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Kageyama
– Estamos en guerra.
Kageyama no sabe contra quién o por qué, pero aquello es lo primero que llega a sus oídos al colocar un pie dentro de la cafetería donde se gana la paga.
Son las tres de la tarde de un martes, y asume que no debe haber casi clientes, porque la voz de Oikawa se escucha perfectamente hasta la habitación que usan para cambiarse el uniforme, aún con la música de k-pop sonando a un volumen moderado por los parlantes. Kageyama no está seguro si es una de las típicas excentricidades del mayor, o si lo está diciendo completamente en serio que, tratándose de Oikawa, viene a ser lo mismo la mitad del tiempo.
Los rostros de sus demás superiores y compañeros – que reflejan la pena ajena hacia el otro –, cuando él ya ha salido portando la camisa junto al chaleco y delantal, no le dan ninguna pista de lo que ocurre, así que lo deja pasar.
Kageyama no tiene del todo claro cómo fue que termino aceptando trabajar en el mismo lugar que aquel que le aborrecía en la escuela media y superior, pero tiene mejores cosas que hacer en ese momento que detenerse a pensar – de nuevo – en eso.
Cómo huir de la pregunta que ve formarse en los iris de Sugawara y Daichi, porque ha llegado una hora antes de la que le corresponde, lo cual quiere decir que se ha retirado antes de la práctica, y ha comenzado a lustrar una de las mesas del fondo del local, que obviamente no lo necesita porque brilla como recién encerada, pero Tobio no se quiere dar por aludido.
Afortunadamente, ninguno de los dos le interroga, dejándole a sus anchas. Y es que es más importante parar a Oikawa y su monologo bélico antes de que llegue algún cliente, qué inquirir en el comportamiento de un universitario recién ingresado. A él no le molesta la falta de interés, desde luego, y lo agradece de corazón, porque no quiere hablar de sus patéticas penas.
Sin contar a los dos que trabajan en la parte trasera, en panadería y pastelería – que ellos llaman cariñosamente como "la cocina" –, son seis personas que atienden mesas y preparan café y batidos en cada turno, que dejando de lado aquel trabajo de medio tiempo y el club de voleibol universitario, con los que hacen malabares, no poseen mayor cosa en común.
A Kageyama no le incomoda, en realidad le agradan sus compañeros – con excepción de Oikawa –, y los considera como una pequeña familia, disfuncional, pero familia al fin. Porque los ve a diario más que a cualquiera de sus compañeros de clase y, viviendo completamente solo, le alegra tener un espacio que le recuerde al menos una pizca a su hogar.
Eso no quiere decir, que se muera por comentarle a los demás sus penas amorosas que no le dejan en paz.
No, definitivamente prefiere enfrascarse en el trabajo que caer en eso.
Aquel es un día particularmente bajo, por lo cual no ven mayor flujo de clientes hasta casi las ocho de la noche, y se han dedicado a pasar el tiempo muerto con charlas y apuestas para adivinar la siguiente canción en cola.
El café donde trabajan está en una vieja plaza de Sendai, un lugar bastante concurrido durante los sábados y domingos, pero entre semana es más tranquila que otra cosa. Exceptuándolos a ellos, hay una pastelería dos locales a la izquierda y, del otro lado de una fuente que tienen justo en frente, hay un viejo restaurante de comida tradicional japonesa, el cual Kageyama nunca ha querido pisar y que, en palabras de Moniwa, lleva en el distrito casi un siglo.
Son los únicos establecimientos de comida en casi toda la cuadra, y su café es el más popular, aunque no haya una vara alta a la cual llegar. La pastelería dos puertas más allá abre un día sí y un día no, y – por lo que ha escuchado de mujeres quisquillosas – sus dulces tienen demasiada harina y demasiada azúcar como para saber realmente bien; y el restaurante no tiene clientela mayor a ancianos a que rumean obscenidades a las adolescentes y con pintas de quejarse por los tiempos modernos.
O, al menos, eso es lo que pensaban antes, porque desde hace un mes que no dejan de ver grupos de mujeres y jovencitas – las mismas que van al café a suspirar alrededor de Oikawa, y si no lo son, al menos tienen la misma apariencia y edad –, así como también a parvadas de estudiantes de secundaria aún los uniformes puestos, entrar al local y no salir hasta casi hora y media después, tiempo que Kageyama calcula es lo que debe demorarse un almuerzo o cena entre charlas.
Mismo mes en el que, se da cuenta ahora, su clientela ha empezado a disminuir.
Se le pasa por la cabeza que tal vez a eso se refería su insoportable superior con lo de estar en guerra.
– No tú también, por favor – suspira Sugawara cuando se detiene junto a él en la máquina de café. Lleva una bandeja con tartas y panecillos, pero al parecer soltó lo último en voz alta sin darse cuenta, como a veces le pasa, interrumpiendo el trayecto del mayor –. Esto no es ninguna guerra, ahí trabajan nuestros amigos, así que, si acaso, podríamos llamarlo una competencia.
Tobio sabe lo que es la oferta y demanda, y que los competidores no solo se restringen a una cancha, pero en su cabeza no termina de encajar que un lugar a donde solo iban ancianos hasta hace poco, pueda llegar a ser rival para ellos, cuyo establecimiento parece sacado de una película extranjera que su hermana una vez le obligo a ver.
No le dedica mucho tiempo a esa idea, porque una familia acaba de entrar con dos niños que gritan como posesos por una tarta de chocolate, como si no fuera muy tarde para darle azúcar a engendros ruidosos. Suga está atendiendo a un par de colegialas, Moniwa está preparando ordenes de batidos en la cocina, y Daichi salió a la parte trasera del local a recibir a proveedores, así que sabe que le toca a él atenderles, ya que a Oikawa y a Futakuchi se les da pésimo los niños.
A él no es que se les den bien, pero al menos los mocosos dejan de gritar, presos del miedo al ver su rostro permanentemente fruncido, a diferencia de con los otros dos que no logran callarlos ni al hablar más alto que sus lloriqueos mientras preguntan por la orden de los adultos.
Afortunadamente, no hay más familias con críos insoportables por lo que resta de jornada, porque uno de los mocosos anteriores le derramo su pedido en el pantalón, y Kageyama debe atender a los pocos clientes que llegan antes de la hora del cierre con la sensación viscosa y húmeda del betún de chocolate a través de la tela que intento lavar, debido a aquel fue un buen día para olvidar su uniforme de repuesto.
Suspira con alivio cuando el reloj da la medianoche. Sinceramente no entiende porque una cafetería permanece hasta aquellas horas, pero no lo pregunto cuándo lo contrataron hace meses, así que no lo va a hacer ahora. Menos cuando Nishinoya, el pastelero, les obsequia a todos galletas que coloca a hornear a última hora solo para ellos.
Está extrañamente agotado desde la primera hora de trabajo, aún a pesar de que no fue un día pesado ni nada por el estilo.
Le toca caminar con Daichi la mayoría del trayecto, ya que ambos viven en la misma calle, pero la residencia del mayor es un complejo de edificios nuevos y modernos que se encuentran al principio, contrastando con el viejo edificio que tiene pinta del siglo pasado donde él vive, y que está al final de la calle.
No se está quejando, a Kageyama de hecho le gusta su vivienda, porque es un edificio pequeño de no más cuatro pisos, y no hay tantos inquilinos, sólo algunos ancianos y uno que otro chico de su edad.
Van casi todo el camino hablando de voleibol, y es que es casi lo único que Daichi conoce que puede interesarle al otro, por momentos quedándose en silencio que no le resulta incomodo a ninguno, y aún cuando Kageyama tiene una interrogante danzándole en la cabeza – y que podría ser respondida por el otro –, no la suelta, continuando todo el viaje en aparente calma, hasta que llegan al inicio de su calle, y deben de despedirse.
La calle es más bien una pequeña ladera, a la que ya se ha acostumbrado con el pasar de los días, y a la que le ha agarrado el gusto cuando sale a correr en la madrugada y fines de semana. Le recuerda un poco a la colina que tenía que subir en los entrenamientos de preparatoria, pero esta es menos empinada y corta en comparación.
No escucha, porque va perdido en sus pensamientos y recuerdos, el chirrido de unos pies que corren presurosos sobre el asfalto en su dirección, pero sí siente – y es que no es insensible – el impacto de su cuerpo sobre la acera, al ser derribado por una chaqueta esponjosa y una mota de cabellos naranja, a solo unos cuantos metros de los escalones de la entrada del complejo.
Si se lo preguntan – y sabe que nadie lo hace – Kageyama no quería tener que encontrarse justamente con esa persona, aún cuando sus pensamientos hayan estado rondando alrededor de él todo el día.
– Buenas noches, Bakayama.
– Hola… Hinata.
He aquí una nueva historia que quizás nadie siga... pero seamos optimistas y pensemos que sí (?)
Meh, soy sólo yo, volcando un poco de mi experiencia personal y un sueño parecido a una novela que tuve hace no mucho. So, let's see what happens (?)
Esto no es todo, amigos, ¡Nos seguiremos leyendo!
