ADVERTENCIA: Este capítulo contiene escenas de índole sexual.
Shadowed Soul
Capítulo 3
Esta vez, cuando Sango despertó, lo hizo gradualmente.
Esta vez, cuando Sango despertó, no estaba sola.
Su cabeza le dolía horriblemente, y desde el momento en el que ella tuvo del todo algo de consciencia, había un simple, frío pedazo de tierra yaciendo contra su pecho. Le tomó unos largos y lentos momentos comprender lo que estaba pasando, pero entonces…
La fría mano estaba acariciándola, las garras arañándola a través del kimono, y luego la otra estaba asquerosamente enredada en su cabello con suavidad, separando las hebras en la caricia de un amante.
Sus manos estaban en ella, no del modo en que uno pelea con otro, sino en una indiscutible cercanía, una manera íntima, suavemente moviéndose e investigando de una forma en la que nadie, ni siquiera Miroku, tenía permitido. La mano en su cabello se desplazó para acunar su cuello, y Sango se alejó de una sacudida violentamente, rodando sobre su costado con asco- sólo para descubrir que sus manos estaban atadas, y su cuchilla, se había ido.
En eso Sango jadeó, tratando de rodar incluso más lejos, alarmada, pero una fría mano contra su hombro la forzó a detenerse, los dedos humanos y las garras de demonio agarrando su brazo para mantenerla en su lugar. No pudo evitar temblar ante el tacto y estremecerse, horrorizada. La mano estaba fría como la muerte. Ningún humano vivo tendría una piel así.
— Ya, ya, humana. No hay necesidad de estar tan asustada. Después de todo, sólo soy tu preciado monje, ¿no es así?
Sango se estremeció y mantuvo los ojos cerrados, rehusándose a mirarlo.
— Tú no eres para nada como Hōshi–sama.
Hubo una risa fría, y entonces, la fría mano en su hombro tiró tan fuerte que la forzó hacia abajo sobre su espalda. Sango aún volteaba su cabeza a un lado, los ojos cerrados fuertemente, incluso cuando sintió al monje inclinarse sobre ella, la mano nunca abandonando su hombro.
— Tú… San–go… — Murmuró el demonio, pronunciando su nombre como si fuera una curiosa, extranjera delicadeza, no una persona. — Cada humano tiene su punto de quiebre. Un punto que, cuando escojo poseer a un huésped, debo encontrar. Debo encontrar qué es lo que más les importa. Derribándolo es cómo derribo la resistencia. Tú eres el punto de quiebre de este humano. Supe desde la primera vez que te vi, que significabas algo para él. Supe que tendría que matarte. Él se me resiste aún ahora… — El demonio hizo una pausa, la garra fría de una mano en su hombro aun negándose a retirarse. — Esto me interesa, Sango, qué es lo que más los apasiona a ustedes, los humanos. A veces es un padre. A veces, un amigo. A veces, un niño. Y, entonces, a veces… tú. Personas como tú. ¿Qué es este sentimiento que este cuerpo siente por ti?
Nauseabunda hasta el punto de sentirse enferma, Sango aún se alejó, abriendo los ojos ahora, pero manteniendo su cabeza girada a un lado. No quería mirarlo. No quería ver a Miroku así.
— No pretendo saber cómo se siente Hōshi–sama — soltó bruscamente, aún con la mirada lejos de él —. Pero él- él me ha dicho que me ama.
— ¿Amor? — El Tessou cuestionó, y ella apretó sus dientes, la rabia y la sed de sangre recorriendo sus venas al punto de que eran casi incontrolables. — Ahora, eso… eso es algo que no comprendo. Amar es ser débil. Estar comprometido a otro. Dime, humana. ¿Por qué haría tal elección? Ese hanyō orejas de perro con ustedes… él empuña la espada del Señor del Oeste. En esa espada se esconde un poder más grande que el mío; él podría haberme matado con ella si hubiese querido- sin embargo, se contuvo. Tú- tú, simple humana, no podrías haberme matado… pero podrías haber salvado tu propia vida. Podrías haber dado la espalda e irte cuando te ordené venir. Seguro no creíste que lo evitaría. ¿Por qué hacen estas estúpidas elecciones, humana? Sólo los guían a la muerte.
Sango miró a lo lejos con amargura, negándose a mirar a Miroku. Temía que, si lo hacía, su visión simplemente la rompería. Miró en su lugar la pared podrida de la casa a la que el Tessou parecía haberla arrastrado, una salpicadura de sangre acabó en el lado oscuro de la habitación, y pasó saliva, sin querer pensar en quienes habían dado sus vidas sólo para que ella y el Tessou tuviesen un techo sobre sus cabezas.
La mano engarrada azotó más rápido de lo que ella hubiese visto venir, dándole vuelta la cara hacia el lado en una violenta bofetada que la dejó sin aire.
— ¡Te hice una pregunta, humana! ¡¿Por qué hacen esa clase de elecciones?!
Uno de los defectos de Sango era ser terca, no podía negarlo, pero con la sangre ya comenzando a brotar de las marcas de garras en su rostro y su agarre más prieto a cada segundo, sabía que era más sabio contestarle ahora, antes que contrariarlo hasta que le rebanara la garganta.
— ¡No es una elección! — Siseó de vuelta, luchando en vano por alejarse. — Y si no puedes entenderlo, entonces no hay palabras que te lo expliquen.
Los oscuros ojos de Miroku buscaron los suyos, pero en ellos no había nada familiar, y se encontró con su mirada impávida, tenaz e inflexible. Miroku, si puedes verme en lo más mínimo, date cuenta que lo estoy intentando. Estoy intentando tan duro como puedo, liberarte. Sólo que no sé qué hacer.
Miroku al final se dio vuelta, sacudiendo su cabeza de nuevo.
— Humanos — murmuró entre dientes, moviendo la cabeza, y dirigió su vista hacia el techo —. Humanos. Buena suerte tratando de entenderlos.
Sango apretó los dientes, guardándose la respuesta que tanto quería darle, y forzándose en su lugar a mantener silencio.
El Tessou finalmente se dio vuelta hacia ella de nuevo, y la curiosidad que había encontrado ahí antes ahora se había ido por completo.
— Tú no me sirves de nada, perra, excepto para liberar el poder que sé que este monje tiene para mi uso. Acabé de intentar entenderte. Te romperé. Te usaré en cada manera en la que él no quiera que lo haga, y antes de haber finalizado, te juro que me rogarás morir.
— No te rogaré nada, yōkai — escupió ella, pero su terquedad sólo le produjo diversión.
— Por favor. Por todos los medios, sigue luchando contra mí. Eso hará que tu caída sea aún más dulce en el final — Miroku se desplazó hacia el sitio justo enfrente de ella, dejándola doblarse hasta la pared para alejarse de él.
Rió silenciosamente por su resistencia, la perversa sonrisa que se extendía en sus labios no era nada de lo que ella podría haber imaginado que Miroku fuera capaz de hacer, y entonces, él la alcanzó otra vez.
— Él se enoja cuando te todo aquí — dijo sin expresión, el extremo de su boca aún curvado en una sonrisa, y agarrando bruscamente su pecho.
No había intento de ser sensual; carecía por completo de matices sexuales, el Tessou atacaba más los sentimientos como un ataque físico más que un intento de violación, y el Tessou le sonrió, la mano seguía toqueteándola. Ella se mordió el labio para no gritar y él volvió a agarrarla, esta vez su mano enrollándose alrededor de su mejilla, una garra rozando bajo su ojo.
— Aquí. Casi puedo escucharlo gritándome ahora… está muy molesto, Sango. Me pregunto- ¿es así como él quiere tocarte?
Su mano acarició su rostro otra vez, paralizante y no deseada en todos los grados, y ella no puedo evitar alejarse, cerrando sus ojos contra lo que iba a ocurrir a continuación.
— ¿Él quiere tocarte aquí? — Las manos, esas repulsivas, frías manos, vagaban hacia abajo para apartar su kimono, luego deslizándose dentro. — ¿Aquí? — Una se deslizó contra su pecho desnudo y Sango gritó nuevamente, una incontrolable sacudida la atravesó cuando trato de doblarse para alejarse; las garras que se aferraban a su lado la detuvieron. — ¿Es este un lugar que sólo él puede tocar, Sango? ¿Es eso? — Las frías manos deambularon más lejos bajo su kimono, reptando a lo largo de su torso, su estómago. — ¿O es un lugar que él simplemente quiere tocar? ¿Que sueña, pero en realidad nunca ha podido tener? — Un dedo se detuvo contra su estómago y Sango se volteó de nuevo, las náuseas en aumento.
El toque de Miroku podía haber sido no deseado casi cada vez que venía- pero no se sentía para nada así. Miroku deambulaba, la traviesa mano parecía simplemente estar esperando ser apartada de una bofetada… él entendía los límites. Él entendía la elección. Sus manos siempre se sentían- inocentes. Como si fuese un juego. Ver cuánto podía tocarla antes de que su mano viniera a darle una justificada bofetada.
Aquí… no se sentía como un juego.
Y no se sentía como Miroku, pero cuando lo miraba, eso era todo lo que veía. Miroku.
Violetas ojos resplandecientes con un travieso brillo, la boca hacia arriba en una delgada sonrisa. El suelto, oscuro cabello desplazándose con cada movimiento que hacía, pero siempre que caía para ocultar su expresión él lo hacía hacia atrás, como si quisiera que ella viera quién era. Rasgos devastadoramente familiares, contorsionados en una crueldad devastadoramente desconocida.
Miroku…
¡Miroku-!
Las manos continuaron en su viaje hacia abajo, moviéndose donde Miroku habría sido alejado de una bofetada, de donde incluso él entendía que estaba fuera de los límites. Una fría mano se movió para descansar directamente en su cintura- la otra, se movía incesantemente más abajo aún. Se detuvo apenas una pulgada lejos de su objetivo, y la ola de temblores que la atravesó entonces fue incontrolable y nauseabunda.
Por favor. No.
Por favor, Miroku.
Por favor…
Hubo una suave, divertida sonrisa.
— Está tan enojado ahora, Sango — el pulgar se movió alrededor de su cadera y ella se alejó, mordiéndose el labio tan fuerte que sangró —. Está tan, tan furioso conmigo. Está gritando… tan fuerte que puedo escucharlo, ahora… dice que te deje en paz — otra suave risa —. Dice que se rendirá, si eso es lo que cuesta. Me dará su cuerpo, su Kazaana, si te libero ahora. Me suplica que me detenga. Heh. Débiles mortales.
Los ojos de Sango se abrieron con las palabras, y ahora no pudo dejar de girar el rostro hacia él alarmada, el pecho palpitando con pánico.
— ¡¿Q-Qué?! — Jadeó, horrorizada, y Miroku le asintió, todavía sonriendo.
— Sí. Él sería tan bueno como para matarse, por tu bien. Ah… aún grita. — El Tessou sacudió la cabeza silenciosamente, todavía mirándola. — Nunca falla en divertirme. El espíritu puede no acabar con la tortura y la voluntad seguirá de pie y resistiendo, rebelándose hasta el final. Pero levanta una mano contra los que le importan, y ¿de pronto? Súplicas de misericordia. Se inclinan en sumisión. Rindiéndose tras una mera fracción del dolor que ellos mismos aguantaron — el Tessou sonrió de nuevo, su mano dejándose llevar más cerca aún; la mirada en su rostro estaba horrorosamente regocijada —. Solloza ahora. Me implora que me detenga. Me asegura que, si sólo alejo mi mano, morirá.
— ¡Hōshi–sama! — Gritó ella, incapaz de detenerse. Miró directo a los ojos del Tessou y sacudió su cabeza, tratando de ver más allá del demonio y llegar al verdadero Miroku. — ¡Hōshi–sama! ¡No! ¡No debes!
— Oh, pero quiere, Sango — el Tessou volvió a sonreír, pero dejó su mano ahí —. Quiere, mucho. Prefiere que mueras antes que sufras una indignidad en su nombre. Heh… estúpidos mortales.
Y entonces, al fin, las manos se retiraron.
Jadeando para respirar, Sango se alejó del demonio, empujándose a sí misma tan lejos de él como pudiese y esforzándose por las cuerdas que la ataban, luchando por no sentirse mal. El demonio rió otra vez, todavía quieto y mirándola.
— Ninguno de los dos debería estar demasiado preocupado. No tengo atracción hacia los humanos. Antes me moriría que contaminar mi cuerpo con una sucia humana- sólo me interesan sus reacciones. Puedes relajarte, hōshi… por ahora.
Sus palabras no la calmaron para nada y permaneció en el borde, encorvada en la esquina y respirando con dificultad, encogiéndose con cada movimiento suyo. Miroku se sentó de espaldas contra el muro, levantando su oscura cuchilla a la tenue luz de la vela y girándola, mirando como las manchas de sangre brillaban contra el fuego.
— Aún esta tan molesto — murmuró el Tessou, sonando casi confundido —. Aún me ruega que te deje ir. Bueno, todos los humanos deben aferrarse a la esperanza, supongo… es todo lo que ustedes, frágiles seres, tienen. Eso lo hace mucho más glorioso cuando finalmente son aplastados. Se aferran a la esperanza de la victoria y de sobrevivir, todo el camino hasta el final. — Hizo una pausa, mirándola, los oscuros ojos de Miroku destellaron en la tenue luz. — ¿Tienes esperanzas, Sango? ¿Tienes esperanza en que te dejaré ir?
Aún temblando, Sango se empujó a sí misma aún más lejos en la esquina y logró sacudir su cabeza, incapaz de mirar.
— No tengo esperanzas en nada que requiera la cooperación de un yōkai como tú. Me liberaré yo misma, y a Hōshi–sama, con mi propia fuerza. — Pero su voz estaba temblando, y cualquier confianza anterior que tuviese, había sido hecha añicos.
El demonio rió con suma confianza de nuevo.
— Piensa lo que quieras, humana.
La dejó sola por unos minutos, dándole tiempo para recuperar la compostura que le quedaba y comenzar esforzándose por los más débiles hilos de un plan. Pero se sentía desesperanzada ahora; asqueada y débil, temblando en la esquina e incapaz de apartar sus ojos del demonio que aún la miraba. No había podido detenerlo ni siquiera cuando sus manos estaban a pulgadas de violarla en la peor manera posible. ¡¿Y aún pensaba que podría poner sus manos en esa espada?! Ni siquiera podía salvarse a sí misma.
Cuando Miroku al fin se puso de pie de nuevo, ella no había avanzado nada en una estrategia desesperada, y su corazón comenzó a palpitar otra vez con la simple visión de él acercándose más. Él mostró sus colmillos, un gruñido creciente aún bajo en su garganta con cada paso que daba.
— Detén tus gritos incesantes, mortal — le gruñó a Miroku, mirando con furia intensificada por el odio —. Te quedarás atrás y mirarás como ella muere por tu bien. Mientras más luches y te resistas, más dolorosa será su muerte.
La espada resplandeció como una ola de acero, hincándose en el kimono y la carne cuando echó abajo su brazo derecho, el corte comenzando en su hombro y continuando por todo el trayecto hacia la base de su mano. Fue superficial, hecho sólo para causar dolor, y le costó todo lo que tenía a Sango no gritar.
— Débiles, patéticos mortales. ¿Quiénes son para pararse frente a un demonio? Si no están ahí para servirnos, si no están ahí para alimentarnos, entonces son nada más que una pérdida de espacio. — Él llevó su pie hacia adelante en una violenta patada que la lanzó tumbándose, entonces nuevamente la agarró por el cuello y tirándola para colgarla en el aire delante suyo. — Ustedes dos me combaten juntos como si tuvieran algún indicio de esperanza o escape. ¿Quieres una oportunidad de escapar? Te la daré en bandeja de plata, perra. — Con un destello de sus garras, las cuerdas que la ataban fueron cortadas- y la piel, junto con ellas. Sango jadeó y luchó para apartarse, pateando tan fuerte como podía- pero el demonio sólo rió con la voz de Miroku una vez más, mostrando los colmillos, los ojos centelleando. — Desesperación. Ambos. Denme deliciosa desesperación.
La mano maldita de Miroku la alcanzó para aplastarle la espalda contra la pared, la otra buscando en su garganta. Ella golpeó sin sentido contra sus hombros, su cuello, su rostro; golpes que habrían enviado a Miroku a tumbarse, el demonio los aguantaba como si no fueran nada más que papel y se inclinó más cerca, la sonrisa ampliándose en todo momento.
— Pierdan la esperanza — la espada serpenteó hacia arriba a lo largo de su brazo nuevamente, entrecruzando cortes y heridas para crear un vicioso remiendo de sangre y ella soltó un grito ahogado, el dolor casi mayor al que podía soportar —. Pierdan los sueños. — El puño apretado. — Pierdan el amor. — La cuchilla se retorció para apoyarse contra su pecho, no cortando- pero presionando tan fuerte para hacerle incluso difícil respirar.
La mano maldita alrededor de su cuello apretó de nuevo, inflexible y despiadada sin importar cuán duro ella azotara. Sango se encontró a sí misma pateando y sacudiéndose en medio del aire, cada patética bocanada que logró agarrar incluso más débil que la última, y sus pulmones estaban ardiendo. Cada minúsculo suspiro la dejaba sumamente consciente simplemente de cuán insuficiente era, y con eso vino una cada vez mayor sensación de auténtico pánico.
La insufrible sonrisa de Miroku fue lo único que podía ver, e incluso vacilaba dentro y fuera de foco cuando su desesperado agarre a la consciencia comenzó al final a disminuir.
Entonces, milagro entre milagros, el rosario cerrado alrededor se su mano maldita, comenzó a brillar.
El demonio se echó hacia atrás con incredulidad, el movimiento perdiendo su sofocante agarre sólo lo suficiente para arrojar a sus pulmones, llenándolos de dulce, dulce aire. Su cabeza continuó flotando ahora con el intenso alivio de respirar una vez más y ni siquiera pudo procesar lo que había pasado al principio, demasiado atrapada en la lucha por poder respirar de nuevo y que la oscuridad dejara de nublarle la vista para retroceder.
El Tessou gruñó con completa furia, y cuando Sango al fin logro enfocarse lo suficiente para verlo claramente, fue para ver el rosario que aún estaba brillando- y bajo él, su piel estaba quemada.
Ella lo miró sorprendida, demasiado estupefacta siquiera para pelear, boquiabierta ante la vista. El Tessou sólo logró resistir contra el espiritual, sagrado poder por unos segundos más antes de ceder para lanzarla a un lado de nuevo, esta vez para aullar con furia y dolor, y escarbar en el chisporroteante rosario que seguía quemando alrededor de su muñeca.
— ¡Inmundo hōshi! — Chilló, el cuerpo contorsionándose en una guerra contra el poder sagrado encerrado en las cuentas. — Has estado canalizándote a través de las cuentas todo el tiempo, por supuesto… ¡así es como has permanecido tan fuerte! ¡Inmundos, patéticos humanos! — Las garras fueron un borrón de negro y sangre otra vez, cortando a través de su propio brazo; Sango gritó alarmada pero el rosario resistió. Piel y ropa, sin embargo, no lo hicieron, y el demonio rasgó a través del protector del brazo en un vicioso tajo, y mordió profundamente la muñeca de Miroku, sacando sangre en una enfurecida explosión de ira. — ¡Te mataré! ¡Tomaré tu alma y la aplastaré en el infierno junto con la de tu preciada Sango! ¡Los mataré a los dos!
Sango lo observaba desde el suelo, aún jadeando para respirar- su corazón golpeando.
Miroku lo había detenido de sofocarla.
Él lo había detenido de matarla de nuevo.
Miroku aún estaba peleando con todo lo que tenía. Había conservado suficiente fuerza, suficiente voluntad, para canalizar aquel poder que todavía tenía, hacia su rosario- no por otra razón más que apartar al demonio de ella. No podía imaginar cuán difícil había sido- y él aún peleaba, no por sí mismo, sino por ella.
Si él podía pelear cuando todo lo que le quedaba era su espíritu, entonces ella, maldita sea, podía pelear también.
Sango se levantó temblorosa, sujetando su hombro herido y apenas capaz de mantenerse en pie. Pero encaró al Tessou sin miedo, los ojos ardiendo, el corazón golpeando con un único deseo:
Liberar a Miroku.
Los ojos encolerizados del demonio se voltearon hacia ella y, toda la confianza y la diversión se fue cuando avanzó, aún enseñando los dientes. Arremetió, más animal que humano, y la sometió directo hacia el suelo, buscando sólo sujetarla, agitarla, herirla- no matarla.
La espada giró hacia ella y Sango usó en contra todo el entrenamiento que tenía para atraparla por la hoja, apretando los dientes por el dolor causado, pero todavía soportando.
— Nunca lo matarás — jadeó, las rodillas doblándose por el esfuerzo —. No lo permitiré.
El demonio gruñó, llevando la espada hacia adelante con incluso más fuerza- y ella sólo respondió sujetándola aún más fuerte. La hoja se hundió en su mano y ella todavía la apretó, negándose a dejarla ir incluso cuando la sangre chorreó desde su puño para gotear al suelo.
— Tú no lo permitirás — la citó, luego gruñó —. Tú no me permitirás matarlo, él no me permitirá matarte… Aún se arrojan ustedes mismos en frente de mi espada sin descanso. — Sus ojos resplandecieron y presionó hacia adelante nuevamente, forzando a Sango sobre su espalda y tratando de derribar su mano. — Insectos como ustedes deberían encogerse de miedo para ser aplastados.
— ¡Nunca permitiré que tengas a Hōshi–sama!
La espada en su mano ensangrentada palpitó, una única onda de energía expandiéndose con tanta fuerza que casi la hace dejarla caer, y el Tessou le dio una pequeña, salvaje sonrisa.
— Sí. Desesperación. Cedan ante la desesperanza. Mi espada se alimenta de todo lo que sientes. Pronto no serás nada más que polvo. Lucha contra mí todo lo que quieras, humana; tú no puedes ganar.
¿Desesperación? ¿Desesperanza?
En el momento en el que la espada había palpitado, ella no había sentido nada de eso.
Había sentido determinación. Había sentido rabia. Había sentido fuerza. Había sentido amor.
La espada no había tomado sufrimiento o dolor, porque ahí no había nada que tomar. Pero aún había tomado algo.
Ella jadeó.
Eso era.
La espada se alimentaba de emociones. Cualquier emoción que el manipulador tuviera, la alimentaba. Pero no discriminaba; comía cualquier cosa que la alimentara. Si se alimentaba con odio, crecía con odio. Si se alimentaba con amor, crecía con amor.
Con el Tessou como su manipulador, se alimentaba de deseo. Codicia. Odio.
Pero en ese momento, había estado enterrada en su carne- y se había alimentado de ella.
Podía vencer a la presencia del demonio en esa espada. Todo lo que necesitaba, era la oportunidad.
Respirando dificultosamente, pero al fin con una verdadera brasa de esperanza quemando dentro de ella, Sango le dio una fuerte patada a Miroku, forzándolo a tropezar hacia atrás mientras recuperaba su fuerza. Exprimió su ardiente, sangrante puño y apenas se puso de pie, jadeando en todo momento- pero con un plan en mente.
Miró directo a sus ojos – los de Miroku –, y la determinación creció en el segundo en el que habló.
— ¿Quieres matarme? Entonces, inténtalo. No más juegos, Tessou. ¿Dijiste que todo lo que necesitas para aplastarlo es matarme? Entonces, ven. Sólo inténtalo — ella extendió sus brazos, y el demonio, confiada, cruel criatura que era, sólo sonrió de nuevo.
Ella no dudaba de que él sospechaba que iba a tratar de hacer algo- pero, durante todos sus encuentros con él, los humanos habían sido nada para él más que insignificantes peones. Que uno pudiera idear una estrategia para derrotarlo estaba más allá de su comprensión.
Ella confiaría en eso, para dejarlo acercarse lo suficiente, y entonces…
El demonio sonrió de nuevo, los ojos centelleando con excitación.
— Te grita a ti, Sango. Te grita que no te rindas, o al menos corras y te salves. ¿Qué es lo que deseas, mmm? ¿No estabas tan segura de que ganarías? ¿Qué esperas lograr? Para cuando mueras, el monje se quebrará.
Ella se mantudo inquebrantable, sus ojos todavía fijos en los de Miroku.
— Sí, lo sé. — No importaba cuánto odiara el hecho, era verdad. Miroku lo había demostrado antes: la cuidaba más que a su propia vida. Si ella moría, entonces el demonio sería capaz de matar lo que fuera que quedara de Miroku. Ellos podían o ambos sobrevivir esto- o ninguno lo haría. — Si no puedo sacarte de él- morir juntos será mi consuelo — respondió honestamente —. No correré. No más juegos, Tessou. Si no puedo detenerte, entonces moriré con él. Pelearé contra ti- hasta la muerte, si eso es lo que cuesta.
Lo salvaré, Hōshi–sama. Lo juro.
Para alguien que tan descaradamente no entendía el corazón humano… para un demonio que tan claramente no podía comprender lo que era cuidar tan profundamente a otro que no era nada arriesgar la muerte…
Para el Tessou, era creíble.
Sólo podía esperar que Miroku viera a través de eso, y confiara en ella.
El demonio simplemente sonrió.
— Si tu deseo es morir con él, Sango, entonces te lo concederé. — Levantó su espada, gruñendo una vez más, y comenzó a avanzar una última vez. — Perece, mortal. Estás parada frente a una criatura que ha sobrevivido mil vidas, superando cosas que no puedes ni siquiera concebir. Nunca tuviste esperanzas de tener éxito contra mí- ninguno de ustedes.
La hoja se balanceó, incrustándose en su estómago en una ráfaga de sangre y agonía.
— La Kazaana de este monje será mía- ¡así como tu vida!
Y en ese momento, Sango no supo de nada más que determinación.
— ¡C-Clama mi vida si tanto lo deseas… d-demonio! — Llevó un pie hacia delante en un doloroso paso, luego otro, llevando la espada aún más profundo en su interior. — Pero… — Sango jadeó, el pecho estremeciéndose con agonía, y una cálida gota de sangre se elevó en su garganta para forzarla en un espasmo para toserla. Salpicó contra el rostro de Miroku en una desagradable visión que, de algún modo, sólo le dio más fuerza. — Nunca tendrás a Hōshi–sama. — Agarró entonces la cuchilla, empujándola aún más adentro cuando sus piernas le fallaron y su fuerza comenzó a flaquear, encontrando la mirada del demonio y negándose a descansar. Nunca te tendrá, Miroku. — ¡Si muero, entonces te llevaré conmigo!
En su mente, el recuerdo de la propuesta de Miroku a la orilla del río, diciéndole que si la paz llegaba, entonces quería compartirla con ella:
Amor.
En su mente, de nuevo, la idea de su precioso futuro que habían formado- ella y Miroku vivos, Naraku acabado, y junto a ellos, niños y felicidad más allá de lo que alguna vez se había atrevido a soñar:
Esperanza.
La idea de que algún día, realmente pudieran sobrevivir para estar juntos, la pasada pelea contra Naraku y la Kazaana de Miroku y su hermano torturado, y encontrar un futuro del que valiera la pena sostenerse:
Paz.
La espada palpitó otra vez.
Ella miró a Miroku de nuevo, y en sus ojos encontró sólo el hirviente odio e ira de un demonio.
Esta vez, eso no la debilitó. Esta vez, le dio fuerza.
Porque, detrás de esos ojos, es Miroku. Creo que aún está vivo. Aún luchando.
La espada palpitó nuevamente.
Su fuerza contra la debilidad del demonio. Su esperanza contra su desesperación. Ella agarró la espada tan fuerte como pudo y dio un último paso con sus temblorosas piernas, sintiéndola ir tan profundo en su pecho que la punta alcanzó su espalda, y el grito que dio todavía no era de agonía.
Era un grito de guerra.
Al final, el demonio comenzó a darse cuenta de que esto no era un suicidio. Esto era su último intento para contraatacar.
Sin embargo, se dio cuenta demasiado tarde.
Ella pudo sentir la hoja calentándose, peleando para tomar todo lo que ella tenía para dar contra el vacío del sociópata que estaba de pie frente a ella. El calor de la espada era doloroso dentro de su pecho, pero no tenía opción más que soportarlo, y soportarlo, y lo hizo, manteniendo aún la espada y a su monje en el lugar, negándose a dejarlos ir incluso si su vida dependía de ello.
Fue una batalla de voluntades, en todo el sentido de la palabra. Y, en el final, el demonio no podía ganar. Los demonios de sangre pura no sentían de la forma en la que los humanos lo hacían. Ellos no nacían amando, odiando, riendo, cuidando. Ellos nacían con corazones tan fríos como el hielo, y a menos que algo derritiera ese hielo, nunca aprendían cómo sentir algo más allá de la sed de sangre, odio y venganza.
Este demonio nunca entendería porqué ella pelearía hasta la muerte atravesando cada dolor imaginable- pero si el costo era la vida de Miroku, ella bajaría su espada en un segundo.
Este demonio nunca entendería porque Miroku, roto y atrapado en la peor de las situaciones posibles, podía aún encontrar la fuerza para resistir.
La cuchilla siseó y humeó, la oscuridad desvaneciéndose en una niebla vaporizada para blanquear el negro de la hoja, dejando atrás sólo una espada normal. Y con la desintegración de la oscuridad de la espada, la misma horrible oscuridad en los ojos de Miroku conoció el mismo destino. El agarre del Tessou en la espada se aflojó, las manos empuñadas cayendo débilmente a sus costados- llevando la hoja para arrancarla de ella al final en un insoportable movimiento que la dejó gritando en un agonizante llanto, apenas capaz de ver a través del dolor.
Pero la energía en la espada se había ido.
Y con ella, el Tessou.
El dolor físico la dejó temblando como una hoja y apenas capaz de ver- pero la angustia mental del aún indeterminado destino de Miroku era mucho peor que cualquier infierno que hubiese sido infringido a su cuerpo. Él había estado consciente hasta el último, ella lo sabía, pero al final, eso no significaba nada. Si el Tessou aún había sometido su alma lo bastante… si él había sido poseído por demasiado tiempo…
Sólo porque el monstruo había sido expulsado no significaba que lo suficiente de Miroku lo había superado para vivir.
Su boca repentinamente se secó, Sango parpadeó más allá del dolor y levantó sus ojos para encontrar los de él- esperando tanto que su corazón dolió, que lo que encontraría no fuera una cáscara vacía.
Lo que encontró fue terrorífico.
La ira que contorsionaba sus rasgos se había desvanecido- pero Miroku no había regresado.
Él simplemente se mantenía en blanco.
Un lienzo vacío.
Su corazón se detuvo.
— N-No… — Susurró. — No, no, Hōshi–sama, no… — Su fuerza le falló al final y se dejó caer, empuñando sus manos en su toga sólo para empujarlo hacia abajo con ella hasta el suelo. — No, Hōshi–sama, no. Por favor. Por favor.
Cayó débil contra él, dejando su cabeza contra su hombro y enrollando sus brazos aún más apretados a su alrededor, aplastando su forma completamente flácida hacia ella.
— ¡Hōshi–sama! ¡Por favor! ¡Regrese!
No pudo haber sido demasiado tarde. Por favor Dios, no me dejes haber llegado demasiado tarde…
Se empujó a sí misma lejos del monje con la poca fuerza que tenía, acunando su pálido, frío rostro en sus manos. La sangre de sus palmas cortadas se extendió y manchó toda la mejilla, manchas que limpió inútilmente con sus pulgares.
— Hōshi–sama — suplicó, sacudiéndolo ligeramente —. ¡Hōshi–sama!
Pero aún peor que la oscura crueldad que había sobrepasado sus ojos cuando el demonio se había establecido en su cuerpo, fue el envolvente vacío que permanecía ahí ahora.
Él miraba a través de ella, los ojos sin parpadear, sin ver, sin sentir, la cara completamente vacía de todo lo que simbolizara consciencia. Él se veía como nada más que una cáscara vacía.
Sango lo contempló, temblando tan fuerte que temió que podría desmoronarse.
— Hōshi–sama — suspiró de nuevo, una súplica rota, inclinándose hacia adelante para tocar su frente con la de él —. Por favor. No se rinda ahora. Llegamos tan lejos… por favor, vuelva conmigo. Por favor, Hōshi–sama.
Sus hombros temblaron en mitad sollozo, mitad llanto de dolor. Miroku aún no pestañeaba.
La mirada en su rostro era lo más tortuoso que ella había visto hasta ese momento.
Sango lo sacudió débilmente otra vez; él se meció atrás y adelante como una cáscara vacía, la cabeza sólo sostenida por sus manos.
Con el corazón completamente roto, Sango se inclinó hacia adelante, aún acunando su rostro, y encontró sus indiferentes labios con los de ella- su pecho herido, agitándose con sollozos en todo momento.
Lo siento.
Perdóname, Miroku.
Llegué demasiado tarde.
Al final, con toda su fuerza agotada, Sango se deslizó hacia abajo para apoyar su cabeza en el recodo de su cuello, silenciosas, agonizantes lágrimas rodando por sus ojos para manchar sus hombros, su mano herida aún firmemente alrededor de la de él. Al final- no había importado en absoluto. Había llegado demasiado tarde.
Sango no supo cuánto tiempo había estado recostada ahí cuando la lenta, pero definitiva, sensación vino, de una mano en su trasero.
Se paralizó.
Tambaleantes pero lo que definitivamente eran dedos- familiares en eso- la acariciaron. La acariciaron en la forma en la que sólo un hombre alguna vez se atrevió a hacerlo.
Su corazón se detuvo.
— Querida Sango, parece que he sufrido un golpe en la cabeza. ¿Cómo hicimos exactamente para estar aquí? Me temo que no lo recuerdo. No es que me sea desagradable nuestro estado actual, por supuesto. — Y sus dedos apretaron.
Sango se mantuvo ahí en total, completo asombro.
Él estaba vivo.
Él estaba de regreso.
— Eh… ¿Sango? — Miroku bajó el tono nerviosamente, sus dedos aún ahí. — Aún tienes que golpearme… De nuevo, no es que me desagrade, pero bueno… no puedo decir que no es atemorizante. — Rió nerviosamente, la mano contra ella aún congelada, esperando la inevitable bofetada.
Ella se echó hacia delante de nuevo, los brazos alrededor de él y escondiendo la cabeza contra su pecho, los hombros sacudiéndose por los sollozos, un miserable gemido de sufrimiento enterrado en su garganta cuando lo empujó aún más cerca, jadeando para respirar, y en todo momento, deleitándose en esto, en él, estando tan cerca, tan próximo, tan maravillosamente vivo.
— ¡Hōshi–sama!
Ok, lo sé... ha sido demasiado tiempo. No tengo excusa, porque he estado actualizando y escribiendo nuevos proyectos y no he avanzado la traducción. Pretendía llevar un ritmo y meh~ ni luces de haberlo cumplido. Pido mil disculpas, pero no puedo prometer subir el siguiente pronto. Sólo puedo asegurarles que trabajo en ello y que lo subiré, en cuanto pueda. Les agradezco su infinita paciencia y, por favor, les pido que aún me tengan un poco más.
Agradecimientos eternos, con besos y abrazos incluidos, a todos los que han leído la traducción, en especial a quienes han dedicado un poco de su tiempo en dejar un review: jbadillodavila, fifiabbs, Constantine Moore, SangoSarait y Nuez. Espero poder compensarlos algún día por la larga espera.
Nos leemos, espero que pronto. Mientras, sigamos fangirleando juntos (?)
Yumi~
