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Hinata

Mudarse solo justo después de terminar la preparatoria, parece jodidamente fácil y genial en los doramas que a Natsu le gusta ver los sábados en la tarde. Pero Hinata está descubriendo que no, que puede ser genial – algunas veces –, pero que definitivamente no es fácil.

No sabe realmente de donde salió la idea de marcharse a otra ciudad, completamente lejos de su madre y hermana, aún cuando continúan en la misma prefectura. Agradece haber nacido como el hermano mayor, y que las labores de niñero se le hayan sido encomendadas en lo que tuvo la estatura suficiente para alcanzar el buro de la cocina, porque de lo contrario – y está muy seguro – en estos momentos no sabría ni como freír un huevo.

Conseguir un departamento debería haber sido lo más difícil, pero no, tuvo bastante suerte, de hecho, de haber conseguido uno cerca de una zona comercial y no tan lejos de una estación de tren. No piensa mucho en el costo del alquiler, porque sus otras opciones eran horriblemente más caras.

Aprender a utilizar la lavadora de su nuevo hogar no fue tan tedioso, la limpieza es algo a lo que está más que acostumbrado, y el libro de recetas que su mamá le regalo en segundo de secundaria le ha salvado de vivir solo a base de preparaciones de arroz, huevo y pescado ahumado, porque no es precisamente creativo en la cocina, y Natsu puede dar fe de ello.

En términos de cuidado del hogar, se podría decir que lo tiene dominado.

Es el resto de las responsabilidades y retos que vienen con la adultez, lo que sobrepasa en ocasiones a Hinata, provocándole deseos de volver el tiempo atrás, hace apenas un año, donde aún era un chiquillo al que lo único que le importaba era el voleibol y su pareja. Ugh.

Hinata no sabía lo complicado que era tener un trabajo que te ayudara a subsistir, que te diera de comer y de vestir. Aquellos últimos meses le han hecho admirar a su mamá más de lo que ya lo hacía, y es que ahora entiende que no debe haber sido nada sencillo ser madre soltera y haber tenido que alimentar a dos pozos sin fondo como lo son él y su hermana, sumándole también el vestirlos y comprarles cosas para la escuela.

Su madre es una santa y nadie puede venir a decir lo contrario.

Se tuvo que enterar de lo difícil que era conseguir un empleo sin referencias ni currículo, porque podar el césped de sus vecinos o ayudar a ordenar paquetes en la tienda de su – ahora – antiguo entrenador, no contaban, y lo único que tenía eran sus habilidades atléticas y sociales para hacerse migas con cualquiera – cuando dejaba atrás su nerviosismo y complejos de altura, claro. Lastimosamente, su carisma no le ayudo a conseguir laborar en ningún lugar donde se postulara, y tampoco podía pedirle a su entrenador, o a alguno de los amigos de éste, que le contrataran, sabiendo que apenas y tenían para darse un sueldo a ellos mismos teniendo negocios familiares.

De hecho, Hinata no estaba seguro de que existiera dicho sueldo.

Agradeció enormemente, en su momento, a los santos dioses de la borrachera – y lo negara completamente delante de su madre si le pregunta –, aquella noche hacía dos meses, en que se puso a tope de cerveza en una reunión con sus amigos y antiguos senpais de preparatoria, donde dejo correr sus desgracias de adolescente recién independizado y Tanaka, uno de los senpais con los que se llevaba de maravilla y era tan cercano como la uña y la mugre, llego a su auxilio con la solución a sus problemas de trabajo – o la falta de ellos, mejor dicho.

Hinata, en medio de su alcoholización – y su estupidez, como diría como diría uno de sus compañeros –, acepto de inmediato, sin pensar siquiera en los inconvenientes del cargo.

¿Qué tan difícil podía ser trabajar de mesero?

Tal vez debió prestarle atención a la expresión de Ennoshita esa noche.

Obviamente, al no tener experiencia de ningún tipo en el ámbito laboral, Hinata no tenía idea de lo horrible que era la faena de atender al público. Estaban desde aquellos que preguntaban que se podía quitar y que no de cada platillo del menú, arrebatándole una hora de su tiempo, mientras él permanecía de pie con libreta en mano y sonrisa en cara; pasando también por las madres que aparentemente nunca escucharon de la palabra "disciplina", y permitían a sus retoños ir a sus anchas, quienes consideraban el colmo de la diversión saltar sobre las sillas y arrojar comida a los demás. Probablemente jamás se acostumbraría a los viejos verdes que intentaban palmearle el trasero, o acariciarle con sutileza los muslos cuando tomaba sus órdenes, y Hinata nunca había odiado tanto tener buen cuerpo por el ejercicio. Agradecía encarecidamente, eso sí, que de los clientes que se ponían burdos a pegar griteríos e insultos por cualquier cosa de su plato – porque sus madres no debieron haberlos educado –, se encargaban casi siempre Saeko, la hermana mayor de Tanaka, o Eita, o el mismo Tanaka, o cualquiera de sus otros compañeros, porque él no sabe qué tanto más puede llegar a soportar.

Están en medio de una plaza comercial, pero para su fortuna, el restaurante no es especialmente concurrido la mayoría de los días, así que no debe lidiar con todos los tipos de clientes en una sola jornada. Y, gracias a la llegada de Bokuto, un nuevo cocinero, y a Tsukishima, un nuevo mesonero – con quien Hinata oscila a diario en los extremos de detestar y tolerar –, quienes han insistido en crearle una red social al restaurante, se podría decir que han empezado a atraer clientela más joven y atractiva, lo cual desemboca en un poco más de dinero en su bolsillo.

Aunque no está del todo seguro si es la red social lo que les ha ayudado, o la innumerable cantidad de fotos de Saeko y de la cara de niño bonito de Tsukishima, los que le realmente han traído más comensales. A él le vale, a decir verdad.

En serio, nunca se imagino que la vida adulta pudiera ser tan costosa. En esos dos meses trabajando, ni siquiera se ha atrevido a pisar la cafetería que queda justo en frente del restaurante, aún cuando sabe que ahí trabaja Nishinoya, otro de sus antiguos y queridos senpais, y se muere por probar uno de sus pasteles. Hinata sabe que ahí también trabaja su vecino, y que cualquiera de los dos podría apartarle un pastel sin problemas, pero aquel lugar, que tiene una fachada sacada de revista, tiene toda la pinta de que haría volar su billetera apenas cruce la puerta.

Ya le cuesta bastante ganar su salario para comprar los comestibles necesarios más pagar el arriendo, como para venir a gastarlo en antojos. Se conforma con las galletas que su antiguo senpai le trae cuando termina su turno, pero Hinata no está dispuesto a aceptar un pastel gratis, porque sabe que seguramente sería descontado del sueldo del otro.

Gracias, pero no gracias.

Si realmente hubiera prestado atención o visto completo los doramas junto a su hermana, sabría que es perfectamente normal tener ansiedad por haber salido de la zona de confort que era el nido parental, por tener de un día a otro cuentas que pagar, que no es raro evitar responderle a su madre cuando pregunta por la universidad – porque si no es voleibol no sabe que más hacer con su vida, además de que no cree poder aprobar el examen para ingresar en alguna para empezar –, y por último querer llorar porque maldita sea, se quemo el microondas con la última tormenta eléctrica y eso no estaba en el presupuesto del mes.

Y entiende que sí, aquello debe ser normal porque, bueno, es un ser humano con sentimientos como todos los demás, pero aún así se traga sus problemas y dificultades, hasta que dé la hora del cierre y él pueda volver a su casa a arrebujarse bajo las mantas, fingiendo que el mañana no existe.

Las miradas de sus compañeros le dicen que no lo está escondiendo tan bien como quiere creer. Pero Hinata es terco y así se morirá.

Lo bueno – o tal vez no tanto, sin embargo tiene que decirse algo para animarse –, las preocupaciones de adulto mantienen a su mente ocupada, evitando que caiga en aquellas cosas que no quiere, aunque sabe que debe, pensar. Como el hecho de que aún no sabe como sentirse después de los hechos del último el año, cuando el pasado de vez en cuando le golpea o le visita durante llamadas con sus amigos.

O, del hecho de que está un poquitín – demasiado bastante – enamorado de su vecino.

– Kageyama…

Uno de los beneficios que le ha encontrado a vivir solo, es la deliciosa y reconfortante privacidad de la que ahora puede disfrutar, sin tener que preocuparse porque alguien entre a su habitación al escucharle gemir de lo lindo, mientras se masturba como un total pervertido pensando en el hombre de un metro ochenta que vive al lado.

Oh, bendita intimidad.

No es un enamoramiento reciente. Hinata recuerda a Kageyama de la secundaria y preparatoria, siempre viéndole de lejos desde las gradas en los torneos, antes de que el otro se graduara un año antes que él. Karasuno no era un mal equipo, pero nunca pudo llegar a enfrentarse a la Aoba Johsai cuando el mayor estudiaba ahí. Eso no detuvo, desde luego, a Hinata de siempre haber querido estar de pie en la misma cancha que el otro, aún cuando el entrenador de éste no le dejara jugar tanto.

– Lo admiras demasiado – recuerda que le dijo su ex novio en una oportunidad, con voz de sincero hastío mientras hablaban por teléfono, porque Hinata llevaba repitiendo el nombre de Kageyama desde que le había visto en su último partido de la InterHigh.

Sinceramente, nunca espero que se convirtieran en vecinos, ni que se volvieran amigos que compartían una taza de café y charlas en el balcón cuando sus horarios coincidían.

Nunca creyó que lo volvería a encontrar, empezando por ahí.

Cree que puede adjudicarle algo de mérito a su amistad, a la extraña rivalidad – que se tiñe de complicidad – que despertó el día que cruzaron miradas por primera vez en el ascensor, la única vez que funciono. Aún no sabe cómo ni por qué, pero viven retándose desde entonces a cualquier estupidez, desde quien llega primero subiendo por las escaleras, hasta quien corre más rápido a tirar la basura. Matsuidara-san – la anciana decrepita que vive en el piso de abajo, y a la que Hinata le tiene un particular miedo – más de una vez les ha amenazado a los gritos con reportarlos con el casero, a quien realmente no le importa lo que hagan, con tal de que dejen de armar jaleo.

Hinata no tiene idea de si Kageyama le habrá visto durante la secundaria o preparatoria, pero no le interesa preguntarlo, porque ya no son desconocidos ni jugadores que podrían llegar a ser rivales.

Aquel día han decidido cerrar particularmente temprano el restaurante, unos veinte o treinta minutos después de la cafetería de enfrente, por lo cual asume que Kageyama ya debe estar llegando a casa. Siente como sus mejillas suben sutilmente en una sonrisa, porque tal vez, si el otro no está muy ocupado, podrían tener una conversación de balcón aquella noche.

No es que Hinata quiera una relación, pero no niega que le agrada el cosquilleo que siente al compartir con el más alto.

No se entera de lo que ocurre a su alrededor ya que va con los cascos puestos y la consola que le ha prestado Saeko por aquella semana, hasta que nota que va casi a la mitad de la ladera hacia su edificio, y debe despegar la mirada del juego porque tiene que buscar las llaves que están hasta el fondo en su bolso, bajo ropa y otros objetos que no sabe porque tiene allí.

Alza la mirada cuando ya las llaves están entre sus dedos, y ha decidido dejar la consola dentro de la mochila hasta que termine de llegar. Sabia decisión, porque echa a correr en el instante en que reconoce la silueta de la persona que va caminando a varios metros frente a él, mientras siente como una sonrisa se vuelve a extender por su rostro.

No tiene idea de si existe la confianza para lo que planea su endiablada mente – aún cuando el otro le ha llamado "idiota" innumerable cantidad de veces en casi tres meses –, pero poco le interesa. Le han tocado varios ancianos manos sueltas y hombres con deseos de hacer sentir inferior a los demás de los que sus compañeros no le pudieron salvar, por lo que decide que necesita algo más que un videojuego para mejorar su día.

Así que salta, impactando contra el costado de Kageyama, lanzándolos a los dos al suelo duro de concreto, terminando él sobre el más alto, a pocos metros de las escaleras del edificio, con el rostro apoyado sobre el robusto pecho.

– Buenas noches, Bakayama.

– Hola… Hinata.