Legado
Estaba en su despacho con Riza y Elizabeth. Su esposa cargaba en brazos a la pequeña para intentar dormirla. Miraba la imagen abstraído, la suavidad en el rostro de Hawkeye mientras mecía a la pequeña de cabellos rubios lo llenaba de calidez, debería dejar de observarlas, debería estar trabajando. Su esposa al notarlo se aclaró la garganta.
-Su Excelencia, ese papeleo no se hará solo. -
- ¿De verdad? Qué engaño. -
Escucharon pasos y risas acercándose por el pasillo. Reconoció la voz estridente de Rebecca Catalina y la risa algo bobalicona de Havoc. Regresaban de recoger a su hijo en la escuela, era una tarea que les habían delegado y que Rebecca había aceptado gustosa, Havoc se mostró un poco menos entusiasta, pero disfrutaba de pasar el tiempo con el niño. Abrieron la puerta sin tocar, y Maes ingresó casi corriendo a abrazar a Riza.
- ¡Hola mamá, hola Eli! - Hubo un momento, cuando decidieron tener otro hijo, que dudaron de cómo reaccionaría Maes a dejar de ser hijo único. Para cuando Riza finalmente quedó embarazada, Maes ya tenía casi 9 años, una edad algo complicada, creyeron. Afortunadamente, su hijo estaba encantado, sobre todo cuando supo que sería una niña. Era algo que le dieron a su hijo y que ellos nunca tuvieron, ambos eran hijos únicos. Si, él tuvo a las chicas de Madame, pero ciertamente no era lo mismo, ellas eran mucho mayores que él y terminaba siendo el objeto de sus juegos infantiles. Maes, en cambio, era el mayor y podría ser el protector de su pequeña hermana como había vociferado emocionado cuando le comunicaron que Elizabeth había nacido.
Maes rodeaba la cadera de Riza con sus brazos, y ella le acariciaba la cabeza con la mano que tenía libre. Rebecca se había acercado a saludar a la niña y a su amiga.
-Riza, ¿quieres que te ayude? - Él no congeniaba mucho con Rebecca, pero debía reconocer que era muy atenta y cariñosa con sus hijos. Maes la adoraba, y Elizabeth se sentía muy bien con ella.
-Sí, cárgala un momento. Gracias Rebecca. - La mujer de cabello negro y rizado alzó a la pequeña en brazos.
-Hola Eli, ¿cómo has estado? - La pequeña soltó una risita al reconocer la voz de la mujer que la tenía en brazos.
-Llévala a la sala de descanso si puedes. Tú también ve Maes. -
- ¡No! Primero quiero hablar con papá. -
-Pues aquí estoy, y aún no me has saludado. - El niño soltó a su madre y corrió hacía él, lo tomó de debajo de los brazos y lo subió a sus piernas para abrazarlo, cada vez costaba un poco más hacer eso, su hijo estaba creciendo. Siempre que hacía eso agradecía que, al crecer, su hijo no perdiera esa efusividad cariñosa que lo caracterizaba.
-Papi, quería decirte algo importante. - Le dijo solemnemente. A sus 10 años, su hijo mostraba la impronta de su madre cuando de hablar de cosas que le importaban se trataba.
-Dime, te escucho. - El pequeño pareció tomar aire como si necesitara coraje para decir lo que tenía que decir. Sonrió divertido. ¿Qué podría ser tan importante que necesitaba tanta preparación para decirlo?
-Yo quiero… Quiero. - La cara de Maes estaba casi roja. Riza observaba desde su lugar intrigada por la actitud de su hijo.
- ¿Qué quieres hijo? No tengas miedo, sabes que, si podemos, tu mamá y yo te lo daremos. - Los ojos chocolate que tenía delante lo miraron fijo y vio a su esposa en ellos, rebosaban determinación.
-Quiero aprender alquimia como tú. - Dejó escapar una sonrisa de resignación y miró fugazmente a Riza.
Esperaba esto. Tarde o temprano, esperaba que fuera más tarde para que otros intereses sacaran el foco de su hijo en lo que él hacía. Por supuesto hace algunos años se había visto en la necesidad de explicarle a su hijo el porqué de que tuviera unos guantes con círculos "raros", de por qué el "Tío Alex" podía hacer muros de la nada. Le explicó lo que era la alquimia y le enseñó lo que podía hacer, había notado su asombro, pero como nunca hizo más comentarios al respecto, supuso que lo había olvidado.
Suspiró. No quería que su hijo siguiera sus pasos, ni como alquimista ni como militar. Él tenía que ser otra cosa. Miró a Riza que también portaba una expresión de resignación, al cruzar sus miradas, ella asintió. Tal vez podría enseñarle alguna cosa. No dañaría a nadie que transmutara algunas figuras de papel o de madera. Y quizás en cuanto viera la dificultad que representaba aprender alquimia, su hijo desistiría. Dudaba de su último, era hijo suyo y de Hawkeye, la perseverancia corría por sus venas.
-Bueno, podría enseñarte algunas cosas básicas si quieres. Pero no es nada fácil, te lo advierto. - El rostro de Maes se iluminó.
- ¿De verdad me enseñaras alquimia papi? -
-Claro, si es lo quieres. - Su hijo saltó de alegría.
- ¿Oíste Mami? ¡Voy a ser alquimista!-
-Eso es excelente hijo. - Riza había relajado su postura, seguro coincidía con que no haría nada de daño que sepa cosas sencillas con alquimia. Era natural que el niño quisiera seguir sus pasos, además, estaba rodeado de alquimistas y militares, era lógico que se reflejara con eso; era algo que deberían modificar si querían que tuviera otros intereses.
- ¿Y cuándo sepa mucha alquimia me enseñaras a usar el fuego como haces tú? -
Sintió su corazón caer hasta su estómago, su sonrisa borrarse de un plumazo. Dirigió una fugaz mirada a su esposa, estaba más pálida que de costumbre, y su postura se había vuelto tan rígida que se preguntaba sino le dolería la espalda de estar así.
Si hubiese dependido de él, de ellos, Maes nunca se habría enterado de que siquiera existía la alquimia de fuego. Pero siendo quién era, resultó imposible. Recordaba que estaban en un acto oficial cuando alguien además de presentarlo como el Führer, agregó su apodo de alquimista; no le gustaba ser presentado así, más cuando estaban en presencia de corresponsales de Ishval, pero seguramente el que lo hizo quería generar más impacto. Luego de su discurso, Maes había preguntado qué significaba ser "El alquimista de la llama" y Riza decidió decirle, no tenía sentido mentir ni inventar excusas, bastante ya le estaban ocultando respecto a su alquimia. Tragó el nudo que tenía en la garganta intentando responderle algo a su hijo que lo miraba expectante.
-Ya veremos. Esa alquimia es…- Maldita, destructiva, dañina. - Compleja. - La respuesta evasiva pareció complacer al niño que parecía alegre y ajeno al estado anímico de sus padres.
-Ahora, tu madre y yo tenemos que ocuparnos de algunas cosas. ¿Por qué no vas a ver a Eli y a tu tía Becca en la sala de descanso? -
- ¡De acuerdo! - Su hijo salió saltando contento de la oficina. Él tenía tantas ganas de llorar que comenzaba a dolerle la cabeza. Riza no se había movido de su lugar. Se levantó de su asiento y se acercó a ella para rodearla con sus brazos. Ella lo permitió, a pesar de que nunca dejaba que se acercara tanto en el trabajo. Aparentemente, lo necesitaba. Apoyó la cabeza en su pecho y él acarició su pelo.
-Sabía que eso pasaría tarde o temprano. -
-Sí, yo también lo esperaba. Pero no estaba listo para que lo preguntara. -
-Lo manejaste bien. Nada ganábamos negándonos rotundamente a la idea. - No, ciertamente no. Si Maes era un poco parecido a él (y demonios que sí lo era) no aceptaría un no como respuesta tan fácil. Él le había insistido a su Maestro por bastante tiempo hasta que logró que lo tomara de alumno.
Riza lo agarró más fuerte y él la rodeó con sus brazos.
-Tranquila. -
-Por favor, has lo posible para que no quiera aprender alquimia de fuego. - La voz de Riza sonaba tan suplicante. Se quebró al final de la frase, pero mantuvo la compostura.
-Te prometo que nunca sabrá nada sobre ella, absolutamente nada. -
Era un tema delicado para ella. Siempre se esforzó para que Maes nunca viera su espalda y evitar tener que mentirle a su hijo, porque la opción de decirle la verdad (al menos de momento) no estaba en la mesa. Ni siquiera le habían mencionado al padre de Riza, su abuelo. Para el niño, sus únicos abuelos eran Grumman y Madame Christmas. Y así estaba bien.
Riza se alejó un poco para mirarlo. Este eran el tipo de cosas a las que temían desde que supieron que Maes vendría en camino.
-Algún día tendremos que contarle todo. Y a Elizabeth también. -
-Lo sé. -
Eso era algo que los aterraba. Cómo reaccionarían sus hijos cuando supieran la verdadera historia sobre ellos, sobre Ishval. Maes poco sabía de cómo se habían conocido, de cómo había terminado estando juntos. Había demasiados detalles para ocultar de su historia juntos.
-Todo estará bien. -
Le susurró para tranquilizarla.
Otra semana, otro capítulo! Y otra vez en el costado paternal del royai, salieron casi juntos de mi cabeza con el anterior, espero que les guste.
Nos leemos la próxima!
