Ya tocaba. Tenía ganas.
ºLa bruja perladaº
Prólogo 2
Todo comienza con la sangre derramada en la tierra.
—¿Eres feliz?
El niño asintió, con su boca extendiéndose en una sonrisa amplia fresca a la que le faltaba algún que otro diente por la edad. El soldado frunció el ceño, con la frente arrugándose como efecto. Los adultos esperaban tensos y él, ajeno a ello, simplemente continuó su carrera por el campo, batallando con su espada de madera en el aire.
No tenía muchos amigos. Muchos de ellos habían muerto por fiebres, caidas de caballos o por hambruna. Y los adultos estaban demasiado cansados, hambrientos y ocupados como para echar cuenta a un niño activo.
Dentro de su mente ocurrían muchas aventuras para jugar en solitario, pero a veces, cuando subía a la colina y antes de tirarse rodando por la hierba, se preguntaba si aquellas escenas serían más interesantes con otros niños acompañándolo.
En la aldea no había nadie que no supiera quién era. Sus características más llamativa era su cabello rubio al que su madre siempre le gustaba nombrar como los rayos del sol que les ayudaba a calentarse. Había heredado ese color de pelo de su padre, así como sus ojos, mientras que su madre, como buena mujer de su clan, eran pelirroja y de fuerza incansable.
Su padre había querido ser caballero antes de casarse, pero juraba que al haberla conocido decidió que la vida del campo no eran tan mala. No eran ricos, pero su mesa siempre estaba llena. Quizás por eso había soportado los duros inviernos o la hambruna que afectaba a muchos otros hogares por aquel entonces.
Además, la guerra estaba cerca.
Él no comprendía esas cosas, pero sí era consciente que su padre siempre dormía con una espada cerca de su cama y que su madre siempre tenía preparado un fardo para ocasiones extremas.
Él podría haber crecido y ser un hombre joven y fuerte. Podría haber ido por el camino del caballero que su padre abandonó o irse a las minas. Quizás incluso convertirse en uno de los mejores arqueros de caza para llenar el vientre de alguna esposa y unos cuantos críos.
Pero una noche, todo aquello fue aplastado por la llegada de los grandes caballos de guerra, los gritos de los hombres y el sonido de las hojas afiladas cortando carne viva. El fuego que siempre le había gustado ver en el hogar, ahora quemaba la aldea y a muchos de sus vecinos.
Su padre había sacado la espada y se había ido a través del fuego con un grito en la boca. Su madre, más pálida de lo común, le había sacado de la cama, enrollado unas pieles alrededor de su cuerpo y arrastrado el fardo con ella.
Podrían haber escapado de no ser por la flecha que atravesó el cuerpo de su madre, justo en la garganta.
Antes de que ella cayera al suelo algo le había golpeado la cabeza.
Quería vivir. Eso era lo que pensaba en ese momento. Lo que deseaba.
Había venganza en su corazón, en su corta niñez, en lo poco que le quedaba de vida.
Y se aferró con todas sus fuerzas a lo primero que vio. Caminó y mientras daba pesados pasos se dio cuenta de qué ocurría a su alrededor, de las extrañas bombas que explotaban, de los cuerpos demacrados de los aldeanos y se sintió solo. Terriblemente sólo.
La vio entonces, de pie, con el humo y el fuego alejándose de ella y, repentinamente, de él. Caminaba como si ni siquiera pisara el suelo y a su alrededor, su capa parecía flotar. Parecía un manto de estrellas.
Vio sus ojos, perlados, extraños. Se preguntó si sería ciega como el vendedor de pieles.
No podía pensar que fuera hermosa, era sólo un niño y los niños no piensan en esas cosas. Sintió su mano sobre sus cabellos, como si estuviera interesada en algo.
—Te llevaré conmigo. Serás mío.
Y al instante, el mundo dejó de ser mundo para ser oscuridad.
No supo bien qué era. No comprendía. Las cosas extrañas sólo residían en los cuentos que su madre le tarareaba algunas noches, en las batallas que su padre le contaba o en las leyendas que a veces eran más mentiras que historia real.
Mucho tiempo pasaría para que comprendiera que su existencia debía de haber terminado aquel día. Que había más cosas de las que habría comprendido de vivir otra clase de situación.
Y que la vida humana era más corta de lo que uno desea. Y que la vida larga tampoco era satisfactoria.
Claro que por aquel entonces, sólo era un niño.
Un niño que algún día sería un hombre.
Sí, dos prólogos.
Adelante.
