Qué día productivo, oye.


ºLa bruja perladaº


Despierta pequeño, despierta

Crecer es natural para ti, que estás hecho de huesos y sabia roja.

Mirarte es natural para mí, que estoy hecha de estrellas y de flores.


El niño humano despertó al segundo día. Sus ojos cielo y sus cabellos de sol. Correteó por la pequeña isla clamando por su madre, llorando y alejándose de ella. Le había cambiado la ropa mientras dormía y alimentado con leche de dragón.

Esperaba una reacción así, muy humana. Curiosa, desde luego. El apego infantil era algo que no comprendía. Suponía que necesitabas la parte materna para poder comprenderlo. Ella no la poseía. O eso creía.

Cuando empezó a caer la tarde y su voz sonó más desgarrada, menos intensa y se sentaba tras una roca para sollozar, abrazándose las piernas, llegó hasta su altura. Le tendió un fruto para que comiera. Él la miró reacio.

—¿Quién eres? ¿Dónde estamos? ¿Y mis padres? ¿Y los demás?

La bruja suspiró y buscó donde sentarse. Imaginaba un cúmulo de preguntas tan largas. Los niños pequeños eran curiosos de por sí. Los asustados no debían de ser menos. El problema es que ella no estaba acostumbrada a tratarlos.

—Mi nombre es Hinata y soy una bruja de las estrellas. Estamos en la isla Mist, al otro lado del bosque de los Gemelos, mi lugar de nacimiento. Tus padres y los demás están todos muertos. Los otros humanos masacraron el pueblo.

Había respondido todas sus preguntas pero el niño la miraba como si acabara de soltar un hechizo en palabras incomprensibles. Al parecer, sólo absorbió lo que quiso, porque se puso a llorar de nuevo y metió la cara dentro de sus delgadas piernas.

—¡Eres una bruja que quiere comerme y mis padres murieron!

Tuvo que sostenerse de su bastón para no caerse por la sorpresa de sus palabras.

—¿De dónde has sacado que quiero comerte?

No. Comer humanos era algo asqueroso que jamás llevaría en práctica. Y todavía no conocía una bruja de las estrellas que lo hubiera hecho.

El niño parpadeó las lágrimas y la miró apretando la boca.

—Mi madre me contaba cuentos antes de dormir. Las brujas siempre son malas y los cazadores las matan. Comen niños para ser guapas y jóvenes, ttebayo —murmuró mirándola de arriba abajo con ojo crítico—. Y tú eres jóven y guapa.

—Eso es lo más estúpido que podían inventar los humanos.

Aunque imaginaba que era para mantener a los niños fuera de los bosques o historias de borrachos.

El niño la miraba con los ojos muy abiertos. Suspiró y se levantó para arrodillarse frente a él.

—No voy a decir que tu mamá fuera mentirosa, porque no es cierto. Pero tampoco es verdad lo que a ella le contaron y yo voy a demostrártelo. Eres mi cachorro humano ahora, así que te cuidaré y te mostraré ese mundo que querían que vieras como algo aterrador.

Le pasó una mano por los cabellos y su rostro se refrescó, sin lágrimas, sin suciedad. Él se miró las manos limpias con la boca muy abierta.

—¿Ves? No es necesario matar a nadie para conseguir cosas buenas. Todo te lo da la naturaleza y el universo.

Él pareció emocionado. Miró con otros ojos la fruta y le dio un bocado. Su sonrisa se extendió en una mueca zorruna.

—¿Cuál es tu nombre? —cuestionó.

—Naruto —respondió—. Me llamo Naruto.

—Bien, Naruto. Vamos a conocer tu nuevo hogar.

El niño la siguió tras levantarse de un salto con la agilidad de su juventud.

Le fue guiando por los alrededores. Le enseñó la cascada, el huerto, la cueva de los dragones, el bosque de los Gemelos. Su pequeño hogar no constaba de mucho espacio. Olía a hierbas naturales y fresco. Sólo había una cama para él y un baño. Una chimenea crepitaba con un caldero dentro.

A un lado, su mesa de trabajo estaba limpia con frascos de diferentes colores. Del techo colgaban pequeñas estrellas que iluminaban la estancia de luz. Dos grandes ventanales cuyas cortinas eran mariposas viajeras.

Naruto miraba todo más interesado que antes, maravillado. Y asentía cada vez que le explicaba algo, aunque enseguida se embarcaba en buscar otras cosas que llamará su atención. Era un chico vivaz e inquieto con mucha energía que desgastar.

Se sentía muy atraída por su núcleo de energía, por su fortaleza para restaurarse pese a que la tristeza podía ganar fácilmente. Los había visto. Niños huérfanos morir por estas causas. Quizás llenarle la cabeza con conocimientos fuera más fructífero para él.

Ninguna regla le impedía tener un aprendiz. Y, al fin y al cabo, también era información interesante.

O eso esperaba.

.&.

El niño resultó ser mucho más intrigante de lo que esperaba. Lejos de que su condición física fuera distinta a la de ella, cosa que ya sabía por experiencias anteriores en que los hombres no conservaban ningún tipo de pudor a la hora de bañarse en ríos, playas o lagos, o tener sexo en cualquier roca. A Naruto tampoco le importaba correr como loco por la casa y desnudo, con todo su brillante trasero al aire y ese pegote entre sus piernas arrugado.

Lo mismo le daba tirarse al lago a nadar o cazar ranas. Y no le tenía miedo a los dragones. Los conoció cuando fue a buscar leche y escamas. Eran criaturas grandes y de dientes afilados con muy buen carácter pese a su aspecto amenazador. Donaban las partes que se les caían por muda y dejaban que otras especies se alimentasen de su leche. Incluso después de que la cría abandonara su cascarón les permitían coger sus huevos rotos.

La única regla era nunca herirlos o hacer algo comprometedor. Los dragones amaban la educación y aunque Naruto les trepó por la espalda y se tiró de su cuello como si de una pendiente se tratase, se percató de que también eran muy pacientes con los niños, fuera de la raza que fueran.

Naruto se terminó haciendo amigo hasta de las ranas del lago. Se sentaba con ellas para darles clases de a saber qué y también aprendía de ellas. No le gustaban mucho los cuervos, aves mensajeras que utilizaba con otras brujas. Y siempre se dormía mirando las estrellas del techo, acurrucándose.

No había vuelto a llorar.

Era rebelde cuando le insistía en que aprendiera algo, así que decidió jugar al interés. Lo ignoraba durante un rato y se ponía a trabajar en su mesa. No pasaban cinco minutos cuando arrastraba una silla para subirse y mirar lo que hacía, incluso participar.

Solía encargarle la recolección de cosas que necesitara en un momento y también era la excusa perfecta para que aprendiera las plantas buenas y malas.

Su desarrollo era tal que cuando se dio cuenta el tiempo había pasado hasta llegarle por algo más que la cintura.

Y eso también implicaba que su astucia e interés aumentase.

Hinata no solía intervenir en el destino de los humanos, era algo ya muy suyo. Pero tuvo que incumplir esta creencia por él.

Naruto, en una de sus locas aventuras de exploración se perdió en el bosque. Encontrarle era sencillo gracias a la pulsera trenzada que le había colocado nada más llegar. Llevaba raíz del árbol sagrado y cabello suyo. El problema era con quién se metió.

Era un viejo demonio, antiguo como la misma tierra. Dormitaba en el bosque y era el padre de muchos animales. Le conocían como Kurama. Generalmente no atacaba por razón pero no amaba a los humanos precisamente. Al fin y al cabo, por su creación su destino era servirles y lo explotaron de muchas formas hasta que lo llevaron a Mist.

Hinata llegó justo a tiempo de salvarlo antes de que una de sus garras le atravesara. Naruto estaba herido, con sangre seca por su mejilla.

—¿Bruja perlada? —cuestionó Kurama con su voz gruñona—. ¿Es tuyo el mocoso?

—Lo es —respondió haciendo una reverencia educada sin apartar sus ojos de él—. Se ha perdido. Habrá seguido calor y te encontró.

Tuvo que tapar la boca de Naruto con magia para que no protestara.

El zorro sacudió una de sus enormes colas y con una ráfaga de viento los expulsó.

—Lo siento… me perdí —confesó Naruto tallándose los ojos para retener las lágrimas.

Hinata sonrió, agachándose para acariciarle los cabellos.

—El bosque de los Gemelos tiene muchas zonas peligrosas y es gracias a que vivimos en armonía que podemos convivir. Has de respetarlo incluso si te pierdes, no lo olvides.

Él asintió entre esfuerzos por no llorar más.

—Está bien. Yo te protegeré.

Y el niño hizo algo que no había hecho desde que llegó y que la descolocó por completo: la abrazó, frotando su mejilla contra su estómago.

Desde ese momento, Naruto amó tocarla por cualquier cosa. Pedir algo, jugar con las estrellas que bailaban en su pelo o hasta dormirse mientras ella leía, acomodado entre sus piernas y usándola de cojín.

Al principio se había sentido algo confundida con esa clase de necesidad cercana. Los humanos necesitaba sentir a otras personas, así que imaginaba que era lo que le faltaba a Naruto. Alguien con quien tener cierto roce cariñoso. Y no animal.

Pensó en tolerarlo durante un tiempo, pero cuando se dio cuenta ya no le molestaba. Hasta le extrañaba de que no lo hiciera.

Una fase que finalmente apareció.

Ya era alto, por su cuello y empezó a incomodarse con ciertas cosas. Cambió su ropa gracias a los repentinos crecimiento de su cuerpo, algo maravilloso debía de admitir. Dejó de correr desnudo por cualquier parte, se bañaba a solas y no exigía compañía o vigilancia. Y también empezó a no dormir sobre ella, conformándose sólo con apoyar de vez en cuando la cabeza en su hombro.

Y si ella hacía por tocarle se tensaba.

Entró en una etapa de rebeldía extraña. Le daba pereza hacer sus trabajos, a veces ni los terminaba, otras prefería ir a correr y desgastar energía por el bosque o pasaba largas horas con las ranas y los dragones. Era distinto que cuando era niño, pues en aquel tiempo siempre la llamaba para algo nuevo encontrado, pero ahora no.

También comenzó a lavar por sí mismo su ropa interior y se negaba rotundamente a dejarle inspeccionar su cuerpo cuando se hería. Tampoco aceptaba medicina masticada.

Estaba empezando a preocuparse cuando, de la noche a la mañana, aquello cambió. Claro que ella no era muy consciente del tiempo, pero al parecer, el tema hormonal que conllevaba a su rebeldía terminó. Sí que continuó teniendo cuidado con sus cosas y su cuerpo, pero maduró de algún modo.

Así como también creció.

Su cuerpo se volvió más curtido, más ancho. Sus manos se ancharon, grandes y fuertes, ásperas por el trabajo. La sobrepasó de altura y ahora era ella la que tenía que mirar hacia arriba. Si se desnudaba por algún casual sólo lo hacía de cintura para arriba y era más cuidadoso con su aspecto físico. Incluso le pidió una navaja y algo de la espuma mágica que usaba para afeitar las pieles para su propio cuerpo, la cara en cuestión.

Sabía que los humanos tenían etapas diferentes, por supuesto. Al fin y al cabo, su cuerpo iba madurando y por eso existían hombres barbudos, hombres pequeños que tenían más edad de la que aparentaban y ancianos.

Cuando le preguntó, Naruto había parpadeado con curiosidad. Se miró en el reflejo del lago y se pasó una mano por la barbilla.

—Creo que tengo unos veinte años —expresó—. Llevo aquí unos doce o así. No estoy seguro de eso. El tiempo aquí es diferente para mí a la tierra.

Eso último era algo que siempre decía con añoranza. Hinata le había explicado que continuaban en la tierra sólo que en un lugar en el que los humanos no podían entrar sin permiso. Ella podía salir y entrar si lo gustaba y llevarle con él.

Quizás debería de hacerlo una vez.

Lo sopesó mucho y cuando se lo comentó, él abrió mucho la boca y no durmió nada esa noche. Sin embargo, cuando salieron el mundo había vuelto a cambiar en doce años. Nuevos poblados emergen, nuevas banderas ondeaban al aire y en el hogar de Naruto habían construido una fortaleza de grandes muros y arcos aterradores.

Con tristeza, Hinata descubrió que pese a todo, el paso del tiempo no menguó el odio ni la furia del ser humano, continuando con su violencia y su destrucción. Nuevos barcos surcaban el mar y olía a nuevos olores peligrosos que recogió para estudiarlos.

—¿Quieres quedarte? —ofreció cuando notó que estaba interesado en los humanos que paseaban en un mercadillo.

Él se detuvo para mirar a una joven tendera de pechos generosos que ayudaba a vender su mercancía.

Algo en ella tintineó. Como una estrella que se sacude dentro de un botecito de cristal.

Él desvió la mirada a ella y extendió su mano para que la tomara. Hinata lo hizo, extrañada por ello.

—No, quiero volver. A casa — dijo con firmeza—. A nuestra casa.

Hinata cerró los ojos un momento. Se tomó ese tiempo para saborear esas palabras.

Alzó el bastón por encima de su cabeza y sin que nadie se percatara, ambos, humano y bruja, desaparecieron del mundo humano y fueron a casa.

Allí donde la bruma cubre esa isla mágica. Allí donde el mundo no es mundo y la magia brilla. Allí donde hasta ahora, una bruja perlada, esperaba ansiosa por algo y no sabía qué.

Allí, donde un jóven muchacho, empezaba a comprender.

Continuará...