Advertencia de sangre al inicio.


El Ruiseñor


Capitulo 8: Revelación


Las paredes del castillo la oprimían. A cada paso que daba se le cerraban como si fueran una prensa. Podía ver a su padre hablando con el rey, no podía entender lo que decían así que extendió la mano para tratar de alcanzarlo. Su padre estaba vivo y se alejaba de ella de ella como si estiraran la escena frente a ella hasta el punto de casi perderlo de vista. Trató de gritar su nombre pero su voz se había perdido. Estaba muda. Trataba de llegar a él, corría cada vez más rápido pero sus piernas parecían un par de piedras que le costaba mover. No importaba qué tanto esfuerzo empleara en dar un paso, este no era la suficiente para alcanzar a su padre.

Gritaba el nombre de su padre tan fuerte que la garganta le dolió pero no lograba escuchar que de su garganta saliera algún sonido. No voz ni jadeos por el esfuerzo de avanzar. Trataba de no ver las paredes que se le cerraban y se volvían a separar para volver a cerrarse. Al final pudo ver una luz, como si las paredes hubiesen dejado de moverse solo para formar un túnel que la guiaba a un solo lugar: El patio de ejecuciones.

Su padre tenía la cabeza apoyada en el tocón de madera donde se cumplía la justicia del rey. Le dedicó una sonrisa amarga como una manera de despedirse de ella cuando la vio llegar al lugar. El corazón de Rukia se detuvo en un espasmo de dolor y horror cuando la espada cayó con tan poca fuerza que no desprendió la cabeza por completo. Cayó de rodillas al ver la cabeza de su padre colgando, aun pegada a su cuerpo, sobre la cesta donde estaba la cabeza de su hermano. En ese momento los gritos que salían de su garganta sonaban con tanta fuerza que era imposible que no se escucharan.

— ¡Rukia! ¡Rukia! ¡Despierta! — Yuki la estaba agitando para despertarla al tiempo que evitaba que una las manos de Rukia la golpeara.

Se movía como si estuviera peleando contra las sabanas. Por suerte para Yuki, Rukia despertó, confundida y agitada, pero ya sin moverse como si estuviera escapando de algo. El sudor perlaba la frente de Rukia y su mirada vagaba por todos lados, como si estuviera reconociendo el lugar en dónde estaba. Yuki temió que las pesadillas que tenía la estuvieran volviendo loca. Rukia jamás lo diría pero compartía el sentimiento de que las pesadillas la volverían loca si seguía así.

— Estoy… Estoy bien… — Susurró deshaciéndose con suavidad del agarre que tenía Yuki en sus hombros. La niña no sabía que había apretado tan fuerte los brazos de Rukia hasta que la soltó y sintió los dedos adoloridos. Rukia tendría marcas de ese agarra durante días.

— Lo siento. De nuevo una pesadilla. — Yuki se disculpó y le acercó un vaso con agua para que bebiera.

Aun le parecía que Rukia estaba perdida cuando dejó el vaso en la mesita junto a la cama. Tenía esa expresión de sufrimiento y tristeza que le quedaba después de cada pesadilla. La niña no sabía qué hacer para ayudarla y le frustraba que Rukia no recordara. Nada le quitaba a Yuki la idea de que esas pesadillas tenían que ver con la memoria perdida.

— Lo sé. No era una pesadilla, era un recuerdo. Del día que mi padre murió. — Rukia apartó la mirada de Yuki y con la sabana se limpió los ojos. La vista se le estaba nublando a causa de las lágrimas que decidieron hacer su aparición.

La niña no supo que decir y se quedó en silencio unos minutos dejando a Rukia limpiarse los ojos. Después llevó su pequeña mano blanca a la frente de Rukia comprobando que no volviera a tener fiebre y se alegró de que ella estuviera bien en ese sentido. Los días anteriores la fiebre había vuelto y Yuki le estuvo dando los jarabes que la médica había dejado. Rukia le había prohibido que llamase a la mujer de nuevo ya que, hasta donde sabía, vivían de una manera ajustada y no podía darse el lujo de gastar monedas de oro como si se dieran en los árboles.

El rey le había quitado el estigma de traidores pero eso no hacía que todo volviera mágicamente a ser como era antes; solo era algo menos de qué preocuparse.

— Estoy bien. Bajemos a desayunar. — Pidió a la niña con tranquilidad. Si algo había aprendido con tantas pesadillas era a reponerse rápido de ellas.

— Es casi la hora del almuerzo.

— Mejor aún.

Yuki la ayudó a vestirse antes de bajar a comer. Había tomado agua y el comer no era algo que le estuviera quitando el sueño. Cada vez que le daba fiebre casi no comía y eso se le estaba notando. En menos de un mes había pasado por esas fiebres dos veces y los vestidos le estaban empezando a quedar grandes. Si seguía así estaba segura que iba a desaparecer un día y solo quedaría su ropa en la cama. Aceptó su posible muerte como una especie de burla de las Deidades pero eso no iba a pasar; no hasta dejar a Renji y su familia bien posicionados. La hermana de Renji era hermosa e inteligente y merecía más que casarse con el hijo de un capataz.

Rukia comió antes que todos y lo hizo sola en la mesa de la cocina. Yuki estaba ocupada lavando la ropa y la familia de Renji hacía sus cosas. Renji seguía evitándola todo lo posible. Se dijo que después de que terminara de comer iría a hablar con él y lo haría entrar en razón. Debía de pensar en su familia. Pero eso no pasó.

Cuando lo estaba buscando llegó un soldado imperial, de aquellos que servían en el castillo y con los que había convivido Renji mientras estuvieron en Avanta, junto con varios hombres que parecía que cargaban toda su vida en un costal sujeto en una cuerda que colgaba del hombro. El padre de Renji salió y ella lo alcanzó cuando ellos ya estaban hablando. El soldado estaba reclutando hombres y, después de pedirle permiso para hablar, se aclaró la garganta y sacó un pergamino bastante arrugado y manchado en ciertos lados de tanto que se abría y cerraba.

— En nombre de su majestad, Isshin Shiba, Rey de Avanta y de las Montañas Azules, doy por bien informar que todo hombre mayor de 16 años que quiera servir al reino y bañarse de gloria, se aliste en el ejército. Bajo la protección de las Deidades partiremos a la conquista de nuevas tierras y necesitaremos sus fuerzas. Bendiciones a todos. Atte. Syunsui Kyoraku. Gran Consejero.

Todos se quedaron en silencio mientras el soldado leía el pergamino con las órdenes del rey y cuando terminó de leerlo varios jóvenes se acercaron a él para luego irse corriendo. Era natural que se quisieran enlistar en el ejército. La armada de Avanta era imponente.

Rukia buscó con la mirada a Renji pero no lo encontró. No había hablado con él y ahora estaba un hombre de la capital reclutando soldados. Sentía que, después de la propuesta, esta era la puerta de escape de Renji. Era lo que había deseado y su sueño desde que estaban en las Tierras del Ocaso. Rukia sabía que escalar en un puesto militar le sería fácil. Renji tenía el conocimiento y la experiencia que se necesitaba.

El padre de Renji se le acercó para informarle que el soldado pedía comida para él y sus acompañantes. Estuvo de acuerdo con ello y los guiaron a la cocina para alimentarlos. Matarían una gallina o quizás dos y las harían con cebollas y pan. Rukia se puso un mandil que había en la cocina y se dispuso a ayudar con la comida.

La noticia de que el reino estaba reclutando llegó tan rápido a todos los que vivían en Bosque Oscuro que en poco tiempo había un montón de jóvenes que estaban en el patio de Rukia haciendo fila para ser valorados por el soldado. No se rechazó a nadie y para la tarde tomaron camino de nuevo. Rukia les entregó lo que sobró de la comida y varías piezas de pan para que cenaran en el camino que el guardia agradeció con un gesto. Era sabido que los reclutadores comían de lo que la gente les regalaba.

Rukia se quedó mirando cuando el soldado y los nuevos reclutas se iban. Los jóvenes estaban felices y hacían bromas sobre ser reclutas y la guerra que se avecinaba pero eso a Rukia no le importaba; ella estaba buscando con la mirada si el cabello rojo de su amigo se iba con ellos.

— Chst… chst…

Rukia escuchó que alguien hacía ruido a sus espaldas así que se giró y buscó con la mirada de dónde provenía el ruido; se sorprendió al reconocer a Renji oculto detrás de un árbol donde la escasa luz de la tarde no alcanzaba a llegar. Renji le hizo una seña para que lo siguiera y se fueron caminando en medio de los rayos naranjas del sol hasta los árboles que estaban detrás de su casa. Si algo tenía Bosque Oscuro eran árboles por todos lados. Renji se detuvo y se sentó sobre una gran piedra que había ahí para ese propósito. Rukia lo imitó sentándose en otra piedra que estaba cerca.

— Pensé que te ibas a enlistar y te irías con ellos. — Habló Rukia dejándole saber el temor que la había acosado durante todo el día. Renji no asintió ni negó. Solo la miraba. El sol se escondía y cada vez se distinguían menos las facciones de cada uno. El silencio que hizo Renji le pareció eterno.

— Lo pensé. Pensé en irme. Tomé un costal y metí mis cosas. Pensé en irme con ellos y escapar de la locura que has sugerido.

— Pero no lo hiciste. — Rukia lo miraba pero sus facciones eran ocultadas por las sombras. Las palabras de Renji no la hacían sentir mejor. ¿Era tan egoísta para ser feliz porque su amigo no se había ido? Se alegró de que la oscuridad los cubriera porque le ocultó la sonrisa miserable al saber la respuesta a esa pregunta.

— No lo hice. Aquí estoy. Rukia… esto que has sugerido… ¿Estás segura? Eres mi amiga, casi mi hermana. Crecimos juntos, comimos juntos. Nos exiliamos juntos. Sabes que si me pidieras irnos de nuevo del reino lo haría pero esto: casarnos. Son palabras mayores. No es elegir entre desayunar pan o galletas, es algo para toda la vida.

— No pretendas usar la excusa de que no puedes casarte conmigo porque no estás a mi nivel porque eso es ridículo. — Habló Rukia revirando los ojos al decir eso.

Renji no tenía complejos de inferioridad, él mismo le acaba de decir que eran como hermanos. Rukia parecía no entender a donde se estaba dirigiendo la conversación así que tomó aire y trató de encontrar las palabras correctas. Era un tema que nunca había hablado con Rukia; se suponía que era un tema que NO debía de hablar con Rukia. Soltó el aire y tomó el valor que necesitaba para decirlo.

— Rukia, supongamos que digo que sí, que acepto casarme contigo y ser el nuevo señor de Bosque Oscuro y todas esas cosas. Mi padre me dijo que sería una boda sencilla pero tradicional y no tengo problema con que sea sencilla pero…

— ¿Pero?

— Una boda tradicional implica la prueba de sábana. El representante de las Deidades estaría dentro de la habitación nupcial para comprobar que consumamos el matrimonio y que tú, bueno… que tú… que tú seas virgen. — Listo. Lo soltó. Lo había dicho.

Rukia era como su hermana y aunque le molestó el saber que alguien se pudo haber aprovechado de ella, supuso que lo había hecho por amor. Le tomó tiempo entenderlo pero lo hizo; además él no era quién para juzgarla. En las Tierras del Ocaso pensaban diferente y eso lo ayudó a entenderla; aun se preguntaba si él no tendría un hijo perdido por allá. Por otro lado, Rukia se quedó de piedra ante lo que había escuchado salir de los labios de su mejor amigo.

Renji se alegraba que las sombras lo ocultaran porque estaba igual de rojo que su cabello. Casi que pedía que se lo tragara la tierra. Rukia no decía nada. Estaba tan callada como una piedra e igual de inmóvil. Renji temió haber cometido un error al decirle eso pero si se iban a casar, como Rukia quería, era necesario aclarar todo y la forma en que ese matrimonio iba a funcionar.

— Rukia, eres mi amiga pero la prueba de sabana, aunque la lográramos evitar, eventualmente tú y yo… bueno, deberemos consumar el matrimonio. Nada reafirma más un señorío que un hijo y lo sabes. — Renji trataba de ser tan delicado como podía pero el que Rukia no hablara no le estaba ayudando. Se estaba empezando a preocupar.

— Lo sabes. ¿Desde cuándo lo sabes? — Preguntó y se podía ver el miedo y los nervios en su voz.

¿Cómo había sido tan estúpida como para olvidar eso? La respuesta era simple: no lo había olvidado, es que ni siquiera lo había pensado. Rukia solo había visto la boda como un trámite qué hacer y se había olvidado que era mucho más que una ceremonia y un papel en el templo de las Deidades. Renji tragó saliva fuertemente antes de responder.

— Desde que regresaste a Bosque Oscuro.

— ¿Cómo?

Ese era un tema que definitivamente él no debía de tratar con ella. Nunca habían hablado de lo que ella vivió en Avanta ni de su falta de memoria cuando despertó pero de lo que pasó mientras estuvo dormida, eso sí que lo sabía Renji. Suspiró. ¿Por qué tenía que ser él quien le contara eso?

— Cuando llegaste a Bosque Oscuro no llegaste por tu propio pie, un desconocido te trajo en una carreta y te dejó aquí. No dijo nada, no pidió nada. Te dejó y se fue. Tu madre estaba devastada. En Avanta no le daban noticias sobre ti y además debía de vivir con la tragedia de tu padre y tu hermano; así que cuando llegaste en ese estado tan trágico sintió que las Deidades la habían escuchado. Te habían devuelto. Te llevaron a tu habitación y llamaron a la médica. Estabas muy delgada y con la ropa llena de sangre por todos lados. Por un momento tu madre creyó que te habían torturado pero cuando la médica te revisó vio algo que… Rukia, no me hagas decirlo.

Pero Rukia solo estaba escuchando. No le habían contado nunca nada de eso. Cuando despertó tenía que lidiar con la pérdida de su madre y averiguar cómo había regresado no le parecía importante más allá del saber que ya no estaba en Avanta.

— Renji, por favor… lo que sea, dímelo.

Suplicó porque era como haber dejado una llave abierta y ver como todo lo que ella ignoraba de sí misma le caía encima. Renji parecía resistirse pero después de escuchar la súplica que bañaba la voz de Rukia sintió que no le quedaba más remedio que seguir hablando.

— Yo no lo vi, no estuve ahí. Mi madre no me dejaba entrar a verte así que esa vez estaba escuchando detrás la puerta. La médica le dijo a tu madre que estabas así porque te estabas recuperando de haber dado a luz. Tu madre le pagó a la médica mucho oro para que no dijera nada; nadie sabe nada de esto y yo nunca lo repetí hasta hoy. No soy tonto, decir algo así era demasiado para todo lo que estaba viviendo tu madre. Nunca más volvimos a ver a la médica después de eso pero tu madre no resistió mucho. Tuvo fiebres después de que regresaste y un día simplemente no despertó. Tú seguías dormida, no sabíamos por qué no despertabas pero nosotros…

Rukia dejó de escuchar lo que decía Renji. Era imposible, recordaría si hubiese tenido un hijo. No era algo que se olvidara así nada más. Un hijo. Un hijo suyo y de Kaien.

— ¡Rukia!

El grito de Renji le llegó lejano. Solo en pensar en aquello el aire se le había escapado de los pulmones y la oscuridad de la noche se le cerró encima. Su cuerpo perdió fuerza y terminó en el piso con un ruido ahogado por las hojas que cubrían la tierra. No sabía si era la noche o su propio mundo interno de oscuridad. Solo sabía que no se encontraba más junto con Renji en el patio.

—•—

Ichigo valoró a los nuevos reclutas. Tenían poco tiempo de haber llegado pero eso no importaba. Eran carne de cañón o el mejor caso solo tendrían que cavar zanjas y letrinas. Dio un par de órdenes para comprobar que sabían hacer lo que se les pedía y aprobó a los reclutas.

— Es todo. Vayan a sus puestos y cuando duerman, háganlo bien porque podría ser su última noche de sueño. Iremos a la guerra. Habrá sangre, muerte y miseria. Ganemos o perdamos, eso es lo único que les puedo prometer. Si no están seguros que quieren dar su vida al reino este es el momento de retirarse porque mañana, cuando estemos frente a los enemigos, si alguien decide no pelear, yo mismo le rebanaré el cuello.

Les dio una única oportunidad para irse de ahí pero sonrió internamente al saber que ni uno de ellos se movió de su lugar. Le gustó ver la decisión en los ojos de los nuevos reclutas, también vio miedo pero era algo que todos sentían y que debían de aprender a dominar si no querían morir en el intento. Ichigo sabía que muchos de ellos morirían en esa campaña pero era algo que no les iba a decir.

Su padre lo había nombrado Comandante en Jefe cuando dio el anuncio de la guerra, fue algo antes de lo esperado y eso lo sorprendió un poco. Toda su vida había sido preparado para ese momento y estaba ansioso de probarse en batalla. Era su responsabilidad guiarlos a la victoria con la menor cantidad de bajas posible sin embargo no dejaba de sentir que atacar Gardelia no era una buena idea. Algo le decía que la tragedia se levantaría sobre ellos si derramaban sangre.

Las ventajas de ser el Comandante era que podía hacer y deshacer a su manera siempre y cuando el Rey, que era el Comandante Supremo, no dispusiera algo que lo impidiera. En cuanto lo nombraron Comandante envió a uno de sus mejores hombres para investigar al reino al que iban a atacar y fue una suerte, al menos para él, que el hombre volviera antes de que ellos salieran a la campaña.

Nadie sabía que atacarían Gardelia y pretendía que siguiera así hasta que partieran. Su espía regresó y lo que le dijo lo alarmó de una manera que lo hizo derramar la tinta con la que estaba escribiendo unos informes. Le habían mentido al rey o la información que le había llegado al rey, y que desató su deseo de guerra en contra de los gardelianos, no era del todo de fiar. Su espía le aseguró que Gardelia no tenía ninguna armada más allá de la necesaria. No había un ejército que se preparaba para alguna invasión y definitivamente no había astilleros trabajando día y noche para construir cargueros.

Detener una invasión no se vería bien cuando lo acababan de nombrar así que, de ser cierto que no tenían la armada de los rumores, entonces concretaría una negociación de rendición. Ganar una guerra sin derramar sangre era lo que podía esperar y rezaba a las Deidades que así fuera.

Su padre entró a su habitación cuando él preparaba varios planes alternativos para el ataque. No quería que algo impidiera la victoria de su padre y no quería pagar la cuota de sangre que costaban los errores. Al verlo se levantó con rapidez y dejó las cosas de lado.

— Su alteza. — Saludó al verlo haciéndole una pequeña reverencia. Su padre no sonrió y fue que notó que estaba serio. Era esa expresión de seriedad que no presagiaba nada bueno. Lo invitó a sentarse en uno de los muebles que estaban cerca.

— Ichigo. He estado pensado en esta invasión y he llegado a la conclusión de que sea Kaien quien me acompañe.

— Es una sabía elección, su majestad. Kaien será el rey cuando las Deidades decidan elevarlo con ellas, creo que es bueno que sepa a lo que podría enfrentarse en el futuro. Me encargaré personalmente de su seguridad.

— Ulquiorra se encarga de eso.

— Entonces no debo de preocuparme. Su majestad, quiero que vea lo que he preparado, algunas ideas que nos podrían servir si algo sale mal.

Habló levantándose de su asiento para dirigirse a su mesa con toda la intención de mostrarle los papeles. El rey también se levantó y colocó una de sus manos en el hombro de Ichigo evitando que llegara a los papeles. Ichigo solo lo miraba confuso.

— No irás.

— ¿Qué? Padre… su majestad, soy el Comandante. Me ha nombrado así para esta campaña y me encargó la planeación del ataque. No lo entiendo.

— No hay nada que entender. Sé que enviaste a un hombre a investigar y lo que te ha dicho. Si es como el hombre dice entonces no se derramará sangre. Si es como mi hombre ha dicho, entonces usaremos tus planes de ataque. Kaien irá conmigo y tú te quedarás aquí, cuidando el reino. Eres el mejor, lo has demostrado desde que empezaste a ir conmigo a las campañas.

— Entonces ¿por qué quedarme? Padre…

— Cuidarás el reino. Eres un príncipe de Avanta y harás lo que te he dicho. No me discutirás y lo aceptarás.

Ichigo no podía creer que su padre le estuviera diciendo eso. Algo así lo podía esperar de Kaien pero no de su padre. Él era un hombre justo. No sabía qué lo había hecho cambiar de opinión. ¿Qué pasaba? No lo terminaba de entender.

— Cuidaré el reino, su alteza.

Bajó la cabeza aceptando lo que su padre había dicho. Ichigo no lloraba pero sentía una profunda desesperación y decepción por lo que su padre acababa de hacer. Su padre lo soltó y se dirigió a la puerta, tocó un par de veces para que le abrieran y volteó a verlo.

— Bien. Pasa tiempo con tu hijo. Los niños crecen rápido.

Aquello lo descolocó. Lo hizo abrir los ojos con sorpresa pero no tuvo tiempo de preguntarle a su padre. El hombre se había ido de ahí dándole la espalda después de aquella despedida. ¿Qué tenía que ver su hijo? Se sentía traicionado y tuvo que sumarle el hecho de que parecía pasar algo que él no alcanzaba a comprender del todo.

Se quedó dando vueltas en su cuarto hasta que sintió que el rey ya se había ido de ahí y salió a toda prisa por los pasillos del castillo hasta encontrar a Kaien. Lo encontró sentado en uno de los jardines comiendo una manzana.

— ¡Tú!

— ¡Ichigo! ¿Te enteraste? Su alteza me eligió para acompañarlo a la guerra. Al fin dejaré de perderme la acción por escuchar a los plebeyos. Estaremos juntos, hermanito.

Kaien se había levantado y empezó a hablar en cuanto lo vio pero Ichigo estaba tan molesto que sucumbió a lo que había querido hacer desde que fue es festival de primavera. Le soltó un puñetazo centrado en la cara. Fue tan duro que Kaien se tambaleó y cayó al piso.

— ¡¿Qué hiciste?! ¡¿Qué le dijiste a padre?!

Ichigo se abalanzó sobre Kaien que esquivaba y regresaba los golpes con una precisión algo torpe a comparación de los de Ichigo. Kaien solo se reía de él haciéndolo enojar más. Desde lejos eran una masa de golpes, risas e insultos, que se movía sobre la tierra.

— ¡¿Qué está pasando aquí?!

Masaki había gritado exigiendo una respuesta al verlos pelear como si fueran un par de niños pequeños. Ichigo le soltó un último golpe a Kaien, que no logró esquivarlo por causa del grito de la reina, y se levantó soltando a su hermano como si fuera cualquier cosa. Ichigo estaba ganando la pelea de manera monumental.

— Madre. No pasa nada.

Ichigo estaba menos furioso y muy agitado. Kaien se levantó con dificultad sacudiéndose la tierra de la ropa; tenía sangre escurriéndole del labio y se le estaba hinchando la cara ahí donde el primer golpe de Ichigo había acertado.

— No pasa nada, su alteza.

La voz de Kaien había perdido el tinte de burla que había empleado cuando peleaba con Ichigo para provocarlo. Con Mazaki no se metía, le tenía respeto y rencor. Ella no era su madre y sabía que no debía dejarse engañar por su dulce rostro que en ese momento estaba con las cejas juntas en una clara muestra de enojo.

— Es una vergüenza que dos príncipes se estén peleando de esa manera. No son un par de niños. No entiendo la razón por la cual esta vergonzosa escena se ha llevado a cabo. ¿Qué debo hacer? ¿Castigarlos como cuando eran pequeños? ¿Decirle al rey lo que han hecho?

— ¡No! — Se apresuró a decir Kaien al escuchar eso último.

Sabía que su padre se enteraría pero quería ser él quien le dijera lo que pasó, tenía la esperanza de que castigara más a Ichigo por eso. Había logrado hacer que no fuera a la guerra al decirle que le había propuesto matrimonio a Rukia; decirle que lo golpeó cuando él estaba con la guardia baja seguramente ameritaría un castigo aún más grande.

— ¿No? — Preguntó Masaki levantando una ceja de manera inquisitiva ante la forma en que Kaien se había precipitado a decir esa palabra.

— No. — Se mantuvo firme.

Lo primero que haría Kaien en cuanto su padre muriera sería quitarle todo el poder que su padre había puesto en ella y tenía al reemplazo perfecto para Mazaki. La muerte perfecta también.

— Es la primera vez que tu padre te llevará a la guerra después del error que cometiste en aquella campaña. No le diré nada al rey pero se va a enterar de todas formas. Piensa bien lo que le dirás porque puede ser que tú tampoco vayas a la guerra.

Mazaki lo amenazó dejando ver esa sombra de maldad detrás de sus ojos y les dio la espalda para regresar al castillo seguida por sus damas de compañía que estaban escandalizadas por haber visto a los príncipes pelear de esa manera.

— Ganaste esta vez, disfrútalo. — Habló Ichigo señalándolo con un dedo para luego irse de ahí.

Kaien sabía que su hermano no le diría nada a su padre y él tenía que pensar con detenimiento la excusa que le iba a decir. No le gustó la amenaza de Mazaki, no sabía que tanta influencia tenía ella con su padre. Él tenía que ir a la guerra.

Ichigo no durmió esa noche en su habitación sino que le dio la noche libre a Orihime para que se despidiera del General y él fue quién durmió en el cuarto con su hijo. El niño estaba emocionado por la guerra; aunque era muy pequeño para ir su padre siempre le contaba historias de las batallas que había tenido y de las victorias que había conseguido en tan poco tiempo. No le dijo que no iría a la campaña esa vez, aquella traición le dolía de maneras que no sabía explicar. Todo era culpa de Kaien.

Cuando despertó se dio cuenta de que el niño no estaba y por un momento tuvo miedo hasta que Orihime entró en la habitación vestida de manera formal junto con el pequeño príncipe de la mano. Ichigo de disculpó por quedarse dormido y se retiró a su habitación para cambiarse. Estaba molesto pero no dejaba de preocuparse por la invasión a Gardelia aunque no lo estuviera ahí.

Se vistió para la ocasión y se encaminó a la salida principal junto con su hijo y Orihime. Ahí estaba su madre, portando la corona de diamantes y rubíes en la cabeza, y la Dama de las Llaves. Solo faltaban él y su pequeño. Saludó a su madre con un beso en la mano y tomó su lugar junto a ella. El rey llegó momentos después junto con Kaien vestido para la guerra, iba vestido de blanco como su padre. Ichigo solo juntó las cejas al verlo. Era más que obvio el querer dejar en claro que él era el príncipe de la corona, el que gobernaría después de su padre. El que iría a la guerra. Era la sal en la herida de Ichigo.

— Mi reina, he hablado con el consejo, ellos te cuidaran al igual que nuestro hijo. Cuida al reino. Volveré antes de que puedas extrañarme.

Isshin tomó la mano de Masaki y la besó de forma lenta. Masaki solo acarició la mejilla de Isshin después de eso al tiempo en que asentía a las palabras que decía su esposo. El rey enfocó la mirada en Ichigo. Era severa. Estaba molesto.

— Kaien me dijo lo que pasó ayer. Hablaremos de esto al volver. No tengo que recordarte que debes de cuidar a tu madre por sobre todas las cosas.

Ichigo solo asintió a lo que dijo su padre; le dejó el reino a su madre y a él proteger a su madre. Con el niño relajó el semblante y lo cargó en brazos. Era una versión del rey pero en pequeño e Ichigo sabía que esa era la razón por la que lo quería cada vez más. En el fondo se alegraba de eso, mientras el rey quisiera a su hijo el niño estaría seguro. Se despidió del niño con un beso en la frente y las demás personas le desearon éxito en la campaña dándoles reverencias a paso.

Cuando fue el turno de Kaien, Masaki solo le dio un beso en la frente y él le aseguró que volvería con la victoria para ella. Él quería entregar un diamante a la corona que portaba. Ichigo solo le dedicó un "no mueras" y se despidió de su sobrino despeinándole el cabello. Kaien por dentro sonreía con satisfacción por haber logrado hacer que Ichigo, el recién nombrado Comandante en Jefe, no fuera a su primera guerra oficial. Eso se ganaba por intentar quitarle a su mujer.

La procesión de la campaña pasó por las puertas dobles y se perdió entre el camino que conducía la ciudad. La gente los estaría esperando con flores que arrojarían antes de que el rey pasara montado en su caballo y les recitarían plegarias con las manos levantadas. Los soldados recibirían las palabras de aliento del pueblo para que trajeran la victoria y luego se encaminarían al norte. Serían días de avance lento pero llegarían y entonces atacarían fortaleza tras fortaleza hasta que la capital cayera. Isshin colocaría un par de rubíes más en la corona y Kaien, si lo hacía bien, un diamante nuevo.


•NotitaDeLaAutora: ¡Feliz año nuevo para todos!

Reesen555: Enjoy it. (Evil laugh)