La Yorozuya tenía un nuevo trabajo auto impuesto: encontrar al líder del Kiheitai. Ese grupo de extremistas permanecía oculto la mayor parte del tiempo, pero Gintoki tenía contactos que lo acercaban a su antiguo camarada. Con preguntar a las personas correctas supo ubicar el escondite, uno de los tantos.
Esa noche estaban camuflados de pescadores; se dio cuenta de que había dado en la tecla porque cuando quiso subir al barco enseguida lo frenaron con armas blancas. No eran simples pescadores, eso era obvio.
—Solo quiero hablar con su líder —explicó Gintoki sin ánimos de pelea—, díganle que Shiroyasha necesita advertirle algo.
Al escuchar ese mote muchos supieron de quién se trataba. De un antiguo camarada de su líder, este les había hablado de la mítica leyenda. Solo no esperaban encontrar a un tipo desaliñado presentándose como tal.
—Claro, y yo soy caperucita roja —dijo uno, y todos empezaron a reír. Gintoki se sintió un poco vapuleado en su ego.
—Déjenlo pasar.
—Señor Bansai —intentó reclamar uno de los hombres.
—Es Shiroyasha —aclaró el sujeto—. Sígueme, te llevaré con él y si intentas algo raro, te mataré.
—¿Por qué la gente quiere matarme? —masculló, molesto por la jornada que había tenido— No hago más que leer la Jump y comer dulces. Eso debería hacerme una persona dulce, ¿no? No como a alguien a quien hay que matar, ¿no?
Bansai no le respondió, lo ignoraba. Abrió la puerta de papel de arroz, tras ella estaba Shinsuke bebiendo sake en una pose desgarbada. No se incorporó ni cambió su semblante al ver a Gintoki allí. Hasta era como si esperara su visita, cuando no era así.
—Espero que tengas una buena razón para venir hasta aquí —fue lo primero que dijo Takasugi en un tono flemático.
—¿Ni sake me vas a ofrecer? —se quejó, y una vez que Bansai se fue dejándolos solos, lo encaró con el asunto— Vengo de buena fe.
—Tú siempre traes problemas —rebatió fumando de su pipa.
—Vengo a advertirte que estás en la lista negra de… —No pudo completar la frase. El sonido de algo explotando los hizo poner en alerta.
Shinsuke se puso de pie y salió al exterior, a la cubierta del barco. Allí todo era caos. No solo había fuego, también hombres muertos y heridos, haciendo de una gran alfombra de cadáveres. Sobre la mesana del barco había una figura. Su trenza roja ondeaba al viento.
—Creo que llegué tarde —murmuró Gintoki adivinando quién era la persona en lo alto.
—Sabía que si te seguía daría con él —dijo Kamui bajando de un salto grácil.
—¿Cómo no me di cuenta? —Gintoki se llevó los dedos al puente de la nariz—. ¿Me estoy oxidando más de lo que pensaba?
—Yo era tu sombra, así que aprendí a seguirte sin que te dieras cuenta, Gintoki—aclaró el muchacho—. No sientas pena por no sentir mi presencia. Es clave saber ocultarse cuando buscas matar a alguien.
—Sigues tan loco como siempre —fue lo que acotó Shinsuke sin amedrentarse por el aura asesina del yato.
—Y sigo con ganas de matarte. —Se le fue al humo de inmediato, con una patada que Takasugi recibió de lleno—. ¡Desde hace cuatro años que busco matarte! ¡Sabía que Gintoki me traería a ti tarde o temprano!
—¡Pelea en serio, Takasugi, porque está más loco que hace cuatro años atrás! —le aclaró Gintoki mientras sacaba el bo de su cintura al ver que le llovían balas.
—Ahora podré matarlos a los dos —dijo Kamui dando puñetazos que Shinsuke a duras penas podía esquivar sin evitar dar pasos atrás, hasta el borde del barco.
—¡AAAAH! —exclamó Gintoki— ¡Ya estoy harto de todo esto! —Sabía lo que tenía que hacer para tranquilizar a Kamui y, como si fuera un nene, le cruzó un brazo por el estómago, golpe mediante, que lo dejó medio fuera de ring, y le asestó una fuerte nalgada con el bo.
—¡¿Q-Qué haces, Gintoki?! —cuestionó un desencajado y sonrojado Kamui— V-Voy a matarte —aseveró ya sin tanta convicción.
—¡Mañana lo harás, mocoso! ¡Ahora te vienes conmigo! —vociferó arrastrándolo por el piso de la trenza. Estaba saturado de la sangre yato y había aprendido a lidiar con esta gracias a Kagura.
—Gintoki, no puedo dejarlo ir después de que ha matado a la mitad de mis hombres —aclaró Shinsuke desenvainando al fin. Ni tiempo a eso le había dado el engendro.
—¡Otro día, Takasugi! ¡Agradece que te salvé el culo! —Elevó un brazo en señal de hartazgo y lo ignoró para atravesar el fuego y desaparecer con el yato.
Ya afuera, soltó a Kamui, pero le aferró con fuerza la mano haciéndole tronar los dedos. No pensaba dejarlo ir así como así ahora que al fin lo había encontrado y podía hablar con más calma con él. Una parte de su persona seguía sintiéndose responsable de la tarea encomendada por el sensei; era su deber enderezar esa hoja torcida.
—¿E-Estás enojado, Gintoki? —preguntó Kamui medio sonrojado, un poco porque ahora el agarre de manos era uno completo, y tenerlo así le aceleraba el corazón, sino también porque podía verle el ceño fruncido.
—¡Sí! ¡He tenido un día pésimo por tu culpa! —clamó mientras iban camino a su casa— ¡Una vez que al fin te encuentro después de tanto buscarte y me haces pasar un día fatal!
No hablaron más que eso en el trayecto. Kamui no dejaba de mirar a Gintoki, lucía más grande, dolorosamente mucho más grande que él. Ya no vestía como lo recordaba, con su ropa de combate, en cambio llevaba una yukata que le sentaba muy bien. Tenía unos detalles llamativos, unas ondas de color celeste, y un pantalón negro. Ya no era el Shiroyasha que él conocía, pero, a la vez, no dejaba de ser su amor de adolescente.
Llegaron a unas escaleras. Gintoki le hizo la seña de silencio y subieron despacio, pero los escalones eran viejos y crujían a cada paso. Al final llegaron a una puerta de doble que el samurái abrió. Adentro la luz estaba apagada, aunque los sentidos agudos de Kamui le hicieron percatarse del olor de su hermana. Sintió que las tripas se le revolvían.
—Haz silencio que tu hermana duerme —susurró Gintoki haciéndolo pasar. En el genkan se descalzaron y entraron a la cocina—. Tu panza suena, debes tener hambre o ganas de ir al baño.
—Es hambre, es hambre. —El muchacho pudo guiarse mejor cuando el adulto prendió la luz de la cocina, Se sentó despreocupadamente en la mesada y esperó a que le alcanzaran un cuenco con arroz.
—Cierto que tú devoras como tu hermana —reconoció Gintoki, para después pasarle la olla y verlo deglutir como hacía Kagura—. En solo unos pocos años te has metido en grandes problemas, ¿qué hacías en Yoshiwara? —Decidió darle charla, porque quería saber qué había sido de él. En verdad se había preocupado por su estado en esos cuatro años.
—Cuando me fui —dijo entre bocados, con la boca llena y migajas en la cara— me crucé con los piratas Harusame. La séptima división era comandada por un yato. En poco tiempo fui la mano derecha del líder.
—¿El viejo ese capaz de asesinar a cualquiera que se le cruce? —Recordaba a Hosen, emanaba una energía oscura y poderosa.
—Hosen fue mi mentor estos cuatro años, pero ya está viejo —dijo dándole el cuenco vacío—. En cuanto pueda me haré con el poder. No falta mucho para eso.
—Deja de meterte en problemas, por favor. —Tomó la olla y la puso en la pileta, para después apagar la luz, tomarlo de un brazo y guiarlo a tientas, en la oscuridad, por su casa.
Lo condujo hasta su habitación y prendió la luz tenue del velador. Buscó un tatami en su ropero que enseguida extendió junto al suyo. Kamui había quedado parado a un lado de la puerta abierta, mirándolo.
—Estás herido.
—¡No me digas! —ironizó— No sé quién habrá sido el responsable —continuó tratando de no elevar más la voz. Mientras, armaba la cama para el chico.
—¿Tienes un botiquín de primeros auxilios?
—En el baño —respondió entendiendo en la mirada arrepentida del chico que buscaba subsanar la locura creada ese día. Le daba hasta ternura verle ese semblante a alguien tan desquiciado—. Iré yo a buscarlo.
Una vez que regresó con dicho botiquín, encontró al muchacho sentado en el tatami, como esperándolo. Gintoki comenzó a desvestirse con cuidado, en algunas partes de su cuerpo la tela se había pegado a las heridas. Quedó en ropa interior, un bóxer con fresas, cerró la puerta y se acercó por detrás de Kamui hasta pasarlo de largo y sentarse frente a él.
—¿Puedo hacerlo yo? —preguntó al chico al ver como Gintoki embebía alcohol en una gasa.
El hombre le dio con el gusto. Le pasó el trozo de tela y la primera herida a tratar fueron las de sus hombros, donde algunos kunai lo habían rozado. Tenía un gran moretón en el vientre, y Kamui se sintió responsable de eso.
—Es raro que esté curándome alguien que quiere matarme —dijo el samurái un poco para cortar ese clima que comenzaba a ponerse raro.
—Tú me has curado miles de heridas cuando era niño. Solo es un gesto. —Humedeció otra gasa y la traspasó por la cara interna del muslo, rozando con los dedos esa piel que anhelaba.
Tenerlo a Gintoki así, semidesnudo, poder tocarlo, aunque fuera a través de un trapo, era más de lo que podía soportar. Sin pretenderlo tuvo una erección. Ya no era un niño y sabía lo que quería, así que sin miramientos dejó la gasa y tocó con la palma abierta de la mano la entrepierna del mayor.
—¿Qué haces? —Gintoki lo tomó de la muñeca bruscamente, no quería reconocerlo, pero el estar así con el muchacho lo provocaba un poco, más si encima este lo tocaba en los genitales de manera tan directa.
—Lo siento, no resistí el impulso —dijo con una gran sonrisa y la cara roja por su propio atrevimiento—. Ya no soy un niño, Gintoki.
—¡Veo!
—Aparte tú me besaste —siguió, sin borrar esa mueca afable de su rostro—. Hazte responsable de tus actos.
Gintoki no se lo dijo para no herir sus sentimientos, pero se arrepentía profundamente de haberle comido la boca así. Admitía que había sido un buen beso, lleno de pasión y no de inocencia; pero el samurái había actuado de esa manera impulsiva solo para frenarlo.
Sin pensarlo dos veces se puso de pie ocultando la erección que ese chiquillo le había provocado y se vistió con el piyama, sin decirle nada. Sentía que quien estaba en falta era él, por haberlo traído a su casa y tenerlo en su habitación personal con ansias de sexo. No se atrevía a llegar tan lejos con el muchacho, todavía lo veía como al pequeño Kamui que era su sombra y no se le despegaba; aunque a decir verdad había crecido.
—Deja de mirarme así —le reclamó Gintoki cuando se acomodó en el tatami. Kamui seguía sentado en el suyo, duro como una roca—. No voy a tener sexo contigo estando tu hermana bajo el mismo techo. —Esperaba que eso fuera suficiente excusa como para convencer al chico.
—Siempre fue de sueño pesado —dijo Kamui, refiriéndose a Kagura—. Aparte seré silencioso. —Como muestra de su estado, se estiró un poco hacia atrás apoyando las palmas de la mano en el suelo, revelando la erección que tenía. Por poco y no le rompía los pantalones.
—Quita esas ideas locas de tu cabeza.
—¿No puedo dormir en tu tatami?
—Si prometes portarte bien —accedió, abriéndolo para que entrara.
Ese inocente gesto fue peor, porque le recordaba las veces que de niño se pasaba a su cama para dormir mejor, en palabras de un pequeño Kamui. Lo cierto es que siempre se sintió seguro y cuidado con Gintoki, por eso adoraba dormir con él.
Kamui acercó el cuerpo al de Gintoki, entrelazándole las piernas a las de él. En ese punto el samurái se percató mejor de la poderosa erección que tenía el renacuajo. Decir que estaba caliente es poco, estaba en celo, porque no dejaba de refregarse contra él. Y Gintoki que no sabía cómo escapar a lo que él mismo había creado sin intenciones.
—Bésame —masculló Kamui pegando los labios al cuello de Gintoki.
—Dijiste que ibas a portarte bien.
—Nunca dije que sí —contradijo risueño, quería doblegar a ese hombre incorrupto.
—Asentiste con la cabeza cuando te pregunté, yo te vi. —El samurái se dejó llevar un poco por los suaves besos que el chico le dejaba en el cuello.
Al final fue el mismo Gintoki quien le buscó la boca de nuevo. Le regaló un beso superficial, que dejó a Kamui con ganas de más. Quería de nuevo sentir la humedad, la lengua, así que metió la suya, pero recibió rechazo.
—¿Por qué no me quieres? —cuestionó Kamui al borde de las lágrimas y Gintoki no podía con eso, no podía ver esos hermosos ojos azules llenarse de agua.
—Te quiero, tonto —contradijo con una carcajada apagada—. Y porque te quiero, no quiero lastimarte.
—No entiendo.
—No espero que entiendas —dijo a la par que bajaba la mano para acariciar por sobre la tela del pantalón la dureza del muchacho—. Necesitas serenarte, necesitas claridad.
Kamui cerró fuerte los ojos, frunciendo el ceño de dolor y placer a la vez. Esa caricia había sido como una tortura en su estado, pero enseguida el mayor se encargó de satisfacerlo. Rebuscó entre los pliegues de ropa hasta que pudo sacar el pene de Kamui. Lo sentía latir en la mano y endurecerse más, si cabía. Era suave y cálido, hasta se sentía bien.
Lo masturbó con calma, mientras le dejaba besos en toda la cara, la nariz, el mentón, la frente. A veces en los labios. Kamui soltaba pequeños suspiros de gozo, hasta que sintió que ya no podía más. Intentó hacer lo mismo, pero apenas alcanzó a tocarle el pene duro a Gintoki, que este le retiró la mano con dulzura.
Cuando se percató de que el muchacho estaba a punto de correrse, buscó una de las gasas sin usar para poder volcar en ella toda la semilla. Kamui no podía creerlo, que Gintoki lo tocara de esa forma era demasiado, y en poco tiempo eyaculó copiosamente. Gintoki lo limpió y se acostó boca arriba, mirando el techo, como si nada trascendental hubiera ocurrido.
—¿Y tú? —cuestionó Kamui, con la cara sonrojada por lo intenso que había sido lo vivido.
—Yo estoy bien —mintió, porque se moría de ganas de tener sexo, pero no mancillaría la hermandad que tenían—. Con darte placer es suficiente para mí.
—Iré a mi tatami entonces —dijo un molesto Kamui. Gintoki lo notó en el tono y en la manera de salirse del suyo.
—¡Ey! Encima que te masturbo, te ofendes —reclamó entre risas.
—Duérmete, samurái —demandó acostándose en su tatami y dándole la espalda—, si no quieres que te mate.
En verdad Kamui estaba muy molesto. No pensó que Gintoki fuera tan imposible, tan inalcanzable, pero aun teniendo una erección, lo rechazaba. Era insultante, porque el chico estaba entregado y dispuesto. Y eso para Kamui era una patada a su ego.
No le extrañó a Gintoki que, al despertar, el muchacho no estuviera. Fue al comedor donde Kagura estaba viendo la televisión para tratar de dar con él, pero la yato nada dijo, así que supuso que se había ido bien temprano en la madruga. Casi exactamente igual que hacia cuatro años atrás y casi por las mismas razones… el rechazo. Cuando Kamui no obtenía lo que quería podía convertirse en un ser muy caprichoso.
—Apareció tu hermano —dijo Gintoki con un cartón de leche de fresa en la mano.
—Ya me lo habías dicho ayer. —Kagura se escarbaba la nariz con un dedo, indiferente.
—Pero se quedó a dormir, pensé que quizás lo viste salir a la mañana.
—No, no lo vi —alzó los hombros—. ¿Sigue tan loco como siempre?
—Peor que hace cuatro años atrás.
—¡Cuando lo vea voy a patearle el culo por desaparecer así! —vociferó la muchacha.
Era día sabático para la Yorozuya, así que Shinpachi no iría a limpiar, les tocaba la tarea engorrosa a ellos. No obstante, a media mañana, el timbre sonó. Ambos pensaron que era un cliente, pero se trataba de alguien inesperado que no solía visitarlos.
—Kagura, saca a pasear a Sadaharu —decretó Gintoki mientras veía el semblante siempre sereno del vice comandante del Shinsengumi.
—Pero ya lo saqué —se quejó ella.
—¡No importa, vete a lo de Otae! —la echó, literalmente. La muchacha nada pudo hacer y obedeció.
Gintoki no le ofreció nada de beber a Toushirou, imaginaba por qué estaba allí, o una parte de él, esa que se creía importante, lo imaginaba. El oficial tomó asiento y esperó a que el otro hablara primero.
—No sé qué haces aquí. —Gintoki fue directo—. Te dije mil veces que terminamos.
—No estoy por eso, imbécil. —Habían tenido una relación, que se basaba prácticamente en sexo duro, pero un día Gintoki se cansó o más bien, empezó a tener miedo cuando las cosas comenzaron a ponerse serias.
Él era de los que solo buscaban placer, ya cuando alguien se ponía el mote de novio o él comenzaba a desarrollar afecto por la otra parte, salía corriendo de esa relación como un cobarde. En el fondo le daba miedo todo el asunto del amor, las implicancias de enamorarse, el entregar el corazón a una persona.
—¿Entonces?
—Siéntate —demandó Hijikata y el otro obedeció, curioso—. Tenemos información de que los yato ahora trabajan con los piratas Harusame. Me contaste de Kamui.
Sí, entre sábanas, entre pláticas que no querían sostener para no enamorarse, pero que se daban, Gintoki le había contado mucho de su pasado a Toushirou. Y Kamui, desde su desaparición, era algo que le pesaba y sobre lo que más hablaba cuando entraba en confianza y se sinceraba.
—Sí, te conté de él. —No le gustaba nada el rumbo de la conversación, así que agregó—: Es un buen chico, algo perdido… pero buen chico.
—Bien, tu niño bueno está metido en problemas —dijo Hijikata sacando un cigarrillo.
—Te he dicho mil veces que no me gusta que fumes aquí —lo frenó, y a regañadientes el vice comandante volvió a guardar el paquete. Era un tipo correcto en ese sentido y no fumaría en casas ajenas si los propietarios no estaban de acuerdo.
—Tenemos información de que está aliado con los piratas Harusame —continuó Toushirou—. Imaginarás que nuestro deber es corroborar esa información y en el caso de ser cierta, actuar.
—Está un poco descarrilado, pero… —Gintoki no sabía cómo salir de ese brete, o cómo sacarlo a Kamui de este—. No es el asesino del que todo el mundo habla. Es solo un muchacho perdido.
—Solo venía a avisarte que su arresto es inminente —dijo, poniéndose de pie para irse. Quería poner de sobre aviso a Gintoki, porque sentía que se lo debía de alguna forma.
—¡Espera! —Debía pensar rápido y usar las palabras correctas— Yo me encargaré de él. Por favor.
—Oh, ¿me estás pidiendo un favor a mí? —dijo con cierto sarcasmo volviendo sobre sus pasos.
—Te doy a cambio sexo oral, pero… déjenlo tranquilo. —Estaba suplicando, prácticamente, pero no le importaba rebajarse.
—¿Sexo oral? —No era mala la propuesta. Quien siempre había querido seguir con esa relación era Hijikata, pero un día Gintoki le dijo que se cansó de ser su muñeca inflable y lo sacó de una patada de su vida—. ¿Tan bajo piensas caer por ese muchacho?
—¡Es asunto mío! ¡¿Aceptas o no?! —cuestionó, enojado con la situación de verse, otra vez, a merced de Toushirou.
Hijikata se acarició el pene por encima de la tela del traje del Shinsengumi. Ya estaba a tono con la mera mención de sexo oral. Claro que estaba dispuesto, era lo que siempre había esperado, una nueva oportunidad con Gintoki.
Se acercó a él, que estaba sentado en el sillón, mientras se bajaba la cremallera del pantalón. Pero Sakata se puso de pie, lo tomó de un brazo y lo arrastró hasta su cuarto. Tenía el ceño fruncido y se le notaba molesto. No iba a darle sexo oral al poli en la sala, Kagura podía regresar y encontrarse con esa escena. De Shinpachi no se preocupaba, lo había visto haciendo cosas peores cuando estaba borracho y el muchacho tenía que lidiar con él.
—Pero, ¿sabes? —dijo Toushirou mientras quitaba el pene ya duro para ponérselo en la boca—. Me gusta verte a mi merced, me conoces.
—Maldita sea. —Gintoki entendió esa petición, así que se arrodilló frente a él, quedando con el pene de Hijikata en la cara, mientras este lo miraba algo sobrador desde arriba.
Cuanto antes empezara, más rápido terminaría. Así que Gintoki tomó el falo con una mano y se lo metió en la boca chupando con fuerza, como sabía que le gustaba a Hijikata. Lamió el tronco y saboreó las primeras gotas que salían del glande, mientras el policía lo miraba con esa sonrisita que Gintoki quería quitársela a golpes. Lo que tenía que hacer por Kamui.
—No puedo conformarme solo con sexo oral —dijo Toushirou sintiendo que estaba al borde del abismo, a punto de eyacularle en la boca a Gintoki—. Las normas del Shinsengumi no pueden ser quebradas.
—¿Y qué mierda significa eso? —Estaba muy molesto con el otro, no iba a darle sexo oral de gratis.
—Siendo yo el vice comandante, si voy a quebrar una norma y no me haré seppuku, al menos que valga la pena. —Su sonrisa fue siniestra.
—Quieres sexo, malnacido. —Dejó el pene en paz y fue poniéndose de pie lentamente, mirándolo con fuego en los ojos.
—Iré al punto, no te preocupes —le aclaró Hijikata—. Sin preámbulos. Ya sabes cuál es mi posición favorita.
Gintoki suspiró y nada pudo hacer, o sí, como poder podía, pero ya estaba jugado. Se quitó la ropa hasta quedar desnudo y pese a su malestar y sus quejas, tenía una ligera erección. Y es que la posición favorita de Toushirou para penetrarlo también era la suya. Pensar en eso, sumado a que el renacuajo de Kamui lo había dejado con las ganas, comenzaba a encenderlo un poco.
Dio la vuelta y fue en busca de vaselina que tenía en el cajón. Se lo tiró por la cara a Hijikata indicándole que se pusiera bastante, que no quería sufrir, porque encima esa era otra cuestión, a Gintoki le iba un poco el sadomasoquismo, pero justamente poco, tampoco le agradaba sufrir a niveles indecibles, ni hacer sufrir de esa manera por mero placer propio.
Toushirou se desvistió en un segundo y se untó suficiente vaselina en el pene, luego, se recostó boca arriba en el tatami, usando la almohada para colocársela detrás de la espalda y quedar medio sentado. Gintoki lo miró así, dispuesto como en el pasado, y las ganas comenzaban a ganar la pulseada. Ya no estaba molesto, estaba preparado a lo que vendría a continuación y casi que lo anhelaba. No era su culpa que Hijikata estuviera tan bueno, tanto como comer parfait con la mano y sin pagarlo.
Gintoki se acercó y le dio la espalda, sentándose sobre el falo erguido. Con las piernas apretó la cintura de Toushirou, más que nada para que este no empezara a meter y sacar como un desquiciado, primero debía acostumbrarse a la invasión de ese pene en su ano. Le veía los pies, siempre pensó que eran hermosos o una parte agraciada del poli. Si se inclinaba más hasta quizás llegaba a chupárselos.
Esa ligera inclinación le dio una vista perfecta a Hijikata, podía ver las nalgas de Sakata abiertas y el redondeado orificio. Apoyó la punta del glande e irrumpió hasta la mitad. Mientras Gintoki le clavaba los dedos en los muslos.
En esa posición Gintoki tenía más control, podía marcar la cadencia, sentarse en el pene o levantarse un poco si quería. Incluso iniciar ligeros vaivenes para incrementar el gozo. Cuando estuvo por completo dilatado, se sentó del todo, engullendo el pene con el ano; se sentía magnífico ser penetrado así, al revés, podía sentir todo el pene en su interior y como el glande rozaba su próstata volviéndolo loco.
La vista para Toushirou no podía ser mejor. Notó que su compañero se masturbaba frenéticamente, mientras bajaba y subía. Él se contentó con acariciarle la espalda ancha y fornida, enredar los dedos en esa cabellera plateada y tironear de ella a medida que el placer aumentaba.
Con un dedo, Hijikata le recorría la separación de las nalgas, hasta tocar su propio pene cuando este salía de ese escondite. Gintoki siempre era escandaloso, así que eyaculó como un cerdo, ensuciando las sábanas.
Toushirou aprovechó que su amante había llegado a la cima para incrementar la penetración. Lo hizo subir y bajar, penetrándolo como podía, con desesperación, desde abajo. Hasta que al final, en un gemido reprimido, se descargó dentro de Sakata.
Se tomaron unos segundos para calmar las pulsaciones, exhalando quejidos y suspiros. Hasta que Gintoki se paró. Un hilillo de semen le recorrió la cara interna del muslo, así que se limpió con las sábanas ya sucias.
—Listo —dijo, buscando la ropa para vestirse—, espero que esto sea suficiente para que el Shinsengumi deje en paz a Kamui. Yo me encargaré de él.
—Es una pena. —Hijikata seguía desnudo, pero entendió la indirecta de que debía vestirse e irse cuando el otro le tiró sus ropas por la cara—. Siempre la pasamos bien, no entiendo por qué…
—¡No empieces! —Lo frenó Gintoki mientras lo veía vestirse con pereza.
—Podríamos tener sexo una vez cada tanto. Tampoco te pedí matrimonio, que recuerde.
—Esta fue la última vez.
—La vez anterior me dijiste lo mismo.
—¡Pero viniste a extorsionarme! —le vociferó en la cara.
—Tú me ofreciste sexo —se defendió el policía.
—Admite que viniste con esas intenciones, me conoces.
—Solo vine de buena fe a advertirte, nada más. Tú me ofreciste sexo oral.
—¡Ya vete! —Le señaló con el brazo la puerta de su habitación.
Sin nada más que hacer, Toushirou se marchó del lugar. Una vez afuera encendió ese condenado cigarrillo que hacía más de media hora quería fumar. Gintoki fue a darse un baño, se sentía sucio de una manera particular. Otra vez había quedado a merced del poli, y eso no se lo podía perdonar.
Encontraría a Kamui y lo arrastraría a golpes, de ser necesario, a la Yorozuya. No pensaba pagar sus platos rotos de esa manera, no era lo que quería para su vida. Shouyou sensei se lo había encomendado, así que era su deber todavía hacerse cargo del engendro. Aparte quería, una parte de él necesitaba establecer de nuevo un lazo con el yato.
Era como si Kamui necesitara de eso también, de encontrar un lugar, de encontrar gente con la cual relacionarse de manera sana. Gintoki lo había visto en sus ojos, detrás de esa máquina de matar había una personita ansiosa de amor y comprensión. Necesitaba que alguien lo salvara de sí mismo y Gintoki era experto en esas cuestiones; no porque lo pretendiera, simplemente siendo el despreocupado samurái de siempre. Lograba comprender que, cuando la gente caía, solo necesitaba una mano para volver a levantarse. No iba a dejarlo solo, de alguna manera iba a limpiar su dolor, ese que lo consumía y lo hacía una máquina de matar. Lo cuidaría, como lo hacía cuando apenas era un niño de ocho años.
Amor… no era una palabra que estuviera en el diccionario de Gintoki Sakata, pero ese muchacho estaba sediento de amor. Y él solo quería cuidarlo, del mundo y de sí mismo, de todo.
(…)
El destino era Yoshiwara de nuevo, pero esta vez sería más inteligente y escalaría por los techos hasta el salón principal. Quería evitar a las Hyakka, sabía que estaban lideradas por una mujer que era de temer.
Sin embargo el camino despejado le hacía dudar. No podía pasearse por esa zona del castillo sin que nadie le frenara el paso. Enseguida comprendió la trampa, cuando lo cercaron por los cuatro caminos. El sitio estaba rodeado de mujeres luchadoras y él no había ido ahí a pelear.
Antes de que pudiera, si quiera, pedir por Hosen o Kamui, este apareció asesinando a las mujeres con prisa y sin pausa. Primero se deshizo de una columna, luego de las tres restantes. Cuando Gintoki quiso darse cuenta, estaba rodeado de cadáveres y un Kamui sonriente y ensangrentado lo miraba desde una amplia puerta de doble hoja.
—¿Qué haces aquí, Gintoki? ¿Vienes a que te maten?
—Vine a llevarte conmigo —sacó su bo—, así sea por la fuerza. —Tiró el mismo para dar contra la capucha que llevaba el pelirrojo, este quedó engrampado a la pared, pero empezó a reír.
—Esto es divertido, ¿vas a pelear conmigo?
—Si es necesario. —Caminó hacia él y sacó el bo—. Vamos. Será mejor que vengas por las buenas.
—¿Tú crees que la gente puede entrar y salir de Yoshiwara como si nada? —No dejaba de sonreír, pero esta era una mueca auténtica, porque Gintoki estaba ahí.
—Tú eres el ronin de la otra vez —dijo una voz gruesa tras la espalda de Gintoki—. El que irrumpió la paz y salió con vida.
—Oh, creo que estamos en problemas —dijo Kamui divertido al ver a Hosen con ganas de pelear.
—Solo vine a llevarme a este engendro. —Gintoki tomó al pelirrojo de la chaqueta blanca.
—¿Piensas que te dejaré hacer lo que te venga en gana? —Hosen no pensaba librarse de su hombre más fuerte, Kamui era necesario en sus filas.
Gintoki supo que no sería tarea sencilla sacar al mocoso de ahí, así que había ido preparado con una katana de verdad, que enseguida desenfundó. Estaba en posición, pero vio que Kamui caminaba hacia el otro monstruo.
—No hace falta, jefe, yo me encargo. —Le puso una mano en el hombro, con extrema confianza.
—¿Como la otra vez? —refunfuñó el viejo, molesto con el chiquillo.
Estiró una mano y lo estampó contra una columna. O eso creyó. Kamui había leído sus movimientos y alcanzó a esquivarlo hasta posarse sobre el enorme conejo que había en el salón principal.
Gintoki se cubrió con un brazo, finas capas de concreto cayeron sobre él, ¿tanto poder tenía ese yato que podía quebrar de un manotazo una columna? Eso había sido tenebroso. Se preocupó por Kamui, pero enseguida lo escuchó reír y supo que estaba a salvo. Quien no estaba a salvo era él.
—No sea tan duro, jefe —dijo Kamui, obviamente sin dejar de sonreír, pero muy preocupado por Gintoki.
—Kamui, no sé qué pasa por tu cabeza nunca, pero te has vuelto muy irreverente. No interfieras —amenazó Hosen, mientras el samurái trataba de regularizar su corazón. Eso lo había impactado.
Hosen se quitó la parte de arriba del kimono y dio un salto para hacerse del gigantesco paragua que había en el conejo, en ese mismo desde el cual Kamui presenciaba la inminente pelea.
Conocía al viejo, no dejaría vivo a Gintoki; pero él había aprendido a no meterse en peleas ajenas. No le gustaba que le hicieran eso y… no les hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan.
Vio como Gintoki tomaba su bo, empuñando en cada mano un arma. Ni eso sería suficiente para parar a esa bestia. Los dos fueron de frente, pero Hosen paró el bo de Gintoki con una mano. Y cuando este quiso darle con la katana afilada, el viejo se hizo hacia atrás y le asestó una patada que le hizo sangrar por la boca.
Había sido tal el impacto que el puente donde estaban se derrumbó y el samurái cayó sobre un montón de maderas afiladas, haciéndose cortes por doquier. El viejo estaba de pie, con el paraguas apuntando a él.
Gintoki logró bloquear el ataque siguiente, pero usando las dos armas en cruz y utilizando absolutamente toda su fuerza para no ser doblegado. Sentía que en cualquier momento sus huesos iban a romperse de tanta presión.
—¡Es el antiguo rey del clan yato! —gritó Kamui desde lo alto, ya sin su sonrisa, en verdad preocupado— ¡No lo subestimes! ¡Nadie dura ni diez segundos contra él!
—N-No… no me subestimes… tú a mí, mocoso —dijo Gintoki con la fuerza drenada. Ni siquiera podía hablar con normalidad, tenía que concentrar toda su energía en resistir los embates.
Seguía sosteniendo en cruz el paragua de Hosen, pero se le ocurrió una treta para salir de esa encrucijada, porque si seguía así iba a terminar aplastado. Con un pie levantó una viga que dio contra el yato y aprovechó la distracción para asestarle un sablazo al torso y salir de esa situación.
No sirvió de nada, Hosen le dio una patada que lo tiró varios metros atrás, pero Gintoki se puso de pie enseguida, sabiendo que no debía perder el tiempo porque eso implicaba perder la vida. Enseguida el yato, sin darle respiro, se le fue al humo con el paragua en punta. Gintoki esquivó esa estocada tirándose al suelo.
De golpe, otra patada, que esta vez le dio de lleno en el estómago y lo estampó contra la pared. No tenía tiempo ni de respirar, Hosen ya estaba sobre él. Le había agarrado la cara y lo sostenía en el aire, apretando los dedos, haciéndole crujir los huesos.
Gintoki apretaba ese brazo, tratando de zafarse, pero era técnicamente imposible, ¿moriría así, con la quijada destrozada? ¿Tan débil era? Por supuesto que no, y cuando todo comenzó a ponerse negro para él, signo de que estaba perdiendo la conciencia, vio un paragua rojo atravesando el pecho de Hosen.
Kamui había atravesado por completo a su jefe, sin ningún remordimiento, rompiendo sus propios códigos, todo en pos de salvar la vida de ese samurái. Si lo dejaba seguir peleando, no dudaba de que Gintoki ganaría. Siempre lo hacía para con él, cuando era niño y entrenaban, pero no estaba dispuesto a comprobar cuánto más podía resistir el encuentro con una bestia como Hosen. No iba a arriesgarse a verlo morir por su culpa. A fin de cuentas, Gintoki estaba ahí y había empezado a pelear con el rey de la noche por ir a buscarlo. Así que se sentía responsable.
—No pensé… —dijo Gintoki cayendo al suelo cuando el brazo de quien ya estaba muerto lo liberó— No pensé que eras de los que atacaban a traición.
—No quería que ese monstruo matara al hombre que amo —explicó Kamui sin su sempiterna sonrisa.
—Tampoco te hacía de esos que se meten en peleas ajenas —continuó Gintoki con una sonrisa, mientras el más joven le rodeaba la cintura con el brazo para ponerlo de pie.
—Fue un caso excepcional, ya te dije. —Tomó el bo de Gintoki y se lo dio—. Ahora tenemos que salir de aquí antes de que las cosas se pongan peor.
—¿Peor que enfrentar a ese monstruo?
—Yoshiwara ya es libre de la opresión de ese hombre —explicó Kamui arrastrando a un herido Gintoki.
—Me hubieras dejado y en diez minutos terminaba con él. —Aunque al principio le costó porque no le daba respiro, al final había podido leer sus movimientos.
—No lo dudo, pero ya te dije… preferí no arriesgar.
No hicieron muchos pasos que enseguida lo frenaron. Era Abuto, sin su brazo, entornando los ojos y maldiciendo su mal tino de seguir a ese niño loco. No dejaba de meterse en problemas por él.
—Esta vez no voy a interferir, jefe —dijo Abuto escuchando como la Hyakka se amontonaban—. La otra vez fue porque se trataba de usted, pero no pienso perder el otro brazo por ese samurái.
—Tan solo haz de pantalla.
—¿Por qué debo escucharlo? —suspiró, sabiendo que en efecto haría de pantalla para que ellos dos pudieran escapar—. Es el último favor que le hago. Las distraeré, pero si me cruzo con Tsukuyo no pienso pelear.
—El último. —Sabía que no lo volvería a ver, al menos no en la misma coyuntura, quizás la vida los volviera a cruzar—. ¡Gracias, Abuto! ¡Has sido un buen subalterno! ¡Deja este lugar mugroso! —gritó a la distancia arrastrando a Gintoki por lugares que, él sabía, estaban libres de posibles enemigos.
Salieron de Yoshiwara, donde siempre era de noche, dándose cuenta que afuera también lo era. Gintoki estaba herido, por las peleas anteriores; aún no había cicatrizado y ya tenía nuevas lastimaduras ocasionadas por Hosen.
Caminaron por las calles de Edo, abrazados, Kamui sosteniendo a Gintoki, sintiendo su calor, en todo sentido. Comprendía que había ido a buscarlo para sacarlo de ese agujero oscuro en el que se había metido durante esos cuatro años. Se sentía agradecido con él, pero incapaz de soltar palabras.
Llegaron a la Yorozuya, subieron las escaleras sin cortar el contacto, en verdad Gintoki necesitaba de esa ayuda para caminar. Cuando terminaron de cruzar la puerta una patada voladora los distanció.
—¡Maldito, te dignas a aparecer! —gritó Kagura, enfurecida.
—Yo también te extrañé, hermanita —dijo un sonriente Kamui. La muchacha no pudo con eso y se largó a llorar a moco tendido. Cayó arrodillada en el suelo, todavía estaba molesto con su hermano, pero a la vez estaba contenta de verlo vivo.
—La casa no es campo de batallas —intervino Gintoki antes de que se fueran a las manos. No quería una pelea entre yato en su domicilio o no quedaría nada de la infraestructura—. Necesito recostarme un poco —concluyó, echándose boca arriba sobre el sillón, sosteniéndose lo que sentía era una costilla rota.
—Trae el botiquín, Kagura —dijo Kamui y la muchacha enseguida fue en su búsqueda.
—¿Lo atiendes tú? Seguramente que es por tu culpa que llegó a casa así —increpó Kagura al ver las heridas del hombre.
—Yo me encargo —dijo Kamui; quería sentirse útil, curar las heridas de Gintoki, tocarlo, tenerlo cerca como lo tenía.
—Ok, sigo durmiendo —avisó la dama bostezando—. ¡No hagan ruido!
—Ni una estampida de elefantes puede despertarte a ti, hermanita —aseveró Kamui mientras ayudaba a Gintoki a ponerse de pie para ir al cuarto. Lo necesitaba desnudo para tratar sus heridas, lo quería desnudo para deleitarse una vez más con sus músculos marcados.
Una vez en el cuarto se quitaron los zapatos, cosa que debieron hacer en el genkan. Kamui ayudó a Gintoki a desvestirse. Le sacó el lazo que hacía de cinturón para después deshacerse de la yukata, que quedó en el suelo.
El samurái se encargó del resto, podía sacarse la parte de arriba y el pantalón solo, además había olido las intenciones de Kamui, en su manera de desnudarlo despacio, como si disfrutara del proceso. En efecto, así era. Le sonrisa que le regaló era una pícara, no escondía inocencia.
—Pórtate bien —dijo Gintoki con una sonrisa ladina, para luego sentarse en su tatami con las piernas abiertas.
—Oh… ¿es una amenaza o una sugerencia?
—Ninguna de las dos —aclaró el samurái—. Solo… no quiero que vuelvas a irte. —Tenía presente que los rechazos ahuyentaban a ese chico.
Kamui se enterneció con esas palabras, pero no dijo nada, se limitó a abrir el botiquín, sacar una gasa y embeberla en alcohol. A medida que pasaba el trapo por las heridas de Gintoki podía ver la expresión de ligero dolor en su cara.
Era cierto eso de que había terminado así por su culpa. Se dedicó a lavar una a una esas heridas, con profundo agradecimiento, sin emitir palabra alguna, concentrado en la labor, buscando no distraerse con la desnudez del hombre que tanto le provocaba.
—Listo —dijo Kamui y de golpe recibió un abrazo de lleno, uno que no le encendía, sino que lo colmaba de emociones cálidas. Estaba en los brazos del hombre que amaba y se quedó estupefacto por ese detalle.
—Prométeme que mañana despertaré y estarás aquí —rogó Gintoki, dejándole un beso en la oreja donde le había susurrado esa dulce petición, sin soltarlo, como si temiera que se alejara más de él, una vez más, pero por siempre.
La mera idea de que Kamui desapareciera de su vida para siempre lo llenaba de desazón. Su mundo interno de desmoronaría completamente. No lo había comprendido así cuando se re encontró con él, pero la idea de la separación era desoladora.
Haría lo que fuera por mantener a Kamui bajo su ala, tal como el sensei le había pedido antes de morir. Pero ya no era un niño, era un hombrecito que le reclamaba algo que él se sentía incapaz de poder dar, pero porque estaba lleno de temores y prejuicios.
El cariño estaba presente, siempre lo estuvo. Solo que ahora el panorama era más claro para Gintoki, ya no tenía tanto miedo a enamorarse de quién se suponía debía velar. Nada más debía repetirse como un mantra que Kamui ya no era un niño. Que no estaba mancillando nada. Que no era incorrecto lo que empezaba a sentir por él.
Había nuevas sensaciones por descubrir, Gintoki no estaba exentas a ellas por ser un adulto, al contrario. Aprender a amar es un proceso largo y admiraba la fortaleza de Kamui, recordaba sus palabras cuando asesinó a Hosen. Él no temía admitir esas emociones.
Fue eso lo que terminó por quebrar la coraza de Gintoki, esas sencillas, pero sinceras palabras: No quería que ese monstruo matara al hombre que amo. No entendía por qué, pero ambos lloraban en silencio.
Gintoki le buscó la boca, pero no lo besó de inmediato. Le dolía mirar esa cara llena de lágrimas, le quitaba el habla y tenía tanto por decirle. Quería rogarle de nuevo que no se fuera de su lado, que no temiera, que no estaba solo, que ahí estaba él, para protegerlo como siempre lo había hecho.
Ahora tenía un lugar Kamui, y era a su lado. Así que no lo besó, le secó las lágrimas con las yemas de los dedos, tocándole esa cara blanca de porcelana, tan perfecta, tan hermosa. El amor era algo que surgía naturalmente, no se lo podía forzar.
—Gintoki… ¿me amas? —cuestionó sin poder controlar el llanto, como el niño de ocho años que una vez ese samurái conoció.
—¿Crees que estas heridas son gratis? —contestó, riendo apenas y secándose con el brazo los mocos— ¿Crees que estoy así como estoy porque te quiero, nada más?
—Pensé que lo hacías porque el sensei te lo pidió. —Apoyó la cabeza en el regazo del samurái—. Estos cuatro años estuve entrenando con Hosen, preguntándome qué hacía, cuál era mi camino. Me sentí muy perdido, Gintoki. —De nuevo no podía controlar el llanto.
—Ya, muchacho. —Le acarició la melena roja, sintiéndola sedosa al tacto y agradable—. No tienes que correr más, ya tienes un lugar.
—Gin…
—¿Qué?
—¿Me haces la trenza? —preguntó, levantando la cabeza y mostrando sus ojos azules empañados. La vista era dolorosamente bella.
Gintoki entendió el pedido y de frente como lo tenía, le deshizo la trenza armada. El pelo cayó como en una cascada, era largo y hermoso. El samurái no resistió el impulso de tomar una hebra y olerla, deleitándose con el aroma. Aunque Kamui oliera a sangre derramada, a metal, a muerte, había algo en él que le daba otro color o matices. Su aroma era embriagante.
El adulto ya no pudo resistirlo más y rozó los labios con los del muchacho, robándole un beso a medias. Kamui no tardó en colgarse de su cuello y profundizar el contacto. Las lenguas se entremezclaron, la saliva se hizo una, mezcla de sake con leche de fresa, mezcla de udon con jugo de uva.
De vez en cuando tomaban distancia para mirarse, como incrédulos de estar tan enamorados uno del otro, tan de golpe; o no tan de golpe, sino más bien, golpe a golpe. Frente a frente, con las bocas pegadas, alimentando el morbo de sentir otro beso igual de intenso.
Acercaron las bocas, entre abriéndolas lentamente para permitir la invasión de las lenguas. El beso fue profundo, Gintoki lo aferró de la cintura con toda su fuerza y se hundió en él, para después darle un respiro y besarlo más calmadamente, mordiéndole sutilmente los labios.
Pero la boca dejó de ser protagonista a medias, porque el samurái le atacó el cuello, mordiéndole despacio, para después lamer, succionar y besarlo entero, subiendo por su nuez de adán, mientras Kamui se derretía entre sus brazos por ese trato tan fogoso y a la vez tan cuidado.
Gintoki subió por la cara, besándole el mentón, para dejarle un casto beso en los labios, seguido de la punta de la nariz, para terminar con un beso en la frente. Lo miró, Kamui estaba como ido y eso le hizo sonreír.
—No voy a perderte de nuevo, muchacho —aseveró Gintoki en un ronco jadeo, excitado a más no poder.
Le fue quitando la ropa que llevaba, un traje rojo como el que le recordaba de más joven. Cuando le quitó la parte de arriba, se dedicó a mordisquearle un hombro, escuchando los primeros sonidos de goce.
Lo estrechó de nuevo contra su pecho, sintiendo la piel del chico quemándolo. Quería abrazarlo con fuerza, darle el mensaje implícito de que no estaba dispuesto a dejarlo ir otra vez de su vida.
Llegó el momento de la verdad, Gintoki le sacó el pantalón para descubrir una poderosa erección. No pudo resistir el impulso de acostarse sobre él. Las piernas quedaron desnudas y entrelazadas, mientras Kamui trataba de volver en sí de esa marea alocada en el que samurái lo había sumergido.
—Gin… —murmuró Kamui con algo de cortedad—. No sé… no sé muy bien qué hay que hacer. Yo… nunca. —No terminó la frase.
Gintoki volvió a besarlo, enternecido por descubrirlo tan virgen e inmaculado. Aunque era una máquina de matar, no dejaba de ser un muchachito. Su corazón latió rabioso, ansioso por mostrarle caminos pecaminosos.
—Pensé que ya no eras un niño —bromeó un poco para molestarlo, y lo consiguió.
—Me mantuve así para este momento, maldito —vociferó Kamui enojado. ¿Podía ese yato asesino enternecerlo aún más? En efecto sí.
—Primero tienes que estimularme —dijo con picardía.
—¿Estimularte?
—Claro, baja y… —se recostó en el tatami boca arriba— pasa tu lengua por toda mi pija. Yo te enseñaré.
—¿Por dónde empiezo? —Kamui tenía el largo del pene en la cara y estaba algo perdido.
—Comienza lamiendo mis testículos, eso me encanta —explicó, mientras se masturbaba despacio.
Kamui sacó la punta de la lengua e inició el húmedo recorrido por la rugosa textura de los testículos. Algunos vellos le quedaban en los dientes y eso le molestaba, pero verlo a Gintoki exhalar gemidos de placer era suficiente para alentarlo a seguir con la tarea.
Sin saber lo que hacía, Kamui siguió el recorrido hasta la zona del pirineo, supo que iba por buen camino porque el samurái gimió más fuerte, así que siguió bajando, hasta llegar al ano. Sin asco y con ganas de aprender, lamió toda la zona, mientras que Gintoki estaba al borde del orgasmo con el atrevimiento del joven.
—¿Meto la lengua? —preguntó Kamui con inocencia.
—Si no te da asco.
—Quiero darte placer.
—Pero no debes hacer nada que no quieras. —Quedó a medio decir, enseguida sintió la lengua de Kamui tratando de abrirse paso. Ese mocoso no sabía lo que hacía, pero lo hacía tan bien que estaba a un paso de correrse.
—¿Sigo?
—No, para —indicó Gintoki, incorporándose para parar ese trato que lo volvía loco—. Estoy que acabo, y esto recién empieza.
—Ok —dijo con una de sus típicas sonrisas.
Se sentó y de inmediato sintió las manos de Gintoki en el pecho, como le retorcía las tetillas, a la par que lo lamía y mordisqueaba en la misma zona. Eso comenzaba a gustarle a Kamui, aunque era raro para él.
—Ponte de pie —pidió Gintoki tomándolo de una mano para pararlo, cuando el muchacho lo hizo se dedicó a besarlo de nuevo, mientras lo abrazaba con ternura.
Necesitaba ese momento de calma para no eyacular apenas lo penetrara. Besarse, acariciarse y lamerse el pecho era una buena manera de hacer pausa y a la vez no permitir que el deseo decayera.
En cuanto sintió que era momento de seguir, Gintoki se arrodilló y se llevó el pene de Kamui a la boca, lamiéndolo a lo largo, succionando despacio, sabiendo que el chico también estaba al borde del acantilado. Lo podía ver en su carita ya sin sonrisa, sería, con el ceño fruncido y esa boca hermosa exhalando gemidos.
Ninguno de los dos daba más. Gintoki se puso de pie y buscó en el cajón la vaselina. Se untó suficiente en el pene y se le fue al humo a Kamui. Lo entrelazó con las piernas y lo hizo caer de espalda al tatami.
El muchacho se estrechó más al cuerpo desnudo del samurái, abrazándolo primero por el cuello, pero aferrándose a su espalda cuando sintió que el pene de Gintoki le rozaba las nalgas. Entendía lo que buscaba y un poco de temor a lo nuevo sintió.
—Tengo… miedo. —Y eso era raro de decir para Kamui. Estaba sonrojado, acalorado por todas las emociones que estaba viviendo.
—No voy a lastimarte adrede —lo tranquilizó Gintoki y sintió como el chico le estrechaba la cintura con las piernas, dándole el visto bueno para seguir adelante.
El samurái rozó con la punta del glande el orificio y buscó entrar despacio, palmo a palmo. Kamui fruncía el ceño, aguantando el dolor de la primera irrupción. Poco a poco el pene fue ganando terreno en su cuerpo, hasta que estuvo por completo en su interior.
Gintoki no lo penetró como un salvaje, como le hubiera gustado, en cambio le besó la cara, las mejillas, los labios. Lo abrazó con fuerza y le dedicó palabras de confort para que se relajara. En cuanto el chico estuvo listo, empezó a arremeter.
Aunque dolía, Kamui a la vez sentía un placer inexplicable, el tener a ese hombre dentro suyo, como había soñado, era demasiado para su cuerpo; para colmo Gintoki había empezado a masturbarlo, para tenerlo a tono.
En pocos minutos, sino fueron segundos, Kamui se descargó sobre su vientre. Gintoki esperó a eso para soltar su semilla. Bañó de semen el interior del muchacho y luego se fundió más a él en un beso profundo.
—Ahora sí deberás hacerme la trenza —dijo un agitado y despeinado Kamui. Su pelo estaba desordenado, pero el mechón que le sobresalía de la cabeza seguía intacto a la prueba de amor.
Gintoki sonrió y, desnudo como estaba, se sentó tras él y empezó a hacérsela, pero con más calma que la habitual. Después de la partida de Kamui había muchas trenzas que se quedó sin hacer, así que quería disfrutar el momento.
Cuando terminó, le alcanzó un piyama suyo para que se vistiera. La ropa y todo el cuarto olía a sexo. Una vez listos para dormir, la panza de Kamui tronó de hambre. Era normal después del sexo tener apetito y más si se trataba de un yato.
—Vamos a la cocina a ver si tu hermana dejó algo —invitó Gintoki, a lo que la cara de Kamui se iluminó de alegría.
Lo siguió detrás y engulló todo lo que había en la nevera, pero estaba que se caía del sueño y Gintoki todavía tenía heridas sin sanar, así que tocaba ir a dormir, aunque compartieron el tatami.
Gintoki lo abrazó con fuerza, como si temiera que al despertar el muchacho no estuviera allí, pero eso no ocurrió. La luz del sol lo despertó primero y aún tenía a Kamui entre sus brazos. Lo estrechó contra su cuerpo, despertándolo.
—Buenos días —dijo Kamui más por cortesía que por otra cosa, se sentía medio perdido. No recordaba que sus despertares en Yoshiwara fueran así de cálidos.
—Bienvenido a la Yorozuya —dijo un sonriente Gintoki.
Desde ese momento supo que la soledad no sería más una sombra de ambos. Gintoki nunca había podido olvidar a Kamui y, este, a su amor de adolescente. Ya no había lugar para extrañar, ahora se tenían el uno al otro.
FIN
6 de enero de 2021
Merlo, Buenos Aires, Argentina.
