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Kageyama

– ¡Lo siento, Kageyama!

Los jueves son sus días libres de clases, por lo cual, en lo que termina su carrera matutina, se dirige como una centella al gimnasio de la universidad, donde practica el equipo de voleibol.

Donde está justo ahora.

Los sábados no tiene trabajo, así que en conjunto con los jueves, son sus días favoritos, aún cuando tiene clases hasta las dos de la tarde, pero puede quedarse practicando con los demás hasta que el portero llega a echarles bien entrada la noche.

De lunes a miércoles tiene clases de siete a diez, lo que solo le da tres horas y media de entrenamiento antes de que deba pirarse de la cancha para tomar el tren que le deja cerca de la zona comercial, y luego correr otra vez para poder llegar a su empleo a las cuatro en punto. Los viernes no tiene tanta suerte, comparte horario de clases con el sábado, y muchas veces ha tenido que decidir entre no asistir así solo una hora a la práctica – lo cual lo mata por dentro –, o bien llegar tarde al trabajo.

Tiene suerte de que Daichi o Sugawara le excusen los retrasos, o de lo contrario el gerente ya le habría despedido.

Los domingos no los cuenta porque es el único día que la cafetería no abre – a saber por qué. La universidad tampoco da clases y, a menos que haya un partido o torneo en puertas, no les permiten utilizar el gimnasio. A Kageyama no le importa realmente, hay un complejo deportivo a solo unas cuadras, así que se va a entrenar sin importarle que sea completamente solo, porque a diferencia de él, sus compañeros parecen tener vida social.

Ya las noches – o madrugadas, mejor dicho – es el tiempo que usa para sus ensayos y demás deberes. Le sorprende que no le vaya tan mal como en preparatoria, pero asume a que se debe más que todo por la carrera que eligió.

Así son sus días de cada semana, de cada mes desde que ingreso a la facultad y se independizo. Sabe que en algún momento tanto esfuerzo y pocas horas de sueño le pasaran factura, pero no quiere pensar en ello por los momentos.

Probablemente, el único cambio en su rutina, sea la agregación de Hinata en su universo.

El pequeño pelirrojo parece ser un asiduo fan de ir al mercadillo de vegetales que se establece cerca de su calle los sábados y domingos, yendo a primeras horas de la mañana, y Kageyama siempre se lo termina encontrando al apenas ingresar al edificio después de su trote matutino. Ya se le ha hecho costumbre ayudarle a llevar las bolsas de compras, aún cuando Hinata realmente no lo necesita, pero él ignora los reclamos del menor cargándolas de todas formas para darse un pequeño gusto.

Sabe que trabaja en el restaurante frente al café, algunas veces le ha visto llegar por la entrada principal, resaltando por su mota naranja de rizos, pero cree que nunca le ha visto a la hora de la salida. Sus horarios parecían variar como la marea en noches de luna llena. Habíase veces en las que observaba las luces del balcón junto al suyo ya encendidas cuando llega a casa, y otras veces en las que anunciaba su presencia – en voz demasiado enérgica a altas horas de la madrugada –, llamándole para cerciorarse de que estuviera despierto y de buen humor para una pequeña charla, acompañados de una taza de té o leche tibia, porque tomar café a aquellas horas era un desplante de locura.

Compiten de tanto en vez por cualquier tontería cuando se cruzan en el pasillo de casualidad, si es que el otro no tiene mandados que hacer o bolsas que cargar, por supuesto.

Kageyama recuerda haber visto a Hinata en algunos partidos de preparatoria, captando su atención al ver los saltos, los reflejos y la velocidad nata. Sin embargo, sabe que eso no es lo que conduce sus sentimientos actuales. Aunque tampoco sabe que es lo que le mueve, si es sincero, y se ha encontrado a si mismo cuestionándose muchas veces en aquellos meses de conocerse formalmente, sin dar aún con una respuesta.

La estridente y cantarina voz de Hinata le llena el torrente sanguíneo de chispa, y le deja el cerebro embotonado de serotonina.

No le desagrada del todo lo que siente por el menor. Al igual que el voleibol, el de rizos naranjos se ha convertido en algo similar a un escape del estrés diario, aunque le ponga nervioso su cercanía. Pero, en momentos como aquel, masculla entre dientes un Hinata idiota, incluso cuando fue su propia culpa terminar en el banquillo, por andar pensando en pajarillos de plumas naranjas preñados.

– Se ve bastante mal – suelta Shibaru, uno de los armadores que va unos años por delante de él.

– Estoy bastante seguro de que él nació con esa cara – golpe en la nuca para Kindaichi, quien ha sido su compañero desde la secundaria.

– En serio perdón, Kageyama.

– No se preocupe, Tanaka-san. Fue mi culpa.

A Kageyama no le gusta escuchar a la gente disculparse, menos a Tanaka, quien es siempre alborotador y escandaloso, menos aun cuando cuesta creerle la disculpa del todo. Su senpai puede que este arrepentido, pero tiene una expresión de estarse conteniendo para no largarse a reír mientras rasca su nuca. De todas formas no es como que Tobio este molesto con Tanaka. Él no tenía la culpa de que Kageyama estuviera mirando a la red como un idiota en el momento del remate – como bien ya ha señalado el entrenador varias veces en el día. Su rostro ha sufrido ya un golpe en la frente y la mejilla, pero ahora debe quedarse en el banquillo manteniendo un pañuelo contra su nariz.

Si anda con el ceño fruncido es más porque esa es su expresión de costumbre, que porque este enojado.

O tal vez si lo está, pero no con Tanaka y su remate – fue bastante bueno, después de todo. Está enojado con su propia mente, por traerle el recuerdo de Hinata varias veces al día de manera espontanea; está molesto con la gravedad, y en parte con los bloqueadores, porque no vieron venir el cruzado a tiempo; y también está molesto por la sangre que escurría por su nariz, y que le mantuvo en el banco por diez minutos, justamente los diez minutos que le quedaban antes de tener que largarse para tomar el tren. Ahora llegara a su trabajo con el rostro golpeado y enrojecido, a soportar a Oikawa en el día libre Daichi y Moniwa.

Ugh.

Le esperaba una larga tarde.

De la universidad a la estación había aproximadamente dos calles. No calles urbanas, de esas que suelen ser cortas y recorres en apenas cinco minutos. No, eran de esas calles que hay en los pueblos, que miden kilómetros, y parecieran más un distrito entero que una avenida. Kageyama nunca había estado en un pueblo de esos, pero había escuchado la comparación de boca de uno de sus senpais – probablemente Matsukawa – alguna vez.

Suele recorrer la distancia a las carreras, porque su tren llega puntualmente a las tres con cuarenta, y agradece que el aire acondicionado del vagón siempre esté a tope. Son solo algunos minutos que puede disfrutar del frío calarle en la piel sudada por la práctica y el correr, antes de tener que colocar los pies en el extremo del distrito comercial, que es donde está la parada de la estación.

El aire caliente le azota el rostro, falta poco para el otoño, pero las tardes siguen siendo condenadamente calurosas. No quiere seguir sudando, pero tiene que volver a correr si quiere llegar a tiempo.

Sin embargo, antes de que pueda iniciar su nueva carrera, algo lo detiene. Una voz, para ser más exactos.

– ¡Kageyama!

No tiene que girar para reconocer la fuente de la voz, porque la reconocería en cualquier lado, y porque en menos de un segundo, Hinata ya está en su campo de visión frente a él. A Tobio no deja de sorprenderle lo bajito que es, casi como si siguiera en la secundaria. Fácilmente podría encajar en su cuerpo si se decidiera a abrazarlo, y tiene que cortar esa línea de pensamientos antes de perderse, pero a la de ya.

– ¿Qué carajos te paso en el rostro? – y hasta ahí llega toda la ternura que podría provocarle Hinata y su pequeño cuerpo. Al muy maldito le están temblando la voz y las mejillas, como si quisiese reírse.

– Me distraje en la práctica – gruñe más que hablar.

– Tonto.

Se hubiera lanzado a pelear justo en ese instante, porque no va a permitir que ni con todo lo que le provoque Hinata, éste se burle de él. No lo hace aun así, solo porque se fija en la playera oscura del otro, que en blanco tiene estampados los kanjis que conforman el nombre del restaurante.

– ¿Vas de salida?

– De entrada, de hecho. ¿Y tú?

– Igual.

– ¡Bien! ¡Vayamos juntos! – no le deja ni responder. Le toma de la muñeca y comienza a caminar, tirando de él mientras deja libre su parloteo.

De la estación a la plaza donde ambos trabajan hay seis calles, urbanas esta vez, y el calor es horrendo. Andan a la par, Hinata no le ha soltado la muñeca, y no sabe si es consciente de ese hecho, pero no ha hecho ningún amago de apartarle, Kageyama tampoco tiene intención de hacerlo, aún cuando sus pieles están transpirando por el clima, y la humedad de ambos se mezcla en esa zona.

Debería ser asqueroso, pero no le molesta. De hecho, le gustaría quedarse así, con sus pieles juntas mientras observa los labios de Hinata abrirse y cerrarse, profiriendo palabras a las que no les presta atención por estar más concentrado en imaginar besarle. Ya se ha encontrado en esa situación antes, en alguna madrugada donde ambos se recargan en las barandas de sus balcones, y se pregunta si sus labios tendrán gusto al té que está tomando.

Hinata sonríe mientras habla, y él sigue sin saber de qué. Es brillante, es bonito.

La pequeña burbuja donde está no dura para siempre. Sale de su ensoñación cuando el pelirrojo finalmente le suelta para poder contestar con mayor agilidad un mensaje en el móvil, que Kageyama ni siquiera se ha dado cuenta de cuando ha sacado.

Y aun cuando la fantasía en su mente – de besos que saben a té, y sonrisas que resplandecen como el sol – ha terminado, se encuentra perdido en su compañero una vez más. Le llama la atención que la expresión de Hinata dejado de ser brillante en apenas un segundo, y le recuerda a la que él colocaba cuando alguien mencionaba a su abuelo justo después de morir.

Está por preguntar qué sucede, porque verdaderamente le interesa aquel cambio de ánimo, pero antes de que pueda terminar de separar sus labios para hablar, Hinata clava sus iris en él, y vuelve a sonreír.

No es la sonrisa de siempre, la bonita de verdad, pero le descoloca de igual manera.

– Bueno, nos vemos en la noche, Kageyama-kun. ¡Hoy llevaré té de arándonos!

Y se va.

Es ahí cuando Tobio se da cuenta de que se habían detenido frente a la fuente de la plaza, la que está en medio de sus trabajos. Gira el rostro como un tonto, y cuando su mirada cae en el café, observa a Sugawara hacerle señas, apuntando específicamente al reloj de su muñeca.

Cae en cuenta de que va diez minutos tarde.

Algunas voces le llegan por encima de la música cuando se desliza por la parte de atrás hasta los vestidores, y jura haber visto por los ventanales de la entrada como unas cuatro o seis mesas estaban siendo ocupadas, así que asume que ese día tienen un poco más de clientela que los últimos.

El aire de la cafetería no le entra en los huesos ni le entumece la piel sudada como en el tren, lo cual no agradece, porque aún cuando se ha limpiado con la toalla que siempre deja en su casillero, sabe que dentro de poco volverá a sudar. Y es que la camisa manga larga del uniforme no es precisamente fresca.

– Oye Kageya- ¿Qué carajos te paso en la cara?

Ni bien acaba de atravesar la puerta que da al área principal y ya tiene a Nishinoya al lado. El pastelero lleva dos bandejas con sus delicias que obviamente son para colocarlas en una de las vitrinas junto a la entrada, y le observa con una ceja alzada. Kageyama quiere cantarle coros y alzarle en brazos, porque al menos alguien no quiere reírse por el estado de su cara.

– Me distraje en la práctica.

– Hombre pero ¿cuántas veces?

No quiere responder a eso, así que le arrebata una de las bandejas de las manos, avanzando con el más bajo tras sus pasos para colocar los dulces en su lugar.

Oikawa y Sugawara están detrás de la barra, discutiendo algo que no alcanza a escuchar. Futakuchi junto a Kunimi – uno de los que le toca trabajar en aquel turno ese día por cubrir a uno de los mayores –, están atendiendo mesas que parecen estar repletas de colegialas; y Nakashima – otro de los que le toca en esa jornada ocasional – está trapeando el piso junto a la mesa atendida por Futakuchi, porque a una mujer se le ha caído el café en un descuido.

Capta como todos giran en su dirección cuando pasa. Lo hacen solo un segundo, como para reconocer su presencia, pero Kageyama tiene que apretar los dientes con fuerza para no espetarles, y es que nota a tres ellos controlarse para no carcajearse.

Ya conoce el estado de su rostro, no necesito de esto, gracias.

– Kageyama, ¿de dónde conoces a Shouyo?

Han terminado de colocar los dulces en la vitrina, y estaba a punto de girar sobre sus talones para dirigirse a la barra, aún cuando Oikawa y Suga continúan ahí, pero la mano de Nishinoya tomando su delantal, en conjunto con su voz, le detienen. Observa al más bajo por unos segundos, ya que el nombre que le ha mencionado le resulta jodidamente familiar.

Cuando el pastelero alza una ceja, después de casi un minuto en silencio, es que la iluminación llega a él. Quiere palmearse el rostro por lo denso que puede resultar ser, pero no necesita empeorar su cara.

"Shouyo es el nombre de pila de Hinata, joder".

– ¿Y bien?

– Es mi vecino – suelta a las apuradas. Le llama la atención como la expresión del contrario deja de verse tan seria. ¿Es eso curiosidad lo que lee en su mirada?

– ¿Desde cuándo?

– Tres o dos meses – entrecierra los ojos. No sabe por qué es importante, pero empieza a sentir una leve sospecha.

– Oh – es lo que suelta su interlocutor. Los ojos de Noya son grandes, casi como los de Hinata, y a Kageyama siempre le han parecido muy grandes para ser de un chico. Así que se sorprende bastante cuando ve aquellos orbes abrirse más de la cuenta –. ¡Oh!

Igual que con Hinata hace rato, no le da tiempo de preguntar qué sucede. Nishinoya ha salido corriendo como si le persiguieran hacia la barra, tomado del brazo a Suga, quien lanza una exclamación de sobresalto, para luego jalarle e internarse ambos en la cocina, escondidos tras las puertas dobles de hojalata.

Oikawa voltea en su dirección – todos lo hacen, de hecho –, después de haber logrado dejar de parecer un pez fuera del agua por la impresión.

– ¿Qué le hiciste a Nishinoya-kun?

Sinceramente no tiene idea.

Falta un cuarto de hora para el cierre del local, y Kageyama no sabe qué fue lo que hizo esta vez, para tener a Suga detrás de él desde hace horas.

En realidad, no está verdaderamente detrás de él, pero siente como su mirada le sigue cada vez que se mueve o gira. Lo cual no es muy difícil. Sugawara ha estado todo el día en la registradora y desde ahí posee una vista amplia de toda el área de las mesas y de cada uno de ellos. Por momentos le ha llamado pero algún cliente entrando o pidiendo la cuenta le interrumpe, reclamando la atención del azabache, y el mayor solo le hace un gesto con la mano para que vaya a atender, que ya hablaran luego.

El problema es que Kageyama no sabe que es lo que quieren decirle.

Nishinoya se ha comportado similar toda la tarde, saliendo de la cocina como quien manda en el lugar, solo para ser detenido por Asahi, el panadero, o el mismo Suga, antes de que pueda avanzar en su dirección.

Nakashima ya le ha preguntado tres veces que es lo que ha hecho, pero él en verdad no lo sabe.

Todo aquello le recuerda a su primer día en el café, cuando aún no sabía controlar sus nervios ni colocar una expresión neutra – se rindió con lo de intentar una sonrisa cuando unas chicas huyeron despavoridas –, y Daichi y Moniwa, quienes eran los encargados del entrenamiento de todos, adoptaron la misma actitud durante todo el rato, señalando cada uno de sus errores al finalizar la jornada.

No es que Kageyama ahora sea un empleado ejemplar, pero está bastante seguro de que ha cometido ningún error. Al menos no ese día.

La última mesa que quedaba finalmente se ha vaciado. Mientras Futakuchi coloca el cartel de cerrado y Suga recibe el dinero, los demás comienzan con la última limpieza del día. Los jueves le toca a él dejar reluciente la máquina de café que está justamente tras la barra, casi escondida en una esquina, y sea lo que sea que se le viene encima no puede evitarlo. No sabe si quiere evitarlo, porque, de nuevo, no sabe que es.

Pero el carraspeo de Suga se lo veía venir.

– Kageyama…

– ¿Hice algo mal? Sea lo que sea que hice, lo siento. Por favor, indíquemelo y no lo volveré a hacer.

Se le ocurre que tal vez no ha hecho nada reprochable, si es que la expresión consternada del mayor puede decirle algo. Suga ríe, después de recuperarse del momentáneo asombro, y ahora la mirada que le dedica se parece a la de una madre.

– No has hecho nada malo, Kageyama. Disculpa que te hayamos hecho pensar eso, a veces es un poco difícil acercarse a ti, y no sabíamos bien cómo hacerlo – se apresura a explicar, más porque la expresión de confusión de Tobio le parece adorable que por otra cosa.

– ¿Entonces qué es lo que sucede? – su voz ya no es baja como la de un niño regañado, pero sigue siendo bastante suave y a Suga le provoca ganas de sonreír aún más.

– ¿Tienes algo que hacer este domingo?


Happy New Year, everyone! (si es que alguien está de hecho siguiendo/leyendo esta historia)

Espero que todos hayan tenido un buen recibimiento de año a pesar de toda la situación. Yo no pude ver a mi madre en las fiestas, pero al menos lo pude pasar con mi padre y mascota, así que supongo que todo estuvo bien (?).

He aquí un nuevo capitulo de está historia que aun no sé cuanto vaya a durar, tenía hasta este capitulo ya escrito y guardado en mi laptop, así que para el siguiente tal vez tarde un poco, es el turno de Hinata y aun cuando ya sé más o menos, y es posible que el resumen/summary cambie más adelante, porque aun no hemos llegado ni al meollo del asunto (?)

Como sea, pasen un buen inicio de año, disfruten de su recalentado y de su familia, y de esta pequeña historia~

¡Eso es todo por ahora, amigos!