida. Faltarían tres o cuatro curaciones más, para que ésta cicatrice completamente, por ahora estaba bien así. Había conseguido que cierre parte del tejido, con eso ya bastaba. Levantó el torso, sentándose y continuó su labor en el brazo y abdomen. Su labio partido y pómulo raspado, no eran de importancia. Una vez acabó, quitó la venda que había usado para detener el sangrado de su pierna, con el fin de dejar al tejido oxigenar.
Mientras continuaba con sus curaciones, se preguntó: ¿Cuánto tiempo habría estado metida dentro de esa dimensión? Se estaba desangrando, una hora era muchísimo tiempo para ella. Si tomaba eso en cuenta, además de seguir con vida, podía llegar fácilmente, a la conclusión de que habían pasado unos pocos minutos desde que perdió todo contacto con la realidad y hasta que despertó (los suficientes, para que ellos se pudiesen marchar).
El entrecejo de Sakura se arrugó, ¿Por qué no los habían asesinado?
No es que le hiciese ilusión estar muerta, simplemente no le encontraba sentido. Generalmente lo que sucedía en casos como ese, era acabar con el enemigo y tomar lo que estaba en búsqueda.
La organización Akatsuki, no era conocida precisamente por ser piadosa con sus enemigos. Sin embargo, ningún ninja lo era. Pues las órdenes de los altos mandos, siempre estaban impresas con palabras como: busca y captura, y selladas con la sangre del objetivo.
Cada shinobi aceptaba su misión, teniendo muy presente el hecho de que fuera, debía estar preparado para tomar todo tipo de decisiones con el fin de lograr la realización de la misión. Los riesgos debían ser llevados al mínimo. Por ello, eliminar al enemigo siempre era lo mejor opción. Con eso se evitaban las represalias y los contratiempos.
Se puso de pie y caminó hacia su bolsa de armamento que había caído cerca del cráter. Soltó un siseo, conteniendo el dolor que le producía pisar con esa pierna tan lastimada. Sus compañeros pronto iban a despertar y no quería dar la imagen de una kunoichi débil, asique fingió normalidad al caminar, incluso sin que hubiese alguien observando. Levantó su bolsa del suelo y buscó dentro unas píldoras del soldado, tomó varias y se las llevó a la boca, sabían terrible. Sin embargo, eso la ayudaría a recobrar un poco las energías.
Colocándose la bolsa ninja a la cintura nuevamente, caminó hacia su capitán. Con cuidado se arrodilló a su lado y giró el cuerpo del hombre para que quede hacia arriba. Sin miramientos ni rastros de vergüenza, comenzó a buscar dentro de su capa de viaje. Una vez que encontró lo que buscaba, se apartó un poco de él.
En su mano izquierda, descansaba el objeto que le daba importancia a todo lo acontecido: el pergamino que recuperaron en la aldea de la nube.
Negó con la cabeza un par de veces. Si hace un momento, le pareció llamativo lo anterior, esto lo superaba con creces por su incoherencia. Todo carecia de lógica. Si el pergamino seguía con ellos, pese a ser derrotados, entonces, ¿Cuál había sido el objetivo del enfrentamiento?
Unas cuantas gotas cayeron sobre el papel, mojándolo. Comenzaba a llover nuevamente. Lo enrolló con celeridad y lo devolvió a su lugar dentro de la capa.
Observó a los lados. Sus pupilas buscaban entre la copa de los árboles cercanos, los ideales para refugiar a los shinobis inconscientes del agua. Afortunadamente, los encontró idóneos a casi todos.
Con cuidado tomó el torso del capitán y lo levantó, solo arrastrando sus sandalias ninjas en el lodo. Lo llevó hasta un árbol que se encontraba a dos metros en diagonal y lo recostó sobre el tronco. Se fijó en el corte sobre la ceja del Shinobi y luego en el del labio, la lluvia había limpiado la sangre.
Se giró y ubicó a Yamanaka no muy lejos, tumbado boca abajo en el suelo. Caminó hacia él, sus ojos se encontraban ligeramente abiertos. Se inclinó a su lado y con su mano, los cerró.
Se sintió mal por sus compañeros que aún no despertaban. Seguramente estarían sufriendo incontables torturas. Sin embargo, la tristeza que se reflejaba en su rostro fue sustituida rápidamente por enfado. Ella había padecido esa trampa mental por unos minutos y los había sentido pasar como semanas. No obstante, despertó pronto. Ellos en cambio, no parecían correr con la misma suerte.
Las interrogantes se agolpaban en su mente, una tras otra y se sumaban a la anteriores que había tenido al despertar: ¿Por qué no había ocurrido lo mismo con ellos y cuánto tiempo más serían prisioneros en esa dimensión?, ¿Porqué seguían todos con vida?, ¿Si Akatsuki no estaba detrás del pergamino, que hacían allí?, ¿Cuál fue el verdadero objeto del enfretamiento?
Mordió su labio inferior levemente. No tenía respuesta para ellas, porque para empezar, no entendía el motivo que llevó al Akatsuki a liberarla del genjutsu en primer lugar. Sin embargo, estaba a la vista que pudo haber hecho lo mismo con ellos y no lo hizo. Quizás asegurando su escape y evitando una persecución lo creyó propicio. Pero era más que evidente, que los cuatro estaban magullados por la pelea. En ese estado ninguno iba a precipitarse a hacer algo semejante, ya que sería estúpido, además de imprudente.
Entonces, ¿Cuál era el punto de liberar a uno y extender el sufrimiento de otros?
Entendía que el enemigo marcó un tiempo para cada uno y el de ella -al parecer- había concluido. Pero, ¿Porqué? ¿Sería acaso por piedad? Sonrió con sarcasmo. Ese era un argumento muy pobre y carente de sentido, como para ser tomado en cuenta. Tenía que haber algo más. Su mente repasaba posibilidades, mientras que movía el cuerpo de su compañero y lo acercaba hacia el árbol. Recostó a Fūjin y le acercó su fūma shuriken. Sus pupilas resguardadas dentro de los párpados, se movían de un lado al otro, mientras sus cejas se arrugaban por momentos. Parecía estar luchando. La comisura de los labios de Sakura se levantaron levemente, dejando de lado lo que pensaba y concentrándose en la acción del ninja. "Eres de los que dan pelea hasta lo último, ¿No, Yamanaka-san?"
— …Igual que Nenma, que no renuncia nunca. — soltó con voz suave, al recordar a su amigo. Apartó la vista del rubio y se concentró en su propia palma, buscando reunir algo de chakra. Un débil destello verde apareció, pero se disipó con la velocidad de un parpadeo.
Chistó.
Su intención era enviar chakra mediante un toque para liberarlos. Como no lo consiguió, iba a guardar reposo por un lapso de tiempo, hasta reunir una cantidad decente que le permita despertarlos y poder ponerse manos a la obra con las lesiones y traumatismos de cada uno. Si ellos despertaban antes, sería mucho mejor, ya que su sufrimiento no se extendería mucho más.
La pelirosa sintió una molesta gota de sudor bajar por su sien y pasear por la mejilla, con la palma de su mano la quitó y su antebrazo subió para limpiar el sudor que le perlaba la frente. Se levantó con lentitud, comenzaba a sentir frío, pero lo ignoró. Sus jades se movieron por el lugar, hasta dar con lo que buscaba. El shinobi del clan Aburame, se hallaba un poco más alejado que los demás. Fue hacia él y lo observó unos segundo, titubeante. No deseaba toparse con los insectos y larvas que descansaban en la ropa y piel de su compañero al levantarlo. No obstante, si quería ayudarlo iba a tener que pasar de su repulsión por los insectos y hacerlo de todos modos. Inhaló tomando más valor que aire y lo cargó.
La lluvia incrementó en intensidad, por lo que Sakura cubrió la cabeza del ninja con la capucha de su capa de viaje. Una vez que lo dejó sobre el árbol, procedió a hacer un rápido chequeo, evaluando posibles heridas serias en él y luego en los otros dos. Encontró unas cuantas que requerían de tratamiento inmediato, pero no amenazaban la vida.
Se puso de pie y caminó hacia el lugar que había elegido para hacer guardia. Las piernas le temblaban, pero ya casi llegaba. Además no era la primera vez que se sentía así; al sobre exigirse en los entrenamientos que realizaba con su maestra, solía advertir la misma sensación. Una vez que tomara asiento, todo iba a pasar.
De repente, todo se oscureció y ella cayó torpemente al suelo. Su presión había bajado. Los ojos de Sakura se abrieron, mientras pestañeaba un par de veces. Cuando sintió el vértigo disminuir, se levantó y caminó hacia el árbol que iba a ocupar. Se recostó sobre él y ladeó un poco la cabeza, al hacerlo se encontró con la mochila de alguno de sus compañeros. La observó por un momento indecisa, no queriendo tocar algo que no le pertenecía. Sin embargo, tras pensarlo mejor, se estiró hasta ella y rebuscó dentro. Sus últimos dos kunai, los había usado para contrarrestar el suitón de Kisame, así que necesitaba un arma blanca con la cual defender el perímetro. A los pocos segundos, sacó una cuchilla. Esta iba a ser su compañera, mientras vigilaba que ningún extraño se acerque.
Habían pasado alrededor de cuarenta minutos, cuando la kunoichi decidió ponerse de pie y comprobar si el mareo había desaparecido. Así fue. Animada levantó la mano a la altura del rostro y dejó salir su chakra. Este fluyó débil. Sin embargo, ya no desaparecía como la primera vez que lo intentó, el flujo ahora se mantenía tenue pero constante. Bajó su brazo disipándolo. En dos horas, a más tardar, iba a reunir la cantidad necesaria para dar fin a la técnica ilusoria; así que no iba a malgastarlo extendiendo la comprobación. Guardó la cuchilla que tomó prestada y se dirigió donde sus compañeros.
En el primer exámen que les había practicado, encontró las heridas más importantes de cada uno. Ahora que estaba en mejor estado, iba a adelantar el trabajo para evitar complicaciones causadas por el dolor o inflamación. De este modo, cuando tuviese chakra para despertarlos, sus compañeros se encontrarían un poco más estables.
Llegó donde Aburame y comenzó a liberarlo de sus prendas superiores, despojándolo de su capa de viaje, chaleco militar y camiseta. Al llegar a la última, se detuvo abruptamente. Ya solo quedaba esa prenda por quitar y temía hacerlo, pero no porque el joven quedara al descubierto ante ella -ya que en su labor como médico había visto incontables personas desvestidas para los exámenes- sino porque en todo ese tiempo no se había topado con ningún insecto. Y no es que fuese entomofobica, pero vaya que le causaban un rechazo increíble. Se vio obligada a controlar el sentimiento de aversión que le provocaban y continuar. Al hacerlo, se encontró con una basta comunidad de insectos descansando sobre el abdomen y pecho del Shinobi, casi no se alcanzaba a ver la piel de tantos que eran. Se sintió descomponer. No podía soportar que una mariquita le caminara por la piel, sin causarle molestia o cosquillas y él tenía una cuantiosa cantidad sobre el cuerpo.
Cerró los ojos unos segundo, mientras soltaba aire resignada. Esas eran cosas comunes para la gente de ese clan y en muchas ocasiones, eran de gran utilidad para la aldea; siendo más que perfectos e indetectables para el espionaje, para ubicar algún enemigo o aliado, o para crear antídotos y venenos.
Además, lo que albergara o no, en su cuerpo el joven ninja, era problema suyo y no de ella. Como médico debía fijarse solo en lo que abarcaba su campo y nada más.
No obstante, esperaba que los insectos no la tomaran como una amenaza y en pos de "protegerlo" la ataquen. Desconocía la habilidad de estos bichos y que causaban en el oponente. Solo esperaba que no fuesen insectos venenosos de alto nivel. Ya que no contaba con los recursos ni el tiempo necesario para contrarrestar los efectos creando un antídoto.
"Los riesgos de ser médico en el mundo ninja…" pensó con gracia ante la ironía, mientras dirigía sus manos hacia las costillas fracturadas de su compañero, para determinar cuantas eran.
Sus dedos llegaron hasta el costado inferior y comenzaron a hacer presión levemente desde las costillas flotantes, hacia arriba. Al palpar el hueso seis y siete, los sintió deformes y la zona un poco hinchada. Pudo ver a Aburame constreñir el rostro ante la presión. Los insectos por su parte, no la habían picado o dañado de alguna forma. Sin embargo, al mínimo contacto, se abalanzaron sobre sus dedos, subiendo por su mano y deteniéndose -gracias a kami- a la altura del antebrazo. En todo momento contuvo sus ganas de gritar y sacárselos de encima. En vez, prefería pensar solo en su paciente y en sus necesidades. De ese modo, se evitaba el papelón de saltar lejos y liberar el grito de puro asco, que ahogaba en su interior.
Al encontrar la inflamación, las jades de Sakura se vieron obligadas a bajar y enfocarse en la zona afectada. Trató con cuidado, de mover a los huéspedes del shinobi para ver si la piel presentaba coloración a causa del los vasos sanguíneos rotos, pero fue inútil. Todos parecían abocados a permanecer allí y en cuanto ella intentaba hacer espacio para vislumbrar la presencia de algún hematoma, ellos se aglomeraban unos encima de otros, dificultándole la tarea. Era como si, de algún modo, supieran que debían proteger esa área lastimada de cualquier extraño. Sin embargo, ella estaba ahí para ayudar y no al revés, pero… ¿Cómo le hacía entender eso a unos insectos? Luego de batallar un rato, consiguió ver un poco de piel y en efecto, estaba morada.
No era grave realmente, con su ninjutsu médico se iban a desvanecer los moretones y soldar las dos fracturas de costilla que presentaba en la parte media, así como cualquier otro corte, en cuestión de minutos. Lo que iba a necesitar, mientras esperaba a que su chakra se acumule, era una compresa fría. Pues el hielo lograría que los vasos sanguíneos se contrajeran, reduciendo la inflamación y eso ayudaría a adormecer los nervios circundantes.
No tenía hielo, pero sabía de un sustituto que iba a suplir muy bien esa falta.
Sakura levantó la vista y peinó el lugar buscando su mochila. La halló en el lugar donde se había despertado. Sus ojos se ampliaron, mientras horrizada, se dirigía hacia ella. Rogó a Kami-sama, al Sabio de Los Seis Caminos y hasta al sapito anciano que le enseñó a Nenma: el Sennin Mōdo, que los papeles dentro de su mochila no se hubiesen estropeado por la lluvia. Tomó nota mental y apuntó: impermeables para protegerlos en futuras misiones.
Al llegar, abrió su mochila y revisó dentro, preparada para la catástrofe que iba a presenciar. En efecto, todo dentro, era una sopa. Varias de sus cosas se encontraban mojadas, aunque la mayoría eran de material metálico o similares y otras de valor secundario. Siguió rebuscando, hasta que dio con los pergaminos. Todos estaban húmedos, pero al parecer, utilizables aún. Sin embargo, no se permitió respirar tranquila. Metió todo dentro y volvió sobre sus pasos.
Extendió su capa de viaje, cerca del shinobi, con el fin de evitar que los elementos esterilizados tocasen el lodo. Una vez lisa la gruesa tela, tomó el pergamino más pequeño y lo desenrolló encima. Rogó tener algo de buena suerte, para que los signos dentro del papel que se iban a unir para invocar su material médico, funcionasen. Lo activó con el corazón en un puño y tras unos segundos -los más lentos de su vida- apareció frente a ella, el botiquín de primeros auxilios. Este contenía solo lo necesario para salir de un apuro. Por eso, el tamaño pequeño. (De ese modo, lo diferenciaria rapidamente de los otros tres).
Dentro guardaba: tijeras, escarpelo, guantes descartables, gasas, alcohol, yodo, agua embotellada, jabón antiséptico, un recipiente pequeño y un estuche cerrado con platas medicinales.
Limpió sus manos, las secó con una gasa y se puso los guantes. Lista, procedió a abrir el paquete que contenía la planta medicinal. Extrajo una, desenrollándola. La hoja recordaba a la de un alga nori, por su forma alargada y coloración verde oscura. Pero el uso y sus propiedades, eran completamente diferentes. Esta hoja contaba con la peculiaridad, de aliviar el dolor y desinflamar el área afectada en un plazo de tiempo corto. También presentaba una textura fácilmente adherible y de temperatura fría al contacto con algún líquido. Una bendición en todo regla.
Dicha maravilla de la naturaleza, era originaria de Kusagakure. Nación rica en bosques, hongos gigantes y brotes de bambú. También en ríos, barrancos y profundos lagos. Este último, era el de importancia. Pues a lo largo de ese lago, crecía y se multiplicaba dicha hoja, poco conocida y explorada.
Los ninjas médico de Konoha, acompañados de una orden sellada por el mismo Hokage, eran los únicos que podían cruzar más allá el puente Tenchi y recolectar la cantidad pactada en el acuerdo. Ambas aldeas habían formaron una alianza y quedaron en buenos términos, una vez terminada la Tercera Guerra Mundial Shinobi. Como muestra del acuerdo, Konoha enviaba cierta cantidad de ninjas para proteger el lugar (pues su población quedó diezmada tras las batallas que tuvieron origen allí) y a cambio, Kusagakure abastecía de plantas medicinales a la aldea.
Sakura cargó tres cuartas partes del agua de la botella sobre el recipiente y sumergió varias hojas de alga -nombre no oficial, con el que lo llamaba, al parecerle innecesariamente difícil el original- para que absorbieran a gusto.
Mientras dejaba sus algas en remojo, por unos minutos. Decidió ganar tiempo, yendo hacia su líder.
Él tenía el hombro visiblemente deformado, con presencia de hinchazón, pero sin hematomas. Lo que evidenciaba que se trataba de una dislocación parcial, es decir, que no hubo una rotación extrema de la articulación del hombro, solo una leve salida de la cabeza del húmero de su cavidad.
Tampoco, halló presencia de desgarro en los músculos, ligamentos, ni tendones que fuerzan la articulación del hombro. La ausencia de hematomas evidenciaba principalmente este hecho, como no se podía fiar solo de eso, se fijo más en profundidad.
En otras circunstancias, hubiese pedido un diagnóstico por imágenes antes de proceder a hacer alguna cosa, pero en la situación que estaban, era ridículo hasta imaginarlo. Decidió confiar en sus conocimientos y prácticas.
En general, el tratamiento constaba de tres pasos:
•El primer paso, es una reducción cerrada en donde se vuelve a colocar la bola del brazo superior en la cavidad del hombro.
•El segundo paso, inmovilizar el brazo con una férula (o en este caso una venda).
•El tercer paso, la rehabilitación.
Poniendo manos a la obra, se acercó al shinobi recostado sobre el árbol, tomó por ambos lados su hombro dislocado y con un movimiento ágil de sus manos ubicó el hueso nuevamente en su lugar. Sakura esperó que un quejido o muestra de dolor escapara del hombre, como pasó con Aburame, pero el shinobi parecía muy sumido dentro del Genjutsu. Se alejó de él y fue a ver cómo iba todo en su recipiente.
Palpó la temperatura con sus dedos, algunos ya estaban listos a otros les faltaba un poco. Enrolló dos de los más fríos y los llevó hacia Aburame. Al llegar hasta él, se aproximó y acercó la planta medicinal a la zona lesionada, reanudando su batalla anterior con los insectos.
Le llevó algo de tiempo, poder desenrollar la lámina de alga sobre el torso del hombre, pues los insectos cedían de a un centímetro.
Lo vendó como si fuese con una gasa, iniciando desde el pecho y girando por su torso. Requirió tres láminas para cubrir la parte lesionada. Sonrió contemplando su trabajo, o lo que podía, por obvias razones. Apartó la vista de la comunidad de insectos y procedió a ponerle su chaleco militar y luego lo cubrirlo con su capa. Trató de moverlo lo menos posible mientras lo hacía. Cuando acabó con la tarea lo acomodó nuevamente sobre el árbol.
Tomó aire y fue por más hojas, esa experiencia había sido terapéutica para su vida. Había conseguido trabajar con insectos revoloteando encima suyo y no había desistido en su labor. Sonrió satisfecha.
Tomó otras láminas y fue hacia su líder. Vendó con ellas desde el comienzo del hombro hasta los brazos, como si de una manga se tratara. Luego, acomodó su brazo, de tal forma que el antebrazo quedara horizontal con su pecho y lo sujetó con gasas para inmovilizarlo, improvisando de este modo, una férula. Acomodó con cuidado la postura del shinobi y lo resguardo dentro del calor de la capa.
Se giró. Ya sólo quedaba Yamanaka.
Llegando hasta él, Sakura examinó la extremidad. Recorrió con sus jades desde la punta de los dedos hasta el hombro y de ahí a los alrededores. Su coloración y daño sobre la piel eran las típicas de las quemaduras de segundo grado (aunque por muy poco): observándose en carne viva, con un color rojo oscuro, diferentes sectores de sangre localizada y tierra a lo largo; así como ampollas y piel levantada.
La manga de la camiseta del shinobi, se había consumido por las llamas.
La quemadura de Yamanaka, abarcaba todo su brazo y terminaba un poco más allá del hombro, tomando parte del pectoral y omóplato. Por fortuna, no llegaba a tocar la zona donde sus órganos: pulmón y corazón, se hallaban. También estaba infectada.
En primera instancia, iba a cambiarse los guantes, luego a necesitar desprender la camiseta ninja de Fūjin de su piel supurada. Ya cuando estuviesen separadas, iba a cortar con sus tijeras la prenda para poder curarlo, ya que en la condición de dicha extremidad era impensable poder quitarle normalmente su camiseta (el chaleco, por otra parte, no representaba un problema); una vez libre de su prenda superior, iba a desinfectar muy bien la herida y a envolver todo el brazo con la hoja. Acercó sus cosas y puso manos a la obra.
Trató de ser lo más cuidadosa que pudo en su labor, mientras desinfectaba toda la extremidad lesionada. Cuando acabó, vendó desde el pecho hacia el brazo y también los dedos. Se puso de pie y comenzó a recoger todas sus cosas para volver a guardarlas, pero antes le puso nuevamente el chaleco y lo cubrió con su capa.
Cuando estuvo todo listo, se cargó la mochila al hombro, tomó la cuchilla prestada y fue directa a su lugar para hacer la última guardia.
Pasó alrededor de hora, cuando Sakura los ayudó a volver en sí. Los tres despertaron con cierta igualdad de tiempo. Se veían ligeramente desorientados y exhaustos. No obstante, fueron rápidos en notar, que habían sido movidos de lugar, que sus heridas fueron tratadas y que además, había llovido. No fue difícil para ellos, llegar a la conclusión de que la kunoichi los había asistido y refugiado del agua. Por su parte, ella había guardado reposo en ese tiempo y gracias a eso, consiguió reunir el chakra necesario para traerlos de regreso.
—¿Todos se encuentran bien? — preguntó el líder de escuadrón, mientras observaba con curiosidad la extraña planta que tenía enrollada en el brazo y hombro. No pudo evitar sentirse un sushi gigante.
—¡Si, capitán! — le respondieron sus compañeros, afirmando algo que en toda regla era falso.
Un poco más allá, la ninja médico, ya cortaba distancia con el que a luces era el más herido de los cuatro. Al llegar junto a Yamanaka, le ofreció unas píldoras del soldado para que se las coma y se apartó un poco para quitarse los guantes de cuero que estaban rotos y muy sucios; los depositó sobre una piedra adyacente a ellos dos. Una vez que acabó, comenzó a buscar dentro de su mochila; sacando segundo después, una cantimplora de agua, un paquetito sellado que contenía dentro guantes descartables y un pergamino que tras leerlo, lo devolvió nuevamente. Por estar concentrada en su trabajo, se perdió la mueca de asco mal disimulada del ninja sensor, nada más sentir el amargo sabor.
Ella continuó rebuscando un poco más. Al no dar con el pergamino que buscaba -por tener infinidad de cosas dentro - decidió sacarlos a todos y depositarlos sobre la piedra en qué reposaban sus guante. Cuando todos estuvieron fuera y apilados, comenzó a leerlos uno a uno, hasta que dio con el que necesitaba.
La atenta mirada de Yamanaka, acompañó sus acciones en todo momento. Su curiosidad e incapacidad para mantenerse callado en situaciones como esa, le hicieron separar los labios para hacer una observación:
—Eres el primer médico que veo, fuertemente equipado. Nunca vi a uno cargar sus cosas en pergaminos. Es muy ingenioso. — apuntó, mientras leía el nombre escrito en cada pergamino. Su frase sonó a halago, pero esa no era la intención. Solo le decía la verdad.
Sakura lo observó un poco asombrada por el cumplido, no se lo esperaba. Y sí, era consciente de que otros ninjas médico no lo hacían, pero cada uno era libre de llevar lo que creía necesario según su criterio. Ella no ponía en tela de juicio, la forma de trabajo de sus compañeros de oficio para salvar vidas, solo podía juzgar su trabajo y desempeño. Y como su ojo crítico era sumamente rígido, es que ella cargaba siempre en su mochila con tres rollos de tamaño estándar, que contenían dentro sellos de invocación: uno con instrumentos, el otro con apósitos e insumos, y el tercero con ungüentos y elementos varios. Y uno de tamaño pequeño, que contenía solo lo necesario para salir de un apuro (kit de primeros auxilios). Tenía muy presente, que en alguna misión, podría necesitar mucho más que un simple kit con solo lo básico. Sin ir más lejos y como mejor ejemplo, hoy con su falta de chakra, fueron de gran utilidad sus hojas medicinales.
En el kit básico, contaba con unas pocas hojas, sin embargo, en el pergamino más grande nombrado: ungüentos y elementos varios, había más de esas y otras hierbas medicinales en el caso de que fuese necesario disponer de más. Por eso cargaba con todo lo que consideraba de importancia dentro de pergaminos. De este modo, ocupaba el espacio necesario en la mochila y llevaba todo lo que necesitaba por si una emergencia se presentaba.
Internamente, le agradecía sus palabras al shinobi. Era gratificante para ella, que alguien note su trabajo y dedicación. Pues era muy común que la gente se fuera en halagos por la sombra de su padre, más que por su labor en sí. Por otra parte, ella sabía que esta era su vocación, que se desvivía por ayudar al herido y salvar vidas, no buscaba fama ni renombre con ello... solo un poco de honestidad.
Bajó la cabeza un momento. No sabía bien que responderle y era un hecho que él aguardaba por una respuesta, ya que la seguía observando expectante. Sin embargo, no era una opción dejarse en evidencia y confesar lo que pasaba realmente por su cabeza. Así que ante la ausencia de las palabras adecuadas, decidió simplemente agradecerle. El gesto pudo parecer escueto y común, pero no era así, desde lo más profundo de su corazón salió su muestra de agradecimiento:
—Gracias, Yamanaka-san. — le respondió, segundos después se asomó una radiante sonrisa. Ésta, se hizo más pequeña y discreta, mientras Sakura bajaba la vista a los pergaminos. — Es más cómodo y organizado así. — agregó.
Organizado. No cabía dudas de que esa chica de extravagante cabello rosado, era la aprendiz de la quinta. Quién poseía muchas cualidades y virtudes, sin embargo, todas ellas iban de la mano con el orden y la organización.
Realmente no conocía a esta kunoichi que vivía bajo la sombra de esas dos aplastantes figuras: Haruno Kizashi y Senju Tsunade. Sin embargo, era imposible no ver que en su organización, apasionamiento y resistencia, estaba la firma inequivoca de la Hokage y de su padre mismo.
Le devolvió una sonrisa, colmada de empatía, ya que no fue ajeno a la sorpresa en su rostro y al brillo en sus ojos, tras sus palabras. Intentaba ser discreta o modesta, no sabía, pero era notable su transparencia. Casi la podía leer como a un libro. Ella en cambio, no vio la expresión del shinobi, porque su atención estaba puesta nuevamente en su tarea. Él negó con la cabeza y observó su trabajo.
Su atención se desvió, cuando notó que la piel de la kunoichi se veía contrastada por un color rojizo en la zona de sus manos. Advirtió unos cortes sobre ambas palmas, mientras la veía hacer los sellos pertinentes. Y no es que él estuviese en la tarea, pero era casi imposible no verlo, pues su tez era todavía más blanca que la suya. Cuando el equipo médico apareció, el joven ninja apartó la vista de las palmas lastimadas de la médico y olvidó ese asunto. Tomó aire inaudiblemente y se preparó para resistir de manera digna las curaciones. Sabía que iba a doler muchísimo, porque él no se había atrevido siquiera a mover el brazo de lo mucho que le ardía -por decir lo menos- y ella seguramente iba a tener hacerlo en repetidas ocasiones para quitar el extraño envoltorio verde con el que cubrió su brazo.
—Ten. — Sakura le ofreció una cantimplora. — Es para sacarte un poco el sabor amargo de la píldora. — dijo al recordar que le había ofrecido unas cuantas. Sabía lo amargas que eran, ella misma las hacía y comía constantemente, sufriendo el horrible sabor a diario. Sin embargo, ese por menor no le hizo cambiar la receta de sus Hyōrōgan. Pensaba que al agregarle alguna cosa para mejorar esa insignificancia, podría llegar a ser contraproducente para sus píldoras especiales y ese no era el fin que buscaba alcanzar. En sí, esa droga con forma de esfera negra, estaba diseñada para reponer las energías, el chakra y nutrir el cuerpo. El fin en su receta, era concentrar los nutrientes y estimulantes, lo más que se podía para que fuesen todavía más provechosas que las convencionales. Con ello, el usuario podía seguir luchando por más días y noches, sin descanso que con las de sabor aceptable.
El ninja no respondió nada, pero la tomó y bebió como si fuese néctar del cielo. De verdad que era amarga esa cosa. Posiblemente, lo más feo que hubiese probado en toda su vida como ninja.
Haciendo caso omiso a la escena del rubio, la pelirosa comenzó a lavar sus manos nuevamente. Cuando estuvo lista, se puso sus guantes y se giró hacia él.
— Extiende un poco el brazo. — le pidió, con semblante serio. Él lo hizo, aunque con mucho esfuerzo.
— Esta tan mal como se ve?
La cabeza de Sakura se levantó ni bien la frase acabó. Lo observó, notando que detrás de esa fachada calmada y dócil, se escondía un joven tenso y lleno de ansiedad. Síntomas comunes en muchos pacientes. Creía saber cuál era el motivo que tenía así a Yamanaka. El debía estar creyendo que este iba a ser un proceso difícil y que ella en su intento por ayudarlo en la intemperie iba a provocarle más dolor del que ya sentía. Pero nada más alejado que eso. Lo peor ya había pasado en la primera curación.
— Solo un poco. — le respondió con honestidad y voz suave. Volvió a bajar la cabeza y tomó unas tijeras para cortar el alga.
— Esta cosa está muy fría.
— Y así tiene que estar Yamanaka-san. Gracias a eso, no te duele lo que debería. — le confesó. —Pero descuida, ya recuperé mi chakra. En unos minutos el dolor intenso se irá.
Ya recuperé mi chakra. Esa frase quedó sonando en la cabeza del ninja, mientras ella despegaba la hoja de su brazo. Había visto el estado tan deplorable en el que había quedado, después de su encuentro con Kisame y lo mucho que se sorprendió por eso. No cualquiera podía decir que se había cruzado con esa bestia y vivido para contarlo. Lo asombroso de eso, es ella lo consiguió y además cargaba una actitid positiva que se dejaba ver en ese pequeño comentario.
Tampoco se le escapaba el hecho de que ella los despertó y previamente a eso, trató las heridas de todo. No pudo evitar preguntarse: ¿Porqué motivo ella había sido liberada antes del infierno carmesí? Podía llegar fácilmente a varias hipótesis, pero una le molestaba más que las otras.
— ¡Aucg…! — Yamanaka ahogó un quejido y se apartó de sus pensamientos, cuando Sakura comenzó a quitar el helecho verde de su brazo. Había deseado tanto quitarse esa cosa de encima y había creído tontamente que le ardía en demasía la extremidad, hasta que ella liberó su piel y ésta se expuso al aire natural. Ahí mismo recordó las palabras de la kunoichi al comentarle lo fría que está era: "Y así tiene que estar Yamanaka-san. Gracias a eso, no te duele lo que debería." Ciertamente, ardía mucho más sin esa hoja, concedió.
Pronto su brazo sintió el alivio que necesitaba. Su agudo sensor captó el chakra de ella y le resultó agradable, relajante.
Los minutos pasaron y los ojos aguamarina de Yamanaka, que posados brevemente sobre sus compañeros que intercambiaban palabras a lo lejos (información seguramente), se apartaron. Distraído se fijó en los vestigios del enfrentamiento sobre el claro. Sus pupilas repasaban lugares, pero él estaba lejos, perdido en sus propias interrogantes. No obstante, distraído como estaba, ladeó la cabeza y se fijó en la herida que presentaba y en lo mal que se veía.
Chasqueó molesto, mientras apartaba los ojos en dirección contraria. Su fiera mirada, se cruzó con un kunai fuertemente clavado sobre un tronco y mientras detallaba su forma, su expresión se tornó todavía más seria.
No era la primera vez y no iba a ser la última, que ganaba alguna lesión en batalla. Sin embargo, perder en esta le molestaba en demasía, ya que a diferencia de otras, no tuvo nada que hacer frente al Uchiha. Fue tan frustrante sentirse impotente ante su chakra. Como ninja sensor que era, sabía la cantidad que ostentaba y lo que le generaba por dentro los matices de dicha energía. No obstante, lo que le estaba carcomiendo por dentro, envenenándolo; era que no supo cómo repeler su técnica. Pensó que con solo evitar los ojos del Akatsuki, sería suficiente. Cuan equivocado había estado. No solo no fue suficiente, sino que el muy bastardo, contaba con un amplio abanico del que valerse.
Los minutos pasaron y él ni siquiera lo notó. Pudo darse cuenta de eso, cuando la voz de Sakura le llegó, buscando de él una respuesta.
— ¿Se siente mejor?
Perplejo observó su brazo. Estaba sano. No habían rastros de pus, sangre, ampollas o cualquier impureza. Era curioso, porque sintió como si hubiese pasado un segundo desde que lo observó y de la nada, ya estaba casi como nuevo. Aunque sentía una ligera comezón, pero Sakura le explicó que se debía a que faltaba una curación más para quedar completamente curado. Él lo entendió bien. Iba a dejar hasta ahí su trabajo con él e iba a pasar a asistir a alguno de sus compañeros.
— Ten, si la picazón se vuelve muy molesta, ponte este ungüento. — le dijo, ofreciéndole un pequeño frasquito con poco de crema color celeste. —Aplícalo de este modo, ¿Lo ves? — le mostró, sacando un poco con sus dedos y haciendo movimientos circulares, donde su piel se notaba un poco rosada.
Él asintió en silencio.
— ...Yamanaka-san, quiero preguntarte una cosa. — preguntó, luego de un breve totuveo.
El asintió nuevamente y esperó por su interrogante.
— Esa herida, ¿la provocó un katón? — Yamanaka, no reparó en el sin sentido de la pregunta, ya que suponía que por muy tonta que sonase debía tener un trasfondo que no le incumbia.
La vista del rubio fue hacia su capitán y contempló el borde quemado de su capa de viaje. Si ese katón lo hubiese alcanzado, él habría muerto a causa de la llamas y por tener en su poder el pergamino, habrían compartido el mismo destino. De no haberse interpuesto, empujándolo, todo el esfuerzo hecho en misión habría sido en vano.
Su capitán era listo y muy hábil, sin embargo, fue lento para reaccionar. Ese pequeño fallo, de solo unos pocos segundos, casi les cuesta la misión. Soltó aire y desvió la mirada hacia un lado. No tenía caso molestarse con eso ahora, ya todo había pasado. — Si, lo fue. — ofreció como toda respuesta. — Gracias, Sakura. — le agradeció, mientras cambiaba de expresión por una mas animada.
Sakura se puso de pie y acercó una de sus manos a la frente del rubio.
— ¿Tengo fiebre? — preguntó, incrédulo el ninja, pues no se sentía febril. Además lo tomó por sorpresa el acto de la Kunoichi y su proximidad lo incomodó un poco.
— No, — le respondió Sakura con sinceridad y ajena a la incomodidad del familiar de Ino. — pero la tendrás. — no se lo dijo, pero iba a estar especialmente atenta de camino a la aldea, pues con la grave quemadura que había sufrido, sumado al desvanecimiento en plena lluvia, iba a provocarle como mínimo una fiebre elevada.
— Bien, creo que por ahora, hemos terminado, Yamanaka-san. —
Sakura se levantó y caminó hacia su líder.
Uno de ellos, el usuario de los insectos, al ver a la kunoichi acercarse, observó a su superior y éste le asintió afirmativamente. Aburame se alejó un poco, dando por concluida la conversación. Dio unos pocos pasos, cuando sintió un mareo que lo hizo tambalearse. Apoyó una de sus manos, sobre el tronco de un árbol para evitar la caída. Todavía persistía el malestar del Genjutsu. Cerró los ojos molesto. — ¡Ese maldito..! — meneó la cabeza de un lado al otro, mientras apretaba los dientes. — Pensar que caeríamos tan fácilmente... — soltó en voz alta con recelo en la voz. De pronto, su cabeza se levantó y se fijó en el capitán Morino. — Líder de escuadrón, ¿El pergamino..?
Sakura que vio toda la escena, fue directa hacia él, para asistirlo y soldar sus dos costillas fisuradas.
Ante la atenta mirada de todos, Morino metió la mano dentro de su capa y buscó. A los pocos segundos, extrajo el pergamino en cuestión.
El alivio fue colectivo. Aunque Sakura ya sabía desde hacía horas y Morino se había palpado el chaleco ni bien despertó para comprobar esto mismo.
Sakura volvió la vista a su trabajo. Aburame se había quitado la parte superior de su ropa y había ordenado a los insectos descansar sobre una piedra adyacente a él, para que la profesional de la salud, tenga la libertad de hacer su trabajo sin ellos polulando inquietos de un lado para el otro. Una vez que la faja de hojas que tenía adherido al torso, lo liberó. El shinobi pudo apreciar por el rabillo del ojos el resplandor del chakra verde esmeralda que lo curaba. Esa fue toda la atención que le prestó a la kunoichi.
Vio a Yamanaka examinarse un poco el brazo y poco despues, ponerse el chaleco militar mientras cortaba distancia con el líder.
— Necesito un informe. — los ojos oscuros del shinobi, apuntaban directo a Yamanaka, mientras aguardaba por el relato.
El rubio fue rápido en entender que le pedía, cuente lo que sucedió luego de que él y Aburame cayeran inconscientes.
Yamanaka relató con lujo de detalle, lo que sucedió: Su batalla contra el Akatsuki, (luego de que cayó el líder), la llegada de Sakura al campo en mal estado y sin Kisame. También de su cuestionable decisión de quedarse a pelear en lugar de irse con el pergamino y abandonarlos a todos. Del tiempo en vano que quiso ganar la pelirosa, antes de caer dentro del Genjutsu. La llegada del Alatsuki de Kirigakure y su propia caída dentro de la pesadilla ilusoria.
—Ya veo... — comentó con voz baja y queda, el líder una vez, Yamanaka acabó su relato. Bajó la vista hacia sus sandalias pensativo.
Un silencio prolongado, se extendió entre los presentes. Y al igual que Sakura al despertar, tenían miles de interrogantes rondándoles la cabeza. La que mas peso tenía, era presidamente la que se le escapó de los labios mientras reflexionaba:
—Entonces, ¿Debemos suponer que no sabían nada del pergamino y que lo sucedido fue una causalidad?
—Es una posibilidad y una buena razón, para explicar que no se hayan llevado el pergamino teniendo la oportunidad. — concedió Aburame con voz seria.
Era factible pensarlo, ambos grupos cruzaron caminos y al ser criminales buscados, acabaron enfrentándose.
Sin embargo, una cosa, no quitaba la otra.
Estaba muy molesto con la realización de toda esa misión, con la novata y con los Akatsuki. Ya venía accidentada al buscar el escondite por un periodo más largo del que debió ser y para empeorar las cosas aparecieron ellos a demorarlos más todavía. Con él mismo también estaba molesto, esos malditos eran solo dos y no pudo matar siquiera uno. —Maldita sea… — susurró.
Al estar a su lado, Sakura lo oyó perfectamente, pero evitó mirarlo. Su tensión muscular ya le daba un pantallazo de estado alterado que se encontraba su compañero, por muy calmado que quisiese mostrarse.
Cuando terminó con él, le pidió que se cubra y que de sentir alguna molestia, la llame. Él solo asintió y le dio la espalda para buscar su ropa.
Finalmente, llegó donde su capitán y como con los demás, repitió el ofrecimiento de la píldora y el agua, y comenzó a emanar chakra sobre su hombro sin quitarle la gasa que mantenía sujeto su brazo, ni las hojas.
Pasado un rato, le pidió al hombre que nueva un poco el hombro liberándolo de las gasa y alga. Que ahora que lo pensaba mejor, la kunoichi no creía que el nombre apropiado para ella fuese ese. La había usado como compresa fría, para aliviar a Aburame y sus propiedades desinflamantes sobre la dislocación semi parcial de su capitán y había envuelto toda la extremidad lesionada de Yamanaka, para protegerlo de agentes externos que pudiesen infectarlo nuevamente. En sí, los tres shinobis necesitaban más o menos lo mismo, un desinflamante frío, algo que alivie el dolor o ardor y a su vez los proteja. Y todo eso lo tenía una sola hoja medicinal. Por eso, para ella era todo un milagro de la naturaleza. Lastima que otros médicos no la tenían en cuenta aún.
Quizás el nombre correcto sería: hoja de Hishirama. Él también le llamaba poderosamente la atención; por ahí se decía, que sus células eran todo lo que se necesitaba para curar alguna lesión, hacer injertos o incluso procedimientos mucho más descabellados. No sabía si esto era cierto, pero el mito, era casi cultura general para muchas de las Grandes Naciones.
Le movió un poco el brazo y hombro, primero con cuidado en pequeños círculos. Luego, ya con más confianza, el shinobi mismo, levantó el brazo hacia arriba y a los lados.
Al no ver mueca de dolor, Sakura concluyó que su trabajo ya estaba hecho. Se alejó y fue por sus cosas. Iba a guardar todo dentro de su mochila y a sentarse un momento, para atender sus propias heridas. Ya que con ellos recuperados, pronto iban a tener que empezar a moverse.
