Antes que todo, quiero aclarar que no tengo la menor idea de como son las distancias de tren en Japón, ni de cuales estaciones existen (yo asumo que es como en la capital de mi país, osea, casi que una en cada esquina), igual se intenta que no existan tanta discrepancia y barbarie al respecto. Solo por si acaso.

Well, creo que eso es todo. Adelante, lean~


5

Kageyama

Suelta el rotulador para poder tallarse con ambas manos los ojos, que siente arder y lagrimear al mismo tiempo. El reloj de su móvil le informa que son casi las dos de la mañana; apenas lleva una cuartilla, lo cual representa con dificultad un diez por ciento de su trabajo, el sueño le comienza a hacer mella en su cansada cabeza, mezclándose con el hambre que le asalta por continuar despierto a aquellas horas. Siente que si se levanta perderá el control de sus funciones motoras y terminará estrellándose con estrepito sobre la moqueta del suelo, con su consciencia siendo adsorbida antes del golpe.

Sabe que no es posible que aquello realmente pase, pero sus piernas aún así no tienen deseos de moverse.

La madrugada le trae brisa fresca que se cuela entre la puerta corredera del balcón, junto con el sonido de Hinata ingresando en su departamento. Bueno, no es Hinata ingresando lo que escucha, sino la escandalosa bienvenida que le sigue a su llegada. Su mirada cae instintivamente en el bolso que ha abandonado a su suerte desde ayer junto al sofá, y que guarda aún la ropa deportiva que utilizo en Karasuno. Una especie de escozor le sube por la garganta al escuchar las risas en el departamento conjunto, y que seguramente le causaran quejas al otro ya en horas más tarde.

Se levanta del comedor comprobando que, en efecto, no caerá por el cansancio; coge los libros y el resto del material que ha estado utilizando. No se molesta en apagar las luces del salón ni en cerrar la puerta del balcón. Se miente a sí mismo diciendo que no le importa si Hinata aquella noche le llama para conversar. Se miente aún más al decirse que no le importa si, de hecho, no lo hace.

Pasa el pestillo a su habitación aun cuando vive solo, deja caer sobre la cama todo su material de estudio antes de colocarse los auriculares y conectarlos al móvil. No recuerda que es lo más fuerte que tiene en su repertorio, así que deja que las canciones corran en aleatorio mientras vuelve a abrir los libros, e intenta ignorar las presencias en el otro departamento, incluso cuando desde aquella distancia no puede escucharlas ya.

Cuando lleva la mitad de la segunda cuartilla y una canción que le recomendó su vecino suena, Kageyama se miente de nueva cuenta diciendo que no está celoso.

– Oi, Kageyama. No tienes que darle pases solo a Hinata o a Asahi.

– ¡No escuches a Tanaka-san! ¡Dame el próximo a mi también, Kageyama!

No está acostumbrado a ver tanta camaradería en un equipo. Sí, lleva meses con el club en la universidad, rodeado de personas que son en su gran mayoría afables – de las cuales varias están compartiendo con él aquella misma tarde –, pero los tres años de preparatoria siguen muy frescos en su mente. No ayuda, tampoco, tener a dos de sus compañeros desde la secundaria en el mismo equipo, recordándole cuando pueden su actuar del pasado. Ugh.

Se siente ligeramente incomodo al observar como Tanaka aprisiona el pequeño cuerpo de Hinata en una especie de llave de lucha libre, de esas que a su padre le gusta ver por televisión, y a la que el menor ríe en vez de quejarse – como cuando él atrapa su cabeza de alborotados cabellos –, siendo coreado por los otros miembros del equipo. No está seguro de poder acostumbrarse a aquel ambiente, ni al ligero cosquilleo que le recorre los dedos cuando su vecino le llama pidiéndole el balón.

Se está divirtiendo aun así.

– Aquí tiene, Kageyama-san – toma la sandía que le extiende la que le han presentado como la manager actual de la escuela. Es una chica más bajita que el propio Hinata y Nishinoya, que le resulta simpática con sus lentes que parecen muy grandes para su rostro ovalado.

– Gracias, Akiyama-san.

Kageyama recuerda haber oído en su vieja radio que aquel era uno de los otoños más calurosos en Japón desde hacía décadas. El pequeño gimnasio de Karasuno despide calor, olor a sudor y hormonas masculinas a aquellas horas de la tarde; agradece el tiempo muerto que han tomado para poder almorzar y refrescarse antes de cambiar de equipo una vez más e iniciar un nuevo partido.

Observa a la manager y a otra chica de casi su misma estatura, entregar más fruta y botellas de agua al resto del club. La otra es rubia, llevando sus mechones atados en una coleta que le descansa sobre el hombro y no lleva el uniforme de la escuela a diferencia de Akiyama. Hinata se la había presentado como Yachi, la antigua manager que había estado durante sus años de preparatoria y junta a la que se había graduado aquella primavera. También, era una de sus amigas más cercanas.

Cree recordar como en sus primeros meses en el Aoba Johsai, varias chicas de su clase se postulaban para ocupar el cargo dentro del club, movidas por su fanatismo primerizo por Oikawa. Ninguna duraba muchas semanas.

Deja caer su peso frente a la tarima de madera, dando otro mordisco a la rebanada de sandía en sus manos, sintiendo como el jugo le corre por la barbilla, mientras observa como uno de los estudiantes actuales se acerca a él.

– Kageyama-san, ¿podría molestarle un momento? – es un chico alto de casi su estatura, con el cabello despeinado hacia arriba en un peinado que le recuerda a Kindaichi, pero con los lados rapados. Lo ha visto jugar de colocador para el equipo oponente de turno, y sabe que le dijeron su nombre antes de iniciar las prácticas, pero ya no lo recuerda –. ¿Podría darme algún consejo? Me encantaría aprender de usted… Ah, Urahara-san y Sugawara-san me corrigen también de vez en cuando, ¡pero quisiera también conocer su opinión!

– ¿Quieres consejos? – el chico asiente con vehemencia, con las mejillas llenas de júbilo, y lo que le parecen brillos en la mirada. Le recuerda un poco a él, la primera vez que corrió hacia Oikawa con deseos de aprender más. Kageyama solo puede observarle con estupefacción –. ¿De mí?

– Claro – responde, como si no entendiera la confusión del mayor –. Solo he podido ver algunos partidos donde fue el colocador del Aoba Johsai que el entrenador traía en video, su control es sorprendente aunque los demás jugadores no parecían seguirle el paso. La verdad… nunca le preste verdadera atención después de verlos al principio, pero Hinata-senpai hablaba mucho de usted y termine intentando estudiarlo a través de más videos.

– ¿Hinata hablaba de mí?

– Ah, sí, todo el tiem –

– ¡Kendo-kun! – el menudo cuerpo del pelirrojo cayó sobre el estudiante de un salto, atorando sus brazos alrededor del cuello del otro. El que ahora sabe que se llama Kendo, hace malabares con las manos para no dejar caer por la impresión del ataque la botella de agua que ha cargado desde el comienzo. Kageyama clava sus ojos en ambos, sin entender de todo la sonrisa torcida de Hinata –. ¡Estás en mi equipo está vez! ¡Vamos! Entrenemos algunos pases antes de empezar.

Tobio les observa alejarse dando tumbos y traspiés porque Hinata se encuentra jalando – con una fuerza que le sorprende – al más alto de los dos hasta el centro de la cancha, donde la rubia bajita, Yachi, les espera con un balón en sus manos y una sonrisa en el rostro.

Se queda ahí, en su aún posición sentado frente a la tarima, comiendo de manera automática su sandía, mientras mira al pobre estudiante ponerse en posición para colocar la bola que se le ha lanzado entretanto que el pequeño rematador ya corre hacia la red, con una velocidad más normal de la que ha usado para con él.

Las noches de otoño empiezan a ser malditamente frías. La brisa les mece los cabellos y le hace arrepentirse de no haber guardado una chaqueta aquella mañana en su bolso; una que pudiera ofrecerle a Yachi que camina junto a ellos, y así Hinata no sucumbiría ante el frío de la noche por tener un impulso de caballerosidad o de buen amigo.

Le duelen los brazos y las piernas por haber estado jugando hasta hace no más de media hora, cuando el profesor encargado de Karasuno apareció básicamente para correrles a todos del gimnasio. Por su cabeza no está pasando el ensayo que debe entregar el miércoles y el cual aún no ha empezado; tampoco presta atención a la conversación que comparten ambos chicos que son apenas un año menor que él a su lado, ni a los demás que caminan a unos pasos de distancia al frente de ellos, aún cuando Tanaka y Nishinoya llevan todo el trayecto girando en su dirección. No presta verdadera atención tampoco a la cercanía del brazo de Hinata con el suyo, que ahuyenta un poco el frío más del todo.

Quiere llegar a casa y lanzarse entre las mantas, perderse en sueños mientras abraza una de sus almohadas.

Es un cansancio del bueno, del que le hace estar feliz al final del día.

Le cuesta levemente darse cuenta de ya han arribado a la estación y responde con torpeza a la despedida emitida por Yachi, uniéndose al coro de los demás cuando la chica se aleja para abordar otro andén. Sigue con paso lento al grupo, ubicándose tras Hinata y chocando con su pequeña espalda – en comparación con la suya – cuando Sugawara junto otro chico, Ennoshita, le empujan para entrar en el vagón un segundo antes de que las puertas cierren a espaldas de todos.

A esas horas nadie viajaba de aquella estación hasta Sendai, repercutiendo en que todos los asientos se encuentran vacíos. Cae en uno que se halla frente a una de las ventanillas y que está dándole la espalda a la otra, con su vecino cayendo junto a él con exageración, recibiendo un insulto de su parte, que el menor responde sacándole la lengua como un niño pequeño. Los demás toman asiento frente a ellos, exceptuando a Nishinoya y Asahi, quienes se alejan un poco hasta unos puestos que se hallan cubiertos por una lámina en la que se dibujan instrucciones sobre el uso apropiado del tren. Kageyama ignora los comentarios que Tanaka dedicaba al par y las respuestas del pastelero a los gritos.

Su cuerpo se sentía jodidamente pesado, como si el cansancio hubiera aumentado en el instante en que había hecho contacto con el duro plástico de la butaca.

No sabe con certeza en qué momento se durmió, arrullado por la voz suave de Sugawara y el tono extrañamente bajo de Hinata al conversar. Se sentía como si apenas hubiera cerrado los ojos, pero al abrirlos nuevamente animado por el zarandeo en su hombro, tenía el cuello adolorido por la incómoda posición, y ya solo quedaban el par de vecinos y Tanaka en el vagón. Entre ambos tuvieron que apurarle para salir del tren, y al igual que con Yachi, apenas pudo emitir a trompicones una despedida hacia el otro rematador, quien ya se aleja en dirección opuesta a la suya.

– Me pregunto si Daichi-san estará bien.

– Probablemente no es nada serio.

– Aun así le escribiré cuando lleguemos a casa.

Kageyama no quiso mencionar que era muy tarde para escribirle a alguien que se suponía estaba teniendo un "pequeño" asunto familiar, como lo había catalogado Sugawara. En lugar de eso deja escapar un sonido desde el fondo de su garganta, como una afirmación, mientras intenta que el "cuando lleguemos a casa" no se le adhiera en la piel ni en la imaginación, apartando la escena mental de él y Hinata cruzando la misma puerta de un mismo departamento.

El casero les recibe cuando ingresan al edificio, con una bata de colores pasteles y pantuflas esponjosas de tonos rosas. Una taza humea en su mano derecha, y ambos tienen que morderse la lengua para no soltar la locura que les parecía beber café a aquellas horas cuando el olor llega hasta ellos. Inumaki-san les agrada como para retarle.

– Buenas noches, chicos.

– Buenas noches, Inumaki-san – respondieron al unísono.

El hombre – que no debía tener más de cincuenta años – paseo la mirada hacia cada uno dos veces, hasta detenerse en el más bajo de los presentes.

– Hinata-kun, te agradecería que no vayan a hacer ruido hasta muy tarde.

– ¿De qué habla? – Kageyama alza una ceja, no entiendo la situación mientras aprecia la confusión en la voz del otro.

– De ti y tu amigo – Inumaki-san se encoge de hombros, como si aquello fuera lo más obvio del mundo. Tobio observa de reojo como Hinata volvía a abrir la boca para inquirir nuevamente, pero el casero ya se ha dado la vuelta y entraba a su departamento ahí mismo en la planta baja, dejando a ambos jóvenes en el recibidor.

– ¿Tú crees que se refiriera a ti?

– ¿Eres idiota?

Comenzó a subir las escaleras, ignorando las quejas del otro que se volvían más leves al pasar por el piso donde habitaba la escalofriante vecina. Se le ocurrió retarle a quien subía más rápido los últimos escalones, pero el sueño seguía haciendo mella dentro de él.

Fue consciente, cuando finalmente llegaron a su piso del individuo sentado entre los departamentos con una mochila bastante grande descansando frente a él, de cómo se coloca de pie en un salto cuando les ve llegar, y del como Hinata se detenía con sorpresa plasmada en el rostro.

– ¡Ah! ¿Pero que son estas horas de llegada, Shouyo-kun?

No entiende el sabor amargo que se le mezcla con la saliva en alguna parte de la garganta, al escuchar la forma tan familiar en la que el desconocido se refiere a su vecino; ni el querer apretar los dientes que le causa el ver a Hinata – quien ya se ha recuperado de la impresión – saltar hacia el otro, de una manera similar como lo hizo sobre aquel estudiante esa misma tarde. Intenta entender, por una milésima de segundo, porque le molesta el que Hinata sea todo sonrisas ahora.

Permanece ahí, escuchando sin realmente escuchar a ambos conversar, preguntándose qué tan maleducado se vería si hace un lado al par y se encierra en su departamento de un portazo. Aprovecha la oportunidad que le ofrece su pequeño amor platónico al presentarle por fin a su visita, respondiendo apenas en un murmullo con su propio nombre y excusándose de tener sueño para poder largarse.

Finge que no le importa lo animada que suena la voz de Hinata al despedirle, y que no le molesta la escena de esos dos encaminándose a la otra puerta. Arroja la mochila que ha llevado todo el día y que termina cayendo junto su viejo sofá, dando grandes zancadas hasta su habitación, para huir de las voces que puede oír gracias a las malditas paredes delgadas de la sala.

No entiende porque le molesta, ni porque el sueño se le ha ido de repente.

Lleva media hora limpiando la misma mesa y la mancha imaginaria que utiliza como excusa cada vez que alguien le pregunta, sigue sin querer desaparecer.

Oikawa ha rondado a su alrededor unas tres veces, observándole con profundo hastío antes de desaparecer tras la barra o a cualquier otro lugar, aquel día no tienen muchos clientes. Kageyama sabe que le vigila por mera curiosidad, porque Iwaizumi debe haberle comentado de sus siestas en clases, de las cuales el mayor ha tenido que despertarle; su cerebro se ha cansado de pasar noches en vela como un adolescente masoquista escuchando a quien le causa revuelo en el pecho reír con alguien más justo al lado, y ha decidido que su escritorio es el lugar idóneo para descansar antes de la práctica, donde también le ha ido del asco.

Sabe que está siendo un idiota por gusto, que amargarse la existencia pensando en escenarios que se desarrollan en el departamento cercano es una completa estupidez, principalmente porque ni siquiera conoce las inclinaciones de Hinata. Pero han pasado tres días y extraña los tés en la madrugada.

Quiere que la mancha se vaya.

– Tienes una cara horrible, y esta vez no es porque te haya dado un balón.

A veces quisiera que Nishinoya fuera un poco más como Oikawa o Futakuchi, quienes no prestan atención lo que él haga con tal de que no les estorbe o moleste. Niega mentalmente ante eso mientras un escalofrío le sube por la columna y se le anida en la nuca. La existencia de aquellos dos es suficiente en el mundo, no necesitan más. Principalmente, Kageyama no necesita de otro Oikawa Tooru.

– No he dormido bien, solo eso.

– ¿Mucho trabajo en la universidad? – prefiere mil veces asentir antes que admitir que apenas pudo hacer el ensayo que entrego esa misma mañana y que, por los vientos que soplan, reprobará el examen del viernes –. Deberías decirle a Shouyo que te de algo de té de manzanilla. Es bueno para relajarse, Asahi le regalo unas cajas hace unas semanas y aún le deben de quedar un par.

– No he hablado con Hinata en días.

– ¿Ah? Pero es tu vecino, hombre.

Para aquellas alturas – y después de decirle que viven justo uno al lado del otro –, a Kageyama no le sorprende la insinuación de que Nishinoya podría conocer su costumbre de tomar té juntos.

Finalmente despega la vista de la mesa que sigue intentando lustrar, piensa que debería olvidarse ya de la mancha. Sus ojos caen en el pastelero de brazos cruzados, una mezcla de betún con harina en delantal y mejilla. Quiere decirle educadamente que no se meta en sus asuntos. Porque no lo dice, pero Tobio distingue su mirada y la ceja alzada. Él no quiere hablar de lo que no está sucediendo, pero Nishinoya no es una mala persona como para tratarle a lo grosero.

– Nishinoya, ve a terminar de ayudar a Asahi con los panecillos de crema, creo que el grandulón está teniendo dificultades.

– ¡Pero si lo dejo solamente un segundo!

Daichi ríe mientras el más pequeño cruza las puertas de hojalata como un celaje, tras escuchar la exclamación de auxilio provenir del interior. A Kageyama le gustaría agradecerle la ayuda, pero al igual que con Noya, puede distinguir las intenciones que brillan en los ojos oscuros del mayor.

– ¿Todo está bien, Kageyama? – y ahí están.

– Sí, Daichi-san. ¿Por qué lo pregunta?

– Tardas limpiando mesas cuando quieres estar en las nubes y que ninguno de nosotros inquiera al respecto.

Siente como sus mejillas adquieren calor de la vergüenza al saberse descubierto en – al parecer – un hábito que no sabía que tenía. Murmura por lo bajo la misma excusa de estar cansado – que en parte no es tan excusa – que le ha dado a Nishinoya antes.

– Tal vez deberías tomarte un día libre del voleibol y dormir. Sé que amas el deporte, pero debes descansar apropiadamente.

– Tal vez debería – asiente, aunque está claro que no dejara las prácticas –. ¿Todo está bien con usted, Daichi-san? Con sus asuntos familiares, me refiero. Sugawara-san no nos pudo decir mucho.

Puede apreciar como las facciones del otro se tiñen de sutil sorpresa. Sawamura ha pasado dos días sin pisar el café, por lo que apenas es hoy que Tobio le ha visto, y los recuerdos de la voz de Hinata con preocupación han venido a él, pero sus propios "problemas" no le habían dejado recordar para preguntar, hasta el momento. Se siente un poco idiota después de hacerlo.

– Todo está bien – responde el otro, después de recuperarse del momento –. Mi abuelo tuvo un pequeño accidente y tuvo que pasar unos días en el hospital, se suponía que mi madre estaría con él pero en el trabajo no le permitían faltar. ¡Ah!, pero ya hoy le dieron de alta, gracias por preguntar.

– Me alegra – y lo dice de verdad, intentando que el nudo en su pecho no se vuelva más grande al escuchar las palabras "abuelo" y "hospital" en la misma oración. Daichi le sonríe.

– Me hubiera gustado poder ir a jugar con ustedes y ver a Hinata volverse loco por rematar tus colocaciones. Suga dijo que estuvo genial – el mayor ríe, antes de empezar a marcharse con dirección a la barra –. No limpies la mesa toda la tarde, ¿de acuerdo?

– Daichi-san – le detiene antes de que se vaya por completo, porque no cree poder interrumpirle cuando esté en medio de Sugawara y Oikawa en la barra. El pensamiento le ha golpeado de pronto, con fuerza, casi como lo hizo el domingo, al enterarse de que todos fueron a la escuela juntos. Siente el valor atorársele en la garganta, pero ya es tarde para detenerse. Quiere saber. Quiere conocer la naturaleza de la relación de aquellos dos, y tal vez, calmar su corazón.

– ¿Sí?

– ¿Conoce a Miya Atsumu?


Lamento si estaban esperando una descripción del domingo de voleibol de Kageyama y Hinata. Intente que algo llegara a mi, pero al final nada bueno surgía, y esto fue lo que salió, y me parece que quedo bien, estoy lo suficientemente satisfecha... o algo así.

Intentare que el próximo salga en menos tiempo, presionare a la inspiración a mis ratos libres del trabajo. Pero hasta entonces...

Esto es todo amigos, hasta el siguiente capítulo.