Shadowed Soul

Capítulo 7


Como resultaron las cosas, InuYasha iría a buscar a Miroku.

Posiblemente porque InuYasha podría ser sentado hasta la muerte si no lo hacía.

También posiblemente porque Kaede había insistido en que ella no fuera a ningún lado excepto de regreso al interior. No era como que eso la hubiese detenido alguna vez, pero Kirara estaba del lado de Kaede, gruñendo protectoramente y sacudiendo su cabeza cada vez que Sango la miraba como si quisiera volar. Teniendo a Kaede, Kagome y ahora incluso a Kirara, conspirando para mantenerla atrás, estuvo forzada a rendirse en perseguir a Miroku ella misma, y sólo observar como Kagome e InuYasha lo hacían en su lugar.

Ella los despidió, apoyándose contra Kirara en la puerta de la cabaña de Kaede, la manta cubriendo sus hombros y tiritando en la temprana luz del amanecer. Miró a la pareja desvanecerse en la niebla, Kagome prometiéndole que regresarían tan pronto como lo encontraran– InuYasha, mascullando algo sobre los fragmentos y que era muy probable que Naraku interviniera en ese pequeño plan, pero lo suficientemente tranquilo como para no disparar la ira de Kagome.

E incluso cuando se habían ido, ella aún miraba afuera, apoyada en su querida gata. El aire fresco le hacía bien, supuso, después de tantos días de estar postrada en cama e inmóvil; se había quedado sin descanso, y se sentía bien estar afuera de nuevo. Un recordatorio de que había un mundo fuera de la pequeña pesadilla privada que había compartido con Miroku desde que el Tessou había llegado, y ésa, su experiencia, no importaba cuán devastadora, sólo era una pequeña pieza de su mundo.

Entonces, se regañó a sí misma. Eso no sonaba como ella. ¿La humilde gran imagen, lo abstracto y conceptual en lugar de lo concreto y demostrado? Eso no sobaba para nada como ella.

Sango suspiró, frotando su mano en la parte de atrás del cuello de Kirara.

—Eso es de Hōshi–sama —murmuró —. Él habla así… Se me contagió, supongo. ¿No, Kirara?

Kirara maulló con tristeza, su gran cabeza empujando contra ella gentilmente en silencioso compañerismo, y Sango suspiró, rascándola de nuevo.

Se acurrucó contra Kirara, aún mirando hacia la aldea. La ira de antes permanecía, pero como un fuego hirviendo ahora dentro de una furia ardiente, y la hizo sentir más incómoda que incontrolable. Sentarse ahí sin descanso, sin forma de solucionarlo, simplemente no le gustaba.

—No debería estar tan enojada en primer lugar —se murmuró a sí misma, irritada —. No soy su dueña. Puede irse si quiere hacerlo… Desearía que me lo hubiera dicho, despedirse, y estoy preocupada, pero… pero no tiene la obligación de quedarse. Después de todo lo que pasó, aún estoy preocupada, por supuesto… Sé que no está manejando lo que está pasando- bien. Yo tampoco. Pero si él no quiere estar aquí, entonces… Entonces, supongo que no tengo derecho a hacer que se quede.

Le hizo sentido, en su cabeza.

Sí, perfectamente lógico.

Y, completamente inefectivo contra el pozo de desesperación y rabia que aún estaba dentro de ella.

Sango exhaló silenciosamente, triste de nuevo, y dio a Kirara otra gentil palmada. Ella lo quería a él ahí. No le importaba lo difícil e incómodo que se había vuelto cuando por fin estuvieron solos. No le importaba cuan absoluta y cruda aumentó su angustia compartida cuando se encontraron solos en ese claro junto al pueblo, y luego en la cabaña de Kaede. Ella lo quería ahí.

Ese sufrimiento se sentía infinitamente preferible al entumecido dolor que la agarraba ahora. La soledad que no tenía cura o ni siquiera un tratamiento- la tristeza que sólo se aliviaba con la presencia del otro.

En los días después de que Naraku había entrado en su vida sólo para destruirla, las heridas físicas habían sido terribles- pero el peor sufrimiento de todos había sido estar sola. Despertar para ver quizá a InuYasha mirando en la esquina, o a Miroku mezclando ungüentos, siempre la presencia de alguien amable, pero en ese entonces, desconocidos- sin embargo, nunca a lo que ella estaba acostumbrada. Nunca su padre. Nunca Kohaku. Nunca su familia.

Y el peor sufrimiento entonces, su padre siendo asesinado y ella creyendo que Kohaku también lo estaba, había sido la auténtica soledad. Sabiendo que ellos nunca estarían a su lado de nuevo.

Sango suspiró trémulamente, acurrucándose más cerca de Kirara, recurriendo a ella en busca de consuelo otra vez. En algún lugar del camino, Miroku y los demás se habían vuelto tan cercanos a ella como para borrar ese sentimiento. Quizá su familia ya no podría estar a su lado más, pero las personas que se preocuparon por ella podrían, y lo hacían. Ellos, y la esperanza de que Kohaku pudiera algún día estar con ella de nuevo, la mantuvieron en marcha.

Pero eso no era suficiente ahora mismo.

Porque, esta vez, no era una herida que el resto de su grupo pudiese comprender.

Esta vez, era algo que estaba estrictamente entre ella y Miroku- y algo para lo que lo necesitaba allí.

Kirara maulló con pena, como si pudiera sentir su tristeza emanando como un aura, y Sango forzó una débil sonrisa.

—Tal vez simplemente se siente diferente —confesó hacia el amanecer, acariciando la espalda de Kirara —. Yo lo necesito aquí… tal vez él necesite estar lejos —se mordió el labio entonces, mirando hacia abajo. El hecho de que ella sintiera que él no debería estar solo justo ahora- que ahora, más que nunca, era cuando debería tener a alguien con él, no tendría que ser relevante.

Kirara gruñó a eso, erizándose protectora, y Sango le dedicó una genuina sonrisa.

—No, Kirara, no. No necesitas cazarlo —ella le frotó la espalda suavemente hasta que la gata se calmó, todavía mirando lejanamente el amanecer.

Los hechos eran simples, sin importar cuán desorientada y confundida se sentía.

Ahora mismo, estaba herida. Ahora mismo, quería a Miroku ahí con ella.

Ahora mismo, Miroku estaba herido. Y, evidentemente, ahora mismo, Miroku no quería estar con ella.

Eso era todo lo que importaba.

Cerró los ojos miserablemente, decaída.

No tenía duda de que no había evaluado mal lo fuerte de su relación- lo que fuera que su relación fuese. Miroku no había sido capaz de detener al Tessou de masacrar a esos inocentes aldeanos, apenas había lo había manejado para retrasarlo en la pelea con InuYasha- ¿pero había logrado detener al Tessou cuando había estado a sólo momentos de matarla? Él la cuidaba. Más que a nadie más.

Pero después de lo que el Tessou lo había hecho hacer…

Sango se encontró a sí misma cubriéndose el pecho y estremeciéndose de pura repulsión, temblando ante el recuerdo. El Tessou había traspasado una línea que Miroku aún no había cruzado. Había ido dentro de un territorio que era desconocido para él… y Miroku, atrapado pero consciente, la había visto en un estado en el que ella no quería jamás ser vista por nadie. Él la había visto dolorosamente vulnerable, atrapada e indefensa, y ella lo había visto a él, las manos buscando y deambulando cruel y violentamente. Sin importar quien había estado en control, había sido imposible para ella no ver a Miroku moviéndose, tocándola, presionándola, los dedos buscando invasivamente, contra ese asqueroso sentimiento, palabra, de violación

Sango enterró su cabeza en el lomo de Kirara, ahogando un sollozo.

Ella quería a Miroku ahí. Pero ¿ahora? ¿De verdad él la haría sentir mejor? Lo miraba y en algún punto recordaba lo que había estado forzado a hacer. Pero en sus recuerdos, no era un demonio oscuro el que ella veía agachado sobre ella, era él. Y en ese mismo punto, estar con él ahora mismo, dolía. Sólo eso dolía.

Aunque lo quería ahí- eso no significaba que era lo mejor. Para ninguno de los dos.

Quizá lo hería, también.

Abrazó a Kirara más cerca, su corazón rompiéndose. Ella quería a Miroku ahí con ella más que nada, pero después de lo que había pasado entre ellos- quizá esa cercanía que tanto anhelaba simplemente ya no existía más. Por supuesto que su posesión y lo que el Tessou había hecho lo harían difícil- quizás era demasiado difícil ahora. Demasiado imposible navegar a través de los daños emocionales y las heridas dolían para encontrar lo que alguna vez tuvieron antes.

Quizá, así era como terminaba.

Así. Esta distante, dolorosa como el fuego, separación; el Tessou muerto pero su espíritu aún estaba entre ellos de una forma en la que no podía cambiarse nunca. Miroku, incapaz de aceptar lo que lo había hecho hacer, a otros y a ella- y ella, incapaz de olvidar las manos de Miroku alargándose, los ojos de Miroku destellando, el rostro de Miroku retorciéndose con una escalofriante crueldad mientras arañaba su columna y sentía su pecho.

Quizá, eso era todo.

Esta vez, Sango de verdad sollozó.

Kirara se arrastró más cerca de ella en un inmediato dolor compartido, frotando su cabeza cálidamente contra su hombro sin siquiera entender qué estaba mal. Temblando fuerte, Sango se revolvió en la espalda de la felina, rodeándola con un brazo y hundiendo su cabeza en su pelaje, tratando de bloquear la desesperación que estaba creciendo.

—Kirara —dijo con la voz entrecortada cuando pudo hablar, los ojos aún cerrados con fuerza —, llévame- llévame… —Su frenética voz se detuvo abruptamente sin conclusión, su mente corriendo para encontrar o reclamar cualquier lugar, cualquiera de todos, que le brindara paz o al menos, aislamiento. Sus pensamientos dieron con el lago cercano y habló sin pensar, enterrando su cabeza en el cuello de Kirara. —¡Llévame a la cascada cercana!

Llévame lejos de aquí.

Llévame a un lugar donde pueda estar sola.

Llévame a un lugar en el que pueda olvidar.

Olvidar… todo.

Y Kirara, como la obediente gata que era, obedeció.

Miroku, si este es el final- si eso es lo que intentas decir al irte…

Ella aún lo amaba.

Y creía que él aún la amaba a ella.

Pero el Tessou los había tomado y llevado a un lugar en el que el dolor podía eclipsar incluso eso.


Miroku se sentó tranquilo, las piernas cruzadas, en el estanque sagrado, la cabeza inclinada hacia atrás contra la roca del acantilado. El agua caliente lamió sus hombros, y agachó la mirada hacia ella, parpadeando cansado. Las heridas dejadas por Hiraikotsu flaqueaban en su torso como un arcoíris amoratado, negro, rojo, púrpura y azul dejado más cercano a una macabra pintura que a heridas- heridas que lo intrigaban más que cualquier otra cosa.

—La forma en la que esto va… —murmuró, frotándose los ojos. —Esta purificación de mí mismo va a hacerme caer dormido aquí… no estoy muy motivado a cambiar eso…

Se movió un poco, distorsionando la visión en el agua del largo arco de magulladuras en su pecho, y Miroku exhaló con dolor. Sólo recordaba muy vagamente haber recibido la herida del todo. Entonces, aún había estado muy confundido y asustado- antes de que la enormidad de la situación lo hubiese golpeado y hubiese entendido lo que estaba pasando, y sólo había tenido esta borrosa visión de su cuerpo moviéndose contra su voluntad, diciendo cosas que él no entendía, y a sí mismo, atrapado tras barrotes y sin opción de libertad. Miroku forzó otra respiración lenta, queriendo ser tranquilizadora, que no logró su objetivo de todo, y se hundió más profundo en las aguas sagradas.

Ardía, ambos en las heridas abiertas y en los restos de miasma y sangre aún en él. Apretó los dientes, mirando a través de sus ojos entrecerrados como los poderes sagrados del estanque atacaban los restos de posesión que habían quedado atrás. Probablemente había vestigios del Tessou en su interior ahora, se daba cuenta, y el poder espiritual del agua los atacaba incluso ahí, dejándolo con un sentimiento de puro y expuesto- y, todavía… contaminado.

Miroku extendió sus dedos debajo del agua, observándolos a través del borroso vapor y la vacilante superficie. Quedaba tierra ennegrecida y sangre seca bajo sus uñas y cuando parpadeó, tembló hasta convertirse en un guante rojo de sufrimiento y tortura.

Su estómago dio vueltas, y Miroku muy rápidamente se encontró rascándose la sangre que quedaba aún bajo el agua, incluso la nauseabunda y dolorosa visión suficiente para necesitarlo. El poder purificador del agua aún dolía, y ahora, también, se sentía necesario.

Él no creía en dioses. El Budismo no tenía dioses. Pero ahora, rezó.

Cualquiera de los dioses que pueda existir, por favor, escuchen mis palabras.

Liberen las almas a las que arrebaté la vida de la tortura y denles paz. Liberen mi alma de su tormento, y mi cuerpo de las ataduras de la sangre que hice correr. Libera a Sango de la tortura que soportó en mis manos, y dale la paz que merece.

Libérennos a todos, dioses, de la tormenta que existe en la vida mortal, y dennos a todos el poco de paz que los mortales podemos conseguir.

El calor de la purificación creció alrededor suyo, la niebla y el vapor con él hasta que se sintió aturdido. Aún en ese momento, Miroku permaneció casi completamente sumergido, forzando a sus respiraciones a calmarse contra el blanco dolor creciendo en su pecho.

—Libérennos a todos, dioses —susurró —, de la tormenta que existe en la vida mortal, y dennos a todos… el poco de paz qu-que… los mortales podemos…

La oscuridad cayó, Hachi gritó a la distancia asustado, y el mareo lo arrastró hasta la inconsciencia cuando Miroku se desplomó.

—… conseguir…

No se movió, ni siquiera cuando salpicó sin energía dentro del agua, la cara primero.


Sango descendió dentro del frío lago, incapaz de dejar de temblar con la temperatura. Se hundió débil y delicadamente en la profundidad, liberando su cabello se du peinado ya suelto y sacudiéndolo detrás de ella, cuidadosamente moviéndose hacia adelante paso a paso hasta que el agua llegó desde sus rodillas a su cuello.

Allí, exhaló una trémula respiración que hizo que la superficie del lago frente a ella se estremeciera. Había un lago como este, cerca de su hogar. Allí, ella le había enseñado a Kohaku a nadar. Lágrimas frescas brotaron por el recuerdo agridulce, y agachó su cabeza, exhalando dolorosamente de nuevo antes de inclinarse para sumergirla por completo. La presión se apoderó de ella y la obligó a enfocarse- la obligó a pensar.

La pequeña infancia que habían compartido juntos, ella tan ocupada entrenando, la habían pasado muy a menudo en ese lago. Había comenzado con ella enseñándole a él cómo nadar, pero al final, simplemente había sido una forma para que ellos estuvieran solos. Tantos días bajo el sol había pasado recostada en la orilla mientras Kohaku salpicaba y jugaba… su espacio a solas juntos, una rebanada de hermosa paz en lo que había sido su paraíso.

Su corazón dolió con el anhelo, y pateó débilmente en el agua, suavemente flotando hacia arriba y abajo mientras las olas de la cascada se agitaban.

Ahora, Kohaku no estaba ahí. Ahora, ella estaba sola.

Completamente.

Las lágrimas brotaron de nuevo, y envolvió sus brazos alrededor suyo, hundiéndose más profundo dentro del lago.

Probablemente no era un accidente o mera coincidencia que recordara este lugar como uno que podía brindarle un mínimo de consuelo. Había recordado este lugar y a Kohaku y la conexión se había hecho, inconsciente pero verdadera, y había sido atraída hasta ahí en busca de paz. Había esperado que ir a ese lugar le ayudara a sentirse más tranquila. Este lugar donde su mente una vez se había sentido tan en paz, y una vez ella había sido tan feliz- pero ahora, se sentía peor que antes.

Sango sollozó otra vez, su corazón rompiéndose con nostalgia.

Miroku, por favor.

No dejes que este sea el final.

Ella descendió más en el agua fría, retorciéndose y sacudiéndose incómodamente con cada nuevo brote de recuerdos de lo que el cuerpo de Miroku, la mente del Tessou, había hecho. Sus manos encontraron donde las de él se habían arrastrado y ella arañó y tiró, peleando para sacarse la sensación de él de ella.

El agua fría ya no estaba dejándole reminiscencias de días pasados mejores y, en cambio, simplemente la entristecía por lo que ya no podía ser. Fue tras lo que quedaba de la posesión de Miroku que aún se aferraba a ella, cerrando sus ojos contra las ensangrentadas cicatrices y volviendo a estremecerse en donde las garras sólo habían dejado rastro en su pasajera e invasiva búsqueda.

Sango se encontró a sí misma furiosa primero, furiosa de nuevo, estúpidamente furiosa con el monje maldito por desaparecer así, sin siquiera una palabra. Quería abofetearlo hasta dejarle roja la cara. Quería gritarle, reclamarle qué demonios pensaba que estaba haciendo yéndose en medio de la noche.

Lo quería ahí.

¿Él había tomado la decisión de que era demasiado difícil? ¿Demasiado doloroso? ¿Él tenia que tomar esa decisión por sí mismo?

—Estúpido Hōshi-sama —siseó en voz baja, los dedos doblándose en el agua glacial —. Puede tomar la decisión y terminar con todo esto por sí mismo, ¿no? Supongo que era el único que sufrió durante todo esto. O simplemente no estabas comprometido desde el principio, ¿es eso? ¡Aún siempre coqueteando con mujeres, usando tu Kazaana con los Saimyōshō como si ni siquiera importara, aún esperas morir en cualquier momento- tch!

¿Eso era, entonces? ¿No lo había pensado realmente bien al proponerle matrimonio y estaba buscando una salida desde entonces? Ciertamente, había coqueteado con suficientes mujeres como para mantener sus opciones abiertas. ¿Había estado buscando una excusa fácil, era eso? Porque el Miroku que ella conocía no se echaría atrás ante las dificultades; él se haría cargo sin pensarlo.

La inquietud que se había estado gestando por días se rebalsó y Sango gritó de frustración. Ella era una persona activa; todo esto de yacer quieta, sentarse quieta; no le estaba haciendo bien. Ahora, con sus emociones al tope y Miroku, al mismo tiempo, volviéndola loca y siendo lo único en lo que podía pensar, todo hirvió porque era simplemente demasiado.

Con un solo jadeo profundo de inhalación, Sango se zambulló de cabeza en la gélida agua.

Se elevó sobre ella y se la tragó sin pausa, rodeándola del frío y la turbulencia clara del lago, y ella se relajó, moviéndose más profundo. Estirar su pecho por fin tiró de su herida; mover sus brazos a través del agua dolía por las heridas, todo dañándola en una forma que le traía una fría, pura claridad a su mente confusa, dándole una manera de enfocarse y ver sinceramente de nuevo.

Sango nadó más profundo aún, bajando en su camino hasta el fondo del estanque. Su cabello derramándose detrás suyo y ella estirándose en el frío, deleitándose con la sensación de ese acto una vez más, su mente aclarándose de las inciertas y confusas divagaciones que la habían consumido. La cálida, sofocante habitación que había sido su hogar esos últimos días, tan estrecho y pequeño, Miroku siempre ahí- eso definitivamente la había sofocado, y ahora, por fin, sentía que podía respirar.

Finalmente alcanzó la glacial profundidad para rebotar ligeramente en el rocoso fondo del estanque, extendiendo sus brazos para enlentecer su descenso y parpadeando con curiosidad hacia el frío, brillante mundo que era tan extraño para los de arriba.

La última vez que ella había estado bajo el agua así, había sido su turno de ser poseída.

Era un recuerdo borroso, Kirara volando hacia ella bajo el lago y Hiraikotsu lanzado en un arco arrasador, Miroku a horcajadas en la espalda de su amada gata y alcanzándola con desesperación. Su pelea sobre el agua aún era difícil de recordar, borrones del Shakujō contra su wakizashi, la sangre contra la oscuridad. Se preguntaba si quizá no sólo había sido la posesión lo que hacía sus recuerdos confusos, sino que si ella había tratado de bloquearlos.

Su primer recuerdo claro era el de despertarse en pánico después de que el demonio salamandra hubiera sido ahuyentado y asesinado. Había encontrado a Kirara agachada protectora a su lado, Shippō con ella, y Miroku dormitando contra un árbol mientras Kagome suturaba los cortes hechos por su propia cuchilla.

En ese momento, ella se había sentido asqueada. Indescriptible pero innegablemente mal, como un pesado peso que se había instalado en su estómago, deseando que cerrara sus ojos de nuevo y sólo fingiera que nunca lo había visto. Terrible en una forma que nada podía arreglar.

Terrible en una forma que nada podía arreglar.

Sango casi cerró sus ojos, lenta, suavemente, revisando el movimiento de lanzar su Hiraikotsu. Recordaba cómo se había sentido muy bien ahora, viendo a Kirara y Miroku cargando contra la corriente, y ella movió su brazo cuidadosamente de la misma forma en la que lo había hecho entonces. Casi podía escuchar el giro de su confiable arma, casi ver a Kirara alzándose con preocupación…

Cómo se había sentido ella entonces, era como se sentía Miroku ahora. Terrible en una forma que nada podía arreglar.

Cómo ella se había sentido cuando despertó para ver a Miroku inconsciente y sangrando, y sabiendo que eso había sido hecho por sus propias manos- así era cómo se sentía él ahora. Pero sus heridas no eran todas físicas- y él lo sabía.

Y, tal como él no había sido capaz de darle seguridad a ella del todo con su habitual sonrisa tranquila y modales bromistas, ella no podía darle seguridad a él ahora. Esto era algo que tomaba tiempo. Esfuerzo.

Miroku huyendo era similar a él diciendo que no iba a hacer ese esfuerzo.

Sango frunció el ceño en el agua, su furia al fin creciendo de nuevo- pero, esta vez, silenciada por una ferviente determinación.

Ellos habían tomado la decisión de aceptar lo que había nacido entre los dos y luchar por un futuro juntos.

Ellos habían luchado contra el Tessou juntos.

Así que, ¡¿qué le daba a él el derecho de decidir que esto era el final por sí solo?!

Sango finalmente rebotó en el fondo del estanque, sus pulmones se tensaron hasta estallar. Pateó hacia adelante, nadando hacia arriba a través de las nebulosas profundidades con un verdadero, ardiente enfoque que no había sentido en días, uno que la llevó por todo el camino hasta estallar en la superficie jadeando, con el corazón palpitando- y la cabeza, por fin, clara.

Sonriendo, Sango se sacudió, aún respirando con dificultad, y echo una mirada buscando a Kirara y sus ropas. Parpadeó con sorpresa, sin embargo, cuando, esperando por ella junto a su gata, estaba Kaede. La doncella del santuario estaba dada vuelta respetuosamente, permitiéndole vestirse en relativa privacidad, y Sango se sonrojó cuando se dio cuenta de que ni siquiera había pensado en mencionarle a Kaede que se iba. Nadó rápidamente hasta la orilla, desde ya pensando en cómo convencer a la sacerdotisa de dejarla salir tras Miroku. No era que no pudiera simplemente irse sin importar lo que dijera Kaede- pero la cortesía común exigía que retribuyera todo el trabajo que Kaede había hecho por ella y Miroku durante la última semana. No podía irse sin al menos hacerse cargo de eso; ella no era InuYasha, por el amor del cielo.

Brevemente se sacudió y estrujó su cabello, los ojos aún en la espalda de la doncella del santuario.

—Ah… lamento irme así —dijo nerviosamente —. Estaba- distraída…

Kaede sólo se rio entre dientes a sabiendas, extendiendo la mano para rascar a Kirara bajo la barbilla.

—Todos tenemos nuestros momentos, querida… ¿Quieres ir tras él, cierto? ¿Tras Houshi-sama?

Se detuvo de nuevo, el rostro sonrojado con un rojo aún más brillante que antes. Primero Kagome y Shippō podían ver que había algo entre ellos- ¡¿ahora, incluso Kaede?! ¿Eran las personas más transparentes en la tierra?

—Es obvio, ¿eh?

Kaede no respondió por algunos instantes, aún jugando con Kirara. No fue hasta que Sango había terminado de anudarse la falda y se movió para sentarse que la doncella del santuario la miró con seriedad, las facciones graves.

—He estado observándolos a los dos, ya sabes. Algo pasaba entre ustedes dos- algo que no les estaban diciendo a los demás. ¿Me equivoco?

Qué observadora… Sango se mordió el labio y miró a Kirara, reacia a encontrarse con el ojo de la anciana de nuevo. Su gata maulló suavemente y saltó para enrollarse en su regazo, escondiendo su cabeza contra su muslo. Suspirando, Sango le rascó detrás de las orejas antes de responder- la mirada aún gacha.

—No… Supone bien, Kaede-sama… Pudo haber sido mucho peor, en tantas formas- pero- algunas cosas que pasaron, cosas que no les hemos dicho a Kagome o InuYasha. Nosotros sólo… no queremos que ellos lo sepan —se detuvo y apartó la mirada, apretando los dedos con ansiedad en su regazo. La idea de que cualquiera de ellos supiera lo que el Tessou había hecho… era insoportable —. En realidad, no es nada —murmuró después de un momento, cuando Kaede no rompió el silencio por su cuenta —. Él pudo haberme matado; debería simplemente estar agradecida de que ambos sobrevivimos, ¿cierto? Yo… Yo siento que estoy reaccionando mucho por nada, creo… tendría que ser capaz de manejar esto mejor.

Él sólo me tocó, después de todo. Pudo haberme matado, pudo haberme herido mucho peor- y, aún así, estoy reaccionando de esta forma…

—Sango.

La tranquila llamada de Kaede la sacó de su ensimismamiento, y, sacudiendo la cabeza a sí misma, Sango se frotó los ojos y rápidamente volvió su mirada hacia la doncella del santuario, tratando de obligarse a enfocarse en cualquier cosa excepto esa línea de pensamientos. Kaede simplemente esperó con paciencia, mirándola, y cuando estuvo segura de que tenía su atención, continuó.

—Como humanos, le tememos a lo desconocido, Sango. Es nuestra naturaleza. Sin embargo, es sólo lo conocido lo que tiene el poder de rompernos. Cualquier demonio puede romper nuestros cuerpos- aún así, hace falta a alguien que agarre nuestros corazones para romper nuestros espíritus. No tengo dudas de que, si enfrentaste una batalla así contra Naraku, habrías escapado por completo, sin importar lo que le hiciera a tu cuerpo. No dudes o te avergüences de una reacción que sólo es humana. —Kaede hizo una pausa por un momento, su mirada moviéndose de sus ojos para observar distante sobre el agua- recordando, probablemente, sus propias luchas contra Naraku y su amada hermana. —Tú- tú cuidas enormemente de él… si no lo hicieras, entonces no estaríamos aquí ahora. Cuidar enormemente trae dolor; eso es inevitable… cuidar enormemente también es humano. Es algo bueno, Sango.

Algo bueno.

Sango sonrió amargamente.

Era una debilidad. Eso era de lo que el demonio se reía y usó, les provocó dificultades y dolor, era algo que los monstruos como Naraku siempre podían retorcer y girar en contra suya, era…

Era, todavía, algo bueno.

El Tessou había encontrado a la persona por la que Miroku más se preocupaba y usado esa unión contra ambos. Pero, esa unión ahora era también lo único que le dio esperanzas. En sus peores momentos contra Naraku o su hermano, esto que tenía con Miroku era lo único que la mantenía adelante. Cuando el Tessou aún había estado vivo y en Miroku, ella había luchado y perseverado con la esperanza de que lograría verlo vivo y sonriendo de nuevo. Eso era, sin duda, algo bueno- sin importar cuán difícil o doloroso fuera ahora. Ese dolor era temporal. Los sentimientos que ella tenía por él, no lo eran.

El demonio estaba muerto. Ella había acabado con él, calmando su caos y destrucción.

—Estás en lo correcto, Kaede-sama —respondió al fin, armándose de valor con nadas más que un respiro y asintiendo con firmeza —. Y esa es la razón por la que estoy preocupada por él. Está tomando decisiones por su cuenta de nuevo, como siempre… probablemente pensará que es más fácil ahora no regresar. Es su forma de ser, ya sabes. Prefiere sufrir solo que arriesgarse a que cualquiera de nosotros salga herido por su bien. —Negó con su cabeza por su estupidez, aún si su corazón dolía por la nostalgia. —Deseo mucho ir tras él, sí.

—¿Hum? ¿Deseas mucho hacerlo? Oh, no voy a detenerte, Sango. Si lo deseas, entonces ve.

Ella no pudo evitar levantar la mirada sorprendida, ahora encontrando a la mayor riéndose entre dientes de nuevo, los ojos brillando.

—¿Qué? Pero- fue muy insistente esta mañana-

—Sí, sí; y de la forma en la que estabas esta mañana, te hubieras ido corriendo sin un plan y cuando te encontraras cara a cara con él, dirías cosas que no querrías decir hasta el peor final, hiriéndose más. Ahora, tienes la mente clara. —Kaede la observó otra vez y asintió con satisfacción. —¿Preferiría que aún descansaras un poco más? Sí, quizá, pero a veces, lo que quiere el corazón preside por sobre lo que el cuerpo necesita… En este punto, nada de lo que diga o haga te mantendrá aquí. Ve, para que así puedas poner fin a cualquier arrepentimiento futuro.

Sango seguía con la mirada fija en ella sorprendida. ¿Su bendición, también? Ciertamente, mejor que cualquier cosa que hubiera esperado de eso. Titubeó, la mano aún en Kirara, entonces, al fin, decidió tomar el regalo de Kaede y correr con él.

—¡Gracias, Kaede-sama! —Inclinó su cabeza con respeto, y Kirara saltó de su regazo para transformarse, como si sintiera que un éxodo estaba cerca. —Esto también es en nombre de Hōshi-sama; asumo que no se detuvo para agradecerle en su escape clandestino.

Kaede de verdad se rio ahora, sonriéndole a ella de buen humor mientras le hacía gestos para que se subiera a Kirara.

—No, no lo hizo. No lo castigues demasiado duro por eso, ya.

Oh, lo castigaré, definitivamente.

—Ha sido una anfitriona muy amable, para invitados tan descorteces- por favor, ¿hay algo que podamos hacer para compensarla?

—Deja de preocuparte por mí y ve por él; esa es mi retribución, querida —Kaede le guiñó nuevamente el ojo, y al decirlo, Sango palmoteó la espalda de Kirara y fue llevada hacia arriba en el cielo, su corazón al fin libre de incertidumbres y sufrimiento, y fijo en un solo objetivo.


¿Hola? Aquí de nuevo yo con mi retrasada entrega de esta traducción de un fic tan bueno. Me gusta mucho cómo se refleja aquí la personalidad que ambos tienen para proteger al otro, con rasgos que muchas veces son pasados a llevar o ignorados, tomados incluso como despreocupación. Hay que comprender mucho el trasfondo tanto de Miroku como de Sango para lograr desarrollar tan bien este tipo de situaciones.

Como siempre, agradezco a quienes se pasaron a leer, en especial a AvrilGarcia, eres un sol preciosa, tus reviews son de lo mejor y espero poder compensarte por tu paciencia infinita. También a Nuez por darme esa mano que siempre necesito antes de publicar, es la mejor beta (L)

Espero no tardar tanto en traer el siguiente, pero la musa se encaprichó con otro proyecto, por lo que es probable que no pueda actualizar la traducción tan pronto como quisiera. De todas formas, ya queda poco.

Saludos y un abrazo!

Yumi~