CONSEJO: Leed detalladamente porque hay explicaciones algo confusas pero que están claras (no sé si me explico xD).

¡Gracias por llegar al final conmigo!


La bruja perlada.

Final


De nuevo en el caldero

A veces necesitamos perder algo para comprender cuánto lo echamos de menos

Otras veces, necesitamos decir que no para que algo sea insistente.


—Es muy raro que te adentres en lo más profundo del bosque, humano. ¿Quieres la revancha por el despecho de casi morir cuando eras niño?

Naruto se detuvo cuando el zorro levantó una de sus uñas hacia él. Justo frente a su cara. Podría atravesarlo tan fácilmente y sería el fin de sus días.

—Oh. ¿Te ha comido la lengua un sapo?

—No —respondió sentándose frente a él—. Simplemente, si tienes que devorarme, puedes hacerlo.

Kurama entrecerró los ojos. Bostezó y volvió a cruzar sus patas, desinteresado.

—No me gusta la comida fácil. Al menos, de pequeño, tenías coraje. Ahora parece que te estás desinflando, igual que este bosque.

Naruto miró a su alrededor. Era cierto. El bosque estaba cambiando. Pese a que los humanos no posaban sus manos sobre él, la naturaleza parecía ser más cambiante a medida que pasaba el tiempo.

—La pregunta es: ¿para bien o para mal? —indicó Kurama encogiendo los hombros.

—¿Para mal?

—Claro. Todo lo que florece un día se muere. Tú también lo harás. Yo también. Puede que años más tarde que tú, pero lo haré. Este lugar no es diferente. Llegará un momento en que dejará de ser invisible para los humanos. Lo codiciarán y modificarán su naturaleza.

—Pero con Hinata aquí…

El enorme ser extendió su boca con una sonrisa dentuda.

—¿Realmente crees que va a vivir para siempre? Las brujas no son eternas. También tienen sus ciclos. Antes o después, su tiempo puede agotarse.

—¡Pensaba que eran inmortales! —protestó.

—Lo son, si lo miras desde un modo perspectivo. Como te he dicho, yo debería de ser inmortal también, pero tengo mi tiempo de existencia. Cuando deje de servirle a este universo, adiós. Al contrario que las brujas como tu dueña, que su vida puede depender de ciertos requisitos y qué caminos decidan tomar. ¿Tomará el que la llevará a la tumba con placer o el que la llevará a la tumba con el corazón roto? Estoy realmente intrigado.

Naruto guiñó los ojos ante esas palabras.

—¿A qué te refieres con tumba con placer? —cuestionó, cruzándose de brazos y ladeando la cabeza—. ¿Tumba con el corazón roto?

Kurama sacudió la cabeza.

—No te hagas el tonto conmigo, mocoso. Sé que la has probado. ¿Acaso no tienes su sabor en tu boca? Ese sabor especial de una maga de las estrellas jamás podrás encontrarlo en una mujer humana. ¿O lo has olvidado?

No. Recordaba su sabor. Lo tenía impreso hasta en el alma. En la punta de la lengua y en sus sueños. Muchas eran las veces que se imaginaba a sí mismo, de nuevo, de rodillas frente a ella, con su boca en ese lugar. Y muchas eran las veces en las que también regresaba a la realidad para descubrir que no era real.

—Por tu cara veo que no lo has olvidado. Es imposible hacerlo, muchacho. Una vez se mete en tu cuerpo, no puedes sacarla. Si una bruja te deja probar algo de ella se te marca para siempre. De ahí que existan los cazadores de brujas humanos. Hombres simples que una vez probaron ese néctar por simple diversión de la bruja y que crean esa obsesión. Lo triste de todo es que los hombres, necios por naturaleza, matan a sus semejantes hembras tomándolas por pecadoras y magia negra.

—Hablas como si hubieras probado una bruja como Hinata —farfulló, algo receloso.

Kurama estalló en carcajadas irónicas que provocaron temblores a su alrededor. Una de las ramas crujió al caer a su lado y el sujeto simplemente la golpeó con dos de sus enormes dedos para mandarlas a volar.

—Puede que lo hiciera una vez.

Su interés debió de mostrarse en su rostro, porque Kurama chasqueó la lengua, molesto. Aun cuando Naruto pensaba que no hablaría, su boca afilada se movió.

—Fue hace mucho tiempo. Antes siquiera de que tu primer antepasado fuera pensado para existir. Una bruja de las estrellas. Ya debes de saber que cada una es distinta y única. Es muy misterioso el cómo nacen, cómo no necesitan de un macho. Rompen la lógica. Me enamoré de ella tan profundo que no pensé en las consecuencias de este amor. Ella murió y yo me convertí en esta bestia. Fin de la historia.

Naruto estaba perplejo.

—¿Por qué lo haces ver como que el amor mata?

Kurama volvió a extender su boca en una tétrica y significativa sonrisa.

—El amor no mata —aseguró convencido—. No.

—¿No? —ironizó Kurama—. ¿Acaso no hay cuentos humanos en los que una mujer muere de amor por su hombre, que jamás regresa de la guerra? ¿Acaso las aves no mueren cuando pierden a su pareja? ¿Acaso la dragona que conociste de niño no murió poco después de la muerte de su amado?

—Sí… los dragones que quedan, son sus hijos. Pero todo lo que dices, murieron por tristeza de perder a su ser amado. No por amar en sí.

—El amor como todo en esta vida tiene un bien y un mal.

—Sí —comprendió bajando la mirada—. Pero no responde mi pregunta.

—Porque no has hecho la pregunta correcta.

Naruto se cruzó de brazos, pensativo. ¿Cómo qué no? ¿Qué clase de pregunta podría hacer entonces?

—¿Acaso voy a morir por haberla probado? —cuestionó mirándose las manos. Kurama estalló en carcajadas, enrojeciendo—. ¡Oye! Es una pregunta seria.

—Pero no la pregunta adecuada. ¿Cómo vas a morir por haberle metido la lengua donde más lo deseas? Mocoso idiota.

Kurama levantó de nuevo su zarpa.

—Me aburres. No eres capaz de pensar sin que te lo den todo masticado.

—¡Entonces la haré! —ladró poniéndose en pie—. ¿Cómo fuiste capaz de hacer que esa mujer se enamorara de ti? Las brujas, o al menos Hinata, no tiene interés en estos temas y nunca ha sentido atracción como un humano. ¿Son todas iguales?

—Sí —respondió Kurama bajando la zarpa—. ¿Cómo hice? ¿Acaso crees que podrías usar una poción para provocar que se enamorara de ti? Idiota. Los sentimientos no son algo con lo que puedas jugar. Una bruja, una vez se enamora…

Kurama levantó la cabeza hacia el cielo. Guiñó los ojos y olfateó.

—Suficiente charla. Vete.

—No, espera, necesito…

Antes de que pudiera decir algo más, algo se lo comió. Estaba seguro de que se trataba de una boca. No era la primera vez que le pasaba.

—¡Suéltame! —ordenó.

—No puedo. Hinata me ha enviado a buscarte. Estaba muy seria respecto a ti, así que no voy a desobedecerla. No quiero comer gusanos.

Naruto puso los ojos en blanco. En un momento estaba en la boca del dragón, al que había visto crecer desde que abandonó su cascarón, a caer dentro del lago de la cascada. Maldiciendo entre dientes, salió para quitar la pesada y húmeda ropa.

—¿Por qué no envía mariposas? Antes enviaba mariposas y era genial. No. Ahora tiene que enviar a un dragón que ama comerme y escupirme después.

Se detuvo al escuchar un gemido de sorpresa.

Hinata dejó caer polvo estrellado a sus pies que oscilaron en motas plateadas hacia el cielo, libres de nuevo. Sus ojos se mantenían sobre su cuerpo. De arriba abajo. Sin tapujos pese a que sus mejillas estaban enrojecidas y su corazón parecía latir con más fuerza de lo normal. No era la primera vez que pasaba eso entre ellos.

Desde que ocurriera aquel suceso que no podía sacarse ni de la cabeza ni de la boca, Hinata aprovechaba cualquier momento para verle desnudo. Se maravilla con su cuerpo, con sus formas y solía pedirle más desnudez en sus actividades físicas, como cortar la leña sin camisa o cazar a veces desnudo.

Al principio, le causó confusión e incomodidad. No era fácil perseguir tu alimento completamente desnudo. Arañazos, mordidas e incluso aire donde no quería sentirlo. No era agradable sentir la hierba cosquillear en sus partes más nobles. A Hinata, sin embargo, le fascinaba. Incluso le daba más actividades en las que resaltara su musculatura.

Le enseñó a tirar con el arco. Lanzar con boleadoras —un arma que había visto en su última visita a los humanos— o hasta afilar una espada sentado en posturas que dejaran entrever la forma de su sexo.

También, solían tener conversaciones extrañas repentinamente. Solía exigir su presencia cuando menos lo esperaba.

—Está oscureciendo —le dijo cuando le vio quitarse la última prenda—. Tardabas en regresar y he notado la energía de Kurama. ¿Ha ocurrido algo?

—Sólo hablábamos —respondió sinceramente. Hacía años que aprendió que mentirle era una tontería—. ¿Qué ocurre?

—Sólo estaba preocupada —confesó suspirando. Dio unos pasos hasta su altura, centrándose en sus ojos. No llevaba el sombrero, así que sus cabellos caían con total libertad por su espalda y hombros—. Necesito respuestas a otra pregunta que me ronda la cabeza.

Ah. Esa era otra de las cosas. Desde que descubriera el placer Hinata hacía millones de preguntas. A cuál más impredecible o impresionante. Naruto no podía responderlas todas debido a su falta de experiencia, pero las que sí podía, solían dejarle inquieto y, a veces, con una dolorosa erección.

Atrapó su camisa entre sus manos y arrugó la tela para escurrirla.

—Dime.

Hinata se mordisqueó los labios. Lo rodeó, con el bajo de la falda cosquilleando el césped. Dios. Sabía que estaba desnuda debajo. Y sabía lo que había ahí. Cuando sintió que se detenía fue en su espalda. Una de sus manos, pequeñas y delicadas, con dedos delgados, oscilaron por su espalda hasta su trasero.

Le atrapó las nalgas con un firme apretón. Cuando él dio un respingo, soportando entre sus dientes el gemido de sorpresa, aflojó el agarre, acariciando, alternando entre una y otra.

—Son duras. Más firmes que las mías o de cualquier mujer que haya visto —reflexionó sin dejar de tocarle. Naruto maldijo entre dientes. Notaba que todo aquello se dirigía hacia un mismo punto en su cuerpo—. Ayer cuando fui de visita al mundo humano volví a ver algo de nuevo. Dos hombres juntos. Igual que una mujer y un hombre. Uno de ellos recibía al otro por aquí. Parecía doloroso y, sin embargo, tenía una erección.

Naruto tragó, confuso. Nunca lo había visto. Aunque su madre siempre se había mostrado preocupada porque estuviera solo con hombres y alegaba que no todos eran tan buenos como su padre, nunca se había preocupado por el sexo hasta que creció y, ahora, la idea era estar sobre ella, en ella, con ella encima. No importaba el orden de los ingredientes en el caldero mientras Hinata formara parte de ellos.

—Quiero saber si eso podría gustarte.

—No lo sé —reconoció—. Nunca he pensado en ello. Imagino que entre hombres es lo que se suele hacer, ya que no poseen el sexo de una mujer y la única obertura es esa, ignorando la boca.

—Oh, eso es entendible —murmuró ella. Volvía a acariciarle. Cuando se percató, acababa de bajar sus manos y una de ellas oscilaba entre sus piernas, justo hasta su bolsa. Sintió la punta de los dedos—. ¿Esto podría gustarte?

—Sí —confesó siseando.

—Oh. Oh —exclamó pasando del asombro al interés.

Pegó más su cuerpo contra él. Su mano y parte de su brazo osciló entre sus piernas. Naruto las abrió como respuesta, manteniendo la postura lo más firme que le era posible. Si bajaba la mirada, podía ver sus dedos moverse por la base, apretando, acariciando, torturando hasta que su erección se levantó como un mástil endemoniado de deseo.

Hinata había pegado su mejilla contra su hombro y podía sentir la mirada sobre él, justo cuando su otra mano acarició sus costillas, bajando hasta su miembro. Lo tomó y con una rutina dolorosa y enloquecedora, lo masturbó.

—Espera. Ah. Espera —rogó justo antes de que llegara al orgasmo. Sacó un botecillo del bolsillo y lo acercó.

—¿Qué? ¿Por qué estás…?

Pero volvió de nuevo a torturarlo y él echó a volar. Regresó con jadeos, con el pecho dolorido y las piernas temblorosas para ver justo cómo apartaba el bote de él y lo miraba con maravilla. Se chupó los dedos mientras se alejaba unos pasos de él.

—Esto servirá para hacer una pócima de fertilidad. Una excelente. Te enseñaré cómo se hace. Los ingredientes necesarios —explicó emocionada. Tocó el bote con un dedo y éste brilló, alejándose en un vaivén torpe hasta la ventana abierta de la casa—. Eres un hombre muy fuerte e interesante.

Naruto cerró los ojos. Recordó la conversación con Kurama. Tenía tantas preguntas y falta de respuestas. Se preguntó si ella podría responder a qué se refería con los dos senderos.

—Hinata. ¿Qué significa que una bruja tome el camino de la…? ¿Qué haces?

Se tensó, observándola.

Había retrocedido y levantando sus faldas hasta sus caderas. Dejaba entrever su sexo. Separó sus piernas y le miró, inocente.

—Quiero que… vuelvas a hacer lo de la otra vez. Con tu boca.

Naruto sintió que la boca se le hacía agua. Dios. Sí. Quería ir allí, ponerse de rodillas y…

—¿Puedes responder mi pregunta? —cuestionó, sin embargo. Ella pareció confusa—. Necesitaría que…

Su mente cada vez estaba más y más difusa. Qué maldita debilidad la de un hombre. Postrado a sus deseos y frente a una mujer.

Se arrodilló frente a ella, la asió con ternura de las rodillas y besó su vientre, bajando por sus rizados bellos. Le sorprendió descubrir que estaba completamente húmeda. Lo que había hecho con él la había excitado. Su gesto, ahora, de verlo en esa posición era fantástico.

Levantó sus manos hasta atrapar sus nalgas. Las acarició y apretó. Quería devolverle el gesto de antes, hacerle comprender cómo había sido.

Por eso, se levantó. La rodeó lentamente y echó con cautela sus cabellos a un lado. Las estrellas en él oscilaron, molestas, y algunas chispearon contra su pecho desnudo.

—Estás mal, creo —objetó ella dudosa.

—Shuu... —susurró contra su oreja—. Deja que te devuelva el favor.

Su mano se desvió de sus nalgas, más abajo. Tuvo que doblar sus rodillas para poder llegar mejor y ayudarla a arquearse. Con su rodilla, la invitó a abrirse más para él. La humedad de su sexo bañó sus dedos, como si de miel se tratara. Estaba tensa y suave, cálida y perceptiva. Tanto, que uno de sus dedos logró adentrarse con una facilidad increíble.

Sintió que tambaleaba sus caderas, inquieta, pero cuando bajó su otra mano y osciló hasta ese lugar pecaminoso, escucharla gemir su nombre fue maravilloso.

Notó que a medida que su placer aumentaba, temblaba, se aferró a su brazo y osciló sus caderas contra él, aunque sus piernas temblaban. La sostuvo lo mejor que pudo sin detener el ritmo de sus caricias, adecuándose a lo que ella exigía, a lo que su voz le marcaba como un sendero de estrellas.

El orgasmo la ahogó. Escuchó su garganta rugir y el aire escapar de sus pulmones. Puso los ojos en blanco y las estrellas de su pelo bailaron sin sentido, como si quisieran ir de regreso al cielo.

Sintió su sexo empujar contra sus nalgas, sus caderas traicionándole. Él quería más.

—Por favor… Hinata —rogó.

Ella pareció por un momento ida, intentando recomponerse. Cuando lo comprendió, abrió mucho los ojos y saltó de sus brazos.

—No. —Se bajó la túnica hasta los tobillos de nuevo, como si eso fuera una fortaleza contra él—. Vamos a cenar.

Naruto la retuvo del brazo cuando intentó pasar a su lado. Ella dio un respingo.

—¿Realmente vas a dejarme así? —preguntó—. Es injusto.

Ella bajó la mirada hasta su sexo, apiadándose entonces.

—Lo siento. Ahora mismo yo te ayudo.

Antes de que pudiera negarse, sus manos volvieron sobre él. Lo masturbó en completo silencio. Fue doloroso, ajeno, como si ella ya hubiera terminado con él.

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Durante los meses siguientes, Hinata sólo buscó eso de él. Lo excitaba, torturándolo con caricias y besos. Le invitaba a probarla, a tocarla y enviarla al séptimo cielo. Nada más. Se compadecía de él cuando lo dejaba con una dolorosa erección, pero el final siempre era amargo, vacío.

Tampoco respondía sus preguntas. Siempre encontraba alguna forma de acallarle, de distraer la conversación a su propio ritmo y, cuando él se enfadaba por ello, le miraba con una inocencia que le hacía sentirse un completo monstruo.

—Es como hablar con un muro.

Kurama levantó las orejas.

—¿Qué diablos haces aquí, mocoso? ¿Te crees que soy tu confidente o qué?

Naruto lo ignoró.

—Simplemente, cuando intento comprender más de las brujas, por lo que me dijiste o, quiero profundizar en el sexo, huye o varia de tema. Me ignora.

—Habló —bufó el zorro—. Parece que lo de ignorar se contagia.

Bostezó y sostuvo su mirada irritada.

—Eres el único ser que habla y no bromea con estas cosas. Y también estuviste enamorado de una bruja como yo.

—Espera, muchacho —interrumpió Kurama—. ¿Enamorado?

—Eso creo.

—Ella te crio desde que eras un niño. ¿No deberías de considerarla como tu madre?

—No —negó al instante—. Ella nunca me trató como una madre o yo no la sentí de ese modo. Es cierto que mi vínculo hacia ella es fuerte debido a que no tuve más, pero cuando pude salir, me aterraba la idea de separarme de ella. Fue algo más intenso. Más adulto. No puedo verla como una madre porque es una mujer. Siempre lo ha sido. Mi madre era mi madre.

Se miró la mano. Recordó las veces en que la había tocado. Lo que quería hacer.

No. Definitivamente ese vínculo no lo mantenían. A lo sumo, la consideraba su profesora. Y él su aprendiz. Y ahora, su mujer.

O eso querría…

—¿No puedes explicarme tú lo de los dos caminos?

Kurama pareció sopesarlo. Entonces, levantó los ojos por encima de él y tensó el cuello, levantando la cabeza.

—Naruto.

Dio un respingo, volviéndose. Hinata estaba en lo alto de una de las rocas gigantes, detrás de él.

—¿Qué ocurre? —inquirió.

Kurama se echó a reír.

—Parece que no quiere que responda tus preguntas, mocoso. Tendrás que ingeniártelas mejor. Engañar a una bruja es algo difícil.

Luego agachó la cabeza y desapareció entre la maleza. Muchas veces se había preguntado cómo era capaz, pero Kurama era uno de esos misterios sin resolver de esa isla.

Se volvió hacia Hinata. Tragó. Sabía que iba a castigarlo antes de que levantara el bastón y golpeara el suelo. Chiribitas (1) de plata estallaron y en un abrir y cerrar de ojos, estaban en su hogar, con el caldero crujiendo en la chimenea. Él cayó contra la cama. Ella se mantuvo en pie mientras, con su dedo índice, trazó líneas oscilantes frente a sus ojos. Poco tardó en comprender qué estaba ocurriendo.

Sintió las raíces moverse por su espalda y atrapar sus brazos, caderas y hasta su cuello.

—Hinata —nombró sorprendido—. ¿Qué estás…?

Ella le miraba con firmeza. Parecía la misma mujer aterradora que conoció.

—¿Por qué has tenido que preguntarle a Kurama? —preguntó ella a su vez—. Yo soy tu maestra. Lo que necesites saber he de enseñarte. Es cierto que desconozco sobre las cosas que estamos practicando, pero aprendo rápido y no parece no gustarte. A mí me gustan.

—No respondes mis preguntas —acotó—. Ni siquiera me dejas formularlas todas.

Ella desvió la mirada, inquieta, como si buscase frenéticamente algo a lo que aferrarse. Su voz sonó trémula.

—Porque haces preguntas que no tiene nada que ver con lo que hacemos, en el momento en que lo hacemos. Cosas que no necesitas saber, además. Lo que has de aprender es a ser un buen alquimista.

—Sí que me importan —acortó antes de que continuara su monólogo—. Me importan porque te atañen como bruja. Kurama me contó que se enamoró de una bruja como tú y que la perdió. Me dijo que había dos senderos por los que podías caminar y quiero conocer a qué se refiere.

—¡No necesitas saberlo! —aseveró arrodillándose frente a él.

Pensó que había dado todo de sí, que se rendía y hablaría. Sin embargo, usó sus manos para separarle las piernas y se acomodó entre ellas. Su mejilla dio contra su vientre, sorprendiéndole.

—Te prohíbo que vayas hacia ese lugar. No te dejaré ir. No iré.

—¿A qué lugar? —murmuró, confuso. Ella le miró.

—A uno donde no puedes seguirme.

Frotó su mejilla sobre él. Su sexo quedó aplastado bajo sus senos. Y maldita fuera que no quería que reaccionara como lo hizo. Podía oler el aroma de sus cabellos.

—¿Es la muerte?

Ella detuvo su mano sobre su muslo para mirarle de nuevo. Sus ojos perfilaban su cuerpo con una devoción ardiente.

—Ya sabes que no hablamos de eso.

—No, tú no quieres hablar de eso —corrigió.

Intentó soltarse, pero las raíces lo aferraron con más fuerza.

—Eres cruel conmigo.

—¿Cruel? No te he dado a comer gusanos, te he salvado de la muerte diversas veces y…

—Me torturas —interrumpió. Hinata miró las raíces con el ceño fruncido—. No, esa no es la causa. ¿Qué planeas? ¿Volver a enloquecerme y cuando te pido más, marcharte?

—Eso no es torturarte —replicó, sorprendida.

—Lo es —gruñó—. ¿Qué crees que pasa después de que tú obtengas tus datos y tu placer? Te marchas y siempre me dejas con ganas de más. Eres cruel.

—No tienes ningún derecho a forzarme a más.

—Ni tú a maniatarme mientras me masturbas con tus tetas.

Ella se enderezó, sorprendida.

—¡No estaba haciendo eso! —tartamudeó. Y era cierto. No era para nada su intención.

Más bien, cada acto que efectuaba no es porque fuera experta en ello, era por intuición o por verlo en otros. Así podía reconocer algunas de las acciones.

Naruto suspiró, intentando calmarse. Si empezaba a gritar como un loco o a comportarse como un niño no iban a llegar a ningún lado.

—Hinata.

Ella le miró.

—Has viajado mucho más que yo. Has visto cosas que pasan entre humanos que hacen estas… acciones.

—Sí.

—Bien. Pues debes de saber cuál es el final, lo que yo necesito.

Ella se ruborizó.

—No, no necesitas eso —decretó—. Al menos conmigo. Si quieres, puedo buscarte una muchacha para… —Se mordió los labios. Los abrió. Volvió a mordérselos y le miró frustrada.

—Ni siquiera tú puedes terminar de decir esas palabras —susurró cansado—. ¿Por qué no quieres que esté en ti, Hinata? ¿Tiene que ver con los dos caminos de los que habla Kurama?

De nuevo, sus cejas se fruncieron en advertencia. Era como darse contra una pared. Forcejeó una vez más con las ramas que todavía le sostenían.

—No soy ese niño al que te llevaste aquel día, Hinata —susurró—. Ya no. Desde el momento en que empecé a mirarte con otros ojos, dejé de ser un crío. Desde el momento en que empezaste a sentir interés por mí, me convertí en algo más que tu aprendiz, donde quieres relegarme. Si necesitas estar preparada para que estemos justo de ese modo, lo entiendo, pero puedes decirlo.

Hinata sacudió la cabeza a medida que hablaba. Apoyó sus manos en sus rodillas. En otro momento, eso podría ser muy peligroso.

—No necesitamos hacer eso. Me aseguraré de que también quedes satisfecho.

—Hinata…

—¡No! —exclamó. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Se puso en pie, apretando las manos en las faldas de la túnica—. ¡No insistas! ¡Es doloroso!

—¡Explícamelo entonces! —suplicó—. No puedo leer entre líneas. Eso es algo que ambos sabemos. Te juro que no quiero hacerte daño y…

—Muerte.

Naruto detuvo sus palabras. ¿Acaso había escuchado mal?

—¿Qué has…?

Ella le miró de nuevo, severa. Las lágrimas escapaban de sus ojos y su barbilla mantenía una rigidez dolorosa.

—Me matarás. Si hacemos eso, moriré. El placer me mataría. Derramarás la semilla en mi vientre.

Confuso, parpadeó.

—Espera, espera…

Pero Hinata no lo hizo. Soltó su agarre y aunque los brazos le ardieron por la postura, intentó levantarse. Una ráfaga de aire volvió a sentarle. Nunca en su vida había visto a Hinata desaparecer tan deprisa, perderse en las estrellas, fundirse en ellas. Fue una con el manto estrellado del cielo nocturno.

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—¿Si tiene sexo morirá?

Kurama mantuvo una silenciosa mirada sobre él. No supo interpretar si era significativa o no. Él, siempre tan duro de entendederas, necesitaba un "sí" o un "no" claro. Se plantón delante de la nariz del animal y la palmeó con fuerza.

—¡Responde! ¿Eso fue lo que le pasó a tu bruja? ¿Esa es la naturaleza de tu existencia?

Kurama cerró los ojos y con su aliento, lo hizo retroceder.

—La magia es algo que escapa de la comprensión de los humanos. Por eso, nunca habéis aprendido más que unas cuantas pociones y canciones que ni siquiera comprendéis.

Sacudió la cabeza.

—Sí. Mi bruja murió a causa de mi amor por ella, de mi deseo carnal, pecador, convirtiéndose en polvo de estrellas. A causa de su muerte, entregué mi alma como un fallido pacto para regresarla a la vida. Y aquí estoy, desde entonces, como un ser al que nadie comprende, con leyendas e historias, hasta el día en que mi vida, finalmente, se extinga.

Tomó aire antes de continuar. Su voz rota.

—Una vez yazcas con ella, se acabó todo para ella.

Naruto sintió que la garganta se le tensaba. Apenas podía articular la pregunta.

—Vas a preguntar por qué —dedujo él—. Lo comprendo. Ya te he dicho que la magia es algo que escapa a las entendederas humanas. Su naturaleza fue creada de esa forma. Las brujas no necesitan de un macho para reproducirse. En realidad, ni siquiera son capaces de gestar vida en sus cuerpos. Es algo que, a algunas, les fascina de las humanas. El sexo, también les termina causando sumo interés porque no están preparadas para pensar en eso como algo necesario y, cuando lo prueban, se convierte en una droga hasta que… llegas al final. Y lo más triste de todo, es que entonces, se dan cuenta de la verdad. ¿Cuál es? Eso es algo que jamás sabré o comprenderé.

—¿Por qué lo dices?

—Las últimas palabras de la bruja que amé —reflexionó Kurama rascándose la barbilla—. En mis brazos. Acaba de tener el mejor orgasmo de mi vida y ella, aunque jadeaba en mis brazos, cómplice de ese mismo placer, sólo dijo antes de volverse en polvo: "Ahora entiendo por qué". ¿A qué se refería? Ni idea. ¿Se dio cuenta de por qué las brujas no tenían relaciones? ¿O de por qué no se enamoraban? Son seres incomprendidos y misteriosos hasta para eso.

Naruto se miró las manos, afligido.

—Soy un estúpido. Es bueno que Hinata se niegue y no quiera.

—Querrá.

—¿Qué? —preguntó levantando la mirada hacia él. Kurama no bromeaba.

—Siempre terminan queriendo. En el momento en que tú no cedas porque sepas la verdad, ella lo querrá. La balanza del destino de las brujas es de ese modo. Quieren lo que no les dan siempre que piensen que lo necesitan. Hinata no sabía que necesitaba un niño humano para comprender lo que era crecer: te llevó con ella. No supo cómo un hombre cambiaba: lo quiso ver en ti. No sabía lo que era el sexo más que por verlo a humanos que le eran indiferentes, y, sin embargo, lo quería de ti.

—Está…

—¿Enamorada? —preguntó por él Kurama encogiendo los hombros—. A ojos de humanos o necios como yo que estaba enamorado, diría que sí. A ojos de una bruja… no lo sé.

Naruto guardó silencio, absorbiendo la información, rumiándola.

—¿Esas eran las bifurcaciones que decías?

—Sí —respondió el zorro—. ¿Tomará el camino del placer o el del corazón roto? Un corazón roto puede doler mucho para una bruja, teniendo en cuenta su longevidad, pero, ¿es mejor eso o la muerte?

Naruto no tenía las respuestas a esas preguntas.

Sólo una bruja las tenía. Y continuaba tan enfadada que, en esos días, las nubes cubrían el cielo hasta por la noche.

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Cuando Hinata regresó traía más estrellas en el cabello, la túnica repleta de polvo brillante y sus ojos parecían más plata. Su piel, más blanca y suave. Caminaba a zancadas hacia él y se detuvo cuando estuvo a punto de pisarle.

—He vuelto —anunció como si su presencia no fuera suficiente—. He decidido que no vuelvas a pedirme eso.

Naruto la observó. Estaba más hermosa, como si se hubiera recargado de alguna forma con poder. Bajó la cabeza hacia ella, apoyándola en su hombro. Captó su aroma, extraño. No era capaz de calificarlo.

—No volveré a suplicarte que te unas a mí. Jamás.

Entonces, lo notó. Algo chispeante que brilló por el cuerpo femenino. Cuando se apartó, sus ojos estaban clavados en él, diferentes. Su boca se abrió y cerró.

—¿Hinata?

—Yo… no. Es sólo que esperaba más lucha y venía lista para defender una gran teoría —explicó. Llevó una mano hasta su frente. Naruto la imitó—. ¡Estás ardiendo!

Ella le miró con la misma incredulidad que él. Hinata nunca se enfermaba de esa forma. A lo sumo podía pillar mini resfriados en los que tosía estrellitas o estornudaba polvo.

La sostuvo del talle y después, se dirigió al hogar. La depositó en la cama. Recordaba las veces en que ella le había cuidado, o el énfasis de su madre de recalcar que una fiebre era peligrosa. Así pues, cargo un balde de agua fría y empapó una toalla.

—El bote de tapa oscura que hay en el armario. Tienes que hervirlo con hojas de zarandeo y lágrimas de sirena. Has de… —Le costaba hablar. Cada vez parpadeaba más—. Has de…

—¿Dónde hay más brujas? —preguntó—. Necesito una capaz de curarte.

Hinata apreció debatirse ante su exigencia.

—Sé que no os juntáis. Nunca te he visto con una. Pero esto es urgente, Hinata. No quiero que mueras.

Ella gesticuló con la mano hacia su bastón.

—Úsalo sobre las flores de colores. En el prado donde nunca te dejo ir.

Asintió, confundido. Aferró el bastón y echó a correr. Cuando llegó, sentía el sudor pegar sus ropas contra su espalda y las piernas temblorosas. Podría haber llamado un dragón, montado una de las ranas que crecieron lo suficiente como para cargarle, pero su mente se bloqueó.

Levantó el bastón y golpeó.

Al principio no sucedió nada. Cada vez más frustrado, estaba tentado a regresar, hasta que una de las flores pareció danzar en el aire, sin brisa que la moviera. Era la más rosa.

—¿Hinata?

—¡Soy Naruto!

La flor pareció escandalizada.

—¿¡Un humano!? ¡Cómo has osado…!

—¡Hinata se muere! O no sé. Tiene mucha fiebre y…

La flor rosa tembló. Tanto que sus tallos empezaron a crecer y extenderse. En un momento parecían cabellos, luego una cabeza y, finalmente, el cuerpo delgado de una mujer. Hermosa, debía de reconocerlo, pero no disfrutó de su mirada severa. Le arrebató el bastón y tras dar dos golpes en el suelo, ambos aparecieron en su hogar.

La mujer observó a Hinata un instante, luego a él. Antes de que pudiera abrir la boca extendió su mano. Algo lo expulsó de la casa, cerró puertas y ventanas.

Quedó como un simple espectador. Impotente, cayó de rodillas.

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Amanecía cuando la bruja rosada apareció de nuevo. Decidió llamarla así. Desconocía su nombre, poderes o cómo era capaz de pasearse desnuda sin problemas por el hogar de otra persona. Simplemente le miró apesadumbrada, silenciosa y después, caminó de regreso al lugar del que había salido. Si volvió a ser una flor o no, era algo que no le importó.

Entró con pasos cautelosos.

—Vaya, esperaba más efusividad.

Se arrodilló junto a ella, como un cachorro.

—Creí que ibas a morir —murmuró—. Nunca, desde que me acogiste, te vi de esa forma.

Hinata asintió. Dejó la taza de té que sostenía entre sus manos a un lado y abrió los brazos.

—Ven, cachorro humano.

Sonrió por el recuerdo y se acercó más para permitir que le abrazase. Como un niño pequeño que busca refugio.

—¿Por qué sucedió? —preguntó—. ¿Es porque pasaste mucho tiempo fuera?

—No. Mi hogar, mi mundo natural, es un lugar relajante para mí. Nunca me haría daño. Fue otra cosa. Ni Sakura ni yo podemos comprenderlo. Desconocemos la naturaleza mágica de ese cambio.

Naruto la miró. Estudió su rostro, con el ceño fruncido y los labios tensos. El mismo gesto que solía aparecer cuando no encontraba explicación a lo que ocurría al no funcionar una de sus pociones.

—Esperemos que no se repita —murmuró.

Ella asintió, algo pensativa. Naruto se puso en pie.

—Iré a cortar leña y cazar algo para la comida. Tú descansa.

Ella le miró. Por un instante, su boca se abrió y sus ojos brillaron, como si fuera a decirle algo, pero ese gesto desapareció por otro severo, dirigido más hacia ella que él.

—Sí —aceptó haciendo un gesto con la mano.

Naruto se marchó cavilando. Normalmente, Hinata le habría pedido que lo hiciera desnudo. Querría ver su musculatura tensarse.

Se percató de que una esfera oscura oscilaba alrededor de la casa. Curioso, la siguió hasta llegar a las piernas de Kurama, quien se la tragó.

—¿Qué era eso?

—Mi mensajero personal —respondió—. Ignóralo. Sólo quería hacerte venir y dado que sigues siendo un tonto, sabía que picarías el cebo.

—Maldito —gruñó avergonzado.

Se dejó caer sobre la roca que había tomado como predilecta y cruzó los brazos y las piernas.

—¿No puedes enviar algo más normal?

—¿Un dragón que te coma es normal?

—No, no lo es —bufó—. ¿Qué quieres?

Kurama se mostró algo más severo.

—Otra bruja entró en estos recintos. ¿Es correcto?

—Sí —contestó—. Tuve que llamarla. Aunque no sabía que eso se pudiera hacer. Hinata me explicó cómo.

—Cuéntame qué ocurrió, muchacho —demandó frunciendo los ceños.

Naruto le contó lo que sabía. No podía contar más. Desconocía lo que sucedió entre la bruja rosada y Hinata. Kurama, sin embargo, parecía saber más de lo que hablaba.

—Entiendo —murmuró pensativo.

—¿No vas a contármelo?

Kurama suspiró hastiado.

—¿Realmente necesitas que lo haga? ¿Por qué no pones a trabajar tu cerebro con la información que te di?

Se frotó el ceño, frustrado. Kurama chasqueó la lengua.

—Mira que eres complicado, muchacho. Te lo explicaré fácil.

Naruto asintió y, como si de un niño pequeño se tratara, se cruzó de piernas y brazos, inclinándose para captar todo cuanto dijera.

—Tú antes querías. Ella no. Ahora tú no quieres porque sabes la verdad y que Hinata morirá. Ella te ha probado alguna vez y, ahora, es la que querrá. Su cuerpo ha dilatado esa nueva necesidad y creó una fiebre como respuesta. Sudó aquello que se negaba a ti y, ahora, le queda lo que sí te acepta. ¿Lo entiendes?

Naruto asintió, comprendiendo.

—Las mujeres son complicadas.

—Las brujas son complicadas en este sistema solar —corrigió Kurama—. Las hembras humanas son más sencillas. A lo máximo te engendran un mocoso como tú.

Gruñó una palabrota.

—Una cosa, una cosa —repitió, nervioso—. Dices que me ha probado. ¿A qué te refieres?

—Semen.

—Ah. Eso es lo que… —Se miró directamente las ingles—. Sí. Sí —recordó.

Kurama inclinó los hombros, derrotados.

—Entonces, la rueda del destino está en marcha. ¿Qué harás, mocoso? ¿Crees que podrás detenerla o seguirás su sendero? Es tu turno ahora de escoger el camino. Ella ya ha decidido. O, mejor dicho, tu decisión de no continuar dándole lo que desea, ha modificado su sendero. La bruja ha escogido el sendero del placer.

Naruto tragó. Un frío escalofrío le recorrió la espalda.

.

.

Su mal presentimiento se hizo realidad días después, mientras se bañaba en el lago para quitarse el serrín y el sudor. Hinata apareció de la nada. Le observó como solía hacer, hasta que, sin previo aviso, se desnudó. Bastó un simple chasquido de dedos para que su cuerpo mostrara su completa desnudez.

Naruto tuvo que hacer uso de su mejor autocontrol para, primero: no babear. Segundo; cubrir su excitación. Tercero; no ceder a sus instintos más primitivos.

Cuando se puso en pie, dispuesto a alejarse antes de que el pecador saliera a la luz, ella lo detuvo de la muñeca.

—Naruto, espera —invitó—. ¿Por qué estás huyendo? Llevamos días sin hacer nada. Y es raro que tú te marches.

Pensaba que le estaba tomando el pelo. ¿Acaso no era consciente de qué pasaría si él se dejara llevar?

No. Ella hablaba realmente de forma inocente. ¿Y si Kurama estaba equivocado? ¿Y si ella le detendría como siempre?

Hinata lo tomó de la otra muñeca. Su boca se posó suavemente sobre su pecho, quemándole por todo el cuerpo.

—Ven.

Él dudó. Cedió, sentándose en el borde. Ella se acomodó entre sus piernas, acariciando sus brazos lentamente. Arriba abajo.

—Sé que hice una rabieta inesperada. Algo que estaba fuera de mí. Te traté como un niño y no como el hombre que eres. Lo siento. Ahora comprendo mejor por qué querías. Y sé que ahora, yo quiero.

Naruto sintió la bilis acumularse en su garganta. Se puso colorado, pálido, pero antes de poder huir de nuevo ella le rodeó con los brazos y presionó su pecho contra él.

—Naruto, las brujas no encontramos interés en machos humanos más allá del aprendizaje. Quise experimentar eso y terminó vetándote de muchas cosas injustamente. Deja que esta vez yo te…

—No. ¡NO!

La empujó. Para sorpresa de ambos. Se miró las manos, sorprendido y luego, directamente, a su rostro. Hinata levantó lentamente las cejas. Sus ojos más claros.

—Hinata, ahora sé la verdad —explicó antes de que pasara algo más grave. Hinata era capaz de convertirlo en ceniza ahí mismo—. Si nosotros nos unimos, morirás. Vuelve a ser tú misma, no escojas ese camino.

Tragó. Ella no parecía reaccionar.

—Yo puedo aguantar, con caricias y…

—Silencio.

Dio un respingo al escuchar su voz. Mágica, gutural, femenina. Su cuerpo se incendió. No de una forma literal, no ardía en llamas como si estuviera dentro de una hoguera, pero sí que sentía su piel arder, su sexo más caliente y dispuesto que nunca y el corazón bombear su sangre con tanta pasión como nunca.

Sabía que la amaba. Como mujer, como persona que le mostró el mundo y un sendero nuevo. Era muy diferente a sólo reaccionar a sus deseos corporales.

Se le partía el alma el hecho de pensar que era incapaz de rechazarla. Que su cuerpo iba a estar por encima de su mente.

¿Qué ocurre si me niego, Kurama?

No siempre te negarás. Entenderás cuándo y dónde vas a amarla y lo aceptarás. Oh, si lo aceptarás.

Kurama tenía razón. Su maldita y condenada experiencia era cierta.

Sólo podía pensar en las blancas manos de Hinata recorrer su piel morena, subir y bajar por su torso, mientras sus besos dejaban un reguero de lametones a su vez. Fue excitante ver su pequeña lengua bailar sobre su pezón, bajar hasta su estómago y reptar nuevamente hasta su cuello.

Sus senos, excitados, se movían al compás de sus gestos, atrapaban su erección entre ellos y sus malditas y condenadas caderas empujaban contra ellos como respuesta. Incluso sus manos fueron hasta esa parte de Hinata, apretándola más contra su falo. Se masturbó con ellos y ella observó entre maravillada y confusa, hasta que su semilla estalló contra su barbilla y pechos. Lamió un poco tras recogerla con su índice y, después, le miró. Pese a que su rostro demostraba cuán inocente fue, la confusión que continuaba creando el practicar lo que durante años vio, Naruto sabía que estaba decidida a continuar hasta el final.

Echó con ternura sus cabellos hacia atrás y ella cerró los ojos, sintiendo sus dedos sobre su piel cuando descendió hasta sus labios.

—Hinata —murmuró—. Te amo. ¿Lo sabes?

—Lo sé, aunque creo que esas palabras realmente no tienen valor, pues no demuestran los verdaderos sentimientos en sí y suelen usadas más para mentir que para marcar la realidad —expresó ahuecando la palma de su mano sobre sus labios. Besó la palma y, después, chupó su pulgar en lentos y suaves gestos que volvieron a endurecerlo—. Pero en ti, lo comprendo.

Bajó por su muñeca y, lentamente, fue incorporándose más y más. Sus senos quedaron a la altura de su cara y su mano derecha, apoyada en su muslo.

—Quiero que uses tu boca en mí —indicó—. Recuéstate.

Aunque no se lo hubiera pedido lo habría hecho. Se empujó hasta que sólo sus piernas colgando se mantuvieron dentro del lago. Hinata reptó por encima de él. Se detuvo un instante sobre su sexo, con las manos y los brazos temblando. Naruto pensó que lo tomaría sin más. Pero no. Continuó hasta que, frente a él, se abrió como una deliciosa mariposa.

No necesitó una invitación antes de que su boca se posara sobre ella. Escuchar su grito de sorpresa y placer fue tan maravilloso que levantó sus caderas como si de un animal se tratara, como así pudiera penetrarla.

Sin embargo, fueron su lengua y sus dedos los que se enfocaron en esa parte de ella. Disfrutó en que se dejara llevar, que organizara el ritmo para su propio placer. Se inundó de su interior, de lo que su excitación era capaz de crear en miel contra su lengua. Y la retuvo de las caderas cuando finalmente, su ansiado orgasmo la venció.

Se hizo a un lado, cayendo de espaldas y con su cabello bailando sobre el césped en copos de estrellas. Naruto se volvió para observarla. Maravillándose de su hermosura. De la virginidad de todo. Sintiéndose poderoso, increíblemente dominante, se incorporó de un salto y la cubrió con su cuerpo.

Hinata ahogó un quejido de sorpresa y lo aferró de los hombros.

Este es el momento, Hinata, detén esto. Detenme.

No lo hizo. Sus manos descendieron hasta su cintura y apretó sus nalgas. Su sexo quedó apresado entre ellos.

—Hazlo. Los hombres sois así.

—Hinata. Hinata. Hinata.

La besó repetidamente, entre beso y beso. Ella se movió bajó él para abrir sus piernas, para oscilar en busca de la extensión de su cuerpo que debía de proclamarlos como uno solo.

Naruto se perdió por un instante en sus ojos. Podría apoyar sus palmas sobre la hierba a cada lado de su cabeza y alzarse, echar a correr, perderse antes de cometer esa locura. Y, sin embargo, sólo apoyó una. La otra fue hasta su propio sexo para guiarse. Con la misma torpeza de una primera vez y el ímpetu de un hombre joven, la poseyó.

Hinata le clavó las uñas, expulsó el aire en un gruñido y abrió tanto los ojos que parecieron estrellas diminutas. Esperó, impaciente. ¿Acaso ocurriría sin más? ¿Al mismo momento en que rompiera la barrera? Sin embargo, Hinata misma se movió contra él, mordiéndose el labio inferior.

—Naruto —suplicó—. Más… menéate más —demandó. Con las mejillas enrojecidas y la voz tímida.

Su cuerpo respondió. Su mente se nubló, enfocándose en el deseo, en el hecho de que ella finalmente estuviera rodeándolo, tragándoselo por completo, desde la punta hasta la base, con sus testículos bailando en sus movimientos contra ella, una y otra vez.

Cerró los dedos alrededor de la hierba, arrancando briznas. Ella se aferró a su brazo extendido, con su boca abriéndose y cerrando en pequeños suspiros. Su mano libre necesitaba ocuparse, bajó hasta sus senos, apretó uno, luego el otro, los pellizcó hasta que se enrojecieron y el pezón se excitó, duro y tenso, lo suficiente como para ser una maravilla secreta en su boca cuando chupó.

Le tiró de los cabellos.

—No, no, mírame —rogó—. No dejes de mirarme. Mírame mucho.

Él obedeció. Mientras se movía sobre ella, escuchaba el sonido de sus cuerpos unirse, la humedad de ella empaparle y la calidez recibirle una y otra vez. Hinata se había ensanchado a él, para él. Su vientre, contrayéndose, dispuesto a recibir su semilla.

Repentinamente, justo antes del clímax, Hinata levantó su mano. La posó en su mejilla. Se percató de que lágrimas surcaban su rostro.

Detente. Maldito estúpido. Detente las condenadas caderas.

No lo hizo. Embistió con más fuerza, ansiando la liberación. Marcarla como suya, entregarle su capacidad para crear vida.

—Naruto —murmuró ella—. Gracias. Gracias.

Cerró los ojos. Un parpadeo tenue. Su cuerpo estremeciéndose.

Se arrodilló, sosteniéndola de las caderas mientras, en una última y flamante embestida, terminó. Se vertió en ella. Sintió su orgasmo rodearlo y palpitar a su vez y, en un abrir y cerrar de ojos, ella desapareció.

Minúsculos trozos de triste polvo volando en el aire. Una suave caricia de despedida.

Se abrazó a sí mismo y gritó.

.

.

Los meses transcurrieron con los cambios de estación. Las noches de luna llena eran como puñales. Los cielos estrellados como serpentina de una amargura asfixiante. Nunca en su vida pensó que podría odiar la noche como en esos momentos.

La casa también era una caja de recuerdo dolorosa, así que únicamente la visitaba cuando debía de usar el caldero para crear pociones. Podía vivir de la caza y el trabajo de crear una cabaña para él le mantuvo ocupado durante los primeros meses. Después, llegó la desolación.

—Nunca se pasará. ¿Verdad?

Kurama le miraba siempre con la comprensión de compartir el mismo sino.

—Nunca —aseguró—. Por más que pruebes a otras mujeres, su recuerdo nunca desaparecerá. Será como aquel plato de comida de tu madre que siempre recordarás, pero jamás volverás a catar.

Naruto solía encogerse de hombros y mirar a la lejanía.

—De todas maneras, no quiero ninguna otra.

Kurama no solía comentar nada a cuenta de eso. Alegaba que los humanos le habían decepcionado tanto que no apostaría porque no pasara algo con él.

Sin embargo, el tiempo pasaba, pero el recuerdo y el anhelo no.

—Necesitas de más compañía o te volverás loco —aconsejó Kurama—. Y cuando hablo de compañía, no es de mí precisamente de quien hablo.

—No la necesito.

El demonio solía transformarse en una miniatura suya en esos tiempos. Decía que ya no era necesario que continuara siendo tan grande y desgastando energía inútilmente. Así que prefería presentarse de esa forma, que, para Naruto, le hacía verse como algo adorable más que temeroso, como Kurama creía.

Kurama no fue lo único que cambió desde la muerte de Hinata. Los dragones decidieron emigrar. Aseguraban que llegaba la época de celo y debían de encontrar más como ellos. No prometieron regresar. Naruto tampoco esperaba que regresaran. Al fin y al cabo, Kurama ya le advirtió que el tiempo provocaría que la isla dejase de ser como era para prepararse para la llegada del ser humano. No lo preguntó jamás, pero quizás su presencia agilizó ese cambio.

Sin embargo, el cambio más significativo llegó cuando ella apareció.

Sin mediar palabra, sosteniendo una botella entre sus manos, caminó hasta el lago. Naruto la siguió con la mirada y cuando se detuvo para mirarle, se percató de que le parecía familiar.

—Ven aquí, humano.

La orden fue severa e imposible de desobedecer. Juraría que hasta sus piernas se movieron solas.

Se detuvo junto a la mujer.

Al estar más cerca de ella pudo notar que bailaban estrellas de su cabello y que su túnica, tenía motas de polvo estrellado por la túnica, que oscilaba en ramas oscuras semejantes a las cortinas rasgadas que Hinata solía remendar.

—¿Quién eres? —preguntó anonadado—. ¡Eres una bruja! ¡Una bruja de las estrellas!

Ella frunció el ceño, chasqueando la lengua.

—Qué perceptivo —soltó irónica.

—No le juzgues demasiado. Es humano.

Ambos miraron hacia atrás. Kurama se había acercado a ellos, sentándose mientras los miraba en espera.

La bruja suspiró.

—Te dije que podía cumplir tu deseo, no el de un humano. Es patético que malgaste algo así en… él.

Naruto los miró a ambos.

—¿Os conocéis?

—Simplemente, mi tiempo no sirve para malgastarlo en un deseo que durará nada. —Kurama desvió la mirada y la conversación.

Por suerte, la bruja no.

—Bah. Conocerte y deberte un favor siempre fue mi pecado.

Kurama hizo oídos sordos, dándoles la espalda.

—Él aún está a tiempo. —Se detuvo para mirar por encima de su hombro hacia ellos—. Gracias, Hanabi.

La bruja chasqueó la lengua.

—¡No digas mi nombre porque sí! —protestó la nombrada enrojeciendo—. ¡Vete, mala bestia!

Kurama soltó una carcajada cruel y se alejó.

—¿Le debías un favor? No creo que exista un ser peor al que deberle un favor.

—Ni te imaginas —reconoció ella rebuscando entre sus ropas. Con los dientes, quitó el tapón de la botella. Naruto reconoció ciertos olores provenir de su interior—. Dame un mechón de pelo. Y por todas las constelaciones, que no sean ni de tu barba ni de tu entrepierna. Ya tengo suficiente de hombres guarros.

Sin comprender por qué, se arrancó algunos de la nuca, quejándose al hacerlo. Ella se los arrebató. Al contrario que Hinata, cuyas uñas siempre eran blancas, la de Hanabi eran oscuras y brillaban de dorado.

—¿Tu nombre?

—Naruto —respondió intrigado.

—¿Vertiste tu semilla aquí?

—¿Qué? —cuestionó enrojeciendo.

Ella chasqueó la lengua de nuevo.

—No tengo tiempo. Hay un dichoso margen de tiempo para hacer esto. Si no terminamos a tiempo, adiós muy buenas. ¿Vertiste tu semilla aquí?

Miró el lugar. Fue el último lugar donde yació con Hinata. Muchas veces pensó en poner una cruz, pero pensaba que era algo tan humano que podría ser insultante para Hinata.

—Sí —respondió cuando ella parecía estar a punto de arrancarle la lengua—. Bueno, no en la hierba en sí, imagino que algunas gotas cayeron, pero…

¡Por todas las renacuajas! ¡Era tan vergonzoso hablar de ello!

—Bien.

Ella le dio la espalda. Vertió polvo sobre el suelo y, después, lo roció con el contenido de la botella. Después, pateó la nieve alrededor para que cubriera la zona. La nieve se endureció como la coraza de un dragón. Le dio unos golpecitos.

Después, se volvió hacia él, entregándole el bote.

—Durante quince meses has de recoger rayos de luna y verterlos dentro de esta botella —explicó. Debió de ver su cara de idiota, porque añadió, suspirando—. Sólo tienes que poner el frasco debajo de un lugar donde de la luna. El bote los absorberá por sí solo, formando una pasta blanca. Entonces, deberás de verter también un poco de tu semilla. Vendrás aquí, en este punto y verterás el contenido durante ese tiempo. No falles un sólo día.

—¿Para qué? —preguntó sin comprender.

La bruja sacó un bastón retorcido del sombrero de estrellas.

—Para que la magia se obre.

Después, golpeó el suelo y desapareció.

.

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Quince meses después, la última noche, Naruto vertió el último frasco con las indicaciones que la bruja dejó. No volvió nunca más. Y aunque le daba cierta vergüenza reconocer que masturbarse cada noche para ello, empezaba a albergar cierta esperanza.

Especialmente, cuando al día siguiente, una tímida hoja asomó por entre la nieve, rajando la carcasa que la bruja creo.

Kurama se acercó a él. Parecía más pequeño, más agotado.

—Funciona —indicó—. Una flor todas las renacuajas del bosque. Y una estrella. Líquida, por supuesto. Ya que en la tierra no germinan del mismo modo.

—¿Una estrella y una flor del bosque? —preguntó. Entonces, recordó a la bruja rosada—. ¿Va a nacer una bruja?

—Sí —respondió Kurama. Un deje de añoranza en su voz.

Naruto se arrodilló frente a él.

—Tú guardabas ese favor con la idea de revivir a tu bruja.

—Sí —reconoció con la boca tensa—. Esperé mucho tiempo. Preguntándome si debería de hacerlo o no. Sin embargo, nunca lo hice. Ella no podría amar a una bestia, que fue en lo que me convertí. He pensado que quiero reunirme con ella tras mi muerte. Eso será suficiente para mí. Sin embargo, tú eres joven y tu vida es mucho más corta que la mía. También, eres humano y puedes responder a sus deseos.

—La mataré de nuevo —murmuró—. Verla convertirse en polvo y cenizas delante de mí de nuevo…

—No tendrás por qué —descartó Kurama—. Era mi deseo. Quería que ella regresara a mí sin esa maldición con la que nacen las brujas. Para ello, has de entregar parte de tu esencia o vida. Los humanos tienen esa maravillosa habilidad propia desde su nacimiento. Sí, se necesitan dos para eso, desde luego. Un hombre y una mujer. De ahí tu semilla.

—¿Y mi cabello?

Kurama se echó a reír.

—A Hanabi le chiflan los cabellos humanos que parecen parte de su mundo. Eres rubio y eso lo enlaza con el sol. Simplemente, te tomó el pelo con eso.

—Pero lo echó…

—Sólo hizo parecer que lo hacía. También conserva parte de mi pelaje, la muy… —cerró la boca, bufando—. En fin. Ahora, sólo queda que ella decida nacer.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Apresurarse no sirve de nada en estos casos, chico —recomendó el zorro—. La vida es muy corta para vivir apresurado. Cada cosa tiene que suceder. Ah, este consejo sólo funciona en humanos. Por cierto, te recomendaría que te lavaras y te cortaras la barba. Apestas.

Naruto se olisqueó. Pensaba que podría pasar otra semana sin bañarse, pero no. Era cierto. Y la barba casi le llegaba al pecho. La soledad había sido dura para él.

Observó la flor y después, decidió que era hora de un buen cambio.

Nunca más volvería a ver a Kurama.

Jamás pudo darle las gracias.

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La flor se abrió una noche de primavera mientras comía caracoles hervidos. Siempre los había odiado. Hinata aseguraba que era una gran fuente de nutrientes. Al final, terminó por acostumbrarse lo suficiente a ellos como para poder comerlos sin que su estómago decidiera que era suficiente baba.

Desde que tuviera conocimiento de que en cualquier momento la bruja podía nacer, cenó, durmió, comió, cortó leña o cualquier otra actividad, la hizo junto a ella. Solía sentarse durante horas hablando y hablando y a medida que sus hojas iban abriéndose, su impaciencia aumentaba.

Cuando finalmente, ese día, volvió a verlo y, aunque parecía igual de asqueroso, esa vez fue diferente.

Se arrodilló junto a la flor y extendió sus manos. Ella las tomó hasta que, finalmente, sus pies salieron y lo que quedaba de flor, se marchitó, convirtiéndose en cenizas y polvo. La bruja jadeó, aceptando el aire en sus pulmones, aprendiendo a respirar de nuevo. Parpadeó para que sus ojos se adecuaran y su cuerpo entero comenzó a adoptar lo que ya conocía de ella: las estrellas bailando en su pelo, su sombrero, su túnica danzarina, su bastón, su aroma…

Sin darle tiempo a pronunciar palabra, la besó. Hinata pareció dubitativa al beso, hasta que correspondió.

—Me has matado —le dijo severo—. Y he vuelto a nacer contigo, bruja perlada.

Ella se echó a reír. Una sonrisa cálida.

—Bienvenida a casa.

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—¿Esa bruja era tu hermana? —cuestionó sorprendido—. Pensaba que no teníais hermanas o cosas así. Ya que no nacéis de un mismo vientre y…

—Pero sí de una misma estrella. Se puede separar en dos o en una —explicó Hinata mientras movía un dedo para que la manta cubriera la desnudez de ambos—. Es algo como las humanas. Sin embargo, ella nació de otra flor y lugar distintos al mío.

—Kurama dijo que usó una estrella líquida esta vez.

Hinata asintió. Jugó en círculos con su dedo.

—En realidad, Hanabi incumplió muchas reglas por hacer esto. Las estrellas líquidas no son permitidas, porque lo consideran como magia negra. Sin embargo, es lo mismo que usar el semen humano para crear pociones de fertilidad.

—Ahora que lo dices… —reflexionó. Apoyó la cabeza sobre sus brazos—. Tuve que usar el mío para eso.

—Ya te dije que era muy fuerte —recordó ella.

—Sí, sí —descartó—. Lo que me preocupa es si eso no te convierte en mi hija.

—No —negó ella—. ¿No te enseñé que en la magia los ideales humanos no funcionan igual? Ya deberías de saberlo. La gente no nace de flores, por ejemplo.

Naruto asintió y miró al techo, donde pequeñas estrellas danzaban iluminando un techo nocturno. La chimenea alumbraba el resto de la casa.

—Hinata. ¿Cuánto tiempo durará esto?

Hinata cerró los ojos, soñolienta.

—No tengas prisa, Naruto —recomendó—. Amarte lleva su tiempo y la vida. Iremos paso a paso esta vez. Esperé a que fueras adulto. Puedo esperar a que las estrellas cambien. Y tú esperaste mi nuevo nacimiento. La paciencia es algo que ya hemos curtido. Vivamos el momento.

Las estrellas del techo danzaron hasta formar dos palabras. No pudo evitar sonreír.

Hinata, que no le daba importancia a las palabras que consideraba banales de los humanos, las usaba hacia él. Con él.

Te amo.

—Yo también te amo.

Ella suspiró en sueños.

Tenía muchas cosas que contarle. Otras que preguntarle. Le gustaría que le hablara más de su hogar. De cómo convertir una estrella en líquido. De cómo era la sensación de nacer de una flor.

Sabía que también podían usarse como transportador de emergencia, como vio a la bruja rosa. Su flor creció de nuevo poco después y aunque se mantuvo hibernando hasta que Hinata regresó, Naruto estaba seguro que de nuevo volvería a aparecer una cabeza rosada de necesitarlo.

Hinata nunca le contó qué pasó ni cómo la curó cuando enfermó. Había secretos de las brujas que serían eso, secretos, hasta el fin de sus días.

Por supuesto, Hanabi no les visitó de nuevo. Hinata le explicó que al contrario que los humanos, las brujas no sentían sentimientos fraternales en sí por sus hermanas o por las demás brujas. Podía existir la amistad, el respeto y el intercambio de información, pero no necesitaban de esa necesidad de ver a sus semejantes. La añoranza no era algo que poseyeran.

—Entonces, cuando muera. ¿No me echarás de menos?

Hinata respondió con la misma sinceridad de siempre.

—No lo creo. Reconoceré que eres la cosa más importante en este momento, pero no, quizás, la del futuro. Cuando se agote, se habrá agotado y no servirá de nada arrastrarlo. Pero hasta que te mueras, Naruto, queda mucho tiempo que pienso disfrutar.

Suspiró.

—Esa forma de pensar es tan fría que no va con tu calidez.

Hinata se encogió de hombros, restándole importancia al asunto. Ella era una bruja, un ser superior a los sentimientos humanos. Suficiente con que se hubiera enlazado a un humano. Con que amara a uno.

—¿Y cómo planeas disfrutar del tiempo? ¿Sexo?

Ella se ruborizó.

—¡Claro que no sólo será de eso! —exclamó—. Hay muchas más cosas que hacer. Parece mentira que no hayas aprendido nada.

—He estado mucho tiempo sin sexo. ¿Sabes? —le recordó—. Oh, bueno. Sólo era mi mano y mi falo.

—Vulgar —regañó arrugando la nariz—. No importa. Ya no tendrás que pasar por eso más. Podremos cazar mariposas juntos. Reírnos de cuando te tropieces en la nieve.

—Claro, porque la señora se dedica a flotar y a mí me deja a la buena suerte —protestó poniendo los ojos en blanco—. ¡Injusticia! ¡Abuso de poder!

Ella se echaba a reír. Era tan agradable escuchar de nuevo ruido en esa casa. De comprender que la calidez volvía para arrasar con las nubes y la oscuridad que durante el tiempo de espera lo asfixiaron.

Finalmente, tras tanto dolor y pérdida, podía volver a llamarlo: hogar.

FIN

6 De febrero del 2021

Gracias por volar conmigo en esta escoba. Es hora de aterrizar.

(1): Lucecitas que se ven durante un tiempo, a veces incluso al cerrar los ojos, normalmente después de haberse expuesto a una luz muy intensa, y que impiden ver con claridad.

COMISIONES ABIERTAS.

PD: Hay otro final en el que Hinata la espicha =) Pero papá Noel ganó el pulso, Tsk.