Desde que conocí la interacción entre Terra y Naminé en el concierto de Kingdom Hearts, y después, al jugar al KH3 y que Naminé revelara que contactó con la Consciencia Latente de Terra, sentí interés en desarrollar una posible amistad entre estos dos personajes. De hecho, me gustaría que en el juego nos la dieran.
En este fic, tras la marcha de Riku a Quadratum, Naminé reside en Tierra de Partida. Ahí, desarrolla su amistad con Terra y en una de las noches bajo las estrellas, tras una conversación con él, reflexiona sobre los distintos grados de amistad. Aparte de esta amistad Terra/Naminé, el fic contiene tintes de TerrAqua y RikuNami.
El firmamento de Tierra de Partida tenía algo especial, mágico incluso. Todos los pequeños puntos brillantes y parpadeantes cubrían el cielo negro, entregando una paz instantánea al corazón de todo aquel que trasnochara para observarlo. Incluso lo hacían las estrellas fugaces que travesaban de este a oeste el castillo de Tierra de Partida, dejando una estela tras de si, que era la que en este instante dibujaba Naminé en su cuaderno.
Le parecía increíble poder sentarse enfrente del castillo que un día la vio nacer. Un lugar horrible, con torres torcidas y de aspecto monstruoso que invitaba a alejarse a todo aquel morador que quisiera entrar en sus entrañas. Si aun así decidía entrar, se enfrentaba a un destino cruel: una vida sin memoria, sin saber de dónde provenía o a dónde debía de ir. Naminé había condenado a Sora a ese destino, manejada por las redes de la Organización XIII, siendo un pajarito atrapado entre paredes blancas sin la esperanza de salir de ellas. Por fortuna, el desenlace no fue el esperado, y gracias a aquel chico, que no recordaba nada de su estancia en el Castillo del Olvido, Naminé y el resto disfrutaban de la paz.
Cuando dibujaba el castillo de Tierra de Partida, de torres rectas y sujetadas por gruesas cadenas de oro, sentía que se reencontraba con su verdadero lugar de nacimiento. Naminé no podía evitar esbozar una sonrisa sincera cuando pensaba que el Castillo del Olvido era cómo ella: un pájaro atrapado en una gran jaula, y que Tierra de Partida, era la expresión de libertad.
Sumergida en sus pensamientos que sólo eran interrumpidos por el ruido del lápiz pintando el papel, no se dio cuenta del peso suave de una manta que se apoyó en sus hombros. Levantó la vista y descubrió a un sonriente Terra con un par de tazas humeantes en su mano.
- Tierra de Partida no es un lugar caluroso, Naminé – dijo a modo de saludo, sentándose a su lado y dándole una taza.
Naminé soltó el cuaderno a un lado y la rodeó con ambas manos, sintiendo que el calor de su contenido escalaba por sus brazos y llegaba al resto del cuerpo.
- Estoy bien – mintió, pues era cierto que con su vestido blanco y sus sandalias azules, no debía de trasnochar en el mirador.
Terra se limitó a esbozarle una pequeña sonrisa y miró hacía el cielo. Naminé había aprendido a disfrutar de su compañía silenciosa. El mayor de los tres oriundos del castillo demostraba con gestos como aquel su preocupación por ella y no a preguntar si no era necesario. Al principio de llegar a Tierra de Partida, justo después que lo hiciera Kairi, pensó que la de Ven sería la compañía que más agradecería, o incluso la de la Maestra Aqua, pero los días transcurrieron y descubrió que era la de Terra la que le gustaba más.
- Me pregunto si Riku compartirá el mismo firmamento que nosotros – murmuró al cabo de un rato, cuando terminó de dibujar todos y cada uno de los puntitos que iluminaban la noche.
- Siempre hay un cielo guiándonos – aseguró Terra sin apartar la vista de un punto indeterminado de él -. Regresará antes de lo que pensamos – añadió para animarla.
A Naminé le golpeó el corazón en el pecho. Tenía ganas de ver a Riku y a su sonrisa satisfecha por haber rescatado sano y salvo a Sora. Quería ver a Kairi ser esa chica bromista y decidida que guardaba en sus memorias. Y por supuesto, quería reencontrarse con Sora y tener la oportunidad de ser su amiga, tras pedirle perdón por lo que le hizo en el Castillo del Olvido.
Pero, ya había transcurrido unas semanas desde que Riku partiera a Quadratum y las cosas seguían igual.
- Le echo de menos – murmuró soltando el cuaderno de nuevo y terminándose la infusión que le había traído Terra -. Debí de haberle dado algún amuleto, como Kairi se lo dio a Sora, para que encuentre el camino de vuelta si fuera necesario.
- Tú luz es suficiente – respondió Terra con seguridad -. Estoy seguro que el hechizo que puso Aqua en nuestros Siempre Juntoses lo que hizo que los tres nos reencontráramos, pero fue su luz, la que impidió que me hundiera en la oscuridad. Ya lo sabes: tú me animaste a seguirla.
- Lo sé – asintió Naminé acordándose del momento, cuando a través del corazón de Ven, encontró el de Terra.
Dirigió una mano a su pecho y cerró los ojos. Una sensación agradable le recorrió el cuerpo al pensar que Riku podía llegar a la Realidad mediante ella. Confío en las palabras de Terra, y asintió, convencida de que así sería.
Al abrir los ojos, se encontró con la mirada paternal de Terra, aquella que reservaba sólo para Riku y que había empezado a expresar con ella. Eso la hizo sonreír y lo abrazó. Había conocido el hecho de tener un padre a través de las memorias de Kairi, y ahora, empezaba a sentir esa sensación de protección y seguridad cuando estaba con Terra.
- Gracias – susurró cerrando de nuevo los ojos.
- Te he dicho muchas veces que el único que debe de dar las gracias de los dos soy yo – dijo Terra -. Si no fuera por ti, no estaríamos aquí.
- Eso ya pasó – se quejó Naminé enrojeciéndose por el cumplido y separándose de él.
- Eres igual de cabezona que Kairi – dijo Terra revolviéndole el cabello tal y cómo hacía con Ven, haciendo que se riera automáticamente -. Aunque el más cabezón de Tierra de Partida soy yo, así que continuaré dándotelas.
Naminé se rió todavía más y eso iluminó la cara de Terra. Volvieron al silencio, y Naminé siguió con su dibujo del castillo, mientras Terra observaba cómo realizaba los trazos. De vez en cuando, tomaba la infusión y dejaba reposar el lápiz para ver las estrellas fugaces.
Si Marluxia o Larxene, o cualquier otro miembro de la Organización XIII, le hubieran dicho que el Castillo del Olvido le entregaría momentos así, Naminé hubiese pensado que era otra de sus retorcidas formas de burlarse de ella. Cuando sus nombres aparecían, no podía dejar de recordar una escena que le dolía en el fondo de su corazón.
- ¿Qué está haciendo Sora? – preguntaba Marluxia -. No tenemos todo el día. ¿Has terminado?
- Está casi – decía mientras sentía dolor en su muñeca por la rapidez que debía de realizar los trazos -. He de continuar.
- Esta cabeza de chorlito nos está retrasando. ¿Por qué no has confiado en la magia del lugar? Además, Sora no parece ser demasiado… Listo – decía Larxene con voz arrogante -. Esta bruja sin nombre es totalmente innecesaria.
- Esta bruja nos dará lo necesario para derrocar a Xemnas – cortaba Marluxia de forma tajante -. Después, nos desharemos de ella – y soltó una carcajada que le hizo recorrer un escalofrío -. Si quieres, podrás contar con dicho honor. Aunque, me daría vergüenza encargarme de alguien que no se puede defender – y la miró desde su altura, con ojos fríos como el hielo y los labios apretados -. ¿Qué miras? – preguntaba al ver que descuidaba el trazo para seguir la conversación entre sus dos captores -. Sigue con tu trabajo.
Naminé siguió con el trazo, con lágrimas en sus ojos, aterrada y mirando el papel para que Marluxia no se diera cuenta que tenía la capacidad de sentir. ¿Acaso no era una incorpóreo sin sentimientos? Eso era lo que le habían dicho.
Las lágrimas se manifestaron en el presente y Terra se las recogió con delicadeza.
- ¿Es por Riku? – preguntó con cierta timidez en su voz.
Tuvo que parpadear un par de veces para acordarse del tema de conversación que mantenía con Terra y comprender la preocupación de su amigo.
- No – negó -. Es por Marluxia y Larxene.
- Siento que este lugar no te de buenos recuerdos – se disculpó al rato, cuando revisó en su mente la relación entre Marluxia, Larxene y Naminé.
- ¿Sabes? Ahora los tengo – afirmó y se sonrojó al pensar cuál era el mejor recuerdo que tenía del castillo.
Fue tiempo atrás, cuando Riku, todavía sin pistas de Sora, decidió pasar un tiempo en Tierra de Partida. Allí, recuperó el tiempo perdido con Terra y ambos aprendieron del uno y del otro. Un día, Riku visitó Villa Crepúsculo, el que fuera el primer hogar de Naminé tras despertar en el laboratorio de Ansem el Sabio, y llevarla a diferentes mundos. Pero fue en Tierra de Partida, bajo una noche estrellada como la de aquel día, y en el mismo lugar dónde dibujaba ese firmamento, que Riku la besó.
Bajo la mirada curiosa de Terra, Naminé vio un brillo de felicidad que lo delató como conocedor de aquel recuerdo. No le extrañó que Riku se lo contara en alguno de sus momentos, pero Terra no preguntó, sino que sonrió y le rodeó los hombros con su brazo derecho. Eso la animó a darle su versión.
- Cuando no tenía corazón, conocí el amor a través de las memorias de Kairi – contó en casi un susurro, fijando la vista en su dibujo casi terminado -. Puedo describir todas las sensaciones que sentía cuando Sora y Kairi tenían momentos juntos. Empecé a sentirlas con la réplica de Riku, y posteriormente, con el Riku verdadero. ¿Sabes que me llevó a diferentes mundos con la Nave Gumi? – lo miró de reojo, todavía sin creerse que iba a contar ese momento a alguien y Terra asintió, siguiendo la conversación -. Cuando nuestros viajes terminaron, me trajo a conocer este lugar que para mí fue una prisión. Nunca imaginé lo hermoso que era fuera de su jaula, y Riku, en este mirador, me dijo que así era yo en realidad, fuera del Castillo del Olvido. Me prometió que me protegería de otro lugar como ese y después, me tomó de las manos, y me besó.
Cerró los ojos, incapaz de seguir el relato, y su corazón golpeó el pecho con gran nerviosismo. No sabía si Terra querría escuchar aquello o si hacía bien en contárselo. En cambio, su reacción la tomó por sorpresa.
- No eres la primera a la que toman por sorpresa en este mirador – se rió suavemente y Naminé alzó la cabeza de un latigazo, con la boca abierta y los ojos de par en par. Su cara debió de ser graciosa, pues Terra soltó una carcajada más sonora que la anterior -. ¿Qué? – preguntó -. Acabas de contarme que Riku te ha besado aquí. Somos amigos: lo justo es que yo te cuente cómo Aqua hizo lo mismo conmigo.
Amigos.
Naminé sonrió ampliamente, mirándole a los ojos con agradecimiento. Por supuesto, todos eran amigos. El poder de la amistad los había unido y salvado de sus destinos fatales. Sora les enseñó que las conexiones entre los corazones era el poder más poderoso conocido. Pero dentro de la amistad habían grados y Naminé los comprendió en ese justo instante.
Con Axel, Roxas, Xion, Isa, Pence, Olette y Hayner podían compartir puestas de sol tomando helado y charlando tranquilamente, y entre las bromas de Axel y las vivencias de los tres amigos de Villa Crepúsculo, pasaban agradables atardeceres. Pero ninguno de ellos la habían hecho sentir con la suficiente confianza para hablar de los sentimientos que empezaba a sentir por Riku.
Riku era la persona con la que podía hablar de sus miedos y de sus dudas como persona completa. Podía preguntarle sin miedo qué significaban algunas situaciones cuotidianas a las que jamás se había enfrentado y podía hablarle de cualquier cosa sin miedo a ser juzgada. El tiempo parecía que no transcurría cuando estaba con su compañía y se sentía tan querida a su lado, que no quería separarse de él, a pesar de ser conocedora que Riku iría a dónde hiciera falta en busca de Sora.
Kairi era la otra persona a la que no tenía miedo de hablar de sus sentimientos, pues era tan íntima su relación debido a la naturaleza de Naminé, que no podía tratarla como una desconocida. Era su hermana, de hecho, si lo pensaba bien, incluso su madre, pues de ella y Sora nació. Y por ese motivo, sabía que no tardaría en desarrollar una amistad íntima con Sora cuando tuvieran ocasión de convivir juntos.
Y finalmente, los tres oriundos de Tierra de Partida. Su relación con la Maestra Aqua y con Ven podía compararlas con las que mantenía con cualquiera de los chicos de Villa Crepúsculo. Pero la amistad inesperada que desarrolló con Terra, se había vuelto tan íntima, que descubrió que podía contarle todo. Y además, en ese instante, cuando Terra empezó a hablarle de su momento con la Maestra Aqua, supo, que era el único de sus amigos que iba a confiar en ella sus recuerdos más íntimos. Quizás, el motivo residía en que Kairi y Riku veían tan obvio que Naminé era conocedora de sus recuerdos, que no era necesario revivirlos.
En ese momento, supo, que en su nueva Estación del Corazón, Terra iba a residir para siempre.
