La lluvia caía torrencialmente sobre la cuidad. Una fría lluvia de invierno que opacaba toda la ciudad de Chicago y tal como se temía, la temporada de lluvias hizo su acto de presencia y dos personas, de entre los millones que habitaban en la ciudad lidiaban con la tristeza de no poder disfrutar de un día agradable y genial.

Si en la ciudad era muy mal ambiente, mucho menos lo estaba en el campo… Exactamente en los poblados cercanos al Lago Michigan. El lugar al que esta autora llevará la escena se ubicará en un orfanatorio ubicado en las montañas, exactamente en un pueblo anexo a ellas.

Dentro de uno de los cuartos compartidos del hogar de Pony se encontraban dos chicas que rondaban quizás los doce o trece años. Una joven pelinegra de cabellera larga y ojos zafiros brillantes se encontraba sentada en una de las dos camas que conformaban el camarote tratando de buscar algo bueno en la tele aunque lo malo era que solo tenía los canales básicos, sí, una total mierda aquello. A su lado, estaba una bolsa de restaurante que contenía en su portada una especie de M minúscula de color amarillo, posiblemente era de un restaurante de comida rápida.

La segunda chica, una rubia pecosa un poco grande, cabello ondulado bastante desordenado como extraño en dos coletas, pecas que rondaban su nariz y pómulos, unos ojos esmeraldas fuertes y sin olvidar que usaba alguna prenda masculina levantaba la vista hacia la ventana, lo mismo, un aguacero horrible y el cielo ya estaba negreciéndose de tantos nubarrones. Cerró la ventana mientras sacaba de su bolsillo su móvil y se puso a jugar algún típico juego de aplicación móvil y esas cosas.

Annie había apagado el televisor viendo que buscarse algo en la tarde era una completa pérdida de tiempo mientras Candy estaba cerca suyo jugando en su móvil del cual solo los sonidos del aparato eran audibles sólo en ese cuarto como para ellas dos todo gracias al alboroto generado por el cruel clima allá afuera.

La pelinegra dio su mirada a su izquierda donde estaba su mejor amiga que le dedicaba una mirada de reojo como si buscase una confianza o quizás preguntar de manera telepática cómo estaba en estos momentos y quizás sobre el clima presente. Ambas concordaban en la misma respuesta, posiblemente el aguacero pararía hasta el día siguiente.

Annie decidió sacar su móvil para intentar quizás escuchar la música que le gustaba o ver algún video de su interés pero aunque tratase de hacerlo el aburrimiento de no pasar un día libre no se disipaba del todo, al menos solo le quedaba la cajita feliz del McDonalds a donde fueron el día anterior con los demás niños que integraban el hogar y la presencia de su querida mejor amiga.

La pelinegra de tonos verdosos posó sus ojos azules sobre la otra persona que estaba allí a su lado. A su lado izquierdo, estaba su mejor amiga que pasaba por el mismo descontento, un buen puntaje pero el día y lo demás seguía en la misma mierda de siempre. La rubia pecosa estaba sentada a su lado, apoyada en la pared, con los brazos cruzados, luego se paró para mirar por la ventana con una expresión de mal genio en su cara, esperando a que esa lluvia cesara, lo mismo de siempre, nada. La otra se ruborizó levemente al observarla, había que admitir que Candy era guapa como si fuera un chico, usaba chaqueta gris con una calavera estampada en pleno pecho y un blue jean entubado.

Annie Britter tembló un poco… hacía frío, en esa habitación a pesar de lo grande y cómoda que era el aposento y del enorme camarote donde estaban hacía mucho frío. Era cierto que tendría que estar acostumbrada al frío a pesar de haber crecido en estos lugares y pasar uno que otro invierno en ese lugar pero afrontaba el precio que debía pagar cuando uno se vive en la ciudad como perder las costumbres y adaptarse a otras.

La pobre chica tímida ahora pasaba por la completa desgracia, ahora mismo no tenía un abrigo, ni siquiera una bufanda, la maldita temporada vino inadvertida y justo en las vacaciones de verano donde pasaría unos días en el viejo lugar donde creció y vivió. El frío ya era insoportable, era como si de alguna, tan de repente estuviese en algún lugar inhóspito con fuertes nevadas, quizás al otro lado del mundo.

No tuvo más opción que pegar sus piernas a su pecho y las abrazó, en un superficial intento de darse algo de calor pero le era imposible, se sentía como una pobre desdichada en la intemperie de una fría oscura calle sin nada de que protegerse pero siempre en ese tipo de momentos siempre había una gran mano amiga.

-¿Tienes frío?- Unos ojos verdes hermosos la miraban y una voz dulce salía de su boca de caramelo

-¿Candy?

-La misma que viste y calza

La pregunta de la rubia pecosa hizo que Annie se sobresaltara. Miró a su querida y amada amiga que como siempre estaba a su lado en todo momento, estaba algo ruborizada y asintió levemente mientras bajaba la cabeza. La pelinegra se quedó mirando los orbes esmeraldas de su amiga mientras ésta miraba sus zafiros. Estuvieron en contacto mutuo como leve por unos segundos y después la más grande se despegó de la pared y se aproximó hasta quedar pegada al lado de su amada en el camarote, abrazándola quizás de una manera tierna y agradable como si quisiese protegerla de ese horrible clima.

La chica tímida se quedó de piedra y un enorme rubor se extendió por sus mejillas.

-C-Candy… -murmuró algo sorprendida mientras escondía su rostro ruborizado en el pecho de esa chica rubia de pecas sobresalientes que amaba tanto en secreto, después de haberlo ayudado tanto y darle su apoyo contra sus miedos e inseguridades en el pasado, ¿Cómo no iba a enamorarse de una persona de buen corazón y lindos valores cómo ella?

-Pensé en abrazarte… Para darte calor –Susurró la rubia pecosa en su oído, haciendo que la menor se estremeciera un poco- ¿Te molesta?

-… no, que va -contestó mientras le correspondía al abrazo, disfrutando del cálido abrazo de su amiga, hermana y compañera como sentir el aroma que emanaba de ella

Estuvieron por unos cinco minutos así, Candy no apartaba la vista de Annie, que en su opinión se veía muy tierna de esa manera, abrazándose a ella con las mejillas ruborizadas, ella como ver a una linda mascota que trata de aferrarse ante la separación de su amo.

-Annie… -murmuró la mayor poniendo una mano sobre su mejilla y levantándole la cabeza, obligándole a que clavara sus orbes azules en los orbes verdes de la rubia pecosa. La pelinegra la miró fijamente sin perder vista de sus ojos, aquellos ojos eran tan penetrantes como brillantes como la vida misma de ella y su alegría de vivir

-Candy…

-¿Aún tienes frío?

-Algo… -respondió la chica tímida bajando la vista y posando su mirada en el suelo. Sintió como la mano que su amiga tenía en su mejilla empezaba a acariciarle lentamente, haciendo que se ruborizara más (si eso era posible).

Annie levantó de nuevo la mirada al sentir esa suave caricia y se mantuvo unos segundos mirando a Candy, sin notar como sus rostros se iban acercando cada vez más. La pelinegra solo reaccionó cuando los tibios labios de su compañera estaban posándose sobre los suyos.

Al principio la menor se sorprendió, pero después no pudo evitar corresponderle algo sonrojada el humilde gesto de amor de su eterna amiga. Era un beso lento, calmado, tranquilo… sí bueno, pero no duró mucho. Ambas chicas empezaron a mover los labios y su beso se tornó más demandante, haciendo que la pelinegra notara como la traviesa lengua de la rubia pecosa empezaba a acariciar sus labios, consiguiendo que dejara paso para colarse en su boca.

Anniei soltó un pequeño jadeo al notar como Candy la recostaba en la cama y empezaba a mover su lengua contra la de ella, iniciando un beso bastante atrevido y subido de tono. La pelinegra puso sus brazos alrededor del cuello de la rubia pecosa y la atrajo a ella para sentirla más de cerca. Ambas se besaban con vehemencia, tratando de memorizar el tacto de los labios de la otra, sintiendo como sus salivas se mezclaban y como sus lenguas luchaban entre ellas por mantener el control del beso.

La menor notaba como su cuerpo se iba empezando a calentar… la temperatura subía a un ritmo magistral como si de alguna pudiese deshacerse del invierno que se cernía en la piel. Aunque no era solo el beso lo que estaba haciendo que se calentara, sino también sentir el cuerpo de Candy sobre el suyo, pegados por completo, rozándose de vez cuando mientras se besaban.

Ambas chicas se separaron rápidamente antes de ahogarse por la falta de oxígeno, respirando agitadamente. La menor miró a su otra mitad con los labios entreabiertos dejando salir su agitada respiración y con ese tierno rubor que cautivaba a cualquiera… ¿Cómo iba a ser su querida Candy una excepción?

-¿Ya has… entrado en calor? -preguntó la ojiverde, que por fin empezaba a hacer que su respiración se normalizase, pero al ver a la ojiazul de esa manera, solo lo calentaba más.

-Candy -murmuró ruborizada Annie mientras se incorporaba y rozaba sus labios contra los de Candy-, aún tengo algo de frío.

¿Frío? ¡Si como no! ¡Ja! ¡Muy buena broma!

La chica tímida tenía el cuerpo ardiendo y tan solo quería sentir de nuevo esos cálidos labios besándole de nuevo. La rubia pecosa puso una imperceptible sonrisa que tenía muy poco de inocente y recostó de nuevo a su amiga en la cama.

-Entonces haré que entres en calor -susurró la mayor en el oído de la otra chica, haciendo que ésta se estremeciera al notar cómo le mordía suavemente el lóbulo de la oreja. La menor soltó un suspiro al notar esa acción y echó su cabeza para atrás al sentir como su amante se disponía a devorar su blanco cuello.

La rubia pecosa se detuvo para ver cómo estaba vestida su querida amiga, la joven usaba una chaqueta deportiva de color verde militar con unas letras inscritas en ella, regalo de Stear para ellas cuando fue de reservista en la marina y estuvo peleando en Afganistán contra los talibanes y su short negra casi parecida a una pantaloneta corta y unas medias largas hasta la pantorrilla, dicho atuendo le era bastante atractivo, de hecho le encantaba y mucho.

Annie se mordió el labio inferior al notar como Candy empezaba a abrir lentamente la cremallera de la chaqueta dejando ver una camiseta morada con la figura estampada de un pony, no dudó ni por un momento en levantar esa prenda hasta lo que más pudiera logrando mostrar un brassier azul fuerte que hacía juego con sus zafiros.

La rubia pecosa sonrió complaciente ante tal banquete de dioses que le ofrecía su amiga a lo que decidió dejar el plato fuerte para más tarde y comenzar a dar los primeros bocados. Comenzó a trazar y tocar lentamente su piel de porcelana de manera directa y sutil como si tratase de analizar detenidamente su anatomía.

El peliblanco dejó el cuello de la otra chica y se dispuso a besarla, mientras llegaba a su pecho y pasaba delicadamente su mano sobre el pecho derecho de la contraria, se detuvo en el acto y comenzó a moverlo y apretándolo suavemente.

La menor gimió sonoramente en medio del beso, no se esperaba eso pero se sentía realmente bien. Notaba como su amante acariciaba con la mano que tenía libre el muslo derecho del chico, que aunque estuviera cubierto por la media larga, sentía a la perfección la caricia mientras su tacto debía corresponder de igual manera a lo que aprovechó trasladar sus manos hacia la espalda de su contraria para acrecentar más la temperatura y el contacto.

La ojiverde paró de presionar su pecho derecho y recorrió con su mano izquierda el torso y la barriga de la otra chica, haciendo que ésta se ruborizara aún más de lo que ya estaba. Cuando el aire les faltó se separaron de nuevo y se miraron jadeantes a los ojos.

-¿Todavía… tienes frío? -preguntó Candy jadeante. Annie no dijo nada más y la volvió a besar en cuanto dio cogido aire suficiente, La rubia pecosa no tardó en corresponderle.

Lo que ambos ignoraban es que la lluvia ya había parado hace un buen rato y todo lo que hacían era observado por dos chicos, uno era un joven de cabellos rojizos y ojos del mismo color cuya estatura era similar a la de las dos féminas pero superándolas por leve diferencia. El otro muchacho era alguien más joven y bajito posiblemente de uno años, de cabello grisáceo y ojos azules.

Tom y Jimmy estaban plantados en la puerta de la habitación con el rostro tan rojo como una manzana al ver lo que sus dos amigas estaban haciendo, luego de eso se separaron temiendo si algún otro chico del orfanatorio pasaba por aquí y quizás diera aviso a la señorita Pony o a la hermana María.

Por suerte no hubo muros a la costa, vieron de nuevo mientras que el mayor de los dos sonrió de manera pícara a lo que el pequeño ya supuso que llegaron a la mejor parte. Nuevamente se separaron y se vieron satisfechos aunque hubieran traído algo para atesorar el momento pero en esta ocasión estaban a salvo pues todos los niños estaban haciendo sus deberes o se iban a sus habitaciones.

Quizás ellos como todo chico eran curiosos pero a pesar de ello sabían ser unos amigos leales en especial Jimmy que le tenía un gran aprecio y cariño a su "Jefe" que le decía por cariño y admiración. Ellos apoyaban a sus amigas en su secreta relación pero debían ser discretos y no dejar que ninguna sospecha se levantara o de lo contrario posiblemente alguna de sus madres superioras levantaría un grito al Altisimo aunque no evitaban el morbo sobre sus dos amigas.

Los dos jóvenes asintieron como siempre ocultar aquello y salieron de allí, cerrando la puerta despacio para que no los oyeran y dejaron a sus dos amigas a solas para luego caminar sigilosamente aparentando que ellos jamás dieron un paso por ahí y andaban rondando sin hacer nada.

El joven pelirrojo sonrió mientras se dirigía a la sala donde posiblemente estaba alguna de las dos mujeres directoras pues venía de visita aparte de traerles unos encargos por parte de la hacienda de su padre mientras Jimmy se disponía a ir a jugar afuera en la colina o las afueras del orfanatorio pues Annie le prometió que le regalaría el juguete que le salió de su cajita feliz del MC Donald´s pero tendría que esperar aparte de que dejaría a su jefe y a su elfa disfrutar un poco más pero a toda prisa antes de que alguien notara algo extraño.