Shadowed Soul

Capítulo 6


Miroku cerró sus ojos, inclinó su cabeza hacia atrás, y soltó un largo, exhausto suspiro. No hizo nada para liberar la tensión que aún se enrollaba en sus hombros. No hizo nada para borrar el duro peso de la culpa dentro de él. No hizo nada para calmar sus nervios o poner su ansiedad a descansar. Sin embargo, fue lo último en su lista de estrategias de meditación para tratar; soltó una respiración e imaginó que todos sus problemas se iban con ella, desapareciendo, sin importar cuán brevemente, en el aire nocturno.

Eso, tampoco funcionó.

Él hizo una mueca, frotándose las sienes y recostando su cabeza hacia atrás contra la pared de madera del hogar de Kaede, la mirada volviéndose hacia el nublado cielo nocturno. Se había quedado con Sango hasta que ella cayó dormida de nuevo; en ese punto, se encontró incapaz de soportar los indescriptibles sentimientos de arrepentimiento y auto rechazo que le reclamaban cuando estaba a solas con ella, y se arrastró afuera.

Con Kagome e InuYasha ausentes, y Shippō teniendo que ir constantemente por medicina, agua, y cosas por el estilo, Miroku finalmente se había encontrado solo, y sin nada más que hacer excepto pensar. No podría ponerle un nombre, exactamente, al porqué sentía que no podría sentarse con Sango en la forma en la que lo había hecho muchas veces en el pasado, o que ella había hecho con él. Pero ahí a solas con ella ahora, su piel se erizó, aún no podía sentarse, y se sentía débilmente enfermo. Al menos ahí afuera, sentía que podía pensar con claridad.

—Aún siento como si no pudiese respirar, eso sí —murmuró, restregándose el dolorido pecho con una mano. Como si cada respiración que daba no fuese suficiente, como si hubiese alguna especie de peso cayendo sobre él, y cada vez que luchaba por salir a la superficie, lo detenía —. Sango, ¿así es como te sientes observando a Kohaku? Me dijiste una vez que esto era lo peor que habías sentido en tu vida- viéndolo volar lejos… Bueno, esto es lo peor que he sentido nunca. —Entonces, sacudió su cabeza sin ganas, rodando los ojos hacia sí mismo. —Aunque la situación es difícilmente comparable. Tú tienes que ver cómo tu hermano es forzado a cometer atrocidades sin ninguna voluntad ni voz en el asunto… Soy yo quien cometió atrocidades esta vez. —Contra ti.

Se quejó hacia sí mismo, echándose contra la cabaña de Kaede con un gesto de dolor. Tal flujo de consciencia serpenteante no se había detenido, y había comenzado casi en el momento en el que Sango lo había liberado. Seguramente lo volvería loco, si se lo permitía.

—Ah, qué desastre —se susurró a sí mismo, cerrando los ojos. Trató de reenfocar sus pensamientos en el único problema que estaba enfrentando ahora que tenía solución, en lugar de deprimirse por lo que podría no ser resuelto- eso era, encontrar una forma de separarse de ambos, la situación y Sango.

Estaba atrapado ahí, con ella, por semanas, al parecer. Cuando él había sugerido débilmente acompañar a Kagome e InuYasha en su búsqueda de fragmentos de la perla de Shikon mientras tanto, había recibido miradas incrédulas de todos en la sala, así que eso estaba descartado. Y esa había sido su única idea para alejarse de ahí. Ahora, se había quedado sin ninguna pista sobre qué hacer; todo lo que sabía era que él y Sango necesitaban alejarse por un tiempo. Por el bien de los dos. Especialmente, por el bien de ella.

—Querida Sango. —susurró tristemente, y en su mente se formó una imagen de ella, apenas a unos metros de él, tranquilamente durmiendo y hermosa. Cuando ella había despertado para verlo ahí, había estado aterrada. No había cómo negarlo. Ella despertó, lo vio, y su instinto inmediato fue miedo. —Difícilmente puedo culparla por eso, ¿cómo podría? —Miroku sacudió su cabeza de nuevo, desalentado. Sango había estado aterrada de él. Había una imposible, intraspasable distancia entre ellos ahora que nunca había existido antes, y a él le preocupaba que no fuera algo que pudiese ser deshecho.

Incluso desde el principio, cuando ella era solamente la taijiya herida de la que Naraku se había aprovechado, no existía este sentimiento de separación entre ellos. Habían llegado a ser cercanos, y luego violentamente destrozados como ahora- era un sentimiento que no se comparaba a ningún otro, y definitivamente extraño para él. Habían peleado antes, pero esto…

Si esto era algo que podía ser enmendado, Miroku no veía cómo quedarse ahí cerca de ella podría ayudar. Ella permanecía asustada de lo que él le había hecho, y ni siquiera podía soportar que ella lo tocara. Su piel se erizó cuando la suave mano de ella encontró la suya; su cuerpo entero se puso nervioso y tenso cuando la mirada de ella aterrizó en él… Cielos, ¿qué le había pasado? Para ir de ser capaz de tocarla tan fácilmente y sin vergüenza, a ahora ni siquiera ser capaz de sostener su mano cuando ella estaba herida…

¿Qué bien soy para ella ahora? Todo lo que hago aquí es lastimarla aún más.

Lo que había pasado no podía borrarse, ni de sus recuerdos ni de la realidad misma. Él la había atacado. Se había impuesto sobre ella. Había tratado de matarla- y, de hecho, había matado a muchos otros.

Miroku levantó sus manos a la luz de la luna, sus entrañas se revolvieron. —Asesiné a personas. —susurró sin sentimiento, y en la oscuridad ahí, casi podía ver la oscura sangre secándose contra sus dedos y tekkō… —Yo… yo maté a esos aldeanos… maté niños…

Se mordió el labio y desvió su mirada lejos, apretando las temblorosas manos con fuerza antes de perder por completo el control. Él había intentado, tan fuerte, de detener al Tessou cuando se dio cuenta de lo que estaba intentando hacer en esa aldea. Pero simplemente no tuvo la fuerza suficiente. Había sido reprimido, encadenado en su propia mente, atrapado en una jaula para observar como el Tessou masacraba una y otra vez, la sangre cubriendo su espada con cada uno, y con cada golpe hasta que se sintió empapado y ahogado con ella, incapaz incluso de respirar más allá de la masacre.

Él se había sentado y observado cómo sus propias manos habían devastado vidas inocentes.

Miroku se sintió enfermo de nuevo.

Como monje, uno de los elementos esenciales que le habían enseñado era que la salvación estaba por encima de todos. En los ojos de un verdadero santo, incluso Naraku sería alguien que valdría salvar. Incluso el más despreciable monstruo tenía una oportunidad de redención, si sólo la buscaba. Él había aprendido eso. Redención, salvación, perdón. El pasado era el pasado, y el futuro era el futuro; vivir en lo que tenía hoy, aceptar cualquier pecado que haya cometido en el pasado y continuar hacia un mejor futuro. Incluso si esos pecados eran estar alejado y permitir al Tessou llevar a esa aldea hasta el suelo.

Aunque, cuando Sango gritó- fue por causa suya.

Eso lo hirió casi más que el destino de esos aldeanos.

Pero la salvación y el perdón sólo eran amabilidad, grandes palabras sobre las que hablar- pero eso era todo lo que eran. Ellos estaban bendecidos para otorgárselas a otros- y, conceptos tan abstractos y distantes, para aceptarlos para sí mismos. Recordó al santo del Monte Hakurei y sonrió tristemente, sacudiendo su cabeza de nuevo. El santo había pasado vivido toda su existencia predicando el perdón y haciendo el bien, pero cuando llegó su momento, en el final, incluso él había sido incapaz de aceptarlo y vivir y morir de acuerdo con lo que enseñaba.

—Y yo no soy un santo —murmuró, extendiendo los dedos que, aún ahora, se sentían ensangrentados.

Justo ahora, todo lo que podía aceptar era que él estando ahí, hería a Sango- y eso, a su vez, lo hería a él de formas que no podía describir. Quedarse ahí, ahora mismo, no era nada más que la manifestación del egoísta deseo de verla, y la forma en que las cosas estaban ahora, sólo le causaría más dolor.

Necesitaba irse.

Aún tenía una vaga esperanza dentro de él, la esperanza de que todavía en algún momento, en el abstracto y distante futuro, podría haber algo entre él y Sango como lo que una vez esperaron. Pero sentado ahí ahora, Sango a sólo unos pies detrás suyo, pero se sentían como kilómetros de distancia, su corazón se estiró y desgarró en desesperación…

Se sentía como si la esperanza fuese lo único que podría encontrar, ahora. Sería afortunado si Sango estuviese de acuerdo en que fuesen amigos. Eso era todo lo que tenía derecho a pedir.

Al fin, Miroku se puso de pie.

Echó una mirada alrededor de la aldea iluminada por la luna en silenciosa especulación, pensando. Su búsqueda no reveló nada, pero, entonces, si sus sospechas eran correctas, no lo haría. Hizo una pausa, entrecerrando sus ojos, se cruzó de brazos confiadamente y se aclaró la garganta.

—Hachi.

Sé que estás ahí, pequeño granuja…

Efectivamente, sólo unos pocos, muy incómodos y silenciosos segundos después, derrotado, la cabeza del tanuki asomó detrás de un arbusto cercano. Tenía la gracia de lucir debidamente avergonzado, al menos, mientras se arrastraba fuera de su escondite, caminando entre las hojas con los ojos hacia abajo y la boca con una triste y culpable mueca.

—¿Cómo supo que estaba aquí? —Murmuró, claramente incómodo de no haber pasado desapercibido, y Miroku no pudo evitar sonreír.

—Porque tienes la costumbre de aparecer cada vez que me meto en problemas. Ven —le hizo un gesto al tanuki con la mano para que se uniera a él en la cima de la colina, entrecerrando los ojos hacia la oscura aldea —. InuYasha está listo para volver esta noche, con mi Shakujō. Cuando lo haga, nos iremos hacia el templo de Mushin–sama.

Hachi le frunció el ceño. —¿De Mushin–sama? ¿Algo está mal, Miroku–danna? ¡Pensé que se quedaría con Sango!

¿Algo estaba mal? Miroku apenas se detuvo de soltar una carcajada miserable. Esa era, quizá, una extremadamente sencilla forma de plantearlo. Eso era lo peor que jamás hubiera pasado.

— ¿… Cuánto sabes? —Preguntó pausadamente, en lugar de explicarlo de manera directa. — ¿Sobre lo que ocurrió?

Hachi lo miró con el ceño fruncido, vacilando en el borde de la colina. Los curiosos, oscuros ojos lo observaron con incertidumbre y Miroku suspiró, apartando la vista. Su compañero no era el más brillante, pero no era idiota, tampoco. Podía estar atento cuando lo necesitaba, y parecía haber estado atento lo suficiente mientras acechaba en los arbustos para darse cuenta de que algo estaba ocurriendo. Por supuesto. La única vez que podría haberlo hecho sin que su compañero metiera su nariz en sus asuntos, ahí estaba Hachi, justo a tiempo…

En efecto, cuando Hachi al fin respondió, el tanuki fue incapaz de mirarlo a los ojos y vaciló sobre sus pies, inseguro y nervioso.

—N-No mucho, Miroku–danna. Sólo encontré a los muchachos cuando la pelea había terminado… pero… algo anda mal, ¿verdad? —Cuando Miroku no respondió, Hachi se apresuró a seguir y explicar, mirándolo con urgencia. —¡Incluso InuYasha y la señorita Kagome se veían preocupados cuando se fueron! ¡E InuYasha nunca se ve preocupado! ¡Y nunca había visto que dejara el lado de Sango cuando está herida! L-La razón por la que los muchachos están heridos, no es la habitual, ¿no? —Hachi aún lo miraba, ahora expectante, y Miroku tuvo que luchar para no reaccionar visiblemente.

Con la mención de Sango, Miroku se encontró peleando contra otra punzada de anhelo. Sacudió la cabeza hacia sí mismo, manteniéndose recostado contra la cabaña y sin permitirse dar ni un paso hacia el hogar de Kaede.

—Tienes razón, Hachi —resolvió —. No es… lo habitual, no. Es por lo que nos vamos. Sólo… esta vez, no se lo menciones a InuYasha —sonrió tristemente —. La última vez que fuimos al templo de Mushin–sama sin decirle, terminó siguiéndome una hora después. Si no mal recuerdo, porque tú le dijiste dónde estaba.

—¡Y por suerte lo hice, de otra forma usted habría sido asesinado!

Miroku tosió con molestia, tanto al recuerdo como a la interrupción.

Como sea, preferiría que no me siguiera esta vez. Así que, mientras puedas mantener tu boca cerrada ahora, estaremos en casa libres.

— Miroku–danna…

Miroku hizo un ademán de despedida a las preocupaciones de su compañero, tratando de posponer un aire de confianza.

—Puedo usar mi Kazaana ahora. Si algo va mal, seré capaz de defenderme por mi cuenta… —Hizo una pausa, observando la pacífica aldea otra vez. —Necesito alejarme de aquí por algunas semanas, Hachi. Lo que no necesito es a InuYasha o Sango, siguiéndome.

El silencio cayó al final, el par con nada por hacer o decir excepto esperar el regreso de InuYasha.


Estar arriba de Hachi, y el vuelo en sí mismo, eran insoportables; Miroku no sabía cuántas costillas le había roto el Hiraikotsu, pero definitivamente eran bastantes como para que al momento de que el templo de Mushin estuviese a la vista, fuese una lucha no lamentar toda la aventura.

Las dos mitades de su shakujō pesaban mucho en su espalda, aún, y sin embargo la incómoda sensación que se clavaba en la boca de su estómago cuando Sango sólo lo había mirado, su vista empapada con todo eso que quedaba sin decir y que era terrible entre ellos, y se endureció nuevamente. Necesitaba estar lejos de ella por un tiempo, y ahí, pensó, mirando su hogar de la niñez, era el mejor lugar para hacerlo.

Hachi había volado con él a través de la noche, llegando al antiguo templo justo cuando el sol se levantaba. El tanuki aterrizó con un golpe sordo en el suelo y Miroku soltó un suspiro de satisfacción, alcanzando a estirarse antes de que su adolorido pecho protestara y él hiciera una mueca, bajando los brazos.

—Gracias, Hachi —dijo casualmente, y entonces miró con el ceño fruncido las puertas cerradas del templo. Conociendo a Mushin, definitivamente no estaba despierto a esa hora. Probablemente, estuviese muerto para el mundo en un sueño inducido por el alcohol…

Sacudiendo su cabeza con cariño, Miroku se volteó suavemente para bajarse de Hachi. Incluso moviéndose delicadamente lento hacia el suelo, su pecho estalló de dolor, y tuvo tragarse un gemido. Su shakujō tintineó contra su mano y, suspirando de nuevo, Miroku se dirigió hacia el templo.

Siempre era nostálgico estar ahí, y con Hachi aún siguiendo sus pasos, el sentimiento era aún más fuerte. Cuando el pesado ronquido de un anciano ebrio alcanzó sus oídos, la visión color de rosa estuvo definitivamente en su lugar– aunque cuando Mushin apareció a la vista, se permitió un agravado gemido.

Tumbado atravesado en el suelo, la jarra de sake medio inclinada hacia un lado, sin dignidad ni espiritualidad en ningún lado a la vista…

—Sí, algunas cosas realmente nunca cambian —murmuró, sacudiendo su cabeza de nuevo. Pateó algunas veces, empujando al anciano hacia la consciencia —. ¡Oye, Mushin–sama! ¿Esta es mi fiesta de bienvenida? ¡Oyeeee!

Mushin, siendo Mushin, aún dio un montón más de esfuerzo que eso para despertar, y cuando al fin lo hizo, el aturdido y aún cansado recibimiento que tuvo no fue un "Miroku, ¡qué sorpresa!" o "¡tanto tiempo sin verte!", ni siquiera tanto como un "hola". Porque, después de todo, las bromas iban mucho más allá de ser algo que le importara a Mushin a esa hora temprana.

—¿Miroku, muchacho, eres tú? —Refunfuñó, protegiéndose los ojos del sol matutino. —Oh, y Hachi, ¿también? —Se restregó la cabeza con sueño, claramente aún medio dormido, y frunció el ceño. —La última vez que ustedes dos aparecieron por aquí, fue para que yo curara esa maldición tuya. ¡No me digas que has sido descuidado otra vez!

Suspirando, Miroku se arrodilló de vuelta con Hachi, esperando que despertara lo suficiente para ser de ayuda. Él silenciosamente quitó de sus hombros la bolsa que contenía las dos mitades del Shakujō y los dejó en el suelo, haciendo una pausa para frotar sus pulgares en el extremo astillado de la parte superior. Ahí no había sutras escondidos dentro del báculo, como el Tessou había creído; en su lugar, estaba hecho directamente de madera sagrada, madera por la que él dudaba que fuese fácil ir.

—Lo siento, padre —murmuró con respeto, dejando la pieza en el suelo de nuevo —. Aún no me he librado de la maldición, pero ciertamente he logrado destruir nuestra única otra herencia…

Eso, al menos, fue suficiente para hacer que Mushin se recuperara.

—¿Hum? ¿Qué es esto, ahora? —Entrecerró los ojos otra vez, tomando una de las mitades del Shakujō, luego la otra, después sacudió la cabeza con desilusión. —¿Esto? ¡Esto apesta a ti siendo imprudente, Miroku! ¿En qué estabas pensando…? Rompiendo el Shakujō de tu padre así…

Miroku levantó una ceja, mirando a Mushin de arriba a abajo con recelo. Las mejillas enrojecidas, los ojos desenfocados, las palabras arrastradas.

— Mushin–sama, no me diga que está borracho desde anoche.

—¡N-Ni pensarlo!

Él gruñó. — Mushin–sama, vas a morir si sigues así…

Otro hipido ebrio y una sonrisa radiante. —¡Todos moriremos algún día, muchacho! Ahora, ¡en cuanto a esta cosa aquí! —Agitó el roto báculo hacia él; Miroku se echó hacia atrás casi asustado, evitando que la vara le sacara un ojo. —Asumo que viniste arrastrándote para pedirme que lo arregle ahora, ¿no?

—Ah, algo así…

Mushin suspiró otra vez y comenzó a mirar a lo largo del borde del Shakujō, tocando las puntas donde se había roto.

—Hum… Es factible, creo. Me tomará unos días, quizá. Y nunca será tan fuerte como lo era antes; ¿estás bien con eso?

Miroku asintió, sin sorprenderse. —Está bien. —Su única otra opción hubiese sido Tōtōsai, pero, si se lo llevaba a un artesano demonio, sería afortunado de tener un arma de vuelta que pudiese siquiera levantar, ni pensar en usar. Los demonios hacían espadas para demonios. Humanos como él no serían capaces de controlar esa clase de armamento. Y eso era aún si Tōtōsai estaba de acuerdo con ayudarlo; había sido lo bastante reacio a ayudar con Tessaiga, su preciada creación. Si él iba corriendo con un simple báculo de madera, probablemente se habría reído a carcajadas fuera de su cueva de demonio.

Mushin miró alrededor su Shakujō por unos instantes, luego frunció el ceño hacia él.

—¿Dónde están tus amigos, de todas formas? InuYasha y… hum… ¿esas dos hermosas señoritas? —Buscó a tientas, claramente olvidando sus nombres, y Miroku se quejó de nuevo, sosteniendo su cara en sus manos.

—La señorita Kagome y– Sango… —Gimió agriamente. — Ellos no vendrán. No hay razón para que pierdan su tiempo aquí los días que se repare mi Shakujō, ¿cierto?

Escuchó a Hachi toser incómodo detrás de él con la mentira, y, refunfuñando, Miroku aguantó el impulso de mirarlo y en su lugar, sonrió alegremente. No es que Mushin estuviera lo bastante consciente como para captar la molesta corriente que atravesaba la habitación. El monje le dio un suspiro de decepción a su respuesta, sacudiendo la cabeza.

—Qué pena. Me agradan esas dos. Ah, bien. Nada que hacer, supongo. —Se arrastró a si mismo sobre sus pies, dando un gran bostezo, entonces apuntó a Miroku con una de las mitades de su báculo. —Bueno, bueno. Tengo que trabajar. Tú, ve y purifica meticulosamente tu suciedad.

Miroku parpadeó sorprendido. — Mushin–sama, no estoy aquí para que te ocupes de , sabes-

—¿Tu punto? Puedo oler tu pestilencia por toda la habitación. ¡Ve, muchacho, ve!

Él se puso rígido. Sí, habían pasado días desde que se diera un baño… y en esos días, se cubrió de sangre y sudor– sin mencionar que había estado poseído. Demonios, el Tessou de algún modo lo había hecho exhalar miasma. No era su culpa no haber sido capaz de lavarse el desagradable Tessou…

— Mushin–sama

—murmuró, frotándose su aún adolorida cabeza. Estaba contando con dormir una vez estuviesen ahí —. Viajé toda la noche para llegar aquí… Debería–

—Ve, ve, ve —Mushin le dio un codazo con impaciencia, hincando su hombro ahora con el báculo y, refunfuñando, Miroku decidió que no tenía nada que hacer más que ceder.

Nada como el hogar, dulce hogar…


Miroku se había ido.

Miroku se había IDO.

En retrospectiva, era probablemente una muy buena decisión, considerando que, si estuviese ahí ahora mismo, ella lo abofetearía hasta dejarlo inconsciente por esto.

—¡¿Hōshi–sama se ha ido?! —Ella gruñó, echando humo, e InuYasha muy sabiamente retrocedió. —¡¿Por qué?! ¡¿Les dijo a dónde se iba?! —Si no fuera por Kagome, ella se había lanzado sobre él con rabia: la escolar apenas era capaz de mantenerla en la estera como estaba y Sango tiraba sus brazos fuera de su agarre, la mirada llena de furia aún fija en InuYasha.

El hanyō se agachó detrás de Kagome, usándola como escudo y observándola sin poca alarma.

—¡Oye, no me mires a mí! Todo lo que sé es que anoche dijo que iba a dormir afuera, buscando aire fresco, y Hachi estaba con él, y esta mañana él y ese tanuki se habían ido. Sus aromas se desvanecieron, así que Hachi debe haberlo llevado volando. ¡Eso es todo lo que sé, Sango!

Sango habría enroscado sus manos en puños si los cortes en sus palmas se lo hubiesen permitido. Como estaba, se acostó sobre la esterilla, respirando pesado y tan furiosa que estaba viendo rojo.

El monje se había sentado a su lado simplemente la noche anterior. Había sostenido su mano, había hecho todo lo que ella podría haberle pedido con sólo estar ahí, había sido el consuelo que ella necesitaba tan desesperadamente– luego, sin aviso, simplemente, ¡¿desaparecía?!

¡Sin siquiera una palabra, ni menos!

—InuYasha, ¿puedes ir a buscarlo, verdad? —Kagome pidió, instigando al hanyō a contemplarla con incredulidad. La escolar continuó, a pesar de la mirada que él le estaba dando. —¡Por Sango!

Sango trató de moverse otra vez, los ojos ya en la puerta.

—¿Por mí? ¡Iré tras él yo misma! ¡Estúpido Hōshi–sama! ¿Qué demonios estaba pensando–

—¡Sango! —Kagome trató suave, amablemente de empujarla sobre sus hombros, intentando calmarla. —Vamos, deja que InuYasha lo busque, ¡tú aún estás recuperándote!

—¿Recuperándome? ¡Ya tuve suficiente recuperación! —Ella se sacudió las manos de Kagome de encima de nuevo con frustración y trató una vez más ponerse de pie. El dolor no era nada más que una ocurrencia tardía para ella ahora, dejada de lado para reemplazarlo por ira. El hecho de que ella no había estado sobre sus dos pies en días era algo más que fue arrojado a un lado e ignorado; no fue hasta que el mareo y vértigo la golpearon que ella se tambaleó y alcanzó la pared para afirmarse, su estómago ardiendo con dolor, y se encontró viendo estrellas.

Ligeramente sintió a Kagome ayudándola a sentarse nuevamente, los brazos alrededor de sus hombros, y escuchó a la colegiala insistiéndole a InuYasha en que fuera otra vez.

—¡Vamos, InuYasha! Ninguno de los dos debería estar solo ahora; ¡tú le sigues el rastro a Miroku–sama, nosotros no quedamos con Sango! ¡Los fragmentos de la Perla pueden esperar!

—¡¿Qué?! ¡No realmente, Kagome, a menos que Naraku decida tomarse un descanso también!

Sango estuvo de acuerdo completamente con él, sin mencionar que se erizó ante la idea de que todo el grupo mantuviera su lucha por más tiempo del que debían, por su propio bien. Se esforzó por erguirse y empujó suavemente los brazos de Kagome, tratando de que ella se moviera.

—InuYasha tiene razón —resolvió, parpadeando otra vez —. No necesito que nadie esté conmigo– y ustedes dos, por lo menos, deberían estar buscando a Naraku o los fragmentos, si nosotros no podemos.

O, si ella no podía y Miroku sólo– no estaba.

InuYasha asintió firmemente, el hanyō se puso de pie ahora que había decidido que estaba a salvo de su reacción.

—Ella tiene razón, Kagome. Los fragmentos de la Perla son lo más importante ahora mismo. Además, Miroku se ha ido por su cuenta antes, ¡y tiene a Hachi con él! ¡Puede cuidarse a sí mismo! Kagome, ¡necesitas dejar de cuidar tanto a la gente!

—¡¿Qu-Qué?! —La colegiala farfulló, girando hacia el hanyō con incredulidad. —Bueno, ¡perdóname por estar preocupada! Porque la última vez que Miroku–sama se fue por su cuenta, casi muere y todo, ¡pero supongo que debo simplemente ser como tú y no preocuparme! ¡Quizá debería no preocuparme por ti entonces, veamos cuánto te gusta eso, InuYasha!

—¡Ey! —InuYasha la fulminó con la mirada, las orejas sacudiéndose con enfado. —¡Eso no es lo que quiero decir, tú sabes a lo que me refiero! ¡Siempre exageras, Kagome!

Sango suspiró, sacudiendo la cabeza. Algunas cosas nunca cambiaban– e InuYasha nunca aprendía.

—¡¿Exa- Exa- Exagero?! —La escolar chilló, las mejillas brillando con un fuerte rojo, Sango estaba casi preocupada por su salud… —Tú… ¡INUYASHA, SIÉNTATE!


Bueno, después de un tiempo de sequía, mientras esa musa caprichosa llamada inspiración se dignaba a aparecer, decidí avanzar la traducción de este maravilloso trabajo. Un proceso duro, debo confesar, porque la culpa de Miroku me daña, el pobre debe estar sufriendo demasiado con todo lo que hizo mientras estaba poseído.

En fin, muchas gracias por su paciencia y apoyo, en especial a AvrilGarcia por su incondicional review, eres un sol. Y a Nuez, quien me anima en todo este camino, como siempre (L)

Nos leemos, espero que pronto. Un beso enorme~

Yumi~