Shadowed Soul
Capítulo 5
La Exterminadora y el monje llegaron a la diezmada aldea desafortunadamente coincidiendo con el reunido grupo de sobrevivientes, los que habían escapado de la ira del Tessou mientras aún tenía poseído a Miroku. Todos y cada uno de ellos estaba gritando por la cabeza del monje. Habría sido un juego de niños para InuYasha incapacitar a todos los que pedían la vida de Miroku, y durante un momento, definitivamente quiso hacerlo– pero Kagome lo convenció de lo contrario.
Sango necesitaba atención médica y, quisiera admitirlo o no, Miroku también. Quedarse para convencer a los molestos y asustados aldeanos de que el monje ahora yendo y viniendo de la consciencia, no había tenido realmente participación en la devastación que les había visitado les llevaría tiempo que a él no le interesaba gastar.
En lugar de eso, se marcharían.
Con la vista fija en la aldea de Kaede, Kirara voló con Kagome a horcajadas sobre su lomo, tratando a Sango lo mejor que podía mientras estaban en el aire. Miroku, en cambio, se desplomó en la espalda de InuYasha, aturdido y confundido; los quejidos de dolor que escuchó sólo lo incentivaron a ir más rápido.
En un punto, frunciendo el ceño, InuYasha se dio vuelta para agarrar el brazo que no estaba rodeando su cuello, dejándolo peligrosamente fácil para que el monje se cayera, y lo presionó con seguridad y nada gentilmente de vuelta en su posición. Miroku se encogió de dolor, e InuYasha le gruñó.
—Mi hombro está bien, así que no te preocupes de herirme.
—InuYasha, tú– yo te apuñalé…
—Mira, lo único que me va a herir es si te caes y Kagome me manda con sus "abajo" de ida y vuelta hacia el infierno. Así que, agárrate —entonces, sonriendo con superioridad, le dio una mirada por sobre su hombro al aún indeciso monje —. Puede que haya sido un demonio el que blandía esa espada, pero tu voluntad lo detuvo de cortarme por completo. Además, se va a enfriar el infierno antes de que tú, poseído o no, me des una paliza en una pelea.
Luego, se volteó de nuevo hacia el camino– pero su sonrisa se desvaneció.
No había luz en los ojos de Miroku. Él estaba escondiendo la angustia y la culpa bien, ya no era la espantada y desesperada criatura con la que había tropezado huyendo como si su vida dependiera de ello– pero aún estaba ahí. Oculto tras la oscuridad en sus ojos, Miroku aún estaba simplemente tan devastado como cuando InuYasha lo había encontrado y derribado en el suelo.
Con el corazón palpitando, InuYasha se apresuró en correr más rápido.
Para cuando llegaron a donde Kaede, Sango aún estaba inconsciente, y la llevaron inmediatamente a la cabaña de la sacerdotisa, sus heridas estaban más allá de las habilidades de Kagome. Miroku sólo se había quedado ahí, parecía dividido entre sentarse a su lado para nunca dejarla, o correr para jamás regresar, así que InuYasha lo había dejado caer en el suelo con un especialmente fuerte golpe en el hombro, manteniéndolo en su lugar.
Sanar definitivamente no era su fuerte; incluso si tendían a dividir astutamente el grupo por género cuando necesitaban atención después de una batalla particularmente violenta, siempre fue por el bien de Miroku. Ninguna de las chicas le habría permitido tratar cualquier lesión de ellas, y después de que Miroku hubiera manoseado a Sango sólo segundos luego de recuperar la consciencia por el veneno, las chicas se negaban a atenderlo a él también. InuYasha, más a menudo, no participaba en ello, ya fuese necesitando o dando cuidados.
Afortunadamente, Kagome se percató antes de que fuese evidente que él estaba a tientas y rápidamente se acercó a su lado, las manos en las caderas, los ojos inspeccionando.
—¡Monje Miroku! —Ella lo reprendió, arrodillándose a su lado. —¡Está herido! ¿Por qué escapó antes? ¡Debió esperar a que alguno de nosotros llegara! Espere; déjeme encargarme de esto. —Ella comenzó a trabajar casi de inmediato, luego hizo una pausa, sus ojos angostándose con una mirada asesina. —InuYasha, si lo ves tratando de hacer algo– cualquier cosa pervertida, tienes permiso de golpearlo… suavemente.
—Señorita Kagome…
InuYasha hizo una mueca, tronando sus nudillos, y al fin Kagome se puso a trabajar.
Aún demasiado en shock para resistirse o, la amenaza de un golpe que le destrozaría los huesos lo suficiente para mantenerlo quieto, Miroku no trató de manosearla. Su atención parecía enfocada en otro lugar, de todos modos, constantemente lanzando miradas hacia Kaede y Sango, dejando a InuYasha con poco que hacer excepto observarlo y fruncir el ceño.
Miroku estaba inquieto del modo en que sólo los humanos podían estarlo, no herido terriblemente pero definitivamente arruinado, y Sango se veía sumamente mal. La exterminadora parecía afortunada de estar viva y él arrugó el entrecejo, recordando cuán pesadamente ella había apestado a sangre cuando la había encontrado por primera vez. Debería haber insistido en llevarla con él.
La valentía habitual de Kagome parecía desvanecerse mientras más pasaba con Miroku. Sólo parecía ver los efectos de su posesión, él se dio cuenta tardíamente– ella había visto su hombro previamente herido, y la nauseabunda masacre en la aldea, y ahora, las heridas de Sango, pero apenas lo había visto cuando él en efecto estaba poseído. Sólo ahora estaba comenzando a captar que todo eso no estaba bien, a pesar del hecho de que el demonio estaba muerto, y ella estaba, por lo tanto, adaptándose.
—Fue golpeado con Hiraikotsu, ¿cierto? —Preguntó amable, rápidamente desatando el cinturón de ropa de Sango alrededor de su hombro para remplazarlo con un cabestrillo de verdad. Cuando Miroku ni siquiera la miró, nunca pensando una respuesta, ella miró de reojo a InuYasha para confirmarlo. Él asintió, y Kagome suspiró, mirando hacia el monje de nuevo. —Cuando Sango fue golpeada con él, tuvo costillas rotas, creo, pero eso fue todo. Lo siento, monje Miroku, no hay mucho aquí que podamos hacer por esto, ni siquiera en mi época. —Hizo una pausa de nuevo, un ligero rubor le acarició las mejillas cuando se inclinó hacia adelante, las manos vacilando en medio del aire. —Yo, uh… creo que se supone que tienes que revisar si hay hemorragia interna o– o algo… —Ella se enrojeció incluso más fuertemente, la mano aun rondando cerca de su pecho. —Yo… si promete ser bueno, entonces yo… hum…
Al fin, eso provocó una leve sonrisa en Miroku, incluso si sus ojos distantes permanecían distraídos en Sango.
—Señorita Kagome, aprecio la oferta, pero me temo que tendré que rechazarla, por temor a ser incapaz de controlarme. Por cierto, InuYasha está mirándome, creo que no sobreviviría a su castigo si mi mano se desviara.
InuYasha comenzó, recordando su rol como el supervisor de la mano maldita de Miroku, y Kagome le frunció el ceño, aún sonrojada fuertemente.
—¡InuYasha, deja de mirarlo de una forma tan asesina! ¡Lo estás asustando!
—¡Keh! —Él se sentó de espaldas, entrecerrando las cejas profundamente, y observando entre ambos. — Él no está asustado. Sólo quiere tu compasión.
—Oh, InuYasha —Miroku suspiró, llevando una mano a su corazón imitando una herida —, me hieres tanto. Tal desconfianza…
Fue el turno de Kagome de entrecerrar las cejas, y lo golpeó en la parte de atrás de la cabeza sin detenerse.
—Deje de aprovecharse, libertino.
Miroku languideció ante su amenazante mirada e InuYasha suspiró, apoyando la espalda contra la pared de nuevo. El momento pasó, Kagome mejor miró las arañadas y quemadas muñecas de Miroku, la única otra herida visible, y comenzó a poner vendajes de su mochila. La mirada del monje había vuelto otra vez hacia Sango, incluso si su visión era oculta por Kaede, pero aún con su atención desviada levantó una mano para detenerla.
—Ah, si no le importa, señorita Kagome, yo me ocuparé de esto —él bajó su aún sangrante brazo sin tocarla – o apartar la mirada de Sango —. Es más seguro, verá. Si mueve las cuentas de forma incorrecta, podría abrir mi Agujero Negro.
Hubo una corta pausa – los ojos de Miroku todavía atravesando la habitación.
Al final, Kagome se aclaró la garganta y alcanzó a tocarlo en el hombro.
—Eso tiene sentido, monje Miroku, pero si va a decirme eso, entonces realmente debería tratar la herida.
Él aún parecía distraído en todas las maneras posibles, pero el codazo de ella lo hizo comenzar suavemente, luego aceptó la gasa ofrecida.
—Uh… cierto. Por supuesto, señorita Kagome.
InuYasha dejó a los dos humanos ordenando sus problemas por sí mismos, apoyando la espalda para descansar contra la pared. Olfateó el aire, retorciéndose ante el penetrante olor a sangre, y rápidamente cubrió su nariz y boca con su manga, sacudiendo su cabeza con repugnancia. Los humanos sangraban mucho tan fácilmente. No era de extrañar que Miroku y Sango hubiesen sobrevivido; cualquiera de sus heridas que por lo general recibían en una pelea contra criaturas demoniacas serían fatales para cualquier humano. El demonio que había poseído a Miroku no debía estar tratando de matar a Sango muy arduamente, se dio cuenta, echando un vistazo primero al cuerpo boca abajo de la Exterminadora, luego a Miroku, cuya única herida adicional después del golpe de Hiraikotsu que InuYasha había presenciado, era un corte en su muñeca. Si el demonio en Miroku hubiera estado peleando en serio, habría matado a Sango en un instante. Sin perder tiempo con las dolorosas, pero finalmente no fatales heridas en ella ahora; la habría acuchillado atravesándole el corazón y se lo hubiera arrancado.
Por supuesto, si su intención hubiera sido simplemente matar a Sango, no se la habría llevado en lo más mínimo. Habría cortado su cuello en el momento en el que él se desmayó.
Volvió a fruncir el ceño, pensando en la nerviosa, inquieta forma en la que el monje había estado por horas, y luego incluso más atrás, en cómo él había tenido que derribarlo físicamente para evitar que huyera. Ni siquiera había parecido consciente de ninguna presencia externa.
Miró entre ambos humanos nuevamente, entonces, suspirando, cerró sus ojos y apoyó la espalda en la pared.
Algo había pasado cuando los dos estuvieron solos. No creía que realmente quisiera saber qué había sido, tampoco.
Era tarde por la noche cuando Kaede al fin terminó de vendar y tratar a la inconsciente Exterminadora. Miroku había mirado todo el tiempo, recargándose a sí mismo contra el muro y forzando a sus ojos a abrirse cada vez que comenzaba a caer dormido, observando en cada momento el meticuloso proceso que la venerable anciana había atravesado para mantener a Sango viva. Él ya había memorizado sus heridas, mentalmente catalogando a cada una, reviviendo los recuerdos de ser quien se las infringía – ver a Kaede trabajar en ella era nada más que agonizante.
Y, sin embargo, no podía apartar los ojos.
Podría decirles a InuYasha y Kagome, que estaban preocupados. En otro momento, habría tratado de apaciguar su preocupación, pero esta noche…
Simplemente no podía.
Cuando Kaede por fin se levantó, claramente exhausta, Miroku hizo ademán de seguirla, sólo para tambalearse, logrando que InuYasha lo agarrara, Kagome se agitara por la preocupación, y Kaede sacudiera su cabeza hacia él, alcanzando su hombro con su arco para empujarlo hacia abajo.
—Los jóvenes de hoy en día… —Le murmuró, evidentemente disgustada. —No deberías estar tratando de pararte, monje.
Si estaba tratando de regañarlo, no funcionó; a él apenas si le entró en la cabeza la queja, inclinándose a su alrededor sin detenerse y esforzándose en ver algo más de Sango que sólo su manta alrededor de su silueta.
— Sango… —Murmuró, el anhelo se sentía tan fuerte que casi dolía. —¿Ella está…?
Kaede exhaló pesadamente, cayendo de rodillas frente a él y colocando sus manos en sus hombros, todo para forzarlo a permanecer abajo.
—Tranquilo, monje. InuYasha, Kagome – su amiga estará bien —la venerable anciana miró entre todos ellos, las facciones aún tensas por el cansancio —. Sus heridas son graves, pero lo que haya sido el demonio contra el que luchó – su intención era provocarle dolor, no la muerte. Criaturas sádicas, algunos yōkais son. —Sacudió su cabeza con tristeza. —InuYasha, sé lo duro que diriges a tus amigos, pero tienes que recordar que ellos no están hechos como tú. Ella no estará lista para salir con ustedes de nuevo por algunas semanas, y si te descubro intentando moverla antes de que esté lista, te prometo que Kagome te dará mi castigo en mi nombre. ¿No es así, Kagome? —Sonrió de modo travieso a la colegiala, quien le devolvió el gesto, dejando a InuYasha gruñéndole a las dos y deslizándose hacia abajo contra la pared.
—¡Keh! Amenácenme con sus abajo todo lo que quieran, vieja Kaede. Sé que estos tipos son humanos. De cualquier forma, Kagome y yo sólo obtendremos un fragmento o dos mientras ellos se recuperan. O cinco.
Kagome le frunció el ceño, evidentemente molesta por su falta de preocupación.
—¡InuYasha! ¡Debemos quedarnos con ellos! Puedo traer más medicina de mi época – ¡y no deberíamos simplemente dejarlos solos!
InuYasha se encogió de hombros, sacando sus garras.
—Entonces, ¿qué, nos quedaremos sentados aquí mirándolos dormir por tres semanas? Además, no estarán solos. Shippō se quedará.
El kitsune se levantó de su posición de preocupación en la cabecera de Sango, mirando a InuYasha alarmado.
—¡¿Qué?! ¡¿Yo?! ¡¿Solo?!
Kaede rio de nuevo, poniéndose de pie, esta vez tomando el montón de ropa que era la espada que había comenzado todo esto. Miroku no pudo evitar mirar el bulto en sus manos, ni pudo suprimir un escalofrío.
Si simplemente no la hubiera agarrado tan precipitadamente…
—Ven, Kagome —dijo la doncella sagrada, llamándola con un gesto —. Debemos purificar esto cuanto antes, y asegurarnos de que sea sellado apropiadamente. Tiene un aura malvada, y temo que atraerá demonios si no hacemos nada.
La colegiala saltó, mirando casi sorprendida, luego rápidamente asintió con la cabeza y se puso de pie, volteándose hacia la anciana sacerdotisa.
—¡Sí, Kaede–sama! Miroku–sama, ¡recupérese! —Con un alegre movimiento de su mano, trotó hacia afuera, siguiendo el rastro de Kaede –al fin, permitiendo que el silencio se apoderara de la casa.
Sin más distracciones, Miroku inmediatamente volvió a mirar hacia Sango.
La taijiya yacía sin fuerzas bajo la pesada manta de lana, la cabeza hacia un lado, la boca floja. Su frente estaba arrugada por el dolor, incluso inconsciente, su piel, terriblemente pálida aún en la tenue luz, blanca como la nieve contra la oscuridad, lo que lo hizo temblar. El podía entrever un cabestrillo sosteniendo el brazo que el Tessou había tenido el particular placer de cortar, y luego, en la mano inmóvil que se desplazó debajo de la manta, una gruesa gasa envolviendo el lugar donde ella había agarrado la cuchilla y no la había soltado.
Su cabello largo, libre de su coleta ahora, disperso sobre sus hombros y mejillas en una cascada suelta, hermosas hebras que ocultaban partes de su rostro de la vista. Al verlo, Miroku hizo una pausa y, lentamente, se hizo hacia atrás para atar su propio cabello.
Él amaba el cabello de Sango. Decía mucho de ella. Cuando lo tenía atado, ella estaba alerta y concentrada; atado, con Hiraikotsu en una mano y ella estaba lista para luchar. Cuando lo tenía suelto, estaba relajada. Suelto, ella estaba en calma. Suelto, él podía, si era lo suficientemente cuidadoso, pasar sus dedos a través de él, sintiendo las suaves hebras y perdiéndose en el mar de oscura calma.
Sus dedos se retorcieron.
El Tessou tuvo sus dedos en el cabello de Sango. Enrolló un mechón y tiró un poco, girando el rostro inconsciente hacia él. La mano haciéndose un puño mientras la otra la levantaba, primero aterrizando en su cuello, luego arrastrándose hacia abajo a su pecho, apretando poco a poco mientras Sango se quejaba en inconsciente dolor.
Gritar no hizo nada para detenerlo. Sus gritos fueron escuchados únicamente por él mismo; su frustración y agonía, desperdiciados en un demonio sordo y un mundo sordo.
Cerrando sus ojos y temblando, Miroku se apartó.
—Oye.
La silenciosa y tranquila indagación de InuYasha lo hizo estremecerse de nuevo, y mantener sus ojos en el suelo.
—Algo está mal contigo. —Hubo una pausa, el hanyō moviéndose suavemente, la cabeza inclinada hacia el lado. —¿… Qué pasó cuando el Tessou estuvo a solas con Sango?
Miroku se puso rígido.
Cuando él no respondió, InuYasha se hizo hacia adelante, observándolo inquisitivamente.
—Él se la llevó por una razón. Como la anciana Kaede dijo, no quería simplemente matarla. Y por la forma en la que estás reaccionando, supongo que llegó bastante lejos en lo que sea que quería hacer.
Manos… manos que eran las suyas, manos que él no pudo detener… completamente sobre ella…
Las náuseas aumentaron, Miroku mantuvo sus ojos firmemente lejos del hanyō, el disgusto consigo mismo encontrándolo de nuevo.
—Nada pasó, InuYasha —murmuró, esperanzado con un aire de cierre, y al fin se recostó, su espalda hacia el hanyō, cerrando los ojos.
Incluso si el sueño se sintiera como que no podría conciliarse fácil otra vez.
Sango…
Cuando Sango despertó, no hubo nada más que dolor.
Ella respiró con dificultad hasta estar consciente, mirando confundida las sombras parpadeantes de la luz del fuego sobre ella. Su primera prioridad fue instantáneamente reconocer que estaba mal. No había sido capaz de contraatacar. Había estado, por defecto, en peligro, a menos que InuYasha u otro con habilidad y lealtades similares estuviese ahí con ella.
Ella anheló su wakizashi, incluso si no estaba en condiciones de usarla para nada.
Sus ojos recorrieron incontrolablemente, alarmados, hasta que se cerraron directamente en la sombra de la figura a su lado. Y cuando se dio cuenta de que no era, de hecho, la de InuYasha, sino la desplomada figura de Miroku –ella no pudo evitarlo.
Se encogió con absoluto terror.
La última vez que ella había despertado con él a su lado, sus manos habían estado sobre ella…
Ambas reacciones fueron inmediatas y breves por un instante. Su terror, y la reacción de Miroku a su terror.
Tan rápida que ella apenas la vio, pero lo conocía, y en el espacio de un latido, no vio más que su corazón completamente roto.
—No… No te preocupes, Sango. —El monje se movió hacia atrás unos pocos centímetros, con dolor, pero aún arrodillado a su lado, la cabeza inclinada. —Soy yo de verdad. ¿Recuerdas? El Tessou se… se ha ido.
Su expresión resignada la hizo sentir aún peor, y, débilmente, Sango lo alcanzó con una mano aún vendada, moviéndose para agarrar su palma firmemente. Lo sintió avergonzarse e intentar soltarse por medio segundo antes de aceptarlo, claramente todavía incómodo, pero ya no esforzándose por alejarla.
—Perdón, Hōshi–sama —susurró, con la voz ronca.
Miroku apartó la mirada con amargura, sacudiendo la cabeza. —¿Perdón por qué?
Él se veía tan miserable. Ella deseó tener la fuerza para calmarlo; como fuera, ella sólo podía apretar su mano, e incluso ese movimiento ínfimo, su propia palma todavía estaba herida y dolía.
—No te muestres tan triste por mi causa. Por favor.
En vez de escucharla, el monje simplemente se sentó por un momento, los ojos aún abajo, entonces se alejó, yendo hacia el jarro que había a su lado.
—Estamos en la cabaña de Kaede–sama —murmuró, rígido e indiferente —. Ella dijo que te recuperarás por completo, sólo debes descansar por algunas semanas.
Sango logró un leve asentimiento, todavía mirando al monje cuando se esforzó para mantener la mano lo suficientemente firme para verter un poco de agua. Se veía terrible, se dio cuenta, mirando de reojo las sombras bajo sus ojos y la gruesa manta cubriendo sus caídos hombros – pero, se veía como Miroku de nuevo. Su cabello atado, sus ojos – incluso cansados y nerviosos – aún así no eran un sólido abismo negro de cruel indiferencia. El monje, al fin obtuvo un vaso de agua y se giró hacia ella, su mirada en su dirección con nerviosismo.
—Si tienes, ah, sed… hum…
Sango lo observó con tristeza, su corazón cayéndose. Ella sabía a qué se debía su incomodidad. Le gustara o no, no tuvo la fuerza para sentarse por si sola ahora; Miroku tendría que ayudarla. Ayudarla significaba tocarla.
Había una vez en la que ella simplemente se hubiera visto obligada a resignarse al hecho de que eso significaba una mano dirigiéndose hacia su trasero, y él se habría resignado al hecho de que eso significaba ser abofeteado.
Ahora, que él la manoseara no era ni siquiera una pregunta. Apenas si la miraría sin su permiso.
Y ella sabía por qué.
—E-Estoy bien —balbuceó ella, encontrándose a sí misma reacia a hacerle frente a esto en este momento. El monje asintió levemente y se recostó, tratando de apartar su mano de la de ella, aún no muy dispuesto a tocarla ahora mismo. Sango se aferró tenazmente y, entonces, él pareció no tener el corazón para alejarla —. ¿Dónde están Kagome e InuYasha? —Preguntó al fin, simplemente buscando algo que decir para romper el tenso silencio. Había echado una mirada cansada por el cuarto y vio señales de que los otros habían estado presentes, pero ya no estaban más.
Miroku encogió un poco los hombros. —Buscando fragmentos de la Perla. Kagome intentó disuadirlo, pero él estaba poniéndose ansioso, creo. Sólo son dos días desde que llegamos, pero deberían estar de regreso esta noche —hizo una nueva pausa, pareciendo inseguro —. También se desviaron un poco- recogiendo mi Shakujō. Creo que fue lo último en nuestras mentes…
Sango parpadeó, recordando sólo ahora cómo el pie de Miroku había caído con esmero haciendo astillas el báculo sagrado en dos. Ella lo había dejado en una sepultura poco profunda, pensando que era insalvable- y, también, teniendo preocupaciones mucho más graves en mente que un objeto inanimado, fuera una pertenencia preciada de Miroku o no.
—¿Puede repararse? —Preguntó con esperanza, y el monje pestañeó, luego se encogió de hombros otra vez.
—Ah, no lo sé. Nunca vi que tan roto estaba.
Ella frunció el ceño levemente, la frente arrugada con confusión. —Entonces…
Miroku se recostó contra la pared en la parpadeante luz del fuego, su mirada distante.
—Era de mi padre, Sango. Eso y… —Levantó su maldita, sellada mano; las cuentas sagradas tintinearon y destellaron. —Estas son las reliquias de nuestra familia.
Ella lo miró, los ojos abiertos. Al instante se arrepintió de haber preguntado y jaló su mano de nuevo, tratando de que al menos la mirara.
—Hōshi–sama, lo siento. Yo no-
—Oh, todo está bien, Sango —al fin sonrió; al menos algo que le recordaba al relajado monje al que ella estaba acostumbrada —. No podrías haberlo sabido. Además, soy un monje budista. Las posesiones materiales no deberían tener valor para mí, ya sea sentimental o no. —Hizo lo mejor para adoptar una posición sabia y pensativa, y ella tuvo que reprimir la risa. —Aunque, mantener los verdaderos valores de un monje es algo en lo que nunca he sido particularmente bueno…
—Estoy de acuerdo —ella bromeó de vuelta, y el monje dejó escapar un abatido suspiro antes de caer en silencio.
Su conversación, su comportamiento- al fin había encontrado un poco de la normalidad que tan a menudo compartían, y Sango suspiró contenta. La mano de Miroku se sentía pesada en la suya, por fin los leves temblores se habían calmado cuando él se acostumbró a tocarla de nuevo, y aunque había aún un millón y una cosas sin decir entre ellos, no importaba. Eran todas cosas que ella podría afrontar después. No quería preocuparse por ellas ahora.
Ahora, sólo quería esto. A él.
—No se ve bien —dijo ella con suavidad finalmente, los ojos todavía cerrados —. ¿Está seguro de que no está herido?
Escuchó a Miroku moviéndose a su lado, inclinándose hacia la pared con cansancio, aún cuando suspiró en silencio.
—No te preocupes por mí. Sólo enfócate en recuperarte.
Ella suspiró. No podía decir que no habría dado esa clase de respuesta, si sus posiciones estuviesen cambiadas- pero ella simplemente no estaba de humor para tolerar eso.
—Sólo responda la pregunta, Hōshi–sama —le espetó, y él suspiró derrotado.
—Fui golpeado por Hiraikotsu —murmuró, claramente a regañadientes —. Como estoy seguro de que sabes, da un buen golpe… Pero de verdad estoy bien, Sango. Comparado con… comparado con lo que yo te hice… —Se apagó en un intenso silencio de disculpa y Sango simplemente sacudió su mano, manteniendo sus ojos cerrados.
—Usted no me hizo nada, Hōshi–sama —dijo de hecho ella —. El Tessou fue responsable de todo… ¿Hōshi–sama?
—¿Sí, Sango?
Abrió sus ojos por fin, girando su cabeza otra vez para mirar al monje. Simplemente con decir su nombre, él se había alejado de la pared para arrodillarse con urgencia junto a su cabeza de nuevo. Incluso si él miraba, a ella, como si no tuviera ningún asunto que hacer excepto quizá recostarse, la siempre un poco desesperada mirada en su rostro le decía que tenía ideas distintas. Estaba segura de eso, no importaba lo que le pidiera, él se esforzaría en hacerlo… queriendo hacer algo, cualquier cosa, por ella ahora, cuando él no había sido capaz antes…
Suspiró de nuevo.
—Me alegra que esté bien, Hōshi–sama —murmuró, sus dedos curvándose más fuerte alrededor los cálidos suyos una vez más.
Él se sobresaltó, mirándola sorprendido. La inocente sorpresa en su rostro hizo que ella sonriera de nuevo, hasta que finalmente Miroku asintió de vuelta, sus propios rasgos al fin resbalándose a una sonrisa también. Una pequeña, quizá, pero era genuina, e hizo que la pesada carga de la tristeza en ella con facilidad se hiciera calidez.
—Por eso, Sango, sólo tengo que agradecerte a ti —hizo una pausa, mirando a lo lejos por un momento, luego frunció el ceño —. Con- con total sinceridad- gracias, Sango. Yo- me doy cuenta de que hubiera sido más fácil para todos ustedes simplemente no haberse molestado… el Kaze no quizá de InuYasha se habría ocupado del demonio bastante bien. O, incluso sólo una de las flechas sagradas de Kagome. Los habrían salvado a todos de un montón de problem-
—¿Houshi–sama?
—¿Sí, Sango?
Ella hizo una mueca, las cejas fruncidas con enfado. —¿Quiere que lo abofetee?
Aún con los ojos cerrados, pudo sentir los nervios poniéndose tensos a su lado, y esperó en silencio, totalmente preparada para seguir adelante en su amenaza si él insistía en tocar ese punto.
—Y-Yo… —Tartamudeó débilmente, entonces caminó furtivamente una o dos pulgadas lejos de ella. —No particularmente, no…
—Entonces, cállese.
Lo sintió relajarse gradualmente después de eso, el monje de a poco aceptando en qué podía estar de acuerdo y en desacuerdo y en lo que no podía. Ella esperaba que fuera lo bastante fácil para él por lo menos aceptar que ellos nunca lo habrían matado para llegar al demonio, sin importar el costo, incluso si él aún pudiera decirles que debieron haber hecho lo contrario. Si ella no podía soportar abandonar a su hermano, entonces ¿por qué el siquiera pensaría que sería capaz de darle la espalda?
Pero, por supuesto… incluso si él podía aceptar que ellos jamás hubieran dejado que el Tessou lo tuviera- eso no significaba que aún no se sintiera terrible por lo que el Tessou había hecho con ellos.
No podía decir que ella se no se sentiría de la misma forma.
Por ahora, sin embargo, ese tipo de cosas no iban a ser algo por lo que discutir o preocuparse. Dudaba que Miroku estuviera en algún estado para ese tipo de conversación, pero lo estuviera o no, ella definitivamente no lo estaba. Sabía que no podía tener algo difícil o doloroso como aquello con él en esos momentos. Habían peleado duro para salir de esto completos- y, ahora mismo, eso era en lo que ella se enfocaría. Tomaría esta rebanada de paz y normalidad por la que habían luchado tanto y se aferraría a ella.
Sango movió su agarre en la mano de Miroku para hacerlo aún más firme y suspiró, sintiendo el latido en su cálida muñeca, la sensación familiar de eso confortándola y tranquilizándola como nada más.
Esta paz, sin importar cuán corta sería, era todo lo que tenían ahora. Y hasta que llegara el momento en que tendrían que lidiar con lo que el Tessou había hecho, esta paz era todo en lo que ella quería pensar.
Ya me da hasta vergüenza saludar en este fic, porque sé que ha estado abandonado por meses -corrección, han sido mas de dos años T_T-. Lo siento, en el capítulo anterior me disculpé por anticipado por futuras tardanzas, pero debo nuevamente pedir perdón porque no pensé que me tardaría tanto en subir el siguiente capítulo. Lo siento, con los nuevos proyectos que he comenzado (el más reciente fue extremadamente doloroso y largo v.v), mi trabajo y las labores de madre, la traducción no queda dentro de mis prioridades y bueno, aquí tenemos el resultado: un retraso gigantesco.
Quisiera poder prometer compensarlos en algo, pero no sé si podré cumplir. Sólo les aseguro que terminaré de traducir cueste lo que cueste y que son 9 capítulos, así que ya vamos a más de la mitad.
Mis agradecimientos totales a fifiabbs y a KoriNuri por sus reviews, son un sol. Lamento defraudarlas tanto con la tardanza, soy un asco.
Me despido por ahora, intentaré terminar pronto la traducción. Besos y abrazos para todos.
Yumi~
