SUMMARY: "Era la mano de Miroku la que se dirigía a su pecho- pero el frío brillo en sus ojos no era Miroku en absoluto, y Sango luchó para apartarse, asqueada." Cuando un demonio posesiona a Miroku por su Kazaana, va tras Sango para tratar de romper el espíritu de su huésped."

DISCLAIMER: Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son de Rumiko Takahashi. La historia tampoco es mía, yo sólo la traduje de su idioma original con el respectivo permiso. Créditos a su autora original, Ranowa Hikura, a quien además le agradezco por su autorización y la excelente historia que escribió.

ADVERTENCIA: Rating M por escenas con contenido de índole sexual.


Shadowed Soul

Capítulo 2


Cuando Sango recobró la consciencia, fue con un instinto de correr por su vida tan poderoso que apenas pudo evitar seguirlo.

Porque, con el conocimiento vino el recuerdo inmediato de cómo simplemente había sido noqueada – y ese recuerdo no era más que la imagen de su pacífico, sonriente, querido monje – parado ahí con los ojos destellando con una escalofriante luz de sed de sangre, y su boca retorcida en un hambriento, feroz gruñido.

Apuñalando a InuYasha. Apuntando la Kazaana hacia ellos. La espada sostenida tan naturalmente como una extensión de su brazo, goteando sangre…

El terror tiñó sus recuerdos de rojo con una pura y absoluta rabia- y todo el miedo se desvaneció.

Sus puños apretados.

Kirara, con Kagome; su espada, atrás en el campamento, abandonada; su Hiraikotsu, dejado atrás por la fuerza… No importaba. ¿Desarmada? Entonces destrozaría al demonio que había tomado refugio dentro de su monje con sus propias manos.

¿Tu monje, Sango? ¿Tuyo? Él se comprometió contigo, y tú con él, pero ¿eso lo hace tuyo ahora? Y conociendo a ese libertino, encontrará a una mujer bonita pronto para que tenga a su hijo, a pesar de lo que te dijo… él necesita un heredero, después de todo…

Sonrojada furiosamente ante sus propios pensamientos, Sango sacudió su cabeza a sí misma y se hizo concentrarse. ¿Qué le pasaba – pensando en esas cosas ahora? ¡Eso había sido exactamente a lo que había tenido miedo Miroku! Permitiendo que algo se desarrollara entre ellos, y ese algo progresara al punto en el que podría distraerlos incluso cuando había un demonio justo frente a ellos.

Lo que ahora importaba era sacar a ese monstruo de Miroku. Cualquier otra cosa era irrelevante. Sango se forzó a abrir los ojos, los nervios aún tensos y la ira aún en aumento.

Miroku – o lo que fuera que estaba dentro de él ahora mismo, de todos modos – estaba de pie de espalda a ella, el shakujō tirado, abandonado en el suelo, la espada a su lado. Ella había sido dejada en el suelo también, su cara a pulgadas de un apretado crecimiento de desordenadas hierbas marrones, e hizo una mueca ante la vista, alejándose. Sus manos habían sido dejadas libres, rápidamente ella las levantó en una posición defensiva, para todo lo bueno que podrían hacerle, y miró con furia la espalda del demonio.

— ¡¿Qué tienes planeado hacer conmigo, yōkai?! — Le gritó, lista para escabullirse en cualquier momento. — ¡¿Por qué me trajiste?!

Viéndose difícilmente sorprendido de que ella estuviese despierta, él simplemente hizo un gesto despectivo en su dirección, ni siquiera volteando su cabeza hacia ella.

— Todo a su debido tiempo, humana — murmuró casualmente, la cabeza aún inclinada. El demonio hizo una pausa, la espada descansando sobre su hombro, entonces se aclaró la garganta —. Tengo algunos asuntos de los que ocuparme. Si regreso y te has ido, entonces me marcharé a otro recipiente y tu querido monje morirá. Ten eso en mente, humana.

La amenaza sonaba vaga, distraída; una ocurrencia tardía casual de él en comparación con la amenaza mortal que le paralizó el corazón a ella, y Sango se mantuvo congelada en el suelo mientras el demonio alcanzaba el báculo del monje, preparándose para partir.

Lo que pasó a continuación hizo a Sango gritar y retroceder, protegiéndose los ojos de la brillante luz, y la mano del demonio se enroscó congelada en medio del aire – la palma quemada en carne viva.

El shakujō de Miroku se había expandido en un resplandor de energía blanca tan intensa que ella podía sentir el calor a varios pies de distancia, reaccionando contra el demonio tratando de tocarlo con una barrera sagrada tan poderosa que fue incapaz incluso de romperla. Resplandecía aún ahora, crepitando en un escudo protector de imponente fuerza, el poder espiritual y sagrado tan brillante que cegaba.

Ella observaba, completamente sin habla.

El demonio se retiró una pulgada, la mano detenida justo fuera de la barrera protectora – las facciones, un indescriptible reparto de frustración.

— ¿Qué, también puso sutras en su báculo? — Masculló, dando vueltas su mano quemada, con tranquila introspección. — Imbécil paranoico.

El demonio dejó su brazo atrás, sacudiendo la larga manga sobre las quemaduras junto a otro gruñido de fastidio.

Con calma, llevó un pie con sandalia hacia abajo, atravesando la barrera para plantarlo contra el shakujō. La quemadura de carne fue horripilante contra sus oídos y Sango jadeó, arrodillada en shock mientras el demonio resistía la hirviente barrera sin siquiera encogerse.

Él partió el báculo por la mitad con un simple pisotón, y al mismo tiempo, esa barrera se dispersó en una derrotada deflación de luz.

— Esta cosa era inútil, de cualquier modo — murmuró en voz baja, girando el tobillo quemado un par de veces antes de darle la espalda descuidadamente, procediendo a alejarse cuesta abajo sin un segundo vistazo.

Sango se cubrió la boca con una mano temblorosa, mirándolo y encontrándose a sí misma completamente sin palabras.

Desde atrás, la descuidada, cruel sombra de las facciones que ella conocía tan bien estaban ocultas, y él no se veía distinto al monje por el que ella se preocupaba.

Entonces, sin solicitarlo, sus ojos fueron arrancados de Miroku, y dirigidos a lo que había dejado atrás. Su shakujō permanecía ahí, inocentemente en el suelo, dos rotas mitades de algo que era tan esencial en Miroku como su Kazaana y sus hábitos libidinosos, y verlo tendido ahí, ya no entero, dejado atrás simplemente como restos innecesarios…

Ella recordó, por lo terrible, cómo InuYasha había creído al principio que Kikyō había muerto cuando Naraku había enviado a la sacerdotisa muerta al río de miasma. Todo lo que ella había dejado atrás habían sido las dos mitades de su arco.

Eso había sido suficiente para convencerlo.

Y, aún ahora, cuando ella observaba a Miroku caminar silenciosamente colina abajo hacia la aldea a sus pies, el báculo roto dejado atrás decía todo lo que las palabras no podían.

— Hōshi–sama… — Exhaló, temblando por el dolor en las palabras, y se acercó de rodillas hacia el báculo, tocando uno de los extremos con respeto.

Su corazón roto.

Hōshi–sama…

Tan aplastante como lo era la derrota que trató de envolverla ahora, aún- había un problema. Esa barrera había sido casi igual al rechazo de las cuentas sagradas al espíritu dentro del cuerpo de Miroku. Sin embargo, el demonio claramente había sido capaz de tocar el shakujō hasta ahora, sin importar cuán bien Miroku hubiera tratado de protegerlo contra espíritus malignos. Tenía sentido, para estar seguro, que las cuentas sagradas estuvieran encantadas con más fuerza que su báculo- pero aún asumiendo que su protección era más débil que la que sellaba su Kazaana, ¿por qué lo había afectado ahora, si antes no?

Ella deslizó una mano sobre el frío metal, pensándolo detenidamente.

Si los encantamientos en esto que protegían contra los demonios no eran tan fuertes como los que tenían las cuentas sagradas, sólo le quedaba asumir que el demonio en Miroku estaba perdiendo la tolerancia o la resistencia que había tenido a ellos la última noche- perdiéndola rápidamente. La mayoría de los demonios que tenía resistencia a este tipo de objetos sagrados, por lo general la tenían solos, por la fuerza bruta; un sutra que podría destruir a un demonio débil, se desintegraría si algún insensato monje tratara de lanzarlo, digamos, a Sesshōmaru. Pero no tenía ningún sentido que la fuerza de la vida del demonio se degenerara tan rápido por la noche- sobre todo porque él no parecía estar debilitándose en lo más mínimo.

Frunció el ceño de nuevo.

Este no era un demonio común. Esta era una posesión- una posesión por un espíritu extremadamente fuerte y experimentado. Y esa espada era usada como médium. Era muy claro ahora que Miroku había sido el objetivo desde el principio; el "viajero" le había pasado a Miroku, específicamente, esa espada, y ahí en adelante, el espíritu parecía haber tenido completo acceso para tratar y tomar residencia dentro de él.

Con una creciente inquietud, ella hizo una mueca. Sonaba más como un Tessou- o un Ladrón de Almas.

No era algo con lo que ella se hubiese encontrado en persona, pero su padre había hablado brevemente sobre ellos. Existían como espíritus inmortales sin una forma tangible- aferradas a objetos inanimados en su lugar. Una vez que los rituales apropiados habían sido efectuados, el demonio y el objeto estaban unidos- la única forma de matar al yōkai era destruyendo el objeto. Por supuesto, porque no hay criatura, humano o yōkai, que estaría conforme con vivir inanimado, ellos posesionaban humanos.

Sin embargo, a diferencia de otras posesiones, estas estaban destinadas a ser a largo plazo. La mayoría de los demonios, cuando se dignaban a poseer a un mortal, lo hacían tan salvaje y violentamente, que casi de inmediato tomaban el control completo. Su huésped no duraba mucho.

Pero ellos ya sabían que este demonio se había tomado su tiempo con Miroku. Se había escondido en la espada hasta que estuvo seguro, por horas ininterrumpidas hasta que al final, asaltó a su renuente huésped, e incluso entonces, cuando InuYasha lo había descubierto y atacado, aún tenía que tomar el control total.

También, en la mayoría de las posesiones, el cuerpo permanecía humano hasta que era descartado, y el demonio salía. Y todavía, Miroku había sido capaz de mantenerse firme frente a la fuerza bruta de InuYasha e, imposible para él, soportado la velocidad del demonio. Eso sugería que el demonio, incluso tan pronto como la noche pasada, había comenzado a mejorar el cuerpo de Miroku, para volverlo menos humano, y más demonio.

Ella suspiró- la repulsión y el horror elevándose junto al terrible golpe que la había dejado sin habla.

Por supuesto… eso era.

La noche anterior, él no había avanzado tanto en la transición. Capaz de adaptarse a InuYasha sólo por un corto tiempo y produciendo miasma- pero eso había parecido ser el límite de sus habilidades. Pero ahora, había procedido más lejos en la transición. Y mientras más lejos progresara, más sensible sería a los objetos sagrados.

Ese era por qué el shakujō de Miroku sólo ahora lo había rechazado.

Ella bajó la vista tristemente a las abandonadas piezas del báculo, luego hacia abajo en dirección a la aldea en la que el Tessou había desaparecido.

— Lo lamento, Hōshi–sama — murmuró, cerrando los ojos- —… Lo lamento.

La indiferencia clínica desapareció tan rápido y abruptamente como había llegado. Sango inclinó la cabeza, los hombros temblorosos, y reprimió un sollozo, los puños apretados tan fuerte alrededor de una de las mitades del báculo que dolía.

Ella tenía su propia experiencia con las posesiones. Ella sabía cuán aterradora se sentía. Cuán súbita e inmediata era la pérdida de control… darse cuenta de que, repentinamente, estaba atrapada en el fondo de su mente, atrapada ahí por alguna invisible y omnipresente fuerza que lentamente se tragaba todo hasta que no podría ni siquiera respirar…

Sango jamás le habría deseado ese infierno ni a su peor enemigo.

Ahora Miroku estaba atrapado en eso- y con InuYasha ausente, ella era su única salida.

Cerró sus ojos con un resoplido, mordiéndose los labios tan fuerte que sangraron. La responsabilidad pesaba tan tremendamente fuerte como hierro en sus hombros, dejándola doblada sobre sí misma y temblando. Ese insensible monstruo en él ahora- Dios, él tendría que estar aterrorizado… y estaba consciente, ella se dio cuenta con terror; había podido manejar al Tessou lo suficiente para advertir a InuYasha. Él simplemente estaba tan consciente como ella lo había estado durante su dura experiencia, si no es que más.

— Hōshi–sama — susurró, con la voz rota —. Dios, Hōshi–sama…

Sango cerró sus ojos y se forzó a respirar, peleando tan duro como podía para apisonar el despiadado terror que la desgarraba de adentro hacia afuera. La idea de que él estuviera sufriendo justo en ese preciso momento era casi más de lo que podía soportar- pero no podía aceptarlo. Ella no podía escuchar la infernal pesadilla creciendo en su mente ahora; permitirle consumirla sería lo peor que podría hacer.

Miroku había sido cauteloso sobre acercarse a ella precisamente por esa razón. Si ella se dejaba distraer por los pensamientos de lo que él estaba enfrentando ahora, se abatiría por la aplastante responsabilidad y el miedo de que podría fallar y la compasión por su dolor- solo la retrasarían. Él había peleado por ella sin miedo hasta salvarla; si ella no podía encargarse de pelear por él ahora…

Una respiración más larga, temblorosa después, Sango abrió los ojos de nuevo.

— Lo salvaré, Hōshi–sama — murmuró, inclinando la cabeza con resuelta determinación —. No sé cómo aún. Pero lo prometo, lo haré.

Sus manos temblando, rápidamente alcanzó las dos partes del shakujō y comenzó a cavar. Lo escondió en una tumba superficial, cubriéndolo con tierra y hojas, entonces, rápido inclinó su cabeza en una silenciosa oración sobre los restos del arma, de la misma forma que ella había visto a él hacerlo por las incontables víctimas de Naraku y otros demonios que habían cubierto para que descansaran. Incluida, sabía, su propia familia y aldea.

Ella nunca le había agradecido sinceramente por eso.

Dada la amenaza del Tessou, Sango no tenía forma de luchar hasta que él regresara. No podía arriesgarse a marcharse para ir a enfrentarlo ahora sólo para que él cumpliera su amenaza de matar a Miroku.

El estruendo de los gritos provenientes de la aldea, sin embargo, la forzaron a un cambio de planes.

Sango se sentó de golpe con el primer grito de terror, contemplando hacia la aldea con alarma. El segundo la hizo ponerse de pie, alcanzando el cuchillo escondido en la protección de su brazo, el corazón palpitando. El tercero la tuvo despegando en una carrera, la advertencia que el Tessou le había dado completamente ignorada.

Ella no estaba escapando. Estaba corriendo hacia él.

Miroku, por Dios… ¡¿Qué le estás obligando a hacer, Tessou?!

Los gritos continuaban mientras ella corría y sólo presionaba a ir más rápido, su arma escondida en su kimono, incapaz de detener a su mente en la carrera e imaginando toda clase de terribles pesadillas de posibilidades. Gritos como esos, los había escuchado demasiadas veces en su trabajo como exterminadora y en su tiempo con InuYasha.

Demonios, atacando aldeas… monstruos, llevando sus manos engarradas a través de una garganta inocente…

E incluso más recientemente- había sido Kohaku.

Kohaku, atacando a quienes sólo habían cometido el error de cruzarse frente a él.

Destruyó a Kohaku, hacer ese tipo de cosas… Si… Si eso es lo que el Tessou está obligando a hacer a Hōshi–sama

Tragándose el nudo en la garganta, Sango corrió aún más rápido.

El hedor a sangre pesaba en el aire, y sin importar el hecho de que ella hacía tiempo se había acostumbrado a él, probablemente le daría vuelta el estómago. Los gritos de terror y desesperación sólo crecían más fuertes, y ella suspiró otra disculpa a Miroku mientras corría, su corazón roto.

Primero Kohaku, ahora Miroku… Lo siento, por los dos. Lo siento.

Al fin, llegó a la escena- sólo para dar un traspié para detenerse, paralizada por el horror.

Devastación. Auténtica devastación.

A donde quiera que se volteara, había muerte, y con ella, sufrimiento, los signos de ambos obvios, innegables, y pequeños, sutiles. Desde el oscuro rastro de sangre dejado en la puerta de un silencioso hogar hasta el destripado cuerpo de un granjero dejado atrás en medio del camino… donde quiera que se volteara… donde quiera que miraba…

Dios mío. Hōshi–sama…

Sango se cubrió la boca, observando con un horror sin palabras el desastre que la aguardaba en la aldea. Ella sólo lo había dejado solo unos diez minutos como mucho… para haber logrado este mal, tan rápido…

El único consuelo, aunque era un pensamiento terrible, era que no todos habían sido asesinados. El Tessou parecía haberse movido despreocupada, indiscriminadamente; deslizando su espada con cada vuelta que hacía, y si la herida dejada atrás no era fatal, no le importaba lo suficiente para regresar y terminar el trabajo. Ella podía ver esas heridas; algunas muy fatales, pero muchas más no lo eran, hundidos en el dolor contra los lados de sus viejos, arruinados hogares o, aquellos pocos que eran capaces, corriendo por sus vidas. Esta había sido una masacre sin sentido, en todo el significado de la palabra- hecha meramente para su propia perversa diversión.

Temblando, Sango dio otro traspié hacia adelante, mirando aturdida el cementerio al que el demonio había reducido la aldea. Quería vomitar.

Posiblemente, lo único que la detuvo fue la delgada, fría mano que le agarró el tobillo.

Ella ahogó un grito, en su estado de alerta cualquier toque inesperado era suficiente para hacerla saltar una milla. Sacó su cuchilla por instinto, retrocediendo ante lo desconocido- entonces se encontró arraigada en el lugar por nada más que tristeza.

Había una pequeña niña a sus pies.

Una pequeña, ensangrentada niña.

No debía tener más de cinco o seis años, pero yacía ahí ahora, ya sin fuerzas y fría, sus húmedos ojos borrosos, pero aún conservando suficiente enfoque para sólo mirarla a ella sin palabras. Ella no podía hablar, porque su garganta había sido cortada.

Un largo- todavía horrorosamente superficial- corte. Suficientemente largo para asegurar su muerte- suficientemente superficial para asegurar que se tomara su tiempo.

Sango cayó sobre sus rodillas como una marioneta a la que le han cortado los hilos.

No había nada que pudiera hacer por ella. Seguramente ya había perdido demasiada sangre; su pálido kimono estaba cubierto por ésta y la mano que aún sostenía su tobillo estaba húmeda y goteando rojo. Incluso sus botas chapoteaban en el suelo empapado de sangre, y Sango le sostuvo la mirada a la niña con lágrimas en los ojos, apenas capaz de respirar. Para el Tessou, esto probablemente había sido nada más que un golpe descuidado de su brazo. Algo en lo que apenas habría puesto un pensamiento. Sólo un golpe, deslizándose a través de la piel como mantequilla, hasta la siguiente víctima… él ni siquiera debería haberla visto.

Y ahora, esos abiertos, aterrados ojos aún miraban fijamente los suyos, lágrimas derramándose débilmente, escurriendo por sus mejillas. La miraban en una larga, silenciosa súplica. Una petición que ella no tenía la energía o habilidad de decir- pero que Sango aún así escuchó, claro como el día.

No te vayas.

Por favor, no te vayas.

Todo lo que ella podía ofrecerle era una persona que sostuviera su mano hasta que muriera. Eso era todo. Sin posibilidad de vida, ni siquiera algo de alivio para su dolor. Sólo alguien para así no morir sola.

Completamente paralizada, Sango se sentó en el suelo ensangrentado, las lágrimas manando de sus ojos. Asintió una vez.

No creyó que quería ser la clase de persona que pudiera negarse a una mirada así- fuera Miroku o no.

El final vino rápidamente. Tan superficial como el corte podría haber sido, la niña simplemente era demasiado pequeña para que le tomara mucho más- la pérdida de sangre o el sufrimiento. Sango sostuvo su mano mientras moría, y así, sintió su pequeño corazón peleando y tratando de aferrarse, lo sintió más lento- y lo sintió detenerse. No pudo evitar un sollozo cuando la mirada de la chica cambió de estar fija en ella a mirar a través de ella y, con total desesperación, Sango dobló los fríos brazos de la niña sobre su pecho e inclinó su cabeza nuevamente en una silenciosa oración.

Por favor, cualquiera de los dioses o espíritus que pueda existir, den a esta niña la misericordia que no tuvo en la muerte. Denle a su alma, paz.

Cuando los gritos comenzaron de nuevo, Sango no tuvo otra opción más que seguirlos. Pero la sangre de la pequeña permanecía, el peso en su corazón no disminuía y el recuerdo de su fría, temblorosa mano en la suya se quedaría con ella. Para siempre.

Murió por nada. Nada en absoluto.

Completamente bloqueada, Sango se movió en busca del Tessou. El odio, la ira, el deseo de matar de antes… todo eso había sido arrebatado, dejando sus sentimientos, curiosa y dolorosamente, vacíos. Todo lo que dejaba atrás estaba rodeado de dolor. De algún modo, incluso cuando por fin llegó hasta el demonio, la vista de él no hizo más que aumentar su rechazo.

Miroku estaba de pie solo en un mar de matanza. La negra cuchilla goteaba a su lado, el vacilante borde entre el comienzo del metal y lo que estaba cubierto por sangre era indistinguible. Las túnicas del monje estaban salpicadas desde la cabeza a los pies con ese líquido, dejándolo empapado en él y goteando también. Su cabello había perdido su cola, cayendo liso sobre sus hombros en un tono de negro salvajismo, y sus puños a sus costados… incluso desde donde estaba parada, Sango podía buscar sus uñas y ver que se habían convertido en garras, como las de InuYasha. Y ahí, en el dobladillo de sus ropas- sacudía una verdadera cola con púas, yendo y viniendo sobre el suelo manchado de sangre.

Garras. Cola. Sangre- por todos lados.

Él se estaba volviendo menos humano a cada segundo.

Su bilis se elevó, y casi vomita.

Alrededor de él no había nada más que muerte. Muerte, que él había causado.

Ver a Miroku parado ahí, así, ver todo lo que había pasado por su propia mano… le rompió el corazón.

— Si recuerdo, humana, te ordené permanecer atrás, a costa de la vida de tu monje. ¿Lo olvidaste, o realmente juzgué mal cuánto te importa su vida?

Sango contemplaba desesperanzada su espalda, sintiéndose hundir aún más en las profundidades de la desesperación.

— No huí — señaló, débilmente —. Eso es todo lo que te preocupaba, ¿cierto? ¿Que no huyera?

Hubo una pausa corta. Luego, una simple, ligera sacudida de su cabeza. Gotas de sangre se derramaron de su pelo con el movimiento, y ella se sintió enferma.

— Supongo que tienes razón, humana. Eso es todo lo que importa. — Y, tan silencioso como un fantasma, se dio vuelta.

Su rostro también estaba muy lejos de cualquier cosa que ella reconociera como Miroku, realmente casi podría creer que no era él de pie ahí del todo.

Algunos de sus dientes ya se habían alargado en colmillos, de nuevo, justo como InuYasha. Había un borrón manchado de sangre en una de sus pálidas mejillas pero de lo contrario, su apariencia estaba intacta e inmaculada, y ver tan perfecta piel antes de lo que había pasado ahí- se veía fuera de lugar. Mal.

La oscuridad en sus ojos había crecido, y junto con ella un inconfundible aire de cruel despreocupación que estaba hecho a la medida de todo lo que había estado haciendo en esa aldea. Estaba sonriendo, por el amor de Dios. Una ligera, satisfecha sonrisa.

Él ladeó su cabeza hacía el lado donde ella se veía, entonces apuntó con su espada otra vez, hacia su rostro.

— Este cuerpo… reacciona de nuevo. Al verte triste, este cuerpo siente algo. Dime, humana. ¿Qué es lo que este hombre siente ahora? No me gusta.

Sorprendida, Sango lo observó y luego se frotó furiosamente las mejillas, deshaciéndose de las marcas de las lágrimas.

— Es compasión, monstruo — soltó de vuelta, agarrando su cuchillo aún más fuerte bajo su kimono —. Hōshi–sama está triste porque yo estoy triste, y quiere ayudar. ¡¿Qué clase de monstruo eres que no has sentido nunca compasión antes?! ¡¿Qué, nunca te ha importado alguien?!

El demonio nuevamente le prestó poca atención, dejando que su mirada vagara por la aldea diezmada con simple curiosidad.

— Compasión… Qué estupidez. Estás triste por estos aldeanos, y él a su vez está triste porque tú lo estás. Mortales… sintiendo cosas por el bien de otros como ésta… no es de extrañar que todos sean patéticamente débiles. ¿Conteniéndose por el bien de otros? No tiene sentido. ¡Tú! ¿Por qué sientes algo por estos aldeanos? ¡No los conociste más de lo que yo lo hice!

Ella lo contempló de nuevo, la total insensibilidad de la declaración arrebatadora.

— Me siento triste por ellos… — Suspiró en shock, nuevamente asimilando la carnicería de la guerra del demonio, entonces dio un traspié hacia atrás horrorizada. — ¡Ellos no te hicieron nada! ¡¿Por qué hiciste esto?! ¡¿Por qué los mataste?! ¡¿Qué podrían posiblemente haberte hecho para otorgarles esto?!

Él rió de nuevo, pasando una mano por el cabello de Miroku y mandando algo de sangre que aún goteaba, hasta el suelo.

— ¿Hacerme algo? — Él enterró la espada en la enrojecida, empapada tierra, una mano aún envolviendo calurosamente el oscuro mango. — Los humanos son incapaces de hacerme algo tan crítico como para tener que matarlos, mortal. Ellos existían aquí. Mi espada deseaba sangre. Eso es todo. — Él sonrió levemente, mirando hacia el arma maldita que había comenzado todo. — Esta hoja… aún alberga cosas que necesito. Ahora mismo permanezco restringido por las frágiles limitaciones mortales- necesito liberarme de lo que me mantiene atrapado en esta hoja. La sangre es la que cierra ese contrato, mortal. La sangre libera las partes de mí que aún están selladas aquí- eso es todo. — Sus dedos con garras de nuevo se curvaron y flexionaron, girando la empuñadura en la que se cerraban, en un hábil golpeteo; su cola se agitó otra vez, las barbas afiladas enredándose en la hierba y soltando repentinamente algo de sangre que aún estaba pegada a ella. — Por supuesto- eso no es todo. Este arreglo es complejo… No sólo estoy limitado por mi poder encerrado aquí- soy liberado por él. Esta cuchilla… también mantiene asegurado todo lo mío que deseo dejar a un lado. Hambre, codicia, deseo… todas, cosas que me debilitan, manteniéndome atrapado aquí. A veces, debo alimentarme de ellas. Como una espada, está hambrienta de para lo que está hecha- muerte. No es complicado, mortal. Mantiene lo que yo deseo dejar a un lado, lejos- y me regresa lo que requiero. En retribución, la alimento con sangre. Una relación mutualista, si lo quieres… — Fue bajando la voz mientras giraba la espada de nuevo, arrojándola en el aire para lanzar un disperso arco de oscuras gotas de sangre, gruñendo una escalofriante risa. — Eso es todo lo que es, humana.

Su cola se agitó otra vez, los ojos resplandecientes de hambre satisfecho, y la letal, oscura cuchilla dio un pulso a tiempo con su maestro. Un latido de energía que era puro en su odio y agonía, algo tan fuerte y terrible que casi la tambaleó.

Y Sango, por su parte, sólo lo contemplaba, paralizada en su lugar, el aliento arrebatado y las palabras robadas.

Ella estaba equivocada. Esto no era para nada como con Kohaku.

Kohaku era un esclavo sin pensamientos. Naraku le había quitado cualquier recuerdo que tuviera, y los recuerdos son los que hacen a una persona. Él masacraba porque una fuerza más fuerte que la suya le ordenaba hacerlo, y mataba sin pensar o razonar. Pero seguía siendo que se mantenía con vida específicamente porque era su debilidad. Naraku les temía, sin importar lo que pudiera decir, y Kohaku era lo que sacaba a relucir en frente de ella si alguna vez se acercaba demasiado a él.

Pero esta cosa en Miroku lo usaría sólo para destruir, y no tenía otro propósito más que ese.

— ¿Eso te hace enfadar, humana? — El Tessou le preguntó curiosamente, dando un paso hacia adelante sobre el terreno en ruinas. — Ya no te ves triste. Te ves enojada.

Sango inclinó su cabeza, los hombros estremeciéndose en incurables pena y dolor.

Los demás podrían decir y prometer lo que quisieran; en el centro de su corazón, ella aún creía que la única paz y salvación para su hermano era la muerte. Mientras Naraku viviera, su destino era ser un esclavo, e incluso si ganaban contra él y liberaban a su hermano- ¿qué clase de vida era esa? Recuerdos, siempre, de asesinar a su propia familia… masacrando a muchos inocentes… yendo incluso contra ella…

Y ahora, Miroku…

El demonio era inmensamente poderoso. Aún hospedado en un cuerpo humano, había sido capaz de mantener una pelea contra InuYasha. Sacar a Miroku vivo de esto significaba romper la cuchilla. Y eso no parecía posible lograrlo sin matarlo. Él era demasiado fuerte.

Por supuesto que ella nunca se daría por vencida con él, pero… destrozar la espada… si quedaba Miroku con los recuerdos del Tessou- ¿entonces qué? Él era un pacifista. Enfrentarse a los demonios era necesario para salvar vidas, pero ella no creía que alguna vez habría levantado una mano a un humano más que en defensa propia, y aún así, nunca había matado a nadie que no fuese un demonio. Ahora, con esos recuerdos…

Lo devastarían.

Excepto que, incluso sabiendo eso- ella lo quería aún con vida a su lado.

Era un deseo egoísta. Kohaku; lo que ella quería para él trascendía cualquier cosa que quisiera para sí misma. Quería que él tuviera paz, y si la única forma de que la tuviera era la muerte- entonces, que así fuera. No importaba lo mucho que se odiara a sí misma por eso, no importaba cuántas lágrimas lloraría o cuánto lo quisiera con vida- si era realmente lo mejor para él, blandiría la espada ella misma.

Pero no le importaba lo mucho que Miroku sufriera. Sólo quería que sobreviviera. No importaba cuán perseguido por los recuerdos estuviera, no importaba cuán roto por lo que había sido forzado a hacer, incluso si se quedaba con ella o no… sólo quería que sobreviviera.

No quiero vivir en un mundo que él ya haya dejado. Mis padres, mi aldea, Kohaku… No puedo soportarlo otra vez.

No puedo rendirme por otra persona que amo.

Desde el dolor al que estaba sujeta ahora, al final sacó determinación. Al final encontró fuerza.

Lo salvaré, Hōshi–sama.

Sango retiró el cuchillo de su kimono y se enfrentó al Tessou, preparándose para dar todo lo que tenía.

Lo salvaré.

El Tessou arqueó una ceja hacia ella, claramente divertido.

— ¿Ahora, qué es esto? ¿Quieres pelear conmigo? Me viste superar al hanyō. ¿Qué te hace pensar que tendrás la fuerza suficiente? Esto tengo que verlo.

Ella no habló- estaba más allá de las palabras.

Sólo atacó.

Sango peleó contra Miroku de la misma forma en la que lo hizo cuando había sido poseída por el demonio salamandra. Él golpeó lo que se suponía siempre eran ataques fatales, y ella sólo iba por herirlo, sólo incapacitarlo. Deseaba poder liberarlo sin dañarlo, tal como lo había hecho él con ella, pero este no era un humano con el que estaba peleando. Miroku tenía la habilidad y la fuerza de un espadachín demonio ahora mismo. No podía permitirse el lujo de contenerse.

Con cada golpe rápido como el rayo, él llegaba más y más cerca de su corazón o su cuello- mientras ella no estaba más cerca de la espada. No tenía idea de cómo la rompería, estaba segura que no sería tan simple como aplicar fuerza bruta- pero no le quedaba nada más que intentar.

Y mientras más se prolongaba la batalla, más evidente una simple, desalentadora verdad se volvía: él se estaba tomando las cosas con calma con ella.

Él había luchado contra InuYasha. Ella no era rival para InuYasha. Por lo tanto, lo que seguía era que ella no era rival para él. Y por la constante sonrisa creciendo en su rostro, estaba en lo correcto. Derribarlo sin matarlo- ella no tenía la fortaleza.

— ¡¿Esto es con lo que vienes por mí?! — El demonio rió, llevando su espada contra ella en tal estridente golpe que la hizo vibrar por toda su espina. — Tan débil, lenta… eres patética, mortal. ¡No vale la pena la pérdida de tiempo que has llegado a ser!

Una mano con garras destelló hacia adelante para atraparla por la muñeca y torciendo en un devastador ataque rápido; el dolor se disparó a través de su brazo y Sango gritó, los dedos forzados a abrirse y soltar su espada para golpear con un estruendo el suelo.

El letal cambio de una batalla al completo descontrol fue tan rápido que le dio náuseas, y Sango luchó y peleó por apartarlo- pero su agarre era tan firme como el metal.

— ¡N- No! — Jadeó entre sus dientes apretados, peleando tan duro como podía para tener el control de nuevo. — ¡Déjame ir!"¡Hōshi–sama!"

El Tessou avanzó aún más allá, el agarre en su brazo tan apretado que ni siquiera podía alejarse. Sus colmillos destellaron con una luz sangrienta y forzó a su muñeca a doblarse aún más- cada quejido de dolor que se escapaba dibujaba más amplia su sonrisa.

— Pensaste que esto era suficiente para superarme. ¡¿Esto?! ¡Ustedes los humanos son patéticos! El hecho de tu simple existencia te da esta débil fuerza- la fuerza para hacerme frente incluso a mí… — El brillo de sed de sangre en sus ojos mutó a un odio feroz- las garras alrededor de su muñeca vacilaron de un divertido agarre a uno que se estremecía con el deseo de matar. — Quédate atrás y muere — siseó, y le tomó un momento darse cuenta que no le hablaba a ella —. Quédate atrás y muere, patético humano. Tu Kazaana será mío. Tu amor por esta chica la matará y cuando ella muera, también lo harás tú. Mientras más te resistas, ¡más prolongaré esta tortura!

La espada giró a través del aire en un violento corte tan rápido que ella pudo escuchar el viento, rodando directo hacia su garganta; el brazo de Sango se levantó solo por instinto para bloquearlo de sacarle la cabeza-

Y el Tessou se congeló.

Sango se mantuvo paralizada, todavía agachada en una posición defensiva que podía tener- pero todo lo que pudo ver fue al Tessou congelado en medio del aire, la cuchilla agitándose- su apariencia ahora se volvía inhumana, una furia asesina. Él peleó contra lo que parecía una invisible fuerza que lo mantenía en ese lugar, mostrando los colmillos, un gruñido creciendo en un bajo siseo en su garganta para apenas contener el rugido de odio.

— T-Tú… — Soltó al fin él, pero aún sin dirigirse a ella. — Tú, patético humano, te atreves a…

Y al final, lo comprendió.

¡Era Miroku! ¡Miroku lo había detenido!

¡Y ahora es mi oportunidad!

¡Hōshi–sama! ¡Resista!

Sango arremetió hacia adelante, yendo directo por la espada, alcanzándola con auténtica desesperación. Llegó tan lejos como para agarrar la espada por la hoja, tan apretada que se clavó en sus manos, y la tiró antes de que un pie con sandalia se balanceara para chocar contra su pecho y la enviara al suelo en un montón.

Tú… — Miroku siseó, toda despreocupada e indiferente pretensión disminuída. La agarró por el cuello y la lanzó hacia arriba, los oscuros ojos destellando. — eres la causa. Él intercede por tu bien. Su alma está casi erradicada, pero lo que queda aún tiene la fuerza suficiente para salvar tu patética vida. Primero, sella el Kazaana… ahora, evita que mate a una humana como tú… — Sus ojos se oscurecieron en ira, toda su figura comenzó a temblar. — Tu interferencia ya no me divierte, humano. Tu Kazaana será mío, y si esta mujer es lo que te da fuerzas, entonces destruiré tus fuerzas de la forma más dolorosa posible. La romperé, paso a paso, hasta que no tengas más esperanza. Y en ese momento en que tu desesperación esté a tope, tu alma caerá presa de la mía, y no quedará ninguna resistencia.

El puño que vino sobre su cabeza la noqueó nuevamente como esperaba, y Sango se encontró a sí misma sólo capaz de pelear por unos miserables momentos antes de que la inconsciencia volviera, y sólo viera oscuridad.


Bueno, sin muchas más palabras, les dejo el segundo capítulo. Espero pronto subir el tercero, pero hasta entonces, estaré al tanto de sus comentarios.

Agradezco enormemente tu apoyo, Nuez, y espero que este capítulo te mantenga en suspenso igual que el anterior y los siguientes. Te quiero!

Nos leemos hasta el 2017!

Besos, abrazos y todos mis mejores deseos para ustedes en este Año Nuevo. Que sus proyectos se concreten y tengan un gran Año 2017~

Yumi~