Shadowed Soul
Capítulo 4
Todo lo que Sango quería hacer era aferrarse a Miroku y nunca dejarlo ir. Pero, desafortunadamente, este era el mundo real, y el mundo real no permitía tales lujos.
Limpiando sus ojos, Sango al fin retrocedió y miró hacia la puerta, su respiración aún temblorosa.
— D-Deberíamos irnos de aquí, Hōshi–sama — sin importar cuán devastadora la masacre en la aldea había sido, el Tessou había dejado a muchos vivos– y si decidían ir tras Miroku, ninguno de los dos estaba en condiciones de defenderse —. Encontremos a InuYasha.
— Eh… Claro, por supuesto, Sango — balbuceó Miroku, parecía aturdido, y miró hacia la puerta de nuevo con confusión —. Pero aún no has respondido mi pregunta. ¿Dónde es aquí, exactamente? La última cosa que recuerdo es que yo… — Fue bajando la voz hasta el silencio, el ceño fruncido, luego la miró de nuevo. — No recuerdo. No recuerdo la última cosa que recuerdo. Sango, ¿qué está pasando?
Los ojos de Sango se abrieron, y se quedó mirando al monje salpicado de sangre, con incredulidad. ¿Realmente no recordaba nada? Eso sería una bendición en sí misma, y una que ella nunca se habría atrevido a creer que se haría realidad. No es que sus preocupaciones hubiesen sido los recuerdos de Miroku– últimamente, sólo se había enfocado en traerlo de vuelta con vida. Nunca se atrevió a esperar nada más que eso. Pero él pareció haber estado consciente a lo largo de toda la posesión– parecía extremadamente improbable que simplemente no lo recordara.
Cuando sólo se encontró a sí misma mirándolo boquiabierta, incapaz de hablar, la insufrible sonrisa inocente de Miroku declinó un poco.
— ¿Sango? ¿Estás bien? — Él comenzó a alzar la mano hacia ella– la ahora purificada cuchilla, aún sujeta en su mano maldita. La sangre goteando de la suave espada– la de ella.
— Hōshi–sam-
Pero era demasiado tarde.
Miroku se quedó observando el arma en su puño como si le crecieran dos cabezas.
— ¿Qué… es esto? — Murmuró, inclinando su cabeza a un lado. — ¿Cuándo yo…? — La dio vuelta, aparentemente confundido de verdad.
Su estómago se sacudió, Sango aferró su muñeca a ella y trató de llamar su atención para que sólo se enfocara en ella.
— No se preocupe por eso ahora, Hōshi–sama — jadeó, desesperada. Sus palabras atrajeron su insegura mirada de nuevo y ella cubrió su mano con las propias, su habitual vergüenza y vacilación sobre cualquier tipo de intimidad entre ellos puesta a un lado por otro momento. Miró la pared de su celda por una vez y agarró su muñeca aún más fuerte, preparándose para levantarse — Vamos, necesitamos ten-
— ¡Sango, estás sangrando!
Ella parpadeó, la repentina preocupación de él sobre algo que ella conocía bastante la hizo pensar.
— Yo– bueno, ¡también usted, Hōshi–sama! — Tartamudeó, entonces jaló su muñeca de nuevo, desesperada sólo por irse de ahí. — Ese es el por qué-… ¿H-Hōshi–sama?
Porque, al mirarlo hacia atrás para tratar de ponerlo de pie con ella, se encontró con que el calmado, sonriente monje se había ido.
En su lugar, había algo que le envió el corazón a los pies.
Miroku aún estaba de rodillas a su lado, ahora observando sus manos unidas y el cuchillo con una mirada sin habla. Sus ojos estaban abiertos en aterrorizada incredulidad, su cuerpo completo temblando mientras sólo se agachaba ahí, paralizado.
— Tú estás… tú estás sangrando… — Susurró– pero, con ello, ella no escuchó la voz de alguien parado en el presente.
Él estaba recordando.
— ¡Hōshi–sama! — Ella gritó, volviéndose completamente para encararlo y afirmándolo por los hombros. — ¡Hōshi–sama, concéntrese! ¡¿Puede escucharme?! ¡Hōshi–sama!
Pero él no respondió en absoluto– era como si ni siquiera pudiera oírla.
— Sa–Sangrando… estás sangrando… — Él fue bajando la voz hasta un horrendo silencio, aún paralizado por la sangre en sus manos, entonces se dejó caer hacia atrás sobre sus rodillas– la mirada vacía, fija, dejando a Sango horrorizada.
Se veía justo como Kohaku cuando…
Su mente se detuvo antes de que fuera demasiado lejos en ese rumbo, pero la comprensión ya se había hecho, y las implicancias que llevaban con eso tuvieron su agarre en él incluso más apretado y arrojando el cuchillo lejos.
— Hōshi–sama, míreme– Estoy bien. No me hirió. — Al menos, no más de lo que hirió a otros. — Los dos… Hōshi–sama, los dos…
Sólo que su discurso no hizo nada por calmar al monje. Él la observaba con creciente terror, las respiraciones más cortas y las facciones contorsionándose hasta que simplemente se quebró.
— ¡Mantente atrás! — Gritó, alejándose de ella como si lo hubiese golpeado. — ¡Aléjate!
La aterrorizada mirada en su rostro le oprimió dolorosamente el corazón, y entonces el monje se apartó, dejando atrás la espada mientras se movía con dificultad hacia la puerta apoyado en sus manos y rodillas.
— No, no, no, no, no, no, noooo…
— ¡Hōshi–sama!
Su puño se cerró cerca de un milisegundo demasiado tarde, agarrando un puñado de aire en lugar de las túnicas negras y violetas, y Miroku se había ido.
Sango lo quedó observando fijamente sin aliento, el corazón latiendo con fuerza. El sangriento rastro que había dejado atrás la habría preocupado más si ella no estuviera segura de que al menos la mitad de esa sangre era suya; como fuera, ella sabía que no eran heridas fatales. Tuvo esa posibilidad, más de una vez; no había sido capaz de tomarla. Miroku no iba a morir por la pérdida de sangre o las heridas.
Pero dejó sus propios artefactos, ella se estremeció al pensar en lo que podría sucederle. En ese estado mental… Sacudiendo la cabeza a sí misma, Sango se levantó temblorosamente, echando una última mirada a la sucia choza, luego siguió el rastro de sangre de Miroku hasta la puerta y por fin, salió a la luz una vez más. El sol fue cegador y ella entrecerró los ojos, protegiéndoselos de la luz para tratar de encontrar dónde se había ido el monje, pero el campo ya estaba desierto. Debió haber salido corriendo– aunque su velocidad debía estar limitada. Se sentía como si un año atrás él hubiera sido golpeado por el Hiraikotsu, pero eso había pasado, y ella le había dado una o dos buenas patadas en las costillas– él no debería ser capaz de respirar lo suficientemente profundo para correr.
Aunque, era más que probable que Miroku estuviera más allá del dolor en este punto.
Tragándose el nudo en su garganta, Sango echó una ojeada a la hierba, un rojo camino que serpenteaba hacia el pasto. Ella dio tres pasos en su carrera antes de que la golpeara el hecho de que el monje no era el único cuya velocidad estaría limitada, y se desplomó.
— ¡Maldición! — Siseó, curvándose en auténtica agonía encima del húmedo pasto. Su brazo derecho por completo ensangrentado y cortado, ambas manos rebanadas a través de las palmas por haber bloqueado la espada del Tessou por la hoja, y el lugar donde había sido apuñalada hasta el final, definitivamente no iba a cuidarse solo. Sin mencionar quién sabía cuántos golpes en la cabeza. Ella había estado siempre ligeramente mareada un tiempo hasta ahora y estaba comenzando a darse cuenta que, incluso si Miroku no necesitaba desesperadamente a Kagome y su medicina de la época moderna, ella sí.
Eso no importa. Puedes soportarlo por un tiempo. Miroku probablemente no.
— Hōshi–sama — jadeó, forzándose a arrodillarse y, luego, ponerse de pie —. Hōshi–sama, por favor, ¡espéreme!
Otros dos pasos dificultosos y había caído de nuevo– esta vez, posiblemente de forma permanente.
— ¡No! — Rogó, lágrimas de frustración comenzando a salir aún cuando ella se arrastró en un desesperado gateo. — No… No puedo quedarme aquí– tengo– tengo que– ¡no!
No podía correr. Apenas podía siquiera caminar. Y Miroku, por lo que parecía, había echado una carrera fuera de ahí como si tuviera a un demonio persiguiéndolo. Nunca lo atraparía sin importar cuan duro tratara.
Por primera vez desde que esta completa pesadilla comenzó, Sango empezó a sollozar.
Ella no había descubierto que él había sido poseído hasta que fue demasiado tarde.
Ella no había sido capaz de detener a ese demonio de utilizar a su monje para masacra a gente inocente.
Ella no había sido capaz de detenerlo de herir a InuYasha.
Y ahora, ella no había sido capaz de alcanzarlo cuando él más necesitaba ayuda.
Todo lo que había sido capaz de hacer era forzar al demonio fuera de él sin matarlo, lo que ella sabía que era una hazaña en sí misma– pero cuando se quedó tendida ahí ahora, incapaz de perseguirlo, delante de las sangrientas huellas del monje que salió corriendo desesperado de ella, se sentía patético. ¿Exorcizando al demonio demasiado tarde, cuando los terribles recuerdos ya habían sido incrustados en su cabeza y la sangre, ya derramada?
¡Ella no había hecho nada!
El suspiro cargado de culpa la hizo cerrar los ojos, los puños apretados tan fuerte que las heridas se volvieron agonizantes.
— ¡Detente! — Se imploró desesperadamente a sí misma, jadeando pesadamente, la culpa tan fuerte que quemaba a través de su cuerpo entero en arrepentimiento. — Sólo– detente, Sango. ¡Detente!
Dejó de pensar en lo que no podía cambiar, dejó de consumirse a sí misma con remordimientos, dejó de perder tiempo lamentándose por ella. Aún era una Exterminadora. Había sido entrenada para la batalla durante toda su vida. Y en la batalla, los sentimientos personales se dejaban a un lado. En momentos de gran estrés y peligro, su modus operandi necesitaba ser cerrarse y operar sólo con lógica, y no dejarse distraer por las emociones. Nunca había sido muy buena haciéndolo cuando las cosas se volvían personales, primero con Kohaku y ahora, con Miroku– pero era necesario en este momento.
Podría no ser capaz de perseguirlo, pero había quienes sí podían. Y mientras que ella estaba tendida ahí lamentándose por sí misma, no había nadie buscando en la dirección correcta.
Reuniendo todas sus fuerzas, Sango se empujó sobre sus rodillas, echó su cabeza hacia atrás y gritó.
— ¡Kirara! ¡InuYasha!
Ellos debían estar buscándola a ella y a Miroku desde el momento en que InuYasha se recuperó, lo que, conociéndolo, debió ser rápidamente. No sabía si InuYasha, pero Kirara podía escucharla gritar desde más de una milla de distancia. Ella sabía eso. Y también sabía que InuYasha se condenaría antes de permitir que un gato–demonio lo venciera en algo.
— ¡KIRARA! ¡INUYASHA!
Kirara o InuYasha podían encontrar a Miroku. Kirara o InuYasha podían detenerlo de– de cualquier cosa que pudiera hacer que se arrepintiera.
— ¡KIRARAAAAA! ¡INUYASHAAAAAA!
Ellos simplemente tenían que llegar ahí a tiempo.
Sango gritó hasta quedar ronca y sus ojos ardiendo en lágrimas, y siguió todavía, susurrando los nombres de quienes cuya ayuda necesitaba tan desesperadamente. Siguió hasta que el frenético grito de su nombre alcanzó sus oídos, e incluso entonces, aún acostada ahí en la tierra, temblando tan fuerte que temió que pudiera desmoronarse.
— ¡Sango! — Kagome gritó por encima, y el ronco gruñido que vino después le dijo que Kirara fue su transporte. La mano engarrada que alcanzó su hombro lo hizo sin previo aviso y ella no pudo evitar estremecerse, InuYasha no habiendo anunciado su acercamiento como Kagome, pero el hanyō la giró sobre su espalda sin detenerse y la sacudió alarmado.
— ¡Sango! — Exclamó, el ceño fruncido, y sentándose, bajando a Tessaiga. — ¡¿Estás bien?! No podíamos encontrarlos en ninguna parte; ¡¿dónde han estado ese libidinoso y tú?!
La vista de él era fácilmente una de las mejores cosas que ella había visto en su vida. Frotándose enérgicamente las lágrimas restantes, apuntó el sangriento rastro que el monje había dejado, incapaz de evitar una débil sonrisa de alivio tan fuerte que la dejó sin aliento, pero no como para hacerla perder el tiempo sintiéndose feliz ahora.
— No se preocupen por mí, ¡vayan tras Hōshi–sama!
Su expresión se volvió preocupada, y su mano se desplazó hacia la empuñadura de su espada de nuevo. — No me digas que él–
— ¡No! — Horrorizada, Sango no pudo detenerse de golpear la mano en Tessaiga– sin importarle el hecho de que estaba justificado. — ¡No lo lastimes, InuYasha! Maté al demonio. Lo expulsé de él y lo maté– es él mismo otra vez. Pero estoy preocupada. — Empujó débilmente un mechón enredado de pelo, peinándolo fuera de sus ojos, y miró de nuevo hacia el camino por el que Miroku había desaparecido. — Creo que recuerda lo que pasó… cuando se dé cuenta, él sólo…
Ella se detuvo en seco, incapaz de terminar la oración, pero InuYasha asintió sin vacilar, los dorados ojos nublados con ira. Hacia el demonio que había poseído a su amigo, ella sabía– no hacia Miroku.
— Ah, no te preocupes — él prometió, soltando su espada de nuevo —. Lo encontraré. ¿Quieres un paseo? — Le ofreció su espalda, normalmente reservada para Kagome, pero Sango sacudió su cabeza y echó una mirada hacia arriba, donde Kirara y Kagome estaban descendiendo rápido.
— No, yo sólo te retrasaría — porque no importaba cuánto quisiera llegar lo más rápido posible, eso no se trataba de ella —. Adelántate; iré detrás con Kirara.
Asintiendo una vez, InuYasha se dio vuelta otra vez y salió corriendo tan rápido que se vio un manchón. Lo observó desaparecer entre los árboles, entonces dio un traspié torpemente para pararse, mirando como su gata aterrizaba con un mudo thump antes de que Kagome saltara de su espalda– el arco y las flechas ya preparados.
— ¡S-Sango! — Kagome tartamudeó, los ojos abiertos mirándola, y Kirara gruñó profundo en su garganta, los rojos ojos encendidos en lo que Sango supo, era ira.
Ella las saludó con la mano tal como lo había hecho con InuYasha, sacudiendo su cabeza antes de que pudieran llegar a alguna (correcta) conclusión.
—¡No se preocupen por mí! ¡Estoy bien! Es Hōshi–sama de quien necesitamos preocuparnos.
— ¿El monje Miroku…? — Los ojos de Kagome aún parpadearon preocupados en busca de InuYasha antes de que ella sacudiera su cabeza enfáticamente y le tendiera una mano. — ¡Sango, estás herida! InuYasha está buscando al monje Miroku, déjanos ayudarte ahora–
— Si deben ayudarme ahora, ¡háganlo en el camino! — Sango se lanzó sobre la espalda de Kirara, el dolor que le azotó la zona cervical atravesándola fue suficiente para hacerla apretar los dientes pero no gritó. — ¡V-Vamos! — Jadeó, apretando su agarre en Kirara con una mano, incluso cuando quitó la otra para frotar su dolorida cabeza. — ¡Tenemos que ir tras InuYasha! ¡Kirara!
— Agh, ¡oigan, esperen un minuto!
Kagome apenas tuvo tiempo antes de que Kirara despegara, volando tras InuYasha. Aún esforzándose por afirmarse, la sacerdotisa estaba buscando ese salvavidas que era su mochila, sacando vendajes y medicinas a las que Sango apenas echó una mirada. Las manos cuidadosas de Kagome fueron de inmediato a su lado herido, ocupándose de la herida que aún sangraba lentamente mientras Kirara buscaba a Miroku. — Sango — dijo jadeando, aún cuando trabajaba —, ¡estábamos muy preocupados! ¡¿Qué pasó?! ¿Es-Está el monje Miroku–?
— Él esta bi– vivo — se echó hacia atrás, sus ojos buscando el suelo —. No peor de lo que yo estaba cuando fui poseída — cerró sus ojos brevemente, recordando la batalla que había cambiado su relación de una forma tan importante. Recordaba muy poco de ello, pero la todavía deteriorada cicatriz en la muñeca de Miroku era un recordatorio de lo que ese demonio salamandra la había forzado a hacerle. Ella se había sentido horrible después pero Miroku, con su calmado, bromista modo, le había asegurado que no había nada por lo que disculparse.
Excepto que todo lo que hice fue herirlo.
Miroku… él…
Una aldea, masacrada… InuYasha, atacado… gélidas, deambulantes manos…
Sango abrió violentamente sus ojos y nuevamente los volvió al suelo, buscando algún signo del monje que había que encontrar.
— Estará bien — susurró, no como una promesa a Kagome, sino como una garantía a sí misma —. Estará bien.
Kagome hizo una pausa pero no dijo nada, seguramente consciente de más de lo que ella estaba revelando. Se encontró agradecida de que la sacerdotisa estuviese con ella y no InuYasha; él no podía agarrar lo sutil tan a menudo y presionaría, presionaría y presionaría en cosas que no deberían presionarse. Si él estuviera ahí ahora, habría presionado. Y Sango sabía que no estaba lista para responder esas preguntas, si es que alguna vez lo estaba. Kagome, bendita sea, no estaba preguntando.
— ¡Hey, Kirara! ¡Baja aquí!
Sango reaccionó, ladeándose más hacia el lado de la gata por donde llegó el grito de InuYasha. Incluso si no precisaban exactamente de dónde en el bosque provenía, Kirara pudo hacerlo, y ella se inclinó hacia abajo de inmediato, gruñendo de nuevo. Kagome trabajó más rápido ahora, probablemente consciente de que en el momento en el que aterrizaran, la medicina sería puesta en espera; Sango sólo la dejó, su corazón palpitando todo el tiempo.
Hōshi–sama…
Kirara al fin se sumergió a través de las ramas, bateándolas a un lado con sus gigantes garras, así que no rasguñaron a sus pasajeras, y aterrizó con un sonido de huesos chirriando que dobló a Sango en otro ataque de dolor. Cerró sus ojos, respirando dificultosamente al final del grito de alarma de Kagome– pero su mente aún estaba enfocada en lo que le aguardaba. Las heridas podían esperar.
— Estoy… bien… — Dijo en un jadeo, agarrándose de la melena de Kirara para afirmarse. — Estaré bien… — Ella gimió con otro respiro, entonces se forzó a abrir los ojos, obligándose a concentrarse a través del dolor.
Kirara había descendido tan cerca de InuYasha como podía sin tener que aterrizar de hecho en la espalda del hanyō. Desde donde estaba, lo único que podía distinguir era que InuYasha había, en efecto, encontrado a Miroku, y lo había derribado tan fácilmente como Kirara hubiese atrapado un pez. El monje estaba tumbado sobre su estómago, InuYasha sentado indiferente en su espalda, las piernas sujetando la figura retorciéndose, sin ningún esfuerzo, al parecer, por parte de InuYasha. El hanyō aún miraba hacia abajo con insegura preocupación a su amigo, claramente compasivo pero no para dejarlo levantarse ahora, la fuerza suficiente para mantener fácilmente abajo a Miroku sin herirlo y con la consciencia suficiente para entender que era necesario.
El estado de Miroku, sin embargo, la hizo detenerse, la mano temblorosa doblada a su lado en miserable negación de que eso aún estaba ocurriendo.
Con su torso y piernas tumbados, sólo sus brazos estaban libres, y en lugar de pelear contra InuYasha con ellos, Miroku había elegido esconder su cabeza. Sus dedos entrecerrados en su cabello aún suelto, los brazos cubriendo su cabeza de la vista, enterrada contra el suelo, y sus hombros temblando torpemente. Ella podía escuchar la irregular respiración y los murmullos incoherentes, y el dolor la invadió de nuevo.
— ¿InuYasha?
Fue todo lo que tuvo que decir. El hanyō asintió con la cabeza de inmediato y comenzó a levantarse, sus manos curvadas y listas para mantener a Miroku abajo si él comenzaba a correr de nuevo. Pero el monje sólo respondió a la retirada de InuYasha, tensándose, los temblores disminuyendo, los murmullos cesando.
Él no corrió.
Sango cayó sobre sus rodillas, exhalando un silencioso aliento de alivio. InuYasha retrocedió, deteniéndose un momento a su lado, entonces simplemente le dio la espalda, los brazos cruzados.
— Kagome y yo iremos a ayudar a los aldeanos lo mejor que podamos. Dejaremos a Kirara; ustedes dos encuéntrennos sólo cuando estén listos.
Ella comenzó, ocupándose de él con sorpresa mientras se retiraba en silencio hacia la confundida sacerdotisa tras ellos. Eso era lo que ella quería, y de algún modo él se había dado cuenta sin que lo dijera– había estado convencida de que tendría que levantar el infierno para que la dejara a ella y a Miroku por su cuenta, o que ella tendría que ceder y permitirles quedarse bajo su vigilante ojo. Para que él no sólo se diera cuenta de lo que quería, sino que se fuera voluntariamente…
Sango sacudió su cabeza para sí misma, mirando como InuYasha volvía a caminar. Definitivamente, había una razón para ese comportamiento poco característico, pero eso era algo que podría averiguar después.
— InuYasha — llamó, antes de que pudiera irse– aún con sus ojos puestos en Miroku —. Donde me encontraste, hay una espada. Tú– ya no está poseída, pero necesitamos encargarnos de ella. No podemos decir qué espíritus podría atraer; tenemos que sellarla o destruirla por completo.
Hubo otra pausa corta, y entonces, el suave sonido de los pasos corriendo, rápidamente sobre la hierba hasta que se desvanecieron por completo.
Dejándolos solos.
— Hōshi–… Miroku. — Sango avanzó a través del húmedo pasto, alzando una mano insegura para tocar su hombro antes de retirarla justo a tiempo, sin saber si sería bienvenida. — Miroku, InuYasha y Kagome se fueron. Sólo somos nosotros.
Él se tensó de nuevo, encogiéndose y alejándose incluso sin que ella lo hubiese tocado. Se apartó tal como lo había hecho en la cabaña, moviéndose hacia atrás en una carrera frenética hasta que estuvo varios metros lejos, el rostro aún desgarrado y angustiado. Le tomó todo su autocontrol a ella dejarlo retirarse sin seguirlo.
— ¡S-Sango! — Jadeó, los ojos abiertos. — ¡Pero InuYasha–! Él estaba– ¡Él estaba envenenado! —Los dedos de su mano maldita estaban prietos en el pasto y Sango nuevamente tuvo que detenerse a sí misma de avanzar hasta su lado.
— No te preocupes, Miroku — pidió con preocupación, interrumpiendo sus confusas, estrepitosas divagaciones. Él claramente no había estado consciente, entonces, de que había sido el hanyō quien lo había detenido en su carrera directo lo más lejos de ella. Más cosas que sólo hacían que ella se preocupara. — InuYasha sanó. Ya sabes cómo es… incluso un agujero a través de su grueso cráneo no lo mantendría abajo por mucho tiempo. — Intentó una débil sonrisa, sin esperar para nada una de regreso; ciertamente, Miroku no le devolvió una sonrisa, pero algo del terror se desvaneció, y eso era todo lo que ella podía pedir.
Se mantuvo en silencio un instante, mirando como el monje observaba hacia abajo a sus manos con inseguridad. Aún estaba temblando, y definitivamente aún había miedo; le tomó unos momentos a él poner su respiración entrecortada bajo control lo suficiente para hacer otra pregunta desesperada.
— El Tessou… ¿qué le pasó?
Ella se oscureció a la mención del demonio y apartó la vista, los puños apretados. No sabía cuánto recordaba Miroku o había comprendido, ella le daría la versión completa.
— Ese demonio sólo era capaz de existir tanto tiempo como tuviese a un médium. Destrocé la espada mientras él aún estaba dentro de ti; eso debería haberlo matado. — Cuando él seguía viéndose aún vacilante, temeroso, Sango no pudo resistirlo y se acercó, alcanzándolo. — Eso no puede existir en ti sin esa espada, Miroku. Confía en mí. El demonio está muerto y se ha ido.
Los ojos abiertos de Miroku fueron hasta su mano extendida y no la dejaron. Él echó la espalda hacia atrás como si su toque fuera veneno, contemplando su mano como si pudiera crecerle una boca y morderlo, y Sango lo soportó, permaneciendo congelada en su pose.
No está asustado de ti, Sango. Está asustado de si mismo. Déjale ver que no hay nada que temer. Deja que acepte eso primero.
— Miroku — trató gentilmente, aún sin moverse un centímetro —. Estás herido. ¿Puedo mirar tu hombro?
Porque, sólo ahora que el demonio había abandonado su dominio sobre Miroku, los moretones comenzaron a tomar forma, y ella pudo vislumbrar uno particularmente violento bajo su cuello. Se veía como si su hombro estuviese dislocado– tenía que ser a causa del Hiraikotsu.
Él pestañeó una vez, parecía completamente atónito. Su mirada sorprendida recorrió su dañado hombro como si honestamente no se hubiese dado cuenta que estada herido, entonces se volvió hacia ella sin perder ni un latido.
— Es-Está bien — murmuró.
Ella ya sabía eso. Pero era una excusa para acercarse a él, y una excusa era todo lo que necesitaba. — ¿Estás bromeando?
Esperó muchos segundos una respuesta que no llegó, así que se arriesgó acercándose un poco. Él no se retiró, incluso si su mirada aterrorizada estaba aún fija en su mano y, tomando eso como aprobación, Sango cruzó el resto de la distancia entre ellos para sentarse a su lado. Cuidadosamente comenzó a trabajar en su hombro, plegando sus túnicas hacia abajo mientras él se sentaba aún incómodo y tenso, sin moverse ni un milímetro.
— También te herí — susurró en este punto, la cabeza aún gacha —. ¿Te… Te duele?
Abrió la boca para darle una reflexiva respuesta de no, no en lo absoluto, entonces se detuvo. Miroku sabría que esa era una mentira, y decírselo seguramente lo haría sentir aún peor.
— … Arde un poco — se las ingenió, manteniendo sus ojos en su herida —. Si quieres, puedes verlo después de que termine.
Miroku se encogió y no dijo nada, como si fuese cauteloso, y Sango suspiró. Con facilidad un noventa por ciento de las veces que él la tocaba, era retribuido con una bofetada; parecía que ahora, ella le estaba pidiendo a él que la tocara– quizá no en la manera que normalmente quería–, pero él se retractó, precavido. Ella suspiró, aún examinando su hombro. No podía ser ayudado.
— Tengo que ponerlo de vuelta en su lugar — murmuró, echándole un vistazo a él por el rabillo del ojo —. ¿De acuerdo?
Él parpadeó otra vez y asintió, para nada nervioso, aún parecía bastante en shock. Sango trabajó rápida y abiertamente; cuando el momento de mayor dolor vino, el monje gruñó, pero apenas se estremeció. Ella había visto a hombres gritar por eso.
Miroku, siendo Miroku, por lo general habría tomado una ocasión como esa para hacer un terrible trabajo tratando de aparentar estar herido, lamentándose de sus heridas para tratar de ganar algo de simpatía fuera de ahí. Ahora, él apenas había respondido.
Ella trabajó en silencio unos pocos minutos, desatando su fala y transformándola en un cabestrillo, como Kagome le había dejado todas las vendas. Su hombro amoratado estaba ensangrentado, también, con marcas de garras de cuando InuYasha había peleado contra él en una batalla que se sentía como hace toda una vida atrás. Pero, esas heridas eran menores, y sanarían si su intervención. Miroku hacía gestos de dolor de vez en cuando, pero parecía como si no estuviera ni siquiera completamente consciente de ello; el monje se había relajado gradualmente tanto que ella simplemente se sentó a su lado y el infierno no se desató, hasta que él simplemente se sentó ahí insensible, contemplando ciegamente el suelo. Sango se mordió el labio, sopesando sus opciones, entonces miró hacia su hombro de nuevo, tratando de no presionarlo.
— ¿En qué estás pensando?
Miroku sacudió su cabeza lentamente, los ojos aún en el suelo. Su mirada perdida en sus propios pensamientos, apenas consciente de su presencia en absoluto, y cuando habló, fue en un temblor monótono.
— … Todo. No puedo… No puedo procesarlo. Yo no estaba… no estaba consciente, todo el tiempo que el Tessou estuvo– en mí. Al menos, no creo haberlo estado. Lo último que recuerdo es tomar esa espada de ese viajero y entonces, de repente, estaba ahí dentro contigo, y entonces todo lo que él– eso– hizo… todo lo que yo hice… acaba de regresar. Sango, es tanto… es demasiado…
Su preocupación aumentó. ¿Él pensaba que no estaba consciente durante todo el tiempo que estuvo poseído? Él definitivamente lo estuvo la mayor parte. Él había peleado contra el Tessou… reteniéndose todavía el tiempo suficiente para que ella destruyera la hoja. ¿De verdad él no lo recordaba?
Había un montón de preguntas sin responder, y parecían surgir más a medida que más tiempo hablaban; ella tendría que esperar hasta más tarde para resolverlas. Terminó de atar el nudo para hacer el cabestrillo; él se estremeció de nuevo y ella se detuvo, las manos temblando. — Lo siento.
Lo siento, Miroku.
Sus manos continuaron temblando, y se encontró a si misma apartando la mirada del ensangrentado hombro y, en su lugar, atravesando su pecho. Él estaba terriblemente pálido y aún tembloroso, pero cálido otra vez, el frío del Tessou enviado lejos junto con su espíritu, y en ese momento, ese simple hecho le causó un estado de alivio tan intenso que apenas podía respirar.
Miroku estaba vivo. Lo habían salvado.
Se había acabado.
— Mi… Miroku… — Ella jadeó, las manos dobladas en sus hombros en un desesperado deseo de simplemente tocarlo. — Miroku.
— ¿Sa–Sango? Tú–
— ¡Miroku!
Y se derrumbó sobre el monje, los brazos envolviéndolo fuerte alrededor de sus hombros y llevándolo al suelo. Dio un resoplido de sorpresa y se puso tenso de nuevo, claramente incómodo con el contacto y comenzando a intentar librarse para alejarse, pero en ese momento ella sólo no podía evitar que sus necesidades eclipsaran las de él.
Ella necesitaba tocarlo. Necesitaba saber que él estaba ahí con ella, Miroku y no el cascarón del monje poseído, que esto no era un sueño y que él no le sería arrebatado, lejos de su alcance, como Kohaku cada vez que lo tenía cerca.
Ese sentimiento cada vez que veía a Kagura secuestrándolo…
Se sentía como si su corazón estuviera siendo arrancado de su pecho.
— Por favor, Miroku — ella se ahogó, y sólo no pudo detenerse de abrazarlo más fuerte —. Por favor. Quédate. — Kohaku no puede quedarse. Él nunca puede quedarse. Por favor, Dios, Miroku, quédate conmigo.
— Sa–Sango…
— Sé que estás asustado — murmuró —. No te culpo; yo probablemente también lo estaría. Pero sólo confía en mí y quédate aquí conmigo. No me dejes nunca.
Miroku miró fijamente a Sango, sin habla. Los ojos de la Exterminadora estaban cerrados fuertemente, pero las lágrimas aún se caían hacia abajo en sus mejillas– lágrimas que él sólo había visto que ella derramara por su querido hermano. Él se mantuvo inmóvil, completamente tomado por sorpresa y sin idea de cómo reaccionar. Muy vacilante, levantó un brazo para devolverle el abrazo; le tomó todo su autocontrol no alejarse– pero ella era más importante que su miedo.
Incluso si la última vez que la había tocado, había sido para herirla.
— Sango, no te preocupes — prometió secamente, lo prometió porque esa era su única opción ahí —. Me quedaré.
Pero cómo puedo… después de que estas manos…
Sus palabras señalaron un quiebre. La promesa, sin importar cuán falsa o vacía fuera, dejó la cabeza de Sango enterrada en su hombro sano, sus brazos aún sacudiéndose, su cuerpo entero temblando con la fuerza de los sollozos de alivio.
— Hōshi–sama — susurró, su cabeza inclinada hacia adelante aún más.
Sólo entonces fue cuando se dio cuenta de lo helada que estaba ella– y recordó que toda la sangre que había en él no era suya.
— Sango, necesitas recostarte — le dijo con urgencia, moviendo su agarre hacia ella– y alarmándose más cuando ella no respondió en lo más mínimo —. ¡¿Sango?! ¡¿Sango?!
Su cabeza cayó contra su hombro, el largo cabello deslizándose desde su cara hacia su espalda– revelando el hecho de que estaba inconsciente.
Su corazón se detuvo.
— ¡Sango! — Miroku gritó, apretando su espalda fuertemente contra su pecho y presionando una oreja contra el de ella. Su corazón estaba latiendo, y ella estaba respirando– todo lo que permanecía era el tono blanco de su rostro, el frío emanando de todo su cuerpo que lo calaba hasta los huesos. Él posó su espalda en sus brazos y la inspeccionó con terror, buscando algo que pudiera ser la causa de su repentina partida hacia la inconsciencia.
No le tomó mucho tiempo a sus manos encontrar la rasgadura en su ropa, y debajo de ella, la oscura sangre que se filtraba para gotear sobre sus dedos. Tragó saliva, los dedos vagando vacilantes sobre la profunda herida, retrocediendo cada vez que Sango se encogía en inconsciente dolor.
— Sango… — Murmuró horrorizado, tocando su pecho una última vez antes de finalmente retirarse, temblando. — Kirara — llamó, apenas capaz de apartar su cabeza de Sango para voltear a ver a la gata–demonio aún en espera —. Va–
Miroku se detuvo en seco ante la mirada en los ojos de Kirara.
La gata estaba mirándolo con furia con franca sospecha, abriendo sus patas, el pelo en punta y las orejas crispadas. Estaba gruñendo bajo en su garganta, y sus rojos ojos lo miraban con clara y escalofriante hostilidad, tan fuerte que lo aturdió. Había una amenaza absoluta en esa mirada, una advertencia no dicha de que, si él tocaba a Sango demasiado de la manera errónea, sus dientes estarían en su garganta en un segundo. Ella claramente estaba a la defensiva, lista para proteger a su humana.
De él.
Se estremeció.
— … K–Kirara — se dirigió a ella débilmente, forzando a su voz a mantenerse tranquila– bueno, consciente de que ella podía despedazarlo si consideraba que era una amenaza verdadera —. ¿Qué ocurre? Sólo soy yo.
Kirara le gruñó de nuevo, sus ojos viajando entre su humana y él en una desconfianza intensa, una mirada que le producía un escalofrío estremeciendo su espina dorsal y lo llevaba a retroceder, cuidadosamente separando a Sango de sus brazos.
— ¡Kirara, Sango está herida! ¡Necesita ayuda! — Intentó, pero ella sólo continuó observándolo, el gruñido creciendo. Kirara nunca lo había mirado así antes. Y, no es que pudiera culparla especialmente si hubiese presenciado la conducta violenta del Tessou a través de él, pero no lo había visto. ¿Qué estaba ocurriendo?
No tenía forma de responder a esa pregunta ahora, así que Miroku sólo se sentó ahí, tratando de que Kirara confiara en él. La gata lo miró de arriba abajo aún con furia, las orejas y la cola crispadas de un lado a otro en lo que sólo podía definirse como sospecha. Un feroz gruñido súbitamente arrancó de su garganta en un furioso rugido que lo hizo encogerse hacia atrás en shock– el movimiento, claramente hecho como una advertencia. Kirara, satisfecha al fin, le lanzó un vistazo final antes de darle la espalda, saltando hacia el cielo en busca de InuYasha.
Contempló a Kirara, viéndola desaparecer por el bosque– aún temblando. Cuando la gata–demonio al fin desapareció, se dio un momento para sólo respirar, luchando para sacudirse el malestar que Kirara le había dejado, y entonces se forzó a volver su atención a Sango. Claramente, había algo mal con Kirara– pero no era nada sobre lo que pudiera hacer algo ahora. Y, francamente, después de todo lo que había pasado– la repentina fijación de Kirara en él, ahora que ya no era una amenaza inmediata, era la última cosa en su mente.
Había cosas mucho más terribles en las que estaba enfocado ahora.
Sango estaba recostada con las piernas separadas en el pasto, demasiado pálida y demasiado débil, y Miroku se arrastró para sentarse a su lado. Sus ojos permanecían cerrados, una mancha de sangre atravesando una mejilla, y él suavemente la tomó entre sus brazos de nuevo, dejando que su cabeza se hundiera contra sus brazos.
¡¿Cómo pudo ser tan tonto?! Recordaba la pelea– lo recordaba todo.
Recordaba cada agonizante momento de eso. El recordaba todo lo que le había hecho a ella– ¡¿por qué había permitido que el hecho de que la había apuñalado resbalara de su mente?! ¡Ella estaba herida, y él lo había ignorado por completo!
— Dios, Sango, perdóname — murmuró, levantándola lo suficiente para que pudiera enterrar su rostro en su cabello.
Casi podía sentir cómo se había sentido, enterrando esa hoja en el pecho de su amada.
El mortal destello de la espada– el incremento de la sangre– el repulsivo crujir del hueso…
— Clama mi vida si tanto lo deseas, demonio — rugió ella, y armada con nada más que sus dos manos, dio un paso al frente, hundiendo la espada aún más profundo en su caja torácica —. Pero nunca tendrás a Hōshi–sama.
Sus manos agarrando la hoja y empujándola más adentro aún, y ni una sola vez, Miroku vio dolor.
— Si muero, entonces te llevaré conmigo.
Miroku simplemente no pudo detenerse– arrojó a Sango lejos de él y gritó. Sus manos se alzaron para cubrir su rostro, el horror y la repulsión contra sí mismo cubriéndolo por completo hasta que quiso sólo comenzar a correr y no detenerse jamás.
Yo hice eso… Yo apuñalé a Sango. Con estas dos manos… Sango casi…
Gritó de nuevo, encorvándose sobre sí mismo y tratando de no vomitar. Sus manos estaban cargadas con sangre y su alma, teñida por siempre con las vidas inocentes que había tomado. Esos incontables aldeanos que tan erróneamente habían vagado por sus manos, despiadadas y devastadoras… Sango… Le costó que la voz de Miroku quedara ronca y su garganta adolorida, para que se diera cuenta de que aún estaba gritando.
Tanta sangre.
Tanta…
Y Sango aún estaba…
Con el corazón en su garganta, Miroku se obligó a arrastrarse hasta ella nuevamente, la debilidad y el horror que trató de envolverlo, deliberadamente lo detuvo hasta un momento en que serían aceptables.
— Mi querida Sango, por favor, espérame — susurró. Sin importar el dolor en su pecho, sin importar el peso en su corazón, el gentilmente tomó a la Exterminadora por las muñecas y, usando toda la fuerza que tenía, la levantó sobre su espalda —. Perdóname por tocarte sin tu permiso, Sango, o al menos cuando no tenías los medios para castigarme por esas faltas. Me doy cuenta que puedo haber renunciado a cualquier derecho de tocarte así, cuando permití al Tessou… contra ti… — Se estremeció, incapaz de seguir. — Pero te pondré a salvo, no importa lo que cueste.
Y, un paso a la vez, la cargó por el claro.
Ok, lo sé~ tírenme tomates podridos y pasteles si así lo desean, porque sé que la traducción ha tardado horrores. Pero les aseguro que no es porque la vaya a abandonar, sino que estoy en proceso de muchas cosas y cuando me pongo a escribir, la traducción no es mi prioridad. Cambiaré eso eventualmente, cuando me saque un par de ideas de la cabeza.
Por el corto plazo, no prometo nada. Sólo les puedo decir que se pondrá interesante, mucho más intenso porque bueno, hablamos de Miroku y él es un hombre demasiado entregado. Ya comprenderán porqué.
Agradecimientos a Constantine Moore, Escarleth y jbadillodavila por sus reviews, y les dejo mis saludos a las que estoy segura (porque no pierdo la fé en la humanidad) que se pasarán tarde o temprano por acá, fifiabbs, SangoSarait y Nuez. Besos a todas!
Ya saben, nos leemos por ahí :)
Yumi~ *La matrona zombie que debería dormir en estos momentos, pero tiene sus prioridades clarísimas xd*
