Cómo quieres que te olvide si cuando comienzo a olvidarte me olvido de olvidarte y comienzo a recordarte
Hessefan
Disclaimer: Gintama es de Sorachi. Sorachi es mío.
Advertencias: Es un poco AU, porque el pedido fue así, por lo tanto hay alteraciones en la trama; se podría decir que es un what if? O un plano paralelo, incluso está Sakamoto, aunque él viene de otro lado y se une a la guerra Joui más adelante. Hay un ligero Takasugi x Gintoki y algo de Hijikata x Gintoki, pero la pareja principal es Gintoki x Kamui.
Notas: ¡Pedido de Rosa! Me costó mucho hacer este fic, Kamui es un personaje muy particular, encima tuve que meter a las parejas que me pedía y que el fic quedara coherente. Así que espero que les guste y que no me haya quedado tan ooc xD
TWO SHOT
Umibouzu llegó de noche al escondido dojo Shoka Sonjuku. Pocos sabían de la ubicación de la escuela de Shouyou, solo sus aliados y más allegados. Llovía apenas y los integrantes del lugar se encontraban cenando cuando apareció junto a dos figuras diminutas. La niña, escondida tras la falda de su padre, y el niño arrastrado por un brazo y con cara de frustración.
—Chicos, ¿pueden dejarnos a solas? —dijo Shouyou y eso fue como una orden más que una petición.
Los cuatros muchachos se pusieron de pie sin dejar su cuenco de arroz y fueron al cuarto de dormir, pero Umibouzu mandó a los niños con ellos; él también quería hablar a solas con su amigo.
—He cruzado media galaxia para llegar aquí. Kouan es un planeta muerto ya.
—Llevo mucho tiempo sin verte, viejo amigo, pero no entiendo la razón de tu visita en estos momentos tan oscuros. ¿Te unirás a nuestras filas?
—Los asuntos de la Tierra no son asuntos míos. —Umibouzu se trataba de uno de los pocos amantos que era recibido cordialmente en ese paraje olvidado. Lo era, porque saber la ubicación del dojo Shouka Sonjuku implicaba problemas para sus pocos habitantes.
—¿Entonces? —Con una mano le señaló un almohadón para que tomara asiento, cosa que Umibouzu hizo—. Come y bebe algo.
—No puedo ser mercenario y padre al mismo tiempo, por eso venía a pedirte un favor.
—Imagino cuál es el favor, pero aquí no entrenamos yato. El planeta Tierra les queda demasiado chico.
—Yo no puedo lidiar con ellos, en especial con el más grande. —Se sacó la túnica y le mostró el brazo faltante—. Tiene que controlar su naturaleza yato, pero solo es una máquina de matar.
—¿Y esperas que yo lo enderece? —Le dedicó una de sus amables sonrisas, aunque había cierto rechazo en ella.
—No conozco un lugar mejor en el universo donde eso ocurra.
—Tus palabras me comprometen —sonrió de nuevo—; estamos en plena guerra y tener dos yato bajo el mismo techo —suspiró, sin completar la frase.
—Nunca te he pedido un favor tan grande, lo sé. —Se arrodilló ante él y tocó el suelo con la frente— ¡Te lo ruego Shouyou! ¡Son mis hijos y no puedo dejarlos a la deriva!
—¿Cómo está la salud de Kouka?
—Falleció —respondió, volviendo a incorporarse—; y cuando eso sucedió todo se desestabilizó.
—Lo siento mucho, siento tu pérdida. Sé cuánto la amabas.
—Y los niños… han sufrido, por eso hice este viaje hasta aquí.
—Dadas las circunstancias, no puedo negarme. —Le sirvió una taza de sake y siguió hablando—. Por lo que veo, el niño nos traerá problemas.
—Pero apenas tiene ocho años, es capaz de enderezarse. Kagura es diferente, su raza no la define. Tiene apenas cuatro años, no te traerá problemas ella.
—Déjalos, pero no prometo lograr grandes méritos con ellos. No dejan de ser yato.
—¡Te lo agradezco, amigo! —dijo al borde de las lágrimas y haciendo otra reverencia.
—¿Ya te vas? —cuestionó al verlo ponerse de pie y tomar el paraguas que había dejado en la entrada.
—Debo seguir mi camino. Me siento aliviado gracias a ti.
—Te sacas un gran peso de encima —dijo poniéndose de pie para acompañarlo hasta el genkan.
—Son mis hijos, pero no puedo barrer el universo y lidiar con ellos al mismo tiempo. Kamui intentó matarme y sé que es capaz de volver a arriesgarse.
Shouyou lo despidió con una mano, pensando en la clase de engendro que había aceptado en su dojo. Era uno de samurái no de yato. Desde la distancia llamó a Gintoki a los gritos, este salió bajo la lluvia y corrió hasta la sala.
—¿Todo está bien con los niños? —preguntó el maestro.
—El pequeño es un engendro que casi mata a su hermana de una patada porque la glotona se comió todo lo que había para los cuatro —contó resumidamente.
—¿Todo eso en lo que estuve hablando con mi amigo?
—Sí, sensei, ¿Quiénes son?
—Siéntate. —Le pidió que ocupara el mismo almohadón que había ocupado Umibouzu.
Gintoki, a diferencia de los demás integrantes de ese pequeño dojo, era como un hijo para él. Lo había encontrado medio muerto de hambre, rebuscando entre cadáveres algo para hacer dinero. Era un niño de cuatro años y desde entonces lo adoptó. El cariño que le tenía era uno especial, diferente al del resto de sus camaradas.
—Ese niño tiene una mirada aterradora —sumó Gintoki señalando hacia la puerta.
—Son del clan yato. Creo que una vez les hablé de ellos.
—Sí, lo recuerdo. Son mercenarios y asesinos por naturaleza.
—Bueno, conoces a Umibouzu. Él aprendió a controlar su naturaleza.
—¿Y esos dos niños son yato? —Ya se hacía a la idea, tenían la piel muy blanca, usaban un paragua y habían venido con el amigo del sensei. Deducía sin mucho esfuerzo que eran hijos de Umibouzu.
—Sí, y se quedaran un tiempo en el dojo.
—Pero estamos en plena guerra, no podemos hacer de niñeros —rebatió con acierto.
—Lo sé, Gintoki, pero le di mi palabra a Umibouzu y se quedarán con nosotros.
—¿Y para qué me mandó a llamar? —preguntó perspicaz y el sensei sonrió amablemente. Gintoki tenía una personalidad despreocupada y tranquila, sentía que era la persona correcta para encomendarle la difícil tarea.
—Quiero que entrenes con el niño todos los días y que le enseñes nuestros códigos.
—¿Por qué yo?
—Ellos no usan katana para pelear, utilizan su fuerza física, y aunque sean niños no debes subestimarlos. Deberás pelear en serio si no quieres un brazo menos.
—No me ignore, sensei —le reprochó con la confianza que le tiene un hijo a su padre—, le pregunté por qué debo hacerlo yo.
—Porque eres el indicado para encarrilar al pequeño.
—Tiene una mirada diabólica, me da miedo.
—¿Le temes a un niño de ocho años, Gintoki? —Estalló en carcajadas y Gintoki se sintió vapuleado.
—Ok, lo haré. Solo porque me lo pide usted, pero no estamos para hacer de niñeros. Los niños apestan, en todo sentido. Se ve que no se han bañado en días.
—Bueno, entonces hay que bañarlos.
Gintoki se puso de pie suspirando lánguidamente, ¿por qué a él le tocaba la engorrosa tarea de hacerse cargo de un yato con los patitos de la cabeza volados? Volvió bajo la lluvia, a trote ligero, al cuarto de los chicos. Vio una escena que se repetía. Sakamoto riendo con sangre en la nariz y Takasugi con el filo de la katana en el cuello del engendro, mientras Katsura lo sostenía de los brazos con todas sus fuerzas.
—Ok, enviado de satán. Tranquilízate y deja de tratar de matar gente —vociferó Gintoki con las manos en la cintura—. Desde ahora serás mi sombra.
—¡No quiero, suéltenme! ¡Voy a matarlos a todos!
—Esta noche montaremos guardia —propuso Kotaro un poco asustado.
—Siempre montamos guardia, imbécil —le dijo Shinsuke mientras guardaba la katana en su lugar al ver que el niño se tranquilizaba.
—Ha, ha, ha —rio Sakamoto—, qué intenso es el pequeño Kamui.
—¿Y tú por qué lloras? —preguntó Gintoki a la pequeña Kagura.
—Debe extrañar a sus padres —fue la sensata observación de Sakamoto.
—¡Tengo hambre! —dijo la pequeña Kagura.
—¡¿Después de que te comiste nuestra comida tienes hambre?! —Gintoki no daba crédito a lo que escuchó.
—Creo que tengo un paquete de sukonbu por algún lado. —Katsura revisó los pliegues de su ropa hasta que dio con lo que sería la comida favorita de Kagura de ahí en más. Con eso la niña se contentó, pero Gintoki volvió a suspirar, pensando en cómo encarar el asunto.
—Antes de acostarse a dormir tienen que bañarse —decretó Gintoki.
—¡No quiero! —gritó Kamui dándole un puñetazo en el estómago que lo dobló en dos del dolor.
—¡No se trata de que si quieres o no, lo vas a hacer; mugriento como estás no te acuestas cerca de nosotros!
Ese grito autoritario, molesto y hasta dolido por el golpe en su vientre, hizo que Kamui bajara un poco los decibeles, hasta incluso sonrió, cerrando sus hermosos ojos azules en el proceso y mostrando otro semblante.
—Te mataré, samurái.
—Sí, sí… —dijo Gintoki con ironía— mañana lo harás. Ahora toca bañarse. —Lo tomó de un brazo y lo arrastró, pegándole el grito a Kagura de que dejara de engullir y los siguiera.
Llegaron al baño de las afueras, allí Gintoki, entre suspiros de hartazgo porque en verdad no quería hacer de niñero, comenzó a quitarle la ropa al niño. Tenía un traje rojo, típico de los yato, pero se lo notaba sucio, así que pensó en que debería buscar mudas nuevas de su talla.
El pequeño engendro tenía cara de molestia, como si bañarse fuera algún tipo de castigo. Gintoki le deshizo la trenza y trató de hablar cordialmente con él, para tratar de ablandarlo un poco.
—No quiero bañarme.
—Me dijiste eso mil veces —dijo Gintoki con saturación—. Oye, ¿sabes hacerte la trenza? Porque yo no sé.
—Déjala como está. —Bien, era la primera vez que no le ladraba.
—Tienes todo el pelo enmarañado, debo deshacerla.
—Me la hacía mi mamá a la trenza —dijo Kamui de la nada—. Ella me enseñó a hacérmela antes de morir.
Hubo un ligero cambio en el ambiente, hasta Kagura se quedó mirando a su hermano, como si la mención de la madre fallecida hubiera activado un lado humano en esos dos monstruitos. Gintoki tragó saliva, sin saber qué decir. Al final terminó siendo sincero.
—Qué envidia, yo ni siquiera recuerdo a mi madre.
—¿Qué le pasó a tu mamá? —preguntó una inocente Kagura.
—No lo sé —fue la sincera respuesta de Gintoki—. Tengo pocos recuerdos de mi infancia; pero en cambio ustedes siempre recordarán a su madre… y eso lo envidio.
—¿Ya está? —preguntó Kamui desnudo y sin su trenza.
—El agua está fría, pero te vendrá bien para bajar esos humos. —Gintoki no fue malo y le tiró el balde entero en la cabeza, fue despacio, primero le humedeció la cabeza y le pasó jabón, tratando de estirar con los dedos el largo cabello del niño. Tenía un pelo muy bonito. Gintoki odiaba su permanente natural que, encima, era de un color difícil de camuflar en el campo de batallas.
—¡Está muy fría! —se quejó el pequeño al sentir el segundo baldazo sobre el cuerpo. Gintoki desoyó esas palabras y comenzó a pasarle jabón por la espalda y el pecho.
—Tus partes íntimas te las tienes que lavar tú —aclaró con cierto paternalismo, con uno que le había enseñado su padre adoptivo—. Ningún adulto tiene derecho a tocarte en tus partes privadas, ni para bañarte.
El niño acató el pedido, pero de mala gana. Se lavó los genitales así nomás, mientras Gintoki terminaba de lavarle las piernas. Una vez con el cuerpo enjuagado estaba listo para el ofuro, pero no lo dejó entrar.
—¡Tengo frío! —se quejó Kamui.
—Pero falta tu hermana, y yo no la voy a lavar, eso tendrás que hacerlo tú siempre. —Al ver que iba a patalear, se puso firme—. Te guste o no te guste, nadie puede lavar a tu hermana excepto tú. Será tu tarea. Aquí hay que cumplir ciertas reglas, y esa será una para ti.
Kamui la instó de mala manera a su hermana a desvestirse y cuando estuvo lista comenzó a lavarla con violencia, mientras la pequeña se quejaba por el trato. Gintoki entornó los ojos, saturado de estar ahí.
—Es un ser vivo, no la laves como si fuera un auto.
—Mierda —murmuró Kamui.
—Ey, esa boca de letrina.
—¿Tampoco puedo insultar? ¿Esa es otra norma?
—En el dojo nos tratamos con respeto —mintió Gintoki, porque a decir verdad a veces se mandaban a cagar entre ellos, pero quería educar al pequeño como Shouyou le había indicado.
Cuando los dos estuvieron listos, les abrió el ofuro y los hizo entrar. Enseguida la cara de Kamui cambió y apareció esa sonrisa siniestra de ojos cerrados. Gintoki sentía que había hecho la acción del día.
Estaba cansado de lidiar con los pequeños, así que se sentó en el taburete mientras los veía jugar como los hermanos que eran. En ese momento pensó en que pese a su aspecto diabólico y a la sed de sangre, Kamui tenía un lado humano. Eso lo pensó hasta que sacó a su hermanita de una patada del ofuro y la estrelló contra la pared. Pero Kagura rio, aunque Gintoki se paró a asistirla. Era como un juego violento al que estaban acostumbrados a jugar los hermanos.
—Kagura es débil —dijo Kamui en su defensa cuando el samurái lo miró con mala cara. Hasta se encogió de hombros y sonrió.
—Y justamente porque es débil debes tratarla mejor.
—No es mi culpa la debilidad de los demás —parpadeó, avergonzado y sin saber por qué lo estaba. No era una emoción que sintiera, pero frente a ese muchacho, no podía evitarlo.
—¿Te gusta pelear?
—P-Por supuesto.
—Entonces hazlo con alguien de tu nivel. No te metas con los débiles, eso es de cobardes.
—Mi papá me dijo que nunca mate niños ni mujeres —Kamui bajó la vista, se lo notaba arrepentido—, porque los niños puedes volverse fuertes y las mujeres tener hijos también fuertes.
—No te olvides nunca de eso, por favor —reclamó con enfado mientras le ponía una toalla a la pequeña Kagura—. Ahora sal del ofuro y ayúdame a secar a tu hermana.
—¡¿Eso también tengo que hacerlo yo?!
—¡Por supuesto!
Y mientras Kamui refregaba la toalla contra el cuerpo de su hermana, Gintoki le secaba el largo cabello al muchachito. Luego le pasó la toalla, para que terminara con la tarea de secarse y les pidió que se quedaran tranquilos sin armar alboroto.
Volvió al rato con mudas viejas, que solían ser de ellos cuando eran pequeños. Eran kimono de hombre, blancos y ya gastados, pero cumplirían su función hasta que lavaran las prendas que traían ese día.
Ayudó a Kagura a vestirse y luego lo hizo con Kamui. La niña bostezó, así que la tomó en un brazo mientras le tomaba la mano al niño con la que tenía libre. Los llevó al cuarto de los hombres, donde ya había dos tatamis para ellos.
Kagura cayó en un sueño profundo enseguida, pero Kamui se sentó para hacerse la trenza. Gintoki lo observaba en silencio, hasta parecía un chico normal cuando no estaba tratando de matar gente.
—¿Qué miras, samurái? —le sacó la lengua.
—Mi nombre es Gintoki —dijo con enfado a lo que el chico por algún motivo que desconocía, volvió a sonrojarse, en especial cuando el samurái siguió hablando—. Algún día podrías enseñarme cómo hacerte la trenza.
Se recostó en su tatami sabiendo que siempre alguien quedaba haciendo guardia, y escuchó como el niño se acomodaba en el suyo. Gintoki no se durmió enseguida, estaba junto a él vigilando su sueño. Recién pudo cerrar los ojos cuando el niño lo hizo y su respiración se volvió pesada.
(…)
Al otro día el sensei los reunió en el dojo. Les explicó a sus alumnos que los yato no usaban katana, así que el entrenamiento sería diferente. Al menos para Gintoki, que le tocaba lidiar con Kamui. Kagura no mostraba intensiones de pelear, pero el niño estaba ansioso por comenzar.
—Irán afuera, al barranco —indicó Shouyou sabiendo que si peleaban dentro del dojo este quedaría hecho trizas.
Gintoki salió con su bo y detrás de él el pequeño engendro, dando saltos de alegría. Por fin podría medirse con alguien, pelear era lo que lo mantenía con vida prácticamente. Sin embargo, cuando Gintoki giró para mirar su exacerbación Kamui guardó compostura y se sonrojó.
Le pasaba demasiado seguido con ese samurái, no con los otros. Con los demás podía ser el irreverente de siempre, pero con Gintoki le costaba ser él. Se había tomado muy en serio eso de ser su sombra. Y el samurái de pelo plateado tenía una mirada muy intensa, cautivadora.
Llegaron al barranco mientras los demás miraban el espectáculo. No le dio tiempo ni a defenderse con el bo, Kamui enseguida le encajó una patada en las piernas que lo tiró al piso. Shinsuke empezó a reír sombríamente.
—Ve en serio, Gintoki —aconsejó el sensei—. No olvides que es un yato, puede matarte si no peleas en serio.
—¡Lo compruebo con mi cuerpo! —vociferó Gintoki al sentir otra patada en la quijada que lo elevó en el aire y lo hizo caer como una bolsa de cebollas sobre el suelo.
Gintoki afianzó el bo y empezó a defenderse. Sentía que era lo único que podía hacer, una parte de él no quería lastimar al niño, prefería que se entretuviera tratando de molerlo a palos. Pero al final terminó contraatacando. Encontró una abertura cuando Kamui fue a patearle las costillas, y metió el bo para darle un golpe que lo distanciara de él.
Cuando el niño se levantó con sangre brotando en su cabeza, su mirada era la de un demonio. Se relamió la sangre, pensando que al fin podría pelear en serio. El adulto ya no lo subestimaba, y nada le regocijaba más que le tuvieran miedo o al menos respeto.
Así pasaron media hora, hasta que Shouyou frenó el entrenamiento viendo que las ansias asesinas de Kamui iban en aumento. No quería perder a su hijo adoptivo ni que este se viera en la obligación de matar al niño para sobrevivir.
—¿Algún voluntario para seguir? —preguntó el sensei, pero los otros tres se hicieron los locos, dieron la media vuelta y se fueron conversando entre ellos sobre lo nublado que estaba el día.
Kamui apenas tenía una marca en la frente, pero Gintoki estaba todo ensangrentado, así que fue al cuarto de los chicos para limpiarse las heridas de ese feroz entrenamiento. Nunca más, se dijo, sabiendo en su interior que se repetiría la secuencia. Ese pequeño sería su karma.
El niño entró al cuarto y se sentó en el que era su tatami, sin mirar al samurái, como si no pudiera. Se limpió con una gasa la herida. Una parte de él quería darle las gracias a Gintoki por ese rato, que para él fue muy ameno, pero no le nacía, así que salió con otra cosa, que descolocó un poco al otro.
—¿Quieres que te enseñe a hacerme la trenza?
—Ahora en este momento estoy tratando de sobrevivir a las heridas que me hiciste —al ver la carita del niño, su sempiterna sonrisa desaparecida, continuó—, pero sí, enséñame.
Kamui se acomodó frente a él, con ganas de limpiarle esas heridas que le había hecho, pero incapaz de reconocerlo. Se dio vuelta y se deshizo la trenza, mostrándole paso a paso como tenía que hacer. Gintoki le tocó el pelo, sintiéndolo sedoso al tacto.
—Y así queda.
—Tienes un bonito cabello —dijo Gintoki, pero no pudo ver el sonrojo de Kamui. Rara vez la gente le soltaba cumplidos—. Hoy debo ir al pueblo a hacer unas compras, vendrás conmigo.
No olvidaba que Shouyou le había recalcado que no debía sacarle los ojos de encima al niño, porque era un peligro para los demás. Gintoki comenzaba a verlo como un muchachito perdido, pero nada más. Tenía sus lados buenos, pese a su naturaleza yato.
Se dio cuenta de eso en el pueblo, de que era un simple niño. Le pidió que le comprara dulces y como era lo que Gintoki había ido a comprar, le compartió de los suyos. Hasta comieron un helado bajo el gran paragua rojo de Kamui.
(…)
Pasó el tiempo y Kamui creció dentro del dojo convirtiéndose en un muchachito vivaz. Su naturaleza seguía dominándolo, pero Gintoki había aprendido a entrenar con él y a frenarlo cuando salía a relucir su sed de sangre. Cada vez se hacía más fuerte y peligroso, y cada vez Gintoki aprendía de esa fortaleza a mejorar la suya.
Kagura entrenaba con los otros tres, pero era otra clase de entrenamiento. De golpe a la niña le había interesado aprender a pelear, más que nada para poder defenderse del loco desquiciado de su hermano cuando la atacaba.
Ella no podía, porque era una niña, pero cuando hacía mucho calor los muchachos iban a bañarse desnudos al lago, que quedaba casi a los pies del dojo. En ese entonces Kamui tenía doce años y no solía ir, por el sol, su acérrimo enemigo, pero se dio la oportunidad porque el día estaba nublado, pese a que hacía mucho calor.
Era la primera vez que iba con los muchachos y se sentía, en su interior, parte de ellos, aunque se lo negara hasta la muerte. Comenzaron a quitarse la ropa una vez lejos de la mirada de Kagura hasta quedar desnudos.
Kamui se quedó sentado en la sombra de un árbol, viendo ese ritual que casi era diario en el verano. Los muchachos hablaban entre ellos y actuaban con naturalidad, pero de golpe Kamui se empezó a sentir incómodo.
Tenía a Gintoki junto a él, desnudo de pies a cabeza, con su escultural cuerpo lampiño, de piel blanca, apenas nacarada por el entrenamiento bajo el sol. Parecía un dios griego. La respiración se le cortó al pequeño Kamui.
Vaticinó una catástrofe, porque por algún motivo que desconocía, la desnudez de los otros tres no le llamaba la atención, al menos no tanto como la de Gintoki. Cuando le vio el pene dormido, cubierto de una mata de pelo albino, ocurrió lo peor para el muchachito. Tenía una erección, una que era diferentes a las experimentadas en su niñez. Esta era plena, de deseo. Nunca antes había experimentado esa clase de emoción tan fuerte y tan de golpe.
—Puedes bañarte, no hay sol —le dijo Gintoki mirándolo desde arriba—. ¿Qué te ocurre?
—I-Iré a ver si Kagura no está espiando de nuevo —dijo entre tartamudeos y parándose rápidamente para irse del lugar.
En cuanto pudo se encerró en uno de los baños, con desesperación quitó el pene del encierro del kimono y comenzó a masturbarse con cierta prisa, con el temor de ser descubierto, de que su secreto fuera revelado.
Eyaculó copiosamente por primera vez. Y la sensación que tuvo después de eso fue de absoluto pesar y pena. No entendía qué le pasaba, ni a él ni a su cuerpo. No entendía por qué había reaccionado así ante la figura desnuda de Gintoki. No quería admitirlo, porque no le gustaba admitir debilidades, pero ese samurái comenzaba a ser una, y muy pesada.
Cuando salió del baño lo hizo con los ojos aguados, afuera estaba Gintoki, esperándolo. Ya vestido, por supuesto. Vio el semblante de quien todavía consideraba un niño y se preocupó un poco. En esos años había aprendido a estimarlo como a un hermano pequeño.
—Saliste corriendo, ¿qué te pasa?
—N-Nada… solo… —Se encogió de hombros, avergonzado. Hacía apenas instantes se había masturbado pensado en el cuerpo de ese muchacho que se preocupaba por su persona pese a que no dejaba de ser insolente con él.
—Hablemos. —Gintoki lo tomó de una mano, pero era la misma con la que Kamui se había tocado, así que el muchachito se separó bruscamente, como si ese contacto inocente quemara.
—Nada más no quiero nadar desnudo con ustedes, es eso —dijo a medias la verdad.
—Está bien, es normal que te de vergüenza —Gintoki suspiró—; nosotros estamos acostumbrados porque desde niños nos bañamos juntos, pero no tienes que hacer nada que no te agrade, menos cuando se trata de tu cuerpo.
—Lo sé.
—Estás en tu derecho de sentirte incómodo y no querer —continuó Gintoki—, ahora entiendo por qué saliste corriendo como un loco.
La conversación quedó ahí, no charlaron más del tema, pero Gintoki le propuso entrenar, para entretenerlo. El chico aceptó, pero como si fuera de mala gana, cosa extraña en Kamui cuando lo que más le gustaba en el mundo era pelear.
Fueron al barranco, que ya era de ellos, su campo de batallas. Había señas de que lo era. Rocas destrozadas, marcas en ellas, sablazos, patadas. Gintoki fue con todo, pero Kamui se mostraba algo cohibido a chocar contra él, como si repeliera de golpe el cuerpo de ese samurái.
Gintoki paró la sesión de entrenamiento a la mitad, dándose cuenta de que Kamui estaba muy extraño ese día. No solo por su sonrojo, no estaba luchando con esa sonrisa malsana de satisfacción.
Llegó la hora de comer y el chico estaba taciturno. Gintoki lo observaba de reojo, preguntándose a qué se debía. Dudaba que la situación en el lago fuera tan traumática como para dejarlo así.
Cuando tocó irse a dormir, Gintoki aprovechó la soledad momentánea que tenían para ofrecerse a hacer una tarea que no era necesaria, pero que siempre lo acercaba al chico. Se sentó tras él y le deshizo el peinado.
—¿Qué haces, Gintoki?
—Te haré mejor la trenza —explicó él—, se te desató un poco durante el entrenamiento que, por cierto… —Eso le daba pie a hablar del tema.
—¿Qué? —Sentía las manos del samurái ajustándole el pelo y cerró los ojos de deleite.
—No sé, hoy estás raro. No entrenaste como otros días. ¿Quieres hablar del tema?
¿Por qué ese samurái tenía que ser amable con él? ¿Por qué, pese a buscar matarlo en cada entrenamiento, se preocupaba por su persona? ¿Por qué sentía ganas de llorar, de matarlo y de abrazarlo al mismo tiempo?
—No es nada, solo estoy cansado.
—Hoy no hubo sol.
—No solo el sol me cansa —rebatió Kamui acostándose en su tatami cuando el otro terminó de hacerle mejor la trenza—, tú me cansas también. —Esas palabras hicieron reír un poco a Gintoki y lo miró con otros ojos.
—Creo que has crecido mucho en estos cinco años, Kamui —dijo recostándose en su lugar—, te has vuelto más grande y más fuerte.
—Algún día te mataré.
—Cuando pelees en serio conmigo, seguro lo harás —le revolvió el pelo, jugando con su mechón, ese que sobresalía de su cabeza—. Estoy orgulloso de ti, tu naturaleza yato no te define. Puedes ser una buena persona.
Kamui dio la vuelta y cerró fuerte los ojos para evitar llorar. No entendía qué clase de sentimientos comenzaba a despertarle ese samurái, pero que le dijera esas cálidas palabras fueron un bálsamo, como algo que siempre había querido escuchar. Al menos de su parte.
(…)
Pasaron un par de años hasta que Kamui aceptó lo que sentía por Gintoki; en su inocencia sentía que era recíproco, pero platónico. Gintoki no dejaba de entrenar duramente con él y de ser su consejero en todo. Platicaban mucho por las noches y hasta fue la primera persona que le dio sake para beber, diciéndole que ya era un hombre, con apenas catorce años.
Pero una noche ese sueño idílico se vino abajo. Kamui se había levantado en plena madrugada para ir a orinar, hizo lo suyo, pero ver luz en la despensa de comida no era algo usual a esas horas de la noche, así que curioso se acercó.
Lo que vio a través de la ventana lo dejó sin habla. Gintoki estaba desnudo, boca abajo, con el torso apoyado sobre una manta y con las caderas algo levantadas, mientras Shinsuke estaba sobre él, apretándole un muslo y mordiéndole un omóplato. Ambos se movían, hacia adelante y hacia atrás, y Kamui tenía edad suficiente para entender lo que estaba pasando. Cada embate de Shinsuke era como una dura estocada al cuerpo del samurái que él más admiraba. Al que amaba en secreto.
Sin pretenderlo, su cuerpo reaccionó, pero no con una excitación, sino con ira. Los miró completar el acto, como Takasugi eyaculaba en el interior de Gintoki mientras este se aferraba a la manta, buscando con la mano su propio y frenético placer.
Kamui se quedó afuera, a la espera de que los amantes salieran. Cuando eso ocurrió se les fue al humo, peleando en serio, con ansias asesinas. Shinsuke acabó estampado contra unos bidones de agua, mientras que Gintoki terminó arrodillado por una patada.
Lo tomó de un brazo al pequeño engendro y lo hizo subir hasta el barranco, su zona de combate. No quería despertar al resto y dejarse al descubierto, de lo que hacía con Shinsuke noche de por medio.
No tenía su bo consigo, así que le tocó defenderse de los ataques feroces de Kamui con los brazos. Ya los tenía marcados de tanto parar puños y patadas. El chico parecía fuera de sí, como si la cadena se hubiera roto en su cabeza.
—¡Voy a matarte hoy Gintoki!
—¡Espera, estoy en desventaja, no tengo mi bo! —dijo para salvarse, pero fue en vano. Kamui no entraba en razón.
—¡Te odio con todo mi corazón!
Gintoki pudo ver que el chico lloraba, así que se las ingenió para hacerle una llave y tumbarlo de espaldas en el piso. Era verdad que Kamui estaba furioso, pero a la vez se notaba que en verdad no quería pelear.
—¡¿Nos viste?! —Gintoki daba por hecho que sí, estaba cerca de la puerta.
—¡Sí, me dan asco! —vociferó Kamui tratando de zafarse— ¿Por qué, Gintoki?
—Lo siento —dijo, creyendo comprender lo que pasaba.
—Te odio —le escupió en la cara, enfurecido.
—No es cierto, por esa razón estás como estás. —Le secó con la yema de los dedos las lágrimas que asomaban.
Kamui no pudo con ese gesto de un amable samurái; siempre era así con Gintoki, siempre sentía la fuerza drenada, siempre se sentía a su merced. Tenía un poder para con él, capaz de controlarlo, que no entendía de dónde venía.
No resistió el impulso y el muchachito estiró la cara para rozarle con ansias los labios. Ya no aguantaba más, ya no podía negárselo a sí mismo ni seguir ocultándole a Gintoki lo que le pasaba con él.
—Te odio, Gintoki —volvió a decir, pero sin fuerza y con lágrimas.
—Lo siento mucho, Kamui —dijo, dándole un beso en la frente transpirada—. No es mi intención herir tus sentimientos.
—¿Por qué no me quieres?
—Te quiero, tonto —rio él, sin salir del lugar, con el cuerpo recostado sobre el del menor—. Tuve que aguantar que fueras mi sombra siete años. Aprendí a quererte.
—Pero yo quiero hacer contigo lo que haces con Shinsuke —reclamó, respirando agitado, acalorado—. Voy a matar a Shinsuke.
—No vas a matar a nadie esta noche, tranquilízate.
—¿Por qué no me correspondes?
—Kamui… debes crecer un poco más para hacer esas cosas —dijo, poniéndose de pie y dándole una mano para ayudarlo a pararse.
No había querido rechazarlo categóricamente, pero estaban en medio de una guerra, Kamui todavía era un niño a sus ojos, simplemente no podía corromperlo o corresponderle de alguna manera. No se lo perdonaría a sí mismo si mancillaba esa hermandad creada a golpes.
Volvieron al cuarto de los chicos, donde ya todos dormían. Gintoki se acostó cansado, satisfecho de haber aclarado el asunto con el muchachito, pero estaba lejos de eso. Kamui se mantuvo despierto, rememorando ese efímero beso no correspondido, tocándose los labios, ansiando más, envidiando a Shinsuke.
Cuando apenas amanecía quién debía hacer guardia estaba dormido, no era otro que Gintoki. Kamui preparó un bolso con comida, no tenía pertenencias más que su paragua rojo, y en sigilo salió al exterior. Si alguien le preguntaba, diría que iba al baño.
Eso no ocurrió, nadie detuvo su huida. Bajó por un camino empedrado sin saber a dónde ir, pero seguro de marcharse de un lugar en el que le costaría estar. Si Gintoki no correspondía su amor adolescente, estar cerca de él sería un calvario.
(…)
Habían pasado cuatro años y mucho había cambiado. Apenas Kamui desapareció del dojo, la guerra se desató con resultados nefastos. Durante ese tiempo, Gintoki estuvo preguntándose sobre el muchacho, pero sabiendo en su interior de que tenía las herramientas necesarias para sobrevivir en el mundo moderno.
Se sentía responsable directo de la huida de él, por eso, cuando escuchó que había un yato de pelo rojo asesinando grandes samurái supo que hablaban de Kamui y decidió buscarlo. Por lo visto el muchacho se había metido en problemas con la ley y andaba refugiándose en el lugar donde siempre era de noche: Yoshiwara.
Era un lugar que Gintoki frecuentaba cuando no gastaba todo su dinero en el pachinko; pero en esa ocasión caminó por las calles del prostíbulo ignorando a las cortesanas que se le acercaban en busca de su billetera. Estaba más entretenido viendo cabelleras rojizas, pero sabía que no sería fácil encontrarlo.
Llegó a la zona más cara de Yoshiwara, allí donde ya no se podía ingresar si uno no era un funcionario importante. Las escuderas le cerraron el paso y le ordenaron que diera la media vuelta y se fuera.
—Solo quiero hablar con el dueño, deben tener algún jefe.
—El señor Hosen está ocupado.
Bien, ahora sabía a quién estaba buscando, esa era la información que necesitaba. Dio la media vuelta y caminó por el puente de madera, pero en cuanto pudo, buscó trepar por uno de los costados, asegurándose de que era un punto ciego.
Caminó por los techos, hasta que encontró una abertura para entrar. Una vez en el lugar, se dio cuenta de que era una habitación. Apenas salió de ella miles de kunai le llovieron por la cabeza. Alcanzó a desviar varias con sus reflejos y ayuda de su bo, pero algunas se le clavaron en el pecho, las piernas y los pies.
—¡Un invasor! —Las Hyakka dieron el aviso.
Gintoki levantó las manos. Estaba en desventaja numérica, no quería pelear contra esas mujeres y solo estaba ahí por una razón. De golpe las muchachas se hicieron a un lado, dando paso a una figura masculina.
—No se preocupen, chicas —dijo el hombre, cubierto enteramente por una venda blanca, parecía una momia—. Este es mío. Yo lo mataré.
Una patada fue lo que vaticinó Gintoki, pero poco le sirvió cubrirse con los brazos. Tanta fuerza aunada en una sola persona logró sacarlo del lugar hasta el exterior de nuevo, atravesando paredes de papel.
A duras penas alcanzó a ponerse de pie y vio un paraguas abrirse seguido de una lluvia de balas. Escaló hasta el techo, tratando de escapar de ese monstruo, pero dicho demonio fue tan rápido como él y cuando llegó, ya lo tenía enfrente con una nueva patada lista.
Vio el color de esos cabellos, rojos como el fuego; el color de esos ojos, azules como el cielo. Sin duda debía tratarse de él, pero se le dificultaba hablar tratando de sobrevivir a su furia, que parecía inagotable.
—¡Kamui! —alcanzó a gritarle cuando pudo tenerlo cara a cara, bo mediante ellos para evitar otra paliza.
El muchacho tomó distancia y dio un suspiro. Con lentitud fue quitándose las vendas, pero seguía empuñando su paragua. Cuando dejó a la vista su rostro, la cara de Gintoki se iluminó de emoción.
—Te mataré, Gintoki.
El samurái sabía que el muchacho hablaba en serio, así que peleó de verdad. Gintoki trató de no darle respiro, de asestar sablazos a cualquier parte de su cuerpo. Conocía la fortaleza de los yato, no moriría por un par de golpes.
Gintoki le veía el brillo de los ojos cambiados, ya no había inocencia o pureza en ellos, y se preguntaba qué había sido de la vida de él esos cuatro años. Pero el muchacho no lo dejaba ni hablar, así que hizo lo que, creyó acertadamente, daría un final a esa tonta pelea.
Lo tumbó de espaldas sobre el suelo, colocándole el bo en el cuello y sin esperar un segundo, porque Kamui no le daba respiro ni chance, le estampó un beso en los labios. Primero fue uno apresurado, casi de desesperación, pero a medida que los segundos pasaron fue suavizando el contacto.
Kamui se quedó con los ojos bien abiertos, incrédulo de lo que pasaba, incapaz de resistirse al encanto de sentir la lengua tibia de ese samurái jugando con la suya. Fue un beso húmedo, que el muchacho terminó con un ligero mordisco.
—¡Se puede saber qué demonios pasa por tu cabeza! —reclamó Gintoki sentándose a su lado— ¡Cuatro años, Kamui!
—¿Eso es lo primero que piensas decirme, imbécil? —Estaba agitado, ese beso fortuito le había quitado no solo el aliento, hasta las ganas de pelear.
—¡Desapareciste sin decir nada! —siguió reprochando, con enojo, con uno acumulado—. ¡Nos preocupamos por ti, ¿sabes?!
—¿Cómo está el sensei? —preguntó, sentándose frente a él. La sangre le corría por la cara y no le dejaba ver bien la figura del samurái.
—Muerto —fue la dura respuesta de Gintoki. Al menos se había serenado un poco con la mera mención de Shouyou, hasta mostró un semblante diferente, ya no más de ira—. La guerra no acabó bien para nosotros.
—Entiendo —dijo sin dolor por la noticia.
—Te ves cambiado —apuntaló Gintoki más calmado, viendo esa sonrisa siniestra y esos ojos apagados—. Te has convertido en lo que el sensei no quería, una máquina de matar.
—Oh, los rumores corren.
—Sí, estás metido en problemas con la ley. ¿Ahora eres un asesino, Kamui? —Volvía a molestarse, pero más con el muchacho, consigo mismo. Seguía sintiéndose responsable de la partida de Kamui, de que los hechos se fueran dando así.
—¿Cómo está mi hermanita? ¿Ya se hizo fuerte? —cuestionó sin responder la pregunta.
—Te extrañó —contestó—. Y yo también te extrañé. —Miró el suelo, contrito.
—¿Shinsuke sigue vivo?
—Hierba mala nunca muere.
—Genial —dijo haciendo la sonrisa más grande—. Es mi próxima víctima.
—¡Estás a años luces de matar a ese loco!
—Oh, ¿temes que mate a tu novio?
—No es mi novio. —Eso le trajo recuerdos amargos, del día de la partida de Kamui, jamás lo olvidaría—. De hecho, nunca fuimos novios. No veo el amor como suele verlo el común de la gente.
—Entonces no sentirás dolor si mato a tu camarada.
—Tampoco lo es —contradijo, entornando los ojos, ahora le estaba dando a Kamui una nueva obsesión. Pudo haberle dicho que Shinsuke estaba muerto y se acabó el problema—. Fuimos camaradas en el pasado, pero ahora está más loco que tú… y yo no me mezclo con locos. Bastante tengo con sobrevivir el día a día.
—¿A qué te dedicas ahora que no eres samurái? —Sabía, como todo el mundo, que estos estaban prohibidos en la nueva Edo.
—Soy un simple Yorozuya… —contó con una ligera sonrisa— Junto a tu hermana, su perro endemoniado y un chico más, que se llama Shinpachi.
—Qué bajo has caído, Gintoki —le regaló una carcajada.
—¡Mira quién lo dice! ¡Tú te has rebajado a ser un simple asesino! —contraatacó con furia, quería nalguearlo, como lo hacía cuando tenía ocho años y se mandaba alguna travesura.
Kamui no quería admitirlo, pero se encontraba muy a gusto dialogando con Gintoki. En esos cuatro años siempre supo que si se quedaba en la Tierra, tarde o temprano, lo volvería a ver. Y ese beso… debía significar algo, para él era significativo. No obstante, Gintoki solo lo hizo para calmarlo, imaginaba que solo así podía parar una pelea a muerte con Kamui.
—¡¿Qué está pasando aquí, Kamui?! —gritó alguien, rodeado de mujeres. Era un tipo intimidante, de pelo gris, largo y lacio. Su mirada era la misma que tenían la mayoría de los yato, su cuerpo emanaba sed de sangre.
—Nada, jefe. Solo una visita.
—¿Una visita?
—Yo me encargo del intruso —aclaró el pelirrojo poniéndose de pie para seguir la pelea—. Usted vaya con sus mujeres y su sake, que yo me encargo de matarlo.
Hosen se cruzó de brazos y se quedó allí a ver la pelea, pero esta no comenzaba. Comprendió que solo era una excusa para dejar escapar al intruso; así que se quitó la parte de arriba del kimono y arremetió contra Gintoki, que ni siquiera se había puesto de pie y tenía su bo lejos.
No hizo falta. Kamui detuvo el ataque con sus dos brazos en cruz. Había sido una patada feroz que seguramente le hubiera roto un par de huesos a Gintoki; este entendió que por el bien de Kamui lo mejor era marcharse, pero no quería hacerlo sin el muchacho. Aún le preocupaba.
—¡¿Qué haces, Kamui?! —reclamó Hosen.
—Sabe, jefe, que no me gustan que se metan en mis peleas —aclaró con una sonrisa mientras abría el paraguas para que una lluvia de balas diera contra el sujeto—. Usted ya está viejo para esto.
—¡No subestimes a tu maestro!
—¡Ok, me voy! —gritó Gintoki— ¡Dejen de pelear a muerte por mí!
—¡Nadie hablaba contigo! —le gritaron a coro.
Gintoki aprovechó la distracción que generaba Kamui para irse sigilosamente. No le agradaba nada la idea de dejarlo a merced de ese otro yato, peo comprendía que durante esos cuatro años había sido su mentor y quizás la persona que lo había convertido en esa máquina de matar.
Más preocupado estaba por Shinsuke. Aunque no lo consideraba un camarada ya, porque sus caminos se habían separado, sabía que Kamui hablaba muy en serio. Pudo verlo en el azul de sus ojos que se la tenía jurada. Debía encontrar a ese otro loco y advertirle que sería la próxima víctima. Kamui se había hecho muy fuerte en esos cuatro años y dudaba un poco de que Takasugi pudiera contra él.
La pelea entre los yato seguía su curso, pero no tardó en ser frenada. Abuto, el segundo al mando de Kamui, se interpuso entre sus jefes, perdiendo un brazo en el proceso. Era un precio justo a pagar por involucrarse en esa lucha titánica.
—Bueno, no me quejo —dijo Abuto refiriéndose a su brazo, del cual manaba sangre— si con esto detengo la pelea.
—No te metas, Abuto, ¿o quieres morir? —Lo amenazó Kamui.
—Ya basta, no me gusta que peleemos entre nosotros. Quedamos pocos yato como para matarnos entre sí —explicó, dándole la espalda al pelirrojo, pero mirando de frente a Hosen.
El grandote decidió que era suficiente. Prefería pasar el tiempo con Hinowa que estar allí tratando de educar al irreverente Kamui. Además el intruso ya se había ido; en caso de que volviera, él se encargaría personalmente.
